Carta de un amigo. Impresiones sobre la visita del Papa Francisco

Escrito por: Hugo Neira - Jan• 26•18

Dampier Paredes fue alumno mío en la Facultad de Ciencias y Artes de la Comunicación de la universidad Católica (PUCP). Excelente alumno. Y luego trabajó conmigo en la Biblioteca Nacional, siempre dentro de esta temática, la investigación, y el periodismo bien escrito. (HN)

 

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Hola Hugo:

Fui a algunas de las actividades de Francisco en el Perú. Aquí te envío algunas notas de su presencia entre nosotros. Espero que en algo puedan ayudarte.

Dampier

Día 18 y 20 de enero. Av. Brasil y Nunciatura

 

Estuve en dos eventos con el motivo de la venida de Jorge Mario Bergoglio, Francisco. En ellos he visto mucha gente reunida. Algunos lo han ido a ver por estar allí. Otros muchos han estado porque tienen fe. Puede etiquetársele de muchas maneras, pero sencilla, como la que cuenta Ricardo Palma en una de sus tradiciones. Con fe de carbonero.

Si se compara las visitas entre Perú y Chile, puede afirmarse que la sociedad chilena es más laica, tiene minorías religiosas más sólidas y en conjunto se siente lejos de ciertas figuras de la Iglesia. Puede ser esa la razón principal de haber aceptado la invitación de Bachelet a visitar Chile. Entre nosotros, las ideas que diferencian ambas visitas van desde que en Chile no hay muchos católicos, la tradicional rivalidad entre chilenos y argentinos u otras más.

Lo vi en la Avenida Brasil, a su llegada, el 18. Luego, lo vi y escuché en la Nunciatura, a su vuelta de Trujillo, el 20. Era tan densa la cantidad de personas en ambas ocasiones que su impaciencia y cólera por disputar un lugar para verlo no distinguía enfermos o ancianos. Sus familiares suelen llevarlos tarde. No pueden soportar el sol, la concentración de gente, el viento, necesitan medicinas y un baño cerca. Los sanos que se perjudicaron por su presencia no ocultaron sus reclamos. Incluso, pueden llegar a insultarse, metiendo a Dios en sus peleas. Estas también brotaron en los buses a razón de su presencia. Muchos de los ciudadanos entrevistados pidieron que Francisco nos traiga la paz. En nosotros suele brotar la ira a la menor ocasión.

No son pocos los que han cuestionado la visita de Bergoglio. Fueron activos en su rechazo en las redes sociales. Salieron a protestar aprovechando la segunda marcha contra el indulto a Fujimori e hicieron una marcha dedicada a rechazar su presencia. Fueron pocos, pero son. Los argumentos van por el dinero gastado por el Estado (mejor se hubiera gastado en educación), los abusos de miembros del clero (pederastia y otros), la posición de la Iglesia frente a la mujer (aborto, control del cuerpo de la mujer y otros temas similares), entre los principales. Lo que mejor se ha posicionado en la opinión pública es la plata gastada.

Este dinero se ha repartido y gran parte lo tuvo el Ministerio de Relaciones Exteriores. Una parte importante se le dio al Ministerio de Cultura. Cerca de 800 000 soles para poder traer a los representantes de los pueblos amazónicos a Puerto Maldonado. El país donde nacimos tiene muchas necesidades. Una de ellas es que muchos peruanos somos ciegos y en nuestra realidad la selva está fuera. ¿Tanto nos cuesta reconocerlos y escucharlos?

Los mensajes de Francisco han tenido dos vertientes. Una, al pueblo. Otra, a los consagrados. Ante el pueblo ha sido más campechano y directo. En Trujillo les dijo que un gran problema, junto con El Niño del año pasado, es la violencia del sicariato que crece entre ellos. En Puerto Maldonado, ante el pedido de defensa de los amazónicos, les dijo que ellos no eran la minoría. Eran los más importantes. Allí, en Huanchaco, frente a los santos patronos, se dirigió a los fieles: los « otros » huaicos destruyen la confianza mutua, no se dejen robar la esperanza. Ante los consagrados, su vida cotidiana no pasa desapercibida. Sobre todo, les dijo que recuerden dónde los encontró Dios y qué hacer para mantener los pies sobre la tierra: rezar, mirarse al espejo y reírse de sí mismos. Que los consagrados no sean funcionarios de lo sagrado. También reconoce errores. “Y recen por el primero de los pecadores: por mí”.

