Carta de un amigo sobre la muerte de Fidel

Escrito Por: Hugo Neira 1.195 veces - Dic• 03•16

Querido Hugo:

Brillante trabajo el tuyo. Lo dejas en el punto que corresponde para que tu inmensa lectoría saque sus conclusiones. Perdóname por utilizar tu espacio para poner puntos de vista adicionales, escritos comentando un texto también muy bueno, de Germán Luna.

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Comentando un estupendo trabajo de Germán Luna, que enorgullece a los apristas:

¿CUBA Y EL PERÚ: IGUALES REALIDADES, IGUALES SOLUCIONES?

Saludo con admiración tu estupenda nota sobre la muerte de Fidel. Comentarios así, esperaría de otros compañeros que lucen en sus oficinas, bibliotecas y casas muy orgullosamente fotos en las que aparecen al lado de el líder cubano, y que ahora guardan metículoso silencio por temor por o por cálculo.

Claro, Germán, que está pendiente aún el veredicto de la historia. Nadie podrá quitar a Fidel,  sin embargo, su sitial entre las figuras más importantes del siglo XX en el mundo, para, por lo menos, la mitad de la humanidad, entre la que se encuentra lo más selecto de ella.

Si lo juzgáramos desde nuestra perspectiva ideológica, mirándolo a través de los cristales que nos dejó Víctor Raúl, es probable que nuestra mirada relativista fundada en la tesis del Espacio-Tiempo-Histórico, nos daría como resultado una mayor comprensión del fenómeno fidelista y de sus consecuencias.

Ver el mundo desde el Sur de América del Sur en territorio continental situado a buen recaudo respecto del enemigo común de la época, no es igual a verlo desde una frágil isla del Caribe, rodeada por islas más frágiles aún y por países centroamericanos tanto o más frágiles todavía. Tendríamos que recordar la larga historia colonial y republicana de esa parte del mundo llamada Caribe, tan dolorosa y desgraciada, pagando tributo a la brevedad de sus territorios y al dominio que sobre ellos ejercían media docena de países europeos además de los Estados Unidos, que trasladaban sus conflictos de ultra mar a tierras insulares y continentales de América Cental y mares adyacentes.

Tendríamos que verla desde la óptica de territorios tomados por gigantescas empresas predominantemente norteamericanas que explotaban inicuamente a sus poblaciones en faenas de caña de azúcar y frutales; y que sofocaban a sangre y fuego con intervenciones armadas, cualquier demanda o ideal de independencia.

Tendríamos que remitirnos a pocos años antes de la insurgencia cubana, cuando la revolución democrática del compañero Jacobo Arbenz en Guatemala, fuera avasallada por los ejércitos imperialistas del norte que se atrevieron a pisar suelo continental, ofendiendo con ello a toda América Latina, sin que nuestros países hermanos pudiéramos hacer nada por él. Tendríamos que tomar en cuenta el caso de Nicaragua y el gran Sandino, amigo de Haya de la Torre, en cuya insurgencia estuvo a punto de enrolarse nuestro entrañable Jefe Víctor Raúl.

Tendríamos que observar desde la perspectiva de una América que hacía poco tiempo había aprobado tratados interamericanos impulsados por el APRA de Víctor Raúl, que prohibían que país alguno, por la razón que fuera, allanara ni un solo metro cuadrado de otro estado, y que pese a ello, con mil argucias las fuerzas armadas norteamericanas y la CIA ingresaban y salían de los países del Caribe, como por su casa.

Tendríamos que sumar a ello, la manera cómo el capital norteamericano había prostituido a la patria de Martí e indignado a un pueblo que luego de ser colonia española, pasó a colonia de los Estados Unidos sin haber saboreado la plenitud de la independencia que ya vivían prácticamente la totalidad de países de América Latina, al empezar el siglo pasado.

Pues bien, llegó el tiempo en que el pueblo cubano no pudo soportar un día más la tenebrosa dictadura del mayor opresor del Caribe, Fulgencio Batista, que en complicidad con el imperialismo de la época tenía secuestrado el cuerpo y el alma de la isla antillana y entonces, Fidel Castro, con un puñado de héroes, subió a la Sierra Maestra para poner en marcha el más grande movimiento insurreccional de repercusiones mundiales, que recuerda la América Latina.

Está claro pues que la realidad cubana y caribeña en general en casi nada se parecía a la de los países sudamericanos, salvo en que en ambas regiones se lloraba en español.

Cuando triunfante la Revolución Cubana en medio del júbilo del mundo, se aprestaba a organizar un gobierno democrático, se escucharon tambores de guerra: los norteamericanos gobernados por el republicano General D. Eisenhower estaban organizando una invasión generalizada a la Isla que empezaría por la Bahía de Cochinos, con la complicidad de países y gobiernos del entorno, cuyos soldados hablarán español, para simular una insurrección de cubanos contra cubanos. El destino de esa insurrección armada, no podía ser otro que el de la pobre Nicaragua. Cuba sería barrida del mapa por el atrevimiento de haberse parado fuerte frente a la nación más poderosa de la tierra.

A la sazón en el mundo se desarrollaba una Guerra Fría que enfrentaba a las dos mayores potencias: la URSS y USA. Para los Estados Unidos, América Latina y sobre todo, el Caribe, constituía el «patio trasero» de su casa. Fidel debía escoger: o permitía que Cuba fuera arrasada por la invasión en ciernes, o se alineaba bajo la protección soviética. Ante el panorama de una América Latina que en la práctica lo dejaba solo, optó por el comunismo. ¿Hizo bien o hizo mal? Eso es lo que ha de juzgar la historia. Cuba y Perú, realidades diferentes, ¿también caminos diferentes? Haces bien, querido Germán, en dejar el tema donde lo has dejado y no sumarte a quienes por ignorancia o repetición vacía de consignas lanzan piedras a la historia.

Todo lo que sostengo en estas líneas escritas a la carrera, lo puedo documentar, si es que me das la hospitalidad de tus páginas.

Un abrazo, compañero.

Alfonso Salcedo

 

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