La gran cuestión: qué de bueno y qué de malo

Escrito Por: Hugo Neira 165 veces - Sep• 30•19

Es una atinada y gran cuestión la que han pedido a nosotros los periodistas. Les respondo con mucho gusto. Comienzo con sinceridad. El decir qué va y qué no va en el Perú, es una pregunta que me estremece. Algo así como si opinara sobre la extensión del universo. Rara vez hablo del Perú en global. Prefiero la economía peruana, la historia peruana, la literatura peruana, las ideas contemporáneas en el Perú. Cuando quiso hablar del Perú, José Carlos Mariátegui lo hizo mediante siete ensayos. Genial el gran Mariátegui que apenas tuvo primaria y luego, en el periodismo, creció hasta ser un gigante. Admirable caso de autoeducación. Hablar del Perú es como tratar de un tema oceánico, el Antiguo Egipto, la Grecia antigua, algo por el estilo. Y siento la sensación de estar al borde de un enigma. 

Detrás del periodista está el estudioso. Toda mi vida he hecho cuerdas con ambos oficios. Cuando el profesor escribe, el periodista viene y le dice que redacte con claridad y con frases cortas. Cuando el periodista se está pasando de ligero, acude el profesor para decirle que los hechos sociales, todos, son ambivalentes. Y es por eso que no practico el mayor vicio que tenemos, el maniqueísmo.

Cuando me llegó la presente invitación estaba terminando mis clases (y un enorme libro que ya saldrá con la parsinomia propia a mis editores, las universidades). Y pensé voy a responder qué hubo de progresivo y de regresivo en la sociedad peruana. Pero tenemos un problema en el uso de ese concepto. Como se sabe, soy sociólogo. Uno que primero estudia en San Marcos la ciencia histórica, luego, con la sensación de que una disciplina no es suficiente, estudia ciencias políticas en París, en el Harvard de Francia, siendo investigador en S. Po. (Institut des Sciences Politiques). Luego, tras su retorno al Perú de Velasco, estudia de nuevo (mientras es profesor) ciencias sociales. Eso es lo que soy. Sin dejar de lado jamás esa ciencia (y arte) de la actualidad que se llama modestamente periodismo. Ustedes lo saben. Es más que eso. El fútbol lo jugamos todos, pero solo algunos tienen la velocidad mental del que mete goles. Estoy diciendo que tampoco cualquiera puede ser periodista. Es también una cuestión de que en el vértigo de las cosas, encuentra lo esencial de lo inmediato. Ese don, se tiene o no se tiene.

A lo que voy. Iba a tratar de la sociedad peruana. Con los franceses aprendí a razonar desde lo más simple. (Eso es Descartes.) Y en efecto, los hombres viven en sociedad. La praxis de su vida se inscribe en el ámbito familiar, el trabajo, la economía, la religión. Pero saber qué es la sociedad como una totalidad, lleva a que la realidad social es un sistema de relaciones, y comenzamos entonces a encontrar totalidades particulares, por decirlo así. Agrupaciones, clases, multiplicidades enormes, agentes sociales diferentes y contradictorios. Siempre la hemos querido ver como una totalidad, a la sociedad. Para luego distinguir, por ejemplo, la sociedad industrial, la sociedad de masas, lo cual no nos impide observar las burocracias, las sectas, etc.

Eso es lo que se usó hasta ahora. Eso es lo que aprendí en Europa (hubiera sido casi igual de haber hecho estudios en Estados Unidos). Pues fíjense la difícil era en la que vivimos. Mis colegas —no los peruanos—, la comunidad de las ciencias sociales en el extranjero, ponen en cuestión el uso orgánico, cohesionante, de la sociedad. Uno de los que fueran mis profesores, Alain Touraine, luego un amigo, ha escrito un libro que es un terremoto en la metodología misma del hombre en sociedad. La fin des sociétés. Cuando se traduzca se llamará el fin de las sociedades. No quiere decir que desaparezcan. No estoy jugando tontamente con algún criterio de decadencia o algo por el estilo. Las sociedades avanzadas del capitalismo (Europa, Rusia, Estados Unidos, Canadá y Australia) les ocurre, en la vida cotidiana, una mutación inesperada. Se descomponen todos los marcos de referencias. La familia, la empresa, las clases sociales. Es un tiempo en que el actor social es el individuo. Pero de ese mundo plural, en progreso, que se vuelve un mundo de recomposiciones sociales, prefiero no tocar en esta nota.

