Retratos

Escrito por: H. N. - 2 529 veces


 

Retratos

 

Parte I

Dumas, con antepasados africanosMarx, el retorno Todo está en NostradamusEl enigma Toledo. Duelo y disentimiento en la choledad ilustrada (*)Mutis y el criollo autoflagelamientoLAS explica un neologismoEsta vez, Eloy MartínezCondotiero y TeoríaAlex Kouri, ese filósofoAcuérdate de AcapulcoHugo. El monstruoLa señorita RebecaJesús y los eseniosBarnecheaNaipaul, las ventajas de la malacrianzaVida nueva de Pedro Planas
El profesor Roitman y la transición 

 

Parte II

Chamba presidencial – El enigma de Sánchez – Martha y el oxímoron – Kokoro wo kumu – Karol Wojtyla, un hijo del pueblo – Luza. El precursor  – Tudela.  La Contrarreforma otra vez – Macera. Botas y votos – Cipriani

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Sabatina, 07 de diciembre del 2002
 

Dumas, con antepasados africanos

 

Hugo Neira

Los Dumas literarios son varios, el ancestro es un general mulato, Thomas Alexandre Dumas, el mismo, un personaje de novela romántica antes que el género hiciera irrupción, pues hijo de el marqués Davy de La Pailleterie y de una esclava negra, Marie-Cessette Dumas, nace en Santo Domingo en una plantación, un hijo del amor, con un resultado, vitalmente hablando, magnífico. El  padre del escritor (el de Los Tres Mosqueteros) resultó ser una maravillosa fuerza de la naturaleza, un general mulato que combate al lado de Bonaparte en las campaña de Italia y Napoleón decía que lo hallaba demasiado revolucionario para ser hijo de marqués, el caso es que el hombre, de caballería, era capaz de colgarse de una viga y levantarse a pulso con caballo y todo. Inténtenlo por favor. Fuera de esas hazañas, en la vida corriente se casa con la hija de un hotelero. El resultado es Alexandre, que significativamente deja en el olvido lo de La Pailleterie y se firma Dumas. El más popular escritor de novelas históricas del XIX, reconoce ser lo que se llamaba entonces un cuarterón. Hoy es el primero de los ilustres franceses enterrados en el Panteón que desciende de esclavos africanos.

No voy a resumir la existencia del autor de 300 libros y piezas de teatro, Dumas padre. Ah, porque los Dumas son un linaje. Hay Dumas hijo natural, autor de La Dama de las Camelias por cierto, un conflicto por una mujer entre un padre y el hijo, y el drama de la tisis, acaso por el prejuicio favorable de antaño: las enfermas del  pecho eran muy ardientes. En nuestra literatura, la idea habita en "la ciudad de los tísicos", que es Chosica, en Valdelomar. Hay otros Dumas, un político amigo de Robespierre, y un químico que inventó la química, todos  o iluminados o excesivos.

Alexandre Dumas amaba  la vida, los viajes, las mujeres y contar historias. De ahí su narrativa.   Como el ilustre ancestro mulato que hizo las guerras de Italia, y a la manera de otros escritores de su tiempo (Chateaubriand, Lamartine) Alexander parte a Cádiz y al  Caucazo, a Suiza, Sicilia, Algeria o las orillas del Rhin —observen el disperso periplo— y a veces sus notas de viajero acaban en libros, "Quince días en el Sinai", a veces no, poco importa, lo que cuenta es la errancia. En el camino recoge por aquí una anécdota, por allá una leyenda. En una de sus cartas, que dirige en setiembre de 1832 a un amigo, dice: «Querido Eugène, me hallo en Neufchâtel y no sé si seguir el camino a Prusia o a Suiza». Lo importante era moverse. Qué salud para viajar con coches tirados a caballo por inconfortables caminos. ¿Quién viaja hoy así?

Vitalidad, exceso, sus mujeres son como estaciones de balneario, refugios de temporada.  Se le conoce el nombre de la primera amante, D'Aglaé Tellier, y luego Louise Leroy, Marie Dorval, Caroline, Anaïs, Isabelle, Marie, Émilie, la lista es larga. Las tomaba de  todas las condiciones, panaderas, burguesas, cantantes.  Dumas, alto y corpulento, con fuertes piernas que gustaba lucir, en una época cuyos varones no se decidían por el pantalón a la inglesa, el que usamos hoy, o a la francesa con calzas o medias altas, Dumas prefería esto último. Ocupado en vivir, pagaba sus "negros" es decir, gente que le escribía un borrador, luego venía él, Dumas. En 1830, con un fusil, estuvo en las barricadas liberales. Hoy hubiera adorado el cine, donde también hay "negros" y truculenta intriga. Francia lo hace entrar en el Panteón, ya era hora.  La novela histórica fue su invento, con su cortejo de héroes y traidores, la misma que reverdece en nuestros días. Recreó el drama, cultivó lo fantástico (sí, sí, cuentos con vampiros) y se dio tiempo para escribir un tratado de cocina (cosa que interesará a Raúl Vargas, que dudo no lo sepa). Inventó leyendas, nos hizo soñar cuando pequeños. ¿Quién no ha sido, por la magia de un par de maderas vueltas espada, un d'Artagnan? ¿O Edmundo Dantés, Conde de Montecristo? El niño que todos fuimos dice aquí su gratitud.

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Sabatina, 30 de noviembre del 2002


Marx, el retorno

 

Hugo Neira


Vuelve Marx. No a la cabeza de una nueva internacional o de alguna otra feroz burocracia en el poder. El de la carta de Engels: «Ni Karl ni yo, somos marxistas». Lo creyeron enterrado para siempre, pero no se es Marx por gusto, alemán de la cosmopolita Tréveris, con abuelo rabino y padres convertidos al protestantismo, juvenil autor del Manifiesto, para dejarse arrastrar por el descrédito del marxismo-lenilismo, la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética. Si pudiéramos interrogarlo, se encogería de hombros. «¿Y yo, qué tengo que ver con todo eso?  Estudié Das Kapital, el "ismo" lo puso Werner Sombart en 1902, cuando yo ya estaba muerto». En efecto, "Der Kapitalisme".  Marx profetizó el socialismo sin detallar qué forma tendría, lo que sí hizo fue ponerse al lado de los asalariados. Su filosofía radical está en sus textos y no en los diversos programas, muchos monstruosos, que ha inspirado.  Si hoy retorna es porque hay otro dogmatismo triunfante. El fetichismo del libre cambio, el advenimiento del mercado absoluto.

¿Por qué tendría que ser una sorpresa que en el corazón mismo del mundo anglosajón los estudios sobre Marx se pongan a la orden del día?  Se trabaja  sobre Marx en Oxford y Cambridge y últimamente en Harvard. Las razones vienen del sentido común. Marx vuelve a raíz de la propia globalización. El capitalismo en plena expansión crea riqueza,  acaso más que nunca, pero a la vez más desigualdades. ¿Cómo razonablemente negar que la extensión planetaria de la economía librecambista, la creación de nuevas demandas por vía de incorporación de naciones y civilizaciones enteras,  no contradice sino confirma la lectura de la historia de Marx?  La conclusión  es paradojal: cuanto más progresa el capitalismo —y de hecho lo hace— más actual resulta el solitario de Londres. La mundialización, y no Corea del Norte o alguna otra sanguinaria versión, vuelve a darle actualidad al Marx científico, a sus conceptos: acumulación, alienación. Por eso resulta sospechosa la difundida enseñanza de un economicismo de tercera fila a líderes de países de la periferia,  business studies, expertos y técnicos convencidos de que Marx está acabado, mientras la elite estudia a Marx en Harvard.

El Marx que retorna como pensador del curso de la historia es un Marx inconcluso. En un libro muy inteligente, Negri, filósofo, exBrigadas Rojas, se pregunta sobre los volúmenes que le faltan al “Capital” sobre el Estado y el mercado mundial. La hipótesis es atractiva. Marx no quiso ni tratarlos porque el comercio, o como él lo diría, “la expansión de la esfera de circulación” al planeta entero no se había llevado a cabo en 1883. ¡Pero hoy sí! ¿Qué otra cosa es realmente la economía internacionalizada? En la que somos proletarios sin saberlo. El capitalismo, “trabajo de destrucción creador” en Schumpeter, “cuenta larga” de la historia en Braudel, vuelve prematuros los primitivos Estados marxistas del siglo XX. El de Rusia, China y los demás. Es ahora y no en 1917, que se plantea  la posibilidad, por vez primera, de una representación democrática internacional  (Imperio, Hardt, Negri, 2002).

¿Stalin y otros, enterrados, pero Marx no? ¿El Capital,  compatible con la democracia? ¿Libre del fardo de culpabilidad que se le atribuye (como a Nietzsche el nazismo) nos devuelve para el XXI, un filósofo de la emancipación humana? ¿El de Max Weber, Polanyi, Wallerstein? En todo caso un marxismo sin marxistas. Pero el trabajo de duelo será laborioso, dado los crímenes del stalinismo. Harvard también ha publicado El libro negro del comunismo  leído en 18 países y en China. Calculan entre gulag y otras exterminaciones, 100 millones de muertos. En Moscú parece que se vende como pan caliente. 

