El otro Maquiavelo. Realismo y errancia: la invención del político moderno

Escrito Por: Hugo Neira 4.979 veces - Mar• 04•14

  

Dedico a todo peruano que haya tenido que irse fuera del Perú, sea por razones políticas o económicas, este ensayo sobre un hombre del XVI  que también se hizo en la lucidez del destierro.

De Maquiavelo, todos conocemos El Príncipe. O por el rumor, es uno de los autores de los Tiempos Modernos el más afamado. O por necesidad, forma parte de cualquier conversación, tanto como la insinuación de maquiavelismo.  Como obras tuvo varias, incluyendo un tratado sobre la guerra y varias comedias. De sus libros, sin embargo, el citado, es el más célebre y el más breve. Su fortuna, en cambio,  es controvertida,  admirada como detestada. El repudio o la estima por ese libro de apenas 150 páginas y 27 capítulos, que el mismo autor trata de “opúsculo” (en carta a su amigo Francisco Vertori), envuelve o compromete en uno y otro sentido la totalidad del pensamiento occidental de los últimos siglos.  Bonaparte lo llevaba en su alforja de general, texto célebre lleno de anotaciones. Hay una historia del maquiavelismo. No se intenta abordarla aquí, pero conviene saber que existe. Y que es extensa, muy extensa.

Introducción. Hacia el otro Maquiavelo, el republicano

A Maquiavelo se han acercado desde sus contemporáneos, humanistas del Renacimiento, como es el caso de Guicciardini (1482-1540), a todo tipo de filósofos y escritores hasta nuestros días. Algunas de las mejores páginas sobre Maquiavelo se deben a T.S. Eliot, dramaturgo americano de formación inglesa y francesa, y Premio Nobel en 1947. Admiraba su examen de “las debilidades e impurezas del alma humana”. Lo que lo llevó, según Eliot, a unas lecciones sobre política, “porque no tenía capacidad para el autoengaño”. Por lo general ha interesado a políticos y analistas de la política, aunque no siempre serenamente. Durante las guerras de Religión, en el XVII europeo, sobre la herencia de Maquiavelo desciende el anatema y sus libros conocen la hoguera. El moralismo hugonote francés —es decir, protestante— en cambio lo recupera, mientras otros ven en sus argumentos la prueba del “cinismo italiano”. Y siendo lectura de ilustrados del siglo XVIII, próximos a la Revolución, y de patriotas italianos garibaldinos del XIX contrarios a la Curia, la suerte de Maquiavelo pensador habría de seguir la marejada de los conflictos históricos. Pero sus peores impugnantes son los que nunca lo han leído.

Error. El Príncipe no es precisamente un manual para tiranos o mafiosos. Hay que decirlo, la ignorancia suele ser insolente. Maquiavelo no fue maquiavélico. Ni lo que entendemos una mala persona.  Como es fácil de imaginar, dado sus tantos y tantos enemigos, se conoce al pormenor su vida familiar, tuvo cinco hijos y esposa, se conoce la correspondencia de Mona Marietta, sus cartas dulcísimas; lo echaba de menos, Maquiavelo era, dice uno de sus mejores biógrafos, “el viajero perfecto” (Marcel Brion). Suiza, los alemanes, la corte del Papa en Roma, no dejaba de viajar para estudiar usos y costumbres. Estudiar a los hombres “tal como son”. No hay huella alguna de que fuera un canalla. De algún mal paso suyo, ya se sabría. En su mejor situación, cuando administraba Florencia mientras Soderini combatía, sabemos que ganaba 192 florines. En Florencia, entre los comerciantes y trabajadores —los mechanici a los que Maquiavelo, un puro político, sabía que no pertenecía— había centenas de familias que vivían mejor que la suya. Sobrevivió cuando ya no era un alto dignatario de la Señoría, como pudo, a troche y moche, y se sabe de sus trabajos fortuitos y de sus amigos humanistas a los que visita cuando ya no es sino un errante. Cuando se acerca la hora de su muerte, dijo que preferiría ir al infierno para seguir platicando con sus buenos amigos, pensaba en los Strozzi, en Boudelmonti. Un fraile llamado Matteo le hizo los responsos y sus cenizas fueron a dar a la Iglesia de la Santa Croce. Aunque luego se perdieron. Gran parte de su vida fue un exiliado. Alguien alejado para siempre de su patria, Florencia. Este dato del exilio hay que retenerlo, le acompaña, como acompaña a Marx que rodó de Francia a Bruselas y  Londres donde vive malísimamente, escribe y muere. La errancia marca la vida de Rousseau precisamente en el momento en que  es más célebre, temía que lo envenenaran. La diáspora hace a Hannah Arendt.  Conviene recordarlo, los creadores de la filosofía política y de las ciencias políticas, del XVI a la fecha, no han tenido una vida sosegada. Que el lector saque las conclusiones que se imponen. Ahora bien, si apuntamos a quien perdía autoridad cuando se ponen a circular sus escritos, que fueron póstumos, nos pondríamos en la buena pista.

En mis cursos explico, después de Aristóteles, a Maquiavelo. Entenderlo prepara a la comprensión de otros grandes filósofos de la  política, Hobbes, Rousseau, Tocqueville, todos laicos. Insisto en las aulas que con este hombre del Renacimiento se crea “la autonomía de la política”, tesis es de Benedetto Croce. Otros resaltan que Maquiavelo es “la secularización de la política”, tesis de Adrián Jmelnizky. Esto de secularizarla quiere decir “que excluye de la teoría política todo lo que no parece ser estrictamente político”. La primera víctima de la exclusión, dice Jmelnizky fue la religión, “pero hubo otras”. Hay un “momento Maquiavelo”, la idea es del profesor Olivier Nay, profesor de ciencias políticas en La Rochelle.  Quiere decir que fue él quien marca “la ruptura entre la política y la moral”. Así, el pensamiento político de la Edad Media es reemplazado por otra cosa. Razón y voluntarismo del príncipe, sus cualidades y una ética de la eficacia. La conocida metáfora de la zorra y el león, la idea de usar de la astucia y la fuerza si es necesaria. (1) Ahora bien, las teorías absolutistas y la idea misma de la razón de Estado no están ni en Maquiavelo ni en las repúblicas italianas, pero sí su preparación, luego de los enunciados de Maquiavelo. El siguiente paso será la Soberanía, el Estado moderno, y eso es Bodin, Hobbes y Robespierre.

Maquiavelo tiene sus límites, como toda filosofía política. Los suyos son los de la actividad misma de la ciudad autónoma, en su caso, la ciudad  de Florencia. Pero queda establecido un molde que puede aplicarse a entidades más anchas, a Reinos. La actividad política misma sería entonces gobernada por leyes distintas a otras actividades y a la moral convencional. Con Maquiavelo, con El Príncipe, aparece el principio del realismo. No pretendió cambiar al hombre,  ni crear “el hombre nuevo” que a lo largo del siglo veinte proponen una serie de  apóstoles armados de utopías totalitarias. Como lo vamos a estudiar más adelante, Maquiavelo no se puso a dar lecciones de moral, eso fue la pedagogía durante mil quinientos años medievales de los hombres de la Iglesia. Vanamente. Toda sociedad es un campo de fuerzas encontradas. Y en todo ser humano arde la vanidad o la envidia. El problema del poder no es anularlo, tampoco es someterse. Es conseguir que los hombres que “sin él se despedazan”, lleguen al “bien común”. Este concepto está en Maquiavelo, y algo más, le intriga el fenómeno  de la agitación popular. Se interesa por “los tumultos romanos” y propone que “toda ciudad debe arbitrar vías por donde el pueblo pueda desfogar su ambición” (Discursos, inciso 3). Sin él no hay Rousseau, ni Tocqueville ni Hannah Arendt. Ni las actuales ciencias sociales. Cinco siglos atrás, nos puso en el camino de lo que nosotros llamamos ahora “la lógica de lo social”. Unos dispositivos colectivos que permiten que haya eso que llamamos “sociedad”. Y no los inspira solo el mercado. Como se dice, hay cosas en la vida que no tienen precio. Mercado siempre hubo, lo que no siempre hubo fueron Repúblicas y Naciones.

Maquiavelo, hay que decirlo, porta consigo una terrible lección. Consiste en decirnos cómo son los hombres. “ En la generalidad de los casos, son ingratos, hipócritas, cobardes en el peligro, y codiciosos” (Cap. XVII, El Príncipe). Ahora bien, la cuestión que se plantea el oscuro funcionario de la Segunda Cancillería de Florencia (Pier Soderini era el jefe político-militar) es si, pese a las debilidades de la condición humana, merecían ser esclavos. La respuesta es que no. Maquiavelo era un republicano. Y Florencia, no hay que olvidarlo, una democracia, aunque naturalmente no de masas como las de nuestro tiempo. Cuando Soderini lo nombra, cuando la Señoría de Florencia se libra de los Medici, Maquiavelo tiene 29 años. Y las ideas claras.

Hubo de razonar entonces sobre el tema siguiente: ¿cuál era la mejor política posible para que la República de Florencia sobreviviera en una Italia fragmentada y llena de guerras y rivalidades de su tiempo? Maquiavelo reflexiona y una de las cosas que recomienda a los Príncipes es dejar de acudir a los clérigos. Y es eso lo que la Iglesia no le perdonó nunca. Al segundo Secretario, que no estaba hecho para la venta de “seda y lanas” como él mismo había confesado, que lo observaba y anotaba todo, cuya única pasión era la política,  se le iba a ocurrir que los hombres eran “rarísimamente completamente buenos o completamente malos” (Discursos, inc. 27); de una  manera u otra, tenían que aprender a obedecer. Y los que mandan, a admitir los sacrificios que trae consigo detentar el poder. Un lenguaje tan franco debió haber sorprendido y sorprende en cualquier época.  Un consejero  rarísimo, que no pensaba en complacer o en desagradar sino en abrir los ojos a los poderosos para que no se perdieran, y con ello, Florencia, la paz, los Reinos. No es poco. El gran liberal que es Isaiah Berlin —“la mirada despierta de la historia” lo llama el español Bocardo— explicó en un texto magistral la contradicción irresoluble entre la doctrina cristiana y la ciudad-estado concebida por el pesimismo constructivo de Maquiavelo.

En su idea del buen gobierno, en efecto, hay gestos y decisiones que son desagradables. Por lo general el buen Príncipe no debería espiar a sus rivales ni usar de la malicia, entre otras malas artes.  Ahora bien, puede que eso lo haría un correcto cristiano pero por las mismas razones, un pésimo servidor de la causa pública. Un cristiano perfecto hace un monje, pero no un guerrero y menos un político. Maquiavelo en otro de sus pasajes de su célebre opúsculo, usa la metáfora del zorro y el león. Es decir  las alegorías de la astucia y el coraje. Lo que está diciendo es que no se puede ser ingenuo en política. Y que un riesgo mayor a la cabeza de un reino es un hombre iluso o irrealista, y lo que es peor, un indeciso. Maquiavelo extrae el tema del poder de los encantamientos de la teología medieval. Al inventor de la secularización de la política, los jesuitas se encargaron de combatirlo durante siglos. Aunque en realidad, lo leían a hurtadillas. El maquiavelismo es contagioso.

Maquiavelo introduce el sentido común en el arte de la política.  Un sentido realista que nunca está de más en esos menesteres. Como un poco más tarde, los astrónomos y los médicos. Es cierto que lo inspira el tiempo suyo, un siglo de hierro, la guerra misma, sobre la cual publicó un Tratado (Dell’arte della guerra, 1521). También en esos años de errancia del exilio, escribe comedias (La Mandragore, Clizia). Era un renacentista, pero no nos perdamos. Si en su obra dedicada a la guerra daba lecciones de estrategia y táctica, acaso hay en Maquiavelo un desplazamiento del arte militar al de administrar la ciudad. En fin, hizo más. Diseña un campo estricto de qué es lo político y qué no lo es. Comienza por apartar a la religión, asunto de urgencia. Tiempo de Papas que tenían hijos como César Borgia y ejércitos y territorios propios. Roma no era lo que es hoy, el Vaticano. Pero este llamado a lo real aparece en otros dominios de la civilización del Renacimiento. En la pintura es la perspectiva, parece poco pero no lo es. Es Galileo unos años más tarde, apuntando a la luna y  viendo en ella cráteres. Es decir, imperfecciones en la obra del creador. Los navegantes van a descubrir otras humanidades que no están mencionadas en las Escrituras, como los aztecas mexicanos y los incas andinos. El Renacimiento se interesa por lo real. No había pasado desde los griegos.

