Feria del libro en Miraflores y la historia de un indio excepcional

Escrito Por: Hugo Neira 100 veces - Nov• 22•21

Como se sabe transcurre la Feria del Libro organizada por la Cámara Peruana del Libro, una feria del Bicentenario promovida por la Municipalidad de Miraflores, auspiciada por la Universidad Ricardo Palma y patrocinada por la Fundación BBVA, en el parque Kennedy de Miraflores. La FIL dura hasta el 1° de diciembre del 2021. Al pie de la Iglesia de la Virgen Milagrosa, por lo menos un centenar de expositores y estanterías atractivas para el público. Como se trataba de libros, se montaron dos auditorios para presentar de viva voz algunas obras que son novedades. Es así como el jueves 18 estuve en uno de ellos.

Una editorial nueva, Ediciones Achawata, se había ocupado de reeditar un libro mío titulado, en su primera edición, Huillca, habla un campesino peruano. La primera edición fue en Cuba, por la Casa de las Américas, y fue el resultado de un concurso planetario. Ganó mi libro que es la historia de un ser de carne y hueso, su biografía. Y como Cuba estaba vinculada a la Unión Soviética, la historia real de ese peruano fue traducida a siete lenguas, el ruso, el polaco, y otras más. Pero la historia real y su itinerario tienen que ver con las luchas campesinas de los años 60 en el Perú, que culminaron con la reforma agraria. Paradójicamente, en cualquier lugar del mundo se conoce a Huillca y en el Perú muy poco.

Huillca es un personaje real, encarna un tiempo y un giro histórico de la vida peruana. El concurso cubano situaba ese libro en un género especial, el testimonio. Por supuesto, cuando la editorial Achawata me propuso reeditarlo, acepté pleno de alegría. Mis paisanos peruanos podrían conocer ese texto que no es mío sino de Saturnino Huillca, y de hace 49 años. Algo fundamental: no se modificó ni una palabra del libro primero. Me pidieron en cambio que pusiera como entrada una descripción del viaje mío y de Huillca a La Habana para recibir el premio.

Me dieron unos dos mil dólares. Y yo se los di a Huillca. El gran hombre que era Saturnino me dijo:  -Pero eres tú el que lo ha escrito. Y yo le contesté: – No, Satuco, tú lo has hecho con tu boca, ante un micro. En realidad, es una larga entrevista al Secretario General de la Federación Campesina en el Cusco durante dos años de encuentros y grabaciones. Y eso es lo que expliqué la noche del jueves en el auditorio Chabuca Granda de la FIL, a viva boca. Les agradecí la presencia del público porque, con un micro en mano, diciendo solo la verdad, me parecía que volvía a ser el joven que fui en un mitin en San Marcos, muchos años atrás.

Les conté cómo había conocido a Huillca. Jorge Basadre —nuestro gran historiador del Perú republicano— también escribió sobre la importancia del azar en la historia. Lo que tomamos como el azar. ¿Cómo llegué a conocer a Huillca? Yo vivía en Lima y Huillca en el Cusco. Estaba, por mi parte, terminando mi formación en San Marcos en la ciencia de la historia, pero era periodista del diario Expreso. Yo no vengo de las grandes familias, tenía que trabajar para continuar mis estudios. Y ocurre que el diario Expreso decide tener jóvenes «progresistas», así se llamaba a los que éramos libres de los partidos pero con un espíritu crítico que nos acercaba a los grupos de izquierda. Era el diario de Mujica Gallo que quería ser ni La Prensa ni El Comercio. Hubo un llamado a concurso. Salí elegido entre otros, como Raúl Vargas.

Pero debo decir que tuvimos mucha suerte porque el director fue alguien muy especial. Era un hombre de la carrera diplomática, había vivido mucho tiempo en los Estados Unidos, con dos formaciones, filosofía y economía: Encinas, el hijo del gran Encinas que fue el gran amigo de José Carlos Mariátegui, y aquel que explicó al gran pensador que era Mariátegui el mundo andino. El otro lado del Perú. El amauta Mariátegui, por su enfermedad permanente, no pudo conocer físicamente ese Perú arriba de los tres mil metros sobre el nivel del mar. Yo guardo un gran agradecimiento a Mujica y a Encinas. Y en este caso, él fue quien me envió al Cusco. Estamos hablando en estas líneas del Perú de los años 60 del siglo pasado.

Del sur venía algo inesperado. Millares de campesinos tomaban las haciendas, las ocupaban, pero no las casonas sino las tierras. Es decir, no era los estallidos de violencia del pasado peruano ni los actos vandálicos que luego la Policía o las Fuerzas Armadas reprimían y por los cuales los campesinos perdían tierras y la vida. Algo muy inteligente había en esas «invasiones de tierras», como se decía entonces en Lima, y que los campesinos ellos llamaban «recuperaciones de tierras». El director de Expreso quería saber qué diablos pasaba en el Cusco (con efectos en Puno y Ayacucho). Por lo visto, no eran guerrillas. Eso no era Hugo Blanco —que ya estaba prisionero en Arequipa—, la zona en que estuvo era La Convención, el lado casi amázonico del Cusco. En ese lugar, había una agricultura de alto rendimiento gracias al trabajo de mejora de los «arrendires», campesinos que arrendaban tierras al hacendado a cambio de trabajo gratis para él.

