Retratos Parte II

Escrito por: H. N. - 1 975 veces

 

 

Sabatina, 02 de junio del 2001


Chamba presidencial

 

Hugo Neira


Mañana domingo, una parte importante de la ciudadanía, a trancas y barrancas, intentará encontrarle un trabajo rentado a Alan García. La intención es loable: una chamba. Un solo problema: el puesto de trabajo es la Presidencia de la República. O sea, la única actividad remunerada que el mencionado puede tener en este ancho mundo, a pesar de la globalización, es una oficina en la plaza mayor de Lima, en el vetusto Palacio de gobierno. El tema da que pensar. Sobre todo en un hombre, que por donde se le mira, a sus 51 años, no ha estado empleado nunca, salvo en el período 1985-1990, con los brillantes resultados de todos conocido.

¿Por qué, durante su exilio, no trabajó?  Yo creo que esa es la buena pregunta, y no la incauta de con que rentas vivió (nunca se las probarán) o de si posee una mansión en París, o varias,  o empresas quebradas que le cerraron los franceses (y que otros administraban)  o cuentas en el misterioso Principado de Lichtenstein que Olivera, pese a su empeño, no podrá esclarecer.  No, la cuestión es otra. Sobre todo con un candidato que ha competido con Toledo en el tema de empleo y gobernabilidad.  Creo que es sincero en lo de crear puestos de trabajo. Para comenzar, el suyo.

En efecto, ¿cómo a peruano tan docto, y versátil, inteligente, sabio y seductor (ah, la prensa aúlica!)  no lo contrató nadie en el ancho primer mundo?  Qué raro me parece. En el avión de Santiago a Lima, hace tres semanas, una pareja, visiblemente de la clase alta y culta, me identifica y después de las amabilidades del caso, entran a quemarropa: ¿por quien va Usted a votar?  Les dije lo que he repetido una y mil veces, ni amarrado por Alan García. Se quedaron fríos. Sobre todo el varón, hombre de negocios (y muy simpático, por lo que me reservo su nombre). Les desarrollé sin embargo, mi brillante duda sobre el enigma del no-empleo de García en Europa. En efecto, ¿por qué ninguna de las 400 universidades de la próspera Europa compuesta de  17 naciones modernas y abiertas al conocimiento del mundo, no le ha pedido sus servicios? "No tiene título" fue la respuesta. Falso, respondí. Y aun si así fuese, existen recursos para casos excepcionales, si así lo creen. En Norteamérica "visitantes" y en Europa "asociados".  Si mañana —es un decir— una universidad europea se le ocurre invitar a don Fernando de Szyszlo, pues lo incorporan por un tiempo.  Repito  ¿por qué nadie lo hizo? Es una manera decente de ganarse la vida. Centenares de peruanos pueblan la vida universitaria de los Estados Unidos (como Julio Ortega, José Miguel Oviedo, González Viaña)  y los organismos internacionales (como Pásara, o Pancho Sagasti).  En Santiago de Chile, el número de peruanos en CEPAL es tan grande que hablan de la "mafia" peruana. ¿Por qué al ex presidente García no lo llamaron de alguno de los numerosos organismos mundiales? Lo de la Internacional Socialista, es un cargo honorífico no un empleo. Nada en México. Nada en España, qué raro.

Curiosa cultura del Jefe como un ser excepcional con dinero y sin obligaciones terrestres. No viene del aprismo histórico. Manuel Seoane y L. A. Sánchez fundaron editoriales en el exilio, y hasta prosperaron. Haya de la Torre en su periplo europeo vivía en hoteles de segunda, escribía artículos (centenares), los mismos que ha recogido Luis Alva Castro. Ni asomo de estas actividades en Alan García. Que yo sepa, ni tradujo ni explicó a Haya de la Torre. Ha escrito un par de libros breves, de autodefensa. ¿Donde el Tratado de política o de derecho?  Nada. Se dejó en París barba y se puso lentes oscuros, evitando a peruanos irritados, y se dedicó a lo único que sabe hacer, a esperar y a administrar sus rentas. Esta ausencia existencial de trabajo es temible. Recuerda a los herederos en la antigua oligarquía, con algo de sultanato. Una suerte de derecho divino a no ganarse el pan.  Se entiende, entonces, que aspire a la Presidencia del Perú, no le queda otra. El único lugar en el mundo donde los electores premian la ociosidad y la incompetencia. No ganará pero ya es escándalo la votación que recibe.

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Sabatina, 12 de mayo del  2001


El enigma de Sánchez

 

Hugo Neira


Al volver a Lima una de las buenas noticias es el ciclo de conferencias en la Universidad Villareal sobre Luis Alberto Sánchez. Me parece que cuando salga esta "sabatina" habrá concluido. Tampoco sirve de compendio, porque no estuve. Me sumo simplemente a la recordación, acaso para decir algunas cosas impertinentes y personales. Es decir, un homenaje a Sánchez, a su manera, libre.

Al maestro lo visité cuanto pude. Como me viene ocurriendo, desde hace veinte años, al llegar por unos días en Lima, o yo lo buscaba o él, enterado de mi paso, me mandaba llamar. Quiero comenzar por eso, el estilo humano de Sánchez, para seguir con sus libros. Su republicanismo. Me refiero que siendo en algún momento, uno de los hombres más poderosos del país, un líder histórico del aprismo y vicepresidente de la nación, no había cambiado el modesto bufete de abogado de la calle Moquegua, por ninguna otra. Se torcían las escaleras de madera vieja, a veces se cortaba la luz no por falta de pago sino por la vetustez de la instalación, pero Sánchez no cambiaba ese lugar por otro, el cual tenía, además, el encanto de la vecindad. He visto a señoras con rulero (en el edificio no había sólo oficinas, sino casa de vecindad) entrar a buscar agua caliente para prepararse el café, aunque un par de sólidos disciplinarios del APRA guardaban ese templo de democratismo, tan raro en nuestros usos vanidosos. Ahí Sánchez me recibía con una sonrisa y un abrazo. Y luego comenzaba el interrogatorio. Poco importaba que yo fuera profesor, mayor, y emancipado, igual me examinaba. "¿Qué está Usted escribiendo?". Ajá. ¿Dónde se quedó en el tema del indio?  Aja. ¿Qué sabe de Raymond Aron? Ajá. ¿Qué escritor francés me recomienda? Ajá. Y así, un buen rato. Yo me prestaba con humor al juego. Y los dos nos divertíamos.

