El 5 de febrero de 1975

Escrito Por: Hugo Neira 120 veces - Feb• 05•20

El 5 de febrero de 1975, ocurrieron en Lima una serie de asaltos a los mercados. Me hacen pensar en lo que he visto que ocurre en Santiago de Chile. El punto de partida de ese estallido se funda en un hecho que no podemos dejar de eludir. La policía peruana decidió una huelga y luego, se encerraron en sus comisarías y cuarteles. En efecto, yo vi todo eso, no lo hacía como un simple ciudadano. Era entonces director del diario Correo, que fue incendiado esa mañana. De modo que lo que voy a decir son palabras de un testigo. No diré nada que no sea verdad. Y escribo esta narrativa sin rencor alguno y con sinceridad.

Comenzaré por decir, que esa huelga de la policía, me ponía en una postura muy incómoda. Por una parte, afectaba mi situación, pues yo era de esos intelectuales que los militares mismos decidieron tener en el aparato del Estado. Y por otra parte, mi padre era policía. Ya se había jubilado, pero al decir esto, explica lo que hice ese mismo día. Desde niño, había escuchado a mi padre los conflictos internos que tenían con los oficiales de las Fuerzas Armadas. Estos tenían mejores salarios, entre otras ventajas socioeconómicas. La noche anterior había ido a Panamericana, en donde me esperaba Genaro Delgado Parker. Todavía no había perdido su empresa. Ocurre que yo tenía una columna a la que acudía para explicar los cambios en la sociedad y en el mismo Estado. Y ante la huelga de los policías, yo hablé. Les dije que conocía sus problemas dado que ganaban salarios extremamente bajos en relación a lo que era comparable en los rangos militares. Recuerdo que les dije que más de una vez, cuando era escolar, le llevaba el portaviandas a mi padre porque solía pasar, por temporadas, en prisiones de las comisarías. Se peleaba con sus superiores. Les dije que más allá de lo injusto de las desigualidades entre militares y policías, no era nada bueno una huelga nacional,  porque la delicuencia —que nunca ha dejado de existir en Lima— se aprovecharán de la situación. Y eso fue lo que ocurrió. Tiempo después, muchos policías me reconocían —profesialmente se fijan muy claramente en los rostros—, y me dijeron que «los había hecho llorar, esa noche». Pero igual la catástrofe siguió su camino.

El local de Correo fue incendiado por turbas. Esa mañana, llamado por Higachi (el jefe de redacción) fui cuando eran las 9:00, los bomberos hacían lo que podían, y una masa de gente ocupaba la calle. Cuando me vieron intentando entrar, quisieron irse encima mío, pero saqué una pistola —hacía 6 años que la llevaba conmigo—, disparé al aire, y se abrieron paso. Lo que sigue es cómo salvé algo. En primer lugar, señalé al jefe de los bomberos que dejaran de seguir echando agua a una de las impresoras, la más grande, y en cambio, se ocuparan de una rotativa, pequeña, pero era con ella que seguíamos editando en cuanto cesó el conflicto. Puedo contarles una anécdota. Estaba con los obreros de la rotativa, en los diarios, en ese tiempo, trabajaba mucha gente, mecánicos, periodistas y gente ocupada en la publicidad. Estábamos salvando en el inmenso patio algunos muebles cuando se acercaron dos tipos que para mí, eran búfalos. Y uno nos dice a grandes gritos, ¿dónde está Hugo Neira? Éramos tres los que cargábamos sillas y mesas, y todos nos quedamos callados. Estaban apurados, y decidieron buscarme arriba, por los techos. Cuando se fueron, les pregunté a esos obreros cómo fue que no me habían reconocido. Y entonces uno me coge de la manga, me hace caminar adonde colgaba un espejo, esas cosas de trabajadores que se toman ducha o se afeitan al aire libre, en el canchón de esa casa. Y me vi entonces completamente negro. Yo no sabía que cuando uno está a unos pasos de un incendio —y era el caso, ardía uno grande—, un cierto humo te cubre el rostro acaso mejor que cuando se maquilla a un actor, en las películas.

