Crisis de representación y el fenómeno populista

Escrito Por: Hugo Neira 243 veces - Ago• 13•21

Introducción

     José Arico, argentino y gran conocedor de Marx y del marxismo, fue quien sostuvo que el fundador del marxismo no alcanzó a entender el caso histórico de la América Latina. Puede ser, pero no alcanzó a explicarnos los populismos de su tiempo, entre ellos, el peronismo. En efecto, se puede aplicar ese concepto a ese prolongado fenómeno social y político, diría casi una manera de hacer política en la Argentina, y que es el peronismo. Sería un error conceptual por una sencilla razón. Para que haya un bonapartismo es preciso contar con algo que tenía tras de sí el sobrino de Bonaparte. En 1848, Napoleón III contaba con una nación. La nación francesa. La que había producido la revolución de 1789. Y en el momento en que el Príncipe se hace dar una “presidencia vitalicia” contaba con la burguesía industrial y una inmensa capa rural de propietarios. En cambio, en América Latina, desde los años 30, los populismos y sus líderes (Perón, Getulio Vargas, MNR boliviano, aprismo peruano) llevan consigo en el vientre la posibilidad de una nación. Y se enfrentan a sociedades poscoloniales que no han hecho del todo su transición a la modernidad. No es lo mismo. Aquí los populistas no heredan un poder. Tienen que inventarlo. En sociedades que no tienen Estado sino gobierno. Además, en sociedades que no han tenido ni revolución industrial ni revolución social. De alguna manera compiten para reemplazar tanto a las elites liberales como a las elites socialistas.

Pero decir esto únicamente sería ocultar la complejidad del fenómeno. En efecto, su ambivalencia. Puede provocar sistemas de acelerado cambio social como nuevos tipos de autoritarismo. Confesaré, por mi parte, que creo que es un tema capital y extremadamente enredado. Las ciencias políticas inspiradas en sociedades avanzadas y capitalistas no nos ayudan a entenderlo. Lo ven como patología. Mientras a la vez avanzan en Europa los movimientos de xenofobia y ultraderechistas.

     El populismo es una realidad reciente. Y lo es en estos días, en Europa. Y el caso más llamativo, los “chalecos amarillos” y su violenta aparición en París y varias ciudades francesas. Pero no es el único caso. Hay emergencias que no sabemos cómo llamarlas y cómo situarlas. Esos fenómenos son un dolor de cabeza para los demócratas de izquierda o de derecha y también para los investigadores. No los podemos encontrar ni en Aristóteles, Tocqueville o en Marx, que no pudo entender al lumpenproletariado de su tiempo, menos estas oscilaciones del pueblo y de profetas y magos, reales o supuestos. Aparecen cuando las democracias liberales u autoritarias parecen agotar sus recursos. Tema del presente.

     ¿Son una patología o una corrección de democracias? ¿La resistencia de los pueblos a las elites o la carencia de estas? ¿Una crisis de instituciones o la tiranía de masas? ¿Por qué no falta en ellos el culto al Jefe? ¿Es un giro conservador, hacia una fase regresiva, siempre latente, la tentación de lo comunitario sobre el individuo? ¿Son la antipolítica? O como dice Laclau, ¿otra lógica social y un modo de construir lo político? ¿O son, como los he llamado hace años, un ‘cesarismo’ moderno?  ¿Y hacia dónde se orientan, hacia una democracia a la vez liberal y social, o hacia un nuevo tipo de totalitarismo? Y esta vez no en Europa sino en este continente que un poco excesivamente se llama Nuevo Mundo, cuando la carga de vicios y defectos lo hace un continente que, en política, es un desván de muebles abandonados.

Polisemia del término

     En la reflexión sobre el populismo es corriente inscribirlo en dos registros. Por un lado, y significativamente —dice Pierre-André Taguieff— populismo se usa en opiniones polémicas. Deriva populista, tentación populista, peligro popular. Es el registro negativo, además del desdén por el programa, las ideas e intelectuales y la posibilidad de confiar en un jefe carismático, arbitrario y autoritario. El segundo registro esta vez positivo, es que llaman al pueblo (aunque el concepto tenga muchos matices y novedades en el tiempo en que vivimos) y piensan en “las aspiraciones populares”. Es lo que más los distingue, según la academia. “Valorizan el pueblo y en contra de las políticas institucionales consideradas corruptas o podridas” (Dictionnaire de la science politique, Guy Hermet). Populismo y pueblo van juntos, al menos en la retórica y en las intenciones. En cambio, los liberales suelen enlazarse a los imperativos del  mercado, y los socialistas consagrarse a adquirir los poderes casi mágicos del Estado y el poder. El populismo o los populistas son siempre una irrupción. El tema tiene un carácter de urgencia. Es todo el sistema de legitimidad y las formas mismas de la representación tradición y legal las que quedan concernidas, si es que no puestas en cuestión.

