Nacional: Política/Educación (Parte II)

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14/11/2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

ONGs. Una cuestión previa

 

Lo peor que puede pasar ante un problema es una mala pregunta. Pero atinar con una buena cuestión es corazonada, sentido común, y, por encima de todo, sinceridad a grandes dosis. Ahora bien, en esto de las ONGs, hay como un "substratum" que hasta ahora no se aborda. El debate ha girado sobre cuestiones de cómo funcionan, cuáles sus fuentes de financiamiento, y finalmente, como ante toda institución social, cuáles pueden ser sus límites. Son cuestiones importantes, quién lo duda. Ha surgido una controversia, lo cual es natural. Pienso que el Estado de Derecho, y el actual lo es, tiene legitimidad para inquirir. Sin embargo, me parece también que el tema desde sus orígenes está mal planteado. Por eso titulo esta reflexión, "cuestión previa". Algo me queda de los años sanmarquinos, desde el fondo de una asamblea uno se percataba de que la mesa directiva estaba dejando en el tintero lo esencial. Y entonces alzaba la mano. Los años que tengo encima no me han quitado esos modales. Y a lo que voy, la pregunta previa a todas las otras es la siguiente: ¿por qué hay tantas ONGs en el Perú?

Pregunta que parece tonta, pero no lo es. Será sencilla, elemental, y punto de partida. Por haberlas, las ONGs, las hay en todas partes, no seamos provincianos, en países pobres y en emergentes y hasta en países ricos. Dicho sea de paso, son un nuevo actor social, de "representación de la sociedad civil", pero este cronista se pone sencillo para escribir en La República, y como voy de lo simple a lo complejo, eso de que sí son o no "sociedad civil" es otro nivel del debate, que ahora no abordo. Con mi cartesianismo viene la duda metódica, ya lo veremos en artículos venideros. Volvamos a lo obvio: son numerosas en el Perú. Pero no estoy insinuando, y menos entre líneas, que eso es malo.

Simplemente, intento abordar, "sin cólera y con reflexión", la cuestión capital que sesudas cabezas e iluminados dómines han dejado de lado. ¿Por qué, en efecto, en Perú hay tantas? Para escribir esta nota me puse a investigar, y averiguar, por ejemplo, cuántas ONGs hay en México, país que tiene indígenas, mujeres golpeadas, atentados medioambientales, y autoridades abusivas, un país más grande, más poblado, y también medio jodido como el nuestro, con parecidas o peores cosas. Pues bien, en México hay mucho menos ONGs que nosotros. Y no es que no las tengan, sería mentir; allá como aquí, se asiste a ciertas categorías excluidas de la población, pero en México, ni el campo simbólico del saber mexicano se ha desplazado a una red tupida de ONGs, ni, menos, compiten como aquí con el poder legítimo. Allá el trabajo intelectual tiene otras salidas. Y el quehacer político también. Tengo un amigo que en el Perú, desde hace 20 años, quiso estudiar e impulsar el tema de las alpacas. Fue a las universidades, pero ya sabemos, tienen sus cuellos de botella, sus argollas, sus investigadores son muy raros, y el amigo se cansó, y fundó su ONG. Pueden citarse cientos de casos. ¿Qué pasa, pues? ¿En el Perú para investigar hay que tener ONG? ¿Es ese el invitado de piedra en el presente debate? Ahora bien, si sigo reflexionando comparativamente –lo cual es método propio y racional de las CCSS desde los días que lo aplicó Max Weber– puedo llegar a colegir que si en México no hay tantas ONGs será porque tiene universidades fuertes, con investigadores estables, y eso que gozosamente pasa entre ellos, sin hablar de Europa y los EEUU, es quimera entre nosotros. Ay, patria. Ay, dolor. Estoy tratando, pues, del tema del quehacer intelectual, de la chamba para profesionales de la investigación, que no es tema menor. Me dirán, no todo en las ONGs es ganas de comprender la realidad social, y se involucran en la vida política, ciertamente; pero eso no es un tema únicamente peruano, ni es ilegítimo, es parte del actual debate internacional, de la gobernabilidad de los Estados aun los más estables cuando entidades con fuentes de financiamiento que el aparato legal de poder, digamos nacional, no controla. Bueno, pero sufren menos los países donde la vida partidaria es activa. Así, resulta pues que estamos ante un tipo de instituciones que hace lo que otros no hacen, no tienen ganas o no se atreven a hacer. Estamos ante una "seudomorfosis". Es el término sabio, perdón por una vez, que utilizaba Alain Touraine para referirse a algo que emerge, algo que se forma desde el caos y anarquía aparente de las cosas. Usted, lector peruano, tiene un ejemplo delante de los ojos, un caso manifiesto en la puerta de su casa, de su barrio, de su propio centro de trabajo: huachimanes. La razón es de todos conocida, la policía no alcanza.

Las ONGs, sin juzgar si son buenas o malas, ¿aparecen cuando se deja de emprender, por una parte, la investigación, y, por la otra, la fiscalización del poder? Entonces, ¿dónde está el problema? ¿En las ONGs o en universidades y partidos? Pero esas instituciones peruanas, esas y todas, con el tiempo se echan a perder, y se vuelven cerradas, argolleras, mañosas. Así, ¿cuál es el riesgo, finalmente, de un país caótico pero con muchas ONGs? Seamos claros. A un académico lo controlan sus pares y sus alumnos (lo sé, enseño y me ponen notas mis alumnos). Y a un político, la sanción del voto. ¿Pero quién califica la calidad de una ONG? ¿Ella misma, o sus pares exteriores? No me hagan reír. Tampoco el mercado. Nadie se extrañe de que se haya formado un estrato de privilegiados, unos cuantos entre muchos que, como todo estamento, hace pasar sus intereses como parte del interés general. En fin, las ONGs emplean, lo cual no está mal. Y son espacios de libertad, lo cual es cierto, aunque a veces nadie se entera de lo que escriben o sostienen. Sobre ellas, quien les ha dicho cosas severas, y las han olvidado, fue Flores Galindo, en su Testamento. "Durante los años de crisis, gracias a los centros y fundaciones, nos fue muy bien, y terminamos absorbidos por el más vulgar determinismo económico". Ya sabemos, 20 años después, qué pasa. Eso de "en el fondo hay sitio" ya no es de actualidad, y si no tienes ONG, solo te queda irte. Son miles los que partieron a los EEUU. Se van los jóvenes, y con ellos, los mejores, conozco unos cuantos. Y aquí, claro, todos contentos.

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24/06/ 2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

Una asignatura pendiente. El Estado

 

      

Tres economías en este país. La formal, la informal y la delictiva. Eso fue lo que sostuvo el profesor Francisco Durand, esta semana, en el Hemiciclo Raúl Porras Barrenechea del Congreso. Entonces, ¿no una sino tres sociedades? Hubo otro evento en estos días, la entrega de credenciales por parte del Jurado Nacional de Elecciones, al presidente electo, doctor Alan García. El azar hace bien las cosas. Porque lo que se dijo en uno y otro evento guardan relación. ¿Qué viene a hacer, en efecto, esa cita de Tocqueville y la evocación de “la revolución administrativa” que precedió en un siglo la revolución francesa, en el discurso de Alan? Así, a pocas horas de un evento al otro, la afirmación del profesor que vive en Texas y la del próximo presidente del Perú, sin desearlo, sin reunión previa, ni comidita por medio, se vinculan. Y este es el planteo de este artículo.

A mi modo de ver, ambas temáticas se enlazan. La desagregada sociedad peruana, que es lo que en gran parte nos hace ingobernables, en el diagnóstico de Durand, y esa asignatura pendiente de la inconclusa República, lo que no tuvimos en la colonia, ni siquiera el Antiguo Régimen organizador, bajo reyes, que sí tuvieron los estados nacionales emergentes europeos, eso que invoca Tocqueville, que señala Alan, y que medio país no ve como una urgencia. Ven el Estado como un fantasma: las empresas públicas de Velasco. Ven al Estado como un predio familiar, de una clase o de varias, o como vocero de intereses pero jamás por lo que es. ¿Y qué es el Estado? Por favor, no pidan a este cronista lo que me llevaría un libro (mínimo 500 p.) o un seminario de 16 lecciones. Pero para ir rápido, admitiendo que las definiciones del Estado son innumerables, iré por la ruta del absurdo. Eso que no tenemos. Hegel, “la entidad que reúne en la esfera pública los intereses dispersos de la vida social”. Sí, lo público. O sea la cenicienta de nuestras consideraciones. Somos privatistas. Todos, de señor a paje.

