La anomia (1980-2018). De unos cuantos a plaga social, arriba y abajo

Escrito Por: Hugo Neira 37 veces - Nov• 24•19

Anomia en quechua:

«Purunpacha, el momento en que nada existe ni vale la pena.»

—Lionel Vallee — Revista Allpanchis, vol. XVII, n° 20

La anomia es un término muy conocido en el mundo de los estudios sociales. En lo que me concierne, fui el primero en aplicarlo a la sociedad peruana, en 1987. Es concepto que permite caracterizar a individuos como a sociedades. Cuando lo usa por vez primera Durkheim ante la problemática del suicidio, es para observar “un tipo de individuo cuyo egoísmo lo conduce a una forma de vida que no viene de autoridad extraña a sí mismo sino de sus propias reglas, por ejemplo eliminarse”. El suicidio anómico. Pero no es concepto moral. No condena, explica. La sociología no es una disciplina normativa como lo es el Derecho. Hay disciplinas que desde el siglo XIX se llamaron ciencias políticas y morales. La sociología no tuvo esa ambición. Ni nuestro razonamiento es una extensión del clásico y olvidado manual de Carreño sobre las buenas maneras. O algún otro discursito sobre “los valores”. Conviene decirlo en un país como el Perú que siempre espera, incluso en un texto universitario, una suerte de sermón o lección. Nosotros no heredamos ni el atril y menos el púlpito del sacerdote.

Ya habrá tiempo para la teoría, renovada como lo propongo en los tramos finales de este ensayo, a propósito de la “servidumbre voluntaria” del individuo y los populismos. Por ahora conviene observar la evolución del concepto. Después de Durkheim, la anomia se extiende como categoría a las sociedades, cuando se observa “desorganización y desmoralización sociales”. Con Thomas y Znaniecki, con Merton y con Parsons. Es ahí donde la encuentro. “Cuando la anomia es la consecuencia de que una sociedad proponga a los individuos que la componen ciertos fines, sin darle los medios para realizarse” (Dictionnaire de la Sociologie, 1998). Es el caso paradigmático del Perú de fines del siglo XX a nuestros días. Hay vigente una ideología invisible, y desde los dominadores podemos suponer esta proposición: háganse ricos, pero nosotros los dominantes, no les damos leyes, ni un sistema de méritos y otras reglas, no vaya a ser que nos la vayan a aplicar. Seguiremos con el mismo sistema de jueces, colegios para ricos y con la deliberada mala educación fiscal. A la sociedad cámbienla ustedes, los emigrantes andinos, desde la informalidad, háganse un lugar desde el propio esfuerzo sin que nosotros modifiquemos las instituciones y nuestros propios comportamientos que son herencia y privilegio.

Y los recién llegados se establecieron en las arenas estériles de la costa, y arriba el poder de siempre, el grupito de amiguetes, o el clan familiar o la argolla comercial o financiera. Y entonces, ellos aprendieron. Y aparece el achoramiento. Gran concepto, obra del pueblo que se da cuenta de cómo parte del pueblo mismo aprende las reglas no dichas de la mecánica tradicional de la dominación. Y aplica para su propio beneficio —familiar o también clánico— la ilegalidad que les precede, la de los poderosos.

El progreso material de estos decenios nos ha empeorado como sociedad. Cada vez más desigual, más violenta, menos solidaria. Ahora bien, la gran sorpresa de los últimos treinta años es que la informalidad —cuya alabanza se hizo en los ochenta— ha creado capas emergentes de autoempleados. Y a la vez, la prosperidad del vicio. La ausencia de escrúpulos, el enriquecimiento ilícito y a gran escala y en poco tiempo. De modo que hoy la anomia es de arriba a abajo. Y para eso no hay indicador en las medidas del Banco Mundial. Castoriadis decía que toda sociedad tiene sus grandes mentiras. Y detestan que las descubran. Tarea incómoda la del sociólogo, el del aguafiestas.

No es la primera vez que nos ocupamos de la anomia. En efecto, he escrito sobre la anomia en 1987, 1996, 2001, 2004, 2006. Cuando he visto el conjunto de estos trabajos, me he sorprendido. Son seis ensayos. Evito, como se puede apreciar, lo del “séptimo ensayo”. Está en las antípodas de mis pretensiones ser ideólogo. Y por respeto a José Carlos Mariátegui. Por lo demás, sería en mi caso una imperdonable huachafería. No está entre mis abuelos y su marxismo dejó hace tiempo de ser el de mis propias lecturas de Marx. Dicho esto, nada me impide pensar y rememorar un pasaje de Mariátegui que decía que su libro ‘Los siete ensayos’ “no era orgánico”, sino, y al querer de Nietzsche, ese tipo de obra “que se forma espontánea e inadvertidamente”. 

Por ello, me pregunto: ¿por qué me ocupé tantas veces? Lo que ha ocurrido es que la serie de trabajos personales en torno a la anomia corresponden al síndrome mismo de la patología social que el concepto describe y que ha seguido creciendo con el transcurso del tiempo. Me he encontrado en la situación del médico especializado en un tipo de endemia y la sigue años tras años. Pero el dengue, la fiebre amarilla o la tos ferina son relativamente estables. Lo que yo he percibido —y la gran mayoría de peruanos— es que la anomia se ha extendido. Y ha prosperado, tanto como el desarrollo mismo del país. En otras palabras, es parte de la mejora de las cosas y a la vez del empeoramiento de otras.

El progreso material de estos decenios nos ha empeorado como sociedad. Cada vez más desigual, más violenta, menos solidaria. Ahora bien, la gran sorpresa de los últimos treinta años es que la informalidad —cuya alabanza se hizo en los ochenta— ha creado capas emergentes de autoempleados. Y a la vez, la prosperidad del vicio (término que tomo prestado de Daniel Cohen). La ausencia de escrúpulos, el enriquecimiento ilícito y a gran escala y en poco tiempo. De modo que hoy la anomia es de arriba a abajo. Y para eso no hay indicador en las medidas del Banco Mundial. Castoriadis decía que toda sociedad tiene sus grandes mentiras. Y detestan que las descubran. Tarea incómoda la del sociólogo, el del aguafiestas.

Obré desde unos límites que son los de la realidad. En efecto, los trabajos que de alguna manera preparan el presente ensayo tienden a observar, en casi todos los casos, la anomia social. Salvo uno, “El tejido despótico”. En el ensayo del 2001 comprendido dentro de El mal peruano, en la sexta parte, dejo de analizar la realidad inmediata, el país de Fujimori, su fuga, los vínculos con Montesinos, la mafia en el poder. Y propongo raíces más profundas. Si el libro se abre con el tema de los videos, la cultura de la criminalidad vuelta gobierno, es cierto que también concluye en cómo la sociedad peruana ya ha venido preparada para ese tipo de regímenes, desde el fondo de los tiempos. Sociedad jerárquica y desigualitaria. Y por primera vez, vinculo tema social e historia del pasado. ¿Del pasado he dicho? Grave error. Caritativa idea de lo que nos pasa.

De 1987 al 2001, pensé que la anomia era social. Y que esos eran sus límites. De modo que, hasta entonces, me producía —como a muchos— sentimientos encontrados. Fenómeno contradictorio. Porque, si bien era verdad que establecía reglas y estrategias anómalas en la carrera de individuos y grupos del comercio informal, no dejaba de ser cierto que establecía una dinámica de clases emergentes. Abundaba el pro y el contra. Estaban fuera del control del fisco, se negaban a aportar al Estado al cual sí le reclamaban obras. Pero no se veía la penetración en las zonas formales. Ni en las instituciones republicanas y el poder político. Pero ya no es así. Lo ilegal no está solamente en la informalidad sino en las instituciones. En la policía, jueces, representantes al Congreso. El país galopa hacia la legalidad de lo ilegal.

Aquí me voy a ocupar del actual Perú y los síntomas sociales de la anomia e inmediatamente, de la anomia política. Esto último, desde sombrías hipótesis. Desde la hipótesis de que la anomia sea admitida como legítima (puesto que mejora los ingresos globales y familiares) lo cual es algo que está tocando la puerta mientras se redacta este ensayo. La sórdida hipótesis acaso augura que tengamos clase política y mafia en el poder. Y que, contrario a estos solemnes y queridos conceptos, Estado moderno, libertad, ley, orden, individuos conscientes, tengamos un tipo de evolución en el que la prosperidad vaya de la mano con un desorden de sociedad sometida a un Narco Estado. Ha pasado en varios países asiáticos. Las sociedades no se mueren, lo que sí deja de tener sentido es un tipo de vida. El buen vivir es incompatible con el desorden social. El buen vivir es la ley. En estos días, más que posibilidad, es un problema. Tramitología, leguleyadas. No ayudan, confunden.

La evolución de una sociedad 2001-2018

La anomia es concepto que permite caracterizar a individuos como a sociedades. Cuando lo usa por vez primera Durkheim ante la problemática del suicidio, es para observar “un tipo de individuo cuyo egoísmo lo conduce a una forma de vida que no viene de autoridad extraña a sí mismo sino de sus propias reglas, por ejemplo eliminarse”. El suicidio anómico. Pero no es concepto moral. No condena, explica. La sociología no es una disciplina normativa como lo es el Derecho. Hay disciplinas que desde el siglo XIX se llamaron ciencias políticas y morales. La sociología no tuvo esa ambición. Ni nuestro razonamiento es una extensión del clásico y olvidado manual de Carreño sobre las buenas maneras. O algún otro discursito sobre “los valores”. Conviene decirlo en un país como el Perú que siempre espera, incluso en un texto universitario, una suerte de sermón o lección. Nosotros no heredamos ni el atril y menos el púlpito del sacerdote.