Día 21. Misa en Las Palmas

Tolerancia, esperanza, paz, unidad. Fueron las palabras más escuchadas en la tarde del domingo 21, durante la misa oficiada por el Papa Francisco, junto con el Arzobispo de Lima, Cardenal Cipriani; Salvador Piñeiro, Vicario castrense; y otros consagrados en la Base Aérea de Las Palmas, en Surco. En medio de los terrenos que fueron parte de la hacienda jesuítica de San Juan, más de 1 millón de personas se congregaron a escuchar a Jorge Mario Bergoglio.

La tolerancia entre los asistentes se agotaba a medida que se acercaba las 4:00 pm, hora de la misa. Muchos estuvieron desde la noche anterior. Para conservar su sitio, fueron con bolsas de dormir, carpas y lo justo de alimentos y bebidas para vivir un día sin ir a los servicios higiénicos. Avanzaron las horas y quienes no estuvieron dentro de 500 metros a la redonda del altar estaban tras los vallados, que delineaban las manzanas en que se dividió la pista de aterrizaje de Las Palmas y formaban las calles por donde pasaría Francisco en el papamóvil. Entre asfalto y tierra, pugnaban por estar más cerca, por verlo, antes o después de la misa. Se subían las señoras en sus bancos, los niños a los hombros de sus responsables y todo mundo con celular en mano pugnaba por estar más cerca. Todos reclamaban contra el prójimo porque no le dejaban ver el panorama o porque pasaban entre ellos para poder ubicarse en un mejor lugar. Lo mismo sucedió a la hora de la eucaristía. Se amontonaron en algunos lugares para poder comulgar, acto que exige normalmente un poco de paz y armonía con el prójimo que te rodea. Sin embargo, durante la misa el comportamiento fue más tolerante, aunque estaban lejos del altar y atendían la misa gracias a los altoparlantes y las gigantescas telas que fungían de pantallas gigantes. Buena parte de la liturgia se respondió a veces en baja voz, en recogimiento, como si estuvieran frente ante algo muy sagrado.

La esperanza acariciada por algunos en hacer su agosto en enero se encaró con los centenares de ambulantes que ofrecían las cosas más variadas. Hubo recuerdos del Papa en forma de polos, abanicos, vinchas, banderines, banderas, viseras y letreros pequeños. Lo más caro, los polos: 7 soles y medio. También estuvieron los vendedores de comida y bebida. Los helados tuvieron la competencia de los marcianos* y las gelatinas. Los sánguches y la papa con huevo pugnaban contra las empanadas y los ceviches. Lo más caro, sánguches a 10 soles. Las gaseosas contra la chicha morada y las tisanas venezolanas. Su precio oscilaba entre 2 a 1 sol y medio. Quienes menos invirtieron y posiblemente tuvieron ganancia palpable fueron los que alquilaron sus baños y duchas. A sol o sol y medio. El Estado gastó 15 millones de dólares en esta visita y se calculaba ganar para nuestra economía 91 millones de dólares, de los cuales los comerciantes y ambulantes querían tener su parte.

Hubo paz, lo que se espera en una misa o en sus alrededores. Sucedieron pocos hechos violentos dentro y fuera de la base, más uno triste: la muerte de una persona mayor por paro cardiorrespiratorio. La custodia de cadetes, alumnos, suboficiales y oficiales de la policía durante la misa fue persistente. Estuvieron reforzados por miembros de la Marina de Guerra, Ejército y la Fuerza Aérea. Afuera, sin embargo, crecía la angustia entre los feligreses al aumentar los rumores del cierre de las puertas. El aforo estimado por Defensa Civil era de 1 millón 200 mil personas. Su ubicación estaba repartida en 38 manzanas: 9 naranjas, 11 azules, 18 rojas. Estuvieron llenas la mitad de las azules, un tercio de las naranjas y 2 de las 18 rojas. Los vacíos fueron más apreciables en las manzanas restantes. En ellas, la gente estaba en el perímetro, delimitado por las vallas. Adentro había mucho espacio. Si ese era el resultado esperado para prevenir cualquier desastre que degenerase una estampida, se cumplió.

Dudo que todos hayan tenido el mismo motivo para ir. Sin embargo, la fe popular unió a todos los presentes. Su corazón está vivo y late fuerte. La misa convocó a criaturas y ancianos, enfermos y sanos. Hubo migrantes, estudiantes peruanos en Harvard, venezolanos y misioneros ruandeses. Los unió la tierra polvorosa y pegajosa, el sol, el cansancio y la sed. Para calmarla hubo desde agua en botella hasta manguerazo bomberil. Los voluntarios se multiplicaron para atender a los necesitados, junto con los policías, bomberos, miembros de la Cruz roja y funcionarios de Defensa Civil.

