A favor de la ética de la responsabilidad

Escrito Por: Hugo Neira 382 veces - May• 10•21

Dejémonos de fingimientos y sutilezas, el país democrático está a punto de colapsar. La descomposición reina en el Perú. La segunda vuelta está cantada. No se juega la victoria o la derrota de la derecha o de la izquierda sino algo mayor, trascendente, la nación misma, la patria, la Soberanía. Cuántos pueblos marchan hacia sus libertades en este planeta pese a considerarse comunistas, ¿y entre nosotros hay ciudadanos que votarán a favor de un marxismo-leninismo trasnochado?! Y quieren eludir que si eso ocurre, es el fin simple de la libre expresión o el de tener una humilde tienda o un negocio privado. Todo va a ser Estado. Pase lo que pase en las urnas, los peruanos van a mirar de frente el profundo laberinto que es el incompleto Estado y también su sociedad. En general creemos que nuestro mal, que es el desorden, proviene de los políticos y eso es una manera de librarnos de la culpa. La corrupción, que ha sido la bandera de varios personajes que llegaron a Palacio, está sembrada en toda la sociedad, arriba, al medio y abajo. Pero si se vota a favor de Perú libre, y se instala un régimen despótico —con el gobierno de unos cuantos, con una nomenklatura como en la Rusia soviética y el actual poder en Venezuela, la situación de anomia y enriquecimiento ilícito alcanzará niveles increíbles.

El abismo que se puede abrir de aquí a unas semanas ha comenzado desde hace veinte años. Un periodo de crecimiento imposible de negar, en el 2001, un 58% de pobreza y en 2017 un 21%. Sin embargo el rumbo político siguió siendo incierto, el camino a la modernidad no se inició, y seguimos con una producción primaria, la de siempre, extracción minera y algo de agricultura. Somos sin duda un caso especial. Cuanto más era exitosa la economía abierta, mayor era el rechazo político. Sin embargo algo parecido ya había ocurrido en nuestra historia. Jorge Basadre, el más lúcido historiador del Perú republicano, ante el aumento de la riqueza tras la derrota en la Guerra del Pacífico, producido de 1900 a 1930, califica ese periodo como «el auge falaz». 

Por mi parte, a mi retorno de Europa, encontré una economía peruana que crecía, al punto que el FMI ubica la del Perú, de 1990 a 2016, entre las mejores. Por mi parte, no lo vi así. Y llamé a esas décadas «la prosperidad del vicio». No es una clasificación sin bases. He aquí lo que ocurrió en Perú, a lo largo de los inicios del siglo XXI.

En esas décadas «el desencanto económico fue mayúsculo, la desconfianza en los políticos al tope. Las encuestas recogían esas emociones que no se confiesan». Todo esto dije en una entrevista para Brecha, Montevideo, 2011. Lamentablemente  anticipaba la desilusión de los peruanos con la democracia. Esa decepción paradójica en Perú, no convencía al FMI, pero en la población era el 60% del peruano de a pie. Y a ese disgusto cotidiano en las capas sociales populares, se suman los escándalos de todo tipo, como la habilidad de Odebrecht, empresa brasileña, para seducir buena parte de la clase política, cosa que también logró en otros países (el Brasil del gran Lula, que no dejaba de ser una suerte de subimperialismo, y no por azar el caso de Odebrecht se hizo público gracias a que lo desvelaron los norteamericanos). El poder en Lima —esa suerte de Mónaco que ignora la vida de las provincias— se volvió una Sodoma y Gomorra. Los diarios, los medios, el lugar de las maniobras y actos ilícitos fueron grabados en audios y dados a conocer en la TV. Y acaso, en ese momento, el sistema de partidos políticos se desmorona por su descrédito. Centenas de políticos, funcionarios, periodistas y jueces.  Como sabemos, tanto los sociólogos como los politólogos y psicólogos, una crisis moral, en sociedades donde no se ha terminado de salir de la pobreza y el subdesarrollo, puede provocar una regresión autoritaria en las urnas. Y ese es el momento de los radicales, tanto de derechas como de izquierdas. Un gran historiador europeo ha dicho que contrariamente a lo que se cree, en la historia hay momentos decisivos. Desde la muerte de César a nuestos días.