Por ahora conviene observar, con la mayor neutralidad posible, la evolución del concepto. Después de Durkheim, la anomia se extiende como categoría a las sociedades, cuando se observa “desorganización y desmoralización sociales”. Con Thomas y Znaniecki, con Merton y con Parsons. Es ahí donde la encuentro. “Cuando la anomia es la consecuencia de que una sociedad proponga a los individuos que la componen ciertos fines, sin darle los medios para realizarse” (Dictionnaire de la Sociologie, 1998). Es el caso paradigmático del Perú de fines del siglo XX a nuestros días. Hay vigente una ideología invisible, y desde los dominadores podemos suponer esta proposición: háganse ricos, pero nosotros los dominantes, no les damos leyes, ni un sistema de méritos y otras reglas, no vaya a ser que nos la vayan a aplicar. Seguiremos con el mismo sistema de jueces, colegios para ricos y con la deliberada mala educación fiscal.

A la sociedad peruana  la cambian los emigrantes andinos, desde la informalidad, háganse un lugar desde el propio esfuerzo sin que nosotros modifiquemos las instituciones y nuestros propios comportamientos que son herencia y privilegio. Y los recién llegados se establecieron en las arenas estériles de la costa, y arriba el poder de siempre, el grupito de amiguetes, o el clan familiar o la argolla comercial o financiera. Y entonces, ellos aprendieron. Y aparece el achoramiento. Gran concepto, obra del pueblo que se da cuenta de cómo parte del pueblo mismo aprende las reglas no dichas de la mecánica tradicional de la dominación. Y aplica para su propio beneficio —familiar o también clánico— la ilegalidad que les precede, la de los poderosos.

Desde la hipótesis de que la anomia sea admitida como legítima (puesto que mejora los ingresos globales y familiares) lo cual es algo que está tocando la puerta mientras se redacta este ensayo. La sórdida hipótesis acaso augura que tengamos clase política y mafia en el poder. Y que, contrario a estos solemnes y queridos conceptos, Estado moderno, libertad, ley, orden, individuos conscientes, tengamos un tipo de evolución en el que la prosperidad vaya de la mano con un desorden de sociedad sometida a un Narco Estado. Ha pasado en varios países asiáticos. Las sociedades no se mueren, lo que sí deja de tener sentido es un tipo de vida. El buen vivir es incompatible con el desorden social. El buen vivir es la ley. En estos días, más que posibilidad, es un problema. Tramitología, leguleyadas. No ayudan, confunden.

Antecedentes. Del tejido despótico (colonial-virreinal) a la República anómica

Por supuesto que la teoría de la anomia, después de Durkheim y de Merton, se puede aplicar a los procesos de changement —el cambio social— sobre todo en sociedades latinoamericanas en las que, a diferencia de los casos europeos o canadiense y australiano, las conductas de las elites no han sido precisamente puritanas y austeras. La triste verdad es que en la América Latina, una serie de burguesías periféricas (con la excepción de Chile, Uruguay y Costa Rica) se desviaron hacia alianzas con militares represivos para retrasar la democracia económica y social, y luego, siempre trampeando, dieron los mejores ejemplos de mala conducta en los periodos de auge económico, lo suficiente para que, a la hora de ascenso de nuevas clases medias emergentes, el resultado sea tan errático como el de las elites criollas. La jaula de hierro de las oligarquías preparó sus naturales herederos, y de paso, sus ahijados. El achorado reproduce las viejas mañas. La creatividad popular es sorprendente, también recrea el mal peruano. Los nuevos sicarios y sus carros carísimos, sus lujos, nacen de la nada, son el milagro de la fortuna, Sarita Colonia al revés. El mayor pecado es quedarse pobre.

No todo en las clases sociales es lucha, es también mímesis, imitaciones. Un día en París, en el hall de Sciences Po, mi profesor y amigo François Bourricaud, que tan finamente describe la sociedad peruana en sus obras, me pega un jalón, y sabiendo que volvía al Perú después de mi tesis francesa,  me dice: “No se olvide usted Neira, ustedes acabaron con la oligarquía, pero no con el hombre oligárquico”. ¿Esa intuición de Bourricaud me inspira cuando busco los orígenes de las pautas de conducta de los actores sociales del siglo XX peruano en las pautas coloniales y de los mismos dominados republicanos? ¿Pautas invisibles y permanentes? Es probable. ¿No es acaso el tejido despótico la realidad y no la ilusión de la norma igualitaria? ¿No es el sistema peruano tradicional más bien un sistema holístico? ¿No siguen funcionando las parentelas, con sus propias clientelas, y lo que reemplaza al curaca indio de otrora no es otra ocsa que el caudillo local y regional? ¿Qué capitalismo es este? En la necesidad de estar en el mercado, el más simple y humilde de los negocios, en capas medias y populares es el resultado de un sistema de alianzas y contactos. O sea, la regla no es la libre competencia. Sino pequeños círculos de semimonopolio. ¿Puede alguien contradecirme y negar que la matriz colonial no es lo que hoy funciona en Perú de arriba abajo? La importancia de los contactos, las relaciones.

Hay un principio jerárquico que organiza el Perú como en la India, con la diferencia de que en el segundo caso la cubre una idea de la trascendencia, que viene de su potente filosofía y religión que entre nosotros no existe. No creemos ni en los Vedas ni en la reencarnación. Pero la sociedad de castas (vergonzantes) del Perú se pretende cristiana. Gigantesco malentendido. El cristianismo no fue ni es un holismo, desde su nacimiento fue una apuesta por el individuo, desde el libre albedrío, la opción del bien o del mal como asunto de cada cual, el cristiano como el responsable de un destino de salvación o perdición que no está predeterminado. La modernidad, cristiana o laica, cuenta con los individuos. En el Perú turbulentamente están apareciendo. Acaso sea esa la gran transformación del siglo XXI.

En suma, la sociedad peruana no cambia. Hasta hoy, más bien se repite. Y nunca fue fraternamente igualitaria. Ni con Incas ni con Virreyes. Ni en los años republicanos. No somos tampoco una “sociedad caliente”, que es como llaman en antropología las que soportan cambios profundos, las sociedades de las rupturas, dice la antropología con Lévi-Strauss. ¿Somos eso? ¿Es eso nuestra historia? Hemos tenido quiebres, pero no vinieron de dentro. La Independencia vino con una flota y por el mar, como la Conquista. ¿Qué gran revolución social tuvimos? Todas fracasaron. Somos casi una de esas sociedades frías, de continuidades. Aunque tengamos la vanidad de creernos muy dados a lo revolucionario. Eso sería, por novedoso y doloroso, el imperio de la ley. A condición de que no fuese, como ahora, una fuente más del desorden. Y la última irrupción de lo extraño, que nos beneficia a la par que nos desconcierta, que nos pone en contacto con el mundo al tiempo que nos fragmenta, es la globalización. Nos une y nos rompe. Pero no solo a nosotros, al planeta entero.

Y cómo vamos a digerirla si no hemos terminado de comprender qué fue la Independencia ni la Conquista; y en este país que ya creía que no necesitaba de la historia, se le viene encima la historicidad de estos tiempos, y sin los Basadre o la Rostworowski capaces de entender la originalidad de cada encrucijada de la historia, las furias y las penas de cada tiempo (Macera). Cómo me divierten… Aquellos docentes constructivistas que eliminaron el mínimo trazo de aprendizaje humanista en colegios privados y públicos confiando que el mundo había enviado a la jubilación al padre Cronos (¡!). El más potente de los dioses. Pienso en los mayas. Un momento determinado se libraron de sus sacerdotes y rituales y pirámides, pueblo rural y laborioso; siguieron las rutinas estables que estaban descritas en los templos, pero un día cambió el clima. Y no hubo quién les interpretara los cambios. Y abandonaron sus ciudades. Y se volvieron un mundo de peregrinos empobrecidos. Hasta el día de hoy. Hoy nuestros jóvenes no saben de dónde vienen. Saben que son jóvenes. No es suficiente. Los han deshistorizado. El porvenir puede ser muy cruel y reenviarlos a formas del pasado que creen haber dejado atrás.                                                          

En busca de la anomia. De lo social a lo cultural

Todo peruano sabe que su sociedad está desordenada. Aquí no descubrimos la pólvora. Si vive en la capital, sabe que lo espera el caos del tránsito, los bocinazos, los autos que se pasan el semáforo rojo, los peatones que no toman los puentes que les han construido para salvar sus vidas sino que atraviesan la pista a toda carrera. Sabe que ningún trámite que intente será sencillo, que siempre faltará un documento que el negligente funcionario no le ha dicho que lo necesita, o muestra que lo hace de mala gana. Si va a comprar un terreno está enterado que el vendedor probablemente no es el verdadero titular y que ha fraguado una inscripción falsa en los registros civiles. O que alguien ya se ha hecho pasar por él mismo, con la ayuda de algún notario o un abogado. Si alguien de la familia ha ido a ver un médico, no ha dejado de recomendarle que verifique la identidad del galeno, no vaya a ser que no sea médico. Los medicamentos que va a comprar en una farmacia corren el riesgo de ser adulterados o productos “bamba”. Si necesita de una pieza de vestir, o le atrae una, la va a comprar en plena conciencia que puede ser de contrabando o que simula ser marca de lujo y extranjera cuando la han confeccionado en alguno de los talleres clandestinos. Irá a una cita, a un café, sabiendo que la persona a la que va a ver llegará tarde, infaltablemente.