     Desde que aparecieron —y no en la América Latina ni en la Europa de los años treinta sino en la Rusia del XIX— han sido víctimas del desdén. En esa cadena de desprecios fueron los Naródniki rusos los primeros, en ellos solo vieron los bolcheviques de Lenin un tipo de romanticismo agrarista. Craso error, estaba el pueblo ruso. Luego, el concepto da un salto astronómico y lo aplican a las políticas del New Deal en los Estados Unidos, aquellos que no estaban de acuerdo. Es un precedente, cada vez que se intenta una nueva versión de orden financiera, todo lo que no sea economía del costo/beneficio, es tachada de  incorrecta, es decir, de populista. En los años cincuenta, resultan populistas también los macartistas, luego Ross Perot. Y el general De Gaulle, una forma de explicar sus éxitos en las elecciones francesas. Pero igual a Franco, que nunca recurrió a las urnas, y al Ku Klux Klan. Y cuando destacaba un líder africano, por ejemplo el presidente Nyerere en Tanzania, también se le interpreta como populista. Se le había ocurrido a este mandatario desconfiar del sistema capitalista y lanzar una suerte de socialismo humanista, el ujamaa, que significa, en traducción aproximativa, darle importancia “a la educación, la salud, y recomponer las aldeas”. O sea, si ese programa hubiera sido el de un gobierno socialdemócrata sueco o noruego, habría pasado como “acción social”. Lo que sigue es predecible, su sucesor, Ali Hassan Mwinyi, acepta las condiciones del Fondo Monetario Internacional (Le dictionnaire historique et géopolitique du 20° siècle, 2000). En suma, si el populismo es arbitrario, también lo son quienes lo repudian. Al punto que a veces no cuenta tanto saber quién es populista sino su contrario. Laclau dice que populismo no es concepto peyorativo, no lo será para él, en los hechos lo es. Entonces, el análisis es forzosamente doble. Hay que preguntarse qué lleva a las masas a seguir un líder populista. Y su contrario, por qué se le repudia. La negación es tan reveladora como la adhesión. Dime qué tipo de antipopulista eres, y te diré quién eres.

     Sí, es peyorativo, habitan en él insultos, prenociones. ¿Es populista todo régimen que se resiste a los organismos internacionales? La premisa no funciona en el caso de Alberto Fujimori que arrancó la economía peruana del proteccionismo del Estado y privatiza empresas públicas, pero igual es etiquetado populista. Acaso por los manejos de clientelas que explica Yusuke Murakami en La democracia según C y D (2000). Entonces, no es un tipo de economía sino de retórica de gestos y parte de la seducción política. Populistas, entonces, Juan Domingo Perón, Haya de la Torre, no por azar, grandes oradores. Pero ¿siempre el líder populista es un gran orador? La etiqueta se aplica también a Getulio Vargas que no lo era por sus discursos sino por el tipo de Estado que establece en el Brasil. En ese caso cae en un tipo distinto de clasificación de “nacional-populistas”. Entonces, el rasgo principal no procede de una economía ni de un estilo político sino del tema de la construcción del Estado-nación en sociedades extraeuropeas. Pero en ninguna de estas categorías cabe Bernard Tapie, el hombre de negocios francés que incomodaba a la clase política, porque de alguna manera discutía el binomio derecha/izquierda de siempre. Tapie jugaba a parecer un tanto vulgar, era un coqueteo, pero funcionaba. Lo mismo le van a decir a Sarkozy y al italiano Berlusconi, dueño excesivo de medios de comunicación, “telepopulismo”. Obviamente a J-M. Le Pen y a Marine Le Pen. Porque tienen público. Entonces, se trata de populistas a los que pone en cuestión la tipología misma del sistema. A los rupturistas, a todo lo que no está en el juego clásico de una determinada clase dirigente. ¡A los outsiders!

     Un trabajo de Guy Hermet, profesor en Ciencias Políticas de París, publicado por Fayard, nos presenta un abanico desconcertante. Habría un antecedente, la revuelta de las “manos negras”, o el People’s Party de los modestos granjeros americanos por 1890. Y populistas lo encuentran a los liberales como Berlusconi, por su telepopulismo, y populistas de derecha en Hungría, Alemania. Y etnopopulistas en el caso boliviano. (Aunque Evo Morales lo equilibra con el clasismo del MAS.) Y nacional-populista, Velasco, Chávez, Correa y los Kirchner argentinos. Y por la izquierda los tribunos del pueblo, excomunistas en Europa central y en Rusia reciclados. El populismo de los europeos anti Europa, desde el austriaco Haider a Le Pen, padre e hija. Y de paso los populismos de la América Latina. Y los del Asia. Y los de los países árabes. Los populismos están en todas partes del mundo, pero con una variedad que da vértigo. ¿Qué son?