No hay que tomar, sin embargo, a Maquiavelo como un antirreligioso, un agnóstico. Eso es Voltaire y los ilustrados franceses varios siglos después. Nada prueba que no fuera tan piadoso o creyente como cualquiera de sus coetáneos. Lo suyo era prudencia ante los abusos del clericalismo, enormemente fuerte en sus días. Por lo demás, mientras limitaba la influencia de las sotanas en el Palazzo Viecco de Florencia, no dejaba de pensar que la divina providencia introducía factores inesperados, ora felices, ora calamitosos. Pero, no la llamó así, la llama “la fortuna”. Una vez más, los antiguos romanos. De esa alma antigua de Maquiavelo nos ocuparemos más adelante. Quedémonos, por el instante, en ese sentido particular de los acontecimientos. Hoy le llamamos el azar. Una guerra por ejemplo. Una crisis económica. Todo lo que tenga el mundo no solo político sino el mundo financiero y social de imprevisible, incluyendo catástrofes de centrales atómicas y plagas.  Un buen ejemplo del azar es que los Medici, después de catorce años, regresan en 1512 a Florencia que deja de ser republicana, portados por las lanzas españolas. Ese año es el fin de la Florencia autónoma de Soderini y Maquiavelo. Pero ¿no fueron arrojados anteriormente a los Medici, con ayuda de tropas francesas?  Los condotieros al servicio de los florentinos, en ambos casos,  no eran muy eficaces. Eso explicaría la preocupación de Maquiavelo por contar “con una milicia”. Ese es otro tema por examinar. Si inventas un ejército profesional, entonces, inventas el Estado moderno.

Ahora bien, si el azar existe (2) —y hay un excelente texto de Ilya Prigogine sobre el desarrollo vertiginoso en las ciencias de un nuevo paradigma fundado en las fluctuaciones, en la vida y la economía, la física y los procesos sociales—, entonces la política tampoco puede ser una ciencia exacta.  Comenzaba a serlo en su tiempo la astronomía. Maquiavelo no es un Newton, es su par contrario. Inventa un saber ante un sujeto imprevisible, de cara a lo indeterminado. Ningún Estado puede descartar los elementos azarosos. Ningún Príncipe puede desatender la posibilidad del azar. Eso era lo que percibía el prudente Maquiavelo. No era como algunos lo suponen, el intrigante, sino el previsor, el observador realista. Según Slieldon Wolin, en nuestros días uno de sus grandes estudiosos, en el maquiavelismo en tanto que ciencia política, el florentino desarrolla lo que se puede llamar “una economía de la violencia”. O sea, “una ciencia de la aplicación controlada de la fuerza”.

De lo que estamos hablando es del tema decisional. Del corazón y cerebro mismo de la política en términos de Estado y Soberanía de los tiempos modernos hasta nuestros días. Maquiavelo conocerá los primeros Estados soberanos pero fuera de Italia, en el reino de Francia, en la Alemania magna, imperial. Pero su principio del poder decisional, iniciado en Florencia, es la matriz de la modernidad política. Decidir actuar, o no. Podemos suponerlo, entonces, de vivir en nuestros días, como consejero del presidente Obama. Y ante el tema de Siria. Ante el riesgo de intervenir como el de no hacerlo. Maquiavelo no se enredaría en alguna doctrina del derecho internacional sino en lo que ha llamado, en nuestros días, el filósofo Jonas “la ética de la responsabilidad”. La cuestión capital no está en discutir unos y otros principios, sean los de la no intervención en un Estado soberano, como lo es Siria, sea el caso contrario, el de la intervención.  En uno y otro se puede tardar eternidades, hay argumentos para cada doctrina. Todas respetables, pacifistas o intervencionistas, pero la cuestión se zanja por otra cuestión. ¿Cuáles serían las consecuencias? Tanto de  hacer como de dejar de hacer. Este dilema envuelve ética y política a la vez. Y nos revela una inevitable incertidumbre. Y en consecuencia, ay del que asume el status de quien decide o decide no hacer nada. Y en el mundo en el que vivimos, cada vez más opulento, más pequeño, la revolución de las comunicaciones ha estrechado el planeta. Y siendo más complejo, el oficio del político ha dejado de ser una actividad sencilla.

Lo actual remite a Maquiavelo. Sus obras se escriben para decirnos que la política es la más necesaria de las actividades humanas sin dejar de ser una de las más difíciles. Hágase lo que se haga, lo obrado será materia de discusión. Y de eso se ocupa, por una parte, la actualidad. Pero también la memoria de pueblos y naciones, la historia. Todavía los franceses discuten si es conveniente aprobar o no a Bonaparte, los americanos sobre su guerra de Secesión y si Lincoln fue o no inoportuno con su propuesta de ley sobre el fin de la esclavitud o si Roosevelt —según dicen— dejó sin efecto la información de una nube de aviones japoneses volando en dirección a Pearl Harbor. Solo un ataque sorpresa e infame sin declaración de guerra de parte de Tokio podía convencer a la opinión pública americana, hasta ese momento más bien pacifista, de ingresar en la segunda guerra mundial. Nosotros discutiremos hasta la saciedad sobre el error del presidente Pardo de firmar un Tratado secreto con Bolivia, o dejar de comprar las fragatas que se preparaban en Inglaterra. Así es la historia, la vida misma y la política. Un  mundo hecho de decisiones e indecisiones. Conga va o no va. Y a llorar al río.

En Maquiavelo la idea fundadora de la política es la de un campo de inevitable conflictividad. Desde esta lectura, pues, enrumbé mi ponencia en el Instituto de Gestión Pública. Hubo una mesa de debate y en ella acompañé a Carlos Meléndez, Alan García, Ricardo Vásquez (23 de agosto de 2013). No puedo opinar que fuera una mesa estupenda, por precisamente formar parte de la misma, pero esa es la impresión que dejó, existe grabación. Por lo demás, fue debate organizado por los propios alumnos, bajo la convincente batuta de Úrsula Silva. Por mi parte, me limité a comparar los dos grandes libros de Maquiavelo. Es decir, El Príncipe y el Discurso sobre la primera década de Tito Livio. Menos conocido este último, sostuve esa noche que me parecía extremadamente importante. Si en el primero se dirige al Gobernante, a Soderini, su amigo, Gonfalonero de la Señoría de Florencia, en el segundo, escrito entre 1513 y 1516, se dedica a pensar lo político para pueblos, repúblicas, el concepto de multitud, y acaso menos para los príncipes. (3) Mi tesis es que el gran libro republicano son los Discursos”. El presente trabajo se sirve de las notas que preparé para esta exposición.

Explicación del plan de exposición

Este trabajo está concebido en nueve partes, siguiendo un orden expositivo que va del contexto al texto. En la parte I, se propone al lector un resumen de la vida y obra, es decir, en forma sucinta. Lo que permite una mirada sintética. En la parte II se establece los vínculos entre Maquiavelo y el Renacimiento. Las dos siguientes partes abordan dos actores sociales y políticos de enorme trascendencia en la concepción de Maquiavelo,  los banqueros y los condotieros —parte III, “una nobleza del dinero”— y parte IV, “los soldados de fortuna”. Explicado ese asunto se emprende en la parte V cómo Maquiavelo inventa prácticamente su rol y su vida. Es un capítulo importante porque se exponen sus métodos, y porque los adoptó en el curso de sus muchos viajes y misiones que tuvo: “del compromiso político al arte de saber observar”. A la obra de El Príncipe, se la aborda después de esas consideraciones, parte VI, “ni manual ni tratado”. Las ideas claves, virtud y fortuna. La parte VII se dedica a comentar los “Discursos”. Y a mostrar ese Maquiavelo republicano que a veces no se percibe en otros estudios. Es la parte más larga del estudio. La parte IX está dedicada a los años de destierro. Damos importancia a lo que hizo Maquiavelo cuando ya no vivía en Florencia ni era altísimo funcionario de la Señoría. Lo que hizo fue escribir y proponer lo que hoy llamamos, indistintamente, ciencias políticas o filosofía política contemporánea.

I. Resumen, vida y obras

Nace en Florencia en 1469. Justo el año en que el banquero Lorenzo el Magnífico asume el poder. En 1492 tiene 23 años, cuando a un Medici lo reemplaza otro, Piero, y cuando los Reyes Católicos toman Granada, se descubre América y moros y judíos son expulsados de España. Maquiavelo proviene de la pequeña nobleza florentina y va a crecer en una Italia desgarrada por la rivalidad de unos y otros principados, que además se solían aliar a potencias extranjeras. Y por eso previó, para su célebre libro, este título: Principatibus, es decir, de los principados. Su infancia transcurre en una ciudad bajo tutela de los Medici, hasta que las tropas francesas la liberan en 1494. Florencia se vuelve republicana pero un monje radical, el dominicano Savaranola, toma el poder y establece una dictadura teológica. A los dos años, el propio pueblo florentino que lo había amado por su fervor puritano, llega a odiarlo. Savaranola es ejecutado. Florencia adopta la forma de una República. Por sus mecanismos es una oligarquía de unas mil familias —ricos comerciantes, muchos ennoblecidos— y su gobierno, llamado Señoría, estuvo compuesto de diez personas, uno de los cuales era el gonfalonero de justicia. Gonfalenero: título de origen medieval para el jefe de una república. “El que lleva la bandera”. En este caso, Piero Soderini. 1498: el joven Maquiavelo es elegido Secretario de la Segunda Cancillería, lo que pone en sus manos los asuntos exteriores, la defensa y el control interno. Se explica entonces su actividad administrativa y sus viajes. Durante 14 años lo ocupa un inmenso trabajo, debe viajar, observar, comparar, tanto las cortes extranjeras como sus ejércitos. Y rendir informes a los “diez”. Como lo veremos más adelante.

En Florencia, de agitada vida política, las autoridades cambiaron con frecuencia, pero Maquiavelo se mantuvo en su puesto. Este le da una perspectiva única no solo sobre Florencia sino ante otras repúblicas, Pisa y Venecia, Italia misma, el mundo de su época, incluyendo el Imperio (o sea Austria), la corte del Papa y Francia y España, que ocupa el sur de Italia. 1512: los Medici vuelven al poder. Y es el fin de sus funciones y de su experiencia directa del poder. Tiene 42 años.

Es su segunda vida, la del escritor de libros políticos y pragmáticos. 1513: luego de estar en prisión y haber sido torturado, arranca con sus reflexiones sobre Tito Livio. Luego se detiene para redactar El Príncipe, desde 1513 hasta 1516, y de 1515 a 1520, el Discurso sobre la primera década de Tito Livio. Vinculado a Florencia, pero sin regresar del todo, escribe un Discurso sobre la lengua, que es un elogio del toscano, varias piezas de teatro, como La Mandrágora, 1520. Y un libro, muy en el estilo de su tiempo, bajo la forma de un diálogo, cuyo tema es la guerra. El arte de la guerra, 1520. Algunos de la familia Medici lo ayudan, y le confían una misión de historiografía que se convierte entonces en  Historias florentinas, 1521. Ya no se dirige a los Príncipes que gobiernan sino ese libro resulta ser una reflexión sobre las vicisitudes de la fortuna. 1525: Maquiavelo vivirá para ver la derrota de las tropas francesas en Pavía. Lo que le alegra, conocemos su correspondencia. Siempre fue un partidario de una Italia sin intromisiones exteriores. 1527: año de su muerte, pasan cosas extraordinarias. Las tropas imperiales, o sea, las de Carlos V, saquean Roma. Los Medici que se han apoyado en las lanzas españolas quedan desacreditados. En Florencia una rebelión expulsa, una vez más, a los Medici. La repuesta República no llama a Maquiavelo. No se equivocó cuando escribió sobre la envidia y la ingratitud. No son los banqueros que de nobles solo tienen el título los que lo reprueban, esta vez son otros humanistas florentinos, sus rivales.  Contrariamente a lo que se ha dicho, no muere en el exilio, le permiten volver a Florencia in extremis, y muere en ella, el 22 de junio del año de 1527. En vida, el Príncipe se lo dedica “al magnífico”  Lorenzo de Médicis,  para probablemente volver a sus gracias. Es fama que ni lo leyó. 1531: se editan póstumamente sus obras principales. Y se le leen los siguientes cuatro siglos.