Si es un mediano empresario o acaso un alto funcionario, y la cita es una entrevista para tomar alguna colaboradora, fingirá que no sabe nada de la entrevistada, pero la verdad es que el día anterior ya le ha pedido a su secretaria que la investigue. No vaya a ser que los títulos que dice tener la susodicha se hayan comprado en Azángaro, y sean falsificados los supuestos diplomas y títulos obtenidos en el extranjero. Entre tanto, pedirá algún diario para leer las noticias. Y cuando pague, la cajera mirará a contraluz su billete, no vaya a ser que sea uno de los tantos billetes de cincuenta nuevos soles falsificados que recorren cajas y bolsillos. Al fin llega la entrevistada y no se aprietan la mano, ella pone la cara para el besito de rigor, quebrando bien el cuello no sea que al maldito se le ocurra zamparle un beso en la boca. La confianza reina. Y no hay que molestarse mucho, el que se pica pierde. Y después de todo, qué importa. El cebiche está tan rico¡!

La anomia no es, pues, solo la delincuencia. Son costumbres. Algo que muestre en cualquier circunstancia y momento la omnipotencia del conflicto, encubriéndolo. Sin duda, el acto del crimen forma parte de los métodos ilícitos para llegar a un fin, por ejemplo, tener dinero, en consecuencia, el que te pone un revólver en la sien para obtener lo que llevas contigo —y de paso el reloj y el celular— quiere eso, tener dinero, y toma como camino la violencia, sacarle el dinero a otro. Los ejemplos de anomia del párrafo anterior son más sutiles que un asalto a mano armada. Son una pauta de conducta. Son actos sencillos y sin embargo extremadamente alambicados. Llegar a una cita tarde puede no ser tan grave si al menos hay una amable llamada de teléfono que previene el involuntario retardo. Por otra parte, algún tipo de estudio o formación profesional inacabada, no es un crimen, se puede confesar y salir ganando por el gesto de sinceridad. La franqueza no es un deporte que practiquemos a menudo. Ahora bien, toda sociedad se compone de individuos que tienen metas y a los que la sociedad exige unos pasos o acciones determinadas para llegar a esas metas. Una capacitación. Escribir una tesis y graduarse. La anomia social consiste en desviaciones de la norma. Si se valora enormemente la meta, por ejemplo un puesto de trabajo formal, entonces, se impone la oscura tentación de simular lo que no se es. ¿Un atajo, un cálculo de probabilidades de ir por la vía más fácil? Lo cierto es que lo ilícito pasa a ser lo lícito porque lo importante es la finalidad. Cuentan los resultados. Y si esto constituye la ideología pragmática de estos años, entonces la sociedad entera admite lo ilícito como una posibilidad razonable. El conjunto de nuestras relaciones sociales queda entonces implicada.

Mentir, por cierto, genera alguna tensión, pero el estrés es el precio para llegar a las finalidades. Y entonces ocurre algo mayor, se interioriza el acto ilícito como un mal menor. La anomia misma se constituye como condición de un sistema social que por ningún lado quiere aceptar reglas claras e impersonales para puestos de trabajo. Y establece las metas, pero no propicia los medios, por ejemplo mejores y gratuitas universidades. Las sociedades occidentales, como sabemos, para nuestro gusto poco creativas, se han impuesto los concursos públicos. Y en general reclutamientos estrictos. La sociedad peruana ha inventado el atajo. Hay que llegar a la meta, a como dé lugar.  Y el caso es que llegan.

Es el caso del plagio de tesis. ¿Por qué tendría uno que hacerla si puedo mandarla a hacer? La accesibilidad de un doctorado se logra con el dinero y el ritual de un jurado que hace como que no se da cuenta que el doctorante no sabe ni medio de lo que dice la supuesta tesis suya. No se ha entendido que la exigencia universal de hacer una tesis no consiste en conseguir un cartón fraguado sino en que el doctorante haya aprendido a razonar sobre un tema determinado, y por lo menos una vez en la vida haya hecho una investigación. Importa el fin pero sobre todo el camino. El sancionar una tesis que no pertenece a quien la presenta es tan evidente como sancionar a un tenista o a un atleta no por ingerir drogas y estimulantes sino por enviar en su lugar a otro a la competencia. Me parece escuchar la respuesta, ¡pero si todo el mundo deportivo hace eso!

La idea de Kant de la moral (qué barbaridad meter a Kant en este texto) consiste en preguntarnos si el acto que cometemos, podemos hacerlo universal. Digamos, quiero ver un espectáculo, una pieza de teatro o un partido de fútbol, e ingreso clandestinamente. He conseguido mi finalidad. La cuestión kantiana consiste en preguntarse si el medio cómo he conseguido entrar es confesable. ¿Puedo decir que es universable? Pero nos hemos vuelto muy pragmáticos para entrar en ese tipo de consideraciones. Tengo un trabajo que hacer para un pesado profesor que me lo impone, lo bajo de Internet, no entiendo ni palotes de qué se trata, pero se lo llevo el lunes y se lo entrego como mío. Miles de estudiantes lo hacen. Lo peor no es que el profesor sea engañado sino el estudiante mismo. El es víctima de sí mismo.

El caso Acuña es el punto más visible de una pirámide de cinismo nacional ante el tipo de medio que se utiliza para llegar a una meta. Juan de la Puente, en el diario La República, ha escrito, sobre este caso de máximo desacato a normas universales que a una buena parte de peruanos les llega altamente, las siguientes líneas: “Ese parece ser el punto que topa con el caso Acuña. Una tesis plagiada es una mentira ante una universidad, y quien cayó en ella regenta a su vez una universidad y pretende gobernar un país. Es una mentira más en un mar de zapatillas y prendas de vestir con marcas falsificadas, medicinas adulteradas, beneficiarios ‘bamba’ del Vaso de Leche y Pensión 65, certificados médicos comprados para lograr días de licencia, plagios en los exámenes para la carrera docente, sustitución de postulantes a las universidades, cobros disfrazados y adulteración de facturas. Nuestras mentiras privadas terminan siendo públicas. {…} Por otro lado, es falso que ese contexto sea clasista; estos engaños son propios de los de ‘arriba’ y en los de ‘abajo’. A riesgo de caer en un error grueso, no se puede sentenciar que el plagio no le importe al pueblo, incluso para los efectos de la elección de un jefe de Estado. El concepto pueblo es muy grande para generalizar en este caso porque tiene matices de tiempo y espacio. Así como se aprende a robar en los círculos más íntimos, se aprende a mentir, engañar, ocultar, y aprovecharse del otro en los espacios sociales inmediatos.” (Juan de la Puente, “Plagio, mentira pública e informalidad”, 29 de enero de 2016.)

Hoy, la anomia ordinaria como rutina

“Campesino muere electrocutado con cable tirado en el suelo” (Diario Correo, mayo 2010). “Esposos, sus dos hijas y una nieta mueren al caer auto al río Chillón” (La República (LR), abril, 2010). La hipótesis de la policía es que chofer se había quedado dormido. Entre tanto, en Puno, “tres mineros quedaron sepultados en un derrumbe”. Y en el departamento de La Libertad, cinco sujetos, entre ellos dos mujeres, de la Banda “Los Ocas”, caen capturados en Ascope. En la región central, en Jauja: “Choque frontal entre auto y camión deja 5 personas muertas”. Entre tanto, un excomando de la Marina de Guerra, “hirió de dos balazos a su exposa y a su hijo, Joseph, de 7 años, y luego intentó suicidarse”. Todo esto se lee en los diarios como sucesos diversos. Los actos de suicidio se exhiben con los de delincuencia común. “Pandilleros matan a humilde obrero”. “Proxeneta reclutaba a menores y las ofrecía a turistas” (22.01.2007, LR). Una sorda guerra entre policías y delincuentes se cuenta como si fuera episodios de un folletón sentimental. “Pareja de esposos traficaba droga en cementerios”. O: “Niña de 4 años muere en balacera”. Daría la impresión de que todo el mundo está como violento. Por lo general, los jockeys y los policías suelen ser retenidos, ecuánimes. Pero las cosas son bastante distintas en la anomia generalizada. “Jockey acuchilla a indefensa anciana” (05.01.07, LR). Luis Serna, presentado por los periodistas como “joven promesa en la hípica nacional”, agrede a una mujer de 65 años con 15 cuchilladas. Y luego se da a la fuga. A los 23 años, ganador de 28 carreras en el Hipódromo de Monterrico. Mientras por los mismos días, un oficial de la policía agrede a un periodista en el local del crimen.

Da que pensar la improvisación de los mismos hampones. Cuatro de ellos, simulando ser huéspedes de un hotel, intentan robar en un hospedaje en San Miguel y el serenazgo y policías logran capturarlos a tiro limpio. Los fallidos delincuentes tenían pistolas automáticas y un vehículo para la fuga, por cierto también robado. Las notas policiales no tiene color racial ni social, todo el mundo está servido. “Misteriosa mujer envenena a estudiante”. Se trata de una ‘pepera’. Al joven lo encontraron sin vida a unos 100 metros de un club nocturno de San Juan de Miraflores. “Desvalijan sala de grabación de folcloristas”. Al estudio donde se grababa a Dina Páucar, al Chato Grados, igual se llevaron, en Ate, los equipos para grabaciones en análogo y digital computarizado”. ¿Lo popular ataca a lo popular? En Trujillo matan de trece balazos a confeccionista de Gamarra que había ido a visitar a su señora madre. Parece que el distrito de Florencia —dice el diario— “es uno de los más neurálgicos de la norteña ciudad”. Estas cosas no pasan, pues, solo en Lima.