P.D.  Hace una semana afirmé que había ya una “clase política” en Perú. Me arrepiento.  ¿Cómo es posible que los máximos dirigentes partidarios no asistieran a la ceremonia de apoyo al acuerdo de James D. Wolfensohn, del Banco Mundial?  Que Toledo invitara no es el tema; hay un momento, aquí y en cualquier lugar civilizado, en que los políticos tienen que saber estar juntos.  No fue Lourdes, de viaje, y no quiso ir Alan García.  Ni Valentín Paniagua.  Me arrepiento porque  una clase política no es eso, sino aquella en que, por sobre las diferencias, hay también la inteligencia de los intereses del país y la nación.  En Perú, por lo visto, ni asomo de ello.  El ciudadano y los espíritus libres juzgarán.

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Sabatina, 16 de noviembre del 2002


Todo está en Nostradamus

 

Hugo Neira


Atisbar el futuro resulta vanidad de expertos y pedantes cuando todo está en Nostradamus.  En vano las cancillerías examinan la escena internacional, en vano estados mayores y economistas, consultantes y corresponsales, los pasos belicistas del presidente Bush y lo que ocurra en la economía de EE. UU., Japón, la Comunidad Europea, o la situación en Bagdad y en la Bolsa de Nueva York, puesto que todo está en Nostradamus.

¿La prueba? La puntualidad de sus predicciones.  A mediados del siglo veinte, chinos y musulmanes arrasaron Europa que hoy no es sino un campo de ruinas.  Sólo se salvó Albania que se plegó a los Conquistadores.  No queda nada del Vaticano, destruido por mercenarios rusos.  Como se sabe, se han cumplido estas profecías de Nostradamus, y no hay más cristianos en “el reino de Francia” que además sigue siendo un reino aunque invadido, y 1789 no ocurrió nunca.  Por lo demás, Nostradamus, cristiano convencido, calculó que hacia agosto de 1999 –o sea, ya pasó y no nos dimos cuenta— Enrique (¿sétimo o noveno?) restauró a la monarquía francesa, expulsó a los árabes de España, liberó a Inglaterra y detuvo la ofensiva africana.  La prensa escrita y CNN se lo han callado, pero en reciente batalla en Constantinopla venció al Islam, siendo coronado “Rey de Occidente” con el nombre de Enrique el Dichoso. La capital de este mundo reunificado no es ni Londres ni París sino Avignon.  El lector debería leer con un poco más de cuidado los diarios, si estas informaciones lo toman por sorpresas.  Pero no debe dudar de ellas.  Vienen en Nostradamus.

Nada de esto le quita lustre y gloria al genial Michel, nacido en 1503, de padre judío que adoptara el catolicismo, bautizándose en la iglesia de Notre Dame (Nuestra Señora) de ahí lo de Nostradamus.  Jacques, el padre converso, envió al inteligente muchacho a hacer estudios de medicina a Montpellier que ya lucía una vieja universidad.  Lo de hacer horóscopos y previsiones es viejo oficio humano, como lo recuerda Erich Eisenhauer, historiador alemán de cuyos trabajos he tomado estas precisiones.  Los judíos, en su peregrinación por otras culturas, tomaron de caldeos y babilonios el gusto por la magia, la siguieron practicando en los tiempos aciagos del hundimiento de Roma y en la Edad Media.  Nuestro Nostradamus tuvo abuelos astrólogos, astrónomos y médicos que hablaban griego, latín y hebreo, pero la Inquisición se metió en sus asuntos y tuvieron que huir de España.  En Francia el genial vástago Michel, médico, ocultista, poeta, fue idolatrado.  En sus oscuras profecías cada uno ve lo que quiere ver.  Ante las Centurias (1555), obra escrita en verso, sólo caben dos versiones.  O Usted cree realmente que lo “habitó el alma del mundo” como decían los alquimistas (o la naturaleza divinizada del filósofo Spinoza), o que fue prisionero, como cualquier homo sapiens, de las limitaciones de su tiempo.  En sus guerras del futuro NO hay coches sin caballo ni máquinas que vuelan por los aires y menos países sin reyes.  ¿Por qué seguir leyéndolo?

Vivimos en un come back de religiones, de integrismo católico, judío y musulmán, mientras se multiplican las sectas y aparecen nuevas religiones en los cuatro puntos cardinales.  El ventarrón místico alcanza la literatura y el cine, Harry Potter.  Signos de religiosidad pero también de gran temor ante lo que vendrá.  Nostradamus le da sus blasones de nobleza a la adivinación de la historia.  Pero por decir cosas como éstas no me vaya a tomar por un seco y espantoso racionalista.  Todo lo que espero es que se siga equivocando, porque sus Centurias pronostican que la tierra se partirá por el lado de América (no ha dicho si la del norte o la del sur) y que “el Redentor volverá entre nosotros”.  O sea, Nuestro Señor habita de nuevo este valle de lágrimas desde 1981, y aunque se ignore las razones del silencio del Vaticano, debe de ser cierto, pues está en los vaticinios de Nostradamus para la fecha indicada.  ¿Quiénes somos para dudarlo?

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Suplemento/Opinión.  13 de octubre del 2002


El enigma Toledo. Duelo y disentimiento en la choledad ilustrada (*)

 

Hugo Neira


La impresión que se tiene es que los peruanos vivimos al ritmo de las encuestas y del alza o baja de la popularidad de Toledo casi con la misma atención con que años atrás se seguía la cotización del dólar hasta que Fujimori calmó el juego. ¿Es esto cierto? ¿El porvenir pende de una cifra? Expreso mi incredulidad, y no porque las considere poco fiables, o porque la vacancia presidencial no pueda provocarse. Digo en cambio que las encuestas, en general, tienen limitaciones. Son la interrogación de una parte de la población hecha para la clase política, pero con las preguntas que a ésta le importan. ¿Qué pasa si a la sociedad le importan otras cosas? La victoria aplastante del discurso neoliberal ha impuesto un nuevo referente: la política ha quedado desacreditada en el Perú. El sentido de lo que pasa existe, pero hay que hacer espeleología, bajar a la caverna de los significados.

La subjetividad de lo político no está en el membrete de los partidos independientes lanzados tras los puestos municipales o regionales, sino en el nombre de algunos grupos de rock subterráneo local: Leusemia, Narcosis, Éxodo, Kaoz, Sociedad de Mierda. El mensaje popular está ahí, es machacón, viene con mucho ruido, emana de chichódromos, y también asoma en talleres de arte o en la poesía de género. Nada de esto, obviamente, sale en las encuestas. Lo conflictual es un mar de fondo, y no sólo porque no hay empleo, sino por la exclusión. Hay nuevos relatos ideológicos, pero están en otro lugar que diarios y universidades. Están en los jóvenes pandilleros, en barras bravas y esquineros, en solidaridades a menudo violentas, sin expresión argumentativa. Está en la nevada arequipeña y también en las fiestas del viernes por la noche capitalina donde ruge un Tanatos libidinal que los políticos tampoco encuadran, como las sexualidades alternativas, acaso porque no viene de las masas sino de los individuos. Ante estos nuevos sentidos que eluden el lenguaje racional de la política (y hasta el de Sendero cae en esa categoría) todo el mundo se desconcierta, los escuderos del poder y los operadores de imagen. ¿Sólo Toledo en el candelero?

Toda época tiene un modelo de moda. En las entrevistas hechas por Gonzalo Portocarrero a un grupo de jóvenes aparecen tres estilos de vida que obedecen a “los cambios en el sentido común”, el militante, el hombre de éxito y el individuo autorreferido. Los militantes casi han desaparecido, corresponden más bien a “los jóvenes radicalizados de los sesenta” ; obsesivos y culposos, creyentes del futuro redentor. El presente está dominado por otros estilos, el del discurso exitista, convencido del mercado y del logro como resultado del esfuerzo personal. Y el autorreferido, que cultiva la interioridad, el de “las lecturas intensivas de Coelho”, muchachos que optan por carreras vocacionales, aunque inseguras. Ahora bien, como moral pública el cuadro es desastroso. El “discurso más persuasivo” nos da un tipo de individuos que no se reconocen como parte de colectividad alguna. La pobreza resulta sospechosa. Vuelve el discurso racista. La regresión es patente según el estudio de Portocarrero, cuya lectura vivamente recomiendo (IEP, 2001).

Si el triunfo de la ideología neoliberal es tan contundente es porque coincidió con fracasos colectivos, pero abrió espacios de libertad y de sensualidad. Si alguna duda cabe sobre la potencia de la ideología del mercado en el Perú, si alguien todavía sueña que eso no ocurre en la olvidada provincia, recientes trabajos de antropología no dejan dudas. Huamanga con pollerías, chifas, pizzerías, discotecas nocturnas, chupódromos, cibercafés de usuarios de Internet, ganada por el consumo. Huber, de la Universidad Libre de Berlín (IEP, 2002), describe la llegada de las subculturas juveniles a un ayacuchismo de “ofertas diferenciadas” en comida, música, diversiones. No es ni la globalización ni el particularismo, sino ambas a la vez, la “glocalización”, un concepto de Robertson. El letrero luminoso de McDonald’s al lado de la oferta tradicional de rachi, anticuchos y pancitas. La puñalada final de Huber a la ilusión de identidades no contaminadas es su estudio sobre Chuschi, cerrada comunidad india en 1980, cuando la atacó Sendero, hoy irreconocible.

