Retratos

Escrito por: H. N. - 2 322 veces

 

17/06/2008 – Diario La República Por: Hugo Neira

Obama, el de Honolulu

 
 
La madre de Barack Obama es blanca, Shirley Ann Dunham, oriunda de Kansas. ¿ Lo sabía Usted lector o lectora? Aquí hay dos problemas. Por una parte, quién es realmente Obama, su significación. Por la otra, porque se oculta su doble y triple origen. En efecto, esta crónica trata de su familia y estudios. De cómo se origina un destino extraordinario, un sino, en el hombre que acaba de remecer al “clan Clinton” y al partido demócrata, bastante distinto como se apreciará, de la imagen que nos sirven en bandeja. De esto también trato aquí, de los ocultamientos. Los de una etnología totalitaria.
 
En 1961, viene al mundo Barack Obama. Y en Honolulú. De madre blanca y el padre africano no black, ni afro, del África misma). Hawai es americana pero a su manera. No es extraño que el kenyano Barack Obama (senior) conociera en ese lugar a Shirley Ann Dunham de profesión antropóloga. Y de que se casaran, mejor dicho, de que pudieran hacerlo, ahí, en Hawai. En 1961, los matrimonios mixtos estaban prohibidos en 16 Estados de la Unión. Pero no en Honolulú. En lo que me concierne, conozco el lugar, estuve varias veces debido a misiones universitarias y pude observar la vida isleña, las danzas, el surf, y una sociedad multicultural y multiracial (no es lo mismo); de americanos, polinesios y asiáticos, de gente venida de todas partes del mundo. El progenitor, el kenyano, poco después recibe una beca para ir a estudiar a Harvard, abandona a madre y al niño de dos años, y luego se mata en un accidente de auto. Parece que volvió a ver a su hijo cuando éste tenía l0 años. En cuanto a Shirley, la madre, se casa después con un tal Lolo Soetoro, empresario petrolero de origen indonesio. La pareja se fue a vivir a Yakarta. Se entiende porque Obama habla corrientemente el indonesio. ¿ Ya tenemos un Obama musulmán ? Pues no, desde los 10 años estudia en un colegio católico, aunque la madre fuera protestante y el padrastro islámico. En fin, ya de retorno a Honolulú, Obama fue criado por sus abuelos maternos, vale decir, gente de la clase media americana. A los 19 años viaja a Nueva York para estudiar ciencias políticas en Columbia. El resto ya lo conocen. Esta serie de rasgos lo vuelven sin duda alguna un caso único, pero no favorecen su carrera política, al contrario. El ensayista negro Stanley Crouch, en su columna del New York Daily News, lo dice claramente: “Obama no es negro como yo”. “No despierta la culpabilidad de los blancos” añade Carol Swain, profesor en la Universidad de Vanderbilt. Por otra parte, muchos negros americanos que descienden – ellos sí – de esclavos de plantaciones, lo ven con otros ojos. Otro problema es el islamismo de los Obama. Cuando visitara a la abuela de 85 años, en Kenya, África, todos vimos sus fotos con turbante y túnica de musulmán. Así en las primarias demócratas tuvo que aclarar que no era islámico, aunque sí su padre y el abuelo. En fin, el candidato (¿“negro”?) a la Casa Blanca, lleva un segundo nombre, el de Hussein. Eso también le encaran sus adversarios. En fin, en Hawai, donde naciera, si la memoria no me traiciona, Obama sería un hapa, un mitad-mitad. Por el estilo en Brasil, en el Caribe, un mulato, un mestizo. Poco importa, me dirán, si igual llega a la Casa Blanca. Pero las maneras de clasificar revelan y ocultan. ¿Por qué lo tratan de negro en la prensa americana? Así, se me ocurrió digitar en Google un “Answers International”: ¿Por qué llaman negro a Obama? ¿Por qué no mulato o mestizo ?” No tardaron en responderme internautas. “Para los yanquis, todo aquel que no es rubio y blanco, ipsopucho es negro, latino, musulmán, o sea, un bicho raro indigno de ser considerado persona”. Otro me dice: “en USA todos los cubanos, dominicanos y hondureños, son negros también”. El mundo espera un Presidente americano más bien global. Pero no faltarán los despistados que a Obama, nacido en Honolulú y de madre blanca, nos lo sigan presentando como la encarnación de la identidad afro-americana. No es cierto, no es de Brooklyn, ni un cantante de rap. Es lo contrario. Un contraejemplo. Es el americano que no se dejó enjaular en la cultura materna o paterna.
 
¿Qué nos pasa? Hay gente que por moda o falta de juicio está confundiendo perversamente política con etnología. Algo tiene esa corriente ideológica de brisas del Titicaca, de lo que pasa en la Paz, donde se han atrevido a proponer la muerte de la idea republicana. No otra cosa es ese proyecto constitucional que aspira a despedazar Bolivia en 36 microestados étnicos en donde se nacería y moriría sin escapar a la fatalidad del nacimiento. Tras la aparente defensa de los indígenas, en realidad se trata de encerrarlos en la cárcel identitaria. En la inmovilidad de la sangre. Pero si el cedro nace y muere cedro, a animales y plantas las determina la naturaleza, al hombre no. Podemos optar. Y modificar cada uno su destino, transformarse y transformar su sociedad. Y eso ofrece Obama a una nación de inmigrantes cuya identidad es la libertad. Puede que ese isleño de varias culturas entre en la Casa Blanca. Pese a la suma de sus etnias. Ese es su sino, y su formidable revuelta. Si no lo matan. Ya ha ocurrido con cuatro presidentes en USA.
 