Sobrevivimos. El gobierno militar me dijo que cerrara el diario. Les dije que era más de 600 empleados, juntándolos todos. Me dijeron que iban a colocarlos en otras empresas. Que no me preocupara por eso. Hay que recordar que el Estado en tiempo de Velasco, tenía más empresas estatales que el sector privado. Pero les dije que no. Yo no pasaba a la historia como el director que quiebra. Entonces, fui a ver al propio Velasco. Me trataba con un aire paternal, a veces me decía hijito. Yo tenía unos treinta años. Había interrumpido mi trajectoria de investigador en el Institut des Sciences Politiques de París el día en que se anunció, hasta el último rincón del globo, que 5000 haciendas habían sido intervenidas para iniciar la devolución de las tierras que los campesinos habían perdido desde la Independencia hasta 1969, puesto que los gamonales ganaban los eternos y múltiples litigios, y se habían fatigado de pagar a sus tinterrillos.

¿Qué le había pedido yo a Velasco? Que me diera un apoyo, extremadamente posible y legal. Desde hacía tiempo, desde que ese diario perteneciera a Banchero, y el talento del gordo Villarán —el que inventa La Crónica, Expreso y Correo, siempre diarios tabloides—, la administración anterior había tenido el tino de firmar un seguro contra «incendios y catástrofes». Quizá pensaron en terremotos, pero la cosa era que había una entidad que podía pagar el precio de una rotativa. Velasco se animó, resulta que la empresa de seguros era inglesa, y claro está, muy rápidamente intervino. Lo llamó al Embajador de Gran Bretaña, le habló como quien no quiere la cosa, de las inversiones de los ingleses en el Perú, en particularmente algunas minas, y de paso, el tema del seguro para el casi extinto Correo. Y ocurrió lo mejor. Pagaron. Y luego gana el concurso la Harris. Y mientras la traen a Lima, esa empresa propone que varios de los mecánicos hicieran un stage o una rápida formación para poder manejar ese monstruo. Y hubo viajes de varios de nuestro personal. Unos fueron a Inglaterra, otros a los Estados Unidos, y yo mismo, fui a empaparme de esa técnica, en Bélgica. La Harris de los belgas estaba al borde de la frontera con Francia, y muchos diarios franceses se editaban en Bélgica. Fui, pues, a París, donde tomaba el tren y estaba en poco tiempo en la frontera. Los ejecutivos de la Harris me habían propuesto un estupendo hotel, fuera de París. Pero se sorprendieron que les pidiera más bien un hotel mediano, pero el quartier latin. Es decir, la zona de estudiantes y cultura de París. Les expliqué que había vivido cerca de la Sorbona, y los grandes lujos no eran mi taza de té. Se quedaron encantados.

Y esa rotativa nos salva de la quiebra. Tengo el orgullo de decirles que nuestro tabloide vendía más que El Comercio y La Prensa. Yo había incorporado a dos personas, para nada velasquistas. Por un lado, Luis Felipe Angell, conocido como Sofocleto. No me digan que no era un gran escritor. Y por otro lado, para la izquierda, a Ricardo Letts. Si no lo creen, pueden preguntárselo. Los ministros militares —qué redundencia, siempre hubo con Velasco gabinetes de hombres con charretera, ni un solo civil— se quejaban de mis libertades, y Velasco les respondía: «-No, no, Neira, él sabe lo que hace, por lo poquito de espacio de los columnistas, nos ayuda». Y así se quedó la cosa.

Cuando terminó el año 1975, el diario estaba en azul. Los antiguos propietarios, por lo bajo, me aplaudieron.

Por otra parte, ¿sabe el amigo lector esa rotativa gigante? Pues edita hoy El Peruano, y los votos cuando hay elecciones.