 

Ahora volvamos al caso Toledo desde la subjetividad de los nuevos sentidos. Cierto, derrumbó una dictadura. ¿Pero quién es como persona? Hay razones para considerar que lo vieron como un experto cholo que se volvía Presidente. Ahora bien, sus primeros gestos desconciertan: el salario presidencial de los 18 mil dólares. Ahí arranca el malentendido, y hubo otros. Desde Palacio, la idea de “cobro caro pero no robo” como principio moral es inobjetable, después de que Fujimori finge ganar 2000 soles y educa hijos en los Estados Unidos. Pero Toledo presidente es hombre con experiencia de experto internacional, o sea, con una relación con el dinero poco frecuente en este país. El error de su apuesta es que, siendo racional, responde a una lógica más protestante que peruana. En el Perú, por qué no decirlo, hay dos mandamientos tácitos. El primero, en efecto, es “no robarás”, sin duda más fuerte después de la fuga de Fujimori a quien los chicos del  “hyperespacio” en Internet llaman “fujirrata”. Pero el segundo es “no gastarás”, lo cual es casi incomprensible para la pareja presidencial, y probablemente para muchos de sus ministros ¿Por qué si estamos trabajando bien y somos honestos? De ahí lo del whisky de etiqueta azul a 180 dólares cuando el salario medio es de 140. En suma, la choledad no perdonó al descubrir que Toledo, con adolescencia en USA, se socializó allá y más parece un norteamericano nacido en Cabana. En cuanto a Zaraí el daño es obvio. En ese dramón, Toledo tiene los peores papeles. De que se ponga corbatas verdes es irritación de otras capas sociales, no de la que hablamos.

La choledad no ha dejado de moverse desde los días de Arguedas o Quijano, y hoy es una “choledad ilustrada” como la llama con acierto Rafael Tapia. Hoy, pese a la precariedad, compone rock urbano, pinta, hace teatro, edita, maldice, y, si puede, viaja, se va, retorna, está en las marchas. A ese mundo de gente popular y cultivada que adquiere libros usados en librerías informales del jirón Amazonas, en la temible orilla del Rímac, el presidente Toledo ni se ha asomado. Si un reproche puedo hacerle, y a los hombres de negocios que lo han acaparado (como siempre), es que tuvo que hablar desde el inicio con jóvenes intelectuales, más allá de las vacas sagradas, con aquellos que les falta televisión, diarios, revistas y puestos de trabajo (aunque Nicolás Lynch los procuró por concursos). Naturalmente, en la índole economicista de este régimen, todo eso se desdeña en el rubro “cultura”. Es un error. En este país la “intelligentsia” es mucho más, es decisiva cuando la lucha de clases está siendo interactuada por neo-tribus, en un país de gente desenclavada. Acaso no sea tarde.

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Sabatina, 26 de octubre del 2002


Mutis y el criollo autoflagelamiento

 

Hugo Neira


             
“Más vale un grano de cordura que arrobas de sutileza”.
Gracián, El discreto.

Una amiga y antigua alumna mía, hoy profesora, me hace llegar por correo electrónico el escrito de un grande de nuestras letras publicado en El País. Se lo agradezco porque se me hubiera pasado, al mejor cazador. Luego me llama para preguntarme qué pienso. Como se lo digo, se echa a reír, me dice que es lo mismo que le parecía y que por qué no lo escribo.

Álvaro Mutis, el gran narrador Mutis, es colombiano, reside en México y es premio Príncipe de Asturias, Reina Sofía y el Cervantes. El artículo que comento, con desgano lo confieso, fue publicado la malhadada fecha del 12 de octubre. Construido sobre puntos de argumentación, en los primeros el autor se muestra razonable, pero en el último desbarra y la embarra. Mutis, en efecto, comienza por decir que la fecha misma provoca "un pozo de retórica estéril" y mutuos reclamos y lamentaciones. De ahí que se titule  La celebración imposible. Lo leo y tengo ganas de aplaudir. Mutis avanza estableciendo los escollos para la celebración, el primero la persona misma del Descubridor, y poco importa qué es lo que fuera, dice: "… judío o catalán, genovés o gallego, el hombre era lo que hoy suele llamarse familiarmente una mala persona". Sin incienso para Colón, acto seguido enfrenta otro obstáculo en el conocido reproche "por parte de iberoamericanos y no pocos europeos, del genocidio cometido por los conquistadores contra las tribus que poblaban América". No es que no la hubo, sino que esa Conquista no fue la única en la historia, todas inhumanas, la de los tártaros y legiones musulmanas, la de los anglosajones en las planicies americanas. La historia, señala Mutis, es una cadena de genocidios, los últimos se llaman Auschwitz, Gulag e Hiroshima.

En las líneas finales viene el autodenigramiento. ¿Qué hemos hecho (por los indios)? "Fuera de despojarlos de sus tierras, alcoholizarlos y masacrarlos, y asesinar a quienes han alzado la voz contra ese otro genocidio". De un plumazo se carga cuatro siglos de lucha de aquello que se llama el indigenismo. Mutis es imprudente, sin los indigenistas las comunidades andinas y los pueblos huitotos y totonacas mexicanos habrían desaparecido. Y si aquel movimiento secular tuvo limitaciones que el etnólogo francés Favre ha criticado (pero al francés sólo lo conocen los especialistas) no quita que sin ese antecedente no habría el actual indianismo con sus propios voceros. En este Mutis inferior al de sus relatos pesan los silencios y el ninguneo de sus iguales, ni memoria de Ciro Alegría, Arguedas o Asturias. Ni asomo del largo proceso de autoconciencia que arranca de Garcilaso de la Vega y de los primeros escritores indios y mestizos de México. En su respuesta, ni mención de la legión de etnólogos y trabajadores sociales, de gentes de ONG, iglesias y de movimientos que están al pie del cañón, al lado de los indígenas. Seré el primero en gritar que los indios de México a Perú están lejos de alcanzar un estatus semejante al de otros ciudadanos, ¿pero de ahí a decir que nada?

Un Mutis cortesano, en ritual de autoflagelamiento, ejercicio por lo visto corriente para los excoloniales en el Madrid de estos días. Esas líneas van tras la boutade y el escándalo, como el gran Borges cuando opinaba en la España postfranquista que todo era mejor con Franco. Con el riesgo de que más de uno que lo lea acríticamente eleve a pontificia esa salida de tono, sin entender que nuestras veneradas plumas no buscan siempre la verdad, sino el relumbrón. Comencé con Gracián y acabaré con él. Al Cortesano opuso el Discreto. Entre todo y nada, hay matices. ¿Qué hacer, por ejemplo, con el mexicano Rulfo a quien no sé si sitúa en la narración o el indigenismo, o en ambos? Un olvido de Mutis, ese escritor tan recogido, tan lejos del mundanal ruido donde han ido los que no sabios del mundo han sido.

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Sabatina, 05 de octubre del 2002


LAS explica un neologismo

 

Hugo Neira


Estoy durmiendo a pierna suelta, y soñando, o debería decir ensoñando, o sea, en imaginación onírica, y ensueño que están reunidos amigos míos venidos de diversas etapas y lugares de mi fragmentada vida, los vivos y los muertos, y todos juntos la pasamos muy bien, es inmensa la mesa, el vino generoso y la charla divertida cuando en medio de esa maravilla aparece una nave celeste y desciende de ella Luis A. Sánchez, acompañado de un par de arcángeles con aire de disciplinarios apristas. ¡Zas! Mis invitados se han esfumado mientras LAS, entre tanto, se pasea inquieto.
-Maestro, qué sorpresa, le digo.
-Bueno, bueno, dice un LAS más bien apurado, no me haga perder el tiempo que arriba, y señala el cielo, no dejan mucho.
-Maestro, le digo, está entonces arriba¡! Felicitaciones.
-Ya, Neira, déjese de zalamerías. A ver, papel y pluma.
De golpe el escenario se ha transformado. Y yo estoy sentado en una silla, de amanuense de LAS.
-Vamos a ver, dice. Hay una palabrita que viene y va, privatizaciones. Error, error, hay que definir. Antes. Otro concepto. Fundamental. El de Desreglamentación.
Lo escucho y anoto. Qué remedio me queda.