 
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03/06/2008 – Diario La República
 
Por: Hugo Neira
 

Álvaro o la justa distancia                 

http://www.bloghugoneira.com/biblio-upload/Hugo Neira Samanez y Alvaro Rojas Samanez.flv

 

Un sábado por la tarde, el 24, a Álvaro Rojas se lo lleva la taimada muerte. No sin razón los mexicanos la llaman "la tiznada". Fue algo fulminante, un paro cardiaco. Y micro en mano y ante un público de atribulados Ministros de Estado. Espectacular salida de escena. Acaso por eso, una de nuestras mejores plumas, de alguien que va por vía libre y dice lo que muchos piensan, César Hildebrandt, le dedica una nota en la que confiesa su "envidia de Rojas Samanez". Porque se fue ahorrando inyecciones, mentiras piadosas, cuentos medicinales chinos. La verdad, César, es que has escrito sobre Álvaro, que era tu amigo, pero sobre todo has escrito sobre la muerte: la tuya y la mía y la de todos, en esa metafísica burlona que nos permite nuestra cultura barroca. Comprenderás que no pueda hacer lo mismo.
 
Álvaro era mi hermano. Y este es el tema, entre la personal pena y el pudor de no ocupar una columna para un asunto privado. De hecho, párrafo abajo, escribiré sobre el hombre público que fue, el escritor y periodista, sus libros. Los que por fundadas razones, que pronto explico, van a permanecer. Pero volviendo al tema de la consanguinidad, me llamo Neira Samanez. Y mi madre cásose en segundas nupcias con un caballero arequipeño, don Pedro Rojas. Y de donde resulta que los Rojas son mis hermanos. Fernando Rojas Samanez, embajador del Perú en Bolivia. Liliana, que vive y trabaja en el extranjero. Gonzalo, comunicador, como lo recordábamos con Ernesto Hermoza en Canal 7. En fin, lo de Neira a secas me viene de mis hábitos cosmopolitas. En las naciones al otro lado de los Pirineos donde he vivido no se usan muchos apellidos. Con uno basta y sobra.
 
Nunca es fácil resumir, y menos en las presentes circunstancias. Pero a la vez, la muerte como que trae consigo deberes. No lo digo yo, lo dice Epicteto, al que estudio, por razones que no vienen al caso, un filósofo del 130 de nuestra era, entre helénico y cristiano "Dios nos ha hecho libres, pero la muerte no, impone". Han dicho cosas sobre Álvaro, su serenidad, su persistencia. El presidente García al saludar a los deudos, "el equilibrio". Todo esto es cierto sin duda, y se agradece. Caretas, en donde alguna vez trabajó, publicando una extensa entrevista a Luis Bedoya Reyes, muy interesante dicho sea de paso, por el entrevistado y el entrevistador, atina a poner al lado un filete, el siguiente : «Se fue en su ley, hablando del tema que le apasionaba, la entraña política del Perú, el comportamiento social de sus compatriotas, y las posibilidades de organizarnos mejor». En efecto, desde 1982, a partir de la aparición de su libro sobre los partidos, a la vez «manual y registro », obra que tuvo ocho ediciones corregidas y aumentadas, no cesó en observar los partidos políticos del Perú y, para decirlo suavemente, «las costumbres» de la clase política. Y se fue de este mundo sin que ni lo uno ni lo otro se corrigiese, al contrario. Por eso he dicho en Canal 7, y firmo y persisto aquí, Álvaro hizo muchas cosas, historia presentista del Perú. Hizo análisis político. Hizo algo más, dar consejos, ora públicamente: Juan Paredes en El Comercio recuerda "cuánto le deben los partidos políticos". Ora privadamente, en la entristecida comitiva un Ministro me contaba "me recomendó que no me dejase poner la agenda por los medios". ¿Álvaro o el buen amigo? Hubo más que eso.
 
La cuestión es cómo cada uno usa su propia libertad. Honesto y honrado (no es lo mismo) pero, una vez más, ¿de qué manera? Porque hubo una manera, muy suya, y se ha dicho "ecuánime, cordial y a la vez crítico agudo". Cierto ¿pero gracias a qué? Álvaro Rojas o la justa distancia. Ni antisistema ni aspirante a la representación que viene de urnas. A los políticos ni despreciaba ni envidiaba. Los observaba. Pero de nuevo, los matices: en los años 80 fue clarísimo en cuanto a Sendero. Estuvo entre los amenazados, como Gorriti, y por lo mismo, por examinar los entresijos de la secta. En fin, más que muchos académicos, fue un practicante de la "distanciación". En otras culturas o se es observador o se es actor. O como decía el español Ortega y Gasset, "o se repican campanas o se está en la procesión". Aquí se quiere hacer ambas cosas. No fue su caso. En fin, nadie lo ha dicho, me atrevo a dos afirmaciones. País de ingratos, se olvidan de lo mucho que se parecían con Manuel D'Ornellas. Por la sobriedad de la prosa. Por la honestidad, yo sé lo que me digo. Con un componente particular en su caso, esa vena irónica propia a los hombres nacidos bajo el volcán.
 
Que no se me malentienda, era la ironía del que comprende pero no tiene por qué aprobar. Por otra parte, el uso de su libertad. Fue un etnólogo de la vida política, en particular de la limeña. Acaso el doble ancestro, democristiano de cuando "los rocotos con sotana" y su arequipeñismo innato. De ahí la limpia prosa, el ánimo ciudadano. Qué falta nos harás. La sensatez no abunda. Adiós, Álvaro, ya conversaremos en el lugar donde los gnósticos suponen conversan tranquilamente los muertos, en los intramundos, entre varias eternidades.
 
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06/05/2008 – Diario La República
 
Por: Hugo Neira
 

Touraine. El teatro vacío del mundo

 
 
El pasado viernes 2 de mayo, en la capilla bajo cuya bóveda están representados santos y doctores de la iglesia, joya barroca de la Casona de San Marcos, en acto de honoris causa, ha ocurrido una suerte de terremoto intelectual. Un profesor invitado, un sabio francés, acostumbrado por sus viajes a frecuentar a la elite del mundo y a ver países distintos, confiesa ante el estupor de la audiencia, que es difícil hacer sociología cuando el tejido de lo social por todas partes se deshace. En el público se podía escuchar el vuelo de una mosca. Sobre quién es Alain Touraine, brindo al lector otros medios (1). Ahora intentaré reseñar lo que dijo. Sí pues, el arte perdido de la reseña.
 
