Haya y la tierra prometida (*)

Escrito por: Hugo Neira - Mar• 28•14

Hace un tiempo, con ocasión de un concurso, lo consideré como «el peruano más ilustre del siglo veinte». Conviene que ponga en estas primeras líneas, la totalidad de la frase: «Leer ahora a Haya es una tarea de todos. Más allá del acto filial que convoca estas líneas, será un gesto de salud intentar comprender, al margen de la postura electoral de cada quien, qué es lo que realmente quiso y pensó aquel pensador y político lleno de sabiduría personal y decente pobreza que el autor de este ensayo considera, por encima de aldeanas vanidades, el peruano más ilustre del siglo veinte”. (1)

Si hoy vuelvo al tema es para intentar decir algo más. Mucho he dicho del aprismo y de su fundador a lo largo de mi vida, muchas cosas, de las cuales en absoluto me arrepiento. No soy ni he sido aprista, pero nunca entendí participar o reflexionar en política desde el antiaprismo. Ahora bien,  algunos de estos textos míos son conocidos, otros no. Acabo de publicar en Del pensar mestizo, dos ensayos, uno titulado «Y después de Mariátegui, ¿qué? » y otro, un discurso, pronunciado en la casa del pintor Víctor Delfín, al agradecer la premiación del Concurso internacional de ensayo (2), en el que fuera jurado el gran colombiano Germán Arciniegas, ocasión que me permitió pagar un débito: recordar con qué generosidad y bonhomía el mismo Haya de la Torre recibía —habló de los primeros años de los sesenta— al joven díscolo y miembro de la juventud comunista que yo era, en su casa de Chaclacayo, largas tardes de conversación en que revisábamos el mundo y las ideas, sin casi tocar temas políticos. Gesto que no pude nunca olvidar. Conté entonces, y lo vuelvo a repetir ahora que, en la encrucijada de la historia, en el filo de los noventa, cuando se hunde estrepitosamente la Unión Soviética, y yo me hallaba una vez más en Europa —los largos exilios y ausencias que no me deprimieron sino me construyeron— volví a recordar la lección del gran trujillano, sus tempranas definiciones del comunismo ruso como una variante más del capitalismo de Estado, asentada no en alguna legitimidad sino en el terror ideológico. Esto lo vio Haya en su cita en  Bruselas, 1928, y por los años cincuenta.

Para escribir las páginas sobre Haya —última rememoración— para Hacia la tercera mitad, revisé los textos de los grandes herejes del dogma comunista. Es decir, de aquellos que se salieron de la ortodoxia pero no caminaron a la desilusión o al cinismo “del todo mercado”. En Europa, la crítica al comunismo soviético comenzó por un análisis del poder hipnótico de la “ideología” (los que llaman a Marx ideólogo no lo han leído) y que con el tiempo se transformó “en crítica en general de las ideologías y de las ortodoxias” (Castoriadis), y no solo la comunista sino la fascista y la conservadora. En la historia de las ideas, ese es el tramo Raymond Aron, Roger Caillois, Georges Bataille, Michel Leiris, es decir, los años cincuenta.

Un segundo momento de crítica al dogma supuestamente comunista y en realidad soviético (expresión de los nuevos intereses de clase de la burguesía de Estado en el Kremlin) son, para citar lo esencial, la postura de Cornelius Castoriadis y de Claude Lefort, en el grupo “Socialisme et barbarie”. Se alejan del PC francés, de Sartre, de la ortodoxia, tratan de evadirse del universo de doctrinas invariables prefiriendo el examen crítico, la descripción de lo que realmente pasaba en el Este europeo. Siempre he pensado que la biografía intelectual de los mencionados guarda un gran paralelo con el de Haya de la Torre.  Se castigó, en ambos casos y contextos históricos sin embargo distantes, por igual la audacia intelectual, la libertad de pensar por su cuenta, y se les trató en los medios “progresistas” –—¡cómo los autoritarios se asemejan!— con el mismo desdén. El antisovietismo pasó por ser un antisocialismo. Mucho más tarde, Castoriadis precisa su pensamiento: la URSS no solo no es el socialismo sino un gran enfermo. El proletariado no gobierna en Rusia ni en los países comunistas. Un Estado burocrático ha reemplazado la antigua dominación por otra, incluso más cerrada, temible, prohibitiva. Una cultura de izquierda se había hundido en la experiencia del monopolio del poder por unos cuantos, el marxismo había dejado de ser un instrumento crítico para la liberación, empobrecido como ideología, es decir, una versión parcial, interesada, culposa, de la realidad, al punto de falsearla.