-Antes de 1985, prosigue, ni se usaba. Viene del inglés. Es un neologismo. ¿Quiere decir que se suspenden los reglamentos? No, quiere decir que se les reducen. Ni Estado ni ley desaparecen. Privatizar es efecto, no causa. Como tiene la costumbre de tomar exámenes y eso no se la ha quitado, se las toma conmigo. A ver, me dice. Si la desreglamentación significa que partes de una economía encuadradas tradicionalmente por el Estado dejan de estarlo. ¿En dónde se aplica en el reciente fin de siglo? Responda.
-Bueno, vacilo. Este… ¿me parece que con la Thatcher?
-Muy bien, me dice LAS. ¿Se acuerda en qué empresas?
-La verdad, así de golpe, bueno, ¿la British Airways?
-Y la BBC, y la del gas, y el tren, o sea, la British Rail, el teléfono, British Telecom, prosigue implacable LAS. Ahora bien, señala el Maestro, toda política se hace contra algo o alguien. ¿Sabe contra quién estaba dirigida esa desreglamentación?
-Bueno, Margaret Thatcher era de derecha, balbuceo.
-Contra los sindicatos, añade LAS. Estos tenían una influencia excesiva en el Estado británico. El laborismo había producido corporativismo. Demasiado.
-A ver, añade, ¿hay un antecedente?
-La verdad es que no me acuerdo, Maestro, perdone.
-En los Estados Unidos, añade LAS infatigable. El primero en quejarse de cómo los monopolios dañaban a los consumidores fue Jimmy Carter pero el que las aplicó fue Ronald Reagan.
-Fue una cruzada ideológica para reducir el peso del Estado, digo por mi lado.
-Tonterías. El movimiento se inscribe en una lógica liberal anti-trust que en los Estados Unidos es una manera de ser de izquierda.
-Maestro, protesto, no me diga que Reagan.
-Lo que le digo es que en el caso americano fue un movimiento a favor de los consumidores. Con Jueces y Comisiones de desregulación federales. No, si lo que pasa es que los izquierdistas no conocen nada de los Estados Unidos. ¿Y en la Comunidad Europea? Piense bien.
-Bueno, Europa se hace con una ola de desregulaciones, aunque persistan ambos sectores, el público y el desreglamentado, incluso con socialdemócratas.
-O sea, dice un LAS triunfante. ¿El concepto es de izquierda o de derechas? Responda, si no lo despierto a Abelardo Oquendo para el dictado.
-Bueno, Usted no me deja otra alternativa. Es un concepto transpartidario, respondo.

Sánchez se ha volatilizado. Me quedo sin preguntarle sobre las economías criminales y el porvenir del trabajo, y no tengo más remedio que despertarme y enviarle esta sabatina a Carlos Castro, no vaya a ser que un LAS nocturno vuelva a reclamar por el resultado de su dictado.

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Sabatina, 21 de setiembre del 2002


Esta vez, Eloy Martínez

 

Hugo Neira


Su última novela estaba agotada en las librerías de Santiago y en Lima.  Lo digo en el curso de un almuerzo con mis camaradas del
CEDEP y luego Francisco Guerra García me hace llegar su propio ejemplar. Gracias, Pancho, me lo leí de un tirón en el avión de vuelta a casa. Qué buenos amigos.  Y qué gran novela.

A Tomás Eloy Martínez, ex reportero y hoy profesor en USA, le conocía dos novelas anteriores, La novela de Perón, que es de 1985, y Santa Evita, de 1995.  Estoy diciendo que en mi cabeza, Eloy Martínez era un novelista de temas políticos, tanto que en una clase de civilización latinoamericana impuse la lectura de Santa Evita como medio de entrar al culto carismático a Eva Perón, y conmover a mis alumnos polinesios.  Ahora bien, una lectura es un pacto entre un autor y un lector que tiene prejuicios, o sea, juicios previos.  El vuelo de la reina es una gran novela, acaso la mejor de Eloy Martínez, pero no es una novela política.  Es un relato sobre celos, crimen, abuso de poder, perversidad.  La primera frase es decisiva: “A eso de las once, como todas las noches, Camargo abre las cortinas de su cuarto en la calle Reconquista, dispone el sillón y espera a que la mujer entre en su ángulo de mira”. Camargo, un potente director de periódico, ha alquilado ese departamento para poder observar secretamente a su vecina.  Mirarla es poseerla.  Hay exhibición del mal, pero un mal privado y vicioso.  La Argentina de nuestros días de telón de fondo.

El personaje central es el inmenso Camargo, cuyas iniciales, G. M., esconden su verdadero nombre, Gregorio Magno Pontífice, pero El vuelo de la reina modifica el ciclo novelístico del Patriarca sudamericano, el de Carpentier, García Márquez y Vargas Llosa.  Esta vez el tirano es director de diario en Buenos Aires.  El nivel de poder ha descendido, no la intriga.  Camargo es astuto, lujurioso, amoral, sabe todas las del oficio, pero tiene rasgos de personal grandeza, es obstinadamente honrado, no se vende a la dictadura, e investiga por su cuenta y riesgo el tráfico de armas que envuelve a ministros y hasta al presidente Menem.  Camargo es un dios, un dios mortal, y lo que realmente lo entretiene —y al lector— son sus amores enloquecidos y enloquecedores con una muchacha periodista, infinitamente más joven que él, que por algo se llama Reina Remis.  El “vuelo” es el de ella, inteligente, sensual, y al final se le escapa a pigmalión Camargo, y no les cuento su venganza.  Camargo, por lo demás, es contradictorio, abusivo patrón y demócrata, el relato de su violento amor no se aparta de la trama social, tan desajustada como sus pasiones.  La Argentina estará mal, pero de pronto no lo está tanto puesto que resiste a la morosidad, a la crisis, con picoteros en las calles, mercados de trueque y la energía de sus novelistas.  Los narradores argentinos arrasan en las editoriales españolas.  Como Eloy Martínez, Premio Alfaguara 2002, César Aira, Rodrigo Fresan, Ricardo Pigua, Marcelo Birmajer, Historia de hombres casados.  Qué quiere que le diga, dice uno de ellos, “lo último que nos queda, son las historias que contamos”.

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Sabatina, 17 de agosto del 2002


Condotiero y Teoría

 

 

http://www.bloghugoneira.com/biblio-upload/MVI_7288.flv
http://www.bloghugoneira.com/biblio-upload/MVI_7289.flv

Hugo Neira


Es alguien que circula en Lima y que muchos creen conocer, su espigada figura no la altera el tiempo y aunque los cabellos son canos, siempre la grata sonrisa pese a las inconstancias de la existencia, la línea fina, ni se vuelve grueso ni cambia su sencilla manera de vestir, y cuando pregunto por dónde anda, me dicen que por el ancho mundo, igual Tailandia o Italia, pasando el sombrero para su
ONG como tantos.

Hay que decir que lleva un nombre que ya es página de historia, pues un día se fue al monte, no al monte de piedad sino al de verdad, a las guerrillas ingenuas de los años sesenta, esas que no sabían secuestrar gente ni traficar con «narcos» ni aplicar métodos crueles ni masacres de niños, viejos, mujeres y ganados como los senderistas sino enfrentarse a la tropa, pero le entran enfermedades campesinas de miseria de los Andes, una uta o lepra india, baja a la ciudad para curarse, se hospeda en casa de un camarada que lo entrega a la policía. Pasa años en cárceles de donde lo sacan los militares que habían decidido hacer aquello que lo llevó a tomar las armas, una reforma agraria, y trabaja con ellos, va a explicarse a la universidad de San Marcos y le tiran monedas, me gustaría saber dónde andan hoy los agrios censores de entonces. Creen en Lima conocerle, al peruano a quien el Che Guevara mencionaba en código y esperaba liberar. Hombre que escribe libros claros o anda en foros o viajando por nuestra sierra y otras, y aunque con experiencia, igual formándose interminablemente como un monje de otros tiempos, sacando maestrías. Político sin cuentas secretas en el Gran Caimán, con caudal de personal simpatía que no vuelve moneda de seducción populista porque no miente ni engaña, todo lo que hace lo hace a fondo.  Si fuera mexicano o chileno ya habría biografías, pero es peruano, y cuando hablas de él, en este país de ninguneos y torvas envidias, todo lo que consigues es que digan: «ah, sí, claro, Héctor Béjar».

Condotiero incurable, acaba de publicar otro estupendo libro «políticamente incorrecto». Si el lector cree que por lo dicho yo pierdo mi sentido crítico, se equivoca. Política social, justicia social (CEDEP, 2001) arranca con conceptos esenciales del tema de la pobreza, luego resume brillantemente las políticas mundiales y aterriza en el Perú, constituyendo el esfuerzo más intenso en nuestro país y tal vez en la América Latina sobre pobreza y cómo resolverla mediante una organización inteligente y distinta de nuestros propios recursos, pero a tan sensata propuesta, sin duda fruto de los años pasados por el autor en proyectos sociales, cooperación internacional y sociedad civil, algo le falta. El grano de vehemencia de la política pura. Le falta eso. ¿Qué gente pones, Héctor, tras de tus tesis? En política hay que saber qué es lo que hay que hacer pero también con quiénes. No basta tener razón. Me temo que la estructura efectiva del país desoiga proyecto tan virtuoso, aunque su lectura pueda ensanchar la cabeza de muchos. Espero con impaciencia el próximo episodio.