Ambos temas, tres economías y retardo en la edificación del Estado están conectados. Comenzaré por la ponencia de Durand, aquella que abre un seminario que tengo entendido todavía no concluye. Las afirmaciones del investigador Durand no son para echarlas en saco roto, pero es lo que ocurre, una lástima, una verdadera calamidad pública que no exista periodismo que haga reseñas, ni siquiera se enseña en comunicaciones. Qué remedio, a mi carnet de notas. El otro Perú, que no lo es tanto, como se verá. Dice Durand que hemos tenido modernización pero no modernidad (es decir ley, orden, igualdades). Dice Durand que las dos frases populares que más ha escuchado son: “ya fue”, y “más de lo mismo”. O sea, contradictorias. Si el ayer es lo que fue, ¿cómo puede ser que sea también el presente? Y en realidad, lo es, es así, el Perú parece que cambia –más bancos, internet, servicios– pero lo de siempre, corrupción, desigualdades y ese desorden de nuestra vida colectiva que nos deja indiferentes. Dijo Durand que las tres economías se rozan, a veces se combinan. Por mi parte, entre los comentaristas, me preparaba a observar que esas tres sociedades se mezclan y se pervierten entre sí, pero claro, presidía el acto el congresista Javier Diez-Canseco, quien no perdió el tiempo en señalar que lo de formal, no siempre lo es, y recordó lo del Banco Wiese. En fin, lo cierto es que trabajando en Texas, y viniendo a ratos para investigar, resulta que Durand nos dice lo que tenemos delante de las narices, es decir, las tres economías (dos de las cuales, por lo menos, son ilícitas), lo cual constituye un triunfo de la razón libre universitaria ante la hipocresía social y política que es nuestra señora soberana. Durand dijo también que no es posible una democracia con dos tercios de su economía fuera de la lógica no solo del mercado sino de la ley, la norma, el Estado. Y ahí vino uno de mis reparos.

¿Se percibe con claridad el tema del Estado? Muchos piensan que eso del Estado es una monserga de europeos y desarrollados, una suerte de lujo. Es lo contrario. Viene antes de. Quiero citar al profesor mexicano Arturo González: “Transcurre el concepto Estado a partir de la “tecnicidad” de Maquiavelo, pasa por el derecho de Bodin, lo recoge Rousseau en función de la voluntad general y la ley, lo fundamenta Kant en la ética individual”. Y añade: “El Estado es la institución que propició el desarrollo en las naciones en Europa durante el siglo XIX”. O sea, al revés de lo que creen los marxistas, antes de la revolución industrial, antes del colonialismo. Y de los liberales, antes de que se constituyeran empresas y capitales, hubo ley. O sea, desde nuestro desorden no hay progreso posible. Llamo desorden al reino de los intereses particulares. Podemos quedarnos en plan de “economía emergente” un buen rato. ¿Otro siglo?

Creo que aquí la temática se enlaza con la cita del doctor Alan García sobre Tocqueville. Fue una cita relámpago. Cien años antes que la revolución francesa, en el Antiguo Régimen, hubo “una revolución administrativa. ¿Acaso es la que anuncia cuando se encierra en su “bunker” del Paseo de la República? ¿Para desaliento de pedigüeños? Difícil camino el del gobierno este próximo julio. El país pide cambios, pero estos requirirían de ese instrumento jurídico y moral que lleva dos siglos de retardo. El Perú nace en 1821, la definición de Estado moderno de Hegel es de 1819. El profesor Alan Touraine me decía en París: «Ustedes los sudamericanos confunden gobierno con Estado». ¿Es posible conducir lo inmediato –el gobierno– edificando a la vez lo mediato, el Estado? Es decir, una administración mediante concursos públicos. Ese es un reto con distintas velocidades. Humala siente que ahí está el peligro, la aparición de algo que no se pueda asaltar con turbas. Que como construcción, tras García, nos comencemos a parecernos más a Chile que a Bolivia, institucionalmente hablando. Por eso se opondrá con todas sus fuerzas. El último de los caudillos del siglo XIX contra el Estado moderno naciente. Eso es el fondo esencial del combate por el poder en esta hora. ¡Qué miedo tienen, no vaya a ser que nos modernicemos.

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10/06/2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

Cuaderno de bitácora

 

¿Estará contento, no, doctor? La voz del chofer es amigable.
–Doblemente, amigo, doblemente. Porque ha ganado Alan y porque no ha ganado Ollanta.
–Pucha, doctor –me dice el hombre–, le contaré. Yo vivo por acá, por San Borja, y el sábado por la noche no hay nadie en las calles me dice mi mujer, ¿y el domingo, no? el de las elecciones, estuvimos en casa con una tensión ¡Como de angustia, ¿no? hasta los primeros resultados. Qué alivio, doctor! Mis hijos llamaron a sus amigos, comenzaron a venir gente a casa, celebramos.
–Sí pues, me escucho decir, que alivio. Ollanta hubiese desbarrancado el país, incluso, llegar al poder así de esa manera, aluvional, tan parecida a la del Chino en el 90, le hubiese hecho daño a él mismo y a su movimiento (pero esta última frase, la pensé, y no la dije.)

La noche de las elecciones escuché el discurso de victoria de Alan García en un estudio de televisión, mientras esperaba comentar. Si la mayoría sensata que emergió de esas urnas alejaba la posibilidad de una salida suicida y autoritaria, el discurso, el de Alan, acrecentó la generalizada confianza, otro clima, “el alivio” desde esa noche. Acaso porque fue un discurso de victoria y a la vez no lo fue. Tuvo una nota de serenidad y a la vez de admonización a sus partidarios: el aprismo no puede gobernar solo. Y a lo que voy, no hubo ni pulla ni alusión al perdedor, al contrario. Con habilidad, previendo la condición fundamental de la democracia que consiste en que hay mayorías y minorías, Alan García ofreció a la vindicta pública, y a la historia, hábil, acertadamente, en ese mitin, otra cabeza. La del tirano Chávez, “si hay aquí un perdedor es alguien que no tiene DNI”. Al discurso, no le faltaron acentos hayistas, el “vitalismo optimista” que destacó el profesor Bourricaud en su inolvidable “Poder y sociedad” en gran parte dedicado a examinar el contenido de las lecciones de oratoria de Víctor Raúl Haya de la Torre. Como el fundador, hubo un llamado a la historia, sin duda, y también el llamado a los apristas a saber resistir. Me pareció escuchar a Haya “evitar la sensualidad del poder”.

En Alan –otros tiempos, otras costumbres– tras la divina sorpresa de las urnas, el evitar la túnica de Nesos con la que sus enemigos tratan de cubrirlo, hubiese dicho el profesor francés. Cabe agregar que desde ese primer discurso virtualmente desde el poder, Alan extendió la mano en el sentido simbólico y literal del término, la mano al derrotado Ollanta, con gesto elocuente, el antebrazo de García sobrepasó el límite mismo del estrado. En aquel estudio de televisión, no tuve oportunidad de comentarlo. Me citaron a las ocho de la noche, fue una noche caótica en Canal 7, daban las once y no arrancábamos. Las cosas a la diabla, y seguían metiendo aburridas entrevistas. TNP no suele estar detrás de otros canales pero sí esa noche. A las once, cogí mi abrigo, literalmente, y me fui (yo soy de esos, me voy). Sin embargo en el estudio me crucé con Torres Caro, nos saludamos y le dije ¡felicitaciones, por la campaña! Y agregué rápidamente, “no hay perdedores”. Me mira un tanto asombrado, y me responde antes de partir, “ojalá sea así”. Unos minutos después, comienzan a transmitir el mitin de Alan, y en ese punto, clarísimo. La victoria modesta.

Cuaderno de bitácora es un recurso que utilizó Luis Alberto Sánchez. Significa anotar por dónde va el buque. Y el personal registro existencial. Ha pasado esta semana de lo más truculenta y por eso prefiero comentar más que unas ideas, impresiones. Me pregunto si la mano extendida del vencedor se queda agitando el aire sin que se materialice la de su adversario. Hay un traje cortado al uso de las democracias para Ollanta, pero me pregunto si tiene ganas de ponérselo. Es traje y rol de opositor, lo cual implica el acatamiento a ciertas reglas de juego. Pero pareciera que no lo quiere así, no ha ido ni a saludar a su rival, lo de hacerlo con papelito es una mojiganga entre caprichito de gente contrariada por los resultados y esquinazo staliniano, acaso sugerido por alguno de sus sectores, hay varios, y ya comenzaron a tirarse de los pelos. Ollanta se está inventando otro papel. Como si la noción de legitimidad no termina de entrarle. ¿Qué pasó en esa Maestría que hizo en la Católica? ¿No le explicaron Rousseau? Lo de “la voluntad general” no lo traduce por acatamiento a la misma. Más bien por movimientismo, a lo Evo Morales, “tú me ganas las elecciones pero yo te muevo el piso”. A la manera de un Hitler ascensional, “yo soy el jefe de las masas, tú del débil Estado”.