II. Maquiavelo y el Renacimiento.

 

¿Qué era el Renacimiento para Maquiavelo y la gente del XVI italiano?  Para humanistas y artistas, la idea de un renacer consistía en que restauraban el mundo perdido de la Antigüedad. Y de hecho las ciudades italianas se poblaron de estatuas romanas y de eruditos en latín. Despreciaban el desordenado presente y admiraban la Roma romana capaz de unidad política, cultural y religiosa. De ahí la idea de una “edad media”, o intermediaria entre los antiguos y ellos mismos. Ahora bien, en nuestros días se tiene otra idea del Renacimiento. Los historiadores explican esa época prodigiosa como una consecuencia del esplendor económico-social y mercantil de los siglos XII al XIV. En efecto, la Europa cristiana, antes de 1492, tenía potentes hombres de negocios como los Fugger, contabilidad doble en Venecia, ganadería y trashumancia en los pastos de Castilla, una agricultura cerealera había arrancado del hambre a una población que aumentaba, industrias y artesanado y capitalismo comercial, debido a los beneficios de nuevas técnicas de negociar y la paz que imponían los señoríos.  En suma, el tiempo oscuro y catastrófico se detiene en el siglo XII. Pero la idea de “una edad intermediaria, es una concepción que los “modernos” establecen en el XVI, para legitimarse. La visión que hoy podemos tener de ese periodo, dado los estudios demográficos y de historia social, nos dan una idea distinta. Es en la llamada Edad Media en la que se asientan las bases de la expansión europea. Al alba del Descubrimiento todo estaba listo para su expansión en el resto del mundo. Desde sus villas y ciudades y la temprana burguesía,  va a emerger el primer  capitalismo. Con la consecuente invasión de otras civilizaciones cuyos modos de producción eran menos dinámicos. Pensemos en India y en China clásicas. Sin duda injusta, pero el fermento de su expansión estaba listo en sus propias entrañas. El Renacimiento es una consecuencia de lo que lo precede, no una ruptura.

Los contemporáneos de Maquiavelo no podían verlo de esa manera. ¿Acaso podríamos decir nosotros mismos bajo qué signo o nombre se calificará, en el porvenir, la época en que vivimos? Nos falta distancia, perspectiva, concedamos que a ellos también. En el “cuatrocientos”, como dicen los historiadores, la idea de una Antigüedad rescatada era estimulante. Significaba apropiarse de una herencia y un saber, de una cultura fundada en el amor por el conocimiento y la libertad del individuo. Sin ironía, visto desde nuestro tiempo, el gran descubrimiento no eran los antiguos sino ese nuevo sujeto social, el individuo. Es ese el punto de vista de Jacob Burckhardt. El gran historiador suizo propuso otra lectura.  El gran secreto de los renacentistas cabe en una sola palabra, es puro voluntarismo (La civilización del Renacimiento en Italia).  Nietzsche hubiera aplaudido. De Colón a Da Vinci, de grandes arquitectos a banqueros, de Miguel Ángel y los Papas que levantan la capilla Sixtina, los hombres con éxito del XVI italiano celebran la gran vitalidad en el arte, la guerra y el conocimiento del hombre. Y ante un éxito, lo celebraban, era un Trionfi, tanto un poema como una fiesta. El Renacimiento fue un punto muy alto de llegada y estuvo ligado a la aparición de individuos, muchos de ellos, de una arrogancia extrema, del Condotiero al navegante que se obstina en llegar al Nuevo Mundo. El signo del tiempo fue la audacia en religión como en política. El concepto abraza a Maquiavelo y a Lutero. Ambos preparan, aunque esgrimiendo razones distintas, el ingreso a la modernidad.

Pero del XII al XV, siglos renacentistas, son también parte de una edad de grandes turbulencias. Muchos periodos de la historia, una nación, un pueblo, pueden sufrir de sucesos antagónicos. Por una parte, un cambio de los tiempos, una explosión del saber humano y humanista. Y a la vez, simultáneamente, un gran desorden político, social, militar. Hay casos, pero son pocos. Acaso nuestro propio tiempo contemporáneo, pero contentémonos por el momento en señalar, antes de caer en comparaciones riesgosas, que con toda certeza uno de los  casos más notorios de antagonismos es la Italia del Renacimiento. Acaso porque era el fin de un tiempo y el comienzo de otro.

Situemos en su tiempo a Maquiavelo. Situar era una de las palabras claves en el pensar de Sartre. Pues bien será el testigo de una época que sobrevaloraba el talento, las artes y las letras, y a la vez, las pequeñas patrias, y él, el patriota de una, muy fragmentada. La Italia de sus días no existía sino como península,  poblada de repúblicas rivales entre sí. Enfeudada a príncipes y a condotieros, Italia era la guerra perpetua. Por una parte, los descubrimientos geográficos y científicos. Por la otra, la constante inestabilidad política. Los gonfaloneros de las inestables repúblicas, eran puestos y depuestos por facciones. No era una guerra de clases como las de la sociedad industrial de Marx. Se enfrentaban igual ricos con ricos.  Así, “mirase por donde se mirase”, dice Marcel Brion, acaso uno de los mejores maquiavelistas, en el mundo del joven Nicolás no se veía  “sino confusión y desorden”. (4) Así, el mundo de Maquiavelo es uno de príncipes, repúblicas, guerras, partidos y facciones y corporaciones armadas hasta los dientes, donde se pasaba fácilmente del oficio de la guerra al comercio, a los grandes negocios y al acceso al poder según las reglas del juego vigentes.  Sobre ese telón de fondo, en donde no faltaban ni tumultos populares ni intrigas palaciegas, se alzaban unas cuantas personalidades. El Príncipe no es un invento maquiavélico sino una rutina del poder. Ni él inventa el uso en negocios como en política de la astucia. Para situar a Maquiavelo, hay que tomar en cuenta dos tipos de operadores políticos de su tiempo. Banqueros y condotieros. Pareciera que algunos de ellos hubiesen dictado, por encima de las espaldas de Maquiavelo, buena parte de sus consejos. Pero no era a ellos a quienes se dirigía, al contrario.

Curiosas repúblicas italianas. Constituidas en ciudades donde convivían a poca distancia social y económica artesanos, grandes comerciantes y banqueros, enfrentadas por el grado de riqueza, a la vez que próximas por derecho común. Dos siglos antes que naciera Maquiavelo, a lo largo del “cuatrocientos”, los florentinos disfrutaban de un sistema democrático, que les permitía oscilar, según Marcel Brion, “en formas alternativas”. Ora las clases pudientes se imponían, ora los más humildes se las arreglaban para establecer alguna “dictadura de las masas”. Facciones, partidos, sustitución de una tendencia por otra, deriva inevitable de la ciudad de una facción a otra, “…y si bien los pobres accedían a los altos cargos del Estado, terminaban por contrariar a todo el mundo y aumentar el número de descontentos”. Esta descripción de Florencia bajo la pluma de Brion, nos debe llamar la atención. Parece la descripción de la vida contemporánea en cualquiera de las sociedades de la América del sur. Por lo demás, los derrocamientos se hacían también en nombre de la vida democrática. En la corta vida de Maquiavelo, hubo por lo menos tres. Un personaje central de ese mundo, que encarnaba el pueblo “grasso”, es decir, los ricos, y era el banquero. Imposible entender a Maquiavelo y su Zeitgeist o aire de tiempo.

Pero no podemos proseguir sin establecer una diferencia entre ese capitalismo comercial y el que conocemos, posterior a la revolución industrial.  Y es la cuestión de la especialización en el mundo del trabajo. Para el capitalismo mercantil no era un asunto imperioso. La separación de tareas de comercio, banca, fábrica, taller y política, son cosas de la burguesía en edad más avanzada, siglos más tarde. En aquel instante no era así. Algunos ejemplos, notables hasta el escándalo. Benvenuto Cellini, escultor, orfebre y escritor, era a sus horas, asesino a sueldo, como relata en un libro que Oscar Wilde consideró uno de los pocos que merecían ser leídos. No cabían en una sola profesión Leonardo da Vinci, ingeniero e inventor, entusiasta arquitecto, desganado pintor e igual pinta la Última Cena como concibe el submarino y el carro de combate. Es un caso sin duda exagerado de renacentista, pero Colón, si ir muy lejos, fue navegante desde la niñez, luego joven cartógrafo en Portugal, después avezado marino y experto en tráfico comercial y por último, en el cenit, ante los Reyes católicos, demandador de títulos de poder político. Supo arrancarles sus privilegios de Almirante de la mar Océano antes de llegar a la desconocida isla Guahanani. Colón era navegante y mil cosas más. Los Medici, no eran, pues, una excepción.

III. Una “nobleza del dinero” (Brion). Los Medici

Esta influyente familia, por el lugar que ocupan socialmente, parece ser nobles. En efecto, tenían junto a tierras y castillos incluso blasones, pero Cosimo de Medici, el fundador de la dinastía, llamado il Vecchio, solía decir que las esferas de oro que le habían puesto en el escudo no era sin el recuerdo de las pastillas que su padre, un apoticario, daba a sus clientes para curarse el hígado o los pulmones. En realidad era una familia muy extensa, con diversas ramas. Su oficio esencial era el de ser banqueros. Pero quizá convenga señalar que ostentar ese título, para nosotros, que vivimos en una era en que hay millares de bancos, no nos dice gran cosa. En realidad, está fuera de nuestra imaginación apreciar qué era un banquero renacentista. Hay que partir de la prosperidad de esas villas y ciudades en esa Italia afortunada. De un capitalismo comercial más extenso de lo que podemos imaginamos, anterior a la explotación de las Indias y de África, anterior al capitalismo puritano que describe Weber. En el XV, ricos y no ricos italianos se dedicaban al comercio de larga distancia, es decir, el Oriente; comercio de seda, oro, plata, piedras preciosas. Además exportaban las telas inglesas de lana, o sea, el comercio vinculaba Florencia con Brujas al norte, Milán, Londres, y de retorno, con Pisa, Venecia, de modo que los bancos era internacionales. El mapa de Europa exhibe entonces las sucursales de una burguesía en pleno crecimiento cuyos bancos, situados en Amberes o en Florencia, manejaban centenares de monedas distintas. La figura del cambista aparece en los cuadros de los pintores de ese tiempo. Para los que piensen que la globalización es de nuestros días estos datos pueden llevarlos a corregir algunos criterios. Conviene decir que en el caso de Florencia, los Medici invertían su dinero en tierras agrícolas, y en el préstamo a particulares. Con almacenes de seda florentinos, y el banco de Cosme el viejo, fundador de la casa Medici, la ilustre familia atemperaba la envidia que despertaba con obras benéficas. Lo que conocemos como mecenazgo. Los Medici, como sus rivales florentinos, los Albizzi, no eran tampoco una nobleza tradicional. No le debían nada a Reyes ni Emperadores, al contrario, les prestaban dineros. Dominaban Señoríos y no Feudos. Pero tampoco eran como la burguesía criolla-colonial hispanoamericana que compraba títulos en Castilla. Y que no fueron ni por completo una nobleza, ni por completo una burguesía. Oidores y miembros del Consulado, a lo más (El Callao estaba muy aislado como para intentar un comercio a gran escala como en el Mediterráneo).

Lo que había hecho a los Medici era el dinero y no la espada, señala Marcel Brion. Y destaca entonces sus orígenes ciudadanos y comerciantes. Son el resultado “…del sentido de los negocios, sus relaciones internacionales, su experiencia política”. (5) Por el estilo eran los Pazzi, enemigos de los Medici, cuyo banco se hizo rico cuando manejó los asuntos papales. También los Albizzi y los Strozzi que detestaban tanto a los Medici que se exiliaron a Nápoles, montaron su propio banco, retornaron, compraron todos los inmuebles cercanos a los Medici, y construyeron un formidable Palacio, el Palazzo Strozzi, que hasta el día de hoy es joya arquitectónica que se muestra al visitante. ¿Por qué los Medici, además del dinero, fueron tan poderosos? Parece que el fundador, “el viejo”, se las arregló para montar un sistema patrimonialista por debajo de las instituciones republicanas, que consistía en copar con personal que le debía favores la administración de Florencia. Cuando llegaron a poseer el de Gonfalonero de por vida, habían obtenido el máximo de poder, pero entonces se introdujo en su camino Piero Soderini. Un republicano y, a la vez, parte de los clanes familiares rivales. Los Soderini eran otra de las familias influyentes. De modo que los 14 años de experiencia republicana de Maquiavelo no fueron sino un paréntesis. Los Medici regresan pero no por obra de un ejército propio sino apoyados por los españoles. Lo que en términos militares de la época equivaldría a ser impuesto presidente con la ayuda de la infantería de la marina americana. Un exceso. Las lanzas españolas eran lo mejor de Europa, hasta que las derrotan en Flandes. (Siempre he sostenido que la primera independencia contra España es la de Holanda.)