Seré sincero. Hace rato que me trota en la cabeza que no hay un solo Perú, sino varios.  Si fuera antropólogo, diría que es un país de diversas culturas. En sentido antropológico no cultural, como cuando las candidatas a miss Perú dicen que en música prefieren Mozart. Si hiciera solo historia, diría que los peruanos viven en mundos diversos, algunos ya son cosmopolitas y les da lo mismo vivir en Lima que en Miami. Otros viven en tribus, en la Amazonía. Otros en culturas regionales que se resisten a la homogeneidad de lo republicano. De eso voy a tratar. Mi ponencia es la siguiente. Hay varias sociedades peruanas. Yuxtapuestas y a la vez simultáneas. El amable lector no debe sorprenderse. ¿Conocen a Francisco Durand? Sus tres economías. Formalidad, informalidad y economía delectiva. Profesor en los Estados Unidos. A veces, como para apreciar una pintura, hay que dar unos pasos y ver no de tan cerca, eso pasa con el oficio del análisis y de síntesis, que es lo nuestro. A eso voy. Veo tres sociedades, acaso cuatro si le añadimos el «lumpen», que asalta y mata con una frialdad que antes no había.

Hay un Perú que ya es urbano. No es que se me ocurra. La población censada en centros urbanos en el 2007 representaba el 75,9%. Eso lo sabe bien el INEI (Instituto Nacional de Estadística e Informática). Esa mutación, que es espontánea, por ser migración interna, tiene consecuencias enormes. Y se le suma otro fenómeno social: crecen también las ciudades provincianas. Ya no lo son tanto. Hace poco, en un momento en que era vacaciones y no dictaba cursos, varias ciudades del interior me invitaron a dar conferencias. Puno, Juliaca, Cusco y Abancay. En esta última, me llenaron de condecoraciones, «hijo predilecto», etc. A lo que voy, hacía un tiempo que no iba y me quedé asombrado. ¡Qué de progresos! ¡Qué de universidades y carreteras!

Otro cambio, realmente sideral. Resulta que los peruanos han preferido vivir en la costa. No por mucho, el 55,9%. Pero me asombra. Por  primera vez en nuestra historia, la primera en tres mil años del Perú profundo, la sierra deja de ser el centro de nuestra vida. En el ayer precolombino, las civilizaciones de la costa, Paracas, Chimú, no eran más pobladas que las culturas de quechuas, aymaras y chancas. Hoy las cuencas serranas, las tan queridos y amados valles andinos, no son el eje de vida peruano. Pero aclaremos. La población rural y serrana sigue creciendo, pero menos rápidamente que la costeña. Por lo demás, se entiende esa migración. La costa tiene mejores medios de transporte. Es llana. Eso tiene no haber construido una infraestructura de ferrocarriles y buenas carreteras. A cada rato hay un bus que se precipita al abismo en nuestra sierra. O el chofer estuvo borracho, o el bus no tuvo mantenimiento, o esas carreteras son una invitación al suicidio.

Sumemos. País urbano y costeño. ¿Eso es todo? No. El Perú es mayoritariamente alfabeto. En la materia, hay discusión. Unos dicen un 5%, otros un 13%. Para nuestra lectura, es igual. Ya no somos un país de analfabetos. ¿Debo seguir? Además la pobreza ha retrocedido. Y desde los noventa a la fecha, el PBI se ha incrementado por tres.

Entonces, ¡estamos salvados! No, señor. La lectura de las fragmentaciones del Perú en sociedades proviene del mundo del empleo, del trabajo. Volvamos a las economías. Esa sociedad moderna, número 1, es real pero bien cortita. Es solo para los que habitan en la sociedad peruana de los empleos formales. Y eso es apenas un 20%. Y soy generoso en el cálculo. Lo que predomina —y el lector lo sabe— es lo informal. Seamos sencillos, miren lo que sale en Wikipedia. «En Perú, las PYMES constituyen el 98,3% de la economía, contribuyendo al 42% del producto bruto interno (PBI) y con el 88% de empleo de la población económicamente activa (PEA)». Como se entenderá, mientras el trabajo siga siendo informal, esos ciudadanos carecen de servicios sociales. Son un motor de progreso, pero con un saldo feroz de esfuerzo y trabajo. No lo dicen, pero el peruano con chamba propia, trabaja 15 o más horas por día. ¿Qué tiempo le queda para vivir?

La tercera sociedad, es donde se confunden los informales y los formales, algo como  2.5 millones de micro y pequeñas empresas. En ellos están los que podemos llamar no nuevos ricos sino los no pobres. Muchos observadores de este estrato social, en nombre de esa enfermedad de la ceguera y el optimismo obligatorio que se practica en nuestro país, los llaman ya «clases medias». Arellano por ejemplo. Las clases medias en el mundo entero tienen dos poderes. Uno, el capital. Y eso lo tienen ya en los conos. Pero el otro es el poder simbólico. La palabra, el conocimiento (concepto de Bourdieu). Y eso no lo tienen, a veces, tampoco los más acomodados. Por algo que hemos fallado. Dejemos de esconder aquello en lo que hemos retrocedido. La educación peruana, esa que yo tuve en una Gran Unidad Escolar —años cincuenta— ha desaparecido. En las pruebas PISA seguimos a la cola de todas las naciones. Como lo dijo con coraje Nicolás Lynch, cuando era Ministro, «los últimos de la clase».