Hablaba un hombre lúcido, alto, reposado, 83 años, y de pie en el púlpito laico, sanmarquino, y con pausadas palabras, y sin ayuda de powerpoint alguno – esas andaderas del espíritu- dijo llanamente en perfecto castellano cuál es el nudo de sus actuales preocupaciones. “Hubo un mundo, con Estados, con clases sociales, con industrias, con conflictos”. Ese mundo industrial, prosigue Touraine, “era un mundo de la producción”. En su descripción hace entrar el progreso del siglo veinte por entero. “Pero esa sociedad industrial ha cesado”. No es que un cataclismo lo haya barrido, no. Vino a decirnos una de esas cosas de sociólogo, que hay que explicar. La lógica de lo social no está dentro de esas sociedades (ni dentro de las descolonizadas). El mundo actual es el mundo impersonal de los mercados. El mundo globalizado es el de impotencia de Estados, clases y actores. El sistema de producción de la globalización separa sociedad y economía, la cual se hace en otros lugares. “ En la bolsa de Londres, no sé qué, por no sé quiénes”. Impersonalidad más que nunca del gran capital. En consecuencia ¿contra quién se estructuran los actores? El mundo como un gran teatro vacío. Un teatro del silencio de poderes anónimos e inalcanzables. Las consecuencias están a la vista: la política poco les interesa a los mismos europeos. En México, señala, un 50 por ciento de mexicanos está fuera del sistema político. En Argentina lo mismo, siguen a dirigentes locales, barriales. Y el resultado es que en países ricos, el zócalo de la pobreza se deja en un 8 por ciento a un 15 por ciento. Para Touraine los actores políticos no expresan actualmente a los actores sociales. Pese a ello, Touraine propone un retorno a la política. Se entenderá pronto de que orden. En segundo lugar, Touraine dibujó este mundo actual, inesperado, al que no niega innovaciones técnicas, y “más dinero que nunca”. Pero que igual des-socializa. Un mundo difícil de vivir, “donde los individuos se hallan perdidos, sin signos de orientación”. Touraine invocó a la ocasión “El hombre sin cualidades”, del austriaco Robert Musil, un relato en torno al apocalipsis gozoso de Viena fin de siglo. Luego, Touraine barre de un porrazo conceptos muy a la moda: “postmodernidad”, “sociedad postindustrial”. Postulados fácilones, zonceras que impiden asumir la dramaticidad del mundo. El panorama del mundo no es post. Es retorno. Ahora bien, si la sociedad se descompone, ¿cómo se puede hacer sociología? Touraine sociólogo hace un adiós a la sociedad. O a una idea de la misma. Así, en un tercer momento se detiene sobre su “Retorno al actor”. Es el concepto de individuo, pero como actor-ciudadano, es sujeto que resiste a la despersonalización de las modas y del consumo que homogeniza. Touraine disertó, finalmente, sobre tres tipos de individualismos. Uno que limita su individualidad a lo que compra. Otro que se repliega en la tentación del comunitarismo, o sea, de lo grupal local, religioso, político. “La tentación del rebaño” decía Nietzsche. Este último deja lugar a feroces “conflictos inter-comunidades”. Y a partidos políticos (nuevos) autoritarios. A peligros mayores. A posturas “militaro-religiosas” (y pensé en Bush y en Bin Laden). Touraine ve el anuncio de “culturas y civilizaciones cerradas”. Y por todo ello vuelve a lo que le parece decisivo: al individuo. Recuerda a Walter Benjamin y a Hannah Arendt, “el individuo es el que tiene derecho a tener derechos”. “El derecho a no ser maltratado, ni humillado”. Y así, el conflicto por hacerse reconocer resulta saludable “porque es lo que lo legitima”. Los derechos universales…
 
Touraine, sus perplejidades. Y su paradojal lección. Una lectura de un mundo que es y a la vez ya no es. Acaso por mi parte algo olvido. Es lástima que en el parterre o platea no estuviera más de la flor graneada de nuestros intelectuales. A veces, dijo el mexicano Reyes, una aldea es Atenas. Eso ocurrió esa tarde en la Casona. Touraine permite ganar años de conciencia. Su Crisis de la modernidad dice más que cien conferencias limeñas sobre la globalización; cito una línea: “El mundo actual tiene conflictos más radicales que los de la época industrial” (p. 372). ¡La que nos espera! Estudiar a Touraine es acabar con esta larga noche del no-pensamiento social. Y por el amor de Dios, mucho más provechoso leerlo, aunque, como a todo, críticamente, que esa inercia que compruebo en cada viaje por provincias: hay quienes siguen estudiando esa edad paleolítica de las ciencias del hombre que es el marxismo versión Lenin. La cultura es decisiva (Touraine, dixit).
 
(1) La he puesto en la página web de la institución donde trabajo, porque como Director de la misma me invitaron, me he tomado esa libertad, así están las cosas (discurso de orden al acto de honoris causa al sociólogo Alain Touraine )
 
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12/06/2007 – Diario La República
 
Por: Hugo Neira
 

Edgar Morin en varios Nones

 
Viene a Lima un inmenso pensador. Gracias a una iniciativa de la universidad norteña Pedro Ruiz Gallo, Morin estaría en nuestro país el 25, 26 y 27 de este mes de junio. Y visitaría Chiclayo. Se asocian San Marcos, Ricardo Palma, la Asamblea de Rectores, la Biblioteca Nacional. Nada de esto sería posible si el propio Morin no estuviese interesado en venir por primera vez a nuestro país. Conoce, y lo conocen, en México, en Buenos Aires. Si esto se realiza, hay que decirlo, se deberá también a los apoyos de la Embajada francesa y a Nelson Vallejo-Gómez, hombre de cultura que ha sido secretario de E. Morin. El lector podrá, sin embargo, advertir una nota de prudencia en estas líneas. En efecto, Morin pasa los ochenta años, y esperamos que esta visita no se frustre. Crucemos dedos…
 
Me he comprometido a presentar en estas páginas a Edgar Morin. Y sinceramente, me sería más fácil escribir una monografía que resumirlo, dada la envergadura del personaje y su contribución a las ideas contemporáneas. Por eso, la presente nota aborda al científico y al político. Y en un par de notas siguientes, sus conceptos fundamentales. Esos que le ganan una audiencia internacional de Europa a Estados Unidos y China. Morin, además de sociólogo, es un teórico de la lógica del pensamiento científico. Pero ni comento El Método, y sus seis tomos, Ni "La complejidad", en 7 volúmenes, ni los 17 volúmenes del "Siglo XX".
 