La ligereza en la seriedad. La gracia en la erudición. En la lista de expositores veo a varios amigos, Jorge Puccinelli, Alfonso Ramos, Marticorena, Luis Alva, entre otros, y mi vecino de página, Mauricio Mulder. Me hubiera encantado asistir. Noto, sin embargo, que no se dice si se aborda a Sánchez ensayista. Y eso es lo que fue, entre otras cosas, además de maestro universitario, investigador y político. Sin duda es un desafío querer historiarlo. Escribió tanto, pero si dejamos sus obras de crítica literaria, del tipo de los poetas de la colonia, o sobre Ricardo Palma, Valdelomar, o sus "panoramas", de la literatura del Perú, o de la América Latina, queda la inmensa osadía del ensayista, es decir, del librepensador. Con ellos estuvo en el ojo de la tormenta. Luis Alberto, como otros de esa generación del 23, entraron en la vida intelectual peruana, como se dice en el Caribe, tumbando y capando. Fue un polémico, gracias a dios. Balance y liquidación del 900 por ejemplo, el título es ya un programa. Estuvo en el episodio, también iconoclasta, de Colónida, sobre lo cual no cesó de escribir. En la polémica del indigenismo. A mí lo que siempre me pareció fascinante de LAS son sus ensayos. Ese magnífico Examen espectral de América Latina, escrito en 1945, es decir, en uno de sus exilios por aprista. Me entusiasma el LAS biógrafo. De La Perricholi, de Manuel González Prada. Y de Haya de la Torre. Cultivó el ensayo sociológico y biográfico. Las notas polémicas. No me digan que no han leído El Perú, retrato de un país adolescente en sus varias versiones, texto que siguió  bordando hasta la muerte. Y me parece que no se puede ignorar esos "relatos esperpénticos", el ciclo de los señores, los burgueses, los revoltosos, los redentores. Puccinelli ha publicado sus pasos de peregrino. W. Pinto los de sus cuadernos de bitácora. ¿Cuál fue su secreto? La sencillez. Al escribir, al hablar. La frase corta. Que contraste entre este orador de frase breve y más de un comentarista de interminable frase de nuestros días. Y tanto balbuceante en televisión y radio. Echo de menos a LAS, cuando los escucho. Se pierden en los dativos y acusativos de la frase larga, en las concordancias de tiempo. Y dicen hubieron por  hubo. El país se ha fujimorizado. Acaso volvamos a la frase breve. A Sánchez.

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Sabatina, 16 de diciembre del 2000


Martha y el oxímoron

                                                                     

Hugo Neira


«¿Quien me dijera, Elisa, vida mía, / cuando en aqueste valle al fresco viento / andábamos cogiendo tiernas flores / que había de ver, con largo apartamiento, / venir el triste y solitario día / que diera amargo fin a mis amores?»  ¿Quien me dijera, mi querida Martha, cuando en los frescos valles del velasquismo andábamos cogiendo las tiernas flores del Instituto de Cultura, que vendría el triste y dolorosa día de la inevitable sabatina?  Pero Martha, ¿en qué batalla perdida de la historia te hallo embarcada, tras inadmisible Tartaria, con jefes que de piadoso ni menciono, yo que siempre te imaginé entre papeletas lexicográficas, y no "descaminada, enferma, peregrina, en tenebrosa noche, con pie incierto, la confusión pisando del desierto, voces en vano das, pasos sin tino"? 

"¿A quien importa esos tratos, que dan tan malos consejos, del Congreso, si con el rompes recatos, mientras dan bolsas de dinero, a pordioseros?" A sabatina sibilina me obligas Martha, que comienza por una cita que apreciarás, la de Garcilaso,  el español, "el otro" que llamo, no vaya a ser que un lector despistado se crea que el Inca cuzqueño también fue autor de églogas renacentistas. No me fío una pizca cómo se enseña ahora el castellano. Lo aprendí, antaño, en la historia de la lengua castellana de Jorge Puccinelli.  Era otro Perú, otra secundaria, y sin duda, otros libros de textos.

Ahora bien, si el lector cree que te voy a atacar, diré que vengo en tu defensa. ¡Y en La República!  No necesitas tal, estoy seguro dirás con la dulzura de trato que te distingue —afable, consensual—  y que te ha ganado tan caracterizada fama, tal suma asombrosa de afecto popular, incluyendo el de los tacneños,  pero igual la tienes. No te han entendido, Martha Hildebrandt, no te han entendido, los pueblos son así de ingratos, y en las democracias de nuestro tiempo, ay, más que felones. Voy a decir en que se afinca el malentendido. Tu lo que amas, no es el poder, como cree más de un intonso. Lo del Congreso te entretuvo, pero para secretos fines que esta misiva revela. Tú íntima preocupación, secreta cuita, no es el mando sino  la lengua. Te has dicho, ¿cómo hacer para mejorar el castellano  y sus peruanismos?  Concederás que el  lenguaje cotidiano, con la primarización de la economía, se vuelve cada día más sumario. Los peruanos,  en las enormes manifestaciones de protesta, echan mano a un estilo directo, sin ceremonias. "Tenemos hambre", "Queremos trabajo". "Abajo el Chino". Qué barbaridad, apenas un verbo, ni siquiera un complemento directo. Y cuando quieren hacer rimas, que mal les salen "Fujimori y Montesinos, los dos asesinos". En cambio tú, siempre has sabido que la política es una gran ocasión para elevar los niveles educativos del vulgo. Has dicho, hay que hacer algo. De un lado, ese fondo editorial del Congreso, que fuera de bromas, será huella de tu paso. Pero sobre todo, y esa es la hipótesis, perdona, has educado a toda una nación en el valor del Oxímoron.

