Dos temas. Lo de hoy y cómo nos ven desde fuera

Escrito Por: Hugo Neira 223 veces - Mar• 29•21

I. Tengo el hábito de escribir muy temprano estas notas, que no son sino notas escritas  calamo currente, es decir, como dice la Academia, «con presteza y de improviso». Pero el clima es frío a la seis de la mañana jugando a ser invierno, y luego, calienta a la ciudad como si estuviéramos en un país tropical. El clima limeño es soslayado y esquivo. Acaso como la mayoría de la prensa escrita.

Lo digo porque seguramente han escuchado desde el viernes pasado y en las redes sociales, la pérdida de confianza de los lectores, la consecuencia de la «mermelada» que compra periodistas, las encuestas manipuladas, el descrédito de la prensa y de varios canales de televisión, el dinero que el Gobierno les ha dado a los medios durante estos años y la protesta de muchos. ¿Prensa independiente? No la hay salvo la excepción de uno que otro diario, por ejemplo, lo es Expreso, y en televisión, uno que otro canal, el de Willax, con Beto Ortiz, o Thorndike hijo, con su «contracorriente», y a ratos Butters. Lo cierto es que los medios han dejado de ser el cuarto poder. Y esto a pocos días de unas elecciones presidenciales. El modesto distribuidor que nos deja los diarios en la mañana, nos dice que no los leen porque han perdido la confianza.

Entonces, ¿elecciones cuando no hay partidos en las calles, no solo porque están prohibidas las aglomeraciones sino más bien porque ya no hay partidos? Y además, tampoco hay una explicación clara que llegue a los ciudadanos sobre cómo esperan gobernar, los aspirantes, desde el sillón de Palacio. ¿Con lo privado o  con lo público? ¿Con reformas del Estado actual o sin ellas? Y mil otros problemas y temas que no pueden ser silenciados. Y así, ¿política sin mitin ni oradores?  Sin embargo, algunos han reunido candidatos, ¡pero para que disputen! Vaya metida de pata, los debates son posibles cuando se conoce al rival, pero hay más de un candidato que no se le ha escuchado cuál es su programa. Así, 32 millones de almas ignoran qué harán los políticos.

En cuanto a la prensa cotidiana, también se suma a la tendencia de lo antipolítico. Y si de ellos se habla en la prensa en estos días demoniacos, es para decir que Keiko debe estar entre rejas porque le entregaron dinero empresas o personas. Yo creía que lavado de activos era otra cosa, no la entrega voluntaria de dinero. O bien, se ocupan en qué día Hernando de Soto traiciona a la patria porque se hace vacunar en el extranjero. Por poco no le preguntan si el pinchazo fue en el hombro derecho o izquierdo. Somos muy dados a la magia, maleficios y nigromancia. Yo que esos periodistas ya habría entrevistado a las brujas de Cachiche, ellas ya saben quién va a ganar.  

Cómo llamar a este estado de cosas, a la criolla, o sea, por encima y al rapidito nomás. Lo sensato y real, nos aburre. Por eso nuestra historia nacional es una serie de sorpresas. Hay algo que se repite, el creer que nada de grave nos puede pasar. Así es cómo se  compró fragatas en Londres, en el XIX, y no hubo guerra con Chile. Y jamás pensamos que un desconocido rector agrario de origen asiático iba a ganarle las elecciones a Mario Vargas Llosa. Ni que Abimael Guzmán cayera prisionero en un buen chalet en Lima. Ni que a Vizcarra, que había cerrado un Congreso, otro Congreso le hiciera la misma vaina. Entonces, ¿qué de cabalístico, de sorprendente, de pasmoso, nos espera el 11 de abril? Pero ya sabemos, nada va a pasar. Dios es peruano.

El riesgo de un error es incalculable. Miren al Brasil: hace unos años, el planeta entero lo consideraba una potencia emergente, tanto como India y China. Y ahora, es un desastre. Récord mundial, 300 mil muertos porque su señor presidente es más terco que un burro. Eso tiene llevar a la presidencia a un imbécil como Bolsonaro. Los pueblos no son siempre infalibles. Hitler llega al poder por las urnas. Hugo Chávez también. Leguía y Sánchez Cerro ganaron las elecciones.

Por mi parte, no creo que se reflexione, se evalúe y pondere cada presidenciable, y menos que se analice cada programa. Para eso se necesita calma, y la comunidad peruana ha sido muy golpeada por la pandemia y la pérdida de empleos. Pero por otra parte, eso que es mayoría, gente que todavía no ha decidido su voto, puede también tomarse como algo  positivo. Acaso haya emergido —dios lo quiera— tras veinte años de seguidas decepciones —Fujimori, Toledo, Ollanta, PPK y Vizcarra— en los peruanos una conciencia menos crédula que la del reciente pasado. Acaso «una inteligencia masiva», que no ha necesitado ni de líderes ni de utopías, para mostrar en las urnas que los peruanos se han salvado por sí mismos. Puede que sí. Ya se verá.

