Burguesía y nación

Escrito por: Hugo Neira - Avr• 02•18

Estando en el extranjero y a punto de volver, en una noche de plenilunio escribo estas líneas, aunque varios temas trotan en mi cabeza. He leído el “Que se rayen todos” de Juan de la Puente, como siempre, lúcido. Y el último de Carlos Meléndez, “La derrota del antifujimorismo”. Pero no tengo ganas de seguir por esos temas. Me interesa el Perú y me interesa el mundo. El misil invencible que anuncia la Rusia militarizada de Putin. La guerra comercial, el retorno a economías en parte protegidas, tanto en la China de Xi Jinping y la América de Trump. ¿Vamos hacia una desmundialización? ¿A economías mixtas?

Estaba en esto, buscando una temática. Pero estuve estudiando, entre otros episodios, el periodo del auge del guano en el siglo XIX. Y en Guano y Burguesía, Heraclio Bonilla hace una pregunta decisiva: ¿por qué los consignatarios —que recibieron fortunas del fisco como exportadores del guano— no se volvieron una burguesía moderna? Según Bonilla, se contentaron con ser una “clase rentista y parasitaria”. La burguesía nacional fue una obsesión de izquierda de los años 70. Pero esa cuestión me lleva al presente. Y el ahora es la mundialización. Un fenómeno planetario. Tiene sus ventajas y límites. Nunca ha crecido más la riqueza. Nunca se han abierto los abismos que hoy separan los muy ricos y la mayoría de seres humanos. Hoy, las polaridades de nuestro tiempo son lo local y lo global. Es decir, burguesía nacional y burguesía apátrida. Trump milita en la primera. Prefiere que los obreros norteamericanos tengan chamba, a que las empresas deslocalicen para acumular ganancias. No es el único. Macron y la Merkel quieren una Europa con precauciones regionales. Y Putin. Y Xi Jinping. En la América Latina, no hay país que le pare los machos al FMI. Somos siervos de amos que ni nos conocen.

La mundialización no es solo el mercado mundial, Internet, Twitter y los viajes veloces, es también las finanzas internacionales por encima de los Estados. Una corriente “economicista” sin leyes ni límites geográficos ni políticos. Temible. No es algo que se me ocurra. Léase a Saskia Sassen. A Ulrick Beck. A Daniel Cohen. Estudian el poder que está por encima de los poderes. Y cómo debilitan instituciones, Estados y naciones. A lo que voy, hoy existen dos modalidades de burguesías. Unas son nacionales. Otras son burguesías globalizadas y desnacionalizadas. Debilitan a los Estados, pero no pueden desaparecerlos. Hasta el momento, no hay otra manera de regular la vida social. Pero para gobernar países se necesitan políticas. Y eso significa no solo cálculos y logaritmos sino sentimientos y emociones. Por mi parte, no tengo nada contra las multinacionales. El asunto no es ese.

El amor al Perú. No por sentimentalismo. En política, el tema de lo subjetivo, cuenta. Es así como, en otras épocas, había gente, entre las clases acomodadas, que no solo pensaba en sus ingresos sino en eso que llamamos Patria. Pienso en los Mujica Gallo. En Manuel, no solo se ocupaba de sus haciendas y minas y negocios bancarios, sino que fue el fundador del diario Expreso en 1961. Una inversión que le costaba por año, una hacienda. Lo hacía no por interés sino porque era un mecenas. Quería un periodismo —en época en que se leía más que en nuestros días— que compitiera con La Prensa, diario archirreaccionario. Pienso en Miguel, su hermano, que por mecenas monta el Museo de Oro. Es decir, compra a un precio mayor que el de los traficantes de huacos, con tal de que no se vayan del país. Para que los veamos, y nuestros hijos y nietos.

Pienso en Mario Brescia. A quien conocí. No suelo frecuentar a los empresarios. Pero a Brescia lo conocí cuando yo estaba en la BNP, y acudía al apoyo de empresas privadas. Nos hicimos amigos. Me recibía en una oficina inmensa, que era una suerte de museo. Brescia amaba el Perú y su cultura. Recuerdo que le hablé de un libro de Basadre, uno en que compara la historia de Bolivia, Perú y Chile, obra agotada. Brescia buscó entre los libreros de libros viejos, apasionadamente, un ejemplar. Ante esto, mandé a fotocopiar mi ejemplar, para regalárselo. No pudo ser, se fue de este mundo. Estoy diciendo que el amor al país son actos. La Fundación de su banco, sigue activa.

En los últimos años, los peruanos han votado por gente desarraigada. Toledo no hizo una vida peruana en su adolescencia, y eso lo marcó para siempre. Lo de “cholo sagrado” fue el disfraz del ciudadano americano que es. PPK no es ni muy peruano ni muy norteamericano, creo que ni el sabe quién es. Se puede ser cosmopolita. Por amor al conocimiento, que si es ciencia, es universal. ¿Pero para ser inquilino del Palacio de Gobierno? Si no entienden este país, ni conocen sus poetas, sus dolores, ¿para qué la banda presidencial? Nuestros últimos mandatarios y esos “gabinetes de lujo”, no se estremecían con un poema de Valdelomar. “Mi infancia que fue dulce, serena triste y sola, se deslizó en la paz de una aldea lejana”. Les falto algo, muy peruano, la melancolía. Zavala sonreía todo el tiempo. Yo he visto llorar a Julio Ramón Ribeyro, cuando se lo recitaba en París. Que sean, pues, presidentes de la Apple, Microsoft, o Exxon Mobil. Pero para gobernar un viejo y dolido país como el nuestro, cuentan afectos, sentimientos, el arraigo. El otro, el del corazón. No el de los jueces. ¿Por qué los peruanos últimamente votan mal, y eligen a quienes los desprecian? ¿Por qué ciertas elites frustradas y a la vez mediáticas, empujan a votar por aquellos que luego no saben para qué diablos han llegado a Palacio?

Publicado en El Montonero., 2 de abril de 2018

http://elmontonero.pe/columnas/burguesia-y-nacion

 

 

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