Béjar, cronista

Escrito Por: Hugo Neira 1.498 veces - Oct• 19•15

«El elefante es irrefutable». Me trota esa frase en la cabeza. Me trota porque Béjar es real y las guerrillas de los 60. Y su derrota. ¿Pero estamos seguros de eso? ¿Y qué fue la reforma agraria de los militares sino la distribución de tierras de hacendados y el adiós al gamonalismo? Y dar paso a un país de millares de nuevos propietarios, expongos y yanaconas. Los Andes de hoy.

¿Cómo hago para cumplir con esa regla mínima de la contextualización ante el libro de Héctor Béjar, y de lo que contiene, en el Perú actual cuyo nuevo dios es el Mercado? Y los jóvenes quieren iPod, laptop, moto, depa y negocio propio, ¡ya! Y lo de la Kalashnikov les es inverosímil. Para los no entendidos, la AK-47, o fusil ligero.

¿Cómo hago? Y me sopla al oído el ángel de la guarda: habla de la atmósfera de los 60. Y en efecto, ese tiempo peruano cabe en una metáfora político-militar: vanguardia, conflicto, lucha, correlación de fuerzas, estrategia, táctica. Así pensábamos. No solo el ELN de Béjar y sus compañeros. Hegemónico el discurso de las armas en el aprista rubio y trujillano de la Puente Uceda que se fue a morir a Mesa Pelada. Y en el MRTA, que resbala de la utopía a la cubana al secuestro de gerentes. No todo fue la muerte poética de Javier Heraud.

Retorno a la guerrilla no es  ni regreso a las  armas ni reflexión sobre la guerrilla, eso ya lo hizo Béjar. Tampoco es Memoria, género para pedantes pero también para que un Chateaubriand político se revele gran escritor. Pero no creo que la haya escrito de un tirón postoperatorio. Las ha compilado —páginas del tiempo vivido— ahora del tercer Béjar. Profesor y pensador. Libro sincero hasta el desdoblamiento del yo del autor en dos personajes. Por un lado, Calixto, el guerrero que se asombra de su propia dureza. «Ahora que han pasado tantos años digo: (…) se había endurecido dentro de mí haciéndome resistente a las impresiones de la muerte (:331).» Y hay el otro álter ego de Béjar, se llama Bernardo, el que se alegra de volver a la vida corriente, como todo mortal.

En esas páginas, hablan muchos peruanos. Y esas conversaciones están recogidas con las artes del oficio de escribir. Hay, pues, mucha oralidad. Se les escucha decir cosas ciertas y conmovedoras. Sus ilusiones, sus miedos. Pero no la crean ficción. No es novela. Nada es inventado. Acaso es una crónica. Sí, de esas del XVI cuando los conquistadores al pie del vivac, escribían a cerca de un país que comenzaba a llamarse Pirú. No hay muchas crónicas de guerreros, ni la bitácora de Grau ni hay un carnet de vida de Piérola. ¿Para qué? No nos interesa el pasado. Aunque se sabe el precio de ese error: pueblo que ignora su historia la repite.

Béjar deja hablar a la sombra de sus muertos. Y si describe a los guerrilleros, también a los militares. No los idealiza, hubo remates y torturas, pero también se hablaron. En un momento del relato el ya vencido y cautivo guerrillero Zapata Bodero (existió) responde a un militar que lo interroga.

Nosotros queremos resolver los problemas sociales por la única vía posible, las armas. Todo lo demás está agotado.

El militar que le escucha «arrastró la silla y luego tomó asiento con las piernas abiertas, las botas enredándose en las patas metálicas». El militar está intrigado por esos guerrilleros. Y le suelta a la cara su sincera opinión:

 – Zapata, ustedes están locos. El tono es ahora paternal. Lo escucha y luego le espeta:

Tú has sido dirigente sindical. Has tratado de levantar a los obreros de Cachimayo. Pero también sabes que ellos no querían otra cosa que salarios más altos para comer mejor. No querían la revolución.

Eso es lo que tú piensas, contesta Zapata. Nosotros creemos que estamos abriendo un camino.

Aguilar sonrió irónicamente y movió la cabeza de un lado a otro.

– No. Están perdidos, Zapata, están perdidos (:343).

Textos inspirados en lo real. Como el elefante de las primeras líneas.

 

Publicado en El Montonero., 19 de octubre de 2015

http://elmontonero.pe/columnas/bejar-cronista

 

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