Diré que Morin es un hombre de grandes rupturas. En efecto, nacido en 1921, en Francia, de padres levantinos, asiste a la segunda guerra mundial, es Resistente, y terminada la guerra el espectáculo de la desolación de la Alemania vencida le inspira su primer libro. Afiliado al Partido Comunista Francés, es muy crítico de lo que él llama el "comunismo de aparato", del stalinismo. En 1951, lo expulsan del partido. Morin no se hace, sin embargo, ni trotskista ni maoísta, ni decide seguir un tranquilo itinerario de profesor. Combatirá todas las ortodoxias, por dogmáticas, de "dialéctica petrificada" (Autocrítica, 1974). Francotirador, inconformista, ese es su primer No. Luego, Morin, que ha hecho estudios de geografía, historia, se decide por la sociología. Pero acaece, casi de la nada, Mayo del 68. Publica Mayo, la brecha. Le intriga la "autorganización" de ese movimiento juvenil. Y como hace un rato que se interesa por la biología, en gesto que es raro (tiene 47 años) se marcha a estudiar a San Diego, donde hay un grupo de biólogos y cibernéticos que le interesan. Es el segundo gran No. Acto de curiosidad y de humildad: las ciencias sociales no pueden seguir operando sin tomar en cuenta el replanteamiento radical que procede de la ciencia de la vida y de otros dominios del saber, por ejemplo, de la teoría de los robots, de Von Neuman. Esos años los cuenta en su "Diario de California", 1974. Así, con lo vivido y asimilado en el Salk Institute for Biological Studies se arma de nuevas herramientas intelectuales. Ha conocido a Jacques Monod, al antropólogo Gregory Bateson…
 
La biología, pues, se halla en los nuevos epistemes que Morin traslada a las ciencias sociales: organización, inestabilidad, autocreación. Su "paradigma de la complejidad" instaura, entre otras llaves para pensar lo real, el principio de la retroacción, el feed-back. Es el tercero y gran No de Morin. Las ciencias sociales no solo no pueden permanecer aisladas sino que los trabajos de transdisciplinaridad resultan indispensables. Y el sistema de investigación y enseñanza francesa le da la razón poniéndolo a la cabeza de CETSAP, institución que coordina estudios de sociología, antropología y política. Bajo su batuta surgen estudios inimaginables: la bioantropología por ejemplo. Este "No" de Morin se enuncia en una línea: es preciso otra manera de razonar. Federar los saberes, dice. En fin, el último "No" de Morin es reciente, de nuevo científico y político. Se declara patriota del planeta entero. Globalización, recalentamiento de la tierra, una problemática planetaria que abordará en su estadía peruana. ¿Libros? Los que el lector guste o se atreva. La naturaleza de la naturaleza, El conocimiento del conocimiento. Como se dice, en los mejores establecimientos del ramo. Morin hace decenios que está traducido…
 
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17/04/ 2007 – Diario La República
 
Por: Hugo Neira
 

Rorty, al amigo que se va

 
 
Filósofo, la proyección universal del profesor de Yale y de Virginia (y de Francfort y de Heidelberg) es indiscutible. La poderosa y a menudo irónica, divertida prosa, su libertad personal, el hecho de que creciera en la filosofía analítica americana y terminara en "la otra filosofía", la europea, su ruptura con una y otra escuela para convertirse en un pensador originalísimo, hacen de Richard Rorty un inmenso pensador. Pero esta mañana, por el "El Dominical" nos enteramos que se está muriendo. En un artículo de Pablo Quintanilla, por cierto muy bien construido, la noticia: "agobiado por una enfermedad terminal". O sea, se nos va.
 
Es domingo cuando escribo estas líneas, los fines de semana a uno le sirven para esto, escribir. Es clara la mañana pero siento una pena honda. La que se tiene cuando se está a punto de perder a un amigo. No vaya a pensarse que voy a decir que conocí a Rorty en algún coloquio internacional. Otra cosa es si se entiende por familiaridad con un autor haber seguido su obra, anotado sus libros comprados aquí y allá, que es mi caso, al pasar por Nueva York o por París, o desde Papeete por correo. Hace de esto unos veinte años, al volver a ratos a Lima, preparando mi “Tercera Mitad” hospedado en casa de los Caplansky, Mati me alcanza mi primer Rorty: "Tienes que leerlo". ¿Fueron los ensayos sobre Contingencia, ironía y solidaridad? Poco importa. Rorty pasó a ser un báculo seguro, y no tanto como el filósofo juez de la racionalidad sino otra cosa, más ancha, más riesgosa, más fuera de serie.
 
El profesor Sobrevilla lo presenta como un intelectual prominente, un crítico de la administración de Bush, un hombre de "la responsabilidad social de la filosofía". Todo eso es cierto sin duda, pero en esas definiciones, que no son inexactas, a mi juicio, como que se escapa un Rorty singular e inesperado, el pensador elocuente sin ser dogmático que le pide a los filósofos y a la filosofía misma, otra tarea. "¿Decir la verdad? ironiza Rorty. Más bien cuidar de la libertad" porque entonces "la verdad se cuidará por sí misma" .
 
Lo primero que me sorprendió en Rorty, pese a su natural sencillez, es su voluntad rupturista. Además, con todo lo filósofo que era, de impresionante panoplia de caza –Hegel, Nietzsche, Sartre, Foucault, Derrida– debido a su impertinencia ocurre que lo contrataban solamente en los departamentos de Literatura. Pero a Rorty eso le encantaba. En sus ensayos de pronto trata de Kuhn o de Feyerabend, pensadores de la ciencia, o del escritor Nabókov, o de cine, televisión, los "otros discursos". En Rorty he leído estas líneas asesinas: la filosofía es ahora un género literario. Su labor, la de "un intermediario socrático". Entre diversos tipos de saberes, el pensar más ciencia y arte. Su concepto clave es "relectura". Desde El giro lingüístico, que es de 1967, "no hay lugar para el filósofo como un profesional de la verdad". Rorty, que había digerido la inmensa producción de la lingüística y la antropología, cada creencia vive al interior de una cultura, dice, de una práctica discursiva "particular". Y dentro de ellas, nosotros, en variadas cárceles del pensamiento.
 
