Film «Retablo» y valores andinos

Escrito Por: Hugo Neira 80 veces - May• 28•19

Este sábado, o sea anteayer, me pegué un atracón de cine. Dos películas. Una tras otra. Después de horas y horas de clase. Mis alumnos trabajan y les queda solo el fin de semana para una maestría o un doctorado. Por mí, hubiesen sido tres películas al hilo. ¿Por qué no? El  horario de los cines no lo permite. Debo confesar que soy un cinemero sin muchas exigencias estéticas. Por ejemplo, me he visto todo los Drácula posibles, no solo al legendario Béla Lugosi sino hasta Drácula cowboy, vampiros japoneses, vampiros negros, y no podía faltar, vampiros gay. Esas modificaciones son lo que llamaría un funcionario del Banco Mundial, «significativas». Cuando encuentro ese vocablo, me desespero. Quiere decir que algo tiene importancia, evitando decir si es para bien o mal. «El llamado de Maduro es significativo». Pero no se dice si es para quedarse o para irse. Claro, son funcionarios internacionales y tienen la costumbre de lo impreciso. Allá ellos.

Una de las películas resultó ser «significativa». Y no la otra. Vimos Aladdín o mejor Aladino. Y fue la segunda película, Sin embargo, no deberíamos asombrarnos de la calidad del cine peruano. Retablo viene después de Paloma de papel (Fabrizio Aguilar, 2003), sobre lo que se ha llamado la ‘guerra interna’, y que yo en una columna en La República (06/11/03) llamé paloma de sangre: «cumbres nevadas y hermosísimas del Perú, y la violencia de los hombres». Después de Wiñaypacha (Óscar Catacora, 2017), una pareja de ancianos en su rutina: no tienen servicio de agua o de luz, y sin embargo se les ve sanos y con una envidiable destreza en todo lo que hacen. No era un film sobre la magia andina o los efectos de la ayahuasca. En nuestro terrible y amado país, la realidad sobrepasa la imaginación.

En esa línea de calidad se halla Retablo. El lector entenderá que hablo de películas que califican como dramas. No me estoy ocupando, en consecuencia, de las más taquilleras como ¡Asu Mare!, la versión del mundo criollo, como solo jarana y gracejos, pero no calza ni con la vida misma ni con la estética. Como si no hubiera drama en el mundo urbano peruano. Curiosamente, el drama por lo general es andino o rural.

Retablo es la historia de un padre y un hijo, el padre tallador de retablos y el hijo su fervoroso discípulo y ayudante, maestro en ese arte tan peruano. Ahora bien, hay momentos en el transcurso de la película que un grupo de humanos, tanto varones como mujeres, se dejan ver con naturalidad. Y segundos después, son las figuras inmóviles de un retablo. El tránsito de la vida real y la imagen artística, y por lo tanto quieta para siempre, se suceden una a otra. Más allá de la belleza queda el enigma. Esa métafora ¿qué nos quiere decir? ¿El arraigo, lo acostumbrado, es invencible? ¿El molde, el prototipo del hombre andino, es inamovible?

Ahora bien, el actor que hace de padre (Amiel Cayo), es una combinación de campesino y de señor de pueblo. Me hizo pensar repetidas veces en José María Arguedas, que podía ser poeta, y a la vez, explicarnos qué era el Misitu, es decir el toro salvaje, la encarnación de un auki de las punas. En la mitad de la película, me estaba preguntando si esas idas y venidas de padre e hijo por aldeas, era algo como una suerte de homenaje a Los ríos profundos. En la oscuridad de la sala me preguntaba si esto conducía a algún tipo de crueldad  o perversión que desembocara en algo parecido a los abusos de la opa Marcelina en Los ríos profundos. Opa quiere decir retardada, tonta. Y a mi sorpresa, el relato gira brutalmente. El personaje central se vuelve el hijo, Segundo Páucar (Junior Béjar), un muchachito de 14 años. De casualidad descubre algo en el comportamiento del amado padre. Pero no voy a ser un aguafiestas diciéndoles qué descubre. Vayan a ver Retablo y saquen sus conclusiones.

El mayor acierto en Retablo, es el drama del joven Páucar, dividido en el amor paternal y la vergüenza. Este film nos pone, con rara sinceridad, en el medio rural, en particular en el mundo de los varones. Se les ve en fiestas, pero también en juegos feroces, como el que consiste en batirse a punta de latigazos. Y el combate a puño limpio. El otro acierto, los silencios de Segundo Páucar. Retrato del varón andino, gente de pocas palabras, lacónicos y en el caso de este drama, con más razón, callados. La reserva de Páucar, a sus 14 años. La película tiene como versión original el quechua, y Páucar retiene su dolor en dos lenguas, ante la madre, magníficamente encarnada por Magaly Solier. 

Ahora bien, Wiñaypacha fue un film metáfora: la imposibilidad de una completa autosuficiencia. La pareja de ancianos, pese a sus habilidades, no pueden vivir aislados. Pero ese drama era estrictamente local. Y hubo un paso a lo universal con La teta asustada. La historia de una muchacha que dice tener un solanum tuberosum —una papa— en la vagina para evitar el acoso sexual. Ahí se juntaron las dos culturas, la heroina sube y baja por cerros que pueden ser los de Lima. Sin embargo, la película y esta nota periodística, tocan un tema delicado. No diré más, pero les aseguro que los partidarios del movimiento LGBT+ van a pasar un mal rato. Van a ver cómo varones y mujeres de los Andes se oponen y no admitirían la ‘ideología de género’. Recomiendo ver ese film. ¿Un «ethos comunitario»? La cultura tradicional no solo tiene el ayni y la minka, sino un gran respeto a la naturaleza. Lo digo para que reflexionen esos cuantos que en Lima quieren imponer formas exógenas.  

Publicado en El Montonero., 27 de mayo de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/film-retablo-y-valores-andinos

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