¿La modernidad? Una mirada al norte: el Derecho y no solo los lobbies

Escrito Por: Hugo Neira 113 veces - Jun• 04•19

Muchos me conocen como Neira el mutante. En efecto, he cambiado varias veces de vida. Luego de mis estudios en Francia, en ciencias políticas; y luego, después de Velasco, al retorno, otros tantos años de profesor titular, después del concurso (todo profesor  pasa pasa por un concurso público, antes de ser catedrático), resulta que he pasado mas años de mi vida en Europa que en el Perú.

Hoy, solo me interesan mis clases y los libros universitarios que escribo, dos por año. Cada uno, de 400 a más de 500 páginas. Soy políticamente apartidario. La a en castellano, es distancia. Ateo. Anómico (sin norma, etc). Pero no me entienden. Creen que soy ‘fujimorista’, o ‘aprista’ o lo que sea. Que un profesor sea distante de las ideologías, no solo les sorprende. Ignoran que eso es lo normal en otros países, por cierto, ajenos al deseo de desacreditar al que no se deja manejar por las corrientes de opinión, que todas, no expresan sino los intereses particulares.

Por lo demás, no es que me sean ajenas las pasiones políticas. Pero mi último compromiso político data de 1970. Hace cerca de 50 años. Cuando Velasco. Luego, como no me quedaba más remedio, volví a Francia, mi madre adoptiva, donde me abrieron los brazos. En fin, si el canibalismo sectario sigue con la cantaleta de ponerme etiquetas, es inútil. Aunque no lo crean, carezco de cálculo alguno y menos de ambición política. Pero para comprenderme, creo que no tengo más remedio que explicar, sin vanidad, de dónde provengo.

Soy un caso particular. Mi padre, un rebelde, que por eso entra a la policía montada. Así conoce a mi madre, en Abancay, señorita de gran familia, los Samanez. Se amaron, se casaron, tuvieron dos hijos y se divorciaron. No estaban hechos para convivir. Fueron mis abuelas paternas las que se ocuparon de mi infancia, las Damiani, ella mismas, singulares. Arequipeñas de origen italiano, estudiaron en el norte de Italia. Fueron para mí tutela y rigor. Luego, un segundo rigor, el barrio en el cual crecí, Lince, barrio de broncas. Mi adolescencia fue un interminable combate callejero. La tercera lección de rigor fue la escuela fiscal, recuerdo el nombre: n°429 de Lince. Escuela estatal, o estudiabas o te ibas. Luego, secundaria en el Melitón Carvajal. ¿Alguna sorpresa, que a los 18 años, y muertas mis abuelas, entrara a San Marcos y trabajara como obrero para poder sobrevivir y  estudiar? No tuve una cultura ni criolla ni andina. Quizá por eso, una mirada distinta a la de otros escritores. Fuera de etnias y clanes familiares, navego a contracorriente. No es una cuestión de ideología sino de modo de ser.

Luego el azar quiso que Porras me llamase a trabajar en su casa, junto a Pablo Macera, Carlos Araníbar y Mario Vargas Llosa. En fin, años después, en 1961, llegué a Expreso, cuando lo dirigía José Antonio Encinas. Me enviaron al Cusco como corresponsal de guerra, y mis crónicas conformaron Cusco: tierra y muerte. Libro que me dio un premio nacional y un inesperado salto a Francia. François Chevalier, profesor francés de paso por Lima, buscaba un peruano para completar su equipo y me invitó a trabajar en París. Curiosa historia. Difícil de repetirse.  

Si algo echo de menos, es la gente de mi generación. Los que entramos a un pequeño partido sin esperanza alguna de tener poder. Era como una tarea ética, hacer algo por los otros. Fernando Fuenzalida, Carlos Franco, Arias Schreiber. No eran hijos de proletarios, más bien, venían de los mejores colegios. ¿Qué nos juntaba? La idea de que el Perú debería pasar por una revolución. Al aprismo de entonces, lo tomábamos como una forma de la socialdemocracia. Pero estábamos convencidos —y no nos faltó razón— de que el país necesitaba algo más fuerte para liberar a la sociedad de la oligarquía, a la que encontrábamos tanto disipada como premoderna. 

Dicto cursos, se editan mis libros, pero el Perú no es el jardín del Edén. Me viene a la memoria una frase de mi maestro Porras: «la recompensa falaz de las suplantaciones de mérito». Pese al raje y las envidias, continúo con mis investigaciones. Y no hago vida social ni tuiteo mucho. Mi programa para ustedes abarca las Ciencias Sociales y lo que corresponde a un siglo de tecnociencias como el XXI. Transformaciones de sociedades, nuevos modelos de gobernabilidad y el renacimiento en nuestros días de una cultura ligada a diversos saberes, tanto científicos como humanistas. Creo en el conocimiento. Y mis crónicas, espero que conduzcan el ciudadano lector hacia su propia libertad.

