Escribiendo a amigos

Escrito Por: Hugo Neira 146 veces - Feb• 21•22

Para este lunes, tengo tres temáticas para mis lectores del portal El Montonero de mi amigo y director, Víctor Andrés Ponce. Él me conoce y sabe que me interesan diversas ideas y corrientes intelectuales. Como soy en Europa un exprofesor, me llegan las revistas científicas que debido a las nuevas investigaciones sobre psicología tratan del caso de los más jóvenes que pueden comprender perfectamente, desde los seis años, hasta la filosofía. Esa es la primera noticia.

La segunda es que una modalidad de meditación corre por el planeta, fuera de su lugar de origen, es la meditación budista. Qué lástima que se fuera de este mundo un político que le atraían estos temas, me refiero a Alan García, y su libro Confucio y la globalización, con un subtítulo bien claro, «comprender China y crecer con ella». Por lo visto, ya no son los Estados Unidos el gran país productivo y de emigración que fueron al final de la segunda Guerra Mundial. Yo me he cansado de decir a mis alumnos que si les interesa la economía internacional, es mejor que estudien el chino y no las lenguas que son las de otras épocas. Pero la fascinación americana sigue siendo la más dominante.

En cuanto a la filosofía para escolares, fue la idea del editor Jean-Paul Mongin. Creó una colección —«Les petits Platons»— dirigida  tanto a lectores de 9-10 años como a adultos que quieren refrescar sus conocimientos. La colección existe hoy en 26 lenguas (Sciences Humaines n°343, enero de 2022). Su originalidad es permitir a los niños de descubrir a los mismos filósofos como Descartes, Leibniz y Kant, y filosofar desde su corta edad. Había habido antes experiencia de colecciones de libros de filosofía para los menores de edad, es el caso de El mundo de Sofía del noruego Gaarder que fue traducido al francés en 1995, y también una colección de Gallimard —«Chouette! Penser»— que no duró lamentablemente, dice Mongin, pero su colección trae ficciones que hacen eco a los conceptos filosóficos, y la fórmula es exitosa. Ponen portadas como para jugar, por ejemplo, Nietzsche subiendo a un cerro a grandes pasos, o la confesión de San Augustín. Todo esto antes de la secundaria. Conclusión: cada vez más lejos estamos de los lugares donde la filosofía se ha vuelto al alcance de todos. No olvidemos que toda nación necesita una ética en torno a la cual gira su economía y ordenamiento legal.

Tercera temática, ¿qué ciudadanos formamos? ¿Qué sabemos de los niños? Hace 30 años que se estableció una nueva especialidad llamada ‘neurospsicología’  (neuropsychologie en francés). Demoró diez años en desarrollarse en Francia (hay a la fecha 5000 neuropsicólogos) y hoy es cada vez más pedido un balance neuropsicológico tanto de los niños (que no es test de QI) como de los adultos para asegurar un mejor futuro, una mejor orientación en función del perfil de cada quien. Pensando en nuestros déficits en capital humano y educación, no puedo sino recordar una magnífica tesis de un estudiante de San Marcos, Humberto Porras Vásquez, y como asesor, César Germaná. Cómo la «criollada» se vuelve algo más que una viveza, se convierte en achoramiento y arribismo, lo que cuenta es subir, con comportamientos cualesquiera. Tras la omnipresencia de la mentira, sin valores ni principios, sin otra preocupación que subir, ascender a como dé lugar. Esa tesis es lo más real que se ha dicho y escrito en el Perú en unas 200 páginas. Ahí está en la web desde el 2010. Ya sabemos que el peor de los vicios es esa cultura criollista, que no ha desaparecido, es una forma de vida fuera de toda norma y un juego sin seriedad. Aun las bromas y la vida tienen límites. De ahí quizá que el peruano no tiene confianza en el peruano amigo, socio, o pariente. ¿No es la confianza una de las virtudes en otras sociedades? Triste es la vida en países sin fiestas pero triste también es si solo cuenta la carcajada… Les reprodujo un artículo que escribí al respecto hace 6 años, publicado el 8 de febrero de 2016 en este mismo portal.

