Cervantes y Sancho, desde Salamanca

Escrito Por: Hugo Neira 168 veces - May• 11•20

El asunto de «Don Quijote y la necesidad de Sanchos sensatos», me ha ganado una lluvia de mails. Me suele ocurrir, pero esta vez me sorprende. Llegan del Perú pero también de amigos lejanos. Por ejemplo, un amigo colombiano, Juan Carlos Consuegra, cuya amistad se inicia en París. Otro desde la Polinesia francesa. Y desde España, Manuel Alcántara, profesor en la universidad de Salamanca. En su caso, vino el mail acompañado de un trabajo suyo «Política en El Quijote». Y le escribe a Claire: «me encanta la sintonía que tengo con Hugo». Para ser más claros, debo decir que Alcántara es eso que se llama un «americanista». Dicta clases en Salamanca pero por lo general, pasa el mayor tiempo en América Latina. Por lo que sabemos, en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Los americanistas son todos aquellos profesores e investigadores que estudian nuestras sociedades. Los hay norteamericanos, europeos, ingleses, aunque no lo crean, japoneses y en la India. Los hay obviamente en España y Alcántara nos conoce. Lo que sigue es apretada reseña de su texto, y acaso una conversación sobre el poder y las letras.  

Nada mejor que comenzar con una pregunta. Siendo un profesor de ciencia política, ¿por qué acude a un texto literario? La respuesta: «El ámbito de la ficción es un terreno cada vez más extendido en el uso del análisis político». Sin saberlo, es lo que estoy haciendo en estos meses de cuarentena, reviso obras de la literatura peruana, tras los personajes del relato desde el «jaguar» de Mario Vargas Llosa, los líos en una quinta limeña en Julio Ramón Ribeyro, o el «niño Julius» —«la pérdida de la inocencia», dice José Miguel Oviedo, y el «descubrimiento de una realidad más compleja y vasta de lo que la educación familiar de Julius quería inculcarle». El Quijote, que es literatura, nos dice Alcántara «brinda innumerables pistas desde el humor y la ironía para la comprensión de varias dimensiones del ser humano y, como consecuencia, sobre su posición ante la política, entendida como las relaciones de poder pensadas en el ámbito público». Y como buen académico, se pone él mismo en cuestión. «¿Qué hace un hidalgo loco dando atinados consejos sobre buen gobierno? ¿Se puede formar a un campesino inculto y ambicioso en el arte de gobernar teniendo como único aval su propia ambición? ¿No seremos los politólogos quijotes empeñados en intentar adiestrar a falsos escuderos en nuestro tesón por abordar cuestiones ligadas a la calidad de la política o a la de los propios políticos?»

Ahora bien, por razones evidentes, elegimos tres temáticas que envuelven tanto a Sancho como a don Quijote. Lo que hizo Sancho como gobernabilidad en la Ínsula Barataria. Los consejos previos que le había dado don Quijote. Y las cartas que circulan entre Sancho y Teresa Sancha (su mujer) y la hija, Mari Sancha, a quien Sancho, mientras es Gobernador, le pide a su familia que se ocupen de su educación porque la prepara para ser princesa.  

En cuanto que gobierno, Alcántara explica que hubo dos actividades. Unas ordenanzas de Sancho, es decir, unas medidas inmediatas de su parte, ante pobres de solemnidad. «Moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por parecerle que corría con exorbitancia.» Luego, «puso tasa en los salarios de los criados». La tercera, «puso gravísimas penas a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día». Podemos suponer un pedido de los habitantes de esa aldea o ciudad —nunca se dijo cuán grande o pequeña era la ínsula—, debieron meter ruido y juerga en una aldea de campesinos. La cuarta era los ciegos, cantaban milagros y coplas, pero a Sancho le parecía que «los más que los ciegos cantan son fingidos, en perjuicio de los verdaderos». ¿Qué hizo el gobernador Sancho para separar los falsos ciegos y los de verdad? Pues «creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para que los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y de la llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha». Todo ello, en el texto de Alcántara y directamente extraído del Capítulo LI,2a parte.

¿Cómo le fue? No muy bien. Lo que le pasa a casi todo político. Alcántara: «Sancho Panza deja la ínsula afirmando algo que le acompañará en el futuro y que resume su autocrítica constituyendo, a la vez, un programa de mínimos de indudable contenido ético, ‘no he tocado derecho ni llevado cohecho’». Vaya síntesis. La deberíamos colocar en algún lugar visible del Palacio de Gobierno de Lima. Y Alcántara, continuando cómo le fue a Sancho, lo presenta muy despierto. «Toma conciencia de que el poder se parece a ‘las torres de la ambición y de la soberbia’. Y se dirige al mayordomo, al secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a otros muchos presentes en unos términos que traducen su amarga derrota en clave de su ensimismamiento y autocompasión y en palabras que se pueden encontrar en declaraciones de políticos actuales dimisionarios: ‘abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente’». Para Alcántara, el desenlace es de decepción. Y magistralmente, interviene Cervantes, con un breve, «calla, Sancho».

Y todo lo que le aconsejó el mismo Don Quijote. «Iréis vestido parte de letrado y parte de capitán», «que seas limpio, y que te cortes las uñas … no andes desceñido y flojo … anda despacio». «No comas ajos ni cebollas … come poco y cena más poco … sé templado en el beber… no mascar a dos carillos». Claro está, no falta «has de temer a Dios». Y Alcántara se detiene en este consejo notable: «Haz gala de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores». O sea, campesinos. «Y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio». Hay un criterio de humanidad, dice Alcántara, en esos consejos: «al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio».

Pero no nos equivoquemos, Sancho, gobernador o no, no es un santo. En la carta a su mujer —con «rotunda claridad», dice Alcántara—, le dice «de aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mesmo deseo (Capítulo XXXVI, 2a parte).» ¿Quiere decir esto que Sancho fue un aprovechador? Cervantes nos da la respuesta: conversan Don Quijote y Sancho,  «si el gobernador sale rico de su gobierno, dicen d’él que ha sido un ladrón, y si sale pobre, que ha sido un para poco y un mentecato». Y Sancho dice «me han de tener por tonto que por ladrón». Convendría que ministros y congresistas juren, delante de la Biblia, la Constitución y El Quijote de Cervantes, preferir pasar por idiota que por canalla que se lleva la plata del pueblo.

Amigo Alcántara, en cuanto al quijotismo como filosofía y conducta, en la América Latina también han incursionado en ese tema. Recomiendo, pues, lo escrito por Mariano Picón Salas, venezolano, admirable ensayista como el mexicano Alfonso Reyes. Hubo —dice— «un hidalgo pobre», en era crepuscular, y quiere conciliar la pluma y la espada. Y entiende que la vida es trampa e ironía. Y si no hay caballería hay que inventarla. Y ese Quijote no es otro que el mismo Cervantes. Gracias por el envío y por concedernos la licencia. El amable lector puede acceder a las páginas de su ensayo editado por la AMECIP, en versión electrónica: https://amecip.com/publicaciones.php

Posdata: Inaceptable la actitud del ministro de Salud Víctor Zamora ante los médicos en estado grave en la ciudad de Iquitos. Necesaria la indignación del cuerpo médico y sus instituciones.

Publicado en El Montonero., 11 de mayo de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/cervantes-y-sancho-desde-salamanca

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