IV. Los condotieros. Soldados de fortuna y la privatización de la guerra

 

Tan importantes como los poderosos banqueros florentinos son los condotieros.  El oficio viene de una palabra, condotta. Quiere decir un acuerdo o contrato de un soldado mercenario con un capitán. Los condotieros eran gente armada de compañías privadas a las que se confiaba la protección de una villa o ciudad, o la guerra abierta a alguna otra república o reino. Había un ‘empresarismo’ de la violencia. Y ejércitos privados, no muy numerosos, entre unas centenas a algunos millares, según la situación. No tenían buena fama. “Los condotieros proporcionaban a quienes les pagaban, en concreto a aquel que le pagaba mejor, sin consideración de simpatía, amistad o vinculación a un hombre o una causa, todo lo que requería para la guerra”. (6) En materia de principios de fidelidad y honor estaban lejos de la antigua caballería de los siglos feudales. Como todo rol social, hubo quien lo inventó, se señala a Alberico da Barbiano, que era un caudillo de guerra de origen noble pero que formó a plebeyos. Con el tiempo, los gentilhombres o hijos o nietos, fueron eliminados de esa corporación de “soldados de fortuna”. A Condotiero ascendía quien podía, por la fuerza del coraje o del vigor, campesinos, panaderos, sirvientes. La antigua nobleza no formaba en sus filas. Tampoco los familiares de ricos banqueros, ni la familia de Maquiavelo, “que se contentaba con un oficio modesto” dice uno de sus biógrafos. Uno de los más célebres condotieros fue Muzio Attendolo, a quien apodaron Sforza por lo violento. Era un campesino que cansado de cultivar una tierra estrecha con sus veinte hermanos, se decidió por ser “soldado de fortuna”. Llegó a ser condestable del reino de Nápoles, dueño de un ejército numeroso, y lega a su hijo, “soldados, tesoros y renombre, además de buenos consejos”. Uno de esos consejos, merece retenerse. “Si tienes tres enemigos, haz las paces con el primero, acuerda una tregua con el segundo y luego cae sobre el tercero y aniquílalo” (p. 43). Por lo visto, el maquiavelismo flotaba en el aire del tiempo. En cuanto a los Sforza, se quedaron un buen rato en posesión de Milán. Poder daban, que con ellos se construyera repúblicas era otra cosa.

Cuando queremos expresar un poder roto y repartido sin orden lo podemos llamar feudalismo. Si alcanza a naciones enteras, se habla de balcanización. Lo de los condotieros supera en fragmentación ambos casos. La Italia que conoce Maquiavelo, su simple contorno, es la de una serie de principados italianos manejados por condotieros. En Perugia reinaba Baglioni. En Rimini, Malatesta. En Bolonia, Bentivolio. ¿Entendemos entonces de dónde provienen los titulares de muchos capítulos del Príncipe? Por ejemplo: De los principados nuevos que se adquieren por las armas (Cap. VII). Pero no todos se adquirían a la fuerza, en ese caso se pone también el prudente Maquiavelo. Cap. XXV: Por qué razón los príncipes han perdido sus estados. Se entiende, también, el examen sin piedad alguna al que se libra en el Cap. XII, sobre Cuántas clases de milicia  existen, y De los soldados mercenarios. No puede ser más claro el pobre Maquiavelo al que cuatro siglos de lecturas, en muchos casos irrealistas, no han reparado en su sensatez. “Las tropas si no son suyas o propias –las del Príncipe– entonces son peligrosas”. ¿Quién se libraría en los tiempos actuales a ser protegido por tropas que no son suyas? “Si un estado se apoya en armas mercenarias” –prosigo con la cita de Maquiavelo – “no estará nunca tranquilo ni seguro, porque estas son desunidas, ambiciosas, indisciplinadas, desleales, y como enemigos viles”. “Roma y Esparta”, añade un tanto caviloso, “estuvieron durante muchos siglos armados y libres”. Lo que está diciendo Maquiavelo, está también en algunos de informes a los “diez”, luego de ver las milicias nacionales de Alemania. Se necesitaba de un cuerpo de milicia profesional y fiel a cada Principado. Lo que quiere decir es una fuerza armada nacional. Es por ese camino que el índice de la mano de Maquiavelo apunta al Estado moderno. Es decir, el Estado es moderno si tiene una fuerza armada que no dependa sino del Estado. Bonaparte, en este pasaje, en el célebre ejemplar de El Príncipe que llevaba en sus viajes, hace esta acotación: “es por ahí por donde se debería comenzar”.

V. De cómo Maquiavelo llega a ser Maquiavelo

Si la política es “la actividad instituyente y autogobernante de los hombres” (Cornelius Castoriadis), ¿cómo se forma el Maquiavelo que conocemos? Ese hombre, personaje menor de la escena florentina —el central es Soderini elevado a Gonfalero de justicia de por vida— va a abrir una brecha en la muralla de las teologías seculares y en los usos canónicos de aquellos que instruían a Reyes y poderosos en la reflexión más bien moralizante de sus deberes. Libros de consejos para príncipes no faltaban. Un género pedagógico precede al Príncipe, millares de páginas con correctas recomendaciones por lo general inaplicables. Tantas obras inútiles por ser sermones como medievales novelas de caballería hubo antes que Cervantes.  ¿Dónde aprende lo que ahora sabemos que sabe?  Su feroz y a la vez realista reducción: “el poder se adquiere, o el poder se guarda”. Lógicamente, el Concilio de Trento lo puso en el índex. Pero no hay enigma en el caso Maquiavelo, ni nosotros vamos ahora a inventarle uno.

¿Quién es Maquiavelo?  Muchas cosas, asumió varios roles, pero por encima de todo, un patriota florentino. ¿Qué es Florencia? Una Señoría, a ratos bajo tutela de familia de banqueros, como los Medici. A ratos una república, como lo eran la república de Génova y la de Venecia. En la bota italiana había mucho más que las ciudades-estado. Vecina a Florencia estaban los estados pontificios cuyo centro era Roma o el Papado. En Italia, hacia el Sur, había tres reinos —el de Sicilia, el de Nápoles y el de Cerdeña— los tres administrados por la corona española de Aragón, en tiempos de Maquiavelo por Fernando el Católico, el esposo de la reina castellana Isabel. Se dice que Fernando, el rey prudente, es uno de los personajes de carne y hueso que inspira el retrato complejo del Príncipe de Nicolás Maquiavelo. Hay debate en la materia.

Otra pregunta que surge de inmediato. ¿Cuál de estas repúblicas era la más poderosa? No precisamente Florencia sino Venecia. La ciudad de los canales no solo era una potencia marítima sino el centro de un impresionante arsenal y una producción industrial. Su orfebrería incomparable, vidrio, brocados para damas, imprenta, armas, atravesaba los mares, en conflicto y en negociación con los turcos, ella misma protegida desde el mar y amurallada por tierra, eje del mundo europeo. Hasta 1492. Políticamente, su geometría en forma de cubo como su Palacio ducal, expresaba un poder muy estable. Ahora bien, es la excepción. ¿Y cuál era la regla? Las otras ciudades estado italianas. Ellas habían accedido a una concepción semejante a las “polis” griegas. Gozaban de autonomía política. Su idea de “comuna”, tan original, merece unas líneas.

La autoridad comunal —y es el caso de Florencia— no obedecía a autoridades externas a la ciudad, nobleza rural, obispos, emperadores. Por dentro,  tenía que acomodarse a intereses contrapuestos, a saber, restos de la antigua nobleza, comerciantes y grandes familias de financieros. Los Medici no eran únicos. En ese terreno tan complejo, actuaban los políticos elegidos para gobernar Florencia, con facultades de lo que llamamos hoy un poder ejecutivo, que no era ilimitado. Una asamblea anual de una oligarquía de unas mil familias ricas y representantes del pueblo, sancionaba o aprobaba las medidas. Este es el cuadro de vida política de Maquiavelo donde hay que situarlo. En el ejercicio diario de su oficio de consejero, en el espacio de unos y otros límites, es donde aprende lo que aprende. Qué es política y qué es el hombre. ¿Se entiende, entonces, los cálculos y precauciones que propone al Príncipe? Tanto la audacia como la prudencia. “Es indispensable, pues, ser zorra para conocer las trampas y león para asustar a los lobos” (El Príncipe, Capítulo XVIII).

A. Del compromiso político al arte de observar

 

Maquiavelo se destina desde sus inicios, a no tener una vida de comerciante o mercader, a ser un “mechanici”. Aunque fuera la mejor manera de llegar a ser rico en Florencia. Era un latinista, un letrado, pero hombre de una facción o partido, y es así como llega a la Cancillería. En junio de 1498, a los 29 años, como un demócrata, de los que dirigía Soderini. El hecho no era arbitrario. Las “comunas”, es decir, en las repúblicas italianas se había instalado una tendencia que por todas partes aspiraba al poder personal. Ahora bien, Florencia tenía sus responsabilidades, no era Venecia pero sí el centro de un gran espacio geográfico. Esa tendencia hacia un poder personal (o sea, un Príncipe) toma la forma florentina de un Gonfalonero de por vida. El que lleva la divisa de guerra. En otros lugares, como en Milán, fue la de un Ducado. Otros adoptan la forma de un podesta. Que quiere decir el “paciere”, el moderador. ¿Formas de un poder absoluto? No del todo. Era el Imperio (austriaco) el que reconocía finalmente unas y otras formas de autonomía. Es una lástima que en tantos y tantos estudios sobre Maquiavelo, no se tomen el trabajo de explicar su circunstancia. Como se puede ver, era extremadamente compleja. El Gonfalonero al que sirve, es decir ese personaje que conocemos como Soderini, no es ni un tirano ni un usurpador, ni un invento ilegítimo del uso del poder. El principado era una institución y una costumbre; en un mundo marcado por la latinidad, resultaba un esfuerzo por tener cónsules como los antiguos romanos. Tenían contrapoderes —una asamblea— pero no podían estar convocándola todo el tiempo. La situación de guerra permanente de Italia hace del mando único una necesidad. El principado no lo inspira algún dogma teológico o ideológico, como es el caso de nuestros días. Lo inspira, a los renacentistas, la realidad. De alguna manera, en el tiempo de Maquiavelo, todo el mundo era un poco maquiavelista. Se buscaba una política práctica. De la misma manera como Galileo apunta su luneta sobre la luna para revelar que tenía cráteres y defectos.

Sobre las consecuencias  de exagerar la aplicación de valores teológicos, algo en su tiempo había ocurrido que desanimaba. Los habitantes de Florencia y Maquiavelo habían sido testigos de la experiencia desastrosa del monje dominico Savaranola y sus adeptos. Soderini y Maquiavelo llegaban al poder legal después que el fanático monje. Ambos sabían que los fanáticos religiosos eran un riesgo pero también los “partidarios de mentiras”, así califican al grupo de presión de los comerciantes locales. Ambos, el Gonfalonero y el Secretario de la república, no habían sido del todo hostiles a los Medici, en efecto, Lorenzo que había llevado a cabo un gobierno de equilibrios.  Maquiavelo sabe, pues, que no podía ni faltar ni aceptar a las poderosas familias florentinas en disputa frecuente, rivales unas de otras. Tampoco pierde el tiempo en buscar equilibrios constitucionales; no era un jurista, gracias a Dios. Lo que cuenta son sus actividades, que lo conducen a una teoría. Pero después del fatídico año de 1512.