En fin, la oposición intelectual a Bush no lo agota. Más decisivo, me parece, es que después de la filosofía, ironizando, sostenga que "viene la democracia". Y no es ripio. Un sistema permanente de reformas, opciones posibles, razonables. También un estado de ánimo. Se burla de esa misma izquierda norteamericana la que a ratos le provoca nostalgia. Se quedaron pegados al viejo Marx el del todo o nada. "Y así toda política de Reformas les ha parecido sospechosa". Interesan a Rorty, liberal tolerante, los reclamos de gays, lesbianas y mujeres, pero igual ironiza, "interesados en que les reconozcan sus culturas. Simplemente, lo que necesitan es que no abusen de ellos" (Cuidar la libertad, p. 134). Lo de la identidad grupal le parece un reclamo confuso. "Las heroínas de Sinclair Lewis se abrían camino a partir de los libros de una biblioteca". En suma, los muchos libros de Rorty, traducidos en Trotta, son para ganar un verdadero amigo. Mucho mejores que las recetas seudopsicológicas en la literatura de supermercado. Su homólogo, el único que se me ocurre, es Nietzsche.
 
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13/03/ 2007 – Diario La República
 
Por: Hugo Neira
 

Prada inventa a Prada

 
 
Manuel González Prada se inventa a sí mismo. Con esta idea –esa intuición– me quedé desde que al llamado de Antonio Cisneros aceptara, días atrás, iniciar la serie de conferencias sobre "El Perú republicano y sus utopías" en el Centro Cultural Inca Garcilaso de la Vega, en Torre Tagle. Pero bueno, ¿qué es esto de autoinventarse? ¿La interrogación de Prada sobre el Perú, la religión y la política, como autorreflexiva? ¿De dónde, en efecto, su feroz voluntad de verdad (y no de poder)?
 
En el apesadumbrado Perú finisecular, tras la derrota, un relámpago de indignación moral: el discurso del Politeama. "Niños, sed hombres, madrugad a la vida, porque ninguna generación recibió herencia más triste…" (1888). Sí claro, Prada patriota. Luego, político. Prada y sus paradojas. Gran señor hacendado y fomentador de diarios anarquistas a los que él mismo alimenta con textos vitriólicos. En fin, González Prada, el de la variada herencia. Para Sánchez es el rebelde, el librepensador. Para Víctor Andrés Belaunde, casi lo mismo, salvo el reproche del pesimismo. Para Mariátegui algo más que el precursor. Otros han recordado su postura ácrata, a la vez que su confianza en la ciencia. Por un momento, en la conferencia, me dejé tentar por sus paradojas. Vive en una ciudad parlanchina y sensual, en Lima, y es silencioso, grave, viril. Cultiva la Razón, con mayúsculas, pero el alma se le va tras poemas y rondinelas, y un arte poético de su invención. En lo que me concierne, a Prada le dediqué ensayos diversos. Don Manuel: pensador antimetafísico. He sostenido que su escepticismo ante la Iglesia Católica lo preparó para sospechar de todas las "Iglesias", entendiendo por tales las capillas sectarias y dogmáticas de nuestra vida política (en Hacia la tercera mitad). Pero de eso, han pasado diez años. ¿Qué de nuevo sobre la anomalía Prada?
 
Razonemos a grandes brochazos. Primero, son ostensibles las ventajas innegables del estatus: es un blanco, un heredero, un de Prada, más la renta: la hacienda en Mala. Segundo, hay que considerar su formación escolar, episodio sobre el cual otros estudiosos pasaron de largo. Pero es un sesgo el que lo envíen a formarse a Valparaíso, a un colegio inglés, en compañía de muchachos sajones y germanos. Ahí estudia humanidades, y contrariamente a lo que podemos pensar, le atraen las ciencias naturales. ¡Quiere a su retorno irse a Bélgica para ser ingeniero industrial! Lo esperado, la familia lo contraría. Lo meten en un seminario conciliar donde lo aburren con misas diarias y el ambiente de embeleco místico. En cambio, lee mucho, muchísimo, vive en Mala y se pasea con un libro en la mano, el "señorito Manuel –dice la servidumbre– es muy devoto". Creen que lee misales. De ahí a tenderse en las filas de San Juan y Miraflores con un fusil al hombro. Sobrevive. Tiene 35 años. No perdona. Durante la ocupación chilena se encierra en casa (a diferencia de la elite limeña que recibe en sus saraos familiares a los ocupantes). De ahí sale a lo que le conocemos. A la protesta, primero patriótica, luego social. ¿Y eso es todo? No, falta lo decisivo.
 
Se ha descuidado en la explicación de este hombre excepcional el viaje (de estudios) a Europa, y ya cuarentón. Unos trabajos de franceses, en particular de Béatrice Chenot de la Universidad de Burdeos, nos ponen en sobreaviso. Había que volver a un texto olvidado, el de su mujer. A Mi Manuel, la biografía que le dedicó siendo viuda. Ahí está la huella de cómo se autoproduce este pensador, tras la formación de González Prada de 1891 a 1898, tras largos siete años dedicado a asistir al Collège de France, a La Sorbonne (donde sin duda escuchó a Renan, que lo curó de pujos místicos). Hay que atender también el estilo de vida de la pareja Manuel y Adriana. No llevan domésticas del lejano Perú (aunque era la costumbre). Ni intervienen en la vida parisiense. El austero y estudioso Prada. Así se inventa ese hombre singular. Al retorno, el compromiso con los parias. Con los primeros obreros anarquistas. Un moderno que retorna a una sociedad que no lo es, el Perú de entonces. La historia de este paradojal fundador del pensamiento social contemporáneo pasa, entonces, por la calidad de sus rupturas: la renuncia al "de". Luego, la ruptura con las maneras de Lima. Luego, con la clase política. He ahí, pues, las raíces de su lucidez, de su pasión por pensar por su propia cuenta, lo que lo salva de la ilusión ideológica en la que incurren, después del Fundador, generaciones de intelectuales en el siglo XX. Y cierto gusto en Prada por el sesgo intimista, el hogar. ¿Sorprendente en un político? ¡Es que no lo era!
 