Algunos de los crímenes revelan patologías. Ya no se pueden explicar ni por la necesidad, la pobreza o lo que fuese. “Detienen a depravado padre que ultrajó a su bebe de siete meses”. Este caso levantó polvareda, con toda razón. La Ministra de la Mujer viajó hasta el lugar. El Presidente de la República dijo esperar la sentencia más grave “y que se muera en prisión”. El caso ocurre en Satipo, y para salvarla, transportan a la niña en avión de la policía. El padre tiene 22 años. La madre y la abuela de la pequeña son también embarcadas, al parecer necesitan apoyo psicológico. Son frecuentes los asesinos seriales. Los que matan por placer. “El mayor asesino en serie en la historia del Perú sumió a Huaral en el terror. Pedro Pablo Nakada ha confesado sin reparos sus actos criminales. Unos 25” (Claudio Chaparro y Melissa Merino, Suplemento Domingo, LR, 7 de enero del 2007).  Huaral, no llega a 100 mil habitantes, a 81 kilómetros de la capital, a hora y media por la Panamericana norte, y por muy provinciana que sea, tiene crímenes de los más espectaculares. De modo que ese tipo de crímenes —en serie— ya ha escapado de las pantallas de  televisión de los que tengan cable. Ronda la vida cotidiana.

Casi ya no es noticia. Como los crímenes por venganza y celos. A veces los varones. A Gissella, de 18 años, la matan “con una bala calibre 22 disparada a boca de jarro”. No pudo librarse de Moisés Gian Carlo Villafuerte de 20 años. La tenía a Gisella secuestrada en un cuarto arrendado. La muchacha estudiaba cosmetología. Todo este mundo ya no es un mundo tradicional y rural. Es como medio país, ciudad y campo. 

A veces las que matan son las mujeres. A Manuel Humberto Moreno Malqui, médico de profesión, se le ocurrió divorciarse de Gilda Liz Chávez, y dice el rumor y el chisme, “dedicarse al amor libre”. Vivía en Punta Negra, uno de los balnearios sureños, y su enrejada casa, al lado de la playa, era conocida por los vigilantes particulares. Lo mataron con una de sus amigas. La esposa, una empresaria con tres hijos, se hizo ayudar con su tramitador. La policía no demoró mucho en encontrar los culpables. Un hábil seguimiento de tarjetas de crédito.

Muchas de estas noticias tocan a los miembros del poder judicial.  En ese caso, a grandes titulares. “Tremendo juez al descubierto. Magistrado de Puente Piedra favoreció a tragamonedas y buses-camión”. Algunas noticias son extravagantes. A Fernando Zevallos, conocido delincuente, que cumple condena de 20 años por tráfico de drogas, le habían incautado un avión comercial. Un avion Boeing OB 1745-P, que estaba aparcado en el Grupo Aéreo número 8 de Lima. Pues bien, el avión ha desaparecido. Al parecer, ha sido desmontado y vendido por piezas en el exterior. El desorden es de rigor. El diario Gestión, diario muy serio, nada escandaloso y concebido para hombres de negocios, da esta noticia: “El 91% de ventas de hoteles y restaurantes evade el IGV” (2009). Nada menos que unos 20 mil establecimientos.

Los de arriba también tienen sus problemas. La Procuradoría anticorrupción declara tener “42 casos por lavado de activos”  (Gestión, marzo 2009). Según la unidad de Inteligencia Financiera del Perú, “el posible monto involucrado en lavado de activos, desde setiembre del 2003 hasta setiembre del 2008, asciende a 2,634 millones de dólares”. Divididos por categorías, la mayoría son por ilícitos en drogas, 2,035 millones. Por tráfico de armas, 206 millones. Y corrupción de funcionarios, 147 millones. Pero no hay que preocuparse en exceso. La entidad elabora unos 167 informes sobre información financiera. De ellos llega al poder judicial solo un 10%. Lo de la sanción espera el día que San Juan baje el dedo.

Se comprende la reacción popular. “Justicia popular en barrio de El Agustino”. El diario explica que “los pobladores casi matan a mototaxista que intentaba violar a escolar de 13 años”. A Santiago Calatayud de 36 años, residente en la vivienda 397 del jirón Aguadulce, lo sorprenden los vecinos, le dan una paliza, le botan los enseres y le prenden fuego a la casa entera. La policía llega a tiempo para impedir que la turba lo linchen. No muy lejos, en Chosica, “los pobladores intentan hacerse justicia con sus propias manos”. Esta vez el delito que castigan es a “una familia que vivía de vender droga al menudeo”. De nuevo, la sanción popular fue el incendio de los pocos enseres y electrodomésticos. Es cierto que el delito está muy activo. En el mismo diario, por la misma fecha, se hace saber que un “plagio”, mejor dicho un secuestro, de un comandante de fragata fue frustrado porque una brigada del serenazgo de San Borja, lo impide. Al dicho comandante lo habían estado siguiendo cuatro sujetos, y ya lo tenían en una agencia bancaria, cuando se frustra el secuestro. Capturaron a uno y los otros tres se dieron a la fuga.

Uno puede pensar que se trata de un microclima. De situaciones locales. En efecto, hay casos de muerte debido al descuido en los centros de trabajo y a la no aplicaciones de reglas para la protección de la vida ante oficios riesgosos, como ocurre cuando el obrero Efraín Rosales muere tras un deslizamiento de rocas en la vía San Marcos-Huari. Pero me temo que también sea una pauta cultural, una manera de comportarse. La desidia. El descuido.

Da que pensar otro tipo de noticias. “Peruano detenido en Japón como asaltante y traficante de armas”. Michael Marmillo, en banda yakusa, que llegó a robar “más de 100 casas de millonarios”. Quizá la cifra sea exagerada, pero la nota está hecha con un tufillo de orgullo nacional, Marmillo sería pieza clave de la banda de Matsuma Gumi, un capo japonés. Marmillo habría reclutado a delincuentes colombianos. Un nikkei de tercera generación. Como cualquier otra sociedad, la peruana también sucumbe a la tentación de la heroicidad del delito. Ya vendrá la literatura y el cine.

No es el único caso de carrera delincuencial exitosa en el exterior. “Peruanos integraban mafia de ilegales”. ‘Dragón’ al descubierto, dice el diario. Y nos narran esta historia. “Empresario Pablo Moreno y supuesto fiscal Aldo Cramer del Risco fueron detenidos en Costa Rica”. El periodista no puede ocultar su entusiasmo al recalcar la importancia de los citados. “Eran buscados por Interpol en 186 países. Llevaban inmigrantes peruanos y chinos a EEUU”. Cuando nuestros paisanos se pasan al lado oscuro, lo hacen en serio. Ambos, “Cramer del Risco y Moreno residían en Costa Rica desde el 2002” y estaban “casados con mujeres costarricences”.

Menos mal que nos queda de pie las buenas tradiciones. Como por ejemplo los lazos que se tejen entre patrones y sirvientas (se dice empleadas) en el seno de los hogares decentes. Estoy bromeando, la supuesta fidelidad que nos remonta a los egregios ejemplos de las matronas romanas, que hacían de sus fámulos prácticamente parte de la familia, no son hoy las de otrora. En nuestro tiempo, las cosas funcionan de otra manera. La delincuencia profesional corrompe y tienta a las empleadas del hogar. Es el caso de Lizeth C. C. (caritativamente la nota periodística oculta el nombre), adolescente, 16 años, empleada doméstica de Miss Perú y que participa de un “plagio” (un secuestro) y se lleva a Romina, la hija de su patrona, pero comete un error. Llama por teléfono a su hermano y le hace saber que tiene a la niña y pregunta adónde debe llevarle. Al darse cuenta que la han descubierto, devuelve a su casa a la niña, en la urbanización de El Golf. Esto ocurre en Trujillo. Los secuestradores, entre los cuales está el hermano de Lizeth, huyen sin un centavo. Los clivajes sociales han penetrado las antiguas fórmulas de convivencia de los de arriba y los de abajo. Los de arriba, hacen como los que no se dan cuenta.

Como si nada pasara, los clubes y condominios privados proliferan por la costa peruana cercana a la capital. Cada año aumenta la actividad de construcción en los distritos de Asia y Cerro Azul. Hasta el 2010 contábamos con 41 condominios. Puerto Viejo, San Antonio, Bujama, Asia, entre Lima y Cañete. “El balneario de Asia está en el kilómetro 97 y su bulevar parece un centro comercial de cualquier ciudad estadounidense”. Los lentes solares están a 350 dólares y 700. Un periodista recorre la playa de Asia. Cuando llega a Loma de Mar —hay diversas playas— hay portero. Le hace saber que es “solo para socios”. Como se ha dado una ley en la materia en la fiscalía de Cañete, la cual permite el acceso libre, entonces, cumpliendo con la secreta ley peruana que es sacarle la vuelta a la ley, se improvisa un truco. Hay que pasar por un camino peatonal. Por una trocha de tierra. La de los bañistas del distrito es para ir en carro. La trocha no, además es interminable, hay pendientes y está empedrada. El periodista que la atraviesa y describe esa odisea, lo hace en compañía de una familia de pescadores de Quilmaná, “los huachimanes no quieren que nos bañemos en la playa. Es injusto que caminemos cuando esta playa nos pertenece desde años atrás”, dice el pescador. “Sus pasos levantan el polvo. Su voz de protesta se pierde en los arenales del sur”. (Luis Arreola. Marginación. “Domingo”. Suplemento del diario La República. Enero del 2007).

