El concepto de jerarquía social y el caso del Perú *

Escrito Por: Hugo Neira 201 veces - May• 02•19

Pero he venido de Trujillo a  Lima.

Pero gano un sueldo de 5 soles.

—César Vallejo—

He comenzado mi curso universitario sobre los filósofos de la política. Y lo inicio con Aristóteles. Mis alumnos leerán Ta Politika, el gran libro del pensador griego. Y comienzo explicando que provenía de una ciudad, Stagira, que no era Atenas, y sus padres eran médicos. Les digo que desde entonces los médicos observan. Y Aristóteles era un pensador realista, empírico, y observaba la polis, es decir Atenas, una comunidad autogobernada, y su gente, sus costumbres. Y es lo que tenemos que hacer. Primero mirar objetivamente la sociedad en la que vivimos. Y luego preguntarse por las instituciones y leyes que debemos tener.

Ahora bien, siempre me ha sorprendido un fenómeno bien peruano: la preocupación por el rango. No solo nos vestimos, compramos tal tipo de auto, o nos mudamos por razones entendibles, sino por las otras razones inconfesables, que nos vean¡! Comportamiento que existe en toda sociedad, pero atenuado. En cambio, cada peruano sabe que existe unos que están arriba y otros que están abajo. Saberlo forma parte de las estrategias personales y grupales. En otras sociedades, la jerarquía social —prestigio personal, reconocimiento— se asigna desde una ideología de la meritocracia. Desde un sistema de determinación legal y moral que no hemos admitido. En la sociedad peruana actual no se asignan los cargos por competencia o mérito. Sabemos las causas, el peso del favor político, los clanes familiares, el amiguismo. Sin embargo nos llamamos República desde hace dos siglos. Y la vida peruana no gira sobre el principio de igualdad.

Toda sociedad tiene una estructura jerárquica. La sociedad tradicional y holística determina sus individuos por el nacimiento, tradición, sexo, raza, como grupos humanos concebidos como redes de parentesco o de oficio. Esa fue un tanto nuestra sociedad colonial. Pero en Europa, desde 1789, lo social y lo político se disocian. Para fines del XIX, con Durkheim, la sociedad moderna es definida como una representación de la suma de individuos que la conforman. Pero eso es la Europa del siglo XIX y hasta la fecha.

Nuestro caso es paradójico. No somos una sociedad tradicional pero tampoco una por completo moderna. Y contrariamente a las reglas de la evolución social en otras sociedades que se han desecho de su pasado, el deseo de jerarquía no solo permanece sino que se ha acrecentado. Mejor dicho, la pauta de la jerarquía por vías no modernas, prevalece. Y mientras exista, no podremos ser una sociedad democrática. Solo un remedo.

Es evidente que en las fases históricas que nos preceden, el estatus o jerarquía social era un hecho no discutible y seguía reglas precisas. Me refiero, obviamente, al pasado inca y virreinal. Se era en lo que cada uno nacía, familia, aillu o grupo étnico. Y desde el XVI, negros esclavos, indios, castas y blancos criollos o peninsulares. «El Perú es una continuidad en el tiempo, en el sentido de que la nación de hoy ha recibido aportes y elementos de orden geográfico y humano acarreados por los siglos» (Jorge Basadre). Precisamente, uno de esos elementos es la jerarquía en su versión tradicional. Por el azar del color de la piel y no del esfuerzo personal. La vida republicana peruana, durante el largo siglo XIX,  retarda el advenimiento de una sociedad moderna.

Ahora bien, desde hace poco, ha ocurrido una serie de fenómenos. Migraciones gigantescas del campo a la ciudad. A lo que se añade la economía de mercado, la evolución de nuevos estratos y el consumo masivo. Pero una sencilla observación del contorno nos revela este fenómeno paradójico. Los cambios económicos y sociales no conducen al abandono del patrón tradicional de comportamientos. No obstante, abierta o solapadamente, la vida peruana se da maña para reproducir las jerarquías sociales, acrecentando las brechas sociales debido al poder del dinero, mayor que en otras edades de la peruanidad. Lo normal es que desde hace un par de siglos pudimos haber adquirido la jerarquía propia a sociedades modernas. Es decir, aquellas que solo toleran en materia de desigualdades, las que se originan en las capacidades innatas de los seres humanos. No todo el mundo está dotado para jugar el basket ball. O tener pulso para ser campeón mundial en tiro al blanco, lo que ocurrió hace años. Pero en todo el resto, el pago de impuestos, pararse en la luz roja, seríamos iguales. No es el caso.