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19/12/ 2006 – Diario La República
 
Por: Hugo Neira
 

Humareda. Del arte para ser dichoso, en Lima

 
 
¿Recordar a Víctor Humareda es solamente celebración, es decir, apenas memoria de su originalidad? Cierto, no faltan los intentos de definirlo, "obra que se mueve emocionalmente entre el desequilibrio y la hondura" (Teodoro Núñez). Pero Humareda, ¿es solamente obra vasta que asoma en las mejores colecciones? Cabe preguntarse de dónde emana el rosario de recordaciones no solo de su obra sino de su vida. Porque a Humareda no solamente se le celebra y recuerda sino que se le quiere. En este país, el Perú, hay otros grandes pintores, José Sabogal, Ricardo Grau, maestros del propio Humareda, sin un culto semejante. Crónica en torno a un enigmático fervor.
 
En agosto de 1993, amigos y admiradores crean "La Fundación Víctor Humareda Gallegos", incluyendo la huachafería de poner el nombre materno que el pintor nunca usó, cosa que se ha puesto últimamente de moda. El caso es que no faltan otros gestos de afectuosa memoria, como el de Herman Schwarz y Enrique Sánchez Hernani que a fines de los 80 recuperaron 15 "libretitas" o cuadernillos con apuntes, guardadas por Mario Cárdenas, compulsivo comprador de sus cuadros, dice Teresina Muñoz-Nájar, en su nota de Caretas. Y Luis Lama, organizador de una exposición sobre su vida y obra en la Municipalidad de Miraflores. La leyenda de Humareda. Hasta una novela, Hotel Lima, de Miguel Ildefonso (editora Mesa Redonda) inspirada en el lugar donde tuvo un cuarto el pintor. Sí claro, hablan (hablamos) los que lo conocieron, pero no voy a eso, ni a mis personales recuerdos del bar Palermo –es cierto, no bebía, y se retiraba temprano–. Un cierto libertinaje impone, como se sabe, sus propias reglas. El verdadero erotismo necesita lucidez y no trago.
 
No, no voy tampoco a insistir en ir tras su ingenio y anécdotas, aunque algunas reveladoras, o en esta o aquella frase feliz de Humareda "un hombre soltero es un peligro público". "O mi gran amor", dicen que le dijo al poeta Juan Gonzalo Rose, no es ni Nelly, ni Elizabeth (el nombre de sus putas favoritas) ni siquiera la verdadera Marilyn Monroe, "sino el color violeta". Un violeta especial, dijo Alberto Quintanilla la otra noche en el coloquio en la Biblioteca Nacional. Sí, claro, su humor "La carcajada ostentosa", se ha dicho. "El héroe del país de Nunca Jamás". ¿Y eso es todo?
 
¿Entre chiste y chiste, un malbarateo de cuadros? No, no se reduce una celebridad a un par de anécdotas aunque fuesen ya no de Humareda sino de un Groucho Marx. Tras este último hay no solo una excentricidad sino una estética. Escribo esta crónica sentado en el fondo del Auditorio de la BNP, sede San Borja, escuchando primero a Eloy Jáuregui. Y luego a Pedro Pablo Ccopa, dicho sea de paso, con explicación muy articulada sobre "la nocturnidad" de Humareda. Anteriormente Eloy Jáuregui trazó brillantemente un esquema de interpretación, claro, franco, salaz. Aprecio esa versión no triste sino triunfadora del pintor. Un puneño que devoraba a Lima. Siendo cierto lo contrario: pintaba mientras se lo tragaba el triángulo de las Bermudas del Trocadero, México y el burdel de la Nené. De todo eso nos queda el trazo de una sensualidad alegre, sorprendente. Ciudad de deprimidos, Humareda no.
 
Las razones por las que lo queremos a Víctor acaso sean las más visibles y por eso mismo menos confesables. La sospecha de que nos reconcilia paradójicamente con Lima después de que exhibiera sus antros. ¿No ha dicho Mallarmé "que el mundo está hecho para que se produzca un bello libro"? Podríamos pensar, entonces, que el Danubio existe para que lo cante Strauss. Y que Lima, error urbano, para que Humareda nos devuelva su desorden en un olor a aguarrás. Una diablada puneña y a la vez la calle Capón, y esa estilización delicada que le debemos, bajarle por ejemplo el amarillo de "La Quinta Heeren por la noche", porque tenía "mucha luz", a pocos días de irse al otro barrio. No es la primera vez que alguien desde el arte, vuelve un poco más soportable la fealdad cotidiana. Lima en Humareda: amable infierno. Es, sin pretensiones, nuestro Walter Benjamin en pintor filósofo, porque si el otro amó a París porque "servía para callejear", a Humareda, una Lima ya no tan horrible le sirve para borronear bocetos que fundarán su leyenda, porque al pintor de un cuarto de alquiler del "Lima Hotel" en 28 de Julio, le interesaba esta ciudad y sus putas, y sus maricones con tacón, y Pierrot y Arlequín, y los sancochados del Cordano, y los borrachos tirados en la Parada (la de antes, no la de hoy) y la pululación de repente poética del prostibulario jirón Huática. En suma, la ciudad como teatralidad, treta y pesquisa que concluía en torno a su cama maloliente, butaca de la sublimación pictórica de sus calles. O de una conversación con una puta barata, según contaba. Lo bueno no se puede definir, decía otro barroco, Gracián, "porque no se sabe en qué consiste" .
 
Humareda, episodio barroco: lo superior del ínfimo empleo. Por eso no hay melancolía en Humareda, ciertamente un exilio social, pero más bien gozoso, tampoco hay culpa. No fue al encuentro de Lima, la inventó. Al encuentro de sí mismo. No crean demasiado en su risa, también hay sarcasmo. Fiel a nuestra facilidad para la mezcla, fragua un extraño género, lo tétrico-burlón. Por eso no se quedaba con nosotros demasiado en las noches del bar Palermo, lo esperaban en su cuarto de hotel para acompañarlo, otros pintores, Diego Velázquez, Francisco de Goya. Sí, claro, fantasmales, pero cada uno tiene el tamaño de su propia esperanza.
 