Un oxímoron, como se sabe, es una figura que consiste en ligar dos términos aparentemente opuestos. El resultado es iluminatorio, paradojal. "El flaco amor", "la clara noche". Lo usamos sin darnos cuenta, "extraordinariamente simple", etc. Para pensar, para simbolizar, es inevitable pasar por figuras de estilo. Entre las muchas disponibles, figuras de denigración dice la retórica, los peruanos logran prodigios, y apurados por los acontecimientos se ha escuchado —¿no es cierto Martha?—  epítetos en las calles de  "tirano, déspota, dictador". Y desde el malhadado video, usan hipérboles como "morirse de vergüenza". Nadie se ha muerto, pero en fin, se cayó el régimen. Que tampoco se cae, se esconde o se va de viaje. Qué de anáforas, "hay un ladrón aquí, hay un ladrón allá", qué de metaplasmas, "Toledo por Tudela", etc.  Pero lo que hay de superior manera son oxímorones, provocados por el escandaloso ejemplo del fujimorato. Y por tu contribución, jovial, inolvidable.

¿Apoyaste hasta la agonía al desconcertado Fujimori que buscaba un escondido Montesinos, y todos creyeron que era personal obstinación? ¡Error! Nada de eso, sacrificio de gran pedagoga, para que los canallas de la prensa de oposición entre los que me cuento y la chusma de la calle fabricara frases como estas: "el gobierno que desgobierna", "el poderoso sin poder", "el influyente sin influencia". Oxímorones, figuras que alivian la insuficiencia del lenguaje corriente  para dar cuenta de la complejidad del pensamiento. Tan elevado sentido educativo se ilustra desde hace diez años en economía, qué de posibilidades para nuevos oxímorones! La "privatización sin privados", "el crecimiento que empobrece". Qué de oxímorones, Martha, la "justicia injusta", "las fuerzas armadas desarmadas". Y sobre el dejo del expresidente, "la elocuencia penosa".  Mario Vargas Llosa, acerca de la novela, inventó aquello de la "mentira verdadera". Un oxímoron. Pero lo tuyo es enorme, portentoso. Más allá de los libros, te has entregado a  un régimen como Juana de Arco a los jueces, para arder en nombre de los mejores oxímorones de nuestra historia: "democracia sin demócratas",  "capitalismo sin capitalistas"  (hasta Boloña anda endeudado). Y en especial, “elección sin elegidos". Bravo Martha, a la gloria de la lengua castellana.

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Sabatina, 25 de noviembre del  2000


Kokoro wo kumu

(corazón, en caligrafía japonesa)

 

Hugo Neira


No siempre los tiranos salen huyendo. Fue el caso del mexicano Porfirio Díaz para ir a aburrirse a París. Pero Francisco Franco, de español, se murió en clínica madrileña. Y  aunque duela decirlo, algo similar ocurre con Pinochet, no menos tirano pero a fin de cuentas, chileno hasta las cachas, cuando llegó la hora de verse entre jueces, el guaso general se dijo "a casa", y no sólo por eludirlos. En cambio, el despótico ingeniero que nos ha tirado la Presidencia por la cara ¿qué es? ¿Fuera de encarnar la utopía mafiosa y la criminalidad como medio de desarrollo?  No está demás hacerse esta pregunta. Para mí, es un enigma. Y no me salgan con que es japonés.

Cuando apareció el candidato Fujimori, en 1990, el país le atribuyó graciosamente unas virtudes que imaginamos propias de la cultura japonesa: técnica, honradez, austeridad. Ni corto ni perezoso, se las apropió. ¿No fue eso, el tractor, el fujimóvil, la parquedad, los apretones de mano sin discurso, la gran sonrisa enigmática? Estábamos ante una representación, es decir, no lo que el individuo es sino como una comunidad quiere verlo. Por razones muy diversas, el Japón y la comunidad "nisei", gozaron en Perú de un enorme prestigio, asociado a la eficacia. Y el lo sabía.  Sin embargo, el crédito otorgado era tan absurdo como que viéramos en todo británico que venga a instalarse una suerte de Lord.  Trajo, sin duda, su propia cultura, pero no la que pensamos.  La realidad es más sencilla y tremenda. Como lo explica bien Luis Jochamowitz (La construcción de un político, 1993) su origen migratorio es de campesinos de aldea, de la isla de Kyushu. Añadiré, la migración japonesa fue orientada, partieron los más pobres. Y antes que se produjeran los grandes cambios de la modernidad. Que en el caso de Japón comenzaron por arriba, por las elites. En consecuencia, Fujimori no vivió la transformación del Japón en un capitalismo regido por leyes. Su familia provino de un mundo nipón, hoy extinto. ¿Cuál? Ninguna revolución (y la de 1868 fue una) es uniforme. En la ruralidad nipona persistió el Shogun. El término puede traducirse por jefe de guerra. Ahora bien, ese tipo de mando no venía de ley alguna sino de "la obediencia ciega" (J. Mutel).  En Occidente se desconoce ese tipo de poder, los señores feudales firmaban contratos. No digo que fuera un Shogun sino que en la memoria familiar pudo persistir la huella de ese especie de gamonalismo nipón que solo cesa después de 1945.  Para colmo de nuestros males, entre nosotros, en Perú, tampoco aprendió el respeto a las instituciones. No hemos sido precisamente Suiza, aunque Fujimori ha llevado hasta sus extremos el desparpajo criollo. ¿Qué es ese hombre? Creo que es una identidad  fracturada. Un yo sin espacio moral. Desconoce el Japón que se moderniza, o sea, se legaliza, mientras los Fujimori hacen su vida en este país, a lo que hay que añadir —no seamos hipócritas— los defectos de nuestra criollidad republicana, las marismas de un mundo que aceptó de labios para afuera aquello de que todos  son iguales y sumisos a la misma ley. La ausencia de respeto a la norma escrita nos viene del fondo colonial —lo sabemos— y la soberbia del poder criollo se prolonga a lo largo del siglo XIX y el XX, de modo que Fujimori es el resumen de todos nuestros males. Con algo de menos: el corazón.