Pero con las noticias que llegaban a Lima era imposible entender qué pasaba. Federaciones de campesinos, huelga de los «arrendires» ante los gamonales, sindicatos de campesinos como si fueran obreros de unas fábricas —una novedad—, todo eso llegaba a Lima justo cuando había democracia y se debatía en las cámaras una posibilidad de reformas en el mundo rural. En plena Guerra Fría. Muchos en la capital, como siempre lejos del país, no entendían qué ocurría, acaso una intervención de Cuba. Se necesitaba entonces que alguien estuviera en el terreno mismo de esa rebelión, sin balas pero sí con ojotas, que reclamaba lo que había perdido en los muchos litigios con los poderosos hacendados. Se necesitaba una suerte de corresponsal de guerra. Y entonces, el director de Expreso, en el círculo de jóvenes periodistas que él llamaba sus juniors y yo entre ellos, me pregunta (y lo recuerdo como si fuese ayer):

– Neira,  ¿es usted de Apurímac?

– Sí

– Y usted conoce el mundo rural.

– Algo, en vacaciones voy a las haciendas de mis tíos, los hermanos de mi madre, los Samanez.

– Y usted también ha sido alumno de José María Arguedas y monta a caballo.

Y entonces, me dijo: – Usted se va al Cuzco y se queda todo el tiempo que dure ese fenómeno y nos envía sus artículos. Y así fue.

Ya en el Cusco, busqué a mis amigos del Partido Comunista. Pero me dijeron, «no estamos en eso». Hay trotskistas, y me recomendaron que fuera directamente a la Federación de Campesinos. Y entonces conocí a Huillca.

Entre los líderes de ese enorme movimiento, había algunos que habían hecho el servicio militar. Algunos sabían leer y comenzaron a hojear el diario que llegaba de Lima y en el cual veían lo que yo contaba. Era a favor de ellos. Y me nombraron «compañero cuna», es decir un amigo, un socio. Me volví el único periodista que acompañaba las marchas de los campesinos sublevados, pues echaban a los otros periodistas. Y por otra parte, conocía a algunos de esos líderes que, habiendo tenido una formación militar, engañaban a soldados y policías. Hacían correr el rumor de que tal o cual hacienda iba a ser tomada, cuando en realidad tomaban otra, a mucha distancia. La policía no podía llegar a tiempo para impedir la invasión de la hacienda que los rebeldes había decidido. Cuando todas estas estrategias se supieron en Lima, por mis crónicas, se vino abajo el mito que los indios no podían ser astutos y lucir inteligencia.

Porque este fenómeno de indios organizados por ellos mismos y entre ellos, Huillca, ha sido callado por el Perú de los no indios. Ese silencio y el no conocimiento de ese fenómeno de revolución que venía de la misma masa de los dominados, no necesitaba de partidos ni elites que los dirigieran. Las tomas de tierra fueron la gran causa que llevó a la reforma agraria. En el mundo militar, la cosa era evidente: ¿iban ellos a detener a millones de indígenas que, de Puno a Cajamarca, podían ponerse en marcha para recuperar las tierras que perdieron en el primer siglo republicano? Lo dice Basadre,

en su libro Sultanismo, corrupción y dependencia en el Perú contemporáneo, p. 13:

«La apropiación de la región serrana del país, por un pequeño número de antiguos y nuevos propietarios de tierras, que antes pertenecieran a las comunidades indígenas, al Estado, a la iglesia, a las municipalidades y a las beneficencias. Este fenómeno tuvo continuidad a lo largo de toda la época republicana y se acentuó al fmalizar el siglo XIX y al empezar el siglo XX. Las masas rurales empobrecidas quedaron como mano de obra servil en los grandes dominios agrícolas u optaron por la emigración.»

Eso ha sido la enorme diferencia de los dos Perús, durante el siglo XIX y XX hasta que los líderes indígenas de los años 60 iniciaron lo que vino después, el fin del gamonalismo con modo de producción feudal y servidumbre indígena. Eso duró desde la colonia, y los abusos, hasta 1969. Luego vino también, por decisión propia, la gran migración hacia las ciudades.

Huillca es, pues, el San Martín de los indígenas. Un héroe que no hemos entendido. No todos pues son Grau. Y Huillca, no necesitaba ser marxista para ser revolucionario. Acaso el sentido común del pueblo y de los marginados. Del mismo modo que hay una inteligencia perversa para gobernar sin derecho —el solo deseo de capturar el Estado para enriquecerse— existe también la inteligencia de los pueblos. Son siempre una sorpresa. La poderosa Roma nunca imaginó el cristianismo, ni la nobleza francesa la revolución de los plebeyos. De alguna manera entramos a la Modernidad. Y esa biografía no es novela o imaginación. Todo es cierto, es una larga entrevista. Venía a Lima en avión, yo le pagaba los pasajes. Dos años de conversación y con dos traductores porque Huillca no quería hablar sino en quechua.

Publicado en El Montonero., 22 de noviembre de 2021

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