Ollanta se ve como el otro presidente del Perú, el presidente del sur. Tres breves observaciones a esa actitud. Desconocer a Alan presidente es deslegitimar a millones de votantes, a ese Perú moderno que no ha votado por él. La segunda, es volver a la vía que lleva a Andahuaylas, capital del desprecio a la vida, se matan policías aunque se rindan. Es decirse in pectore ese que manda en Palacio, el otro, es un usurpador. Epitafio apresurado que le clavó a Toledo y ahora apunta a García. Y en lo de apuntar, espero quedarnos en la metáfora. Es inclinarse por una opción confrontacional. Es constituir no una oposición sino otra jefatura. Quien en esto pierde es el propio Ollanta. Las marchas –cocaleros, TLC– por lo que vemos no son muy entusiastas. Y en realidad, ocurre el efecto contrario, su postura antipolítica deja a Alan García con la posibilidad de constituir un vasto y casi ilimitado partido de Gobierno. ¿A Ollanta el otro partido? El partido del Desgobierno. Si el país político no lo ha deseado de presidente, lo va a desear menos si lo ven como un obstáculo. Pero claro, ha confesado a la prensa extranjera que admira a Bonaparte. Qué curioso es el Perú, a Napoleón lo adoraron todos los tiranos y caudillos del siglo XIX. ¿Será eso el comandante? ¿No el futuro como dice, sino una reminiscencia, sombra de un ayer tiránico? ¿El antisistema que siempre gobernó, el del capricho personal del líder mesiánico, o que se toma por tal? ¿Qué pasó, Sinesio, cuando fuiste su profesor, no le explicaste que “El Leviatán” necesita pacto y contrato y no movidas? ¿De ley y no “la guerra de todos contra todos”?

 

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03/06/2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

Si Humala gana

 

¿Las decisiones democráticas pueden llevar a votar por furia, venganza o impaciencia, por un caudillo antidemocrático? Sí, esta aberración será posible en cada voto por Ollanta Humala. ¿Se puede tomar en plena libertad la decisión de acabar con las libertades? Sí, al votar por Ollanta. Las democracias mueren de sus propios electores. Este domingo ¿pasaremos a ser otro anexo militarista del chavismo? ¿El Perú, una provincia subsumida en el reino caribeño del Supremo Protector Chávez? Dios Santo, no fuimos súbditos de la poderosa Unión Soviética aunque a algunos ganas no les faltaban, ¿y vamos a serlo de ese reino petrolero de pacotilla de la actual Venezuela saudita?

¿El próximo 28 de julio, fiesta nacional de una nación peruana que paradójicamente habrá dejado de existir gracias a los votos favorables a Ollanta Humala? Las patrias, que se creen Ustedes, desaparecen. Polonia dejó de existir desde 1795 a 1918, y ahí la tienen. Estas elecciones del 2006 no son como otras. Hay muchas cosas en juego, algunas sagradas. La nación por ejemplo. La libertad, el futuro inmediato. En nombre de la seguridad ciudadana, lo dice en su programa, capitanes Carlos por todas partes, es decir, comisarías chavistas que su hermano Antauro, después que Ollanta lo indulte, implementará con reservistas, en cada pueblo, barrio, calle y lote. Y pensar que hay millones de gente hoy libre en las pequeñas aldeas y villoríos, en especial en el sur, que va a votar por ese proyecto contrario a las movilizaciones. Así, el voto por Humala es la vía rápida y fundada en desconcertados electores para, a través de las urnas, llegar al poder, y luego, tras una constituyente y las elecciones para municipales y regionales, transformarlo en poder total. Como nunca nos ha ocurrido.

El humalismo es el disimulo que aprovecha la ceguera de las masas y que no supo tomar el doctor Abimael Guzmán. Lo he dicho e insisto: la opción no es entre dos candidatos sino entre autocracia militarista y democracia. Y hay gente que todavía se resiste a esa verdad terrible, sumaria, eminente. Son los satisfechos de sí, los que no creen en fracturas y desastres hasta que estos ocurren. Así fue con Sendero, con Fujimori. Pero se viene algo muchísimo peor que el asedio de Sendero, que los apagones, un tipo de abuso estatal que nos dejará moralmente desarmados. La naturaleza del régimen humalista, tiemblo al presagiarla, se vislumbra como un régimen de excesos como no lo soñaron ni los militares ni los terroristas del pasado, y un engaño mayúsculo. El despotismo militarista contará esta vez con la legitimidad que dan los votos. Para qué Locumba (que resultó una farsa) ni Andahuaylas. Más artero, criollo, las ingenuas urnas. Nadie les pone un revólver en la sien, pero millones de peruanos y peruanas se preparan a votar por un aspirante a dictador. Pero si solo fuese eso. A votar contra sí mismos, y contra sus hijos, y los hijos de sus hijos.

¿“Amor por el Perú”? Amor al poder. Si Humala gana, el 28 de julio se acaba la República. No este diario, sino el orden de las libertades públicas entre las cuales una, preciosa, la alternancia. “Ollanta Humala insiste en cambiar la Constitución” (El Comercio, jueves 1°). Buen titular pero insuficiente. ¿Qué quiere decir cambiar la Constitución? Quiere decir obtener la reelección. Lo digo bien claro, votar mañana a favor de Humala (“darle la ocasión puesto que el otro ya gobernó”, como dice cándidamente parte de la población) es elegirlo presidente del Perú para el 2006-2011 y también para el 2011-2016. Es instaurar aquí un presidente vitalicio a lo Hugo Chávez. Lo he dicho en la televisión. Un Humala vencedor el 4 de junio es otra cuenta de la historia. «El poder corrompe, el poder permanente corrompe permanentemente (*)». Y con más razón en el Perú. ¿La elección a perpetuidad que flota en la ideología arcaico-petrolera del chavismo, goza en el Perú de aceptación? No lo creo, la inmensa mayoría percibe el poder como algo básicamente nefasto, la tendencia general es a disminuir el tiempo de las autoridades. ¡Y el humalismo va a la inversa!

Pero, ¿no se le ha dicho al pueblo que votar por Ollanta Humala es darle poderes inacabables? Qué vergüenza el gran silencio de las figuras públicas. El mutis por el foro de Valentín Paniagua. ¡Dejarse visitar por Humala antes de la segunda vuelta! El astuto comandante, buscando un aval democrático. Y Lourdes, de costado. Y la pequeña izquierda lavándose las manos. Les obsesiona que Alan García llegue a la presidencia. Y se niegan a aceptar lo que Freud ha llamado “el principio de realidad”. Sí pues, no les gusta García, pero si a ese hombre lo derrota Ollanta, la vida democrática se disolverá en el aire. Perderemos la capacidad de discutir la autoridad legalmente, tendremos amo que nos habrá puesto bozal. ¿Exagero? Ollanta, de nuevo en El Comercio: “Les pido que permitan a este comandante comandar el país”. Este hombre no ha entendido. Un Presidente no es el jefe de cada peruano, ni de los individuos, ni de mis gustos, mis preferencias, eso acaso ocurra en una tribu amazónica. En suma, ¿puede la nación, el Perú, desaparecer tras la máscara del nacionalismo de Humala? Sí, puede. Ya ha ocurrido –Franco, Pinochet, Hitler– y siempre ha sido una desgracia y ha costado sangre y generaciones librarse de la servidumbre voluntaria. El riesgo de este domingo es ese, el abismo por la candidez de muchos. Y la revista de IDEELE preguntando: ¿a quien confiaríamos nuestros hijos, si los dejáramos en casa con alguien?  Esa no es una pregunta política, es una pregunta idiota. Guardar o cuidar hijos es un acto de la vida privada. Lo político es lo público. Qué coloniales seguimos siendo, ni los juristas distinguen una cosa de otra. Por lo demás, no elegimos una miss Perú, no es preciso que García ni Ollanta “me guste”, eso es una mariconada. Lo que importa es preguntarse quién le hará menos mal a la cosa pública y a los ciudadanos. La pregunta es simple: ¿quieren que alguien se ocupe del Estado o quieren alguien que los mande y reprima? Acaso quieren eso.

(*) Parafraseando a Lord Acton: "Power tends to corrupt, and absolute power corrupts absolutely" (1887)

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20/05/2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

El debate: El Otro como indispensable

 

Por supuesto que es un gran logro que haya ese debate presidencial, ha costado Dios y su ayuda a los negociadores el ponerse de acuerdo, pero no nos engañemos. Un debate presidencial es un ritual republicano necesario pero encorsetado, limitado. Ni con un descomunal esfuerzo de síntesis los candidatos van a poder resumir en tandas de tres minutos lo que diseminaron en mítines y peroratas en la prolongada campaña. En el mejor de los casos, reiterarán sus puntos de vista. En el peor, picados por el adversario, pueden distraerse y olvidar que los mira un país entero. Tiene mucho de exposición de intenciones como de contienda verbal. No es la presentación de una serena tesis doctoral ni de un proyecto financiero a un conjunto de inversionistas. Tiene de todo un poco, desde arena romana a argumentación foral, de ahí su dificultad, su temible ambigüedad. Se presta a todo, desde duelo de caballeros hasta desdenes, posibles afrentas, manos que se quedan extendidas. Ya veremos.