No nos quiso. En sus discursos no hubo nunca una referencia a nuestros clásicos, jamás Vallejo, jamás Garcilazo. No es la indiferencia del matemático, no es cierto. Es la del que no tiene nada que ver con esa cultura nacional. Poco importa si nació o no en Perú, fue un extraño, un "outsider", y por eso, manejó a unos y a otros. Así, el signo de entrada, Kokoro, es  chino y japonés, es tanto el alma como el corazón, y es ideograma, dice Kazuhiko Yatabe, para miles de expresiones, como por ejemplo, kokoro wo kubaru, generosidad, literalmente, el que entrega su corazón. Y su contrario, kokoro wo kumu, el desalmado, el egoísta, el que usa el corazón de los otros. Eso hizo. Y para ello se puso poncho y chullo. Déjenme decirles: los peruanos de verdad no lo necesitan. Haya de la Torre no lo usaba. Ni fingía ser andino Luis de la Puente Uceda, blanco y rubio, que fue a morir por sus ideas a Mesa Pelada. Sobre Japón hay versiones diferentes, pero la sólida nación que se sitúa entre las primeras del planeta, el Japón en el que Fujimori va a intentar quedarse, es un país formal con un sistema parlamentario tomado de la Gran Bretaña, reglas jurídicas adoptadas de Prusia en el XIX y de los Estados Unidos después de 1945; de legalidad al fin y al cabo, es decir, algo que a él, le es completamente ajeno. Será allá, también, un extraño. No tiene  "Kokoro", aunque aprovechó  hasta la saciedad la de un Perú confiado, acaso demasiado sentimental —"el chinito"—  y que ahora, empobrecido,  le reclama las joyas de la familia, es decir, los dineros evaporados de las privatizaciones.

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Sabatina, 21 de octubre del  2000


Karol Wojtyla, un hijo del pueblo

 

Hugo Neira
                          

Si el apasionante folletón dramático-purulento del ocaso del Fujimorismo le ha dejado tiempo al lector como para seguir la información mundial, entonces habrá podido presenciar la formidable concentración de jóvenes católicos del 15 al 20 de agosto pasado en Roma, muchachos y muchachas venidos de 160 países, y que en un momento determinado sumaron más de un millón de jóvenes. Fueron tantos que tuvieron que hacer dos mítines en campos separados, uno de ellos en la plaza de San Pedro para escuchar en directo a Juan Pablo II.

Hay sintonía,  química —¿cómo llamarla?— una corriente de simpatía entre esa juventud que mira al siglo XXI y ese hombre anciano, cargado de dolores físicos, pero que llega a sonreír ante tal suma de salud, esperanza y entusiasmo. Hay carisma. ¿Quién en el mundo que vivimos reúne tal masa crítica de futuro? Acaso Fidel Castro lo hubiese hecho hace unos años, pero no los carcamanes que gobernaron la cenital URSS. Nadie hoy, en tiempos descreídos. Las democracias  avanzadas, que acaso por eso son avanzadas, no necesitan líderes carismáticos, ruedan con sus sólidas clases políticas. Sólo el actual Papa se da estos lujos.

A mí me conmueve este anciano, su determinación, su fuerte vejez, su enérgica sonrisa.   Mira el Papa a esos jóvenes, y sonríe. Pero en esa muchachada encantadora y sana, sabe que hay quienes se divorcian de su doctrina en materia de vida y sexualidad. Esa misma tarde romana, o cuando caiga la suave noche otoñal, entre guitarras y besos —no seamos ingenuos— dejarán de lado los vetos papales al uso de preservativos. Pero están ahí,  porque ese Papa es un carácter y es un político sin fronteras.  No es sólo el enterrador de un totalitarismo, un patriota que no olvidó nunca la lucha social en Polonia, sino que Juan Pablo II no se alinea con los norteamericanos. Lo de la guerra del Golfo, guerra por la hegemonía en materia de petróleo, lo dejó indiferente, ni hablar de convertirla en una cruzada antimusulmana. Su Papado abre relaciones ecuménicas no solo con judíos y protestantes, sino con ortodoxos y con musulmanes. Por eso también Roma ha tenido otra política que la OTAN en materia de la guerra en Yugoslavia. Pueda que tenga razón, pueda que no, pero no lo mangonean. Este Papa es un tercerista: habla de la "persona humana" en sus Encíclicas, una vía intermedia entre el individualismo hedonista y el sometimiento social.

Viaja este Papa más que sus predecesores. Es para la prensa mundial un Papa "globe-trotter". Antes circulaba en el "Papa-móvil", pero desde que un asesino movido por alguna de las policías políticas del Este comunista le metió cinco tiros en el vientre, sus baños de multitud se han hecho más cautos. Y me conmueve, digo, pese a  que no soy muy beato ni estudié con curas maristas o salesianos, porque hace todo lo que hace cargado de dolores. El Papa está enfermo, el Papa se muere dice la prensa especializada, en particular la italiana. En el interior del Vaticano se desplaza con dificultad,  desde el tercer piso del Palacio Apostólico —cuentan— en donde están sus apartamentos privados al segundo en donde están las salas de recepción, la biblioteca y su despacho oficial. Es un prisionero de un cuerpo que se sacude con el Parkinson. ¿Llegará un momento en que no pueda ni hablar? ¿Puede dimitir, preguntaron a una Comisión? "No, no puede, la Iglesia no conoce Papas en el retiro", respondieron los expertos.