II.  Identidad y mutación. La América del Sur vista desde Europa

Esta segunda parte no se ocupa de nuestro estado de cosas y mentalidad. Sino de algo que envuelve a gran parte de la América Latina. No hay ningún país en este lado del mundo con estabilidad. No lo digo para que el lector se sienta menos apesadumbrado, como hubiera dicho mi abuelita, «mal de todos, consuelo de tontos». No es eso. Quiero compartir con mis lectores la visión que se tiene en otros lugares del mundo de este lado de la América que habla castellano. El texto que voy a glosar no es de un estudioso norteamericano. Por lo general, no los consulto, solo miran sus intereses. Los europeos, en todo caso, tienen una mirada más fría, lejana y que produce una suerte de  neutralidad. El viejo continente ya no vive de dominaciones imperiales. Dejaron sus colonias africanas. La Unión Europea no es candidata a ningún protectorado a la manera yankee.

En fin, he aquí una versión global de la América del Sur vista por un europeo.  Contrariamente a lo que podemos pensar, la ven desde un ángulo que nos sorprende (el autor no es un español). Inicia desde el XVI. He aquí la primera idea. «La conquista ibérica había dado una profunda unidad cultural y religiosa en los territorios marcados por la extrema diversidad de paisajes y poblaciones.» Y continúa: «Dos lenguas latinas —el español y el portugués— y una religión (el catolicismo) dominaron un  espacio que iba del Río Grande a la Tierra del Fuego. Es decir, de lo que es Estados Unidos hasta el límite de Chile. Sin embargo, «en las guerras de la independencia (1810-1820), no lograron reunir y forjar una nación latinoamericana. Además, el Brasil, (42% del territorio y el 35% de la población) forma un mundo aparte y con el tiempo llega a ser el motor del Mercosur». Comentario de mi parte. Nos reprochan que no juntamos el mundo hispanoamericano. Este criterio, proviene porque las grandes civilizaciones  —India, China y luego la Unión Europea— son sólidas por su peso demográfico y su cohesión interna. No es nuestro caso.

Sigamos. «El mestizaje biológico y cultural, consecuencia directa de la época colonial, roza muy desigualmente los diferentes países de la región. Mientras los Estados del Cono Sur (Argentina, Chile, Uruguay) se distinguen por una población mayoritariamente  de origen europeo, el Brasil y las Antillas provienen de importantes aportes africanos (descendientes de esclavos). En cambio, en América Central y en los países andinos (Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú), las comunidades indígenas representan una parte importante, pero como en Bolivia y Guatemala, han estado ajenos al poder tenido por las elites urbanas de origen español». Luego, se ocupa de la «cuestión de la posesión de la tierra», dominados por hacendados. (Esta palabra, aparece en castellano.)

Y, dice, las riquezas son muy desigualmente repartidas y según la escala social. «Las poblaciones indígenas ocupan sistemáticamente la base más baja de la escalera social». Luego, señala que «desde 1990, desaparecen progresivamente los regímenes militares».

«Pero los regímenes militares no han atenuado las tensiones sociales.»

¿A qué se refiere? «Tensiones económicas, culturas e identidades que se manifiestan. Además «el aumento alarmante de la criminalidad». Y «las catástrofes naturales», y cita los ciclones y el Niño, y terremotos. Todo esto revela periódicamente «las fracturas sociales y la carencia de Estado». Les juro que así lo dice. No lo invento.

En fin, prosigue: «Las desigualdades socioeconómicas que caracterizan el subcontinente se inscriben en un contexto de fuerte presión demográfica, pese a una disminución de la tasa de natalidad.» El exodo rural ha hecho hincharse las ciudades (más de un 70% de los latinoamericanos son urbanos). Se ha acentuado la metropolización. De las 100 más grandes ciudades del planeta, 12 están situadas en América del Sur, aunque la periferia urbana sea el resultado de las barriadas. Y una degradación del centro de las ciudades tradicionales.

Luego le llama la atención la «debilidad de tejido industrial, herencia de la época colonial, cuando los productos manufacturados eran importados de la metrópoli», es decir España. Sin embargo, admite que desde el siglo XX se desarrolló una exportación de productos locales, minería, petróleo en Venezuela, café colombiano, etc, que pesa en la balanza comercial. Pero a la vez, empleos precarios, importantes sectores informales.  Se dan cuenta que no entramos a la sociedad industrial ni en el XIX ni en el XX. No es el caso del Asia. O de países como Canadá, Australia, etc.

A grandes pasos, dice: «podemos decir que la cuestión social amenaza el porvenir de las políticas económicas liberales comprometidas por los gobiernos. La América Latina no logra salir de su mal desarrollo». Los países son frágiles, y piensa en la Argentina. En fin, «no se complementan sino compiten». En cuanto a Washington, el proyecto de una zona de libre comercio, no es sino una modalidad que recuerda la famosa «doctrina Monroe», de 1823. ¿De nuevo un protectorado?

En fin, al investigador europeo se le nota en su lectura el ánimo de vernos en conjunto. No como búrbujas sino como corriente que podría ser poderosa. Otro continente que no ha logrado autoconstruirse es el África poscolonial. Nosotros hemos perdido dos siglos. Ellos, al menos, pueden decir que su emancipación es reciente. No es nuestro caso. ¿Perderemos otro siglo? Bolívar no estaba en el error. Ni «Pueblo continente» de  Antenor Orrego. Pero, la cuestión de ser una nación, la damos por lograda. Lo que se ve es lo contrario, cada vez más regiones separadas, más fracturas provinciales, el valor de lo local. Lo pequeño. O sea, facilidad futura para echarse en los brazos de la primera empresa multinacional del neoliberalismo, que compre mañana Puno o Cajamarca. Hay un tiempo para hacer la nación, no es eterno.        

Publicado en El Montonero., 29 de marzo de 2021

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