¿Para qué sirve, entonces, un debate presidencial? Pues para eso. Para que dos candidatos que hasta el momento han actuado por su cuenta y a su aire, como rivales a distancia, se hallen ahora frente a frente, sin soberbia alguna, paraditos, cada uno en su podio, sometidos por igual a las trabas de un debate con reglas que no les deja mucha holgura. Dije líneas arriba que el debate es un ritual, falta decir que ritual de expiación. La grey, el pueblo, los muchos, los ciudadanos y ciudadanas de a pie, los quieren ver compulsados por un orden superior al capricho del líder o caudillo, o sea, respondiendo no a lo que el genio de la elocuencia les dicte sino a un formulario. Ese ceñirse a un orden es el lado esquinadamente educativo del debate, digan lo que se digan. Por encima de ellos, por grandes o decisivos que se consideren, la imparcialidad de la regla. Puede que alguno tenga la originalidad de querer salirse de ella, el público apreciará. El ojo de la tele te mira el alma, el adentro. Es un ojo de millones, un monstruo feroz que no perdona.

Ollanta Humala, Alan García, comparecen en ese ritual republicano dentro de un protocolo que los traba. Y eso ya es un progreso. Desciende de la política de la trascendencia histórica a la que las malas costumbres nacionales invitan a identificarse, a la inmanencia del reglamento, la regla, el acuerdo. Del Dios de la historia al minutero de un reloj que marca los tres minutos. Un progreso moral. El debate ante la televisión, por lo demás, los pone en los hogares y no en el ambiente de la calle, del mitin, de la plaza pública. Los pone en el plano de la argumentación racional, donde cuenta la calidad de la propuesta y no el gesto fiero y arrebatado del mitin. Los pone en un estudio cerrado, no al aire libre, fuera del apoyo de las maquinitas partidarias, el calor partidario. Comparecer, en solitario, despojados de sus atributos de jefes de partido y mesnadas. Si este debate es hecho en serio, los ayayeros no deben entrar al estudio. El debate es el vía crucis a la ambición personal.

Un debate presidencial en los tiempos que vivimos es un debate por la televisión. En otros tiempos, la proximidad entre líder y masas se lograba en el ámbito de un teatro, un estadio o mediante la radio. Pero el nuevo estilo de contacto entre dirigentes y dirigidos comenzó en los Estados Unidos, con la TV en negro y blanco, con John F. Kennedy ante Nixon, luego se trasladó a Europa, al mundo entero. Desde entonces la escena pública no volvió a ser la misma. Los medios construyen su propio discurso, quién lo duda, pero no de razonamientos sino de pensamiento concluido. La hegemonía mediática impone una palabra política como un producto comercial terminado. Sartori ha escrito sobre esto (Homo videns. La sociedad teledirigida, Taurus, 1998) no es un problema, pues, latinoamericano sino mundial.

Me ha asombrado en estos días lo que algunos reclaman a ese debate. ¿En 90 minutos? Un debate presidencial no es la cifra de las respuestas posibles a nuestros dilemas nacionales. Algunos comentaristas sin embargo han sugerido una larga lista de cuestiones. ¿Derechos humanos, centralismo, inversión, empleo, Constitución, pobreza, garantías? Un debate de esta naturaleza no es un Concilio ecuménico. No, ni un salchichón de preguntas. Si consiguen explicarse sobre empleo, salud, educación, seguridad y corrupción (y el ají picante de la libertad condicional de Alberto Fujimori) se habrá obrado para mucho.

El debate entre candidatos presidenciales es una de las mitologías de la democracia representativa de la que no escapamos. La democracia se ha vuelto personalizada, en toda la América Latina. Cuentan los programas, sin duda, pero cuentan quienes los encarnan. Cuenta en Colombia la personalidad de Uribe, en Argentina la de Kirchner, la de Lula en Brasil. En fin, digamos pues que ninguna controversia entre candidatos presidenciales puede agotar la agenda de expectativas, esperanzas y temores de este atribulado país. Su significado profundo es otro. Es el hecho mismo que comparezcan. Que el debate ciudadano en democracia no se construye con un solo punto de vista. Del debate que se avecina lo mejor es que se produzca. El que se realice, es un progreso de por sí. Confirma que en política se tiene rivales pero no enemigos. Al enemigo se le mata. Al adversario se le enfrenta, y se le escucha. En suma, que el otro en política es necesario. Sobre todo si ese otro es ese aluvional y multiforme humalismo, pero que ha puesto una agenda, la cual el candidato demócrata por el que van las simpatías de este cronista tendrá que atender desde los primeros días del nuevo gobierno en julio próximo. Hay un signo de urgencia en los cielos peruanos antes que la tierra se vuelva a teñir de sangre. La hora es dramática, dicho sin pizca de exageración. Suerte a ambos, la prueba no es fácil. 

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13/05/2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

¿Humala de izquierda? La opinión de Hugo Blanco

 

¿Cómo es posible que haya quienes a tres semanas de las urnas duden de que la disyuntiva es entre democracia o autoritarismo? Qué de esmerados pudores que finalmente favorecen a Ollanta Humala. ¡Qué aspiración a olvidar su propia vergüenza de derrotados! Entretanto, una encuesta de IMA, en Lima, señala que un 52 por ciento de consultados piensan que ese es el debate de fondo. Pero no faltan los bacanes, los especialistas en ponerse de perfil. No todos: aplaudo vivamente a quienes sin pizca de compromiso con Alan García han salido al ruedo a decir que el dilema de fondo es que se pierda la poca democracia y libertad que hoy tenemos.

 
Ejemplarmente Moisés Lemlij: “No es el momento de abstenerse ni en el ánfora ni en la vida”, en El Comercio, a plena página, 10 de abril. Ejemplarmente Gustavo Gorriti, en dos números seguidos de Caretas; destacaré una de sus frases: “Alan García no podría ser un dictador aunque lo quisiera; Ollanta Humala no podría ser un demócrata aunque lo intentara”. Bravo por ambos. No andan con paños tibios.


Entretanto el hitlerhumalismo finge moderación, esconde su duplicidad, como solicitar visas que se sabe le van a rehusar. Buscan, además, la neutralidad de una izquierda oportunista que pueda sumarse a la ambición de Ollanta, llegar al poder a como dé lugar. Casi se salen con la suya, pero acaba de surgir otra voz potente, esta vez la de un gran rebelde de toda la vida, y que dice nones. Me refiero a la opinión de Hugo Blanco. Lujo del columnista es ceder su espacio. Para Blanco, los Humala no son izquierda. Lo que abajo sigue, proviene de una carta que me envía desde el Cuzco. Nos conocemos desde los días en que condujo el movimiento sindicalista del valle de la Convención. Movimiento que cambió la vida andina. Blanco es el creador del más eficaz mecanismo de movilización de campesinos de toda nuestra historia. Es un líder rural como los que tuvo la revolución mexicana. A Blanco lo he vuelto a encontrar hace poco en Cuzco. Cuando no anda de viaje, se le encuentra en la Federación Campesina, calle Hospital. En ese local vive y mora, en hospedaje que le conceden sus hermanos sindicalistas, en digna pobreza franciscana, la he visto con estos ojos, celda como de monje, plena de documentos, de petitorios que le envían los campesinos. Y grabé varias entrevistas para un libro en trabajo, una suerte de retorno mío, 40 años después, al escenario de Cuzco, tierra y muerte. Pero es una carta suya lo que aquí gloso. Perdona, hermano Hugo, que no la publique por completo, por extensa.