Lo que puede pasar ahora no es la primera vez, tiene un antecedente. Hugo Chávez, en vida y presidente, asoma en la vida peruana apoyando a Ollanta Humala. Pero comete un error, llama al candidato Humala «el buen soldado». En ese instante, los peruanos, bien que mal, confiaban en gran parte en su sistema de economía abierta, y entonces, votaron por el otro candidato, Alan García, que había hecho un gobierno muy discutido, en medio de la guerra civil desencadenada por Sendero Luminoso poco tomada en cuenta. (Llegó a ocupar gran parte del territorio, por poco no gana). Volviendo a las elecciones del 2006, Alan García ocupa el espacio del «mal menor». Y así consigue su segundo gobierno, que a partir de una economía abierta fue una de los mejores que tuvo el Perú. Disminuye enormemente la pobreza. Pero el malestar continuaba y Ollanta insiste en el 2011. Su partido se llamaba «nacionalista». Gran parte del electorado vio en él un exmilitar y un mestizo, por lo tanto, cercano tanto al fantasma de la repetición de un militar en Palacio a la manera de Velasco. Esas elecciones eran para cambiar el sistema neoliberal. Pero Ollanta, a los 3 o 4 meses de gobierno, se rinde ante «una hoja de ruta». Las grandes reformas quedaron para un futuro impreciso.

El enigma peruano. ¿Veinte años de descontento social y a la vez de auge económico? Lo primero que podemos pensar es que el descontento de una gran mayoría de peruanos proviene del olvido de las necesidades. Pero los datos estadísticos muestran lo contrario. No solo la pobreza había disminuido, «la vida de una familia popular había cambiado sustancialmente: del 67% que tenía un hogar con alumbrado eléctrico en 1996, en el 2009 sube a un 86,4%. A nivel rural  —talón de Aquiles de la sociedad peruana— las viviendas con disponibilidad de áreas de saneamiento pasan de un 43% en 1993 a un 60% en el 2008. El malestar no podía deberse, pues, a un crecimiento exclusivamente para las capas medias y ricas. En fin, una hipótesis razonable es que el menudo pueblo no había visto crecer dinero en sus bolsillos. Pero otra vez, los datos son desconcertantes. En 1980, el ingreso per cápita es de 890 US $. En el 2009, es de 4’200 US $. Y en el 2017, es de 6’541 US $. Estos índices los exponen el Banco Mundial e Images Economiques du Monde, edición 2017.

Ante el descontento en periodo de crecimiento, puede haber otra hipótesis razonable. Acaso un proceso inflacionario o tal vez una deuda externa exuberante. Es el caso de algunas naciones como la Argentina y sus famosos fondos buitre, pero el Perú ha mantenido en su política monetaria y cambiaria una seriedad incomovible, debido al buen manejo del Banco Central de Reserva. Al punto que más tarde, hubo recursos para el momento crítico de la pandemia. Entonces, ¿los empleos? Tan poco es eso. Mientras se triplicaba el PBI, aumentaba la demanda privada y pública en esos 20 años de bonanza. Hubo más población y gente activa, la PEA pasa de 13,4 millones a 14,8 en el 2009. Para decirlo en pocas palabras, la evolución económica y social del Perú ha sido inversamente proporcional al aumento de la confianza en los políticos, las instituciones y el Estado.

Desechada la economía y la sociedad donde aparecieron clases medias emergentes, es preciso buscar en otros espacios, más cerca acaso de las mentalidades y lo subjetivo. Una de las interrogantes, en la sociología de movimientos sociales de descontentos, puede no ser de orden económico sino de otro, moral y étnica. Lo llamaríamos los sentimientos de injusticia. Su protesta y rebelión no proviene necesariamente de los partidos políticos. No es casual, en este caso, que en la primera vuelta quien ha alcanzado la mayor votación ha sido un líder campesino y a la vez, profesor de primaria, para asombro del resto de la sociedad peruana, Pedro Castillo. Podemos investigar mucho más esa fuerza colectiva, otros actores, otras estrategias. Pero sin olvidar que en la primera vuelta, los aspirantes a la presidencia no representan las «grandes mayorías» como lo han sido las elecciones del 2016 con PP Kuczynski, del 2011 con Ollanta, del 2006 con Alan García, y del 2001 con Alejandro Toledo. Y más bien por el parlamento, Valentín Paniagua en el 2000, ante la fuga y renuncia de Alberto Fujimori. ¿Se buscaba algo nuevo? La mayoría de los expresidentes, del 2001 a la fecha, han pasado por «prisiones preventivas». Si se suma a ese descalabro la pandemia y sus muertes, se entiende que la ocasión de unas elecciones era y es la peor. ¿Cómo razonar serenamente? Las pasiones personales o colectivas siempre están presentes en las decisiones políticas, pero esta vez, al máximo.