 

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Sabatina, 13 de julio del 2002


Alex Kouri, ese filósofo

 

Hugo Neira

Me preguntaba estos días, tonto que es uno, de dónde vendría la luz del mundo que nos iluminara, y buscaba en nuestros clásicos, en los textos constitucionales de Víctor A. Belaunde, en la interpretación sociológica de García Calderón, y en los Wiesse, Riva-Agüero, Basadre, pero nada. Errático cual Dante, buscaba la iluminación en meditaciones ajenas, acaso algún oscuro alemán, ya no Habermas, muy visto, sino Ulrich Beck, su Sociedad del riesgo, libro que me hice venir por correo hasta esta isla, interesante, pero nada que ver al lado de lo suyo, Maestro, y desesperaba de los filósofos modernos, de la Arendt, Levinas, Castoriadis o Lefort, de los que inútilmente han disertado sobre filosofía y política, y me disponía a ir a buscar, personalmente, la trascendencia del ideal más puro en el Tibet, acogido por algún Dalai-Lama, y liaba maletas pese al llanto de mis familiares, cuando llegó lo suyo. Cuán exaltante es reconocerlo, no tendré que viajar a las lejanas montañas del Himalaya, puesto que aquí, al ladito, según su cálida interpretación de la realidad chalaca, en los barrancones del primer puerto se halla la verdad verdadera, la respuesta concisa a nuestros problemas, en el simple y viril apotegma que usted ha rescatado: "Chim Pum Callao".

Muchos diarios nacionales, esos ingratos, incluyendo el presente, se han hecho eco de sus declaraciones como alcalde del Callao, sin por ello reconocer que están ante un filosófico gol de media cancha. No entienden la simplicidad desconcertante de su propuesta. Usted sostiene, Maestro, que "la legitimidad del gobierno no nace de las ánforas sino del respaldo popular y este se adquiere desde las obras específicas". ¿Cómo no se nos ocurrió antes? Así de sencillo, obras, obras. La luz del nuevo Perú tenía que venir del sentir portuario. Como decía Mao, "las contradicciones del pueblo se resuelven en el seno del pueblo mismo". Bravo, qué lección para pedantes y sabihondos. Adiós líos de jueces, constituciones y otras monsergas. La aceptación cívica, por obras. Listo el pato. Por ejemplo, un punto por estera repartida, como en los días del excelente estadista hoy refugiado en el Japón. A cada esterita al gratén, un /. Dos esteras, igual //. Las calaminas, cuando hubo inundaciones, no sé, cinco rayitas. Y así por el estilo, por el apoyo alimentario a las señoras de comedores populares, por las escuelas que hoy se vienen abajo, por la ropa usada que sirvió para trafas. Tengo, sin embargo, una duda. ¿Qué pasa si se mide por metro cúbico de hormigón? Entonces, el Muro de Berlín, que no se puede negar que era una "obra", hace más que todo el plan Marshall. Stalin y otros tiranos saldrían ganando. Pero esas son dudas extranjerizantes. Maestro, su técnica de apreciación cuantitativa pasará a los anales de la economía política y del pensamiento contemporáneo. Qué tanta vaina con el Estado de Derecho. "Obras específicas", y seco y volteado, al estilo del Callao. De nuevo, bravo.

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Sabatina,  13 de abril del 2002
 

Acuérdate de Acapulco

 

Hugo Neira


Se nos murió María Félix. La Doña. Los mexicanos le han hecho un entierro de reina, los mexicanos que la quisieron tanto como para otra película, "idolatrada" (que no se hará). ¿Los mexicanos solamente? ¿Fue un fervor continental, una acreditada mitología, muy de ellos pero muy sentida por otros públicos, y poco importa con historias nacionales en la que no hubo ni revolución zapatista, ni rebeldes con sombrerones, ni charros ni canciones. Y menos una industria cinematográfica. Lo que en México es fundación, o sea, Zapata, Pancho Villa, y en cine el indio Fernández, Dolores del Río y Pedro Armendáriz, afuera es leyenda. Esta es la cosa, te acuerdas de María Bonita, y de un tirón sale todo junto, cine mexicano, revolución y una tira de entrañables canciones. Esa es otra, los pueblos del bolero, los de chorreada sensibilidad que goza cuando sufre, somos extensos y múltiples, de portorriqueños hasta tropicales andinos de por aquí, pero hasta cierta frontera sureña nomás, más para abajo se te ponen fríos o te escuchan a Piazzola (que es otra genialidad).

María de los Ángeles Félix Güereña, que nació en Sonora, en el seco norte mexicano, tuvo un destino estético y climático, recalentando canciones, compositores, actores, salas de cine, y la incontable varonía indohispánica, aunque en este punto haya que matizar. Lo que Fernando Vivas en Caretas tampoco llamaría "un lomazo", no era. María Félix fue lo que se entiende por una mujer de bandera, es decir, esas guapas de cuidado que cuando entran a un lugar nadie ve ya otra cosa sino la presencia, el desplante de la belleza al estado puro. De acuerdo, pero de "china poblana" no convencía, ni de maestrita revolucionaria como en Río escondido. ¿Tan blanca y tan de abajo? Pero de repente, en la caída clase de propietarios porfiristas hubo mujeres así. Sus biógrafos afirman que María Félix no hizo sino interpretarse a sí misma, pero eso se dice siempre. Fue un mujerón, con ese bozarrón que se gastaba y el hablar de un tirón como para sus personajes, todas mujeres muy bragadas, soldaderas, hacendadas, hembras bravas, y María no era sólo Bonita sino generala, bandida, Juana Gallo, la bella Otero, Doña Diabla, diosa arrodillada, devoradora. Señor, ¡qué carrera! En la novela Rómulo Gallegos, Doña Barbara, estuvo inmensa: la historia de una muchacha que la violentan salvajemente, llega a rica hacendada y se venga como es de esperar del malvado género masculino. María Félix encarnó esas mujeres con pelotas, y feminista a su estilo, ella solita fue el período Neardental del género. La diva anduvo por este mundo enamorada y a la vez en guerra con la insolente grey de los varones. No sólo fue hermosa sino que se le conocía por su inteligencia fulminante. Cuando un periodista le preguntó si era lesbiana, ella le miró y le contestó: si todos los hombres fuesen como Usted no habría tenido otra posibilidad…

A una mujer así, una filmología y una época de México, no se le da un adiós convencional, y la han seguido hasta la tumba con canciones, el cortejo avanzó entre melodías, "El Son de la negra", "Las Golondrinas", y no faltó quien interpretó "El Rey". La han velado en el palacio de mármol que construyó el dictador Porfirio Díaz, Bellas Artes, el cual cada año se entierra unos centímetros más en el fangoso suelo de México DF, que para algo fue una laguna. Qué importa, ahí llegó listón morado y público, arreglos florales y familiares, bajo un inmenso retrato de María Bonita. Como cortejo fúnebre lo prefiero al de la Reina madre de Inglaterra. ¿Han visto Ustedes, la majadería del protocolo inglés? Han ensayado el desfile como una pieza de teatro. Pobre señora, los anglicanos son de una parsimonia sin piedad ni por los cadáveres. Los cortejos tienen el alma de cada cultura. El de María Félix, como más nuestro, menos cronómetro y muchas canciones. Un sepelio sin muchas lágrimas, ya tenía sus años, ya andaba de retirada, aunque de golpe volvió a hacer noticia grabando un disco que tituló "Enamorada”. ¿Mueren los mitos? Cuentan que la última vez que consintió en una entrevista, el camarógrafo se alarmó pues no le llegaba sino un murmullo. Fue a ver de cerca qué pasaba y en la penumbra la anciana cantaba, muy bajito, como para ella: "Acuérdate de Acapulco, de aquellas noches, María bonita, María del alma".

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Sabatina, 30 de marzo del 2002


Hugo. El monstruo

 

Hugo Neira


Se nos vino encima el bicentenario abrumador, el de Víctor Hugo nacido hace dos siglos, pero el inmenso, el monstruoso escritor (y político, y visionario), paraliza de antemano toda celebración. ¿Qué hacer con Hugo? Por una parte, ¿cómo ignorarlo? Ocupa la escena del siglo XIX mucho más que todo otro escritor de su época, por entero el siglo XX (40 películas de Los Miserables) y se nos cuela en el III milenio. Por otra parte, es muy difícil evitar, en su caso, los lugares comunes. Uno de los mejores críticos franceses de estos días, Jean d'Ormesson, dice "El Monte Blanco" o sea, el Himalaya. Es verdad que abruma: poeta, novelista, autor teatral, diputado, exiliado; en vida fue indiscutible, ocupó la escena política y literaria, hoy lo leen masivamente en China, de manera que cualquier aproximación al monstruoso Hugo produce un sentimiento de humildad, digo yo.

En su país de origen es un apellido a secas, la familia Hugo, aunque en pueblitos y municipalidades no falta alguna calle que lleva el nombre completo. Los jóvenes dicen Hugo como dicen Homero (o Diderot, Voltaire) en saludable tuteo. En la estación del metro, ese estupendo sistema de transporte masivo que tardamos en instalar,  han pegado, por lo del aniversario, una singular foto-montaje. Va Víctor Hugo vestido de cantante rockero, con casaca de cuero y pantalones ceñidos de lo mismo, y por encima del cuerpo esbelto y juvenil, la magnífica cabeza de cuando viejo, canoso y espléndido. Hoy se sabe que guardó los arrestos de varón hasta la muerte, y en sus diarios íntimos (que se han publicado) anota, a sus ochenta y tres años: "esta mañana me he tirado a mi primera negra". Y luego, "tres piezas". Caray con Víctor Hugo, 83 añitos, pero un tanto amarrete (aunque vaya a saber qué eran tres monedas de la época).