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28/11/2006 – Diario La República
 
Por:Hugo Neira
 

El profesor Couffignal en Lima

 
 
No estamos en los días lejanos, 1735, en que tres dignatarios franceses de la Académie Royale des Sciences de París se desplazaron para medir el arco del meridiano terrestre, la increíble aventura de monsieur de La Condamine y sus compañeros, digna de una novela o de una gran película. Pero nuestro país sigue ejerciendo parecida fascinación. Ayer para expedicionarios y hoy para visitantes más reposados y especializados que los "del gran siglo". Pero, por igual, doctos y curiosos.
 
La visita del profesor Georges Couffignal es una buena ocasión de recordar a otros grandes investigadores franceses que le preceden, ya no del tiempo de las Luces sino del siglo XX. Pienso en François Bourricaud, su Poder y sociedad en el Perú contemporáneo es contribución que no olvidamos. Bourricaud registró a la maravilla nuestras costumbres políticas, entendiendo lo que entendíamos hacia los años 60 por "radicalización" o por "criollización", y lo reinterpretó con pluma irónica y método a la vez cercano y distante (a la manera de Max Weber), de ahí páginas deliciosas sobre "el estilo del arquitecto", es decir, de FBT. O el capítulo "la petite gauche", la pequeña izquierda, hasta hoy, hélas, vigente. En esa coincidencia de profesores "peruanistas" de estadía y tesis por estas tierras, marcan época el gran geógrafo Olivier Dollfus, antes que cambiara de amores, el Himalaya en vez de los Andes. Pienso en C. Collin-Delavaud, en su monumental trabajo sobre la economía y la sociedad del entonces sólido norte costeño. Y no quiero extenderme sobre el profesor François Chevalier, quien me llevó a París…
 
Aquel fue un gran momento de la investigación francesa en el Perú. Pienso en Nathan Wachtel, sabio viajero y observador tras sus "dioses y vampiros" en la localidad de Chupaca, en el Altiplano, en cuyas tierras comenzó la carrera que lo llevó al alto lugar de la docencia francesa, al Collège de France. ¿No conoce el lector su Visión de los vencidos? Ya puede enmendar esa carencia en la primera librería. Gran método: archivo y trabajo de campo, etnohistoria, como nuestra María Rostworowski y Manuel Burga. Y de ese tiempo, el etnólogo Henri Favre, que nos sigue visitando. Como lo hace el historiador Lavallé, a quien nuestras universidades, aparte de San Marcos, podrían tomar más en cuenta, autor de una síntesis del mundo colonial, L’Amérique espagnole. No se entiende gran cosa de "la administración del imperio", o de la "reorganización del mundo indígena", sin hojearlo. Estoy hablando de obras de hace una década o más, de una metamorfosis en la comprensión francesa del mundo latinoamericano, no siempre aquí conocida.
 
Couffignal proviene de una disciplina universitaria inquieta por lo contemporáneo, es decir, las ciencias políticas. Sus preguntas y su época, entonces, son otras. Profesor en la Sorbonne, dirige un "Observatorio de los cambios" y es director del Instituto de Estudios Avanzados de la América Latina. Viaja mucho el profesor Couffignal, y en consecuencia, investiga, publica. Sobre la América Central, sobre el régimen de Fujimori, siempre al día. Esas publicaciones pueden encontrarse, algunas, en la Documentation Française. Pero lo que me apresuro a decir es que noté un gran cambio en la investigación. Estos años, primero en la Polinesia y ahora en Perú, no he dejado de leer y anotar los trabajos de Serge Gruzinski, Tzvetan Todorov, y en particular de François Laplantine. La razón es sencilla: al fin se admite la complejidad de nuestras sociedades. Trabajan el concepto de mestizaje reconociéndolo no como una definición sino como un "campo de fuerzas". Es una lástima que siendo los dos primeros mexicanistas y Laplantine un brasileñista, no les parezca, a algunos, decisivos para nosotros. Pienso que lo son, por ejemplo el libro de Todorov sobre la Conquista, sobre lo que pensaba Cortés de Moctezuma y viceversa. Ese ensayo y los trabajos de los autores citados, son una cura en salud contra el repliegue identitario que algunos construyen tanáticamente. Eso que casi lleva a Humala al poder legítimo.
 
Al profesor que nos visita no lo conozco personalmente, lo busqué en París, creo que en 1999, en uno de mis viajes desde Papeete, pero estaba también como yo, en misión. Pero lo he seguido, en particular me impresionó Amérique latine, tournant de siècle, que es un conjunto de trabajos. En francés "tournant" quiere decir giro. Él ha insistido ante la comunidad científica en una mirada empírica para la América Latina. Nos ha seguido en los grandes cambios de estos decenios. En el retorno a las democracias, en el tema de las economías emergentes. A diferencia de los trabajos de los 60, el "tournant" o giro es también el de esas ciencias políticas que representa. Más claras, menos ideológicas. Lo conoceré en uno de esos coloquios de estos días. Sé lo que le preguntaré. En qué consiste esa Reinvención de la democracia, libro suyo de 1992, ahora agotado. Aquel será un conversatorio académico. Pero como se ha perdido el buen hábito de hacer reseñas, yo mismo la haré para este mismo diario. Bienvenido, profesor. En 1932, un peruano en París, muy célebre, hoy completamente olvidado, se preguntaba cuántas maneras hay de definir el espíritu francés (Ventura García Calderón). Entre ellas, señalaba, la ecuanimidad y el horror al caos en una disertación. Estoy seguro de que es lo que apreciaremos. Y añado una por mi cuenta, que no aparece en Ventura: las ganas de decir las cosas. Virtud que se practica más entre españoles y en México, por ejemplo Octavio Paz. El medio limeño es otro cantar. Ya apreciará usted esa mezcla nuestra de amor a la vaga abstracción, cortesanía medieval, elitismo y patrimonialismo. Pero de la cultura en el poder (escasa) y del poder de la cultura (todavía más escasa) ya habrá tiempo de hablar.
 