¿Quiénes compran en los distinguidos condominios playeros? ¿Quiénes excluyen? El perfil del comprador, según el suplemento Domingo y la consultoría de Rolando Arellano, “son personas entre los 30 y los 49 años. Un terreno puede costar entre 25 y 30 mil dólares. Para los compradores el bulevar es una consecuencia de Asia y ahora se ha convertido en una causa para el aumento del movimiento inmobiliario. Los que adquieren estas casas son generalmente profesionales con ingresos por encima de los 12 mil soles mensuales. Hay empresarios exitosos. Muchos de origen provinciano. La investigación descubrió que el tema racista es más un tema económico que de color. “No es tanto si eres o no cholo, sino más bien si tienes o no tienes plata”. “En cuanto a la leyenda urbana, sobre que las empleadas no pueden bañarse en la playa, a mi no me consta”, dice Arellano.” (Luis Arreola, pp. 16-18). La discriminación ya es obra de los neoricos, que por lo visto son los excholos, y da mucho que pensar. ¿No es cierto amable lector? Esto ya no es un tema de racismo. Sino de reproducción de las pautas exclusivas de siempre, salvo que ahora el rango no vale por ser alto, blanco, o un personaje, sino por el billete. Y como sabemos, este puede llegar a adquirirse por medios lícitos. ¡Tanto mejor! Pero también por medios ilícitos. Por ejemplo, los lavados de activos. Lo dice el profesor Francisco Durand, El Perú fracturado. Formalidad, informalidad y economía delictiva. “Las tres economías”. Él vive fuera del país, en los Estados Unidos. No deja de visitarnos. Y analiza nuestras tragedias. Acaso una forma de la anomia sea describir académicamente esa vasta descomposición sin intervenir ciudadanamente. Acaso ese reparo alcance a estas mismas líneas. Sin embargo, tanto Durand y muchos investigadores, incluyendo al autor de este libro, tienen un argumento. Solo desde el exterior de una sociedad se percibe sus grandes calamidades. El medio contagia o al nihilismo, o hace de cada quien un acomodado parte de la prosperidad del vicio. Del papel del outsider he tratado en otros textos. No tengo mucho deseo de ir a buscar la referencia mientras escribo en esta madrugada en una ciudad sudamericana que no es Lima. ¿Qué hago yo diciendo estas cosas a los peruanos, bajo otros cielos, que ni caso hacen sino a su propio ego y que, desde siglos, toman la peruanidad como un fatalismo incorregible?                                      

Perplejidad. Una categoría insólita: la República anómica

Uno de los más antiguos y visitados lugares o topoi del pensamiento ha sido para los peruanos el de República. El último de nuestros clásicos, el más cercano acaso a nuestros dilemas, ha sido Jorge Basadre. En el siglo XIX, el gran problema era para las elites gobernantes (el pueblo de analfabetos y masas rurales no contaba) si la antigua metrópoli no fuera a que se decidiera a recuperar sus perdidas colonias. No fue un vano fantasma, el episodio del 2 de mayo de 1866 probó que esa era una posibilidad en la geopolítica de las potencias europeas, por entonces colonialistas a fondo. A México lo invaden las tropas francesas para instalarse como en Argelia y fueron rechazados. Luego, en este lado del mundo, el temor se desvanece. El auge económico del guano y el salitre hace soñar con un fácil progreso. Después, sucesivamente, la guerra del Pacífico, la resurrección económica y una economía de exportación del algodón y el azúcar que impulsa al país hacia una inesperada bonanza. Desde los años veinte, el tema dominante es la forma del gobierno. Desde la aparición del aprismo, la forma del Estado. Desde los años cincuenta, el tema del poder y del desarrollo. La gran interrogación fue cómo salir del subdesarrollo. Luego cambió el mundo. Pero algo había quedado zanjado. Éramos una república.

No lo creo así.  No somos, obviamente, una monarquía. Ni un Estado asociado como Puerto Rico. Ni se ha perdido la Soberanía, al menos no en términos legales. Somos un país independiente de la América del sur aunque el motor principal de nuestro modo de producción dependa actualmente de corporaciones internacionales que han echado raíces desde los años noventa, sin ningún contrapeso de un Estado cada vez más débil. No creo que el tema republicano esté cerrado. Nuestra república no es lo que deseaba Basadre. ¿Qué fue de “la promesa”? A despecho de lo mucho que se ha dicho sobre esa idea, me voy a detener en ella. La promesa era “la esperanza de vivir libres cumpliendo un destino colectivo”. Y desglosado en unos cuantos propósitos, tomados de Basadre, lo siguiente. Quitarle empirismo al Estado. Incrementar nuestra vitalidad como pueblo. Lograr que se eleve su nivel económico, intelectual, moral y social. Salir de las inmoralidades de nuestra vida criolla, de los grandes y pequeños peculados, evitar los desbordes primitivos, los gritos de los reaccionarios y la mentira de nuestros convencionalismos”. Esa promesa nos sobrepasa y nos abruma.

Perplejidad quiere decir duda, vacilación, irresolución, que es lo que nos acompaña desde hace dos siglos. El concepto de República no quiere decir ni progreso ni democracia ni quien manda, tampoco su contrario. Quiere decir ‘rex’, concepto romano, y los griegos no lo tenían. La dificultad con su concepto, nomos, era que podía decir la ley, con quien se compartía el derecho y la obligación. Las lenguas modernas no hacen entrar esa noción en su repertorio o léxico, y las costumbres que se van a adoptar provienen del mundo romano, traducido ‘rex’ por right, Recht, derecho, loi, règle, para producir la ‘civilitas’. De ahí sigue el ‘jus’, y el concepto y práctica de justicia. Y algo decisivo, son fórmulas profanas y no sagradas. Occidente se construye antes que el Concilio de Trento. A nosotros nos ha llegado la idea de lo justo por vía virreinal eclesiástica y moral y no como obra de una sociedad civil que se autorregule mediante la ‘lex’. No sorprende que dos siglos después de ostentar el nombre de República no sea una vivencia, fuera del uso esporádico del pasaporte. Lo era para Basadre, tacneño, patriota. Y a la vez historiador de la larga duración. Se dedicó a la vida republicana preguntándose si se prolongaría. Temía que en el siglo XXI nos rompiéramos. Las naciones son frágiles.

En esa preocupación por la cuenta larga del tiempo de las transformaciones de fondo, los ciclos seculares y las sorpresas del azar de la historia, es en donde  modestamente me sitúo. Es una inquietud metapolítica, desde mi juventud. Hace muchos años, en 1962, en un diario entre liberal y progresista, el Expreso de Manongo Mujica y José Antonio Encinas, siendo editorialista publiqué un artículo que era una interrogación. Traigo a colación algunos pasajes de ese texto, y en su totalidad en la viñeta. «A todos los problemas políticos actuales es posible resumirlos en una sola pregunta: ¿Ha sido útil la República? Subdesarrollo, analfabetismo, dependencia económica. Bajos niveles de vida y de consumo. Carencia de coherencia nacional. Fragmentarismo cultural y psíquico. Ausencia de un gran ideal nacionalista. Exilio o frustración de la elite intelectual refugiada en las utopías sociales. Preponderancia de lo regional sobre lo nacional. Crisis de la clase dirigente, crisis de la derecha peruana. Desarraigo espiritual colectivo evitando las tradiciones, en busca de un cosmopolitismo vacuo. Esto y más es el resumen del balance de más de siglo y medio de vida republicana». Y luego continuaba con un llamado al autoconocimiento, “claro, frío, sin mitos ni ideologías, sin los eufóricos o los adormecidos”.

Bien mirado, decenios después, al menos tres novedades. Dejamos de ser un país analfabeto; entramos, quiérase o no, al consumo de masas; y llevamos un poco más de veinte años con procesos electorales. También se puede decir, con algunos reparos, que le es difícil a la elite intelectual refugiarse en las utopías después de Sendero y el hundimiento del comunismo. Pero no tenemos una vida republicana. Todos los peruanos sabemos que ante un juez o el interior de una comisaría no somos iguales sino desiguales.

¿Qué es ‘la promesa’, en años que corren de otro siglo? Una República es una “comunidad política”. No es solo la suma de partidos que se disputan el poder, o incluso, gente que disputa el poder sin los partidos. A más política que tenemos menos consideración por los mismos políticos. Algo ha pasado. Hemos hecho una falsa ruta. Nos ha importado mucho, y con razón, los procedimientos jurídicos para tener una correcta democracia y en el campo de las necesidades, la adecuación del fisco a las demandas sociales. En la contraparte de esas preocupaciones, dejamos de lado otras. No se estableció ningún common sense entre nosotros, ningún “espíritu de las leyes”. Las políticas la hicieron los técnicos. Los políticos se olvidaron que, a veces, es preciso gobernar contra la opinión. Cuando alguien hace eso, es un estadista. Alguien que piense, como se dice, “en los altos intereses de la nación”. Parece una frase, lo es, pero eso separa presidentes y estadistas. La historia no juzgará, ya lo está haciendo. ¿Por qué todo mandatario en el Perú comienza con una alta aprobación —de lo contrario, no habría ocupado el sillón presidencial— y acaba desaprobado? Vox populi.

La república era el primer debate, “aquel que permite poner en claro el tipo de ciudadano que deben ser los que se aprestan a mandar y a obedecer (sí, a obedecer, la detestada palabra) y qué tipo de nación”. Teníamos que habernos puesto de acuerdo en para qué vivimos juntos. Eso es la nación. Un querer estar juntos para algo. La rex publica no es sino el marco político de todos —de gobernados y gobernantes— para un gran propósito. Es el medio. No es el fin.

Hemos tomado otro camino. No solo dejar de ser pobres sino hacernos cada vez más ricos y en el mayor desorden. Los efectos perversos están a la vista de todos, en la vida cotidiana, en la primera plana de los diarios, en las informaciones radiales y televisión. Crece la economía (cuando crece) y se deshace el tejido social. Cada vez más fragmentados y junto al crecimiento por estratos, el aumento de la desigualdad, la delincuencia, la legalidad de los ilegales, el recelo ciudadano ante quien gobierne, las leyes con excepciones, la anomia. Y querer tener un Estado que dé mucho y cueste poco. Tenemos, como dicen los mexicanos, una “sociedad peticionaria”. Con muy pocos contribuyentes. ¿Qué ha fallado? El desdén por la política. Una república, pobre o rica, es fundamentalmente un hecho político. El problema de los clásicos es que son persistentemente actuales. Y lo son porque su vigencia —el texto es de 1947— revela lo que no hemos hecho.