No olvidemos que el Perú está en un continente en que el sentido de pertenencia —la identidad para decirlo de otra manera— se está perdiendo en sociedades cada vez más fragmentarias, a raíz de los efectos socioeconómicos del neoliberalismo. Y entre ellas, el Perú es acaso el más fragmentado. En el Perú siempre ha habido un mosaico de perspectivas. Es muy difícil todavía hablar de la «sociedad peruana». El Perú se explica por ser, en términos de comportamientos y mentalidades, por lo menos dos grandes culturas. La criolla y la andina. Ambas provienen de los desechos del Tahuantinsuyo, la Conquista, el periodo colonial, la República en el XIX en manos de los blancos y los conflictos etnopolíticos en el curso del siglo XX. Dos grandes culturas que cohabitan y que tienen reivindicaciones y vocaciones diferentes. Si el neoliberalismo produce grandes brechas en sociedades que llevan siglos de cohesión, ¿qué se puede esperar de un país tan complejo como el peruano, donde la cohesión social es lo que menos interesa? Una vez más, dos índices escalofriantes. Aunque subían los ingresos —antes de la pandemia— la cohesión que necesita la nación disminuía. El Perú es el país que menos cumple en su obligación tributaria. Y en las encuestas que se han hecho, para vivir bien, el tipo de formación universitaria preferida, en Bolivia y en Perú, es una carrera corta para el 39% contra un 40% que prefiere una buena formación para un buen trabajo. Y en cuanto a buenos conocimientos —que significaría que se preparan para dar un salto a la sociedad industrial y posindustrial— solo un 3% en Bolivia y apenas un 7% entre los jóvenes peruanos.

Con tal mentalidad, el Perú no saldría nunca de lo que se llamaba el Tercer Mundo. Las grandes obras como las que necesita el país —ferrocarriles, carreteras para los dos millones de campesinos propietarios después de la Reforma Agraria de 1969— no entraban en las agendas del Estado. Hasta que vino la pandemia.

Es y sigue siendo un gran mal. Pero nos abrió los ojos. Descubrimos entonces que no éramos el país que estaba a punto de entrar a la OCDE. Nos dimos cuenta de que lo que llamábamos ‘los informales’ era una solución siempre inestable y momentánea. Y de pronto, que la pandemia, por las cuarentenas, hacía perder millones de puestos de trabajo y a la vez, mataba familias  enteras con casas pequeñas o insalubres en las capas pobres de la sociedad. Descubrimos que nuestra organización social era precaria, tanto como el Estado y la sociedad. Y que muchas cosas deben reformarse, siempre y cuando sigamos teniendo libertad y el Perú sea de los peruanos.

¿Por qué digo esto? El Perú sigue siendo un país con recursos que no existen en otras sociedades.  Entonces, la votación de la segunda vuelta, en junio, no es un tema únicamente peruano. Lo que me inquieta es la geopolítica continental. Por mi parte, no es que el partido Perú Libre sea comunista, lo admitiría si fuera la decisión de los ciudadanos. Aunque sea una regresión. Pero eso no sería sino el primer paso a algo peor: volveríamos a ser colonia. Cuba ha logrado algo increíble. Colonizar y dominar otra república latinoamericana. O sea, Venezuela. Pero ni la una ni la otra tienen lo que tiene el Perú, pese a sus problemas. Tenemos en los Andes cuatro enormes cuencas, Cuzco-Puno, Junín y Huancayo, y la cuenca de Cajamarca. Lo que puede producir una de esas cuencas puede alimentar las hambrientas La Habana y Caracas. Eso quieren, pero no comprando sino dominando. Y entonces, los campesinos que votarán por PL serán los nuevos yanas de sus nuevos conquistadores. Estamos en el siglo XXI, la cuestión de la globalización hace que nuestras opciones políticas dejan de ser nacionales. Y entonces, lo que se juega, el 6 de junio, no es si gana la pareja Pedro Castillo y el señor Cerrón. La cuestión es si perdemos la Soberanía. Si volvemos a tener virreyes. Años atrás, Nicolás Lynch escribió ¿Qué es ser de izquierda?. Y establece dos tipos de organización: izquierdas autoritarias e izquierdas democráticas. Hoy, las últimas se han esfumado. Solo quedan las primeras. El Apra era una suerte de socialdemocracia en un país de indios, criollos y mestizos.