Su carta señala que Ollanta “… entró en la política electoral propagandizado por su hermano Antauro, quien organizó a los reservistas que vendían su periódico Ollanta, muy bien confeccionado para lectura popular y mostrándose anti-sistema. En su prédica reivindicó al movimiento indígena. Eso atrajo a la gente pobre que está harta del sistema. Por lo tanto la corriente 'humalista' tiene mucho de positivo” . Luego se pregunta sobre el etno-cacerismo de ambos hermanos. “¿Qué es eso? Es la reivindicación de Andrés Avelino Cáceres que dirigió las guerrillas indígenas de resistencia contra las tropas invasoras chilenas y los abusos que ellas cometían. Naturalmente que aplaudimos esa actitud. Pero ahí no termina la historia. Cuando los guerrilleros indígenas continuaron su lucha contra sus enemigos peruanos, los hacendados, Cáceres los traicionó. Eso le dije a Antauro, él me contestó textualmente: “No solo los traicionó, los hizo fusilar”. Le pregunté si sabía que durante el gobierno de Cáceres los hacendados disfrutaron muy bien. Me dijo que sí, porque “todavía no era tiempo de luchar contra ellos”. Pero Blanco no está de acuerdo. “En mi opinión desde el asesinato de Atawallpa ya era tiempo de luchar contra los invasores y sus herederos, como lo hicieron Túpac Amaru I, Manco Inca. “Blanco reconoce y a la vez critica la reforma agraria de Velasco”. En varios lugares del Perú se produjeron tomas de tierra de las haciendas por parte del campesinado; esto fue contestado a balazos por el gobierno de Belaunde. Ante este panorama los militares comprendieron que el Perú se iba a incendiar si el gobierno continuaba defendiendo a balazos el régimen semifeudal de las haciendas. Entró Velasco Alvarado y decretó la 'Ley de Reforma Agraria' para todo el país. Luego agrega: “Considero positiva la liquidación de las haciendas por Velasco, pero junto con el movimiento campesino, he luchado contra sus limitaciones”.


Y aquí lo más fuerte. “ Me he extendido en esto al tratar sobre los Humala porque ellos no reivindican al movimiento indígena democrático y de acción directa, como el del Cusco, las tomas de las haciendas en la época de Belaunde o el movimiento comunero que recuperó las tierras de las falsas cooperativas creadas por Velasco. Sus emblemas son Cáceres y Velasco, dos militares que dirigieron a los indígenas y cuando ellos querían aplicar su democracia indígena, contestaban abaleándolos. El comandante dirige a los indios, y cuando estos se pasan de la raya, los fusila. Por eso no debe extrañarnos que en el partido de Humala se desconozcan los dirigentes o los candidatos elegidos por las bases democráticamente, no se permite que manden las bases, manda el comandante. Nosotros estamos por el movimiento indígena democrático, donde el movimiento no es guiado por ningún comandante ni caudillo, sino por sí mismo”. En fin, Blanco observa algo más en Ollanta: “Puestos en una balanza los miles de indígenas muertos, frente a sus asesinos de la “familia militar”, él está con la “familia militar”. Quien le ha contestado al dirigente cuzqueño es el propio Antauro. Hay una polémica que circula en internet entre ambos, y a la que volveré. Por el momento resulta claro, aunque Ollanta sonríe y diga que no, que su candidatura –seguidor de Hugo Chávez y de una Venezuela donde ya acabó la democracia del voto secreto– lleva en el vientre el embrión del caudillismo dictatorial. Por eso aquí recojo el espíritu republicano y el gesto de coraje de unos cuantos. El de un Hugo Blanco de cabeza cana e ideas claras y el limpio corazón de siempre. El de Moisés Lemlij y Gustavo Gorriti. Cuando se escriba la apurada historia de estos días, se tomará en cuenta el puntual compromiso con la libertad de los mencionados, al lado de las doctas tinieblas que le tienden la cama al comandante.

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29/04/2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

Cuando los centuriones matan a los muertos

 

La tumba de Haya de la Torre –ese historiador (sic) según el candidato Ollanta Humala– no nos debe parecer cualquier tumba. Es lugar singular, cargado de dolientes significaciones. La herencia de Haya, sin duda, es la de todos los peruanos, aunque como en todo, con algunas prudentes reservas, por lo de doliente. Yo no imaginaría una marcha de los pinochetistas en Chile en la que se atrevieran a portar el retrato de Salvador Allende, la más conocida de sus víctimas, a la cabeza, pero sí puedo imaginar que el comandante Ollanta Humala sí encontraría buenas razones para hacerlo. Ollanta se plantaría ante la prensa chilena y con la sonrisita que tiene, que es como la del Chino por lo cachacienta, aunque tras la suya asoma una parabellum, respondería muy suelto de huesos, “y por qué no? Nadie me va a decir lo que tengo que hacer”.

Hay en nuestra cultura y procedimientos públicos, rasgos de barroco ideológico, de perversión achorada, de sancochado de sentidos, que va al encuentro de toda lógica. Pienso también en la audacia llanera de Hugo Chávez que se fue a bañar en aguas que ahora son de Chile para decir que eran bolivianas. ¡Qué buena! grita la barra brava. Así, la política, por el abaratamiento del costo de la fama y los ariscos nuevos lideratos –Evo, Chávez, Humala– se ha vuelto no un asunto de pueblo o clases sino de barras bravas. La esencia de ellas es que hay que buscarse un contrincante, y provocarlo. ¿Cómo impedirse el no verlo? El achoramiento busca sus representantes. Algo que sea en la vida pública el equivalente del perreo, la pollada e inevitable gresca como final de fiesta. No sé si vieron un documental en Magaly, peruanos en Roma, juergas de emigrados muy malsanas, acaban a botellazos, sin distinción de edad ni sexo. En cuanto a los humalistas, su excursión norteña se cerró con una punta de corrupción estrato “lumpen”. Los comandos de Humala se fueron sin pagar la cuenta. (Una deuda en el bar del aeropuerto a la señora Paola Ramírez, lo cuentan en El Comercio).

Volviendo a lo de la tumba de Haya, ese monolito es historia, llaga abierta. El Perú no es página en blanco, chacra amazónica devastada, tierra de nadie. Estas elecciones más allá de candidaturas y programas, tienen una metapolítica, un pasado, una tradición de dolor y ofensas. Humala no es el heredero del general Velasco Alvarado aunque lo invoque. Cuando el velascato, Haya dormía en su domicilio. Humala, acaso ni se da cuenta, es el heredero directo de otro político que mató apristas, fusiló o los encerró en las prisiones del Perú. Se llama Sánchez Cerro. Como Ollanta, el “Mocho” era popular. Como Ollanta, venía del pueblo. Como Ollanta, conquistó su aura de caudillo tras levantamientos. A ambos se les alejó a París, de donde, como es notorio, no sacaron ningún provecho intelectual.

Al retorno, ambos tuvieron masas indoctrinadas que les seguían con parecido embeleco. Y por igual, intolerantes. La gente del “Mocho” se ponía camisas negras, como las huestes de asalto de Mussolini. Los de Ollanta llevan polos rojos, pero no son la izquierda (lo dice con paciencia y sapiencia, en este mismo diario, Javier Diez-Canseco). Son otra cosa. En su “praxis” (¿voy bien, Murrugara?) hay de todo, turbas y reservistas. La cosa promete. Haya cuando joven, fue encarcelado por Sánchez Cerro, los apristas fueron perseguidos como alimañas en el norte, en El año de la barbarie, 1932, Guillermo Thorndike. Esa época nefasta no está tan lejos. Ahora bien, ir a poner flores en esa tumba, adonde están los nietos de las víctimas de la barbarie anterior –acaso olvidada en este país frívolo y desmemoriado, no en Trujillo– tiene algo de sangrienta mofa, si quien lo hace es Ollanta. Cualquier tumba menos la del perseguido Haya, cuyos rivales militaristas de los años treinta son el retrato vivo del ex comandante, son sus feroces predecesores, aunque eso, el humalismo quiera ignorarlo. Pero el público, entre asombrado y chocado, sí lo sabe.

Los hechos del país, como supongo a muchos, me revuelven el alma. Me puse a pensar en que otro gran insulto me recordaba esa ofensa de consecuencias enormes en el imaginario social. Y me vino entonces a la memoria un hecho semejante que no pertenece a nuestra vida peruana pero igual la invoco. Cuando estaba en Cuba, por razones del Premio de Casa de las Américas y otras circunstancias, tuve el privilegio de conocer a algunos hombres de la Sierra Maestra, comandantes de barbas que sólo ellos portan en Cuba. Me sorprendía en su trato, la educación, la compostura. Hay que saber que parte del núcleo rebelde del 26 de julio no provino de las capas más explotadas (y alienadas) sino de sectores medios y de viejas familias de Cuba. A uno de ellos, pregunté entonces ¿cuándo, él, un privilegiado, había optado por el romanticismo de asaltar el cuartel Moncada? Fue larga y sincera la explicación del amigo cubano. Pero la resumiré: fue la vez que dos marinos americanos y borrachos, se subieron en noche habanera a lo alto del monumento a José Martí y se orinaron sobre su estatua. No, no lo ha hecho, pero sí algo simbólicamente comparable, e igual desparpajo. Lo del cementerio de Trujillo ha tomado el aire de una profanación. Si quiso ganar el norte, lo ha perdido. En política también cuentan los sentimientos. ¿No hubo nadie en su contorno capaz de advertirle que eso era un desatino?