La distribución de poderes en las sociedades organizadas sobre jerarquías de capacidades, se funda en dos hechos, que no practicamos. El ingreso de todos los ciudadanos a una educación gratuita y de calidad. Y la práctica de los concursos públicos para puestos en el Estado. Nada de esto está en el plan de los gobiernos inmediatos.

Y sin embargo, todo nos impulsa a ascender. La economía liberal viene en el curso de los últimos años, desde el 2000, incitando al progreso familiar y personal. Hay como una meta común, un punto de llegada para todos: el éxito personal y familiar. Nada tiene de imposible ni de perverso esa finalidad. Salvo que se le olvidó al país y a sus gobernantes un detalle: la competencia por el dinero, el rango, parte de una sociedad cuyas raíces son segmentadas y diferenciadas al punto que la carrera del éxito juega con cartas marcadas desde los primeros tramos. En otras sociedades, al menos se intenta amenguar las diferencias sociales mediante el acto de socialización de los estudios secundarios y universitarios parejos y sin diferenciación de clase. En Perú no.

El proceso competitivo no está marcado por las desigualdades según la capacidad de unos y otros seres humanos, sino porque somos víctimas de una tenaza gigantesca. La matriz colonial sigue intacta. Cada gran colegio privado lo prolonga. Aunque lleven nombres de grandes sabios y filósofos. Establecen la división de la sociedad no por la separación de oficios en el mundo laboral, sino del destino y cuna de cada quien. De vez en cuando se escapa algún escolar de esa masacre de inocentes, y hay un prodigio que viene del pueblo, pero no es lo normal para el Perú actual. Luego nos asombramos de la cantidad de sicarios juveniles, de la violencia de la delincuencia y el crimen. Y los violos colectivos. La corrupción arriba, al medio y abajo.

¿Qué pasa cuando una sociedad tiene una jerarquía social y económica que no es respetada? En ese caso, se rompe la cohesión social. Y las elites son despreciadas y odiadas por la masa del pueblo. Eso es lo que está pasando. Sospechan que el que se hace rico no es el resultado de su esfuerzo y talento sino de algún lavado de activos. El ascenso económico debe contar también con un tipo de racionalidad. La del Estado y la ley. Ahora bien, las sociedades —asiáticas y de la Europa mediterránea y del este— que han entrado a un ciclo de prosperidad capitalista en los finales del siglo XX, lo hicieron en un marco en que el Estado de derecho les precedía. Y una moral de la sociedad civil con reglas firmes. Las sociedades virtuosas han tenido éxito al incrementar su riqueza, sin autodestruirse. Nosotros no. Estamos viviendo la prosperidad del vicio.

Pero ¿qué pasa cuando en un país como el nuestro se duda de sus elites? ¿Cuando ante cada persona que tenga alguna fortuna se duda de cómo la ha adquirido? La falta de claridad entre quienes tienen algún estatus y por mérito y los que no, produce desorganización social. Y de parte del pueblo y ante las leyes, un vasto y temible proceso de desacato colectivo. Estamos creando una sociedad incivil. El principio mismo de la legitimidad de los que son poderosos, sea por el poder o por el dinero, está puesto en cuestión. Esto no lleva a una revolución social, que por lo general tiene una lógica distinta. Sino a un vasto e interminable desorden. Las repúblicas no son eternas. Nada es eterno.

* Fragmentos con modificaciones, «La prosperidad del vicio» (Hacia la tercera mitad, 5° edición, El Lector, Arequipa, 2018)

Publicado en Café Viena, 30 de abril de 2019

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