La historia de estos días

Escrito Por: Hugo Neira 151 veces - Ene• 23•23

Estos días estaba dispuesto a ocuparme de Víctor Vich y su brillante libro El caníbal es el otro cuando la quema de edificios en Lima me obligó a cambiar de texto. En verdad, si mi pluma es la de un estudioso de las ciencias sociales, habita en mí también el periodista que está obligado a ocuparse de lo que pasa en nuestra sociedad peruana. Y por los incendios del pasado 19 de enero en el Perú, se preocuparon unos periodistas españoles que me conocen del tiempo que era columnista en el diario Madrid, al final del periodo de Franco.

Conversé con los amigos y colegas de España. A sus preguntas, no respondí sin emociones y retomé lo que varios especialistas han llamado el “Perú fracturado”, que es título de un estudio de Francisco Durand. Según el investigador, la economía peruana es en realidad tres economías yuxtapuestas en distintos niveles, la formal, la informal y la delictiva. La formal es la de las empresas modernas que tributan. La informal, la de muchas pequeñas y microempresas, el esforzado peruano que vive de su negocio y sortea los obstáculos sustrayéndose a la legislación laboral y fiscal para sobrevivir. Y la delictiva que, como su nombre lo indica, se hace al margen de la ley y abarca el narcotráfico, el contrabando, las mafias de funcionarios, como en México. Lo delictivo es un fenómeno que afecta todo el territorio nacional, ciudades y provincias. La producción de coca se ha incrementado, en el Perú, desde los años 2000, por el Plan Colombia que trasladó la demanda a nuestro país, dice Durand. El mercado formal de la coca es muy pequeño y la producción recae en Enaco (Empresa Nacional de la Coca). Según el FONAFE (Fondo Nacional de Financiamiento de la Actividad Empresarial del Estado), que la controla, si se acabara con la producción ilícita, unas 100 mil familias de cuatro personas en promedio perderían su trabajo (cifras de hace quince años de Durand). Ahora el Observatorio Peruano de Drogas estima la producción global en 146 mil toneladas, y solo el 8% tiene un destino industrial o legal. Los carteles de la droga se expandieron, y prosperan a semejanza de las multinacionales.

Cuando los funcionarios públicos, al poco tiempo de ser nombrados o de asumir un cargo, se hacen ricos de la noche a la mañana, la anguria de plata fácil lleva la clase media, los trabajadores y el pueblo mismo a no tener confianza alguna en el Estado peruano. La crisis de confianza se ha agudizado desde el año 2016, al punto de tener en seis años seis presidentes, una enorme inestabilidad que impide atender las demandas sociales o gremiales y agudiza los conflictos. En El País del 20 de diciembre, el periodista Renzo Gómez dedicó su columna a “Los 10 presidentes del declive de la política peruana”. De ellos “solo tres y que fueron de transición no se han visto salpicados por corrupción” en los últimos tres decenios. Desde Alberto Fujimori, el político que derrotó a Mario Vargas Llosa y autor del autogolpe de 1992, que disuelve el Congreso de la República. Reelegido, termina yéndose del país y renuncia a distancia. Asume el poder Valentín Paniagua por ocho meses. Le sigue Alejandro Toledo por cinco años, y se le descubre mucho después los sobornos de Odebrecht, la constructora brasileña que regalaba millones a cambio de licitaciones. Seguirán por cinco años Alan García y Ollanta Humala, y luego Pedro Pablo Kuczynski, que renuncia. Siguen Martín Vizcarra, Manuel Merino y Francisco Sagasti, interinos todos, y asume Pedro Castillo por cinco años, sin preparación para estar al mando del Estado, hasta su autogolpe fallido del 7 de diciembre. Duró apenas 17 meses y tuvo 78 ministros. “Hoy en prisión preventiva, acusado de rebelión y conspiración”, precisa el articulista. Dina Boluarte asumió la sucesión constitucional.Asume en un país convulsionado, con protestas en su contra en las provincias y en la capital.

¿Perú republicano? Más bien Perú poscolonial. Todo lo que ha ocurrido en los últimos dos años —corrupción de personajes sin experiencia alguna ni potencial para dirigir el Estado, sociedad de culturas y pueblos variados desarticulada—, nunca en la larga historia de la política peruana tanta distancia se había hecho visible. Ya no hay partidos políticos, es un declive jamás visto. Es difícil encontrar ciudadanos y que no terminen en la cárcel. ¿Qué hacer? Varias reformas.