Nosotros los sudamericanos tenemos entrada al gran teatro de sus talentos por la puerta de la infancia, es decir, la novela, tanto como con Dumas o Verne. Naoki Inagaki señala "no necesito decir que todo japonés conoce Los Miserables". Pero hay otro Víctor Hugo, no menos grande, el poeta, el que un tanto se nos escapa, hay que admitirlo. En la poesía no se va muy lejos con traducciones. Ahí, con Hugo poeta, más de un intelectual de los nuestros es donde se cae. Por lo general, nos salimos del apuro repitiendo la socorrida frase de Gide: "¿El mejor poeta del XIX? Víctor Hugo, por desgracia". La frasecita es malvada, parcial. Sin embargo, hace muy poco, un escritor limeño de fama internacional, que suele vivir en Madrid (y que no es Mario Vargas Llosa) salió con lo mismo: "Hugo es una trompeta". ¿Una suerte de Chocano francés? Qué tontería. Un ejemplo del Hugo poeta: se entera, estando en España, de la muerte por accidente de su hija Léopoldine, ahogada en el Sena con su marido, Charles Vacquerie. Este hecho provoca uno de los versos más hermosos de la lengua francesa: “Je viens à vous, Seigneur” —Vengo a ti, Señor—, padre al cual hay que creer, y te traigo, calmado (apaisé) los pedazos de este corazón, "que vous avez brisé" —que vos habéis roto—. La rima de calmo y roto, apaisé-brisé. Eso no es trompeta, es delicadísimo violín de un Hugo melancólico, y entonces humano, y el dolor de un padre. Claro que el lector me reclamará un Víctor Hugo político y visionario, ciertamente: el opositor sin fatiga al tirano Napoleón III, el escritor que exige el fin de la esclavitud, el amigo del revolucionario Garibaldi, el que presagia los Estados Unidos de Europa. Le reclamaban de Brasil, de México, ya hubo una globalidad de inconformes en el siglo XIX, y él era el profeta de esas confusas revueltas.

Por lo demás, me emociona cómo ciertos pueblos recuerdan sus poetas con la punta de los labios, musitando. Un día acaso los peruanos, todos, como los franceses lo hacen con sus poetas, sabrán desde el corazón susurrar a Valdelomar: «Mi infancia que fue dulce, serena, triste y sola / se deslizó en la paz de una aldea lejana/ entre el manso rumor con que muere una ola/ y el tañer doloroso de una vieja campana/». Quien escribe esta sabatina se sabe esos versos acaso porque tuvo la suerte de ir una escuela ¿cómo se dice? memorística. Y eso será, Rafael, el saberse "Tristitia", también un homenaje a Valdelomar como el que organiza, con razón, el Congreso.

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Sabatina, 02 de marzo del 2002


La señorita Rebeca

 

Hugo Neira


Anduve de viaje, mis autoridades me exceptuaron de docencia por algunas semanas empleadas en otras actividades académicas en Europa, las que no comentaré aquí, salvo que llevé conmigo una carpeta con recortes de diarios limeños, en especial, el tema de educación. Que si las huelgas del Sutep, que si la respuesta del ministro Nicolás Lynch, la polémica acerca de concursos para nombrar docentes. Y una mañana parisina, fría y ventosa, se me vino como cantando la presente sabatina.

El caso es que puedo ir a la modernísima Biblioteca Nacional Mitterrand, pero me meten en una sala de viejos profesores, tan mayores como el que esto escribe ; además, no me dejan fumar mis ostentosos habanos. Prefiero la biblioteca pública de Beaubourg, única por libre: sacas los libros directamente de los anaqueles, los que puedas, y te sientas a leer, si hay sitio. Leyendo, no comiendo, soy un Ogro: leo por metros. Un metro de lecturas sobre Colombia. Otro sobre México. Otro sobre "philosophie politique", lo último. Así, cada metro son diez o veinte libros, meditados y fotocopiados. Hay que hacer cola, eso sí, entre centenas de jóvenes lectores. París es una ciudad universitaria. Francia, una máquina de información. Europa, parte de la nueva sociedad del "conocimiento". Así va el mundo.

La mía, mi escuelita primaria, y no diré la huachafería ministerial de "centro educativo", quedaba en la avenida Militar, Lince, fiscal 429, frente a la Municipalidad, un terreno hoy baldío. Lima crece por los lados, no hacia arriba. Vivía en José de la Torre Ugarte, a unas ocho largas cuadras, con unas tías abuelas que se encargaban de mi crianza por razones familiares que en este mismo instante no me da la gana de explicar. El caso es que para un niño de nueve años, con guardapolvo blanco que era de rigor, esas cuadras resultaban interminables y eran escena callejera de un aprendizaje bronco de la existencia. Sabía a qué altura se hallaba el perro malvado o la esquina de los chicos matones. Fue una larga guerra infantil con empujones y estrategias de supervivencia no muy distinta de lo que ocurría en los recreos escolares, otro campo de combate perpetuo. Cuando mi padre, que andaba por provincias, venía a verme, ante mis moretones, se ponía filósofo. – Así es la vida, hijo, tienes que aprender a defenderte. La escuela fiscal era tan dura como las calles de Lince, entonces, límite protervo del mundo, pero un día apareció en nuestra aula la señorita Rebeca.

Era bonita, joven, de tez amacigada de cuzqueña y una dulzura natural que provocó, es lo más probable, mi primer arrobamiento. Venía de no sé qué Escuela Normal donde había aprendido una cosa rarísima llamada "pedagogía". Rebeca era un milagro. Nos enseñó a cantar himnos de exaltado catecismo laico a la escuela pública "cual bandada de palomas que regresan al vergel, ya volvemos a la escuela anhelantes del saber". De pronto, la guerra civil de reglazos y patadones cesó. Nuestra clase se volvió un oasis de cordura y aprendizaje. Muy envidioso, el profesor Irigoyen, el cojo Irigoyen, —que tenía un pie más corto que el otro, compensado por un enorme zapatón que le permitía balancearlo a la hora de imponer el "patadón semanal desaprobatorio", una suerte de ejecución pública al alumno de peor comportamiento en la clase cada viernes fatídico—, me confesó que la señorita Rebeca había hecho "estudios de didáctica". No le entendí, solo que con ella todo entraba en la cabeza como cuchillo en mantequilla. Así que no me pregunten si le doy la razón a Nicolás Lynch y su exigencia de maestros por concurso. Luego de aquel ángel cuzqueño magisterial de mi infancia, me fue todo fácil. Entré en secundaria con un QI alto que me permitió secundaria gratuita en el Melitón Carvajal, y luego, en el San Marcos de Porras, en la Sorbona de Raymond Aron y Lévi-Strauss. Lujosos estudios que por cierto no cesan, de alguna manera continuación del lejano 429, pues ahora, viejo escolar, al ir a leer a Beaubourg, Alejandría de estos días, bajo la lluvia alucino al creer escuchar el "cual bandadas de palomas". La señorita Rebeca: mi primera escolaridad como alegre juego, con maestras encantadoras y competentes como ella. ¿Qué pasó en el Perú después? ¿Qué tortuosa complicidad colectiva degradó la escuela pública?

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Sabatina, 09 de febrero del 2002


Jesús y los esenios

 

Hugo Neira


Van a dar que hablar. Las ediciones Oxford University acaban de anunciar la integral de los 900 manuscritos descubiertos entre 1947 y 1956 en once grutas situadas en la proximidad del mar Muerto. Son 38 volúmenes y llevan el título, muy neutral, de Discoveries in the Judean Desert. En realidad se trata de una revelación histórica que concierne a la secta judía de los esenios, al parecer más imbricada de lo que se suponía en los orígenes históricos del cristianismo. El parecido de estos textos con la palabra de Jesús deja admirativo y perplejo. La razón es simple: la elevada doctrina moral de los esenios precede a la prédica del propio Jesús.

Encontrados en el fondo de una cueva, hace 55 años, esos sacros manuscritos han seguido una intriga propia más bien a una novela policial. Unos beduinos, al buscar una oveja extraviada, son quienes los descubren por azar, a tres kilómetros del Mar Muerto, en pleno desierto. Las ruinas de Qûmram son una colina de devastadas torres. Estas y algunas cisternas indicarán más tarde a los arqueólogos que ese era el sitio de la aldea-universidad perdida de los esenios, uno de los más altos lugares de la espiritualidad judía hace más de 2’000 años. En una estrecha cueva van a hallar diversas jarras, ocho en total, absolutamente intactas, que contenían unos enigmáticos rollos. Los beduinos se interesaron por las jarras, útiles al transporte de agua, y no por lo que atesoraban. Los rollos pasaron a las manos de comerciantes judíos, cristianos, libaneses y norteamericanos, y luego fueron disputados por Líbano y por Israel, que tomó el control a raíz de la guerra de 6 días. El estudio fue confiado a un equipo internacional, lo cual empeora las cosas. Ese primer equipo fue acusado de ir demasiado despacio y monopolizar la investigación. En 1977 se celebran los 30 años del hallazgo, y al no haber publicación, la comunidad científica clamó a los cielos. En 1991, un profesor de Harvard, a la cabeza del equipo, hizo declaraciones antisemitas. Reemplazado por el profesor Emmanuel Tov, hay un cambio de método: copias de los manuscritos son enviadas a centenares de especialistas, mientras técnicas modernas aceleran la difícil lectura. La disputa entre especialistas ha sido agria. Se ha acusado a los hebraístas ortodoxos. Se ha hablado también del interés del Vaticano por callar su contenido, pero en realidad, la Iglesia se ha preparado a este acontecimiento, y el libro del cardenal Jean Daniélou es de 1957.