Sin embargo, hay un obstáculo que sobrepasar. Un malentendido sobre lo que es la modernidad. Piensan que son los grandes negocios, la producción de maquinarias y el avance científico. Lo cual en parte es cierto. Pero en ese último punto, solo piensan como sociedad compradora. La idea de que podamos ser también una sociedad moderna como las del mundo asiático —me refiero a Corea del Sur, Singapur, que han dado el salto a la revolución industrial recientemente—, no figura ni en las universidades peruanas ni en la mentalidad colectiva. La manera cómo esperan ingresar a las hábitos de las naciones avanzadas parte del supuesto que eso vendría si tuviéramos grandes ingresos y compráramos todo lo que parece moderno, desde los utensilios domésticos a las grandes mansiones, y eso ya sería estar a nivel de Canadá, Australia, Bélgica o cualquiera otro gran país con prosperidad. Pero el gran error de mis paisanos es tomar todo eso como la causa del progreso cuando en realidad es consecuencia de otros aspectos de la modernidad. El motor de lo moderno, está en otro nivel de las sociedades enriquecidas. Es normal que nos deslumbren. Pero algo, muy decisivo, es el andamiaje cognitivo con el cual esas sociedades se transformaron. Derecho. Justicia. Igualdad. Lo ignoran. A lo cual se añade la impresión favorable que les produce la vida de los norteamericanos. Pero algunos, que no merecen ni los nombres propios, solo vieron las trampas que se llama lobby. El resto, ni lo vieron.

Acabo de ver una película excepcional. Por el momento se la puede ver en Lima. Se llama La voz de la Igualdad. En inglés, On the Basis of Sex. La han distribuido en México, Argentina, Colombia, etc. En pocas palabras es la vida de la joven Ruth Bader Ginsburg, una abogada que se abre camino cuando llega a tener el privilegio, en tanto que mujer, de ser admitida en Harvard, y más tarde, en su vida de abogada. Ella es un referente del feminismo norteamericano. Su historia personal es la de innumerables mujeres que  lucharon y siguen luchando contra la discriminación de género. Recomiendo al amable lector que lee estas breves líneas que vaya a verla, no se la pierda. Para mí, cae como anillo en el dedo a otro significado, aparte de la importancia del tema de la mujer, sobre todo en nuestro país, en donde la ministra de la Mujer declara tener 600 o 700 abogados, cada uno ocupándose de 35 casos de abusos (de todo orden) y llamadas por teléfono,  300 por día,  quejas de machismo tanto oral como golpes. Claro, eso importa. Pero voy a otro ángulo de lectura de la sociedad norteamericana, que acaso sin desear, nos libra ese film.

Seamos claros. Los Estados Unidos (y no Ecuador ni Chile, aunque haya una comunidad peruana de 200 mil residentes peruanos en tierras chilenas) son nuestro vecino más cercano. Es innumerable la cantidad de familias peruanas que tienen un miembro en USA, sea el hijo, sea el marido, y otros familiares. Además, raro es el peruano o peruana que no haya visitado alguna vez Norteamérica.  En mis viajes, observo por ejemplo la vida cotidiana de México, país con una larga frontera con los Estados Unidos, y en diversos sentidos, tocado por la norteamericanización de su sociedad en gustos y consumo. Casi diríamos algo normal, dada la cercanía. Sin embargo, en lo que concierne las costumbres peruanas, rituales de ocio y maneras, los peruanos sobrepasan a los mexicanos. Somos el país más cercano por mímesis a los americanos. Y cada vez más lejos de Europa. Pero ese tema lo dejo para otra ocasión.

¿Que quiero decir con esa hipótesis, el deseo de ser como ellos? La verdad, no es anormal que una gran potencia se imponga, acaso sin desearlo, desde el nivel de una cultura dominante. Es decir, no solo el dólar sino el cine, la televisión, internet, las modas y bailes de la juventud, hasta la manera de vestirse o de vivir, el supermercado, los muebles caseros, el jean para varones y mujeres, la sencillez del vestuario, pero también sus lujos, el tipo de auto, de reloj, etc. No, mi idea de lo que falta no va por objetos o propiedades. Va a lo que se nos sale del esquema mental. Vuelvo, pues, a la película, La voz de la Igualdad. Mi placer de ver esa narrativa es porque, aparte del drama de la heroína (y su victoria), está algo más. Es el culto al Derecho. El tipo de jueces y profesores de Columbia o de Harvard que aparecen en el film. La seriedad de esos tribunales. La importancia de las leyes en vista de una sentencia moral y ética que hizo a los Estados Unidos desde los inicios del siglo XIX. El «bien común», «el sistema que hiciera feliz a la mayor cantidad de personas». En otras palabras, eso hizo moderno al país que se separaba del imperio inglés. Y no conozco a ningún peruano, incluyendo a aquellos que han estudiado por largos años en América, que ha pensado o dicho que eso es lo que los ha hecho lo que son. La ética para una gran nación.