Pero gran parte de todo eso, y muy temprano, en la noche de las dictaduras feroces de los treinta y cuarenta del siglo, desde el Perú, lo había dicho y previsto el trujillano Haya, lo que más tarde fue apenas el víslumbre de otros visionarios, esta vez europeos. La crítica desde la izquierda a la versión oficial y dogmática del comunismo. Todo eso, hoy apenas materia de estudio de las ideas en las universidades del mundo industrial, lo expresó tempranamente un peruano, un perseguido, en las márgenes del mundo. Es verdad, además, que no fue para nadie, desde las economías centrales o periféricas, fácil el digerir y aceptar la gran desilusión de una esperanza de liberación que naciera de la lección de Marx a un uso feroz en sus herederos stalinianos, pero en fin, mal que bien, el llamado a ver las cosas como son y no como nos gustaría que fuesen, se impuso en las universidades, las del mundo industrial y no en las de la América Latina. La marcha de las ideas contemporáneas, como se titula el excelente manual de la profesora Jacqueline Russ, mostraba en efecto un proceso, un movimiento. Pero me temo, en el Perú, las ideas no se mueven. Se quedan fijas.

Se ha hecho todo lo posible por ignorar ese inmenso debate intelectual, moral, político, filosófico que cubre el siglo XX por entero. Todo se limita a recordar, muy de vez en cuando, el debate Mariátegui/Haya sobre “la cuestión del partido”. A lo que me refiero es otra cosa. Es la confrontación de los movimientos de izquierda en todo el planeta ante la tentación totalitaria. Cuando Mariátegui vive, Hitler no había llegado al poder, tras un manejo de masas y de la emocionalidad que bien se parece a muchas de las convocatorias contemporáneas que se hallan en nuestro contorno inmediato. Tampoco Stalin había asentado su poder no a favor sino en contra de los herederos de Lenin. Haya sí vio todo eso, sí lo presintió. Los años veinte son una cosa. Los treinta otra. Estamos más cerca de estos. Este tiempo, otro eje de novedades históricas, de cambios inmensos. De cambios en el capitalismo mundial.

Este papel de Haya, ¿se conoce? No sé que decir. Alguna vez conversaba con Alfredo Barrenechea, siempre tan inteligente. Y me decía : «Hugo, el hecho aprista es el gran agujero negro de la intelligentsia peruana. El hecho maldito, el que no pueden reconocer». Sí, por lo general la opinión corriente admite que hay una izquierda, o varias, pero mal y a desgano, conceden. Se admite también que hay derecha, aunque esta nunca se llama de esta manera. Los chilenos y colombianos no se niegan a esta alternativa, ni los españoles —con toda franqueza, hasta con coquetería, admiten que lo son—, si por tal se entiende partidarios más bien de la libertad que de la igualdad, de una idea de la riqueza como producto del esfuerzo individual o empresarial y no necesariamente del contexto social e institucional, partidarios, menos propensos a las ideas de solidaridad social que las de competencia, etc. Bueno, no es como para ir a la guerra civil, pero sí da como para tener y gozar de políticas de Estado diferentes. Razones que deberían abonar las posibilidades de una democracia moderna, con equipos en alternancia en el poder legítimo, con un sistema de pruebas y errores, de mayorías y minorías. Pero no es así por estos lares. No quiero extenderme, pero acaso no lo sea porque parte de la izquierda no ha renunciado al sueño de la gran noche revolucionaria, ahora, alumbrada por el petrodólar chavista. Y la derecha sigue hallando a los otros como el gran estorbo a lo que sería su ideal de gobernanza, un gobierno de técnicos competentes. Un sueño tan útopico como el de sus rivales, de una política sin política. Fujumori fue la encarnación de ese sistema sin partidos, de representación sin pacto social, de democracia eviscerada, lista para el gran banquete de las masas consumidoras y desagregadas en ‘services’, sin sindicatos. Lo tremendo es que la política y las masas volvieron, tras años de despolitización. Iracundas, violentas y amorfas a la vez (la calle peruana a veces recuerda la descripción de H. Arendt de la Alemania de los años 30 que prepara la llegada al poder de Hitler). Con un voto amenazante, no porque venga de los partidos sino porque no viene precisamente de ellos. No viene de la racionalidad política sino del descontento no estructurado para formas representativas.