Maquiavelo no va a ser, pues, un simple funcionario en la segunda Cancillería. Aunque en los hechos  dependerá del “consejo de los Diez”, el poder permanente de la ciudad. Lo van a enviar fuera de Florencia a constantes misiones. Esas misiones le venían como anillo al dedo. Le permiten observar y en algunos casos, a actuar. Conviene que pongamos aquí en orden cronológico esas tareas que se le confiaron. A partir de 1499 hasta 1511. La primera, como embajador a Piombino e Imola. En 1500 es comisario en Pistoia, más adelante veremos cómo resolvió los problemas de esa ciudad. Ese mismo año es enviado ante el rey de Francia. En 1502 tiene legación o cargo representativo en Siena. El mismo año vuelve a Pistoia y va a Bolonia. Y es embajador ante César Borgia. Al año siguiente, una segunda legación ante la corte francesa. Y luego, en 1505 va a Mantua, Perugia y Pisa. En 1507, misiones en Siena y Tirol; a Pisa lo envían dos veces más. Otra vez a Francia en 1510, y en 1511, otra vez a Siena. El va a describir minuciosamente cada caso mediante informes redactados en italiano. Deja de ser funcionario en 1513. Lo apresan, lo acusan de conspiraciones, lo agravan físicamente. Y luego parte a vivir desterrado de Florencia.

El método de Maquiavelo fue la observación y el realismo. Destacaremos algunos de esos informes. Sobre Pisa, sobre los acontecimientos en esa ciudad, lo llevan a que un uso resuelto de la fuerza era la solución y no como se había comportado la Señoría anteriormente, la encuentra indecisa (Discorso sopra le cose di Pisa, 1499).  En los viajes hay dos modelos políticos que respeta. El de Alemania, le parece rural y pobre, pero libre y armada. Ha visto, según los eruditos, solamente la Alemania del sur, el Tirol, y Suiza. O sea, las regiones alpinas (Ritratto delle cose della Magna, 1508). Por lo demás, el poder imperial de Maximiliano se asienta sobre una heterogeneidad extrema, y no todo es bueno en ese soberano: es gastador. Aprecia el reino de Francia, su tradición nacional ya desde entonces vigente, el equilibrio entre Corona y nobleza y la calidad de los arqueros franceses. A su sistema político lo trata de “monarquía civil”, y lo compara con el despotismo turco, por los inmensos poderes que posee (Ritratto delle cose di Francia 1510). ¿Era ese tipo de unidad monárquica que se imponía a feudalidades y comerciantes el que hubiese deseado para toda Italia? La idea de una milicia pagada por la Señoría es algo que se le ocurre, desde entonces, y lo propone como proyecto a sus autoridades (Discorso de I’ordinare lo Stato di Firenze alle armi, 1506). Tiene idea extraordinaria, movilizar a los campesinos y crear una milicia propia, dejando de pagar condotieros. Dice muchas otras cosas. Sobre el rey aragonés Fernando que admira por su tacañería. Años después, en El Príncipe, criticará a los manirrotos. Conoce a los Papas Alejandro VI y Julio II, y los describe enérgicos, implacables con sus rivales, de temer. Ya está trotando en su cabeza la idea de virtù, que no es concepto moral sino el tener carácter, como el de un romano antiguo. Idea que entonces calla y solo expone en los años de exilio. En 1521, se editará el libro suyo sobre la guerra (Dell’arte della guerra).

El caso más claro de cómo esos viajes forman políticamente al consejero Nicolás Maquiavelo es su descripción del duque de Valentino, o sea, de César Borgia. No hay duda que queda impresionado. Acaso el secreto de quien inspira finalmente la figura arquetípica del Príncipe, como hombre que reacciona y triunfa, está en ese informe: Descrizione del modo tenuto dal duca Valentino nell’ammazzare Vi tellozzo Vitelli. Es un escrito del año 1503. ¿De qué trata? Es una suerte de relato del enfrentamiento de dos condotieros, Vitelli y Borgia. Y vence el más astuto. Según la versión de Maquiavelo, que probablemente es fiel a los hechos, Borgia decide vencer a Vitelli, al que teme. Lleva a sus hombres hasta unos bosque donde les impone esperarlo; va al lugar donde ha acampado Vitelli, se presenta solo y sin armas, y es recibido con el asombro de todos. Vitelli, en gran señor, convoca a un banquete. Borgia asiste, hay otros banquetes, y en ellos, César Borgia se muestra como el más depravado. Los mercenarios habían invitado a prostitutas de las ciudades vecinas y la juerga fue interminable. Al fin de cuentas, hasta el último hombre de Vitelli queda convencido que César Borgia es el más disoluto de los hombres, y que no vale nada. Entonces César toma su caballo, deja tranquilamente el campamento de sus rivales, llega al bosque donde lo esperaban desde hace días sus hombres, dejan pasar la noche, y en la madrugada caen como fieras sobre el desprevenido Vitelli y su hueste. Los aniquilan. Maquiavelo admira el aplomo de César, su oportunismo, y el uso de armas blancas, “armi propie”.  Ese tema de la ejecución con rapidez y armas limpias regresa a menudo a su pluma. ¿El mal, si hay que hacerlo, se hace pronto y rápido? ¿Entendemos dónde están las raíces de El Príncipe? En la inmediatez de su autor, en la terrible realidad de la Italia del siglo XVI. Y en el sino de inestabilidad permanente de las políticas de Estado, unos quinientos años después. ¿O han desaparecido los ejércitos de este mundo? ¿Las precauciones de unos y otros Estados para no ser atacados o sometidos?  Para Italia no quiere esa violencia de los condotieros. El reconocer el coraje de César Borgia, no le impide pensar que el sistema de mercenarios, aun si los dirigen gente como Borgia o Sforza, no es lo mejor para las repúblicas.

B. ¿Un pensamiento nuevo o el fruto de unas circunstancias?

 

Para comprender a Maquiavelo no hay que separarlo de su circunstancia. Sus escritos no fueron la obra deliberada de un humanista, como en el caso de Guicciardini, otro gran pensador de su tiempo, pero sin la pasión por la política de Maquiavelo. Tampoco tuvo los privilegios de Juan Botero, más tardío, nacido en 1533 y muerto en 1617, que trabaja sobre la idea de la razón de Estado, una de las herencias de Maquiavelo. Hay una gran soledad en el caso de Maquiavelo, es el primero de su especie. Hay una quiebra en su vida, la errancia. Y no por azar. Maquiavelo propone una idea de la política sin certezas definitivas. Piensa antes que Bodin, antes que Botero y Guicciardini, y aunque sea obvio hay que decirlo, mucho antes que existiera lo que ahora llamamos “ciencias políticas”. Y no podemos llegar a reprochar a Maquiavelo el no tomar en cuenta unas ciencias de las que resulta el inesperado fundador.

Hombre de letras, aprende gramática a los siete años y latín desde los doce.  Escritor, escribe comedias cuando es arrojado de Florencia, también un libro sobre historia de la ciudad que lo había desterrado, escrito sin ánimo de venganza, su “circunstancia” le lleva a escribir obras políticas que lo hacen padre del maquiavelismo, a pesar de sus deseos, como se dice en francés malgré lui. Extraño destino, ni le dieron las gracias por los servicios prestados al Estado de Florencia, ni se supo de inmediato apreciar sus talentos. En muchos aspectos se anticipó. Algunos han dicho que inaugura una psicología experimental, porque en sus análisis de personajes admite que los hombres pueden ser malvados, y los estudia. En sus consejos a los príncipes les recuerda que cada individuo tiene emociones, y sobre todo, ambiciones.  Demasiado nuevo para muchos, ese deseo suyo de “estar atento a la realidad de las cosas”, y observar las pasiones humanas, lo hace el primero de los modernos. Antes que Hobbes. Antes que Rousseau. Pero como dice Jean-François Duvernoy, por la sinceridad de su escritura, a la vez “el último de los antiguos” (Encyclopædia Universalis). Quinientos años son poco para enterrarlo,  como son vanos más de dos mil para que dejemos de considerar a Platón como un contemporáneo. Esto dice mucho a favor de ambos, y muy poco de nuestra condición humana que no ha resuelto el problema de cómo vivir juntos sin despedazarnos. O sea de cómo separar política de la idea de guerra. Vivimos todavía en una permanente guerra civil. Recuerdo en este instante algo de un Marx malhumorado: “no hemos terminado de salir de la prehistoria”.

 

VI. El Príncipe. Ni manual, ni tratado

 

El Príncipe lo escribe Maquiavelo cuando ya no es parte de los asuntos de Florencia. Después de “quince años  de república que ha pasado en cultivar el arte de la guerra”, como le dice a su amigo Francesco Vettori en una de las primeras cartas de cuando ya no está en las gracias del poder (Encyclopædia Universalis). Esos años, como hemos dicho en líneas anteriores, se las ha pasado en viajes diplomáticos. Felizmente para la historia de la vida política, dice Duvernoy, en el mismo artículo de la Encyclopædia, va a conocer un largo período de distanciamiento, fruto del cual, los libros que conocemos. Hay una ruptura dolorosa con la realidad, pero una vez más, Maquiavelo no hace lo que muchos han hecho, obra de amarga memoria, disgustada, acerba. No es que el género no se preste a grandes obras, por la misma época Cellini contaba lo suyo, desde sus vicios a retratos de Papa, o “Las confesiones” de Rousseau, o “Las Memorias” del conde Saint-Simon. Conocemos, entre las amargas y brillantes, las del político y filósofo mexicano, José Vasconcelos, Ulises criollo. Pero Maquiavelo, exsecretario de la república de Florencia, sigue discreto incluso en la desgracia. Prefiere el retrato de la política que el suyo. Este meditado silencio es elocuente.  Es el arte de la guerra y el arte de la política. En dos fechas cambia el destino de Florencia. En 1494 y en 1512. En la primera fecha, son tropas francesas las que expulsan a los Medici. En la segunda, a la familia Medici la imponen tropas españolas. Es la lógica de la guerra. Para Soderini es el fin de una vida florentina, pero no de su carrera política. Vive en Dalmacia, hasta que León X hecho Papa, lo llama a diversos servicios.  “No era muy letrado”, dice uno que lo conocía. El letrado es Maquiavelo, para fortuna nuestra. De Soderini no sabemos mucho, ni sabremos, era un operador. De las peripecias, pasa a un arte mayor, acaso sin desearlo.

Con El Príncipe tengo una relación especial, la del profesor de ciencias políticas. Maquiavelo está en el sílabo de mis cursos y comienzo entonces la explicación de su tiempo, es decir desde el contorno y luego sus ideas, las páginas claves de sus dos libros, y qué es virtud y qué es fortuna en el aguzado criterio del florentino. Todo esto ante el aire de escepticismo de mis oyentes. ¿Cómo un libro tan lejano y que trata de una ciudad- estado del XVI puede ayudar a comprender la política de sociedades tan vastas como las actuales? Y poco a poco, los semblantes comienzan a cambiar, apenas la lectura de unas líneas de Maquiavelo y el nexo con el presente se establece. “Los hombres cambian de señor creyendo mejorar ”,dice el texto (Cap. III), y se echan a pensar en sus propios y contemporáneos desengaños tras la victoria electoral de algún político nacional que no cumplió lo prometido. Otros, más conservadores prestan atención al capítulo XXIV, “porque se pierden los estados”. Y todos unánimemente fascinados, enfrentan el dilema insoluble que propone a los mortales Maquiavelo: “si es mejor ser amado que temido”. Cuando ingresamos al consejo de que los príncipes no tienen porque mantener la palabra dada, la sala se divide entre los que desaprueban que la realpolitik predomine sobre los principios, y los que por el contrario descubren con alegría que un poco de realismo no viene mal a nadie. La obra fascina porque es un tratado del poder que se parece demasiado a la condición humana para dejar de ser de actualidad. ¿Será, también, que el libro diserta sin absolutos? He notado que los espíritus menos flexibles son los que más los disgusta El Príncipe. A la vez son los más inseguros, los que buscan verdades definitivas. El eclecticismo de Maquiavelo los irrita.