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15/04/2006 – Diario La República
 
Por: Hugo Neira
 

Tregua de Semana Santa. Mozart

 
 
"A la memoria de Becerra, a sus lecciones de música en el Melitón Carvajal".
¿Cuál será el cómputo final luego de que se cuenten los votos en el extranjero? ¿Quién disputará, Lourdes o Alan, la segunda vuelta ante un Ollanta que los espera? ¿Cuánto se altera el debate dado la firma del TLC por el presidente Toledo un tanto inoportunamente como lo ha señalado en estas mismas páginas Mirko Lauer? ¿Irán a alianzas las fuerzas políticas como lo sugirió a su hora en 'Palabras cruzadas' este modesto observador? Tregua de Dios, días santos. Un poco de espiritualidad. Una de ellas, la música. Algo que nos recuerde, en vez de mirarnos todo el tiempo en el ombligo de la ONPE, que también somos ciudadanos del mundo, abiertos a todas las manifestaciones del genio universal sin agravio de compartir gustos desde la gran música al jazz, el tango, Dina Páucar o el vals peruano. Y así, sin poner ni quitar rey, lo más alto por humano, es decir Mozart. Por algo es su aniversario. ¿Cómo gozarlo?
Es sencillo. Escoja uno de los Mozart posibles, el de los tiempos de crisis, el fatídico 1791. Olvide un momento “la misa para difuntos” más conocido como el Réquiem, y deje entre paréntesis la leyenda del desconocido que acosaba al compositor, el sombrío personaje que lo seguía hasta cuando abordaba su carruaje, con la infiel pero fiel después de todo Constance. Que a su muerte, y con el nuevo marido, recopiló toda su obra. Vayamos de frente, sin perder más tiempo, a una de las maravillas del genio humano. Al Concierto en si bemol, K. 595 en la clasificación de Köche, más conocido como Concierto n° 27. Son 31 minutos de pura dicha. Concierto para piano-fuerte, acompañado de dos violines, flauta, oboes y trompas. Mozart mismo lo ejecutó en piano, acompañando al clarinetista Beer, la noche del 4 de marzo de 1791. Era, no podía saberlo, su último concierto.
Al inicio es una dulce melodía sorprendentemente prolongada, cantan los violines y los oboes, pero luego se une un segundo tema que se va a repetir, lo que se llama un “ritornello”. Y cuando esa escenificación se ha montado, aparece el solista, es decir el pianista, tocando dicen los expertos el “tutti” con la mano derecha, mientras la orquesta retoma ese mismo “tutti”, con las variaciones del caso. Por algo se llama concierto, es decir, acuerdo entre un solista y un conjunto de instrumentos. Pero dejemos los aspectos técnicos, veamos los resultados. Si el solista ofrece una suerte de tema libre, pleno de una melancolía infinita, las modulaciones de las flautas y los oboes juegan sobre la voz del piano, y ese juego no se pierde en los instantes siguientes.
Así, este corto concierto es considerado por la crítica –y no solamente por quien esto escribe, que no pasa de ser un humilde oyente– como un modelo en el vasto continente de la música. Por el desenvolvimiento de los temas iniciales, por las cadencias de la mano derecha del pianista, cadencias libres con las que amaba sorprender Mozart, y ese aire de ligereza, de gracia insólita, como de sorpresa, en fin, por eso que se llama virtuosismo. Ahora bien, cuando pensamos (u oímos, viene a ser en este caso casi lo mismo) que otra vez Mozart se divierte y nos divierte, viene de improviso algún “larghetto”, un “mi bemol” serio, sereno, casi religioso, acaso para recordarnos que la vida es breve, y que no es todo juego, aun la propia y placentera música.
El misterio Mozart: las razones de su turbulenta seducción. Nos alegra, nos entristece, todo a la vez. Después de tres siglos de estudios, la cuestión está en los encadenamientos, sostienen los expertos. Es cierto, pues, que los temas musicales se encadenan graciosamente. En cuestión de segundos, el bordado musical se modifica, tras esas cadencias que cuentan matemáticamente los ejecutantes, y entonces una “coda” puede durar cuatro segundos pero impregnar nuestros sentidos de una emoción distinta. No es la originalidad de esos temas lo propio de Mozart, sus biógrafos señalan para ese Concierto n° 27, que se sirve de canciones, de temas breves, es decir, de pequeños “lied” que existen ya en otras de sus obras, que incluso formaban parte de catálogos de la época conocidos por todos, “lieder de primavera” para que cantaran los niños recogidos por el poeta C.A. Overbeck, que Mozart no podía ignorar, y para el caso le daba igual. La invención musical estaba en la combinación de elementos.
En el concierto que comento, hay pudor, sobriedad en el uso de esos recursos. Como si Mozart hubiese querido no brillar demasiado, no exigir en exceso de quien lo escucha, y así, esta pieza musical se aleja de la exuberancia de las anteriores. Contemplación de la propia música, de la vida misma, impresión de distancia dicen los entendidos al analizarlo. Un aire angélico, me atrevo a insinuar, de intimidad, la obra de un hombre que ya no espera gran cosa del mundo. El movimiento final es lento, de una dulzura contenida, la belleza ya no viene del juego entre instrumentos diversos, el concierto se transforma y adquiere una suerte de purificación final, ni dolor ni alegría sino algo más allá de ambos. El día llega a su fin, el camino de Mozart se detiene, el juego divino de los oboes y el piano se esfuma, el testamento de Mozart se transfigura en algo que es un adiós y no lo es, es presencia más allá del bien y el mal. Este concierto inicia el alma humana de la modernidad. ¿Qué nos dice Mozart en ese concierto crepuscular de 1791? Escrito en enero, morirá en diciembre. La vida es lo que es, es tarea, gozo de la misma, tiene un término pero no debe haber ni temor ni tristeza en perderla. El final de ese concierto n° 27 es, en efecto, vivaz y virtuoso. Así sea.
 
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