Geografía. Rusia, Estados Unidos, Italia, Alemania, Argentina

     Cuando aparece Solidarnosc en 1980, algunos analistas lo llamaron populista. No es casualidad. En la Europa del este ni rusos ni polacos habían olvidado un antecedente. El populismo ruso ligado a la cultura rusa en el XIX no ha sido olvidado ni el trato fatal que recibieron de los bolcheviques. El vocablo ruso es narodnicestvo, y es un derivado de narod, o sea, pueblo, los naroidas o amigos del pueblo. Su empleo y un tipo de militancia, según nuestras fuentes, comienza a generalizarse desde 1870. Incluso desde más lejos, está en Herzen, Bakounine, escritores y pensadores de la ‘intelligentzia’ rusa. Durante mucho tiempo no le hemos prestado mayor atención a ese movimiento que luchaba por la liberación de los “oprimidos”, tanto como los mencheviques, socialdemócratas y bolcheviques. La versión que hemos recibido, la versión soviética, es que era un movimiento que idealizaba el pueblo y la comunidad campesina, obscina en ruso. Franco Venturi, que ha estudiado esos intelectuales, ese pueblo y esa revolución, tenía una organización propia, Ziemla i vola, que estaba vestido, dice, “de ropas campesinas”. Pero los revolucionarios rusos radicalizan las diversas corrientes incluyendo los naroidas, y van a tomar el camino del modelo de los europeos, insurreccional. Los populistas serán los olvidados de la historia (Histoire du populisme au XIX siècle, 1972). Para nosotros, es llamativa la semejanza con los movimientos indigenistas e indianistas del mundo andino. Los olvidados populistas rusos no querían un “socialismo burgués”. Me parece escuchar, a lo lejos, el debate entre Mariátegui y Haya de la Torre.

     En la brevísima historia del populismo que esbozamos hay un segundo momento. En 1890 aparece el Partido del Pueblo en los Estados Unidos. “Un movimiento agrarista, pequeños empresarios, al parecer muy popular y que denunciaba los agravios que sufrían los granjeros en los estados del sur y del este” (Miller, Enciclopedia del pensamiento político). Miller aprovecha para señalar que el populismo, genéricamente, incluye una gama de fenómenos diferentes. En efecto, la siguiente encarnación es la Italia de los años veinte. Ciertamente, Benito Mussolini, se le suele olvidar. Socialista en sus orígenes, vuelto nacionalista durante la primera guerra mundial, de temperamento revolucionario, el caporal Mussolini combate hasta que cae herido, luego funda un diario que ya indica sus metas, Il Popolo d’Italia, y combate acerbamente a liberales como a socialistas por ‘defectistas’. Curioso, lo mismo, y sin conocerse, le está pasando a un excabo alemán llamado Adolfo Hitler. Salvo que este no ha sido ni por instante socialista y que su arribo al poder toma más tiempo. Mussolini es el amo de la Italia fascista desde 1922, cuando Hitler es un solemne desconocido. Primer Ministro desde la marcha a Roma, jefe carismático, rasgo que Hitler observa y que va a llevar hasta la exasperación. El fascismo italiano, es decir, con grupos de combate callejero “los unidos”, es un populismo al estado intacto, el culto a la acción directa y el gran desdén por teorías y programas, todo lo que necesitan es un enemigo claro y el guía casi divinizado. “Mussolini es el primer dirigente populista del siglo XX que utiliza de modo masiva la radio y el cine” (Encyclæpedia Universalis).

De los populismos latinoamericanos

     En otro lugar del mundo va a iniciarse un proyecto político de masas. En la Argentina. Un país de inmigrantes, italianos y españoles a un 85%. Un país que era uno de los más ricos de la tierra entre 1900 y 1945, pero en el cual el primer tema político, la integración de masas de trabajadores a la vida nacional, no había sido conseguido, pese a la adquisición de la nacionalidad argentina en 1912 para los migrantes, la escuela pública y el irigoyismo y unos cuantos socialistas. Juan Domingo Perón, militar de carrera, había conocido Italia fascista, seguido cursos de filosofía, y había visto la eficacia del Estado total y las entidades corporativas. Los buenos resultados de una economía antiliberal. No vamos a explicar lo que todos sabemos, el peronismo combina un destino personal, el de Perón, a un proceso gigantesco de integración de los sindicatos argentinos a una suerte de Welfare State, provocado por el voluntarismo de un líder, Perón, y su mujer Eva. El peronismo es una suerte de Labour Party, obreros de izquierda, dirigido por un admirador de Salazar, el tirano paternalista de Portugal, que gobernó muchos más años que Franco, y profundamente agrarista.