En ese marco de perplejidad sitúo la problemática de estas líneas. Que es la siguiente: ¿Qué le espera a una República como la nuestra, incompleta, y que ha dejado de ser la preocupación de sus ciudadanos —tendrían que modificar sus costumbres y la educación de sus hijos y nietos— si además de los problemas que ya tiene se le suma la anomia? ¿Como sustitución del orden legal? ¿Mediante la captura del Estado?

En suma, ¿puede haber una república anómica? ¿Y a qué tipo de categoría corresponde ese caso? ¿Ser democrática, a medias, incompleta, o tiránica disimulada, o una y otra, confusa e híbrida?

Buscando la República

Vinculando la anomia a carencias republicanas, por un cierto tiempo, mi reflexión se orientó a las formas de legalidad vigentes y forzosamente, al sistema democrático mismo. Una propuesta, a inicios del 2007, me llamó la atención. Realizada por la Intelligence Unit de la revista The Economist de Londres, dividía el índex planetario de democracias en estas cuatro categorías, las full democracies o democracias completas. Las flawed democracies o democracias incompletas. Los hybrid regimes, o regímenes híbridos, y authoritarian regimes, y regímenes autoritarios. No comentaré largamente esta clasificación, diré sencillamente que me llamó la atención que solo contaban 28 naciones como democracias completas y que una sola de la América Latina clasificaba, Costa Rica. En el grupo de los incompletos, andábamos. Y en el de los híbridos, Venezuela, lo que no sorprendía a nadie. Combinación de aprobación en las urnas y gobierno personalista y pretoriano. El índex no hablaba si había o no democracia sino de su “calidad”. Pero en sus índices no había a mi gusto una respuesta a los diversos rostros de la indiferencia, a la defección de buena parte de los ciudadanos, a la poca seducción del Estado mismo. Estas encuestas minimizan los antagonismos internos. Y francamente, son tan racionales, tan británicas que no pueden dar cuenta de los condicionamientos psicosociales que entran en juego en nuestros procesos electorales, y cómo la misma democracia es manejada en beneficio de narcisismos y propensiones al delirio, locales. Nos dicen que somos democráticamente incompletos, pero no por qué lo somos. En castellano tenemos ‘ser’ y ‘estar’. Y en inglés, solo ‘to be’. Ser y estar es un doble maravilloso,  dicen los filósofos, y también para las ciencias políticas.

¿Cuándo nos pusimos republicanamente anómicos? ¿En qué circunstancia? Decidí entonces averiguar por otras trayectorias históricas. Y no cercanas. Dejé de lado a la Argentina, sus populismos se parecen inquietantemente a los nuestros. A Chile y a Uruguay, que han tenido de todo, desde regímenes militares feroces a utopías, pero no una suerte de centralidad del desorden, como nos ocurre. Busqué más lejos. En situaciones que tuvieron un comienzo y un fin. He tenido dos hermanos médicos. Con ellos aprendí que la medicina progresa en las autopsias.

Repúblicas, líderes carismáticos y el sendero luminoso de la anomia

El primer caso es la Alemania de los años treinta en manos del mesianismo racial de los nazis. Sabemos todos que pasó, pero para la academia el tema no está del todo enterrado. El nazismo sigue siendo un fenómeno. Es decir algo único en su género. Para algunos es un “totalitarismo”. Para otros “un hitlerismo”. Es decir todavía sigue siendo incomprensible el sostén aportado por los alemanes en todo momento a Hitler. La sociedad civil y la mentalidad de todo un pueblo queda incluida en el nazismo, que no solo fue un movimiento, un partido y un Estado sino una forma de vida. Hace poco leía a Ian Kershaw, y los problemas y perspectivas de interpretación no han concluido. Por lo que pasó en la guerra y en los campos de concentración, lo sabemos. Pero surgen temas incómodos, el nazismo habría producido “una dinámica revolucionaria de masas”. No piense el lector que esto lo sostiene algún admirador del nazismo, sino severos profesores. El tema es de una inquietante complejidad. Pero a lo que vamos. Si dejamos de lado la fascinación del nazismo ligado al instinto de las masas, el tema de la guerra o Blitzkrieg o guerra relámpago, el acceso del partido al poder mediante las urnas, o el Mein Kampf, o la Noche de los cuchillos largos, si nos concentramos solo en el Estado o Reich de Hitler, de 1933 a 1939, su economía mixta, el rearme, su plan de cuatro años, podemos tener una sorpresa. Era una maquinaria de producción que creaba empleo y marchaba a la guerra, cierto. Y algo más.

La Alemania nazi era anómica. Nos referimos al manejo del Estado. No hablamos ni de la marcha hacia el poder y de los preparativos de guerra. Al nazismo lo componían fuerzas muy distintas. Y el aparato del poder expresaba esas tendencias. De un lado estaba el Estado, del otro el Partido. Y no pensaban ni actuaban de la misma manera Göring por el primero, y Hess, el partido, el que era un fanático (en plena guerra se tiró en paracaídas en Inglaterra e iba para matar a Churchill). No era lo mismo los SA, la Sturmabteilung o grupos de asalto, formados por proletarios y agricultores y clase media baja, que los distinguidos SS. Ni sus respectivos jefes, Rohm por un lado, Himmel por el otro. Cierto, la dirección de la economía estaba completamente en manos del Estado. Pero dentro del mismo, había corrientes distintas y los partidarios de los créditos a los productores de alimentos (siempre la idea de los prepativos de guerra) se enfrentaban a los industrialistas, acero, magnesio, textiles sintéticos, hidrocarburos. Las autopistas se construían (en cemento, para llegar con tanques a la frontera) y Goebbels, con la propaganda, estetizaba la política, con radio, prensa y los grandes actos multitudinarios. Las fiestas nazis. La gobernabilidad era un campo de tensiones constantes. Todavía es un regalo para los historiadores comprobar los conflictos entre Lander, ministerios y partido. ¿Cómo funcionaba el sistema? Hitler era el jefe indiscutido. Ahí acababan las disputas.

Anomia estatal y Führerprinzip. El Tercer Reich, dice un especialista, “era una policracia”. Es decir un régimen “dividido entre centros de dirección, oponiendo la administración del Estado, al partido, a la SS, y a la vez, acciones divergentes de Göring, Rosenberg, Goebbels, von Ribbentrop”. “Pero era el Führer quien tenía la última palabra”. François-Georges Dreyfus señala que en sus campañas Hitler no ocultaba ese destino a los alemanes, “el estado racista no tendría ningún cuerpo representativo, los cuerpos serían consultativos”. Está en Mein Kampf. Igual votaron por él en 1933. En cuanto a si la policracia alemana puede ser comparada con la Unión Soviética, le parece que sí: “El partido comunista de la URSS es la fuerza que dirige y orienta la sociedad soviética”. Art. 6 de la Constitución de 1977 (Dreyfus, Le III° Reich, 1988). La diferencia radica en las circunstancias. La guerra mundial no fue el fin de los soviéticos. El poder era algo impersonal, el partido. No el Jefe. Pero igual, la anomia soviética fue distinta mas llevó también a su sistema al fin que todos conocemos.

O que creemos conocer. Voy a explicar y situar la fuente que nos permitirá acercarnos a la Rusia soviética antes de que desapareciera. En los años setenta, solía volver a América Latina y comprobaba, con asombro, cómo se ignoraba los grandes problemas de los soviéticos; por mi parte había conocido la Rusia de esos años y su desastre. Este era conocido en Europa antes de 1989. Y como podremos apreciar, en textos de escuela. La URSS después de la segunda guerra mundial era una asignatura de historia. Se exponían los últimos años de Stalin, de 1945-1953. Las esperanzas surgidas en la era Kruschev, hasta 1964. El XX Congreso y la destalinización. El socialismo bajo Brejnev. El culto a la personalidad. La vida en la URSS. Se observa ya la caída demográfica. Ahora bien, se dice cómo eran las clases sociales. Las desigualdades, “el socialismo no se podía confundir con un igualitarismo prematuro” (Stalin). La distancia entre un general o un almirante y el ingreso de un obrero kolkosiano, 28 veces el salario mínimo. La existencia de dos bloques, “los privilegiados” y los demás. En cuanto a la economía, era frágil, malas cosechas, insuficiencia en el equipamiento informático, complejidad innecesaria producida por la planificación. Una gran capacidad de ahorro pero pocas ocasiones para adquirir bienes. Había en la URSS una patología social. El alcoholismo era una plaga. La ausencia del trabajo era frecuente, y era para ir a un segundo empleo. La delincuencia crecía con los hooligans, los jóvenes que no querían trabajar. La corrupción en la burocracia era frecuente. Todo esto, en el «ABC du Bac». (L’histoire au baccalauréat, col. ABC, ed. Nathan, París, 1977.) Todo eso lo sabía un escolar cualquiera en Francia. El Bac es el examen que dan al final de la secundaria. Así son las cosas de la educación por esos mundos. 