¿De donde sale Karol Wojtyla, este atleta de la fe?  Sale del pueblo, de una minúscula aldea del sur de Polonia.  No fue Wojtyla ese tipo de jóvenes de voz aflautada que se hacen curas porque mamá quiere tener un tonsurado en la familia. El comunismo ha sido hundido por dos proletarios, dos rudos, dos polacos, Wallesa y por Wojtyla. Se hizo cura a escondidas del régimen que no permitía ordenaciones, y trabajó de obrero. Después, estudios en Roma y una tesis de teología en Cracovia. La tesis del doctor Wojtyla, aun si no hubiese ido más lejos que simple cura,  igual resulta importante. Se la encuentra en antologías de filosofía, no católica, de la otra. De la filosofía de Platón a Heidegger. Con un poco más de espacio, la comento. Hoy a este Papa que no puede dar un paso sin que le duela hasta el alma, lo presentan como un conservador. Hay materia para discutir. Este Papa enérgico, combatió el totalitarismo. Sin medias tintas. De tenerlo por aquí de Obispo, y a diferencia de Monseñor Cipriani, ante el escándalo del video no se habría contentado con aquella de que "hay que arrancar la rama podrida". Wojtyla no pidió, en su hora, únicamente que renunciase  el Ministro del Interior del  comunismo en Polonia. Ayudó a arrancar no la rama sino el árbol podrido por entero.  ¿Será porque Karol Wojtyla  no fue de niño a colegios de curas que cuando Papa no ha dejado de ser, a su manera, la voz indignada de los de abajo?  ¿Será por eso que es un Prelado del pueblo y no un cortesano?

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Sabatina, 14 de octubre del 2000
 

Luza. El precursor

 

A la memoria de Bustos Domec

 

Hugo Neira

Cuando recobremos la serenidad y las aguas vuelvan a su cauce, o sea probablemente nunca, cuando en el futuro algún historiador parcial en acucioso estudio se asome al pozo sin fondo de nuestros defectos (y si no le da vértigo, vinagrera y se desmaya) entonces  podremos aquilatar en su justo valor a los patricios gubernamentales de estos últimos diez años. Entre ellos la figura, no por secundaria menos decisiva, del doctor Segisfredo Luza.

Excepcional trayectoria psiquiátrica, propósitos audaces, pero nunca faltan los mal pensados, y la peculiar afición del doctor Luza por los problemas de los adolescentes de uno y otro sexo le atrajeron un sinnúmero de enardecidos reportajes en diarios y revistas y el vivo interés de otras profesiones, tales como jueces, criminalistas, policía de investigación y  abogados defensores. Poco comprendido, como todo genio que se anticipa, sancionado por leyes pacatas pegadas a una superada moral burguesa o peor, judía-cristiana, el doctor Luza habría permanecido en el olvido de no mediar otro doctor, Vladimiro Montesinos, no menos conocedor del alma humana, quien le propuso que trabajase en los llamados "operativos psicosociales", que Luza vuelve —no seamos  mezquinos— una vasta empresa semiótica. Desde los medios de comunicación ha estado configurando, con nuevos referentes, al hombre peruano del porvenir…

A Luza  le debemos el impulso dado a la prensa llamada "chicha". Un encuentro del país con su verdadero lenguaje. Se recordará el panorama de la prensa nacional, la de antes. Diarios aburridos y pretenciosos, alejados de la cultura oral y masiva. Que, además, pretendían expresarse en castellano correcto ¡en español! Como si no nos hubiéramos independizado de España. Que diferencia desde el apoyo que otorga a la prensa emergente. Un lenguaje espontáneo amanece cada día en esa nube de pequeños diarios que contribuyen al solaz y esparcimiento de nuestros ciudadanos.  ¿Qué se había creído la clase culta egresada de las universidades, que iban a seguir leyendo diarios sin ningún contacto con el habla popular? Gracias al genio de Luza, esto se acabó. Unos cuantos avisos gubernamentales  y tuvimos esa prensa que algunos llamarán basura, pero a la que le debemos primeras planas francamente encantadoras  como las que siguen: "Mengano es loca brava". "A  Zutano le hace agua la canoa". Democratización, tono coloquial, lástima que nuestros exquisitos no lo hayan entendido. 

Otra contribución, y no menor, son los cómicos populares en la pequeña pantalla (según y conforme, algunos la tienen grande). Antes, andaban besuqueándose y haciendo sus indecencias por el parque universitario. Pero el doctor Luza los puso en la tele, o sea, al interior de cada hogar peruano. ¿Qué se habían creído? ¿Qué se podía atravesar Lima, dejar atrás calles y parques donde pululan locos calatos, hampones, pichicateros y maricones, para meterse en casa, prender la tele y ponerse a ver ballet, teatro o, lo que es peor, escuchar "Sol y Armonía"?  ¡No Señor! Contacto con la realidad, con una teatralidad ligada al mercado. ¿El buen gusto? ¿Qué es eso? Otro prejuicio extranjerizante. La pantalla ahora se parece a lo que somos.  Gracias Luza por esos siete ensayos de interpretación psiquiátrica de la realidad peruana. No te olvidaremos.

En fin, flor de paranoia socio-cultural, su contribución al inside del hombre nuevo me parece evidente. La modernidad se murió. Lo que se impone es la post-modernidad y la globalización. Los nuevos valores en el siglo XXI, dicen los expertos, son los de cada uno baila con su pañuelo, camarón que se duerme se lo lleva la corriente, el hombre lobo del hombre, etc. ¿Y cómo vamos a preparar a la juventud? ¿Con viejos valores? ¿Modositos, saco largos, y en el respeto a los cacareados derechos humanos? Tenemos que formarlos PRAGMATICOS. Sin ese lastre que en la vieja moral decadente se llamaba tener escrúpulos. La prensa chicha, los cómicos ambulantes y la inapreciable participación de Laura Bozzo al mostrar que no hay límites, auguran un hombre nuevo, o sea, vivo, mosca, que se ha puesto las pilas. Siempre tuvimos un poco de eso pero ahora tenemos más. Incluso los exportamos. Un grupo de peruanos —cuentan los diarios— pedía cupos de dinero a los automovilistas a la salida de una autopista en Barcelona, España. Solo la mala fe puede confundir ese acto de loable iniciativa informal con un asalto. Así, los nietos y tataranietos del doctor Luza, con actos brillantes e imprevisibles, animarán nuestro porvenir.

