El joven centenario nos ha dejado

Escrito Por: Hugo Neira 305 veces - Mar• 22•21

«Si con la muerte se descubre las premisas de la vida, es robarle algo a la muerte misma»

 —Abdellatif Laâbi

La otra noche nos llegó la noticia de que Luis Bedoya Reyes había dejado este valle de lágrimas. Estábamos en el Instituto de Gobierno en un evento virtual. Cada semana invitamos a un candidato que aspira a ser presidente para que nos explique largamente su programa de gobierno. Los dejamos hablar, no hay preguntas capciosas, solo somos el puente entre el político y sus ideas y la ciudadanía. Pero esa noche, de inmediato, nos pusimos de pie para guardar unos minutos de silencio ante el político y el ser humano que todos respetamos. A veces conocemos ciertas personas que son como un monumento, es decir siempre presentes, como si fueran inmortales. Pero nadie lo es, cosa que olvidamos. La frase que encabeza estas líneas es la de un poeta árabe, cuando tenían poetas y mentalidades no siempre dogmáticas. Al día siguiente, la primera plana de un diario, El Comercio, con toda la razón: «El Perú le dice adiós al último gran político del siglo XX». Y pensé en escribir estas líneas. Con el Tucán se va una época y una manera de hacer política, muy distinta al canibalismo de estos días.

No me detendré, pues, sobre lo que sabemos que hizo el Tucán, cierto, dos veces alcalde, el fundador del PPC, partido básicamente católico y demócrata de comportamiento moderado. Claro, eso último, hoy es al revés, las corrientes radicales sorprenden en las encuestas. Puede que sea así, pero como vivimos en la época de la mañosería, me viene a la cabeza lo que decía el agudo Winston Churchill: «solo creo en la encuesta que yo mismo hago». Lo que yo pienso es que nos están atarantando. La primera vuelta es un anticucho que solo vamos a saber después del 11 de abril. En fin, logró convencer en hacer el Zanjón, ¡qué hubiera sido la pobre Lima sin esa modificación! Pero esa historia y el hecho de que no llegase a ser presidente, es historia. El tema es otro.

La cuestión es: ¿cómo era Bedoya Reyes? ¿Qué carácter y modalidades? Y la razón por la cual lo echaremos de menos. Pero conviene que le diga al amable lector, que parto de dos a priori. No fui parte de su partido. Lo segundo, hay la costumbre de llenar de virtudes al que se ha ido al otro barrio para siempre. No es mi caso. Ocurre que en vida suya, lo conocí personalmente. A Harold Forsyth se le ocurrió algo muy valioso, una larga conversación con Bedoya Reyes. El resultado fue La palabra del Tucán, Planeta, en el 2016. Y ambos me hicieron el honor de hacer el prólogo. Ese libro es una interminable plática entre el Tucán y el diplomático Forsyth, y recomiendo su lectura. Me atreví a sugerir el título, «Luis Bedoya Reyes. Del hilo al ovillo». ¿Por qué razón? Porque  es un hilo en que desfilan aquellos que conoció y acaso disputó, a saber, Velasco, Haya de la Torre, Bustamante y Rivero, la Arequipa de protestas y huelga estudiantil en 1950, y por cierto, Belaunde. Todo eso, conversando con Harold, sobre la ruptura de la Democracia Cristiana, o la victoria electoral de Belaunde, y hasta Fujimori presidente. Dios del cielo, el libro que menciono es la vida del Tucán y la vida misma de la clase política y la historia peruana a la vez descifrable, cambiante pero comprensible. No el arroz con mango de estos días. Hubo, por un lapso, una clase política. Hoy la captura del Estado fragmenta al país.

Amable lector, la historia se entiende cuando hay un historiador honroso y neutral. Basadre lo era pero ya se nos había muerto. Pero la historia tiene otro ángulo, cuando la disertación la hace el actor. En el caso del Tucán no hay disimulos, con él el tono es franco, directo. Y sin embargo, con la franqueza la tolerancia hacia el otro. Pero eso no es todo. Hay otro libro que se titula Joven Centenario, editado por el Fondo Editorial del Congreso del Perú. Sendos libros revisitan regímenes electos y dictatoriales. Y él siempre en su lugar. Por eso, «un personaje de excepción».

Voy a contarles un par de gesto del Tucán ante sus opositores. Nada mejor que la anecdota. No me voy a detener en las críticas que le hicieron cuando plantea la posibilidad de una obra municipal que abría vías nuevas que hoy conocemos como el Zanjón, le dijeron de todo, opositores a la remodelación del Paseo de la República, «que por poco no aborta» (p. 419, Joven Centenario). No, más bien un caso más fino y humano. De la noche a la mañana, se llama a elecciones municipales. Estamos en 1963, en Palacio, Belaunde Terry. Después de cuarenta años, las autoridades locales iban a ser elegidas por el voto universal y directo. Hasta entonces, los alcaldes eran nombrados por el Ejecutivo. Era importante quién sería el que tuviera el Consejo provincial. Era un reto para los partidos de entonces. Y surgieron tres candidaturas. Las de la Alianza Popular junto a la Democracia Cristiana. El segundo era una coalición, APRA y la UNO de los Odriístas. Y un tercero, de Unidad Popular (que logró apenas un regidor).