Ese deterioro que es gravísimo, produce electores populares que no compran diarios y peruanos que no abren un libro ni con una pistola en la sien. Ya no tenemos analfabetos sino gente que puede leer pero no lo hace. Eso se le llama «iletrado». Son millones. Pueden, pero no les interesa. Miran en los quioscos los titulares y no compran diarios. Les han enseñado a ser «empoderados». Esa tendencia pedagógica estaba destinada a dar confianza a los hijos del pueblo para que montaran negocios personales y familiares. Bravo. Pero también lo han tomado como «yo ya lo sé», y a mi nadie me da lecciones. Y produce gente que llega a ser alcalde, congresista, incluso ministro, pero es gente que nunca adquirió el saber necesario a un dirigente o político. Eso es grave. Nos lleva a la cuarta sociedad. Que es una antesala del infierno.

Hualpa, 37 años, con profesión cocinero (o sea, no era pobre) mata a Eyvi Ágreda, de 22 años, porque sí. No se fijaba en su persona y decide no solo matarla, sino incendiarla en un bus, destruyendo su belleza, haciéndola sufrir. Lo han creído un psicópata. Puede ser. Pero su crimen revela otra cosa. Hay una sociedad infernal, de peruanos que no tuvieron nunca una escuela que los humanizara. Todos saben qué cursos han sido eliminados caprichosamente (Literatura, Humanidades,…), les parece bien a este país de pragmáticos. Eso quiere decir que Hualpa —como otros tantos millones— jamás ha escuchado un poema, un texto literario. Es decir, nadie lo formó —porque los cerebros se forman en una edad precisa— en algo que podía ser la ternura. Los sentimientos. Nadie. A los de mi generación se les enseñaba, «qué estará haciendo mi andina y dulce Rita de junco y capulí, ahora que me habita Bizancio y que dormita la sangre, como flojo coñac, dentro de mí». Ahí tienen los peruanos machos y con ganas de que las guapas los miren. Eso es la cuarta sociedad peruana. Algo peor que el lumpen. Los zombies que no tuvieron ni cursos de historia, ni de lógica, ni de gramática, ni literatura ni nada. Solo una falsa secundaria, y luego, una chamba. Y nada más.

Cuatro sociedades peruanas. La primera ya moderna. La que es hegemónica, pero frágil. Su capital es Asia. Las otras tres hacen mayoría. Entonces, tiemblen cuando las tres cuartas partes de la sociedad siga al Hitler populista y sin duda, popular, que aparecerá para el 2021. Siempre llamé «La República de Weimar» a esta república, del 2000 a nuestros días. Fue aquello la feliz y liberal sociedad alemana de la posguerra, años veinte. La pasaron bomba, se admitió el sexo entre hombres y de mujeres con mujeres, y luego de esa juerga, vino Adolfo. Con una máscara de exsoldado puritano. Y ya saben lo que hizo. Campos de exterminio para millones de judíos y luego guerra europea en la que murieron millones de alemanes, esos que lo habían elegido Führer. Esto, lo de  «la promesa peruana», no la de Basadre sino de un Weimar achorado —espero equivocarme—, el único que me entendió fue Arias Quincot. Escribía en El Peruano. Muy culto. Muy libre. No duró mucho.

Cuatro sociedades, amigos. No una sola. Así somos. Ese es nuestro reto. Que crezca la economía, pero que crezcan en número las gentes que leen, razonan, dudan, piensan, proponen racionalidades y no quimeras sangrientas. Que así sea. Que Rosa de Lima y Sarita Colonia, cierren las abiertas puertas del infierno, de corruptos arriba y abajo, y de gente que enamora matando. Eso no es una patología individual, la que estudian los discípulos de Freud. Hay patologías sociales. Desde Durkheim, uno de los padres de la sociología. Los individuos Hualpa son más temibles que los más furiosos de Larco Herrera. Puede que los sin alma se junten y lleven al poder a su Tirano. Desde las urnas, por el peso de la mayoría, todo puede pasar. Y si la posverdad es lo que domina, propongo a mis colegas periodistas ir a contracorriente. Nuestro pueblo tiene sentido común, por eso ha progresado de la barriada a la empresa propia. Pero hay que educarlo, para salvarlos y salvarnos. Hablando claro, sin disfuerzos o melindres. Diciendo lo cierto. Unamuno, español, filósofo, ante la guerra civil, decía: «Di tu palabra, y rómpete».

Escrito el 28 de junio de 2018, y publicado en la revista Periodistas del Colegio de Periodistas, Lima, año 1, n°3, 2018, pp. 4-10.

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