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Sabatina, 07 de octubre del 2000


Tudela.  La Contrarreforma otra vez

 

Hugo Neira

Hacía un tiempo que me venían diciendo en Lima: Tudela.  Referencia al linaje, a sus estudios, y algo como el gemido de las clases medias amedrentadas por los abusos del poder pero deseosas de que siga el modelo, y otro poco de reclamo de un fujimorismo adecentado. Pero eso fue antes, y  el episodio de la tecnocumbia y sus declaraciones de un complot internacional contra el Perú, tesis inadmisible por su intrínseco delirio, comenzaron a desvanecer mi esperanza de que esa derecha moderna y esclarecida de la cual me hablaron algunos,  la encarnase Francisco Tudela.

Para comenzar, atacó a los observadores extranjeros del reciente proceso electoral, tratándolos de "portadores de un neocolonialismo ideológico" (¡él, lo cual tiene gracia!) sosteniendo ante la prensa "que el globalismo dicta sistemas constitucionales idénticos para todo el mundo" (Gestión, 25 de marzo, p. 7).  La verdad, no sé a qué se refiere. ¿Sistemas idénticos? ¿Dónde? El de Canadá, que hasta nuevo aviso es una democracia parlamentaria cuyo jefe de Estado es la reina de Inglaterra, igual que USA?  ¿Idénticas las repúblicas europeas y las monarquías, sueca, holandesa, española, escandinava? ¿Alemania, que es una república de "landers" o regiones, y el centralismo francés? ¿Y este es el especialista de temas constitucionales del fujimorismo? Ya con la mosca en la oreja, encargué algunos libros suyos, y  por fin, me llegó un paquete, la verdad no muy voluminoso, Tudela no es Basadre. Con todo, lo he leído y me he asombrado. Un asombro puede ser admiración como su contrario, pasmo y susto. Por desgracia, se trata en este caso de lo segundo. Comento, pues, uno de sus trabajos, Libertad, globalización y políticas nacionales (Fondo editorial del Congreso, Lima, marzo del 2000) el cual gira sobre conceptos que se presentan como antagónicos, por una parte, "políticas nacionales", del que obviamente el autor aparece como defensor, y por otra,  el muy traído de "globalización".

Esta oposición, dice, es un falso dilema. El "globalismo" y los Estados, coexisten. Hasta ahí, de acuerdo.  La desaparición del Estado-nación no es sino un mito de las multinacionales. Pero el caso es que seguí leyendo a Tudela y dejaré de lado su lectura del mundo como "anárquico", "un torbellino de desorden". A lo que voy,  casi me trago lo de Tudela antiglobalista, puesto que incursiona por los prados de la izquierda, por paradojal que esto parezca, para recuperar parte del viejo (y legítimo) reflejo antiimperialista.  Así, ¿quien no estaría de acuerdo con que "no hay que aplicar una plantilla dogmática y  utópica al sistema internacional" (p. 3)?

Pero, leyéndolo en serio y por completo se divisa su verdadero propósito. De un lado, el ataque a los derechos humanos. Y del otro, a las ONGs.  Lo primero, apenas es "un arma política de las democracias liberales de Occidente en su lucha contra la Unión Soviética". Verdad parcial, también son una doctrina de la libertad.  Lo segundo es más grave, puesto que se mete con las ONGs, punta de lanza de la intelligentsia no regimentada.  Admitiendo "que hay miles en el mundo" (p. 7). Tudela, en arte de birlibirloque, las asimila a las "sociedades de pensamiento" o sociedad filosóficas de la Ilustración, del siglo XVIII. O sea, ya saben, ligas francomasonas y suerte de salones franceses. Quien dice salón dice frivolidad y capricho. "No reflejan necesariamente el consenso de la sociedad, sino que por lo general, buscan modificar o combatir las opiniones sociales existentes" (p. 8). Ganemos tiempo, su fantasma es que estas ONGs formen en un futuro eminente una suerte de representación política, una suerte de gobierno de la sociedad civil. Tal cual. Las ONGs, se interroga y muy en serio,  ¿"deslegitiman la democracia representativa (p. 12)"?

En fin, ¿qué decir?  No veo sino tres cosas. Un texto confuso: cita por igual  a Jaspers, Spengler, Lao Tse, Buda, Platón, Domingo de Guzmán, Norman Cohn, Kissinger, Mao Zedong, el Cardenal Richelieu y el padre Joseph, Hobbes, el Congreso de Viena de 1815, Zarathustra de Nietzsche; se nota que el autor es limeño y le gusta la mazamorra.  Así pues, no me parece que sea ese político conservador y esclarecido del que me hablaron, lo siento. Lo suyo es  discurso de irritado oidor colonial, dado que el Imperio cambia. Expresa un fastidio de elitario ante una trayectoria cada vez más occidentalizada de la modernidad política, mientras que por su lado encarna formas autóctonas/criollas del poder y del mando, tan  arcaicas que no osan ni decir su nombre. Eso explica porque el estilo se le hace sinuoso y los argumentos se buscan en el campo contrario. Un alambicado discurso que esconde lo que le desagrada, es decir, el nuevo cariz de la modernidad, en particular lo jurídico-internacional (observadores electorales, Centro Carter, esas cosas) y no porque sea un incendiario nacionalista, ¡qué va!, sino porque comprimen a los tiranos locales,  con los que baila tecnocumbia..