Y ahí el fenómeno inclasificable del  aprismo. Y de su fundador y jefe espiritual vigente.

Dos singularidades históricas

Voy a proponer, en unas pocas líneas, la explicación de la supervivencia del aprismo, en un esfuerzo de sinceridad y de síntesis que espero sea apreciado. La explicación del aprismo como continuidad y permanencia en la política peruana tras casi medio siglo de vigencia es un fenómeno que obviamente, siendo político, y siendo peruano, es de una enorme complejidad. Pero, con todo ¿por qué permanece? Nació en los años veinte y treinta, en medio de una sociedad en gran parte rural y socialmente con pocos obreros y masivamente analfabeta, con ciudades pequeñas, en un país territorialmente quebrado y poco comunicado. Que se me entienda, la población ocupada en ese Perú de 1931 a 1962 no es más la misma. Ni el sistema de clases, ni la mentalidad. Pero el aprismo permanece y sobrevive a la desaparición física de su fundador. No necesito decir qué pasó en 1980, 1985 y 1990. ¿Cómo se explica esa invariante electoral, el voto aprista, cuando todo, absolutamente todo en el país parece cambiar? Sin embargo, el Perú desde los sesenta hacia adelante, es el país de la gran migración rural, de la aparición de la economía informal hasta nuestros días masiva, dominante, de la transformación de Lima capital criolla en una cosmópolis de verdad chola, mestiza, peruana, con culturas emergentes urbanas. Este país actual se constituye después del gobierno de Velasco que toca los intereses de la oligarquía, pero la lealtad aprista permanece. Tras varios gobiernos civiles —Belaunde, Paniagua, Toledo— y ahí están. De los errores del primer gobierno del doctor Alan García, y lo entienden, le escuchan y le dan la ocasión de enmienda y de esperanza, y lo vuelven a elegir. Después de Sendero que tomó las armas. Después de tantas cosas, sigue de pie esta frase: «Está es el Apra, ¿qué les parece?»

Cómo negar que en el largo tiempo secular republicano, el poder cambió tantas veces de mano y el aprismo, por decir lo menos, no es el mismo en los años revolucionarios de los cuarenta que el de los compromisos de los sesenta, la gobernalidad en los ochenta, o después del paso por el poder de Alberto Fujimori. Ni desapareció lo que los mexicanos llaman “la sociedad peticionaria”, al contrario. Entre tanto, las lecciones de la historia se transformaron en lesiones. En efecto, han sido decenios terribles, se glorificó la violencia en las aulas, y después de los héroes asesinos, los mismos que los encontraron ejemplares optaron por diversas versiones de la propia derrota. Hoy, nuevos demonios tientan a las muchedumbres,  la incertidumbre se ha vuelto tumulto y protesta, la venganza colectiva inventa sus agravios o mira a las fronteras para hallar nuevos tóxicos nacionalistas. Pero, no menos cierto es que cada vez más peruanos piensan que el camino más rápido a la democracia es la educación. Y el aprismo, ¿no nació como un partido-escuela?

La explicación de la interrogación que yo mismo suscito, siendo política, no se halla por completo en los fenómenos de evidente carácter político. Insisto, si el aprismo, obra de Haya de la Torre, es un comportamiento social y una cultura, poco tiene que ver entonces con las grandes variantes de la demografía, la economía y lo que los liberales llaman el rational choice. No estoy diciendo que es un irracionalismo ni una adhesión fanática, qué fácil sería la explicación. Simplemente estoy diciendo algo más sencillo y complejo a la vez. En nuestro país no coinciden, por el momento, el homo politicus y el homo economicus. No estamos en un tranquilo sistema occidental pluralista donde en un espacio social bastante homogéneo se enfrenten ofertas y demandas sociales tras movimientos y partidos bastante similares. El mercado electoral acaso atiende, además de las propuestas lógicas de las elites partidarias, otras cosas. Indecibles. Pareciera que el debate durante las campañas fuera por encontrar el modo de instalar un capitalismo exitoso que no acreciente las diferencias sino las disminuya o acaso las elimine. Pero no creo que nadie gane una elección en el Perú con solo esa agenda.