     No es casual, pues, que no fuera un argentino ni un investigador latinoamericano o americano que intentara entender el peronismo, sino un sociólogo italiano llamado Gino Germani. Conocía en carne propio el fascismo italiano, cuando joven se había opuesto y conoció la prisión, luego viaja a la Argentina donde termina sus estudios, y estaba en una situación ideal para aborrecer el fascismo por una parte, e intentar comprender su lógica, los mecanismos que articulan un Jefe y el pueblo obrero que lo sigue, por la otra. Germani será decisivo. “Es el primer campo interpretativo a finales de los cincuenta”, dice Patricia Funes en el 2014, “fundado en la teoría de la modernización y el estructural-funcionalismo”. Después de Germani se instala el concepto de movimientos nacionales-populares. Germani trabaja en asunto de Censos durante el gobierno de Perón, dirige el Instituto Torcuato Di Tella. Es el hombre adecuado para comprender, no para negar o aplaudir.

     La profesora mexicana Funes resume de este modo la idea del peronismo en Gino Germani. “Los populismos surgen cuando esa movilización encuentra cerradas las formas de integración y representación. Las masas no encuentran canales institucionales para su representación. Esas masas disponibles, heterónomas, que aun no cuentan con mecanismos autónomos de acción colectiva, son manipuladas por un líder carismático”. En la Argentina de los años treinta a los cuarenta, una masa de obreros necesitaba sus sindicatos que el sistema retardaba, y Perón, desde un cargo menor, secretario o ministro en Trabajo, los provee de legalidad sindical. Eran centenares de miles. Había encontrado Perón —dice el sociólogo Germani— “una masa en estado de disponibilidad”. La clase obrera argentina, que en los años de exilio le siguió siendo fiel. La otra cosa era el amor a la idea de nación. Perón es el primer dolor de cabeza del departamento de Estado americano antes que Castro. Por cierto que Perón usa un sistema de paternalismos y autoritarismos diversos, pero el sociólogo italiano capta ese elemento combinatorio de los populismos, carisma y líder.

     Ahora bien, Haya de la Torre, entre 1932 y 1945 y 1956, no tuvo la suerte de tener un Germani. Ningún gran historiador o filósofo (no había todavía los sociólogos) asumió esa tarea. Porras y Basadre, en situaciones diversas, fueron ministros por iniciativa del aprismo. Pero liberal el primero, y con inclinaciones al socialismo el segundo, no deslindaron entre ese partido de masas sui géneris y sus opositores, ferozmente conservadores. Falló la intelligentsia. Por su lado, políticamente, la respuesta seca y neta de comunistas y socialistas y liberales era de tratar el aprismo como una forma de fascismo peruano. Las persecuciones habían acrecentado la vigilancia en torno al compañero Jefe, y es cierto que había acaecido un culto personalista inquietante, saludos brazos al aire, gritos, “SEASAP”. ¿Cómo no creerlos fascistas? Hubo atentados y asesinatos a mansalva en los años treinta, a don Antonio Miró Quesada y a su esposa. Al general Sánchez Cerro. Y en los cuarenta, el crimen Graña, un administrador de un diario liberal, La Prensa.

     ¿Pero era eso todo el aprismo? Partido pluriclasista, siempre he dicho que tenía dos almas, una violenta y otra socialdemocrática. Esta se hubiera impuesto, pero no les dieron tiempo. Siempre he sostenido que el aprismo jerárquico (en la clandestinidad y para siempre) lo provocan sus rivales, tras las feroces persecuciones y miles de presos y deportados. Haya hizo una vida de proscrito en su propio país. Era un socialdemócrata cuando desembarca de Europa en 1931, pero también es verdad que venía de las experiencias de México y conocía en Honduras la de César Augusto Sandino, el guerrillero. Acaso oscilaba entre la sublevación a la mexicana y el progreso electoral en los países civilizados de Europa, el modelo nórdico, que aceptaban cambios graduales. No pudo lo primero, no le dejaron lo segundo. En mi criterio, sin ser aprista (nací muy tarde para eso, me hice en mi juventud comunista), ahí se abre el forado, el agujero negro del Perú. La imposibilidad hasta nuestros días de hacer reformas profundas, sin violencia. Germani, en cambio, había enseñado a distinguir los rasgos autócratas de un dirigente populista de los intereses genuinos de sus clientelas y del pueblo. La emoción estuvo del lado populista-aprista. Medio siglo. Pero no cambió al país.

