Retrato a pluma de un inclasificable mexicano

Escrito por: Hugo Neira - Déc• 03•18

Desde el 1° de diciembre, México tiene un nuevo presidente. Andrés Manuel López Obrador, que vamos a llamar AMLO, como lo hacen seguidores y medios de prensa. Una de sus frases, al llegar al poder, «he recibido un país en quiebra». Pero a mi entender, la frase que mejor lo resume es: «No me dejen solo, sin ustedes no valgo nada». Esa humildad, en México, paga. Y por ello, inmensamente popular. AMLO presidente, un giro, un tournant como se dice en francés. Y viene a tiempo para la América Latina. México será el contrapeso ante la monstruosidad que es Brasil en manos de Jair Bolsonero. Lo creen un ultraderechista. Es peor que eso. A su lado, Trump resulta un izquierdista.

No es poca cosa México. Un PBI de 1 294,7 billones de dólares. Aunque la industria mexicana dependa del mercado americano. Aunque Brasil sea casi el doble, 2 416 billones, caben en México casi tres Argentinas, cinco Colombias y 39 Bolivias. Sin embargo, el per cápita es de 10 mil dólares, inferior a chilenos y argentinos. Los problemas que enfrentará el nuevo presidente son enormes: brechas sociales, carteles, mafias, delincuencia, crimen organizado sumado a la corrupción y a la impunidad de los poderosos. Problemas acaso peores que los nuestros. En México todo es enorme. Contra todo eso, el 1° del pasado julio, AMLO, a los 65 años, fue elegido con un 53%.

Los mexicanos han festejado ese resultado, y con razón. Unas veinte mil personas ocuparon el lugar residencial, Los Pinos, que tiene 14 veces el tamaño de la Casa Blanca de Washington. Eso también es México, grande en sus virtudes y en sus vicios. Han votado por alguien que a la vez es un hombre honesto y que no ha entrado con la pata en alto, al contrario. No quiere AMLO ser «una presidencia imperial» (Referencia al libro de Enrique Krauze). Va a combatir «el circo y la simulación», pero ha dicho también «que no va a perseguir a nadie». ¿Qué le parece, amigo lector?

Quiero explicar quién es AMLO. Para ello, hay que evitar varios escollos. Lo primero que debemos dejar de lado la costumbre muy peruana del rapidito. No es un outsider como nuestros calamitosos Toledo, Ollanta Humala y compañía. López Obrador está en la política hace un buen rato. Se enfrentó a Vicente Fox y a Calderón, ambos de derechas. Y a Enrique Peña Nieto, del PRI. Lo segundo es que pudo llegar porque en México hay partidos. Cosa que no tenemos. Hay que olvidar lo rapidito y también lo facilito. En fin, México tiene instituciones. Cosa que tampoco tenemos. Ese mexicano no viene de la antipolítica.

Al contrario. ¡Ha mezclado tendencias! Conozco México. Lo he visitado muchas veces, y he visto, entre otras cosas, su ascenso lento, terco, peleón. De modo que ahí va lo que es su itinerario. Lo que no encontrarán en otros medios de comunicación. Van a decir que es una suerte de Lula da Silva, pero se equivocan. Y lo de populista resulta corto.

¿Quién es López Obrador? Un mexicano que encarna el sur pobre y los abandonados. Nacido en Tabasco, su primera actividad fue ocuparse de los indígenas. Sí, pues, comenzó con un cargo menor, dentro del PRI. Ahora bien, si no entendemos qué es ese partido, no entendemos nada. El PRI en dos palabras: un partido-Estado. No solo 70 años en el poder sino millares de cuadros formados decenios tras decenios, de una calidad que ya quisiéramos. Más partido que el aprismo en sus mejores momentos, y que el peronismo, Weber habría aplaudido. Vargas Llosa nunca entendió México y la llamó «la dictadura perfecta». Ni dictadura ni perfecta. En fin, tengamos claro que López Obrador no fue uno de esos grandes cuadros del PRI, y ni intelectual ni tecnocrático. ¿Qué fue y es? Un operador. Pero con expectativas que fueron creciendo con el tiempo y la experiencia.

Si entendemos el PRI, entonces, tenemos donde situar a AMLO. Es un hombre con buena estrella, asciende cuando se comienza a descascarar el viejo PRI. Y entonces, es como un monje medieval que se voltea contra el Vaticano. Es el Lutero del PRI, comienza a operar por su cuenta cuando una suerte de patriotismo lleva a muchos del PRI a salirse. López Obrador, puesto que se vuelve disidente, forma un partido «de la revolución democrática», el PRD (1996). Así, el sistema mexicano de partidos ya no es solo el PRI y el PAN, partido de derecha que hace triunfar a Fox y a Calderón, sino ese intruso. Ha logrado un triángulo.

El ascenso al poder de López Obrador se debe al debilitamiento paulatino del partido hegemónico que era el PRI. Gobernara quien gobernara, Obrador estaba ahí para ser el apóstol de la oposición, el Mahoma de un cambio de régimen, pero le faltaba algo, la fama. Esta viene cuando es elegido Jefe del D.F. es decir México ciudad. En diciembre del 2000. Es entonces que se luce. Subvenciona tarifas del metro, se ocupa de las pensiones de los pobres, la seguridad mejora, y lo que es impresionante, salva el centro histórico colonial de México capital. Otra gran obra es el anillo periférico a dos niveles, algo como nuestro Evitamiento pero doble. ¿Cómo lo hizo? Se asocia a un hombre multimillonario, Carlos Slim, para recuperar el centro de la ciudad. López Obrador tenía el hábito de dar una conferencia de prensa cada día, a las siete de la mañana. Costumbres de provinciano.

Ha ganado porque ya lo conocen. Pero no fue fácil, por años, sus rivales —el poderoso PRI y también el PAN— le dijeron de todo. «El Chávez mexicano». Ya lo sabemos, se criminaliza, se demoniza. Pero en el 2006, ya estaba trece puntos por delante del PAN. Todavía le gana Calderón en ese año, probablemente con fraude. AMLO llama a sus seguidores y ocuparon el Paseo de la Reforma. Algo así como llenar de gente el zanjón de Lima. ¿En qué momento ya aparece como probable triunfador? Cuando quieren meterlo preso¡! Le hacen un juicio, un supuesto abuso de poder, había hecho una carretera para un hospital sobre terrenos en litigio. Tuvieron que dar marcha atrás, se metió el International Herald Tribune, «eliminar políticamente a López Obrador, era un desastre para la democracia mexicana». En el 2012 las elecciones presidenciales las gana todavía Enrique Peña Nieto con 38,2% contra el 31,6% de AMLO. Pero él continúa, su gran instrumento político ha sido la calle. O sea, todo el marketing se viene abajo¡!

¿De izquierda? «Su discurso es radical pero no es anticapitalista» (Rouquié). Inclasificable. López Obrador se ha autoinventado. Los mexicanos esperan algo grande, como cuando Benito Juárez, en el siglo XIX, hizo la Reforma, o sea, la ruptura del Estado y la Iglesia. Su prócer preferido es Francisco A. Madero, el candidato a presidente que Porfirio Díaz envía al exilio y que desde la frontera llama a la Revolución. Es un moralista rebelde. Ni izquierda ni derecha. Sentido común y cojones.

Publicado en El Montonero., 3 de diciembre de 2018

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