El Covid-19 y los ojos de las abejas

Escrito Por: Hugo Neira 220 veces - Mar• 23•20

En la guerra con el coronavirus (no es sino eso, la naturaleza contra lo humano) es muy difícil, si es que no imposible, reducirlo a unos cuantos párrafos o ideas. En el artículo anterior, lo había reducido a un triángulo, es decir, el Covid-19 por un lado, y por el otro la capacidad para tomar decisiones del Estado y el comportamiento de la gente. No me arrepiento de esa figura, sin duda sintética. Pero cada vez más veo el futuro mas complicado. Por eso acudo a una metáfora. Hay que ver como ven los ojos de las abejas.

No estoy diciendo que las laboriosas abejas transmiten los coranovirus como los mosquitos el paludismo, o la pesta negra en la Edad Media y otras epidemias, tras los viajes en barco de ratones, ratas, pulgas y piojos. Pero ante la sífilis y la tuberculosis, los médicos comenzaron muy pronto a entender que algo invisible intervenía llevando consigo morbidez y muerte. La lucha contra las plagas en la historia de Occidente es amplísima, me callo. Ahora bien, ¿a qué viene el intitulado?

Las abejas poseen dos ojos compuestos y tres simples. Tienen omatidios, o sea, unidades elementales, las reinas 4290, las obreras 6300 y los zánganos 13 mil. Acaso la metáfora es excesiva. Apelaré a otra, a eso que descubrieron los antiguos griegos y que conocemos y llamamos polígonos. Si la vasta problemática del Covid-19 cabe en un espacio de un polígono, me arriesgo a decir que no será uno simple —uno de 5 lados— sino el de un nonágeno, unos 9 lados. ¿Acaso no incluye medicina, recursos sanitarios, gobiernos, consecuencias demográficas y comportamientos distintos dependiendo de cada cultura y sociedad? Creo que es mejor regresar al ojo de la abeja. Entremos, pues, a la era de las incertidumbres.

Comenzaré por una buena noticia. Como dicen los clásicos, primero la miel y luego la hiel. «Los latinoamericanos se adaptan a la cuarentena: salen a comprar lo básico y sin reuniones sociales.» No lo digo yo, sino que circula en el mundo, al publicarlo El Mercurio de Chile (21 de marzo). Nos enteramos que Bolivia cierra sus fronteras. Que México —¡al fin!— anuncia restricciones. Y que hay unos españoles varados en el Ecuador. No lo he leído en el diario en papel, me lo hace llegar por mail una amiga que me hecho, Amanda Marton. Me pide a veces mi opinión, y como le respondo, me hace el favor de enviarme su larga nota que ocupa una página entera. Menos mal, intenté leer por Internet los diarios chilenos, brasileños y demás, pero Internet es una buena mierda. Cuando logras llegar al periódico o revista e intentas leer, te bombardean con publicidad, propuestas de viajes y hoteles a Cancún o donde sea. Imposible de leer. Hay que suscribirse, pero me temo que ni por esas. En 1445, antes que Colón se equivocara creyendo que se iba al Japón de frente, un alemán apellidado Gutenberg inventa la imprenta. Y se inicia la era de la razón. El entendimiento vive en el lenguaje escrito. Hablar lo hace cualquiera. En cambio, leer o escribir obliga a pensar. A producir un texto argumentado. Dios del cielo, un libro, ¡qué fastidio!

Hemos dicho versiones contradictorias. En la televisión he escuchado anoche al presidente Vizcarra. No era un mensaje a la nación como en otras ocasiones. Diría que de buen talante, conversaba. Y me entero que son algo como 8000 transeúntes metidos en cana por desobedientes. Así, eso que los latinoamericanos se portan correctamente, no es del todo cierto. Vizcarra cuenta como hay gente que para pasearse y dejar la casa, compran, pero por partes. Un viajecito para el arroz y los frejoles. Otro para el aceite. O sea, como el mismo presidente lo dice, para «sacarle la vuelta» a la norma establecida.