Las ideologías políticas no se componen, solemos olvidarlo, únicamente de ingredientes políticos. Hay anhelos soterrados, tensiones subterráneas, emociones y razones que no están siempre en las banderolas ni en los programas partidarios, a las que pueden arribar más bien el lado intuitivo de los políticos que los analistas, y de ese perdurable malestar de lo peruano, a veces, suelen estar a la escucha antropólogos, psicólogos, gente con antenas a esas formas de la “institucionalidad de la incertidumbre” que son las expresiones políticas en un país transicional como es el nuestro. La transición es, dicen los historiadores, el período más difícil de la vida de las sociedades, cuando las viejas adhesiones sociales de la tranquila e infeliz vida tradicional son sustituidas por las adhesiones interesadas y a la vez apasionadas de la modernidad política, en sus primeros tramos, siempre conflictiva. Así fue como se quebró la Rusia de los zares, el México de Porfirio Díaz, el Irán del Sha.

Quiero proponerles a continuación algunas paradojas. No es el gran debate sobre la modernización lo que apasiona a las masas peruanas, ellas la viven cada día, bajo el régimen del modo de producción familiar que se ha  inventado la inmensa masa de pobres como recurso. ¿No será, más bien, preocupante las tensiones que esa modernización trae consigo? Así, ¿no será el partido que más tensiones internas tiene, que reúne más gente peruana en su propia heterogeneidad lo que lo hace, por paradoja, el más representativo de los partidos? Y hemos dicho, país transicional. Y a ojos vista ¿país que no ha terminado de construir, no del todo, la nación? Y si esto es una percepción generalizada, ¿no será que el aprismo es el más nacional de los partidos peruanos precisamente porque la nación misma no ha terminado de construirse? ¿No será que Haya de la Torre, no pudiendo llegar a Palacio, levantó en la avenida Alfonso Ugarte, un muñon de nación construida con argamasa de clases distintas y hasta opuestas? ¿No viene a ser el aprismo una suerte de matriz, de proyecto en sí mismo? ¿Un lugar donde no los derechos sociales de igualdad, sino la “distancia” social se reduce, cuando en la masa aprista se encuentran compañeros y compañeras? ¿No será que esa representación del mundo de lo peruano por lo que no es —una sociedad de iguales— se aminora en la práctica de la amistad y la fraternidad entre apristas?  ¿Partido en el cual el peor de los calificativos no es el abandono ni la traición sino ser infraterno?  Y ¿no será el espacio social humano aprista un lugar que desde los días en que Haya lo reúne, reúne a elites y masas, conductores intelectuales y sindicatos proletarios, cosa que nadie supo hacer? ¿No es aquello entonces una conformación de un pueblo aprista que tiene su propia conformación social (como la tienen los peronistas en la Argentina, o los demócratas en los Estados Unidos)  y no viene a ser una construcción de lo político, no reducible a las variables corrientes de la misma ciencia política?

En fin, ¿no es verdad acaso que los triunfos y los fracasos de los movimientos populares —y el aprismo es uno de ellos— no se explican únicamente por el poder unificador de las demandas sociales? Cuando examinaba, en la última contienda electoral presidencial, los programas de Ollanta Humala, Lourdes Flores y Alan García, era de notar que a todos o a casi todos la ciudadanía solicitaba casi las mismas cosas: empleo, educación, salud, seguridad, patriotismo. Quien fuera o no elegido, pareciera que no contara demasiado sino sus políticas, en el sentido que se usa en inglés —policy—, es decir los programas de acción. Las políticas públicas. En La razón populista, Ernesto Laclau explica que el desdeñado populismo no es sino una manera de construir lo político que no se explica tras una reducción sociológica. Me atrevería a decir que entran otros ingredientes, metapolíticos. Una suerte de trascendencia histórica, claro está, vivida más que confesada. La esperanza de tener nación, patria, futuro, y no guerra civil. Ni ocupación extranjera.