Deberíamos hacer lo que ha hecho Brasil, el país más grande de Sudamérica. Su ciudad más poblada es Sao Paulo, pero su capital es Brasilia, una región poblada por indígenas. Lima es todo lo contrario. Las regiones y ciudades medianas del país no admiten a Lima como su capital porque la ven más bien española o extranjera pese a la migración interna. Tengo a la mano el libro del geógrafo francés, Olivier Dollfus, sobre el Perú, de 1983 (Le Pérou, PUF, París). Gran viajero, retomo su primera frase: “Perú, tierra de contrastes”. Y luego “de contrastes muy grandes dentro de la misma ciudad de Lima, que reflejan situaciones sociales y económicas muy diferenciadas: lujosas casas rodeadas de jardines, manzanas de edificios para clases medias y barriadas que no cesan de crecer desde hace más de medio siglo.” Dedica los capítulos II y III a “la explotación, ocupación y uso del espacio” y la “historia de las grandes etapas de la ocupación del espacio”. No planificamos. Si tuviéramos una Brasilia peruana, o sea una ciudad administrativa que concentra las finanzas, las grandes empresas, las instituciones nacionales, no habría la pesadilla de los incendios provocados que arruinan vidas de residentes.

Otro problema muy serio que tiene la sociedad peruana es su sistema de Educación. No me cansaré de repetirlo. Yo estudié de joven en un colegio estatal y era muy bueno. Tuve una secundaria excelente que las últimas generaciones de peruanos no han conocido. Gracias a la buena secundaria pude estudiar en San Marcos, nos habían enseñado la historia peruana y universal, la gramática, la lógica, a redactar, a razonar. Esto ha desaparecido haciendo un daño terrible al país, que pagamos muy caro. Por un lado, tenemos en la educación superior estudiantes que no tuvieron clases de lógica, lenguaje, literatura, historia, que son asignaturas fundamentales para los hombres de ley, y los estudios sobre la sociedad como sociología, psicología. Por el otro, la penosa secundaria peruana no forma al pueblo. Nuestra sociedad tiene millones de personas que se creen ciudadanos. Ahora bien, no hay democracia posible para los que no entienden lo que leen, no han sido educados para hacerla posible. Desde los griegos, no hay democracia sin reglas previas para vivir juntos y que se cumplen. Hasta en el periodo precolonial, las distintas culturas tenían sus propios sistemas de organización (idioma, comunicación, administración) para poder desarrollarse.

Pero sabemos que Perú son varias culturas y no una sola, la andina y la criolla han permanecido separadas aun en los tiempos de la república, prolongando el sistema de dominación, y es tremendo. Hasta de la errancia hemos excluido a los pueblos indios, es el inicio de un libro que estoy preparando. En la cultura hemos excluido a los pueblos indígenas. Un recalcitrante estereotipo persiste en verlos como pegados a la tierra, sedentarios, pese a que en los decenios finales del siglo XX peruano tomaron las ciudades andinas y costeñas (“las ojotas porfiadas” de las que hablara Jorge Basadre). La gran migración del campo a la ciudad, espectacular en el caso del Perú, no despertó de su somnolencia a los investigadores. Acaso las espléndidas páginas de Riva-Agüero ligan en exceso al hombre con el paisaje, como si este fuese solo naturaleza y no, en gran parte, historia, novedad, desde que llegara la oveja, las aves de corral, y las campanas de las iglesias de aldeas (que también vinieron de fuera). La errancia es geografía cambiante y excepcional aventura. Y en el fondo de los tiempos, hubo otros éxodos, otras migraciones.

En fin, me parecería un gran paso si hubiera una universidad para los hijos del mundo andino, del mundo quechuahablante que les enseñara el castellano, a ser bilingües. Con solo el quechua, pierden la posibilidad de formar parte de los 600 millones de hispanohablantes. De formar parte de algo más global, una lengua internacional.

Por lo demás, a la gente que me lee le digo que no se confunda. Yo no estoy de acuerdo con que después de cinco siglos de brutalidad y dominación, los indígenas sean hoy las “aristocracias” que tuvieron durante el virreinato. Nada ganamos pasando de un sistema abusivo al otro. No soy partidario de un Perú o de otros países andinos formados en torno a lo étnico como en otros tiempos lejanos. Todos los peruanos, sin importar su origen o condición de inmigrado (los que vinieron del África, China, Japón), deben respetarse y tratarse fraternamente en sociedades modernas donde somos iguales y libres por el imperio de la ley. Todo ser humano tiene una moral que va evolucionando con las etapas que al hombre le ha tocado vivir. No podemos desear infiernos que ya desaparecieron. ¿Por qué atacar y destruir una pieza de arte, un inmueble de estilo de los años veinte en el Cercado de Lima? Lo que se ha hecho nos deja como un país de salvajes. Hoy en día todo se sabe, ese incendio por gusto, a un paso de una conocida plaza pública, nos deja muy mal. ¿Quién va a invertir en un país donde la gente quema su propia ciudad? Un récord de salvajismo del que no será fácil olvidarse.

Casa Marcionelli antes y después - Infobae

Publicado en El Montonero., 23 de enero de 2023

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