¿Por qué no entonces imaginar a Abimael Guzmán salido de prisión y en campaña, echando discursos ante la tumba de la señora Moyano, su víctima, despedazada por 45 kilos de dinamita? ¿Qué es ética? Savater: no actuar de cualquier manera. En fin, el candidato Humala pese a su desparpajo, acaso por lo mismo, va a perder en las urnas. Él lo sabe. Pero la cosa no concluye en la segunda vuelta. Con la misma cara de inocente (sin explicar Madre Mía, ni sus vínculos con los generales montesinistas, ni nada) espera cerrarle el paso a la democracia en las municipales. Llamemos a eso la tercera vuelta. Será larga, sinuosa, confusa. O sea, recontraperuana.

 

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01/04/2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

En la clara noche, la nueva Biblioteca

 

"En la clara noche, había comenzado el espectáculo. Un alarde de nuestras fiestas y folclore. Pero nuestro hombre seguía un poco distraído el baile de tijeras, pensando que le hubiese gustado que se hablara un poco más de los escritores, al fin y al cabo gente de libros, de Vallejo a Julio Ramón".

 

El invitado llega temprano a la ceremonia. Alguien lo reconoce en medio del gentío, acaso un antiguo alumno suyo, y le ofrece una oportuna silla. El invitado la acepta. Frente al estrado y ante el público congregado en la inauguración, se alza la mole del espléndido edificio. Clara está la noche, y mientras se espera el espectáculo y los discursos, se pone a apreciar la imponente obra. Si una profesión había envidiado era esa, la de arquitecto. Construir moradas donde los hombres pudiesen ser felices. Pensó entonces que había estudiado lo que podía, trabajando para pagarse los estudios. No quiere ponerse melancólico, no era el lugar ni el momento. Vuelve a apreciar la mole de la Biblioteca y le parece muy bella. Más tarde, cuando los discursos oficiales, habría de enterarse que de los conceptores al más humilde de los operarios, todos eran peruanos. Clara  era la noche, la nueva Biblioteca alzaba sus altos muros. Más que una catedral. El visitante sonrió para sí. Ya era tiempo de que un edificio público fuese la mayor arquitectura.

Era como si la República acabase de nacer. En un recinto para que todos pudiesen leer. Prefería esa refundación republicana a la de cuatro aventureros políticos. Sin prisa, bien sentado, se dedicó a observar. Por delante esa arquitectura se presentaba como un libro abierto, y hacia atrás, en forma cuadrada, como un cofre. Ahí se guardaban ya, después del laborioso traslado, no solo impresos, periódicos, sino estampas, mapas, manuscritos, fotografías. Sería un lugar a la vez de comunicación, por las salas de lectura, como de conservación de la memoria del pasado. El erudito se impacientaba, quería ya entrar en esa nueva biblioteca nacional. Como de niño había conocido la anterior, la de la avenida Abancay. Clara era la noche, y el erudito de pronto estuvo en un lugar de su propio pasado. Las viejas abuelas que lo habían criado mientras el inquieto padre se dedicaba a su vida de hombre, descubrieron un día con asombro que ese niño que guardaban se había hecho de amigos mayores de edad y había terminado con la biblioteca privada del abogado de la vecindad, no muy grande es verdad, pero que contenía Salgari, Dumas, Verne. Otra noche, acaso tan clara como esta, un seminarista que vivía al frente, Augusto Beunzeville, que con el tiempo llegaría a arzobispo, vino a verlas para rescatar alguno de los innumerables libros que le había prestado. Pensaron entonces que con sus diez años podía ir a leer un poco más lejos. Tramaron una arriesgada expedición, una línea de ómnibus podía trasladarlo sin riesgos hasta el centro de Lima, hasta la avenida Abancay. Allá fue el niño pequeño, y a su regreso, alborozado contó a sus viejas abuelas cómo había hallado una salita de lectura para gente menuda como él, lo necesario para su edad, hasta sillas y mesas pequeñas, libros a la mano y bibliotecarias amables. En la clara noche, el hombre ya mayor se acordaba cuánto había amado y frecuentado esa  Biblioteca de Abancay y volvió entonces a subir de nuevo por la  ancha escalera de gastados peldaños por el uso de generaciones que lleva a la estatua en mármol de Galileo. Un sabio valiente, acaso su secreto héroe.

En la clara noche, había comenzado el espectáculo. Un alarde de nuestras fiestas y folclore, pero nuestro hombre seguía un poco distraído el baile de tijeras, pensando que le hubiese gustado que se hablara un poco más de los escritores, al fin y al cabo gente de libros, de Vallejo a Julio Ramón. O de otros bibliotecarios menos convencionales, González Prada por ejemplo. Pero en el juego de imágenes de la proyección asomaron María Rostworowski y Luis Jaime Cisneros y se alegró. Pero en ese instante volvieron a instalarse las interrogaciones que pueblan sus desvelos. ¿En qué instante de los tiempos coloniales la expresión se volvió propia? En efecto, ¿a partir de qué momento, bajo la dominación española, se deja de tener una literatura colonial? Es cierto, se dijo, que hablamos y pensamos en una lengua que vino de afuera, pero la cuestión es compleja, pues si el castellano viene como la lengua del poder y la dominación, no menos cierto es que también se vuelve la lengua en que habla el pueblo, del uso apasionado de todos, voceada, cantada. Y la lengua de la protesta y la revuelta. El proceso civilizatorio es una prolongada traición a los modelos, pensó, un constante parricidio, y esto no es de hoy. Los creadores individuales desde el siglo XVI, los primeros religiosos de origen indio y mestizo, iniciaron esa navegación sin retorno, la cristianización a pesar de ser impuesta permitió la transcripción admirable de la memoria perdida. Pensó, entonces, en la obra de Alva Ixtlixóchilt, mestizo y escritor, que los peruanos poco conocen, el hermano mexicano del Inca Garcilaso. La obra de esos humanistas autóctonos del XVI estarían en esa mole de biblioteca, de aquellos que usaron la escritura para una estrategia de resistencia y adaptación que lleva siglos. Los humanistas coloniales, los ilustrados de fines del XVIII, siguieron un proceso parecido, se europeízan para subvertirse. ¿La proximidad a Europa y a los Estados Unidos es ventaja o desventaja?  ¿Acceso o trampa? Es difícil  fijar los límites de un mundo que no ha cesado de crecer.

Lo sacaron de esas meditaciones, los discursos. Las palabras de Sinesio López, y se conmovió por el éxito y tenacidad de su gestión. Luego siguió el Presidente que tuvo palabras claras, y no ocultó su enojo. Habían insultado públicamente a su esposa. Un demócrata ese mandatario, que teniendo el poder, no pensaba ante el agravio sino en los tribunales. Lo echarán de menos, y pensó decírselo pero luego comprobó que era imposible ante una nube de cortesanos. ¿Qué país es este, Dios mío, se dijo, que levanta bibliotecas, casas de la libertad y lectura para todos, y al mismo tiempo fermenta la agresiva barbarie? ¿Qué Viena sudamericana donde pululan hombres cultos y libres, y ya están sitiando el poder tras los ingenuos votos, otra vez, las botas nazis? ¿Qué pasará con esa magnífica y a la vez amenazada biblioteca, en qué depósito de dogmas dentro de unos cuantos días? El erudito calló sus angustias. Clara era la noche, y acaso el porvenir. Dicho esto, se perdió en la multitud para abrazar a amigos y conocidos. En la clara noche pensó que acababa de fundarse otra república sin salvadores ni comisarios étnicos sino con libertad de leer, de crecer, tras los libros que nos dé la gana.

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25/03/2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

Abril, elecciones y semiótica

 

¿Cómo explicarme? Las elecciones, las de esta hora, que a todos preocupa, no solo son una justa electoral entre diversos candidatos, y masivamente entre tres tendencias. Es más, mucho más. He insistido en esta columna, lo que está en juego permite usar un término extremo, crisis de régimen y no de gobierno. Lo dije semanas atrás, en “palabras cruzadas” con Hugo Garavito. Por fortuna, la misma expresión reaparece en el discurso de Mario Vargas Llosa, no me sorprende, hemos vivido tiempo en Europa como para usar esos términos que hoy son de las ciencias políticas, y de uso universal. Pero yo vivo en un país donde eso puede ocurrir, y tiene fecha. Este diez de abril. El día siguiente de una justa electoral que no es como las otras.