Del populismo a los regímenes híbridos

     Un momento decisivo para los populismos fueron los años de los cuarenta a los sesenta. Antes de la revolución cubana. Entonces, para una revista científica europea, escribo lo siguiente: “El vocablo populista es corrientemente usado para designar ciertos partidos de masas aparecidos en el siglo XX en América Latina (getulismo en Brasil, peronismo en Argentina, apristas en el Perú, A. D. en Venezuela) que se rebelan irreductiblemente a los esquemas políticos clásicos. Las interpretaciones divergentes dadas de este término ilustran la complejidad del fenómeno populista” (“Populisme ou césarismes populistes?” Revue Française de Sciences Politiques, 1969). El texto ha sido repetidas veces traducido y publicado en España y en Perú.

     No había aparecido, por entonces, en la América Latina ni Chávez, Correa, Evo Morales o Lula, ni en Francia Le Pen, ni la primavera árabe en Túnez ni Podemos en España,  pero  la problemática del populismo era materia del libro de Lambert sobre la América Latina, y eran los años del americano Kantor sobre la ideología y el programa del movimiento aprista —sin convencer en Lima— y del francés Bourricaud en Poder y sociedad en el Perú contemporáneo. Desdeñado en nuestras universidades porque no era marxista. Poco importa presidente de la Sociedad Mundial de Sociología y autor de un reputado Diccionario. Eso, en Lima, son detalles secundarios.

     En cuanto a los populismos, el profesor Touchard —una cúspide de las ciencias políticas francesas— los había tocado como “nacionalismos”, lo que a mí me parecía insuficiente, y me interesaba por los trabajos de Gino Germani, cuya idea de “época de transición y sociedad de masas”  me parecían —y me parecen— pertinentes. Igualmente los estudios de Jaguaribe sobre el Brasil, de Francisco Weffort para el populismo brasileño y los de James Billington, sobre Mikhailovsky y el populismo ruso. Me llamaba la atención el caso de Gaitán, en Colombia, tan parecido a Haya de la Torre, salvo que en 1948 lo matan. Con Haya de la Torre lo hicieron mucho mejor: jugaron con él, retardaron la hora de las urnas, consiguieron candidatos que se le parecían, esperaron que pasara el mayor enemigo que tiene no solo la política sino el ser humano, Cronos, el tiempo, y al fin, cuando se dieron cuenta de que era la posibilidad de un gran estadista, la vejez, la enfermedad y la muerte tuvieron la última palabra. En el Perú se mata sin pistola.

     La presencia populista era mucho más ancha de lo que me parecía entonces. Estaba en el Partido Colorado de Uruguay. En el MNR boliviano, Movimiento Nacional Revolucionario, que hizo todo lo que los populismos querían hacer al llegar al poder, es decir, nacionalizar las minas, una reforma agraria y otorgarle una inmensa importancia a la Central Obrera Boliviana.

     Las razones por las cuales la academia demora en admitirlos tiene dos sencillas explicaciones. La primera es que la mayoría de los estudios sobre el aprismo, el peronismo y el chavismo, son de especialistas en campos nacionales, mexicanistas, peruanistas, etc. La visión comparativa ha llegado después. La segunda razón es que el propio actor, vale decir, el líder populista y su “comunidad emocional”  —para recurrir a uno de los conceptos de Max Weber— rechaza ferozmente cualquier otro lazo extraño a su cultura y nación.

     Los populismos latinoamericanos compuestos de partidos que accedían al poder mediante las urnas y que no eran ni liberales ni socialdemócratas ni de izquierda, los cesarismos populistas de Haya, Betancourt, Estenssoro, Velasco Ibarra, Perón, tienen una edad de oro, de 1945 a 1970. Fue una era de “izquierdas democráticas” como ellas mismas se tildaban, para tomar distancias de comunistas prosoviéticos o prochinos de ese momento. Pero de ahí en adelante, pasan un par de cosas, gigantescas y sorprendentes. Por una parte, surgen los movimientos insurreccionales, muchos de ellos urbanos, en Brasil, Uruguay, Argentina. Montoneros, tupamaros, y las guerrillas peruanas más bien rurales que Héctor Béjar, sobreviviente, explica. Y luego, con terroristas o sin ellos, la aparición de dictaduras militares de nuevo cuño. No solo el clásico golpe de Estado que, por lo general, daba lugar a nuevas elecciones. Sino Estados militares, organizados, aparatos de guerra y de gobierno, construidos para una larga y prolongada presencia en el Estado y en la sociedad. Fueron “una clase dirigente de sustitución” (A. Rouquié). Un  dirigismo autoritario y con cuadros militares que ningún país había conocido con anterioridad. Por lo general eran de extrema derecha, pero variados en políticas económicas, por el libre mercado los unos, por el intervencionismo estatal los otros. Ese no era el tema dominante. Sino gobernar.