Entonces, ¿qué nos queda? La nación como salvación. Pero eso nos va a costar un esfuerzo enorme. Nuestra crisis no es solo la salud, la pérdida de empleos, sino una crisis de lo peor, una crisis ética. El gesto que nos salve es de contenido ontológico. Sí, pues, es filosófico y moral. No somos un país acostumbrado a la filosofía, tuvimos uno que otro curso y por lo general, profesores de filosofía. Pero hoy, al borde del abismo, tenemos que elegir entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. Fue una idea de Max Weber. Y las mismas ideas luego, en el filósofo alemán Jonas. Es simple y terrible. ¿Los peruanos serán los siervos de los cubanos? ¿Es así el fin histórico del Perú? Hemos llegado a esta situación acaso porque tuvimos una serie de presidentes improvisados, salvo un par de políticos, Paniagua y Alan. Y hoy es preciso un esfuerzo enorme, de orden moral y patriota.

No es fácil olvidar por un momento la convicción. Muchos de mis amigos y colegas no admiten de ninguna manera a Keiko y a su fujimorismo. Los entiendo. Yo mismo, nunca lo fui. Pero queda la ética de la responsabilidad. Queda lo que puede hacer la pareja Castillo-Cerrón, que tiene tales propósitos que se niega a declararlos en debates electorales. Son un agujero negro, lo digo como metáfora. En el cosmos existen pero no sabemos qué tienen dentro. Por lo demás, la ironía que el Perú se pierda justo para su Bicentenario…

Cuentan que Diderot —el ilustrado francés que crea la Enciclopedia— había escrito una carta titulada «Carta para ciegos». Eso es mi caso. No entienden algunos que las patrias acaso no son inmortales. ¿No desapareció Yugoslavia, fragmentada entre serbios, croatas, montenegrinos y musulmanes, etc? Cuando la situación es extrema, el alma misma sufre de imponerse a sus propias creencias, en nombre de algo trascendente. Fue el caso del encuentro entre el presidente Roosevelt, Churchill y Stalin, en secreto y peligrosamente, en Yalta. Eran tres hombres de Estado que se detestaban. Para Stalin, el inglés conservador que era Churchill era alguien que hubiera mandado a matar inmediatamente. Lo mismo Churchill que estaba al tanto de los crímenes de Stalin que había fusilado a la guardia vieja bolchevique, la gente de Lenin. Lo mismo el americano. Pero la guerra y la política son así. Por encima de todo, había que vencer a Hitler. Este caso, muy conocido, puede que nos ilumine. A veces hay que hacer lo que no nos gusta, en nombre de la patria.

Sí, en nombre de la patria. Yo les digo, cuando mi padre súbitamente tuvo un infarto, yo estaba en Francia y era Navidad, y muchas gentes volaban para encontrar sus familias. Y no puedo olvidar a la funcionaria de Air France en aquella noche buscando una ruta, que fue la de salir de Francia a Canadá y de ahí a otro avión en los Estados Unidos, y al fin, Lima. Mi padre ya había muerto. Me reclamó hasta el último minuto. Ahora mismo me saltan las lágrimas. El féretro se lo echaron a la espalda mis camaradas del CEDEP, Pancho Guerra García, Carlos Franco,… Pues bien, tan duro como la muerte de un padre es la muerte de tu país. Lo digo porque este es el riesgo que corremos. No quiero creer que desapareciera el Perú por unos cuantos ciudadanos que no evaluaron el riesgo de perder la patria. Por esto, en esta columna que puede ser de adiós, insisto en que la ética de la responsabilidad es la solución. No hay otra. Tendremos entonces el tiempo necesario para las grandes reformas que la sociedad y el Estado necesitan.

Podemos hacerlo sin desenterrar el modelo de Lenin e imponerlo en un país, que mal que bien, ya se ha acostumbrado al uso de la libertad. Lenin tenía sus razones, en una Rusia de campesinos mujik que adoraban a su zar. Queremos democracia para más grandes reformas. El Perú ha perdido varias ocasiones. Después de Velasco. Después de la caída de Abimael Guzmán. La pandemia nos ha abierto los ojos. Y también la presión del candidato Castillo. En política y en el pensamiento, existe la tesis y la antitesis. Hoy es escuchar a los que quieren cerrar Congresos, empresas privadas y lo que sea. En ese caso, el partido Perú Libre cae en el mismo defecto que el resto de los partidos y tendencias peruanas. Se maneja nuestra vida pública no incluyendo sino excluyendo. Tomar el poder y ejercerlo como un sultán, es algo que nos ha ocurrido a cada rato y nos ha llevado a nada. Luis Alberto Sánchez nos describe un «Perú adolescente». Esperamos que por un milagro, el joven presumido se porte como un adulto. Pasando el mal rato de votar por lo que no nos gusta con tal de salvar la patria.

Publicado en El Montonero., 10 de mayo de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/a-favor-de-la-etica-de-la-responsabilidad

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