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Sabatina, 23 de setiembre del 2000


Macera. Botas y votos

 

Hugo Neira

Hace unos meses, cuando se supo que Pablo Macera postularía al lado de los fujimoristas, se armó una protesta, un dolor, una grita, que me llegó hasta Tahití. Después se calmaron un poco, como que aceptaban lo inevitable, el gran maestro los abandonaba, aunque siguieron en los diarios los maltratos. ¿Qué no le han dicho?  !Qué de caricaturas! Y si fuese solamente eso, ¡qué de insultos! Ni crea el lector que los voy a repetir aquí. La opinión de Toño Cisneros, que aludía a las ventajas materiales, el sueldo de representante, más los gastos de representación, el coche de servicio, la secretaria, me pareció la más humana. Amor al próximo de poeta, pero perdona Toño, la argumentación con ser piadosa, no termina de convencerme. Las pellejerías cotidianas de este fin de siglo que nos coge a todos más o menos empobrecidos, no explican un caso tan notable. Contrariamente a lo que se ha dicho, creo que Macera es coherente. Lo suyo no es extravagancia ni veleidad sino nexo directo con otras posturas anteriores. Macera sostiene desde hace años que la sociedad peruana necesita un sistema totalitario. No lo aplaudo ni lo ataco, intento entender.

En la correspondencia que me llega a Tahití sobre la postulación de Macera en el fujimorismo, hubo cartas de jóvenes, y tomaré una en particular de un joven escritor limeño. Con Macera y con Basadre, confiesa, se deslumbró. No sólo le interesó el historiador sino "el hombre de la frase precisa, cáustica, irónica, directa".  Y añade, "Éramos jóvenes viviendo nuestra adolescencia tardía y Macera caía como anillo al dedo. Durante años traté de entender por qué uno no podía ser feliz en el Perú. Qué joda, pensaba. O sea, desdichados para siempre y de nacimiento por culpa de este país inviable, país arena o salmón como alguna vez él lo definió". ¿Cuándo Macera deja de interesarle? Cuando la guerra de Sendero, "el país se hallaba sumido en una crisis profunda y ya no tenía sentido ser pesimista en el Perú".  La lucidez, dice, ya no pasaba por ahí.

No todos lo vieron claro como mi joven corresponsal. Muchos siguieron apostando por el pesimismo, o sea, por el senderismo.  Por mi parte, no estuve entre la gente que no podía escribir dos líneas sin afirmar "como dice Macera". Los mismos que hoy se rasgan las vestiduras. Por eso mismo, nada me impide reconocer en Macera un gran historiador, probablemente el más completo, cuya obra va de las haciendas jesuitas al arte popular, y además, el estilista. Mi problema es otro. ¿Cómo un hombre tan inteligente, y en el fondo libre, opta por dos veces consecutivas por la solución autoritaria? Primero Sendero y ahora Fujimori. Y esa  es la cuestión de fondo. El de las relaciones, peruanas, entre el Mal y la Política.  Macera es un hombre lúcido, mi temor es que acierte. Y eso, solo el tiempo lo dirá, si merecemos o no la democracia.

La inclinación voluntaria al despotismo de los intelectuales es un vasto tema, y en un periódico, el espacio me obliga a ser breve, incluso abrupto. Detrás de esa afirmación hay una ideología en el sentido que la entendía Marx y no los marxistas, estos suelen decir "mi postura ideológica" por línea o ética, se nota que no han entendido al padre fundador. Para Marx, ideología es una mala palabra. No es las ideas sino el Discurso (falso) que una sociedad se cuenta a sí misma para enmascarar sus antagonismos. Sostengo que hay una "ideología peruana", en la idea fija de un despotismo necesario, ensueño jesuita para el XVIII, pero un postulado, confeso o oculto, que comparten muchos grupos. La tenaz apuesta se acompaña de otra todavía más perversa. La necesidad de un puñado de elegidos. De una elite. Proyecto de salvación y puñado de complotados. Mucho cabe aquí, del primer aprismo al velasquismo y a las guerrillas del 60. En los últimos años, Sendero y las cúpulas fujimoristas. Con los años, el proyecto tutelar se vuelve cada vez más despótico. Basta un grupo de profesores provincianos, de militares, una red de profesionales del Opus Dei, todos, adoradores del secreto. Cuando a Macera vinieron a preguntarle qué pensaba del proyecto (bien guardado) de gobierno cívico-militar por treinta años, respondió, con sinceridad: "no me parece mal".  En 1992, el poder militar encontró el rostro sonriente de un ingeniero de origen japonés para cubrir un nuevo proyecto de salvación (ahora, con economía de mercado).  Es hora de decirles a unos y a otros: dejen de salvarnos. La sociedad peruana contemporánea puede vivir sin misteriosas tutorías. El síndrome Macera lo tienen muchos. Lo que pasa es que, al menos, —discípulo de Porras que no sabía callarse—  él lo dice.  Habría que agradecérselo.

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Sabatina, 16 de setiembre del  2000


Cipriani

 

Hugo Neira

Cuando el África del Sur quiso salir del odioso "Apartheid", y a las dificultades del tránsito a un régimen no racista se añadían los dolores de las víctimas y el temor del los victimarios, el cielo contó con los buenos oficios de Monseñor Desmond Tutu, un prelado negro, que enjugó las lágrimas de los unos y alivió la mala conciencia de los otros. Cuando el Perú vive el peor momento de su historia, y al escarnio de la generalizada pobreza se suma la  evidente y cínica burla de la legalidad y  el sufragio electoral, el cielo resulta nada clemente con los peruanos, puesto que el arzobispo de Lima se llama Juan Luis Cipriani. Un Monseñor que  no calma ningún ánimo, sino que por el contrario, los exacerba.

