Juan, de las ecuaciones al periodismo

Escrito Por: Hugo Neira 1.338 veces - Feb• 20•17

Juan es la historia de un gran periodista. Apenas volvió de sus estudios en la London School of Economics, comenzó a escribir en el diario de su familia. La suya era una familia peruanísima, o sea que descendía de un judío francés que llegó al Perú a mitad del siglo XIX, y fundador de El Diario. Los Toutlefric —así— se llaman, fueron empresarios, doctores, políticos pero sobre todo periodistas. El hecho que su apellido se parece a una expresión que quiere decir “los que tienen TODA la plata”, no tiene mayor importancia. Juan se dio de lleno a su oficio, escribir en el gran diario. Pero al poco tiempo se dio cuenta de que las matemáticas que había aprendido en Londres, no le servían para nada. En el periodismo no siempre x∑y, funciona. ¿Qué hacía con el axioma de extensionalidad de Fraenkel en esa oficina en el centro de Lima y escribiendo sus 600 palabras?

En las reuniones de familia, era el mejor en cuanto se hablaba de cifras y negocios, pero él sabía que su prosa era sosa, pesada o excesivamente coloquial. Podía entrar al concejo de alguna de las muchas empresas del clan familiar pero quería ser periodista, como el tatarabuelo. Su amigo Max, el psicoanálista —ambos coincidieron cuando se formaban en Londres— le aconsejó el psicoanálisis. Dicho y hecho, Juan tenía fortuna, podía disponer de su vida y se mandó a mudar a un lugar de los Estados Unidos, donde siguió un curso acelerado de psicología. Buscó a un especialista de un tipo particular de neurosis, el deseo de mandar, la libido dominandi. O sea, los políticos. A los seis meses estaba de vuelta. Esta vez se dedicó a los reportajes. Su éxito fue inmediato, como sabemos.

Fue él quien en una entrevista, predijo que Alejandro sería un presidente tarambana y que la familia no corría ningún riesgo. Y previno sobre la personalidad del peligroso comandante que le sucede. Uso con él la famosa paradoja, “quiero pero no quiero”. Y entonces, El Diario propuso lo que resultó conveniente para el país y la democracia: le pusieron seis tecnócratas de primera y funcionó el “piloto automático” por cinco años. Juan se había olvidado de las ecuaciones y ahora pensaba en el ego y el ello, el inconsciente y Freud y la cosa marchaba, pero no del todo. Seguía siendo un plomazo en cuanto escribía.

Era al revés, cuanto más sabía —matemáticas, economía, psicoanálisis— peor eran sus columnas. Se puso a leer literatura. Alonso Cueto le regaló un libro de Flaubert, que también fue un hijo de familia que le costó aprender a escribir, y descubre que la escritura es un lujo, que al lado del lujo de saber vivir, de saber hacer, había un saber entretener diciendo cosas incómodas. Y que eso era fácil para poetas, para gente insólita e inconforme y no para gerentes. Escribir no era un memorándum. Se daba de narices con la gloria de lo efímero. El Diario, en otros tiempos, tenía una redacción de gente insalubre, pero que escribían como dioses y que gustaban a las clases altas por su audacia y al menudo pueblo por su gracia. Cuando él era pequeño, había visitado de la mano del abuelo, la sala de redacción, llena de zambos, cholazos y blancazos bien corridos, que eran simpáticos, divertidos, y acaso por eso, buenos periodistas.

Juan, entonces, decidió adquirir ese lujo. Y cambió de estilo de vida, dejó de ir al club, a la casa de playa, partía a vivir entre bohemios en barrios pecaminosos. Alberta, su mujer, no le aceptó esta vez ese tipo de entrenamientos. Ya tenía cerca de 40 años, estaba poniéndose calvo, y no se ocupaba de los “enanos”, tres encantadores niños. Para mala suerte, Juan se había hecho amigo de un sociólogo que le explicó la anomia y eso de la “asimilación social”. Entendió entonces que él provenía de eso que el maldito sociólogo llamaba un “grupo tradicionalista coherente” y en cambio los lectores eran parte de una sociedad anómica, dispersa, antitodo, jodida, y la lógica de sus crónicas no predisponía a la simpatía. Tenía que descomponerse un poco. Se leyó entonces todo lo que había en inglés sobre la asimilación de polacos en Chicago y anduvo con el libro de Znaniecki bajo el brazo, hasta en las madrugadas en El Romano y en antros de la Victoria. Y entonces, su columna se volvió viral en las redes sociales. Se había salvado como columnista, en lo personal era un desastre.

La mujer lo dejó, los hijos no querían ni verlo, cambió de lectores, ahora lo adoraban los que querían hacer saltar por los aires el orden social, todo orden social, y se había vuelto prematuramente viejo, chupaba y tenía amigos rarísimos, pero escribía unas crónicas de puta madre que le habrían envidiado tanto Sofocleto como Baudelaire. Se había hecho periodista.

A ratos, se arrepentía. Si hubiese sabido en su juventud que el periodismo no es un oficio sino una disposición, se hubiera quedado en x∑y y la extensionalidad de Fraenkel, y habría sido un limeño feliz. Recomendó entonces a los administradores que contrataran a una punta de desubicados y medio chiflados para reflotar El Diario, pero ni lo recibieron.

 

Publicado en El Montonero., 20 de febrero de 2017

 

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