La salida también los unió a todos. Pocas veces la diversidad de peruanos que somos estuvimos unidos: todos a pie, juntos. Rumbo a sus casas, pero no por la misma puerta por la que entraron. De las 17 puertas, los asistentes solo podían entrar por la puerta ya asignada en su ticket de ingreso. Pero dicha puerta no era necesariamente la más cercana a sus viviendas o a un medio de transporte que los dejase cerca de ellas. Aquellos que no tuvieron ticket solo pudieron entrar por las puertas 13 a la 17. Al final de la misa, los asistentes salieron por otras puertas, diferentes a su puerta de entrada. Esperaron varios minutos, contenidos por los miembros de la policía y las fuerzas armadas. La espera juntó a muchas personas en cantidad y en impaciencia que creció hasta que, al fin, les permitieron salir. Las calles de Surco, Chorrillos y Barranco estuvieron llenas de caminantes que regresaban a casa, lo cual les tomó hasta bien entrada la noche. En algo ayudó los sistemas de transporte público al Sur. El tren eléctrico fue gratuito desde las 10:00 pm del 20 hasta las 8:00 pm del 21. Hubo servicios especiales del Metropolitano y se creó un corredor especial del mismo, desde la estación de Matellini hasta Las Palmas, para lo cual contrataron muchas combis y buses.

¿Hubo basura? Sí. Por toneladas. El ser humano deja desperdicios. Su manejo es un reto para nosotros y nuestras autoridades. Fuimos sordos al llamado de Francisco para cuidar la casa común.

Hubo unidad en los mensajes del Papa. Enlazó la esperanza con los descartados de la sociedad y la poca atención que reciben del Estado. Esto fue más patente en el encuentro en Puerto Maldonado, donde tuvo a los ancianos de los pueblos amazónicos cerca suyo, en contraposición a los políticos peruanos y a los funcionarios de la curia romana. Les escuchó.

Sus mensajes también tuvieron otra cosa en común. No usó la palabra reconciliación, tan pronunciada por figuras del gobierno como de la oposición cuando hablan del indulto a Fujimori. Tampoco mencionó a las víctimas y deudos del tiempo del fuego y terror que dejó el terrorismo, tanto de SL y MRTA como del Estado y de algunos ciudadanos. Antes de venir al Perú, Francisco Papa anunció la intervención de un funcionario de la curia romana en el Movimiento de Vida Cristiana, conocido como Sodalicio. Pero no mencionó el tema en sus apariciones. El silencio en estos temas levantó polvareda. Quizás el nulo uso de la palabra reconciliación sea un indicio o prueba de su postura al respecto sobre el primero de los temas ya citados.

La mención de la corrupción y sus efectos, como el sicariato y la sombra ominosa de Odebrecht también fue un hilo común en el mensaje del Papa Francisco. En medio de la reunión de sus hermanos obispos peruanos, mencionó el destino de los nuestros últimos presidentes: la prisión y la rabia. Después, les dijo a ellos: ustedes vean. ¿También entramos en ese ustedes? ¿Qué no hemos visto?

Los políticos estuvieron unidos en torno al Papa. Para empezar, el presidente Kuczynski. Estuvo en casi todas sus actividades. Pero fueron muchas las veces que estuvo con la cara larga y cabizbajo. Pocos aplausos cosechó. Los parlamentarios de todas las tiendas, los presidentes regionales, los alcaldes provinciales y distritales quisieron aproximarse a él. ¿Sacaron algún rédito? Por otro lado, Francisco Papa mencionó el resultado de la política enlazada con el poder de los empresarios al modelo de Odebrecht: estamos fritos.

Quizás no todo esté perdido. Al usar una de sus metáforas deportivas, aunque pensemos que estamos fuera del mundial, no hay que perder la esperanza. Fe, esperanza y caridad son virtudes básicas del cristianismo y que impregnan la cultura occidental. Durante la misa, alguna brisa refrescó el calor y al final un arco iris apareció. Desde el fin del diluvio con Noé, el arco iris es un símbolo de paz, de esperanza. El 22 llovió en Lima, donde no suele llover. Ojalá algo fructifique en la tierra. (D. Paredes)

* Los marcianos son jugo de fruta vertido en unas bolsitas de plástico, de 3 cms de ancho por 15 de largo. Suelen ser una alternativa refrescante y barata en verano.

 

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