En los días que estuve en Lima, entre la primera vuelta de las elecciones presidenciales  de abril y esa formidable tomadura de pelo que fue la segunda vuelta con candidato único y las semanas que siguieron, pude apreciar la atención que se le prestaba en cenas, conversaciones y tertulias privadas o públicas al arzobispo limeño. Ahora bien, atender algo o alguien, también quiere decir vigilar. Monseñor ocupaba en la comidilla diaria, que no es poca,  un lugar tan importante como las mañas de la ONP, el vals de las cifras electorales, la televisión de los cómicos ambulantes y los reality show de Laura Bozzo. ¿Qué hace Cipriani para sacar de sus casillas a los peruanos? Para decirlo con llaneza, molestan sus exabruptos. Llama "tapaderas de rabo" a los organismos que defienden los derechos humanos, se burla de quien acuda a tribunales internacionales ante cualquier "problemita". Todo eso y mucho más, choca y fastidia.

Este disenso entre Prelado y feligreses, es bastante raro entre peruanos. Acaso el tradicionista Ricardo Palma recordaba uno que otro caso, perdido en el pasado virreinal. El raje generalizado de los dimes y diretes del controvertido Monseñor tampoco se explica por tendencias anticlericales, las cuales, nunca fueron intensas en Perú, acaso al comienzo de siglo, en tiempos del anarcosindicalismo, otro poco con el primer aprismo que denunciara el pacto entre gamonales y curas de aldeas para mantener las masas indígenas en  la ignorancia, pero todo eso es los años veinte y treinta, bien lejos de nuestros días. Cipriani levanta hoy resistencias en medios católicos y más bien moderados. Por lo demás, Perú sigue siendo masivamente católico, aunque progresen los protestantes, en particular en el mundo andino. Con todo,  Perú no ha sido México, en donde en algún momento se cerraron escuelas e iglesias católicas. Tampoco es la España post-franquista de hoy, que como se sabe (y es mejor que se sepa), la  actual Constitución declara al Estado sin religión oficial.  Los españoles siguen siendo católicos, pero su Estado no. Es el precio que la Iglesia está pagando por haberse dejado manipular por Franco.

El clima anti-Cipriani viene de atrás, dada su postura política, y sobre todo, debido a su estilo personal, considerado "irascible e intolerante" como en la investigación que firma  el periodista Magno Sosa, en un libro de elocuente título: El teólogo de Fujimori. Sosa se inspira en lo que hizo (y deshizo) Monseñor mientras fuera Obispo en Ayacucho. "Prepotencia, autoritarismo", y el envío de notas para puentear a docentes que no eran de su agrado (La República, domingo 9 de abril del 2000). Es cierto que Juan Luis Cipriani tiene opiniones temibles en materia de caridad cristiana, pobreza y derechos humanos. Es cierto también que gran parte de la oposición que levanta proviene en gran parte de su vinculación al Opus Dei y la iniciativa fallida de querer tomar el control de una casa de estudios como la Católica, hace de esto un año. Pero todos estos elementos, y la coincidencia política con Fujimori, no explican del todo, la ojeriza que provoca.

Hace unos días, caí sobre una de sus últimas declaraciones. Conviene que me detenga en sus obstinaciones, pues se entenderá por qué Cipriani, en cuanto abre la boca,  irrita. Interrogado por los males del Perú y de los peruanos, dijo alegremente que venían de "la flojera y la borrachera".  La verdad, me quedé pasmado. No es necesario ser un gran erudito para percatarse que la cuestión de la "flojera" recuerda el viejo prejuicio del "indio ocioso o perezoso", idea fija por esencia colonial. ¿Pero que eso mismo se proclame en los días que corren? ¿Decirles a los peruanos, hoy, que son flojos cuando el primer reclamo nacional es el del empleo, tema que no falta ni en la campaña de Toledo ni en la del propio Fujimori? ¿Flojera, la peruana, cuando si alguna fama tienen, precisamente es la de chamberos, y no solo en el país sino en el extranjero?  Monseñor se pasa, Monseñor insulta a la gente de la carretilla, a los de la economía informal, a los de la levantada a las cuatro de la madrugada para llegar a Lima pedaleando. En fin, lo de la borrachera: la debilidad de la argumentación es para echarse a llorar. Que yo sepa, los chilenos beben tanto como los peruanos, acaso más (tienen el record mundial de cirrosis al hígado) pero ya están en el primer mundo. Los alemanes y norteamericanos, con altísimos niveles de vida, no son precisamente pueblos abstemios. En fin, en el asunto de nuestro alcoholismo la Iglesia tiene rabo de paja. La embriaguez, ritualizada con los Incas, se vuelve borrachera bajo el sistema colonial, con fiestas de un calendario católico copiosamente regado de chicha y aguardiente, y a menudo, de sangre.  

Por sus frecuentes salidas de tono, Lima no aguanta a su Arzobispo. Inútil es buscarle un sosia internacional. No existe. Monseñor está a la extrema derecha de lo más encumbrado de la jerarquía católica, aun de la más conservadora.  Nada que ver con el actual Papa, que puede ser recalcitrante en materia de celibato sacerdotal, aborto, libertad sexual, pero igual Wojtyla es el Papa, entre otras cosas, que le ha pedido perdón a los judíos. Veo difícil que Cipriani vaya a la plaza de Armas de La Victoria,  y bajo la estatua de Manco Cápac, le pida perdón a los cholos del Perú por lo del insulto de flojos. Por lo demás, Cipriani es el prelado que Fujimori necesita, el inventor de una especie de shinto-catolicismo (una iglesia nacional, al servicio del poder, como en Japón).  De prelado sólo tiene los hábitos. Es un político. Un político criollo, criollazo, con el desparpajo verbal habitual en los que mandan. A la Iglesia, en su larga historia, le ocurre, a veces, estas cosas (Los Borgia, Mazarino). El lobo entre las ovejas. Hay que poner en la lista a Juan Luis Cipriani, el controvertido, posible Cardenal como se rumorea. Que Dios nos coja persignados.

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