     Las guerrillas de los años sesenta no representaban la violencia de la sociedad, por lo general no hallaron bases populares ni simpatías suficientes. Pero las dictaduras sí establecen la violencia sobre la sociedad. Alain Rouquié, que ha escrito sobre las “democracias restauradas”, no olvida decir lo que pasó anteriormente. «Se relevaron en Brasil, en 21 años, 300 asesinatos políticos, 125 ‘desaparecidos’, 1,843 casos de tortura. En Argentina, con una población cinco veces menor, una comisión oficial contabilizó, entre 1976 y 1983, 8,960 ‘desaparecidos’ en los campos de detención clandestinos de la dictadura. En Uruguay, en los años de plomo, centenares de miles de exiliados, 5 mil prisioneros políticos pero solamente 22 ‘desaparecidos”. En cuanto a Chile posterior al 11 de setiembre de 1973, 3,014 personas fueron ejecutadas por las fuerzas de represión y 27 mil fueron torturadas en las prisiones de la dictadura del general Pinochet.» Volvieron las democracias, ciertamente, pero como lo titula su libro, “A la sombra de las dictaduras” (2011).

     Los populismos de la última hora —Chávez, Correa, Evo— no necesitan decirse de izquierda ni encarnar la nación, se asientan en sí mismos y las izquierdas y los nacionalistas no tienen más remedio que seguirlos. Ha habido una fractura. En el pasado, cuando me ocupé de los “populismos más o menos pluriclasistas”, había examinado tres mecanismos que se fusionaban, clientelas y puestos de mando, articulación de intereses y los Césares populistas. Esta vez, es el César el que crea, desde arriba, clientelas y adhesiones. Chávez, por la dádiva y el clientelaje, crea un pueblo chavista que le debe todo a un modo de producción petrolero, que tiene límites reales. El primer populismo era de alguna manera clasista y el peronismo como el aprismo sobreviven a sus fundadores. Veremos si el chavismo sobrevive a Chávez. Y Bolivia sin Evo. Y el Ecuador sin Correa. No evita la reproducción acelerada de nuevos Césares. Han encontrado un sistema político al fin suficientemente híbrido. Un sistema de regímenes autoritarios que se hacen elegir por el pueblo.

Son regímenes híbridos los que proliferan y las formas de llamarlos. The semi-consolidated democracies (ONG Freedom House). Partial democracy (Epstein et. al., 2006). Defective democracies (W. Merkel and A. Croissant, 2004). Hybrid regime (Diamond, 2000), electoral democracy (Diamond, 1999). Illiberal democracy (Zakaria, 1997). Electoral authoritarianism (Schedler, 2006). Competitive authoritarianism (Levitsky and Waly, 2002). Semi-authoritarianism (Ottaway, 2003). La hibridez sería entonces la de un régimen autoritario que no tiene todos los requisitos del autoritarismo, por ejemplo, la ausencia de elecciones. Pero tampoco cumple con los requisitos mínimos de una democracia. Por lo demás, no hay que considerarlos como una fatalidad latinoamericana. La misma fuente indica que sobre 58 países en el mundo, un 30% corresponde a algún tipo de estos híbridos, los de sin ley, los de la democracia protegida y la iliberal (Leonardo Morlino, Democracias y democratizaciones, 2009).

     Sería sencillo terminar este ensayo acogiéndonos al concepto de neopopulismo. Lo va a usar Weyland en 1991 ante Fujimori, le atribuye un liderato directo. Pero como todos los usos de “neo”, nos dicen que algo es nuevo, pero no siempre en qué consiste. Hay varios puntos en que el populismo, vamos a decir antiguo, se diferencia de la segunda ola. El de los años 45 a los 70 se caracterizaba por el llamado al pueblo, la movilización general, el liderazgo de un guía y un partido, y un programa reformista, no revolucionario (Populismo según Knigth, según Charles D. Kenney). Un par de esas actitudes no aparecen en el gobierno de Alberto Fujimori, algunos sectores sociales fueron movilizados pero no todos, no fue un régimen a lo Chávez o a lo Perón, de grandes multitudes. Por eso, para ese primer Fujimori (1992-1995) prefieren el de “democracia delegativa”, unido a su personal autoritarismo. Es señal de una mutación —extremadamente grave— lo que señala Weyland en el neopopulismo, “dejan de lado el apoyo popular de los sectores sociales y la movilización popular”. Es más, “la composición social de base deja de ser decisiva”.