Hablemos en criollo. ¿Qué pito toca el jefe de Estado si el roche y el gratén viene de no obedecer? Me dirán que exagero, que es quitarse caleta nomás. ¿Qué pasa, o estamos rayados? No lo creo. Es otro asunto, no nos educan con cursos de lógica que desaparecieron. Ni hemos pasado por ser una sociedad industrializante, lo que obliga a un cierto sistema de pensamiento dado a lo real. ¿El peruano corriente estaría más cerca del homo ludens que cualquier otra cosa? La tragedia no la entendemos. Al punto que hasta en los velorios contamos chistecitos. Sin embargo tenemos situaciones psicopáticas, Lava Jato, Odebrecht, corrupción, guerra de Sendero. Pero, claro está, Dios es peruano. Aquí nunca pasa nada. O sea, pasa todo, pero no queremos ni verlo.

No me sorprendí, pues, cuando el presidente Vizcarra dijo que no le cambiaran las reglas de su decreto, y resulta que les dice que «no sean creativos». Juro sobre la cabeza de mi madrecita que eso mismo le digo a veces a algún alumno que prepara una tesis, «sigue las reglas, primero la introducción del tema, luego en primer lugar, en segundo lugar, desarrollando idea tras idea, y al final, conclusión». Por lo general, eso les aburre. El orden de las ideas. Una vez, un amigo me cuenta que uno de sus pacientes hacía lo posible por evitar lo real. El psicoanalista le preguntó si creía que dos por dos es cuatro, y la respuesta fue: «claro que sí, pero me jode».  

Tengo una sobrina en Alemania, Sylvia, hija de mi hermano Tito, muerto hace decenios en un accidente aéreo. Nos cuenta: «las ciudades están casi desiertas, el escenario evoca una novela de Saramago, se busca con ello hacer lento el avance del mal.» «Por suerte la gente es consciente del peligro, no es loca». Mi sobrina ve «menos locura consumista, desperdicios y contaminación, el medio ambiente y la naturaleza agradecerá la pausa». Nos cuenta, «confinamiento forzoso, movilización con salvoconducto, padres más tiempo con sus hijos.» Y esto que por aquí no se entiende: «el virus llega a muchos, según la concentración».

Polígono de muchos ángulos. Pero nada será lo mismo cuando pase este excepcional momento. Algo parecido anticipa Jaime de Althaus, una cierta nostalgia, dice que echará de menos los apretones de mano de los días antes del coronavirus. Otro periodista sostiene que «se puede cambiar la ciudad». ¿Solo eso?  

Todo va a cambiar. Las industrias por todas partes se interesarán por los laboratorios farmacéuticos porque al coronavirus, aun con vacuna, le seguirán otros virus y amenazas. Cambiarán las casas, los edificios, las formas de trabajar. Los que estudian el «virus de la desglobalización», como lo hace Sorman, piensan que se avecina una reindustrialización de cercanía. En otras palabras, se acaba el negocio de producir con mano de obra barata de los chinos para venderlo al otro extremo del mundo. No volverá el nacionalismo económico, pero el actual sistema de mundialización que solo piensa en ganancias, se está hundiendo. La naturaleza —no Marx— ha frenado la sociedad del exceso consumista y las intoxicaciones financieras del 2008. Los objetivos de los seres humanos no serán los actuales, la vida primero. Acaso regrese algo de espiritualidad y de vivir más naturalmente. ¿Y todo eso gracias al coronavirus? No señor, gracias a la ciencia. Se detendrá la aceleración de este sistema mundial que ataca la naturaleza, olvidando que Adán no era el dueño del Edén sino su jardinero. Viene otra era. O bien, desaparecemos como lo hicieron los neandertales, especie extinta al no poder adaptarse a los cambios climáticos. Pero aquí, esas cosas no importan. Rospigliosi considera que para Vizcarra «el coronavirus es herramienta política». Dice que es un «aprovechamiento». No, pues, Fernando, a mí me parece que el mal estaría en que no hiciera nada. Eso está pasando en México, en Brasil con ese Bolsonaro que es una calamidad como Trump. Por una vez discrepo completamente.

Publicado en El Montonero., 23 de marzo de 2020

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