La anomia soviética no necesitó de un dictador que tomara decisiones, hasta cometer los grandes errores de Hitler. Fue un asunto de estratos sociales. Mientras la gerontocracia en el poder se batía entre ellos para obtener el poder, los apparátchiks, miembros del PC que a la vez lo eran de un partido o de un sindicato, establecían un sistema debajo del sistema. Una economía informal permitía que la economía cumpliese, bajo cuerda, las metas de los planificadores. Es así como un gerente ante otro gerente (todos del Estado) se acordaban mutuos intercambios. Podía ser un intercambio de servicios que no aparecían en los informes. Se cumplían las metas, las cifras pero no en la realidad. Una fábrica podía demostrar que había llegado a una x cantidad de toneladas de producción de muebles, pero lo que no se decía era que esos muebles eran enormes y pesados y no podían ser introducidos en los hogares de los beneficiados. La burocracia mentía en las estadísticas. La estructura industrial que tanto sacrificio había costado estaba entrando en decrepitud pero las cifras de producción decían otra cosa. Se llegó al caso extremo de expedir una carga de zapatos al extranjero compuesta de zapatos solo para el pie derecho… (E. Todd)

La economía subterránea devoró el mayor de los sistemas económicos creado por un Estado alguno, fundado en una correlación matemática entre necesidades y producción. La economía subterránea llegaba a resolver problemas individuales. Un obrero, con dolor de muelas, escapaba de la regla de ir a un hospital al llegar a un acuerdo con un dentista, cambiando unas cuatro tardes de trabajo suyo por una intervención o dos del dentista. Esos tratos eran moneda corriente. Y la economía negra o invisible, los trabajos que no dan dinero pero sí servicios, todo eso es anomia. El hundimiento de la URSS por la anomia (aunque no con ese nombre) fue previsto por lo menos por dos observadores que anticiparon el colapso. Dos franceses. La sovietóloga Hélène Carrère d’Encausse (L’Empire éclaté, 1978). El imperio reventado. Y Emmanuel Todd (La chute finale, 1976). La caída final. A unos doce años de los acontecimientos.

La primera, de origen ruso, familiarizada con la lengua y con la gente, deduce la imposibilidad de los herederos del zarismo de seguir controlando pueblos y naciones e intentar cumplir con metas sociales. Todd subtitula su libro “la descomposición de la esfera soviética”. La historia del par de zapatos con solo el pie derecho es suya. Y se comienza a dar cuenta que algo va mal en el “paraíso de los proletarios del mundo” cuando crecen los índices de suicidios, o el tiempo de las colas de las amas de casa para obtener alimentos básicos. Al comienzo eran colas de horas, luego de un día entero, por último, de varios días, y las familias se turnaban en la cola. ¿Cuál es el límite de la paciencia popular?

La idea de descomposición, salvando distancias y diferencias, es algo que va acompañando este trabajo. Una anomia descompone. Y en ese caso, no ocurren revoluciones, levantamientos sociales, barricadas. El sistema no explosiona sino implosiona. La anomia agota una sociedad. ¿Necesitamos extendernos sobre el caso actual de Venezuela? En los medios universitarios europeos se ha tratado con simpatía unos años a la ‘Revolución bolivariana’ de Hugo Chávez, pero hoy lo ven distinto al paradigma del populismo clásico, al estar fundado en dos elementos claves: las fuerzas armadas y el petróleo. Desapareció la república venezolana. Fue una anomia política marcada como en otras ocasiones por el poder personal.

Buscando la República. Breve viaje a Platón y Aristóteles

Democracia, ciudadanía, repúblicas, tienen diversos sentidos. Son polisemia. Ahora, debemos tener en cuenta la claridad de los conceptos a cuya disciplina nos sometemos. Y nada mejor que apelar a los inicios. El volver a los clásicos, cuando se trata de la descomposición de las repúblicas formales en anomia, abre puertas inimaginables. La Antigüedad, tan codiciada en sus virtudes por los pensadores de los tiempos modernos y contemporáneos, tuvo su fin, su descalabro. Y sugiero que por un instante, le prestemos atención.

Hay un fin de la democracia griega que significa el fin del mundo de ciudades-estado griegas (Dictionnaire de la Grèce antique, 2000). Se inicia el fin en el 338 a.C., con la victoria de Filipo II, rey macedonio, el padre de Alejandro Magno. Los helenistas, en los cuales forzosamente nos apoyamos, no prefieren ese periodo sordo, oscuro. Atenas es interesante a partir del 462. Con las reformas democráticas de Clístenes, de donde se origina, mal que bien, nos guste o no nos guste, eso que llamamos democracia. La elección de gobernantes por los gobernados, y en el caso de los griegos, en particular por los atenienses, por tiempo breve. En el 431 son las guerras del Peloponeso. En el 430 el apogeo de Pericles. Aristóteles es del 384 al 322. Cuando los macedonios los dominan, la cultura griega es un cuerpo sin cabeza, y es el tiempo en que se levanta el Coloso de Rodas, o la biblioteca de Alejandría. Entonces, la autarquía de Atenas había desaparecido. Las civilizaciones no se mueren por infarto. Declinan.

El sistema de elegir en ágoras o plazas públicas a las autoridades anuales no desapareció del todo, no de inmediato. Hubo restauraciones democráticas, no entraremos en el detalle. Pero bajo los macedonios que impusieron reyes, Grecia se empobrece. Más tarde, para acabar de dominar llaman a los romanos. Quedan entonces varias ciudades semiautónomas, debilitadas. Otras con reyes. Todas sometidas a Roma. Es interesante para nosotros ver cómo surge una dominación. Los romanos no imponen mucho al comienzo, solo un principio, el orden. Los dominadores romanos tienen como rival el helenismo, esto es, reyes griegos que sienten que algo tienen en común, pero es tarde. El mundo griego se divide entre su apoyo o su resistencia a una helenidad bajo protección de Roma. La conquista es lenta. Primero es militar, luego fiscal y administrativa. No contaban con el Fondo Monetario pero casi. Atenas y el puerto de Rodas guardarán su autonomía más tiempo que las otras ciudades-estado.

Ahora bien, algo que alegrará a nuestros hombres de negocios y liberales. Nunca la economía del mundo griego y del Mediterráneo hasta el siglo II a.C. fue más próspera. O sea, las anomias políticas ocurren también cuando todo marcha bien en la economía¡! En fin, al mundo de la Grecia dominada llegaron los negotiatores, los representantes de Roma que intervenían directamente en los contratos. Hubo, sin embargo, una respuesta de la helenidad a la superioridad militar romana. Sus filósofos. Los romanos los importaron y tomaron el griego como lengua culta y de pensamiento. Los maestros de las elites romanas eran griegos. Nosotros no vamos a enviar a Washington y a Nueva York a los nuestros. No los tenemos ni para el mercado local, menos para exportarlos.

Los filósofos griegos del pensar político. El arte de las clasificaciones

A los filósofos griegos del siglo III a.C. debemos la primera tipología de regímenes políticos. La cual permanece, aunque con cambios introducidos en nuestro tiempo por Raymond Aron y luego por el profesor Linz. La cuestión de clasificar las formas del poder establecidas por Platón y luego por Aristóteles permanecen debido a su extraordinaria sencillez. Preguntándose cuál era el grado de poder que cada régimen constitucional se atribuía, ambos filósofos (Platón, el maestro de Aristóteles que luego le contradice) llegaron a la siguiente conclusión. O bien el poder lo ejerce una sola persona, o bien varios, o bien muchos. A lo primero llamaron Monarquía, de nomos, uno solo. A lo segundo Aristocracia, de aristoi, las mejores familias, los más conocidos por su coraje y sapiencia. Y cuando era el pueblo o demos, la multitud, Democracia. Ahora bien, como los amigos de la verdad o filósofos no eran unos soñadores sino activos ciudadanos de Atenas, sabían que esos tres regímenes elementales se podían deformar, tenían la posibilidad de echarse a perder, entonces, cada uno de ellos derivaba o bien hacia una tiranía, hacia una oligarquía, o hacia un tipo de democracia que Platón llamó oclocracia. Vale decir, manejado por los demagogos que agitaban al pueblo contra las elites. 

En Platón eso da el siguiente cuadro:

……………………… Uno solo ………… Una minoría …………  La multitud

Respeto a la

Constitución:………… Monarquía ………… Aristocracia …………  Democracia

               ……… (régimen + deseable)…… ___ ………..(régimen – deseable)

No respeto

a la Constitución: ……… Tiranía …………… Oligarquía …………… Democracia

                     (régimen – deseable)   ……… _____ ……… (régimen + deseable)

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Fuente: Nay, Olivier. (2004). Histoire des idées politiques. París: Armand Colin (p. 43).

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Platón concibe este cuadro a partir de la idea de que los dirigentes deberían tomar las decisiones gracias a la ciencia que poseían. Su preocupación era como sabemos la ciudad ideal, a la que llama ‘la República’, en donde moraban los reyes-filósofos y una casta de guardianes. El mundo platónico estaba pensado jerárquicamente, luego venían los sacerdotes, los guerreros comunes y el resto, ricos y pobres. Platón toma en cuenta las variables posibles entre  la ciudad ideal, oligarquía, la democracia y la tiranía, e introduce un cuarto tipo de régimen, la timocracia. Este régimen se funda en el honor. A Platón le preocupa la corrupción, en su tiempo, la posibilidad de que los poderosos Medo-Persas, el gran rival de las ciudades-estado de Grecia, corrompieran con su oro y su lujo asiático a la clase gobernante. La timocracia sería un tipo de gobierno de ricos patrióticos, incapaces de ceder al imperio persa.

Debemos detenernos. Platón es tan importante que no puede haber un solo tratado de filosofía y ciencia política en nuestro tiempo que no lo incorpore y se origine una lectura de La República y de Las Leyes. Un filósofo inglés de nuestro tiempo, Alfred North Whitehead, sostuvo que toda la filosofía occidental de estos dos mil años no es sino las notas a pie de página de las obras de Platón. Sin embargo, no hay que olvidar algo, La República de Platón no es un texto. Nunca existió, aunque ha alimentado casi todos los proyectos políticos y filosóficos, sobre todo por atribuir el poder a “los guardianes”. Y esa idea, a la vez atractiva e inconveniente, el rey-filósofo. Una contradicción en la raíz misma. Si el Rey es Rey, no necesita ser filósofo. Y si es filósofo no es hombre de acción sino de contemplación. Tuvo seguidores como detractores, Popper lo hace el padre de los totalitarismos. El debate sobre Platón es gigantesco. En mis clases prefiero explicar a Aristóteles. 