Todo lo dicho me permite volver a la significación de Haya, el fundador. No, en efecto, no me contento esta vez en limitarme a situarlo o categorizarlo como el primer ciudadano, porque no creo que la idea misma de ciudadanía, es decir, de igualdad, esté en primera línea de lo imaginario popular. Lo que está en primera línea es la toma de conciencia de sus necesidades primarias, y la prisa social en satisfacerlas.

Haya está en los fundamentos del Perú contemporáneo porque percibió, y no por separado, estas dos finalidades. La nación y la democracia. O mejor dicho, la nación y el trabajo de la democracia, a veces aliados, pero también la posibilidad de ser adversarios. Haya se interesó por el Estado, el pueblo, pero en nombre de una idea de nación en la que excluía a los que tenían modos de producción o ajenos a los intereses colectivos, o fuera del control de las leyes peruanas. Señalar eso le ganó y a sus partidarios, persecución por decenios. En el desarrollo europeo y norteamericano en el siglo XIX, el mercado liberal fue primero un mercado nacional, aquí no, fue al revés. El Estado prepara el espacio del mercado abierto, tras el primer asentamiento de la autoridad presidencial que ocurre en los noventa gracias, puede decirse, al asedio senderista.

Ahora bien, no faltará quien diga: si es eso un nacionalismo prudente, ¿para qué se funda el aprismo como oposición a los otros estados de ánimo de la arena política? Si eso parece evidente, la necesidad de demarcarse, lo es en 1931, ¿por qué en 1945, 1956, 1962?

Un partido, y con más razón un partido-nación, cumple con una de las reglas más secretas y evidentes de la lógica política, «la organización de las separaciones» (Pierre Manent). La primera separación fue ser de izquierda sin por eso comunista. La segunda confiar en la democracia de representantes, de ahí su participación en las elecciones municipales, para diputados y senadores y las presidenciales, sin que por eso la dramaticidad de la vida peruana en sindicatos y masas los dejaran de acompañar. La tercera separación aparece en los años setenta, la aceptación de la instancia política institucional y no insurreccional pero poniéndose al lado de la estabilidad de los notables y patrones, no ser el partido de ellos. La cuarta aparece cuando el paso pragmático de Fujimori, el fervor senderista capaz de llegar al sacrificio y al asesinato del rival, hierven en la misma caldera social peruana. ¿Cómo ser a la vez fervoroso y práctico, representar y enfrentar? El análisis barato ha llamado a ese estilo de moverse en la escena pública «la escopeta de dos cañones». Si hubiesen leído a los clásicos de la filosofía política de todos los tiempos, de Aristóteles a Maquiavelo, de Tocqueville a Sartori, sabrían que ese arte es la política, no una ciencia sino un saber donde nunca la incertidumbre desaparece. Movible e inestable como la sociedad misma y el buen deseo del ciudadano rey.

Un partido así sigue viviendo porque fue fundado por un hombre singular. Los pueblos buscan para construir la nación el Estado moderno, las libertades, la modernidad, un tipo de héroes, los héroes culturales. Es entonces la hora de las grandes fundaciones históricas. El problema es que esta petición de principio es inconmensurable. No se puede pedir que un hombre sea a la vez un gran rebelde al orden o la injusticia establecida, un pensador y un guía colectivo. La vida humana es breve, los talentos dispersos. No se puede ser a la vez profeta y César. Pero es lo que las grandes civilizaciones exigen de esos hombres del destino. Ahora bien, Haya de la Torre reúne esos dispersos talentos y roles sociales. Con las observaciones del caso. Es un luchador social, un rebelde al orden oligárquico, qué duda cabe. También un pensador originalísimo. También un profeta, una vida singular. Pero no llega al poder en vida, lo que lo coloca en una situación de héroe cultural, su inacabamiento lo proyecta, por paradoja, fuera del tiempo presente. Es la historia su dominio, no lo inmediato.