Es cierto que Maquiavelo comienza clasificando los Estados, entre los principados que se heredan, los que se toman, los que se adquieren con las armas o con delitos. Desde el Cap. XII al XV, se dedica a cuestiones militares, lo que no desmerece la atención de los alumnos, quien dice guerra dice que no hay seguridad ni de perderla ni ganarla. Poco a poco, se va entendiendo que el tema del poder toca lo inestable. No sorprende a nadie, pues, que se ingrese a los capítulos donde están los consejos que Maquiavelo da al político para que guarde el poder, Cap. XV al XXIII. El político, entonces, es parte de ese mismo azar al cual debe enfrentarse, no es un líder infalible ni el representante de Dios en la tierra. Puede errar, combatir por ejemplo la religión, que Maquiavelo enseña a respetar al tiempo de no fiarse demasiado de sus representantes. Siempre hay discusión cuando abordamos sus consejos más atrevidos, el príncipe debe aprender a manipular para que no lo manipulen. En todo caso, queda claro que no debe pensar en ningún momento que las fuerzas antagónicas que habitan la sociedad van a cesar de existir. Maquiavelo enseña a aceptar el conflicto, con la misma serenidad que un marino aprende a que hay súbitas marejadas y tempestades. Y como no todo puede estar previsto, debe saber actuar de inmediato.  Tampoco debe ser un temerario, hay batallas que no deben darse.

¿La política como una práctica del poder? Acaso, en permanente modificación. Es por eso que no envejece. El orden, la libertad, el derecho, la paz misma, no se dan para siempre. A diferencia de otros manuales, no hay finalidad. No es Platón, no hay república ideal. Seguirá produciendo escándalo, pero un gran Diccionario lo dice con rotundidad: “…Pero si se olvida alguien de la eficacia, aquel que quisiera conservar sus manos limpias y el alma pura, no sabría lo que buscaba”. (7)

Las ideas claves. Virtù y Fortuna

Como todo pensador, en Maquiavelo hay algunos conceptos precisos y en su caso, de uso original. Ellos son el de virtud y el de fortuna. El concepto de virtud tiene varios sentidos, corrientemente lo asignamos a la disposición de una persona para comportarse dentro de la moral, pero también decimos, “en virtud de”. Y es en este sentido que nos acercamos al contenido que le da Maquiavelo. El tener la fuerza para hacer algo. La virtud en política como en la guerra sería una facultad para actuar. Una capacidad innata para reaccionar. Los ejemplos los toma de la historia de la República romana. Cuando escribe en particular los “Discursos”, las preguntas que lo habitan son graves. Se pregunta sobre Italia de sus días y a la vez sobre Roma. “De dónde obtenía la República romana ese vigor, que tanto le faltaba a la República florentina y a la Italia del Renacimiento en general? ¿Cómo resucitar la virtù de los antiguos romanos? ¿En qué condiciones puede un jefe pretender organizar a un pueblo o un Estado? Roma es, pues, para Maquiavelo, la referencia central” (en: Diccionario de las mil obras clave del pensamiento, Denis Huisman). Pero como dice el mismo texto que citamos, no hay nostalgia del pasado romano, “le interesa lo nuevo”. Y entonces el otro concepto se vuelve decisivo, acaso más.

Una diosa antigua es invocada en sus libros, la diosa Fortuna. Es decir, el azar, lo imprevisto, el vaivén de las cosas, los cambios. La diosa, como se sabe, es cruel, señora del capricho, encarnación de lo contingente, viene de Homero, los dioses griegos jugaban con los mortales, deciden condenar a Ulises a una larga errancia. El tema ocupa el Cap. XXV, y entonces es algo ineluctable que rige el mundo, “lo quiere Dios y la Fortuna”, fuerza implacable y recurre a una imagen: “como uno de esos ríos torrenciales que cuando se enfurecen destrozan árboles y edificios”. Pero luego reflexiona. “¿No se ha visto acaso príncipes que prosperan y caen mañana?”  Una posibilidad, piensa Maquiavelo,  “es acomodarse a las circunstancias”. Y más adelante, en el mismo capítulo «considera que es mejor ser impetuoso que precavido». “Porque la fortuna es mujer”. La política entonces son situaciones. Nunca nada esta perdido ni ganado por entero. Algunos reconocen en este razonamiento un saludo al principio del libre albedrío. Otros, una idea de la libertad humana. Una idea que engrandece al hombre porque en varios pasajes expresa su escepticismo a que se le puede rectificar a la Fortuna con la acción humana. Pero precisamente, el status mismo de lo político radica en ese combate contra la adversidad. Resistir al destino hace que Maquiavelo tienda un puente entre la antigua tragedia griega y los dramas contemporáneos. Toda una teoría del ‘decisionismo’ se esconde en este tema dual virtù/fortuna. Esta no es sino los problemas que el político debe enfrentar. La virtù, traducción de energía, de heroísmo. Algunos añaden de eficacia. No me parece. En este aspecto, Maquiavelo prefiere la acción, aunque nada garantice sus resultados. No era un contemplativo.

 

VII. Discursos sobre la primera década de Tito Livio, 1531. El republicano

La profesora Ana María Arancón, en la presentación de los “Discursos”, en la edición española de Alianza Editorial, no deja dudas en la materia: “Los Discursos son la obra de teoría política más ambiciosa de Maquiavelo. Y luego: “Tratan fundamentalmente de la República”. Sin embargo, al inicio de este trabajo nos hacemos una pregunta. ¿Por qué seguimos leyendo a Maquiavelo 500 años más tarde? En esa cuestión hay un error de base. Leemos El Príncipe. Los “Discursos” son menos frecuentados. Como señala el Diccionario de David Huisman: “[…] escritos en un lenguaje admirable, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio no han ejercido jamás sobre la posteridad la fascinación que El Príncipe tuvo y continúa teniendo” (p. 205).

Ambos libros nacen del mismo autor y en las mismas circunstancias, es decir, en la inactividad al que lo condenan los Medici. Y con las mismas intenciones, el análisis del quehacer político. El exiliado en San Casiano, “un pueblo en un mar de olivos” dicen hoy las guías de turismo,  padre a tiempo completo de sus cinco hijos y en compañía de la esposa, Marietta, apartado de la cortesana Florencia, en plena campiña, redacta sus dos célebres libros, mientras alterna “con campesinos y carreteros” como le confiesa a Francesco Vettori, viejo amigo cómplice de sus aventuras de cuando iban a convencer a condotieros inestables que siguieran fieles a la Señoría. Mucho sabemos gracias a esas cartas, del ánimo de Maquiavelo en esos años que fueron largos. Sabemos también que arrancó escribiendo los “Discursos”, luego se detuvo y emprendió la redacción de El Príncipe para volver a su primer propósito, a un libro más largo, meditado, y ambos, listos en el 1516, los presenta a Lorenzo Medici, que lleva el mismo nombre que el otro, “el Magnífico”, pero sin respuesta alguna. Ambos libros nacen juntos pero son distintos. Están entrelazados, pero son diferentes. El Príncipe tiene 27 capítulos y 150 páginas. Los “Discursos”, 454 páginas (en Alianza Editorial). Como señalan en el prólogo Ana María Arancón, “el tono es más moderado, el estilo reflexivo”.

La lectura y estudio de esta obra de Maquiavelo es, pues, necesaria. Si Maquiavelo es el creador de la idea de un orden político autónomo, como postula Adrian Jmelnizky (Buenos Aires, 2000), si ha interesado a sociólogos como Michel Crozier, preocupado por los sistemas institucionales en general, o por el actor político como Claude Lefort / Alain Touraine, es porque el maquiavelismo de Maquiavelo apunta a un concepto mayor del poder que se desenvuelve más bien en las páginas de los “Discursos”. El análisis puede ser extenso, me limitaré a cuatro puntos. Una atingencia. Organizado su libro en tres partes (I, II, III) citaremos puntualmente los textos escogidos, pero no seguiremos el orden del autor. Los párrafos de Maquiavelo que a continuación comentamos, son los que nos parecen más significativos para nuestro tiempo. Cada lector, cada tiempo retiene en un texto clásico algunos puntos y no otros. Son los privilegios de la posteridad.

En primer lugar, pues, la preferencia de Maquiavelo en los “Discursos” por las repúblicas y no tanto por los príncipes. Siempre lo tiene, sigue dando consejos, pero aparecen otros contenidos. “Una república tiene una vida más larga y conserva por más tiempo su buena suerte que un principado”. Ahora bien, si la preocupación mayor en Maquiavelo consejero político era la estabilidad, se comprende el enorme alcance de esta afirmación (libro III, 9, p. 349, ed. Alianza Editorial, 2005). ¿Las razones que invoca? La idea que los republicanos sobreviven con más frecuencia a sus príncipes es muy de Maquiavelo — “pueden adaptarse mejor a la diversidad de las circunstancias” sostiene en la misma página—, en cambio un príncipe puede que no, el Príncipe “está acostumbrado a obras de una manera, no cambia nunca… y necesariamente fracasará cuando los tiempos no sean conformes con su modo de actuar”. No insultaré la inteligencia del lector poniendo ejemplos de jefes de Estado que no lograron evitar su caída, en gran parte, por obstinación personal. Pero no puedo dejar de mencionar que en esa misma página, Maquiavelo se refiere a su antiguo jefe, Soderini, cierto, con “cariño” dicen los editores, pero bajo la forma de un halago que es también reproche. Insinúa alguna discrepancia, ¿tal vez algún consejo que el Secretario dio al Gonfalonero y que este desaprovechó? Eso parece.

No es el único pasaje de los “Discursos” donde Maquiavelo prefiere la idea republicana. En el libro II, inciso 2, hay un elogio a las ciudades de Atenas y de Roma. Con Maquiavelo una cita del pasado no es historia, sino un uso presentista, para contrastar con el flácido presente que le ha tocado vivir, la Italia de sus años. “Es algo verdaderamente maravilloso considerar a cuánta grandeza llegó Atenas por espacio de cien años, porque se liberó de la tiranía de Pisístrato. Pero lo más maravilloso de todo es contemplar cuánta grandeza alcanzó Roma después de liberarse de sus reyes”. El Pisístrato de su tiempo vienen a ser los entrometidos Medici y los reyes extraños, el de Francia o el de España que ponen y sacan Gonfaloneros en los principados. Pero lo que sigue es extremadamente importante: “La causa (de la grandeza) es fácil de entender: porque lo que hace grandes las ciudades no es el bien particular, sino el bien común. Y sin duda este bien común, no se logra más que en las repúblicas”. Si la preferencia de Maquiavelo por un gobierno republicano sin príncipes deja todavía lugar a la duda, lo que sigue es contundente: “Lo contrario (el bien común) sucede con los príncipes, pues la mayoría de las veces lo que hacen por sí mismos perjudica a la ciudad, y lo que hacen para la ciudad les perjudica a ellos”. Se ha dicho con demasiada frecuencia que el estilo de Maquiavelo es elíptico. Pero en este caso no lo es. Uno puede preguntarse si este autor es el mismo que escribe El Príncipe. Incluso esta vez Maquiavelo se pone en el caso que “se tenga la suerte de tener en el poder un tirano virtuoso”. Supongamos, dice, “que tenga valor y fuerza para extender el poder de la ciudad”. ¿Qué pasaría? En su argumentación se ha puesto en lo que se llama un razonamiento por el absurdo, el tirano virtuoso, un regalo de los dioses. Pero piensa que “no resultará útil para el país, sino sólo para él”. Sus súbditos, aunque sea bueno y valioso, “sospecharán de él”. Luego el resto del texto se dedica a dar ejemplos tanto del pasado como del presente, de lo que afirma. En las líneas citadas, Maquiavelo había hecho, de alguna manera, su adiós a los príncipes.