     No es la única distinción. Los primeros populistas se apoyaban en el demos contra las oligarquías. Weyland: “sin la distinción entre el demos y los oligarcas, el concepto de populismo pierde algo esencial de su significado”. El neopopulismo entonces, “le basta una conducción personalista, la coalición heterogénea concentrada en los sectores subalternos” (Roberts, 1995). La ideología se hace amorfa, y se exaltan los sectores subalternos y antielitistas. Por otra parte, en los neopopulismos —el nombre transitorio que le damos, hasta que su meta final sea más visible— hay una gran diferencia, que ha escapado a muchos observadores. Unos politizan al máximo las poblaciones. Y otros en realidad, desmovilizan. Fujimori por ejemplo. El caso arquetípico del entusiasmo y largos discursos va de Fidel Castro a Hugo Chávez. Pero en el Perú, hubo un largo experimento. La desmovilización general, el autoritarismo lacónico y silencio de Fujimori, la hora cero de la política, incluyendo los partidos que le habían llenado las urnas, Cambio 90, Perú 2000. ¿Neopopulismos calientes y fríos? O una gigantesca mutación del poder que todavía no hace sino mostrar sus primeras fases. Y una sucesión inquietante, manipuladores carismáticos y populares, militares con dictaduras científicas, neopopulismos calientes y fríos… no sabemos adónde vamos.

     Y entonces nos encontramos con regímenes que tienen unas características que no son tan novedosas, mejor dicho, lo son para la América Latina, siempre joven y dispuesta a examinar sus grandes problemas sin atinar a observar otros desarrollos históricos. Las líneas que nos preceden coinciden inquietantemente con la descripción siguiente: “los movimientos totalitarios apuntan a vencer si organizan a las masas, no a las clases. Eso era lo que hacían los viejos partidos con sus demandas e intereses en las naciones europeas y movilizando ciudadanos cuyas opiniones animaban el debate público, de preferencia en los países anglosajones”. Es Hannah Arendt describiendo la sociedad alemana hitlerista. Lo que movilizaban los nazis eran precisamente, dice Arendt, una inmensa mayoría de gente indiferente a la política, que jamás votaba ni estaba inscrita en algún partido, los fuera de la sociedad” (Los orígenes del totalitarismo, 1951). No estoy diciendo que un nazismo latinoamericano es inminente, pero conviene que se sepan estas analogías, sobre todo en los sectores altos de nuestras sociedades. Hay estudios. La presentación de profesor Charles D. Kenney en el coloquio de Xalapa fue concluyente: siempre tuvo Fujimori su mayor apoyo en las clases altas.

La comparación del populismo, en una de sus posibles variantes y que puede ir hasta el totalitarismo, es posible por una razón. Nada fue más complicado que el nazismo. No fue la historia de un dictador o la de la seducción de las masas por la oratoria o la propaganda, eso solo lo piensa quien no ha estudiado la mecánica de esa dominación. No es sencillo explicar el apego de los alemanes al régimen y al Führer hasta la derrota y la muerte. La cuestión de qué fue el nazismo sigue recibiendo interpretaciones: ¿un hitlerismo? ¿Un totalitarismo semejante al de Stalin? ¿Una dinámica revolucionaria que llega a la base social del pueblo alemán? Incluso se sostiene que Hitler interiormente relanzó una suerte de revolución social, con ánimo preventivo ante su gran rival, los comunistas alemanes. Ian Kershaw, profesor de historia contemporánea en Sheffield, Inglaterra, inglés, y para nada pronazi, admite que cada día hay más trabajos sobre Hitler, y que la complejidad de esa movilización de un pueblo dentro de un capitalismo que nunca se interrumpió, y todo el resto que conocemos, nos aleja de las simplificaciones al uso. Dicho de otra manera, y con perdón de la franqueza, lo que le ocurrió a la Alemania culta e industrial de los años treinta, le puede pasar a cualquier nación de la tierra.

Los rumbos posibles

     ¿Qué rumbo tomará el populismo, nuevo modelo? Son hoy regímenes con urnas. Y compiten con democracias cada vez más incompletas. Brasil, Perú. Ante regímenes con libertades, pero cada vez más delegativos. Algo grave ha ocurrido cuando Chávez establece la necesidad de la reelección presidencial. Y este temor de mi parte —no hay que confundir con miedo— es compartido. El profesor Rouquié considera que un futuro temible podía evitarse. “Sea como fuere, otras experiencias nacionales están presentes para convencernos que la América Latina no está condenada a elegir entre una integración social portadora de justicia a través de prácticas semiautoritarias y una democracia de mercado insensible a las necesidades y las aspiraciones de la mayoría.” (A la sombra de las dictaduras). Sin embargo, “insensibilidad” de las clases altas, ¿qué pasa? ¿Rouquié ha visitado Lima? Si conociera a nuestros financistas y a nuestros liberales, estaría mucho más alarmado.