Hablemos a las claras. Dos cosas nunca llegamos a saber. La primera, cuál es el número de policías que cayeron muertos, la respuesta del Estado fue feroz. Yo no sé. Quizá uno de esos periodistas de investigación logre saber algo.

La segunda, no fue un levantamiento popular. Acaso un complot. Velasco no acaba como el presidente Evo Morales, con la mitad o más de los ciudadanos que no lo quieren para un presidencialismo vitalicio. Lo que he visto y estudiado sobre Bolivia, no me parece nada mal. Evo había juntado dos fuerzas, por lo general formas de política con cuerdas distintas, de un lado los campesinos cocaleros más las comunidades indígenas. Y del otro lado, todo eso, junto con un partido de izquierdas, el MAS. ¿Y se pone a manipular los resultados de la primera vuelta? Qué barbaridad.

Por lo demás, Velasco no se cae por eso. Estaba ya muy enfermo. Y no se dirige un país, con un Estado cuasi militar, con mala salud. Seamos claros, el general Francisco Morales Bermúdez, da el golpe de Estado. ¿Quién se lo pide? Nada menos que el Departamento de Estado, o sea el Imperio. No se vaya a creer el lector que Washington se mete en un asunto muy interno, líos de corrientes ideológicas de hombres con uniforme. No, pues. Lo que ocurría era que Velasco realmente se preparaba para una guerra con Chile. Y recuperar acaso Iquique o Tarapacá. Eso, no era un asunto que inquietara a los políticos norteamericanos. Lo que estaba en marcha para los norteamericanos, era descalabrar a Allende, el presidente chileno demócrata y de izquierda, y montar en Santiago un modelo neoliberal. Y es eso es lo que hizo el general Pinochet. Chile sin duda ha progresado con el modelo de mercado abierto. Pero como lo sabemos, se abren enormes grietas entre las clases medias, y de nuevo, la concentración por una categoría de alto nivel y de ingresos. El tema actual es la desigualdad. Aquí y cualquier sitio. No hay hambre en Chile, la gente sale a la calle a decirle ‘no’ al poder (no hablo de los encapuchados, ya sabremos de dónde vienen, si de Cuba o de Venezuela).

Y hablando de desigualdades, ¿acaso no es cierto que hasta Velasco en 1969, aquí había una masa enorme de peruanos, que nacían pobres y morían pobres? Los cholos, los indios, etc. Dos cosas cambiaron el país. La emigración voluntaria a las ciudades y a Lima. Y la reforma del agro, que ha vuelto libre a esa masa que era analfabeta y no se le pagaba por su trabajo sino un lote de tierra para que trabaje para el gamonal, y de paso para su familia. ¿Y por qué no se dice nada de esto? Porque esas dos revoluciones silenciosas las ha hecho el mismo pueblo. Ningún partido se puede vestir con esa victoria colosal. ¿Ha visto usted la película La revolución y la tierra? Vaya a verla. Lo que va a ver es eso que se ha callado durante 50 años. Yo lo he vivido. Al menos hice algo por los más pobres y marginales.

La Independencia de 1821-1824 liberta a los criollos del yugo de los funcionarios peninsulares. El San Martín del campesino indio, es Hugo Blanco y ese ser excepcional, Saturnino Huillca, dirigentes de millares de los que no tenían tierra propia, cuya biografía escribí, y que ganó un concurso internacional en La Habana, traducida a 13 lenguas diferentes. Y fui antes al Cusco, entre periodista y antropólogo (eso también he estudiado) no hice sino escucharlos, recuperar la voz del que no la tiene. Ese libro se llama Cuzco, tierra y muerte. A raíz de eso, me llamaron en París. Ya les conté lo del 5 de febrero, y me tuve que ir, otra vuelta, a Europa. Y seguí estudiando, y me he vuelto un universitario. Es otro el Perú del siglo XXI.

18 de diciembre de 2019

Publicado en la revista Periodistas, año II, n°7, del Colegio de Periodistas del Perú, diciembre de 2019, pp.15-19

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