En segundo lugar se sitúa el tema religioso. Maquiavelo compara el efecto de la antigua religión de los romanos con la de los italianos de su tiempo, cristianos. Roma es la referencia central de Maquiavelo de cómo una religión formaba el carácter, y no lo debilitaba. Maquiavelo no dice que hay que volver a los antiguos cultos paganos. Le repugnan por lo visto, la matanza de gran cantidad de animales, y le repugnan el sacrificio, la sangre, la ferocidad de esos espectáculos. Pero advierte, siendo terrible ese ritual, “modelaba a los hombres a su imagen”. Considera que “esos hombres amaban más la libertad porque eran más fuertes, y eran más arrojados en sus actos”.  Estamos ante una página de sociología de las religiones. Maquiavelo procede como si fuese Max Weber, partiendo, literalmente, “de la diferencia entre nuestra educación y la de los antiguos, está fundada en la diversidad de ambas religiones”. Está claro, la religión cristiana, “nuestra religión” —dice— “muestra la verdad y el camino verdadero”. No abjura de su cristianismo, pero se pregunta por las consecuencias sociales que esa misma religión provoca. ¿No es esa la postura de un sociólogo de nuestros días? ¿Estudiar la interacción de unas creencias y ritos con la mentalidad o “el espíritu” de un tiempo, como habría dicho Weber? No, Maquiavelo no va a estudiar qué tipo de economía resulta posible con una u otra religión, la antigua, es decir la romana, brutal pero formativa de guerreros y hombres de ley, o la que vivía, la cristiana. Hay un reproche a las consecuencias sociales del cristianismo. Glorifica, dice, más a los hombres contemplativos que a los activos. Estima menos los honores mundanos. Pone el acento, la cristiana, en “la humildad, la abyección y el desprecio de las cosas humanas”. Mientras que la otra, dice, se entiende la religión cívica de la Roma antigua, “ …la ponía en la grandeza de ánimo, en la fortaleza corporal y en todas las cosas adecuadas para hacer fuertes a los hombres”. ¿Estilo elíptico el de Maquiavelo?  “Cuando nuestra religión”  —dice— “te pide que tengas fortaleza, quiere decir que seas capaz de soportar, no de hacer un acto de fuerza”. Y su conclusión es de nuevo contundente: “este modo de vivir parece que ha debilitado al mundo” (Libro II, 2, p. 199). Esta culpabilidad moral, la de la “debilidad”, se repite en otros pasajes. “Debilidad a la que ha conducido la presente religión” (libro I, 1,  p. 28). Entonces, las objeciones a la Roma cristiana, a los Papas y hombres de sotana, no son como se ha dicho por su intervencionismo. Esta sería una objeción diplomática y política, no. Eso hace a Maquiavelo un anticlerical, lo cual resulta corto, dado lo que explicamos. Se puede ser creyente y anticlerical, o sea, creyente pero opuesto a que la Iglesia, fuese la que fuese, extienda el poder religioso sobre el político. Pero en estos postulados de Maquiavelo hay otra cosa. Estamos ante una resistencia mayor, de fondo, filosófica y educativa. No es casual que la última cita que hemos hecho condena que “las provincias cristianas” —dice— “no tengan verdadero conocimiento de la historia”. Y es esta ausencia de estudios y lecciones de historia, no de historia de los padres de la iglesia o bíblicos, sino de la historia humana, es lo que falta. Es por eso que se ha puesto a estudiar y a resucitar prácticamente ¡los libros de Tito Livio! (inciso 1, p. 29). Conocer las cosas antiguas y modernas es su reclamo de renacentista. Estamos a un paso de la educación laica de los republicanos franceses del 1789, y a las iras de Nietzsche ante un cristianismo que “entristece el mundo”. Por lo demás, para Maquiavelo, la ruina de su amada Italia se explica porque ha sido olvidada la antigua virtù. Las virtudes cristianas debilitan la acción política. Se entiende que la Iglesia no solo no lo aprobase sino que persiguió sus papeles aun peor que si los hubiese escrito el monje Lutero.

El tercer campo de postulados e ideas gira sobre varios conceptos que Maquiavelo usa indistintamente: pueblo, plebe, multitud.  Bien mirado, son estos y la idea de república, el tema central de los “Discursos”. Un contenido más ancho y social que los consejos que se da a un individuo, aunque fuese un príncipe.  En diversas ocasiones. Para decir “que los defectos de los pueblos tienen su origen en los príncipes” (Libro III, 29, p. 30). O que “la plebe reunida es valiente, dispersa es débil”. Ahora bien, una y otra alusión, va en desmedro del príncipe. No es un asunto de que así lo esté yo, el que escribe, interpretando. Es contenido literal: “La multitud es más sabia y constante que un príncipe” (Libro I, 58, p. 174). El recurso de Maquiavelo es tomar todos sus ejemplos en Roma, en la obra de Tito Livio, para un buen entendedor. Sin duda alguna el término tuvo y tiene una aguda polisemia, recubre sentidos distintos. En Maquiavelo no es el demos de los griegos lo que daba un valor político bien preciso, y tampoco es el populus y la gens de los latinos. Lo de plebe es muy revelador, viene directamente del latín y quiere decir en Florencia como en la Roma antigua, el conglomerado externo a las grandes familias, según el latinista Gaius (120-180) que he consultado (Institutes, I, 3). Plebe en Maquiavelo es eso, el pueblo llano, anónimo, la masa popular. Y le interesa y le intriga, por los conflictos que provoca. No la condena, no la aplaude. Está en las páginas de los “Discursos”. Y sobre su comportamiento, Maquiavelo fiel a sí mismo, tiene una opinión matizada. Por un lado, es algo que cuenta, y hay que intentar persuadirlo. Pero no lo exalta, como del Príncipe, también desconfía. Puede tomar decisiones, y arruinarse. No ha asistido a nuestros procesos electorales, pero como si hubiese estado presente. “Cuando la suerte quiere que el pueblo no confíe en nadie, como a veces ocurre, entonces, engañado por una mala visión de las cosas o de los hombres, necesariamente se dirige a su ruina” (Libro I, 53, p. 163).

Estos tres espacios de sentido me parecen esenciales en la lectura de los Discursos sobre la primera década de Tito Livio de Maquiavelo. El cuarto punto es, nada menos, cómo le fue al mismo Maquiavelo cuando, siendo consejero, asumió riesgos digamos, de prefecto o de comisario político. Tuvo también esos encargos. No entiendo cómo generaciones de eruditos no han reparado en este aspecto decisivo. ¿No vivimos un tiempo en donde abundan los consultores? Maquiavelo cuenta cómo le fue en varios lugares, no en todos, en algunos. Por ejemplo, su propia experiencia en la ciudad de Pistoia, dividida en armas, entre los partidarios de un condotiero de nombre Panciatichi y otro, su rival, Cancellieri. Fue un lío que Maquiavelo vio de cerca porque lo enviaron en delegación para que lo resolviera, en 1502. Pistoia figura entre las misiones que le confiaron los “diez” de la República a que fuera a observar, y en varios casos, a determinar acciones. Los estudiosos de Maquiavelo han reconstruido ese episodio feliz de un carrera política, pero el lector no especialista de los “Discursos”, puede no percatarse de la complejidad de las facciones enfrentadas. Había tres procedimientos posibles para resolver el caso. El primero era imponerse por la fuerza y efectuar ejecuciones. El tercer procedimiento hubiera consistido en darle la razón a los dos bandos, con lo cual se derivaba una grave consecuencia: “ninguno de los partidos te será leal. Las dos facciones seguirían descontentas”. Parece que se aplicó el segundo procedimiento: “expulsando a los jefes de ambos partidos, poniendo a algunos en prisión y desterrando a otros a diversos lugares”. Maquiavelo se siente muy orgulloso del resultado: “El acuerdo así obtenido duró, y ha durado hasta nuestros días”. No exagera, entre el momento del incidente y el que escribe Maquiavelo, han pasado quince años. Para la turbulencia italiana, como siglos. Por lo demás, un historiador contemporáneo de Maquiavelo, Biondo Flavio, ratifica su versión.

Entonces, el escritor de estos libros, ¿un contemplativo? Los textos universitarios rara vez dan cuenta del pasaje de este pensador por la realpolitik. Ser el Secretario de la República le hizo viajar, y también intervenir. No siempre, cuando le dieron facultades o las llamadas delegaciones. En Pistoia fue una, pero también fue a Mantua, a Pisa, y de embajador ante César Borgia. ¿Maquiavelo, solo un intelectual? ¿Únicamente un teórico? Lo que ocurre es que legiones de profesores muy tranquilos en sus cátedras dan por sentado que los filósofos fundadores del pensar contemporáneo han sido cómodos observadores del mundo, indiferentes a las pasiones políticas. Pero eso no ha sido siempre así. Ni con Platón ni con Aristóteles ni con Hobbes. Por ser maestros o consejeros de tal o cual, los persiguieron. Y en cuanto a Tocqueville tuvo una carrera parlamentaria, a ratos par del reino y ministro, luego encarcelado y liberado.  Maquiavelo, como acabamos de demostrarlo, hizo política, tomó decisiones. No fue una eminencia gris,  eso vino después, con las Monarquías absolutas. Actuó, corrió riesgos. Hasta que llegaron los años de la errancia.

 

VIII. La errancia y el destierro. O de cómo no aburrirse si se vive en el campo

 

¿Qué le ocurre a Maquiavelo cuando es expulsado de Florencia? Es muy revelador lo que hacen los grandes políticos en su hora de desgracia. Bonaparte, como lo explico en otro texto, agotó el vigor y la paciencia de sus secretarios, el Memorial, en parte dictado, en parte compilado. A la vastedad se unía un minucioso espíritu entre cartesiano y notarial: “diario donde se tiene consignado, día a día, lo dicho por Napoleón”. 28 volúmenes. Todo en Bonaparte era fuera de serie, monstruoso, los ingleses no tuvieron más remedio que envenenarlo. Unos hombres en la desgracia se suicidan. Es lo que hizo Hitler. También el brasileño Getulio Vargas. En cambio el argentino Sarmiento, para escribir  su mejor libro, Facundo, retrato de su enemigo Juan Manuel de Rosas,  se sirve de su exilio chileno. Mientras se gana los porotos escribiendo para diarios locales. ¿A cuál de estas familias pertenece el exsecretario de la república de Florencia? A la de los infatigables. No solo porque escribe, en los años negros, después de 1513, sus libros mayores, sino por la actividad que lleva a cabo, sobre la cual hay trabajos, pero sobre todo, silencio. Le vamos a dedicar esta parte final del “Otro Maquiavelo”, pero sin intentar novelarla. Todo lo que sigue no es sino comprobada verdad histórica. Veamos, sin literatura, al hombre Maquiavelo luchando contra la fortuna, e intentar contrariarla, como recomienda en El Príncipe.

Maquiavelo y los caprichos de la diosa Fortuna. ¿Ese gran cortesano obligado a vivir no solo fuera de Florencia, sino en el campo? Vive cerca de San Casiano, en una villa o casa de campo que los vecinos llamaban el Albergaccio. En la proximidad de ese pueblito donde sin duda no había el gentío de calles y plazas de Florencia, pero se pone a hablar con los del pueblo. Y escribe a sus amigos: “En el hospedería, encuentro de ordinario al hospedero, un carnicero, un molinero y dos horneros de cal; me encanallo con ellos el resto del día, jugando a cricca y a tablas reales, estallan mil disputas y a los arrebatos se añaden las injurias, la mayoría de las veces nos acaloramos por un rato, y el ruido de nuestras peleas se hace oír hasta en San Casciano”. Una sencilla indagación vía Google, nos dice que San Casiano sigue siendo un rincón de la campiña italiana, con demografía de estabilidad pasmosa, en 1861, por censo, unos 11 mil habitantes y en el 2000, unos 18 mil. Por cierto, su gente sabe que por ahí queda el albergue donde vivió Maquiavelo y escribió sus libros. Otro referencia, igualmente en la cercanía es Sant’ Andrea, en Percussina. Viene a ser lo mismo, la casa campestre del ilustre desterrado era equidistante de San Casciano y Sant’ Andrea. Y lo que cuenta, cerca, muy cerca  finalmente, de Florencia. Hoy, es Cuestión de salir de la bella Firenze por la E35. Unos veinte kilómetros y estamos en el Albergaccio.

Cerca y lejos. A solo 15 kilómetros, pero en las antípodas según la opinión de los que habían vuelto al Palazzio viejo de Florencia. La situación de Nicolás Maquiavelo después del retorno al poder de la casa Medici ¿es un exilio o más bien un destierro? Lo segundo es una pena que consiste “en expulsar a una persona de un lugar o territorio determinado” dice el diccionario Casares. Vivir, lo que se llama vivir en Florencia, es algo que Maquiavelo no conseguirá nunca, salvo retornar para morir, que sí se lo permiten.  Por exilio se entiende una ruptura total, como parece ser el suyo.  Ahora bien, contrariando una leyenda bien establecida, eso no es por entero verdad. En 1514 vuelve a Florencia, se entiende que por poco tiempo. Continúa en situación de desterrado pero en 1520 le encargan que se ocupe de la historia de Florencia. Y en 1526, un año antes de su muerte, lo nombran Canciller de los procuradores de las fortificaciones de Florencia. ¿Qué es eso? ¿Un trabajo más, pero siempre fuera de la ciudad? Parece una propuesta a iniciativa de los amigos que le quedan, entre ellos el mismo Soderini, residente en Roma y  varios Medici, que a la vez que lo aprecian lo mantienen lejos. La muerte zanja el tema. Irá a Florencia para verse con el ángel que lleva la guadaya.