¿Qué pueden tener que sea tan temible? Parte de los manuscritos reproduce la Biblia hebraica. Pero la otra parte nos asoma al extraordinario antecedente esenio. Es paradójico que la reconstrucción de una comunidad de santos varones venga a incomodar, pero de hecho es lo que ocurre.

Con Jesús hay dos personajes, el hombre Dios del dogma y el histórico, reunidos por la teología. En cuanto al primero, la divinidad de Jesús no es puesta en tela de juicio por esos u otros documentos, porque es creencia, acto de fe. No hay religión cristiana sin revelación, la fe necesita que la palabra del Fundador sea "eu-angelos", es decir, buena nueva, o sea, Evangelio. Ahora bien, ¿los esenios, anteriores a su prédica, comprometen la originalidad de su mensaje? No lo creo, porque el cristianismo aporta con algo singular. Aun siendo un esenio, después de todo desapareció entre los 12 y los 30 años, tal vez en medio de esa secta de "perfectos" del desierto, hizo algo que ellos, encerrados en su comunidad, no hicieron: ir a las ciudades, que para esos ascetas era la suma del mal. Y ahí, Jesús hizo algo más, se sacrificó. Los manuscritos del mar Muerto, la doctrina del "Maestro de Luz" (texto 12, Himno B), la "comunidad" de Qûmram hoy serían sólo polvo de no haberla predicado en el seno del pueblo judío, y dos siglos más tarde, con Pablo, extendida a los gentiles, a la humanidad entera. Jesús salvó a los esenios al dejarlos.

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Sabatina, 02 de febrero del 2002


Barnechea

 

Hugo Neira


Alfredo Barnechea acaba de publicar otro libro. Después de La República embrujada (1995) que comenté ampliamente (en Cartas abiertas, p. 45) lo viene haciendo con regularidad. Como sus libros están bien construidos, al entenderse el plan del autor, su sólida carpintería, no es difícil comentarlos. Eso no quiere decir que uno esté siempre de acuerdo con sus hipótesis y argumentos. Comentar es explicar e interpretar. Ni ninguneo, ni sobe. Reseña.

Para salir del laberinto (Taurus, 2001) tiene cuatro partes. La transformación de la América Latina, el Fujimorismo, la sociedad de bienestar y alrededor del desarrollo. Estas partes se articulan, de modo que sin la revisión del período de 1940-1980 que llama los "treinta gloriosos", siguiendo a Jean Fourastié, o el shock petrolero (p. 39) o el "caso chileno y el asiático" (pp. 48-51) no se entiende el capítulo que dedica a Fujimori, "un caso fallido" (segunda parte, pp.163-187). En la tercera, repasa muchos temas, empleo, equidad, mercado, socialdemocracia. Tal variedad sería imposible en un solo texto de no mediar lo que llamaría "la manera Barnechea". Ella es posible por tres cualidades personales: agilidad, cultura y criterio. El estilo es apto porque es rápido; ahí donde otros se demoran 50 líneas, él despacha una definición con sencillez. Ejemplo, el régimen bonapartista "usa las instituciones o formas democráticas del republicanismo para poner en práctica la dictadura" (p. 93). Concisión, rara virtud. Por agilidad entiendo también que pasa de un tema a otro, hilándolos. Ejemplo, en una página trata de Karl Polanyi, su obra (coincido en su importancia) y en la página siguiente (p. 68) está en lo de la diáspora china, en la subsiguiente vuelve a Keynes. Que no se me entienda mal, eso no es reprobable. Revela su variado campo de lecturas. Y este es otro rasgo positivo. Se asoma con elegancia a la historia contemporánea, las ideas, la economía, la política. Su obra es la de scholar. Pero como veremos, tiene otras aspiraciones.

Pero debo indicar lo que me parece dudoso. En la escritura. Siendo claro, suele exagerar el uso de términos en inglés, predator state, developmental state. ¿Realmente necesarios? Bueno es culantro pero no tanto. Luego, cuando expone ideas. Noto que cada vez que Barnechea avanza en tierra minada, como el de impuestos a los ricos, inmediatamente cita a un profesor norteamericano. Esa retórica la tuvo Haya de la Torre, y aun con el inglés de Oxford, no convenció a las clases altas que igual lo vetaron. Estoy diciendo que los reflejos tácticos de Barnechea frenan, a ratos, su pensamiento. Sin duda toma sus precauciones y se comprende: la política es un "agon", un campo de fuerzas, no necesariamente la búsqueda de la verdad. Acaso eso lo hace incurrir, a veces, en lugares comunes. No, en México no sólo hubo populismo sino una hábil clase política. Pero mi principal objeción es que algo falta. El libro se subtitula "la nueva socialdemocracia", pero ese tema, que se supone capital, en particular para Barnechea, ¡apenas merece siete páginas¡  Cierto, en otro lugar, tiene propuestas sobre el corto plazo (p. 249). El libro lo presenta como un analista político. ¿No será al revés? ¿Un político que analiza?

En suma, ha escrito un ensayo brillante que ayuda a pensar, lo digo sin tapujos y sin ignorar lo que medio Lima sabe, lo cerca que anda de Alan García. Libro de despierto autor en torno a la cuestión de qué es lo que desarrolla, una visión rara en nuestro medio a campos diversos. Barnechea no es un dogmático, lejos de eso, su prosa está cruzada de preguntas. Pero inquietan sus silencios: el juicio sobre la inflación alanista de los ochenta es blandísimo (p. 23). Cuando se razona en político, uno se pregunta: ¿es conveniente? Cuando se razona en intelectual, " di tu palabra y rómpete" (Unamuno). Está entre esas aguas, mientras busca una Tercera Vía entre la oficina de Tony Blair y el canchón de Alfonso Ugarte.

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Sabatina, 15 de diciembre del  2001


Naipaul, las ventajas de la malacrianza

 

Hugo Neira


El último Nóbel de Literatura ha sido concedido a un trotamundos malhumorado llamado Vidiadhar Surajprasad Naipaul. Ahora bien, que no se crea nadie que en las obligaciones de este cronista está el fingir conocer la obra de todos los premiados en Estocolmo. Si críticos y comentaristas tuvieran un minuto de sinceridad, confesarían lo que aquí afirmo: últimamente el Nóbel de Literatura ha recaído en ilustres desconocidos. En obra y vidas que unos cuantos conocen, como la del escritor chino-francés Gao Xingjian, el año pasado. No me digan que todo el mundo sabía quién era el italiano Darío Fo antes de 1997. No fue el caso de Saul Bellow ni el del alemán Günther Grass. Ni el de Sir Naipaul, muy publicado, muy traducido. Y muy detestado precisamente en los países de los que se ocupa. Por eso mismo, seguí a Naipaul durante años, intrigado por la mezcla de verdad y fastidio que segregan sus obras.

De origen hindú, pero nada más, ninguna voluntad de identidad. Vástago de una familia que emigró a Trinidad, su historia es la de quien se arranca de su isla caribeña a los 18 años para ir a estudiar a Oxford. Pero con Naipaul no se puede decir que lo suyo sea un triunfo del mundo caribeño, como Césaire de la Martinica, Glissant de la Guadalupe, o Depestre para Haití. En realidad, el reciente Nóbel confirma el inmenso mundo anglohablante de australianos, canadienses, escritores del África del Sur y este raro hindú que es de todas partes y de ninguna. Por eso recuerda un tanto a Salman Rushdie, otro nadador contra la corriente. Gente que dice sin complacencia los males de su propia cultura. De alguna manera, algo de esa paradoja la tuvo Octavio Paz. Alguna vez le pregunté a un mexicano que cómo sentía el Laberinto de la Soledad. Y me respondió: "como una mentada de madre".

De la obra de Naipaul (nueve novelas y doce libros de viaje) los jurados del Nóbel dicen que son "obra de circunnavegante con algo de filósofo, que los géneros pierden sus fronteras, que ficción y no-ficción se diluyen y que habría inventado un nuevo género". Puede ser. Pero su lectura deja igual un sabor amargo. Uno de sus relatos cortos es el de un turista hindú que visita las ruinas egipcias de Louxor. ¿Texto autobiográfico? Al narrador no le gusta ese tercer mundo árabe de hoteles sucios, mozos sebosos y chóferes enigmáticos. Naipaul, con parecido malhumor, ha recorrido el África, los países musulmanes, América del norte y del sur y, naturalmente, Inglaterra. Nada le gusta. Sus libros más crueles los ha dedicado a la India. Tres libros. La India rota (1977), La India, un millón de rebeldes (1990). No he podido encontrar el primero, de 1962. Basta con los citados. El lector no hallará ninguna India mágica, de karma, yoga y ascetas enterrados en el limo sagrado del Ganges, nada de mitologías para turistas. ¿Qué recoge? Lo que le cuentan sus entrevistados. Conversaciones con un sikh monoteísta, con un funcionario de rango inferior de nombre Rajan. Con Kakustan, un bramán que decide romper con su tradición y a quien el padre no perdonará nunca. Estrategias de vida (que podrían ser las nuestras); es decir, cambios de ciudad, de estudios, de empleo, de convicciones, en suma, rebeldías anónimas. En algún momento habla el autor con un "naxalista", es decir, una suerte de maoísta o senderista hindú. El Premio Nóbel se lo han dado porque ha escrito esa "historia de vencidos". La India es una desgracia, pero los hindúes no. ¿Los hindúes o simplemente los seres humanos? Lo que cuenta es certero, "a no más de 200 palabras cada día". Pero no se deja amar. Naipaul practica la malacrianza. La última entrevista que le leí, antes del Nóbel, con una joven doctora en literatura inglesa, la pone de patitas en la calle. "Usted no ha leído mis libros", le dice tranquilamente. La muchacha se defiende y escribe lo insoportable que es Sir Naipaul, por mucho que sea una gloria de la literatura inglesa y el sucesor de Joseph Conrad. Escritor del "territorio interior", tan aislado como Afganistán. Poco le importa, en su caserón de Wiltshire, en las afueras de Londres.