¿Cómo explicarme? Unas elecciones suelen tratar de opciones de gobierno y expresar intereses económicos, tensiones sociales, pero también estados de ánimo profundos, secretos. Un simbolismo, tras la popularidad o la antipatía. Y no me estoy refiriendo únicamente al perezoso tópico de que la política es pasión, mal humor, ganas de castigar, no. ¿Cómo explicarme? Usaré un truco de profesor, me serviré de una metáfora. En una inauguración de un año académico, pronto hablaré de los grandes libros que transformaron las ciencias del hombre. En 1928, un oscuro ruso (no soviético) Vladimir Propp (1895-1970) establece lo que conocen lingüistas y semióticos. Todos los relatos, todas las narraciones populares, en cualquier literatura, cultura y tiempo, todos los cuentos populares se reducen a treinta y un caso de figuras. Desde los relatos del diluvio universal, en la mitología de Babilonia y luego en la Biblia, al cuento de Caperucita roja, la niña perseguida por un lobo feroz. Y en los relatos populares, muchos de ellos anónimos, se repiten infatigablemente (lo había sospechado Borges, toda la literatura es una sola historia) unos cuantos roles. Siempre hay un Héroe, siempre hay un Adversario. El héroe, naturalmente, desde La Iliada a Las Mil y una noche puede usar la espada, es decir, el combate, pero igual, la astucia (Ulises) el sortilegio (Merlín), el riesgo (Don Quijote). Propp, que no fue ignorado por Lévi-Strauss, fundador de la moderna antropología, dijo algo más: la secuencia de un relato se juega en una banda muy estrecha compuesta por polos: la prohibición y la trasgresión.

Una de las pocas virtudes, casi triste por su ausencia de emocionalidad, de la democracia contemporánea es que evita que la vida política de una nación se juegue al cara o cruz de una situación digna de la ‘Morfología del cuento’ que estudió Vladimir Propp.  O para decirlo en palabras sencillas, las democracias avanzadas tienen horror de lo que llamaba la otra noche en televisión, en  La mitad más uno, Juan de la Puente, la polarización. Pero en esas estamos, y no solamente por discrepancias socio-económicas. ¿Qué hace, pues, que la estrategia publicitaria, el discurso, o acaso los deseos de la multitud, lleven a los candidatos aunque no lo quieran a jugar el papel del héroe y en consecuencia, de su contrario, el papel del malo, el bandido, el maldito? Esa figura la viene encarnando el comandante Ollanta Humala, para lo mejor y lo peor.

Él se ha presentado como un héroe  de película del oeste, el extraño que viene de la nada, el llanero solitario, el salvador, caudillo mesiánico. También el héroe que sitia con sus huestes la podrida ciudad de Babilonia, la corrupta República criolla (algo hay de cierto) lista a caer, a derrumbar sus muros. Está contando con la ceguera de los sitiados, y no le falta razón. Esto no es, pues, como dice mi amigo Mario Vargas Llosa, una repetición del pasado. No se reduce a una suerte de velasquismo y chavismo, no. El fervor por Humala, que no tuvo Velasco, envuelve entre clamores populares un feroz añadido. Quieren un justiciero. Lo prefieren porque promete fusilar. Que lo haga o no es otra cosa. Pero el desorden que promete es por el momento sacar alcaldes en burro y desnudos por los pueblos. Es bombero e incendiario a la vez.

Pero el jugar al héroe es asumir un rol que no está lejos de otro, de su contrario, de aquel que el mismo pueblo asigna con la misma facilidad, el de traidor. Claro está, al comandante, la gente de la alta-tecnocracia que lo rodea y algunos “brockers” avispados de la banca y las finanzas no le van a decir lo que no está en los números sino en la morfología de las ilusiones colectivas de Propp, llave explicativa de nuestros desencantos a la que he echado mano. Pero esa narrativa catastrófica está delante de nosotros, se repite desde hace quince años, la sufre el chinito que está en un cuarto de 3×3 en Santiago, y Alejandro Toledo en su solitario Palacio, y pronto la va a conocer Ollanta. Este pueblo como ama, odia. Como espera, desespera. A eso le llaman en el lenguaje limeño volubilidad. En realidad es juerga de mítines y hoguera de vanidades, pero transitoria. Es carnaval pero luego viene la larga cuaresma del arrepentimiento. ¿Cuántos esta vez, 5, 10 o 20 años como prometen?

El tercer aspecto del juego de trasgresión es que esa  candidatura, y el “que se vayan todos”, hace que el comandante Humala, él mismo, termine por auspiciar lo que no le gusta, el partido de los antihumalistas. No lo había. Se parece a una historia rabínica. Se reúne un concilio de rabinos para discutir cuál es la naturaleza del diablo. Cuando terminan, escuchan una voz, creen que es Dios pero es el demonio. Este les dice: “No existía, pero ahora sí, ustedes me han creado”. ¿La democracia va a afianzarse gracias a ese reto? No sería raro que en estas semanas aparezcan fórmulas sensatas, combinaciones de derecha y de izquierda, esas que los peruanos aborrecen, a la chilena, a la alemana, pero qué remedio queda. Serán más aburridas que una ópera prima con caudillo salvador, pero como sabemos, el aburrimiento en lo público es el precio que le pide la modernidad a los ciudadanos, así se pueden dedicar a las otras cosas verdaderas de la vida. Pero entretanto, Propp tiene razón, creemos que alguien tiene que venir a salvarnos, a poner orden. ¿No podemos salvarnos nosotros mismos? Por lo visto, no. Entonces, no tenemos política sino beatería. Y es ahí donde yo no entro, radicalmente laico.

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11/03/2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

Con los dientes apretados

 

"La modernidad económica distrajo de preparar la modernidad política. Eso pasa cuando se espera que las reformas vengan del mercado".

 

El verano se nos sigue deslizando plácidamente, los sentidos han emigrado del diagnóstico de las aburridas encuestas electorales a la calidad de las playas, no sea que uno venga del Silencio con una caracha de cuidado, y este país, suave, dulcemente, con desenvoltura, ceguera y hasta una cierta elegancia como de reino decadente, se encamina al cantado desastre de un “outsider”. Entretanto “Los Enanitos Verdes” están de regreso en el María Angola, el intérprete mexicano Luis Miguel, nos dicen casi compulsivamente los grandes diarios, le regala a la actriz Araceli Arámbura un anillo de compromiso, y para los pocos que todavía tienen ese vicio de ir al cine, podemos gozar de “Chicha tu madre”, o admirar a Heath Ledger y Jack Gyllenhaal, Brokeback Mountain —El secreto de la montaña—, y preguntarnos, gravemente, ante unas chelas y amigos, ¿qué le pasó a la Academia (¿cuál va a ser? Hollywood) que no le dieron el Oscar? Vivimos en el mejor de los mundos. Un empleo se consigue en los “clasificados” de El Comercio.  Y la productividad con el último “Microsoft office”. ¿No lo conoces? Es lo máximo.

Va a ganar un “outsider”. En el estado actual de cosas, y salvo error o sobresalto de multitudes, no veo cómo la desconfianza a los otros candidatos evite darle las urnas al comandante Ollanta Humala. ¿Exagero? Ollanta le gana a Lourdes.  Vamos a ver. Si las cosas siguen como están, en segunda vuelta, puesta de lado esa tercera vía de reformas sociales de Alan y reggaetón, no veo cómo el aprismo vaya a votar por una candidata conservadora como Lourdes por muy demócrata que sea, y lo es. En una segunda vuelta con un desplazado Alan, lo que no es poco, y un Ollanta a quien no le entran balas ni con expedientes perdidos (curioso, otra serie de televisión en cable) ni modo. El voto aprista no va a perdonar el agravio, tienen su corazoncito del lado izquierdo, “partido del pueblo”, y luego de la injuria de no haber sido creíbles (yo por mi parte sí creo que Alan García haría un buen gobierno) lo del endose no veo cómo. Esos tiempos pasaron, un aprismo salvador de democracias. Hoy, las hunden no los tanques sino los propios votantes. Mucha rabia, poco seso. Lourdes dice no quiero ser Vargas Llosa, y no es que se ponga a escribir novelas, sino que la amenaza una segunda vuelta como la del “outsider” del 90, un chinito, ahora retenido en un cuarto de 3×3 en Santiago, pero a eso va de cabeza, y con ella muchas cosas, muchas. ¿Usted ve a Lourdes diciendo no tengo razón y la solución está en los programas de mis adversarios socialdemócratas? Por favor, esto no es Chile.

Lourdes va a perder por sus propios errores, menos que por los méritos del comandante. O no es cierto que, por muchas butifarras que se coma y bailecitos que se pegue, la acompaña esa fantasmática de desprecio a lo popular que significa la ostensible plancha presidencial con Arturo Woodman. El hombre es buena gente, todo lo empresarial que usted quiera, con carisma capaz de llenar acaso alguna sala de ejecutivos del Marriott, ¿pero para estas elecciones de 16 millones de abandonados ciudadanos? ¿Que están hasta el gorro con el sistema?