Ahora bien, si se repara en dos términos, “justicia” y “prácticas semiautoritarias”, confrontadas en una encuesta, o en unas elecciones, cada vez más el número de ciudadanos, en Perú, que preferirían la justicia aunque con pérdida de libertades, sería numeroso. La victoria de un populismo de masas que busca, sin escrúpulo alguno, un líder duro. Y paradójicamente, que no sea de izquierda. El daño psicológico y en el imaginario colectivo provocado por las matanzas desatinadas de Sendero Luminoso ha quedado en la conciencia de la gente, sobre todos en los sectores populares, y tarda en disiparse.

     En estos veinte años de crecimiento económico —por cierto desigual, gigantescas brechas, pero crecimiento al fin de cuentas— la aprobación de la democracia en Perú era una de las más bajas de la región, un 12%. Paraguay y Haití estaban en 16,1%. La población encuestada también estaba entre los niveles más bajos de tolerancia. La inseguridad ciudadana, la corrupción, sobre todo en los funcionarios públicos, “muy generalizada”, 49,9% de la opinión,  y la poca confianza en la policía y en sistema judicial, el más bajo de la región, son patrones dominantes en la percepción de la política en la encuesta de USAID (Cultura política de la democracia en Perú y en las Américas, 2014). Este texto germinó en vísperas de las elecciones presidenciales y legislativas peruanas del 2016. Puede estar seguro el lector que el candidato que ose decir que hay que ocuparse, desde el Estado, del tema de la educación, la salud, la policía, los jueces, y de la corrupción, el que se atreva a plantear “políticas”, será tratado, inexorablemente, de populista.

     Entonces, dentro de algunos decenios, algunos se preguntarán cómo colapsó la democracia en ciertos países, y en particular en el Perú, tal como ahora la academia se interroga sobre el misterio de los años nazis. En política, sin embargo, no hay misterio alguno. Salvo lo raro que es el estadista. No nos falta un Lenin. Nos falta un Lincoln. Nunca he dejado de llamar, con preocupación, la actual república peruana con su verdadero nombre, la República de Weimar. Quien viva, verá. Los idus de marzo todavía no han pasado. (HN, 15-12-2018)

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Resumen:

Participé de la Cátedra O’Donnell en Quérétaro (2016) sobre las modalidades de democracia que aparecieron en las sociedades europeas y en Latinoamérica donde la democracia liberal (o tradicional) no alcanza a satisfacer a quienes desean un progreso socioeconómico, incluso mediante modalidades de un poder fuerte y personal que modifica las prácticas tradicionales de la vida política y del Estado de derecho. Preocupaba a O’Donnell “la ambivalencia y la indeterminación en diversos casos de participación ciudadana”. La convocatoria, por otra parte, permitió abordar “el bonapartismo, las democracias plebiscitarias, los cambios de modelo económico y el populismo”. Me pareció una agenda inteligente y necesaria. A la vez que inmensa. Consecuentemente, me detuve en una sola temática. La del populismo. Mostraremos que existe desde hace un buen tiempo. Y aparece espectacularmente cuando los sistemas políticos en vigencia no alcanzan a incorporar a la vida política, nuevas clases, sean acomodadas o más bien pobres.

Palabras claves: bonapartismo, democracias plebiscitarias, formas nuevas de democracia directa,  comunitarismo sin Estado.

Abstract:

In 2016, in Queretaro I was invited to participate at Cátedra O’Donnell regarding the different forms of democracy that have appeared in European societies but also in Latin America where liberal democracy fails to match the needs of people eager to achieve social and economic progress, even under a strong personal power form that changes traditional practices of political life and the rule of law. O’Donnell was worrying about «the ambivalence and undetermination in many cases of citizens’ participation». Furthermore, the meeting permitted to talk about «bonapartism, plebiscitary democracies, changes in the economic model and populism». It seemed to me a clever and necessary agenda but huge. So I focused on a single issue, populism. I’ll demostrate that they have existed for a long time and that they dramatically come back when political systems in force fail to incorporate to their political life new upper-class or lower-class citizens.

Key words: bonapartism, plebiscitary democracies, new forms of direct democracy, stateless communitarianism

Publicado en la revista digital del Instituto de Gobierno y Gestión Pública de la USMP 

https://doi.org/10.24265/iggp.2017.v4n2.08

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