Con Aristóteles nace una ciencia política que estudia lo real desde lo racional. Es quien acude a la observación de los sistemas realmente existentes, y se sabe que pide a sus discípulos un estudio de terreno, en el cual recogieron 183 constituciones de las diversas ciudades-estado del mundo griego. Al acto empírico agrega Aristóteles la necesidad de separar y distinguir los diversos regímenes según “el género próximo y la diferencia específica”. Por lógica, tres categorías. Aristóteles parte como Platón del tipo de dirigente pero su criterio es distinguirlos en “nombre del bien común”. Criterio que no es platónico sino realista. El cuadro de Aristóteles es el siguiente:

                           Gobierno de un hombre            de una minoría       del pueblo

Por el interés           

común:  ………… Monarquía              ……        Aristocracia       ……       Politeia

Propósito

beneficiar

a los dirigentes: …… Tiranía  …………………        Oligarquía   …… Democracia

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Fuente:    Nay, Olivier, Op. Cit. (p. 47).

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Ni Platón ni Aristóteles consideran que existe un régimen bueno o malo. Ambos presentan diversos regímenes mixtos. En Aristóteles el tema es claro, el hombre es un animal político, un zoon politikon, es decir, la actividad política es natural, ocurre en la polis, “una comunidad autorganizada”, sin Basileus o reyes, pero cada régimen legal puede degradarse, y el monarca puede ser un mal monarca o un usurpador, un tirano. Lo que había inventado Aristóteles —dice Olivier Nay— era “el método comparativo”. Y además, el elogio a la prudencia (Histoire des idées politiques). La lectura de Aristóteles, además de su libro fundamental, Ta Politica, literalmente “escritos políticos”, se completaría con Ética a Nicómaco, donde identifica diversos roles en la ciudad y el primero de ellos, el del político. “Para dirigir la ciudad precisa en saber adaptarse a las contigencias. Debe interpretar la ley en nombre del bien común” (Nay). Aristóteles no cree en la fusión en la misma persona, como Platón, del saber y del poder. En cambio los divide en tres. Vale decir, la Antigüedad filosófica de los griegos prepara las Luces del XVIII. Poder ejecutivo, legislativo, judicial. Con él nace lo que en el fondo es el tema de este libro, y de muchos otros, hasta el fin de los tiempos. Qué es política. Qué es ser político. Qué es lo que se puede hacer. Los radicales siempre amarán a Platón, quiere otra sociedad. Todo está en su famosa carta VII.

Los otros, los prudentes, preferirán a Aristóteles, “el mejor régimen es aquel que cuenta con el mayor número de ciudadanos que lo aprueba. Esa sería la mejor de las politeias”. Es decir, sugiere diversas formas. La traducción aproximada de politeia es régimen, constitución, modalidad de gobierno. No dice que sea forzosamente un sistema abierto de gobierno. La open society de Popper. Hay dudas en ambos filósofos. Para Aristóteles, la democracia que deja solo al pueblo, al demos, sin elites, deriva inevitablemente a manos de los demagogos. Aristóteles vive el esplendor de la Atenas del siglo III y de sus instituciones, y a la vez, el comienzo de la deriva. Lo expulsan y ve los inicios de “la edad helénica”. Luego vendrá un tiempo de retorno de los reyes, los lujos excesivos de los muy ricos y la dominación de los griegos bajo los macedonios, los espartanos y finalmente los romanos. A Atenas le sigue su propia anomia. Aunque en griego no tengan como nominarla. Salvo el concepto de ilegalidad.

Ahora bien, si se comprende ambas clasificaciones de regímenes, está claro que lo que tienen en común es el peso de las constituciones. Es decir, la legalidad. La deriva comienza cuando uno o varios o una multitud fanática toma el poder y lo vuelve ilegal. Nosotros llamamos a eso anomia. Y en este texto, anomia al nivel más alto, en el Estado y el poder. La pregunta que le he hecho a la sociología política es si anomia y legalidad  coinciden. Y fatigando bibliografías encuentro un trabajo de un sociólogo, uno solo: Dominique Colas (“Anomie et légalité”. Revue européenne des sciences sociales). Profesor en Sciences Politiques de París, autor de diversas obras, entre ellas la más frecuentada, Sociologie politique (1994). Partiendo de Durkheim, y admitiendo que el concepto de anomia, en efecto, no existe en el pensar griego, la politeia o constitución y forma de vivir la vida política más próxima al fenómeno contemporáneo de la anomia, bien puede ser lo que Platón llama “una democracia desarreglada”. Y en Aristóteles, entre sus regímenes que no se interesan por el bien común, a los que llama “democracia”.

La lectura de Aristóteles por el profesor Colas (que conoce diversas derivas políticas de nuestro tiempo, comenzando por las del mundo ruso en el comunismo y después de este) resulta extremadamente importante para nuestros casos latinoamericanos. Para Colas, hay varias aplicaciones del concepto ‘orden’ en Aristóteles, o taxis en griego. En primer lugar, un tipo de democracia entendida como “igualdad” es valorizada al sumo grado, “según la ley”, tanto para ricos y pobres. Una segunda especie sería aquella donde las magistraturas dependen de un concurso. La tercera es donde todos los ciudadanos participan en la gobernabilidad, “según la ley”. La cuarta forma es que todos los ciudadanos y las magistraturas están sometidos a la ley. Un quinto tipo de poder es aquel en que pertenece “a la masa popular”, y son “los decretos” y no la ley, los soberanos. En el libro de Colas, yo he marcado en el margen, “los populismos”. El tema merece debate.

Hoy, Perú, la República anómica o la República legal. Siglo XXI

Una república no es el resultado ni de una geografía ni de una economía sino de una colectividad lúcida, donde a pesar de las separaciones —y eso es la democracia— hay algo en común. Y en donde no se desprecie la vida pública. Ni se la posponga en nombre de la felicidad del hogar como refugio. Si se pierde el todo, el país, nos perdemos con él. No nacieron fácilmente las grandes naciones. 1835: “La política es el conjunto de normas abstractas que los ciudadanos practican en la vida diaria” (Tocqueville). Lo que quería decir Tocqueville no era solo las instituciones de Norteamérica sino un estado de ánimo entre la gente, una forma de vivir. “O bien una forma de integración basada en compartir los mismos derechos aunque no se pertenezca a determinados grupos vinculados por lazos de sangre, religión, lengua, mitos, o costumbres secularmente compartidas” (Savater). O lo que el gran pensador que fue Rogelius Castoriadis apuntaba: “A una suerte de autorganización de la sociedad” (…) “Es crear las instituciones que, interiorizadas por los individuos, faciliten lo más posible el acceso a su autonomía individual y su posibilidad de participación efectiva en todo poder explícito existente en la sociedad”. La cura a la anomia es la República. Que está por hacerse.

Surco, noviembre de 2018

Bibliografía:

Aubenque, Pierre, Cassin, Barbara, Detienne, Marcel & Festugière, André-Jean. (2000). Dictionnaire de la Grèce antique. París: Ed. Albin Michel.

Boudon, Raymond & Bourricaud, François. (1982).  Dictionnaire Critique de la Sociologie. París:  PUF.

Carrère d’Encausse, Hélène. (1978).  L’Empire éclaté. París: Flammarion.

Colas, Dominique. (XLII-129/2004). Anomie et légalité. Revue européenne des sciences sociales. (87-94) – (1994). Sociologie politique. París: PUF.

Dreyfus, F.-G. (1988). Le III° Reich. París: Le livre de poche.

Durand, Francisco. (2007). El Perú fracturado. Formalidad, informalidad y economía delictiva. Lima: Fondo Editorial del Congreso del Perú.

Mariátegui, José Carlos. (1928). 7 ensayos de interpretación de  la realidad peruana. Lima: Biblioteca Amauta.

Nay, Olivier. (2004). Histoire des idées politiques.  París: Armand Colin.

Neira, Hugo. (2001). El mal peruano 1990-2001. Lima: SIDEA.

Todd, Emmanuel. (1976). La chute finale.  París: Ed. Laffont.

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Resumen:

La anomia es un término muy conocido en el mundo de los estudios sociales. En lo que me concierne, fui el primero en aplicarlo a la sociedad peruana, en 1987. De retorno de Europa, encontré una sociedad cuya base de trabajo lo ocupaba la informalidad. Me sorprendió cómo un fenómeno que resolvía el problema del empleo —con puestos precarios y de poco ingreso— y a la vez, constituía un estrato social sin legalidad. Pues bien, de los años ochenta del siglo XX a las dos primeras décadas del siglo XXI, el Perú vive una dinámica de orden y desorden. Hablamos, pues, de un modus vivendi que es a la vez una economía y una sociedad de capas ascendentes (pero sin profesionalizarse), que alcanzan los niveles más altos de la sociedad, y el poder político. El gran mal del Perú se llama anomia. Y ella ha crecido.

Palabras claves: Orden y desorden, pasaje a la modernidad, sociedad dinámica sin elites

Abstract:

Anomie is a most usual term among social scientists. For my part, I was the first to apply it to the peruvian society in 1987. Back from a long-term stay in Europe, the society I found was basically occupied in informal employments. The phenomenon surprised me: meanwhile unemployment was resolved with low-paid and precarious jobs, a new and lawfulness social layer was born. Thus, from the 80’s of the XXth century until the first two decades of the XXIth century, Peru has been facing an order/disorder dynamics. That is to say a modus vivendi which represents an economy and emerging non-professional layers that reach the highest levels in the society and political power as well. Peru’s greatest evil is anomie and it has expanded.

Key words: order and disorder, transition from tradition to modernity, dinamic societies without ruling elites

Publicado el 24 de octubre 2019 en el blog del IGGP de la USMP

https://gobiernoygestionpublica.edu.pe/iggp/2019/10/24/la-anomia-1980-2018-de-unos-cuantos-a-plaga-social-arriba-y-abajo/

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