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Sabatina, 20 de octubre del  2001


Vida nueva de Pedro Planas

           

Hugo Neira


Como el rayo, o un guadañazo inesperado, se nos fue  Pedro Planas. Crespones negros para el periodista valiente, sin duda alguna. A Pedro lo frecuenté a pesar de la discontinuidad de mis visitas a Lima, pero lo suficiente como para apreciarle desde la vez primera que le conociera en la casa de Salomón Lerner. Recuerdo ahora que tras una larga sobremesa, al enterarse que trabajaba sobre los novecentistas y que no poseía una carta entre Francisco García Calderón y Riva-Agüero, esa misma tarde, porque sí, de su archivo personal, me hizo llegar unas copias a la casa en donde me alojo. Revivo ese gesto suyo, de hombre generoso, dueño de sí y en consecuencia libérrimo. Corona fúnebre para Pedro Planas, pero ¿cuál? Escribió tanto y bien. Al sincero ritual de dolidas palabras de amigos y colegas, acaso debe continuarlo la práctica de sus numerosos libros. Pocos reflexionaron sobre la democracia (peruana) como lo hizo Pedro Planas todos estos años, con ahínco y lucidez. Se habrá ido pero ahí está una increíble suma de escritos al servicio de esa institucionalidad a remolque que muchos no quieren. Si la olvidamos, entonces, Pedro y sus dos muertes.  

Amparo. «¿Por qué se consiente la desaparición del amparo, que frena las arbitrariedades del Ejecutivo? ¿Por qué se acepta la disolución del Congreso, que recoge e investiga denuncias de corrupción gubernamental? Por que se permite que el señor Fujimori evada la presentación de su Declaración Jurada?» En Rescate de la Constitución, p. 310. Publicado en Gestión, mayo de 1992 (cuando quemaban las papas, no después).

La partidocracia. «Debemos ser el único país del mundo donde a una democracia representativa vigente, con parlamentos y partidos políticos en pleno ejercicio, se le critica, por ser una democracia formal, una partidocracia. ¿Y quién lo hace? ¿Un guerrillero clandestino?  ¿Un intelectual frustrado? No. La crítica ha provenido nada menos que del propio Presidente de la República y de su protagónico asesor, Hernando de Soto». (Op. cit. p. 192. Marzo de 1991).

La democracia municipal. «Quiere el cajero Boloña suprimir la autonomía municipal para apoderarse de las rentas municipales. Quiere Fujimori suplantar la democracia por la dedocracia tal como ya lo hizo con los gobiernos regionales».  (Op. cit.  p. 437. Julio de 1992).

Nuestra práctica constitucional. «Un sistema democrático no surge automáticamente, al promulgarse una Constitución. Menos -todavía- puede imponerla un dictador. La democracia no se impone, se practica. Y es así como se consolida: mediante el firme y continuado desarrollo de sus instituciones».( Op. cit. p. 531. Gestión, mayo de 1992).

El Estado de sitio. «¿Cómo declarar un "régimen de excepción", o Estado de Emergencia, cuando estamos, desde el 5 de abril, en una situación de "excepción"? Son preguntas decisivas, esclarecedoras, que no deberían quedarse  -hoy-  sin respuesta».  (Op. cit.  p. 461. Agosto de 1992).

Estas cuantas citas no agotan, ni en mucho, el talento de Pedro Planas. Muestran su lucidez, su prontitud. La veloz manera como el eximio constitucionalista que era, se transformaba en el articulista puntual, atinado, y al filo de unas preguntas formuladas a tiempo en los diarios limeños, deshacía la pompa y cinismo del fujimorismo. Combinación rara de erudito y comunicador instantáneo. He dejado por obvias razones —y el lector entenderá— su especiosa reflexión sobre el sistema Semi-Presidencial, el lugar de la Justicia, la reforma del Ejecutivo y tantas otras preocupaciones de fondo.  Hay que leerlo: es actual. Hay que leerlo: es prosa sapiente. Que alguien tome sus ideas y libros como tema de tesis. Planas es un pensador de la juridicidad democrática. Que no se le olvide y lo descubra mañana un scholar sueco o canadiense. Para sonrojo de todos.

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Sabatina, 15 de  setiembre  del 2001


El profesor Roitman y la transición

 

Hugo Neira


Uno de los placeres, y no el menor,  de navegar por Internet es poder leer los diarios. Placer sin duda tautológico, equivale a decir que el placer de navegar en galeras es abordar naves que no lo son. Soy de los que creen, con Borges, que la Biblioteca de Alejandría es una forma del paraíso. No me fío de todo lo que aparezca en la net, mucho es cháchara, sigo creyendo, por escepticismo, sólo en el  saber controlado por el lector, es decir, libros, revistas y diarios. Entre mis favoritos (al margen de La República) se halla uno, mexicano. Que bien se está escribiendo en México, dicho sea de paso, sostengo que mucho mejor que en España, con menos idiotismos locales, y sin esa moda populista de escribir hablando como si todos viviéramos en Vallecas. El diario mexicano es Jornada (www.jornada.unam.mx). Y en ese diario, sus suplementos. Y uno en particular: Ojarasca.

En una de sus entregas, tratan de la Transición política y comentan una conferencia de Marcos Roitman, profesor titular de Estructura Social de América Latina, de la Universidad Complutense, Madrid. El comentarista,  Francisco López Bárcenas se ha quedado encantado con la exposición de Roitman, porque entre otras cosas, le da pie para meterle varios palos al nuevo gobierno de Fox. A diferencia suya lo que ha dicho sobre la transición el profesor Roitman me deja no sólo perplejo sino escéptico. Ha dicho que sólo se puede hablar de transición cuando se reúne estos requisitos: a) cuando hay un cambio de régimen político; b) cuando se afecta el proceso de secularización;  c) cuando se cambia de modo de producción. Para no darle más vueltas, creo que el profesor Roitman, como dicen los madrileños, se pasa. Nos pone la barra tan alta, pero tan alta, que así, de las 15 transiciones políticas que otro colega, el profesor Dabène, cataloga en la América Latina de los últimos años, ninguna es verdadera. Bueno, tampoco hay que exagerar. Vayan a decirle a los chilenos y mexicanos que no hay transición porque siguen yendo a misa. Porque eso es el fondo de la cuestión, no para mí, para el majadero de Roitman. Se saca de la manga el tema de la secularización.

Secularización, en ciencias sociales, es el progresivo declinar de las creencias religiosas. Por mucho tiempo, pareció uno de los requisitos del progreso y la modernidad de las sociedades industriales. Hoy sin embargo, se considera que el paradigma de la inevitable secularización no es de uso. Los hechos la condenan. La evolución de los Estados Unidos, dice Roger Finker, no corrobora la pérdida del sentimiento religioso, todo lo contrario. En cuanto al Japón moderno, persiste el culto a los ancestros y las estadísticas muestran que cada año, 80 millones de japoneses visitan los grandes santuarios. ¿Es por esa razón que no existe ni la Dieta nipona ni el Capitolio americano? Bobadas. Otra cosa es que en España la frecuentación a misa haya bajado de Franco para aquí, si le creo a  Zaldivar (España, fin de siglo) de cerca del 50 por ciento al 30 por ciento. Pero con todo, ¡son más practicantes que el resto de Europa!  

Por otra parte, por aquí la Iglesia (la única, que pregunta) nos da un Cipriani pero también una legión de abnegados curas y monjas en barriadas, de modo que, un poco de cuidado. En cuanto a lo del "modo de producción", sin comentario. O sea, ¿no hay transición hasta que todos estemos por los 20 mil dólares? A Roitman lo conozco, chileno de nacimiento, español por necesidad, se ha vuelto el etnocentrista madrileño que nos mira por encima del hombro, pero a la hora en que quemaban las patatas en Madrid bajo Franco no te vi., majo, estabas por entonces en el MAPU chileno, haciéndole la vida imposible al compañero "chicho" Allende. Ahora te paseas dándonos la lata, con tu transicionalidad inalcanzable, y por casa, bien muy buenas. Que vueltas tiene la vida, de radical chileno a inspector de democracias, siempre meando fuera del tiesto (en madrileño, para que por allá se entienda). 

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