¿Cuál era el problema? No solo había militantes numerosos del aprismo y los odriístas, sino algo más. La candidata a la alcaldía era la señora María Delgado de Odría, persona muy querida por las capas sociales pobres. Era la época en que rodeaba a Lima una periferia urbana construida por los propios pobladores, y que se acercaban al Estado para que les ayudara. Luis Bedoya Reyes en su memoria nos dice qué hizo para ganar. «La señora Odría me aventajaba en votos reales, contantes y sonantes». ¿Qué hizo? La conoce, encuentra una dama amable y buena persona, y entonces, decide no decir nada de agraviante ante la esposa de Odría que era más popular que su marido. Cada uno bailó con su pañuelo. Y todo el mundo daba triunfadora a la señora María Delgado porque ayudó mucho a diversos grupos que no tenían llegada al Estado. Y el Tucán tuvo el tino de correr acaso el riesgo de una derrota. «Dejé de lado la soberbia». Y el resultado fue Bedoya Reyes con 287’941 votos y en consecuencia, 19 concejales. La señora María Delgado de Odría, por muy poco no le ganó, 253’211, y 17 concejales. No era tiempo para radicales, solo obtuvieron unos 3’676 votos. Entonces, ¿intuición? ¿Maneras personales de caballero? Es hora de decirlo, el arte de disputar con el rival sin deshonrar ni herir. Eso era Bedoya Reyes. ¡Cómo hemos olvidado esos modales! La democracia no es solo las urnas sino un modo de vida. Pero hoy los troles son los agentes del caos.  

Volviendo al Tucán, la otra actitud también generosa es cuando terminado el conteo de las elecciones, la Asamblea Constitucional de 1977 convocada por Morales Bermudez, con el decreto Ley 21949, debía instalarse el 28 de julio de 1978. Los resultados arrojaron que los mayores votos  preferenciales favorecieron «a Víctor Raúl Haya de la Torre con 1’038’516 votos personales y el segundo lugar con 644’131 le correspondió» (p. 723). Pero mediante un llamado por teléfono, «todos los grupos de izquierda reunidos por la noche, habían acordado postularlo» al Tucán. La respuesta de Bedoya Reyes vino de su razonamiento. «Las izquierdas competían entre sí mismas. Van a tener el control de la Asamblea. Esa institución se iba a convertir en «un híbrido lleno de contradicciones». Y finalmente, entiende que el asunto era «humillar a Haya». El Tucán en la tarde medita: «ese hombre, a lo largo de su vida, persecuciones, prisión, destierro, un confinamiento de por vida, preso en el Panóptico en la era de Benavides… », «esta puede ser la última oportunidad de su vida…». Y es así como el Tucán «no acepta ser el Presidente de la Asamblea Constituyente, y lanza la candidatura de Haya de la Torre». No quiero, al contar estos hechos, descender a lo sentimental, pero es cierto que hubo lágrimas en los ojos de Haya de la Torre. Por lo demás, no ocurrió lo que temían las izquierdas: Haya dejó hablar a todos los constituyentes. Había vuelto, en su mente, a sus primeros años de revolucionario. Cosas del lado oscuro de la vida peruana, las izquierdas detestaban a Haya sin conocerlo personalmente. En esa Asamblea, a Haya le fascinaban dos oradores, Hugo Blanco y Cornejo Chávez.

Amable lector, ¿conoce usted a algún político que, en nuestros días, tuviera ese gesto de ceder la presidencia porque el otro, había luchado intensamente?

Pero por algo El Comercio en esa portada del viernes 19 de marzo pone esta entrada: «Su memoria y trayectoria suponen un contraste enfático con los modales (o ausencia de ellos) que hoy caracterizan nuestra política». Hoy eso que nos atrevemos a llamar política ha dejado de serlo, era una competencia entre tendencias y grupos distintos. Eso sería lo normal, el «principio de pluralidad». Pero ya no lo es, lo que me hace pensar en el filósofo alemán, Voegelin: no hay partidos sino «religiones políticas». En consecuencia, vanidad, dogmatismo y convencimiento que tienen los que creen poseer la verdad absoluta. Nos hemos vuelto maniqueos. Y no somos los únicos. Y además, la meta, por cierto vil, como lo señala Francisco Durand, es La captura del E$TADO. El título juega con la S para ponerla como signo del dólar. Para ese virus, no hay vacuna. La fiebre de ser multimillonario de la noche a la mañana. La puerta giratoria de los sobornos.

El Tucán, en cambio, hasta después de sus 100 años, seguía atendiendo en su escritorio de abogado. Todo está dicho. Acaso por eso siempre sonreía. La longevidad y salud del honesto.

Publicado en El Montonero., 22 de marzo de 2021

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