La modernidad no es, pues, que comienza cuando el 15 de abril de 1830, en Inglaterra, y partiendo del principio de la expansión de los gases por el vapor —gracias a la idea de Watt—, un ferrocarril se echa a caminar, sin necesidad de bestias de tiro. Es al revés: comienza cuando Watt establece su derecho de propiedad, y entonces, puede solicitar a los bancos probar con hechos su descubrimiento. Hasta el día de hoy, en Londres, se guarda la primera máquina de vapor. Le precede al inventor un sistema jurídico. Un orden legal. Y una ética. Vuelvo a la película. Eso es lo que hizo lo que llamamos modernidad. Traigo a colación un filosofo francés, de nuestros días, Châtelet. Lo escuché en una de las grandes aulas de la Sorbona. Literalmente, «la modernidad no es un concepto ni sociológico, ni político. Es una forma de civilización, que se opone a la tradición. Es algo que se cita como un mito y a la vez como realidad. Cubre diversos dominios. Es la técnica moderna, la música moderna, la pintura moderna». «Una manera de vivir», agrega. Y lo que sigue, acaso lo que no entendemos tras dos siglos de independencia: el Estado moderno.

¿Y cuál es la tradición que nos impide ser modernos? Nada menos que la corrupción. Pero dejémonos de trampas. No me refiero a la que viene ocurriendo en la cumbre de los gobiernos legítimos del 2000 al 2019, sino desde siempre. El amable lector podría consultar el libro de Alfonso W. Quiroz, Historia de la corrupción en el Perú. Va desde la corrupción colonial, la plata y el contrabando, a los saqueos de los caudillos (ya en la República), el asalto del dinero producido por el auge guanero, los consolidados, la infamia de los consignatarios, y luego del desastre de la Guerra del Pacífico, el alquiler de militares, el contrato Grace y los dictadores venales de 1932 a 1956.

Somos poscoloniales cuando ocupamos un cargo importante sin haber sido nombrados a dedo, sin apelar a familiares, amigotes y argollas. Pero eso es raro. No solo el respeto a la ley nos haría modernos sino ciertos sacrificios. Los puestos por meritocracia. Los cartones de maestría y doctorado, sudados y difíciles, como esa película lo muestra. Seremos modernos cuando deje de ser tan importante nuestra intensa vida social. Que no es solo una consecuencia de las relaciones familiares y las amistades, sino la importancia del tener contactos, sobre todo con jueces y fiscales, para salvarnos en un caso problemático. Toda una cultura de nuestra ilegalidad está en el hablar de eso que conocemos: «el hermanito». Versión criolla de Al Capone, con ternura de criollo. Al Contrato social de Rousseau le ponemos el juego barroco de nuestra música, y entonces, ¿para qué entrar a esa modernidad tan exigente cuando el ocio virreinal todavía nos acompaña?

¿Atrasados? Eso sería estar detrás de otras sociedades. Acaso Chile, Uruguay. No es el caso. No estamos en una sociedad postotalitaria. Eso es Rusia de hoy, aunque Putin tiene políticas muy personales. Ni la Alemania, donde se conoce todos sus errores y horrores cuando los campos de exterminio en los años treinta. No los ocultan. Nosotros ocultamos nuestra historia. Como curso, ha desaparecido en las escuelas. No sé qué somos, pero no modernos. No tenemos una cultura secularizada, al contrario. Las doctrinas políticas, que son pocas, son tomadas como religiones, es decir, con actos de intolerancia ante el «otro».  En la modernidad es clave el reconocimiento del otro. De sus valores, aunque no sean los míos. Hace de eso más de veinte años, cuando vuelvo a Lima con Hacia la tercera mitad bajo el brazo (siete años de escritura en Papeete, Polinesia Francesa), hablo del «paradigma impertinente». En el fondo de las cosas, mis paisanos quieren desarrollo, progreso, sin cambiar en nada sus costumbres. Ha pasado el tiempo y yo no veo un siglo XXI con novedades. Veo que vuelven a mandar los caudillos. Al menos los de los primeros años republicanos —Gamarra, Santa Cruz, Orbegoso— eran sinceros. A caballo y corriendo riesgos. Hoy el cinismo consiste en que los acusados por actos ilegales persiguen a acusados por actos ilegales. Pero están sembrado tempestades. Me temo lo peor.

Fe de erratas: En la columna del martes 21/05, se debe leer Andrés Avelino Cáceres y no Alejandro Avelino Cáceres.oy sdeHoy

Publicado en Café Viena, 4 de junio de 2019

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