Alan García no va a llamar a sus bases para que salven la democracia. Porque para comenzar, Ollanta no le ha hecho nada a esa señora, todavía. Aunque en Madre mía, como gane, van a emigrar al cercano Brasil, mucho antes del incremento salvaje de colas de jóvenes en las puertas de las embajadas. No lo hará Alan (es una intuición de cronista, no estoy en el secreto de los dioses) por una simple razón. Cuando los “brokers” del negocio político terminen de aglutinarse tras el queso del poder servido de nuevo por un outsider (volvemos a los inicios del 90) y cuando los improvisados hayan hecho pedazos al país, entonces el único partido que quedará de pie para decir “aquí estamos, en el dolor hermanos” será el aprismo. No tendrán las grandes alamedas de las que hablaba Allende pero sí Alfonso Ugarte. Han sobrevivido a Velasco (y eso que les quitamos la mitad de sus mitologías) y a Sendero, al fujimorismo, a todo, incluso a sí mismos. Serán la oposición democrática ante un desconcertante humalismo gubernamental. 

Pero el perverso subconsciente me dicta, al oído, otro posible beneficiario del chongo gubernamental que se nos viene encima: la actual pareja presidencial. Qué maravilla. Yo que Toledo me diría, in pectore, “¿volvieron mi presidencia un calvario?, ¿se rieron de mí? ¿Fui democrático y no lo apreciaron? Me van a echar de menos, y no sólo Carlos Álvarez para las imitaciones”. Y ¿saben una cosa? Con lo que se viene, lo vamos a echar de menos. Y no es que Ollanta sea una creación directa del toledismo como mi dilecta Martha Chávez dice un poco a lo bruto; no, hija, razón tienes pero propongo otro fraseo. Digamos que la modernidad económica distrajo de preparar la modernidad política. Eso pasa cuando se espera que las reformas vengan del mercado.

¿Sólo el desconcierto ciudadano provoca esta crisis masiva de credibilidad? Si Humala es el triunfo de la antipolítica, entonces ¿un Fujimori III? En ese caso, lo de 1992 fue cáncer, pero esto va a ser metástasis. Ya habrá tiempo, si los pelotones de ejecución nos dan un respiro, para indagar por las causas, aquí apuradamente se habla de las consecuencias. A este cronista le toca la ingrata tarea de decir que la Tierra no es plana y que dos por dos son cuatro. A contracorriente de la tendencia general que es callar lo que todos sabemos, las elecciones no se han hecho para que gane el mejor sino el que más audazmente le haga creer al pueblo que es como ellos. En fin,  no sabía, en lo que me concierne, que volvía al Perú para participar de “extra” (con otros 27 millones de comparsas) en un alegre drama con ruido de fondo, algo así como otro hundimiento del “Titanic”, con una diferencia sustantiva, esta vez el forado no lo abre un objeto externo, una montaña de hielo, un iceberg, sino desde adentro la tercera clase. Todos se hunden, ellos también. El suicidio de las democracias, creía que era tema académico, no pensé vivirlo como quien dice, en directo. Iré a votar el 9 de abril con los dientes apretados.

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07/01/2006 – Diario La República

Por: Hugo Neira

La tierra de Humala

 

La tierra de Humala o “los estragos de la globalización”, es el título de esta crónica. ¿Quién es Hidelgard Willer? Directora de una ONG, teóloga e investigadora social de origen alemán, como alumna en la Universidad Ruiz de Montoya regentada por los padres jesuitas, ha seguido mis cursos de maestría de filosofía política (Rousseau, Tocqueville, etc) y a la vez de práctica de crónicas de viaje. Willer se fue a Pauza, Ayacucho, el polvoriento pueblo de donde son originarios los Humala, para recoger estas impresiones. El texto es extenso, publicamos apenas los fragmentos más saltantes. El lector apreciará: el origen misti y su fama de mandones. (Hugo Neira)

 

Por: Hidelgard Willer

Uno de los lugares más fascinantes que he conocido en el Perú es el Sur del departamento de Ayacucho. Es una tierra de paisajes agrestes y de historias y mestizajes peruanos que no he encontrado de una forma tan nítida en otro rincón del país. En setiembre del 2003 me tocó un viaje a Pauza, capital de la provincia de Páucar del Sara-Sara. 24 horas en bus desde Lima, atravesando primero los desiertos de Caravelí para enroscarse después junto al abismo hasta Incuyo y de allí bajando a la meseta de Pauza. No es simplemente Pauza un lugar provinciano que provee a la capital peruana de música y migrantes ayacuchanos. Es además la autodenominada capital cervantina: aquí fue puesta en escena por primera vez en tierra americana, en el siglo XVII, la novela: el Don Quijote. La otra especialidad de Pauza son sus migrantes: ya no migran a Lima, sino directamente a Estados Unidos. Los locutorios públicos del lugar –no hay líneas telefónicas privadas– se pueblan en la noche de madres jóvenes que esperan la llamada de sus esposos desde Estados Unidos donde suelen trabajar ilegalmente. Pero no vinimos para contar las historias de los migrantes modernos  paucinos –aunque algunas de ellas no tienen nada que envidiar al Don Quijote en cuanto a materia novelesca– sino que vinimos tras los pasos de un hijo de la provincia que desde hace poco atraía la atención del país: Antauro Humala, el militar en retiro que, junto a su hermano Ollanta, se había sublevado contra el moribundo régimen fujimorista y que, después de haber sido amnistiado por el régimen de Toledo, incendiaba el país con prédicas nacionalistas e neoindigenistas que él mismo bautizó como “etnocaceristas”.  De cada kiosco limeño saltaban a la vista los titulares de su pasquín “Ollanta” que vociferaba en contra de los chilenos y después en contra de la élite criolla. En aquel entonces, setiembre del 2003, todavía Antauro no se había aventurado en Andahuaylas y su hermano Ollanta aún percibía su sueldo como funcionario del gobierno de Toledo en París. Pero ya se rumoreaba que los Humala “pegaban a la gente”. La familia Humala tiene  sus raíces en Oyolo, que es un lugar nada menos que en la provincia de Páucar del Sara Sara. ¿Qué nos dirá la gente en Oyolo sobre la historia de la familia Humala? En Colta, Édgar, nuestro chofer y guía, saca su radio e informa a Pauza que las periodistas de Lima han llegado bien y que estamos en camino a Oyolo para buscar  a los Humala. Así que cuando llegamos después de 6 horas más a pie y a caballo a Oyolo, ya todo el mundo nos está esperando.

En algún momento de su historia Oyolo perdió el enlace con la modernidad. ¿Cuándo se jodió pues? ¿Cuándo la ganadería dejó de ser el negocio lucrativo? ¿Cuándo los indígenas de la zona se levantaron en contra de sus mistis y los sacaron del pueblo? ¿Cuándo se fueron los Humala del pueblo? La gente más vieja que aún se acuerda de los Humala cuenta que ha sido una de las 4 familias mistis del lugar y que salieron para Cora-Cora después del último levantamiento indígena en los años 30 del siglo pasado.  La gente de Oyolo no se acuerda mucho de los Humala. Claro que han escuchado de la repentina fama de ellos, pero las noticias llegan tarde a Oyolo y todavía no saben si será beneficioso o no para ellos tener estos hijos ilustres. A pesar de la historia rica de Oyolo, dejamos el pueblo con cierta decepción. Al final no hemos detectado gran cosa sobre los Humala: simplemente que eran una familia de mistis que dejaron el pueblo hace mucho tiempo. 

De vuelta en Lima buscamos a Antauro Humala para terminar el reportaje con una entrevista en vivo. Lo encontramos en el último piso de un edificio medio abandonado en el centro de Lima. Amable, pero también muy distraído, Antauro nos explica cómo quiere salvar al Perú y especialmente a los indígenas: revalorando la “raza cobriza”, legalizando la coca, sacando a los gringos del país que no se pliegan a su doctrina, incentivando a los ingenieros peruanos a que inventen un Windows peruano y enviando a los peruanos hambrientos al campo para que vivan de la fruta de su tierra. ¿A pueblos como Oyolo? Hace tiempo no había ido a su tierra, decía. Estaba tan convencido de su misión salvadora y de su visión nacionalista-socialista-indigenista  antigringa del Perú que no me atreví a contarle lo que había encontrado en la sacristía de su pueblo: entre las banderas guardadas para la fiesta patronal había una que no cuajaba en el juego, una bandera de tiras rojas y blancas y estrellas blancas sobre un fondo azul. Una bandera mundialmente conocida, pero:  ¿qué diablos hacía una bandera estadounidense en la sacristía de la iglesia de Oyolo? La trajo  un hijo de Oyolo que vive en Estados Unidos. Cuando regresó para la fiesta patronal de Oyolo, él llevó la bandera en la procesión en agradecimiento de que lo habían hecho “ciudadano estadunidense”, nos contaba el sacristán. Y también nos contaba que muchísimos oyolinos habían migrado a Estados Unidos y que los que quedaban aún vivían de las remesas o buscaban cómo irse también. Me temo que el hijo de sus antiguos mistis no tendrá mucho éxito con su prédica de un Windows peruano en un pueblo globalizado como Oyolo”.

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