Lo de los trabajos en la era de la errancia, que fue larga (1513-1527), tiene como primer capítulo ese encargo de ser el historiador de Florencia pero sin vivir en ella. Merece explicación. La ciudad-estado había sido administrada por Giovanni de Medici, el nombre de quien va a ser reconocido como León X. Cuando ese Medici se va a Roma a ser Papa, Florencia será dirigida por otro hombre inteligente, su hermano Guilio, el cardenal Guilio de Medici. Es este nuevo Príncipe al que le parece interesante que el desterrado Maquiavelo escribiera la historia de la ciudad. Era un renacentista el cardenal, fino político o quizá hombre tolerante, no le importa mucho que el desterrado hubiese apoyado fervorosamente a Soderini en sus esfuerzos para alejar a su familia de banqueros Medici de Florencia. Tampoco se trataba de entregarle algún puesto oficial, era un encargo. Ese trabajo lo ocupa de 1520-1526, la Istorie fiorentine.  Maquiavelo lo aceptó con gran alegría. Era como una resurrección. Y se puso a revisar legajos históricos, documentos, y  con ellos, la vida y milagros de muchos personajes, entre los cuales no faltaban los mismos Medici. ¿Por qué el Cardenal Guilio confiaba en Maquiavelo? Lo sabía distante de las facciones florentinas.

Maquiavelo y Florencia, nada menos. ¿La historia de una ciudad de magnates, popolo grasso y el ideal de libertad, contada por quien la amó hasta el aborrecimiento? ¿Cómo se pudo combinar riqueza e inestabilidad en esa ciudad? Maquiavelo se va enfrentar a un trabajo de hércules, va a pisar callos y afectar susceptibilidades. Escribir sobre la vida florentina era tan riesgoso como dedicarse a explicar las trampas financieras en la bolsa de Wall Street de nuestros días. Las facciones florentinas se reclutaban en las grandes familias y en el pueblo, todos intrigaban, los de pequeños negocios, “popolo minuto”, y en los que saliendo del pueblo, habían hecho fortuna, “popolo grasso”, y qué decir de la nueva burguesía (grasso, gordo) surgida de los gremios y no de los linajes. Arriba estaban todavía los más ricos, “los magnates”.  Las prodigiosas fortunas y los intereses de la comunidad, en una dialéctica que anticipa a Marx, se combinaron en siglos y en gobiernos unos más oligárquicos que los otros, pese a lo cual Florencia prospera y se vuelve una potencia marítima.  La que le toca vivir, es una ciudad codiciada por la familia Medici, pero también por el papado, el reino de Francia, el de España, el emperador y los condotieros. Truculenta, activa, nerviosa, vivir en ella es asistir a la sucesión de una familia influyente tras otra, y a cambios de gonfalonero de justicia. Maquiavelo, muy joven, ha visto subir al poder a Savaranola, que cerró prostíbulos, tabernas y prohíbe el carnaval. Ha visto como, a dos años de dictadura aburrida y puritana, el pueblo lo sube a una hoguera. Ha vivido para ver la conjura de los Pazzi, otra familia poderosa, que asesina a Julio de Médecis. Ve el tratado de paz entre Florencia y Nápoles. Ve la guerra por la sal con los de Venecia. Ve cómo los Médicis son expulsados. Ve derrotada a Venecia ante Francia en Agnadello. Ve cómo los milicianos florentinos recuperan la vecina Pisa. Ve cómo Maximiliano Sforza se apodera de Milán.  ¿Se entiende por qué un Medici lo llama a que escriba la historia de su ciudad? Nadie mejor que él, para caminar en el meandro de los papeles históricos, al tanto de malicias y maldades que son las de su tiempo. Si Florencia hizo a Maquiavelo, este puede ser lógicamente, su mejor historiador. El Cardenal Guilio era un hombre inteligente.

Maquiavelo en la campiña, por bella que fuera, ¡qué castigo! A que se dedica en esos años? Sin duda a sobrevivir. Hagamos cuentas, regresivas. De 1520 a 1526, tiene chamba, una muy pesada pero exaltante, la Historia de Florencia de la que venimos de hablar líneas arriba. Sabemos que en 1518 y 1519 los dedica al Arte della guerra, que publica en 1520. En 1520 también tiene terminada una vida de un Condotiero, la vida de Castruccio Castracani. En 1518, escribe La Mandrágora, obra teatral y traduce la Andría.  En fin, de 1513 a 1516, escribe sus dos libros mayores, El Príncipe y los “Discursos”. Entonces, la verdad es que es un destierro muy ocupado. Además, Maquiavelo tiene varias otras ocupaciones. Escribe enormemente a sus amigos, va a visitar a los humanistas a los jardines señoriales,  frecuentando a los Orti Oricellari, a los que lee fragmentos de los “Discursos”. Y hace algo de vida campestre, porque lo cuenta, irónicamente en sus cartas. Podemos suponer que la brava Mona Marietta, se ocupa de los cinco hijos, otra fuente dice siete, y lo más probable es que el Albergaccio fuese algo más que una rústica morada. Pudo poseer huertos, tierras, y esa forma de producción rural, asoma en algunas confidencias epistolares del propio Maquiavelo.

Es difícil imaginar a Maquiavelo de labriego, pero así pueden ser las cosas. ¿El jefe de delegación en la corte de Francia, de Alemania, del embajador de la república de Florencia ante César Borgia, el enviado a Pisa, a Roma, que había frecuentado a Alexandro VI? Sí pues, no hay sino que creerle. “…dedicado a tender trampas para tordos con mis propias manos”. De sus proezas de cazador da cuenta, “a veces dos, nunca más de siete”. “Me levanto con el sol”, confiesa casi como si fuera un delito, “y por tonto que parezca, voy a uno de mis bosques, que estoy haciendo talar, donde paso dos horas examinando el trabajo hecho la víspera por el leñador y hablando con los trabajadores, que siempre andan en dimes y diretes entre sí y con los vecinos” (Marcel Brion, p. 313). Pero ni este biógrafo le cree del todo que amara la naturaleza. No era Rousseau que adoraba herborizar ni un gentleman inglés extasiado ante la naturaleza. Hay otras señales de lo que pensaba realmente de su vida. “Así es, como hundido en esta innoble existencia, intento impedir a mi cerebro de enmohecerse, de este modo doy rienda suelta a la malignidad de la fortuna que me persigue”. ¿Cómo hacer para no olvidar quién de verdad era? Al volver al Albergaccio, cuando la familia duerme y no lo ocupa, hace algo notable. Se pone su antigua ropa de corte. “Vestido con decencia, entro al santuario de los grandes hombres de la antigüedad”. Y Maquiavelo entonces, lee o escribe. Lo de vestirse así es porque era como visitar a sus amigos. No hay que asombrarse demasiado, ni pensar en un desarreglo mental. Stendhal se vestía para escribir lo mejor posible. Jules Verne lo hacía vestido de capitán de navío. Dumas con una sotana roja. Balzac con ropas de monje y García Márquez se ponía un mono de obrero.

IX. Maquiavelo, una pedagogía de vida para el siglo XXI. La adaptación a la movilidad social

La tenacidad en seguir siendo un estudioso en la desgracia del destierro, y su capacidad para adaptarse y sacarle provecho a la desgracia son admirables.  Dice, en efecto, “fui a uno de mis bosques”. Vigila lo que hacen los trabajadores. Maquiavelo se reconvirtió en los negocios rurales. Teórico político y propietario rural, Maquiavelo nos sigue asombrando. El mismo individuo que se viste con trajes de Corte para escribir en una casa para campesinos, se acomoda a ese modo de producción rural y no deja de visitar a sus amigos escritores en los jardines señoriales donde se producían debates y encuentros que despertarían la envidia de las mejores universidades de nuestro tiempo. ¡Cuántas vidas en una sola vida! Cuántos tiempos históricos empotrados unos en otros, en la temporalidad ambigua del florentino. Es el pasado por su adhesión al trabajo de meditación solitaria, el presente de ese tiempo de comerciantes y el futuro, no el suyo. El nuestro. La gran virtud de los renacentistas, magníficas cabezas, capaces de improvisar destinos, cambiar de oficios, y hacerlo todo, con maestría. Nuestra época tiene por delante un reto, el cambio general de maneras de trabajar, estudiar y vivir, dado los trastrocamientos que la nueva revolución posindustrial está desencadenando y que continuará en los decenios venideros. Para los renacentistas, los cambios del tiempo produjo brillantes resultados. Supongo que también lo tenga con nosotros, cuando entendamos, ciertamente, que el modo de producción capitalista que viene requiere de especialistas, pero sobre todo de generalistas, gente que sepa renovarse a la par que se renuevan las técnicas y las ciencias. Maquiavelo fue un hombre de la movilidad social de su tiempo. Lo fue Marx que fue a universidades, Bonn, Berlín y Jena, no para estudiar economía sino derecho y filosofía. Lo fue H. Arendt, cuyos griegos le sirvieron para entender el totalitarismo contemporáneo. Maquiavelo halla en sus lecturas de un historiador como Tito Livio las claves de su tiempo. Puede que nosotros, de igual modo paradójico, las raíces de las dificultades como los aciertos del mundo político, en un libro viejo (y nuevo) de cinco siglos.

 

Conclusión. El político profesional

En conclusión, Maquiavelo, un caso ejemplar. ¿En qué sentido? Es el primer político profesional de los tiempos modernos porque estudia los hechos políticos y porque actúa. Y el que enseña que para ser político —en el análisis y en la acción— hay que ser también un humanista.

Notas:

(1) N. Maquiavelo, El Príncipe, Mestas Ediciones, España, 1999, cap. XVII

(2) Ilya Prigogine, El tiempo y el devenir, Coloquio de Cérisy,  Gedisa, España, 1988

(3) Un anuncio sobre este cambio temático se halla, sin embargo, en mi libro ¿Qué es República? Fondo Editorial USMP, Lima, 2012, “Maquiavelo republicano” (p. 77 y ss). En él, digo: «Esta obra, concebida como un comentario minucioso de Tito Livio, es mucho más densa que El Príncipe, y se divide en tres grandes partes llamados  libros (…). Ambos textos comenzaron a ser escritos en 1513, es decir, cuando su autor ya no tenía poder alguno y estaba expulsado de Florencia. Sendos libros están terminados hacia 1520.» Ahora bien, después de la edición de este libro, aconsejo a mis alumnos y amigos que revisen esos textos míos porque tratan además de sus obras, de otros aspectos que no son tomados en cuenta por otros investigadores. Por ejemplo, la Florencia de su tiempo, de magnates, del popolo grosso, del aire de libertad de esa ciudad-estado. Del tiempo y las circunstancias de Maquiavelo. E incluso tomo en cuenta su destierro donde escribió los grandes libros que le conocemos. Por la piedad que despierta el personaje, el exilio es una desgracia. Pero para nosotros, le debemos su obra.

(4) Marcel Brion, Maquiavelo, editado en 1948. Edición en castellano en 2005 (Ediciones Byblos, Barcelona). La obra de Brion es gigantesca; gran especialista del Renacimiento, escribió sobre Botticelli, Leonardo da Vinci, Giotto. Su obra como crítico e historiador tiene además una gran sensibilidad. Lo vamos a citar repetidas veces.

(5) Brion, op. cit., p. 12

(6) Brion, op. cit., p. 31

(7) Denis Huisman, Diccionario de las mil obras clave del pensamiento, Técnos, Madrid, 1997, p. 496

 

Publicado en: “Revista Digital Gobierno y Gestión Pública”, n° 01 (2013)

http://www.gobiernoygestionpublica.edu.pe/noticias/revista-digital-gobierno-y-gestion-publica/

Acceso directo: http://gobiernoygestionpublica.edu.pe/revista_digital/pdf/1_5.pdf

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