No te leo (J. Hevia)

Escrito por: Hugo Neira - Juil• 30•17

En ciertos puntos estoy de acuerdo, en otros no. Lo publicamos igual porque se preocupa por el problema de la lectura y de la educación. Para mí, las cosas son sencillas. En el resto del planeta, se enseña conocimientos. En el Perú, no. No se enseña física, química, lógica, gramática, historia universal, historia del Perú, literatura hispanoamericana. Eso es todo. Insisto, el Perú es un tren que se ha salido de los rieles. Hay que reconocer el error y volver a tener maestros y libros. En la Educación actual, se ha destruido la figura del maestro. Lo llaman “facilitante”. No se enseña a escribir un mínimo paper. Como están las cosas, jamás saldría un Julio Hevia Garrido Lecca de los colegios públicos. (HN)

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“Anne-Marie y Roger Chartier son dos de los especialistas más encumbrados del mundo de la lectura, acuciosos rastreadores de su genealogía como de sus abruptas metamorfosis contemporáneas. Así pues, la Chartier sostiene que nunca se ha leído tanto como en la era actual: en ese diagnóstico se cuida de incluir best sellers, artículos técnicos de la más variada índole, revistas de gran circulación y distinto alcance, sin omitir toda la oferta virtual que, hoy por hoy, se abre y cierra ante las miradas atónitas de los migrantes o el atisbar cloromorfizado del nativo.

De la cantidad pensaba Marx, debía darse el imprescindible y tantas veces postergado, salto cualitativo. En cambio Nietzsche, paródico o crudamente realista, llegó a señalar que la propia cantidad ya era, en sí misma, otro tipo de calidad. Quizá entre uno y otro razonamiento se yergue un vasto panorama donde conjeturar lo que le viene ocurriendo a la humanidad en el terreno, tecno-cognitivo se diría, de la lectura electrónica y sus posibles efectos que, señalémoslo de pasada, mal podrían desligarse de toda suerte de afectos.

Ronald Barnett, especialista británico de la problemática educativa y las variantes no poco significativas que el aprendizaje contemporáneo implementa, nos advertía de la mutación de una enseñanza históricamente centrada en la comprensión de los fenómenos hacia una modalidad, bancaria o atomística, harto focalizada en las, puras y duras, competencias. Dicho del modo más elemental, allí donde las competencias aislan los tópicos a aprehender y otorgan a cada cual, aprendiz primero, operario, técnico o profesional después, su lugar en la cadena productiva, la comprensión nos insta, volvemos a Barnett, a colocar en la balanza nuestro propio punto de vista y las correspondientes limitaciones que le son inherentes, ergo, la necesidad de relativizar el análisis y estar atento a su corrección continua.

Hay pues en la rejilla, claramente discriminatoria, del aprendizaje por competencias una suerte de traducción pedagógica de cierta mecánica fordista, a juzgar por la propia gestación, distribución y jerarquización de los saberes tal cual son ordenados social y laboralmente; mientras que en el ejercicio de la reflexión comprensiva aún se respira el aire calmado y menos apremiante que exhalaran el aura enciclopédica, los intereses humanistas o los formatos todoterreno que tanto atraen al ensayista de ayer y hoy. No es gratuito que las competencias, afirmándose en comparaciones y trabajando con constantes, autoricen siempre la configuración de manuales y tiendan a casos paradigmáticos. La comprensión en cambio, quizá más lenta y cuestionadora, lo sumerge todo en el plano de la duda y, desconfiada por naturaleza, no se conforma con fórmulas, de allí que tienda a atisbar en el uso y abuso del Power Point un mecanismo reduccionista, y en el cortar-pegar la sintomática resultante de una concesión educativa sospechosamente paternalista y alfabetizadora.

Si de comprender se trata poco es, valgan verdades, lo que comprendemos de nuestra realidad y es que, visto del modo más áridamente pragmático, tampoco hay demasiada motivación para ello, notando acá de pasada, que tal empuje parece estar inextricablemente ligado a los incentivos económicos y a sus pomposos empoderamientos. Dicho de modo muy grueso y bajo el empañado cristal de una óptica reflexiva en trance de extinción, el dilema parece oponer, de modo irreductible, el acto de leer al de no leer. Sin caer en tal suerte de catastrofismo podríamos preguntarnos si acaso la curva léxica en la que hemos entrado, ascendente o descendente en función del ángulo desde el que se la divise, no supone un facilismo que ablanda las iniciativas del lector, adelgaza sus búsquedas y, en consecuencia, acorta el tamaño de los intereses de quienes se involucran en tal práctica? Es así que tiempo atrás tratábamos a nuestros alumnos, medio en serio/medio en broma, cual si estuvieran afectados por un efecto tipo caña-corta.

Con la lectura electrónica, y a riesgo de ocupar el lugar del fetichista nostálgico, hablaríamos entonces de una reorientación, cuando no de una supresión de los afectos socioepidérmicos a los que estábamos habituados antaño: he allí los despliegues tactiles, el compromiso de la dimensión corpórea vía el tanteo manual, el ejercicio kinestésico en un mundo articulado en tres dimensiones, el aroma más o menos vinculado a la reciente adquisición o al carácter de reliquia del libro que tenemos entre manos.

La lectura digital hoy, es preciso reconocerlo, es la que practica el navegante en medio de una marea informativa que, como es natural, lo distrae, lo desconcentra, lo marea, a fuerza de proponerle todo tipo de conexiones, itinerarios y desplazamientos de superficie. Profundizar es inútil: el slogan adquiere valor de sentencia. Abstraer trae problemas y a ningún logro conduce: es el mejor modo de perder tiempo o de perdernos en él. Incluso, según demostrara recientemente un célebre filósofo fujimorista, leer hace daño y hasta produciría Alzheimer.

Otrora nos figurábamos las cosas vía el lenguaje escrito o hablado; hoy ambos regímenes son canjeables por una serie de gráficas que los emoticones proveen y los memes diseminan. ¿Proceso de transición hacia un orden mejor o involución de rasgos apocalípticos? No lo sabemos, nada es seguro y, en medio de la incertidumbre, J. Wagensberg, físico catalán, ha advertido que la gran virtud de los objetos inertes es la estabilidad, la de los objetos vivos la adaptabilidad y la de los pensantes, su creatividad. ¿Qué virtudes creen ustedes, amigos y amigas, son las que hoy se recompensan y a qué precio?

Julio Hevia Garrido”

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