Presidencia, pendejada y el Quijote de Menard                                    

Las malas palabras dicen mucho. Pendejada es concepto utilísimo para describir buena parte de la sociedad peruana. Y si el amable lector cree que no hago honor a mis borlas académicas al usarlo, le prevengo que el sociólogo Gonzalo Portocarrero de la PUCP se sirve de la noción para una «sociogénesis del cinismo»  —chúpate esa— y en un libro de lo más serio, Rostros criollos del mal (p. 102). Sé que el amable lector va a protegerse —eso también es de rigor— y va a decir, claro, un caviar. Tengo malas noticias. El término y lo que significa es usado en tesis de San Marcos, «Estudiantes universitarios y cultura de la criollada», Humberto Porras, dirigida por César Germaná. El capítulo sobre la pendejada va de la página 19 a la 35. Y Juan Carlos Ubilluz, Nuevos súbditos (IEP, 2006). Trata del sujeto criollo y la pendejada. 

En castizo, «viene del pelo del pubis y las ingles» (Dic. Casares). En su raíz tiene un sentido sexual, «el burro se ha puesto pendejo», es decir exitado y por lo tanto tonto. Ahora bien, la gran pendejada consiste en que le hemos sacado la vuelta al castellano. Para mexicanos, venezolanos y colombianos no es pícaro ni vivo. «No seas pendejo» es ponerse estúpido. «En el Perú pasó a ser algo reprochable», dice Humberto Porras siguiendo a Tauro del Pino. Y aquí viene la cosa curiosa. Es deshonestidad con éxito. ¡Y con algo de gracioso! Mi teoría es que la pendejada la hacían los pobres indios para joder un poco a sus curacas y curas explotadores (¿qué se han creído que fue la Colonia?!) y también, los de arriba. Señoritos blancos con su toquecito andaluz. Es decir, con picardía. Si alguien te pone hoy en Lima una pistola en la cabeza es un asalto. Si tu socio te roba es una pendejada. El riesgo con el pendejo es que se siente en la obligación de caerte simpático. Ahí viene la confusión. La transgresión (Portocarrero). Hace siglos que nos encantan los pendejos. La pendejada es un arte. Te joden pero bonito. Ahí está el problema. Te seducen. 

La vaina es que también queremos ser ricos pero la ética de la modernidad no aguanta pendejadas. La burguesía cuando aparece —tesis del alemán Weber—  viene asociada a una moral del esfuerzo, austeridad y trabajo. En Perú ha habido más bien ricos disipados. «Fina estampa, caballero». Las elites chamberoburguesas de verdad han faltado. Las ha habido, unos cuantos blancos que llegaron a fines del XIX, de ahí mineros, industriales, banqueros. Emigrantes italianos, vascos, ingleses, polacos y judíos. Pero luego la prole se acriollaba. Algunos linajes se hundieron, otros no. ¿Por qué los descendientes de migrantes étnico-internos no seguirían el modelo tradicional? Los nietos de los invasores de H. de Soto, hoy chamberos exandinos, han conquistado las urbes, pero sociedades como la peruana tienen un molde que se reproduce. Ha surgido una nueva categoría de pendejos de origen popular. ¿O no es cierto que empresarios emergentes pagan pésimos salarios a sus operarios? «Los rostros del mal» no solo son criollos. Eso era antes.

Según Ubilluz, los patterns locales te dan a elegir, lorna o pendejo (p. 59). La opción es espantosa. Pero la misma sabiduría popular nos propone «el cojudo pendejo y el pendejo cojudo». Puro barroco pero interesante. El que se hace el buenito, por ejemplo, «soy provinciano, empresario», ¿les suena a alguien? Y entonces el pendejo, que de serlo tanto, pasa a la categoría de conchudo. Y entonces viene el roche.

César, no hagas caso. Borges habla de un tal Menard que decidió ser Miguel de Cervantes. Y publicó El Quijote. Tú no quieres escribir como Arguedas, sino ser Arguedas. Cómo no nos dimos cuenta, es sencillo. Lo editas con tu nombre y se acabó el merengue. Hazlo, te hago el prólogo y te iremos a visitar a un lugar calmo y simpático que se encuentra por Magdalena del Mar.

Publicado en El Montonero., 21 de febrero de 2022

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