En efecto, lo que lo separa de un Ben Gurion, de un Cárdenas, es en estos el uso legítimo del poder, al que no llegó.  En las Antimemorias, Malraux recuerda sus conversaciones con Nehru. Nada separa la inteligencia del gran primer ministro de la India de lo que pudo decir Haya a sus contertulios, salvo un pequeño detalle, la India vota por su unidad y lleva al heredero de Gandhi al poder legítimo. Los peruanos no estuvieron en la cita de la historia que fueron las elecciones en las que Haya se postulaba. Lo vuelvo a decir, falló el país que no lo eligió. Y otra cosa, Nehru diserta desde una India unida, Haya no hubiese sido otra cosa que un augurio de futuro. ¿Unidad en la América Latina, política y económica? No todavía, ni Lula.

Es inútil enfrentarlo a otros pensadores peruanos y latinoamericanos. Tuvo lo que no hubo en otros, el riesgo de la política (las persecuciones, los exilios) y el amor y la responsabilidad que eso da lo popular a un dirigente. Fue un profeta desarmado. Por eso, nadie pensó más intensamente la realidad que él mismo. Con el apuro y el realismo del combatiente y el futurista. ¿Eso lo hace un maestro para todos? Podría ser, si quisiéramos tener nación, pero de ello no estoy muy convencido que querramos. No creo que un cajamarquino, un arequipeño y un cusqueño sientan que tienen algo en común. Los reúne el azar de la historia. Pero el aprismo sí ha conseguido estados de conciencia nacionales, desde 1931. En los que hubo pueblo y elites. Por último, es la vida misma de Haya lo que lo separa y eleva de toda comparación. ¿Quién le dedica a la política su vida misma, con una pasión de franciscano misionero del siglo XVI? Su familia fue el aprismo, su terruño fue la fratrernidad de su partido. Haya por eso no dejó de ser un observador de la marcha del mundo, un globalizado ante de la moda de lo mismo. Sí, pero no olvida que los que gobiernan, en general las elites, piensan a escala supranacional pero los pueblos no, piensan y sienten localmente.

Por cierto, el gran reproche que siempre se le hizo que no solamente había fundado un partido sino un movimiento, un estado de ánimo. Ese reproche no toma en cuenta qué es la política, las religiones políticas, en los períodos transicionales y en las sociedades apenas reconciliadas consigo mismas, del tipo de la peruana. La inmensa paradoja del aprismo es que para conseguir la unidad tiene que marcar las fronteras con lo que no es aprista. Una autarquía emocional, eso es lo que es y es lo que seguirá siendo, por la fuerza de las cosas.

¿No ha dicho Hegel que el gran drama de los tiempos modernos es el del reconocimiento mutuo?  Sin duda podemos aspirar a que, algún día, los peruanos sean realmente ciudadanos, es decir, no digo que vayan solamente a votar, digo que lleguen a ser eso que señaló Tocqueville para la democracia en América en los años 30 del siglo XIX: una forma de vida corriente, la democracia como gesto cotidiano y costumbre, y no solo instituciones. La paradoja es que el reconocimiento recíproco habrá comenzado cuando se funda el aprismo, es decir, una manera de que los peruanos, al menos adentro de su partido, se sientan iguales. Haya crea ese movimiento paradójico que para producir la democratización tenga que ser él mismo distinto.

Hasta que los lazos y la virtud aprista que es por naturaleza misma el instinto republicano deje de ser la costumbre de uno grupo de ciudadanos, aprista, sino la forma corriente de estimarse entre ciudadanos. En ese momento, Haya habrá llegado al final de su viaje. A la tierra prometida que solo atisbó desde lo alto de la Presidencia de la Constituyente. A un país de iguales, que todavía no somos.

(*) Texto inédito (2009)

(1) Neira, Hugo, «Después del Muro de Berlín. Actualidad de Haya de la Torre». En,  Vida y obra de Víctor Rául Haya de la Torre, ediciones Cambio y Desarrollo, Lima, julio 1997 (pp. 11-73)

(2) Discurso al recibir el 1° Premio Concurso Internacional de Ensayo Centenario de Víctor Raúl Haya de la Torre, 19.09.1996

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