Lemlij y Millones: otra versión de SL

Escrito Por: Hugo Neira 139 veces - Dic• 14•20

Necesaria introducción

La Enciclopedia Galáctica creada por Isaac Asimov, gran escritor de ciencia ficción, es un texto deliberadamente ficticio. Se le llama ucronía y se base en hechos posibles en el pasado, pero que no ocurrieron. Por ejemplo, que los dinosaurios no se hubieran extinguido. O que Hitler ganara la guerra en Europa y domina el mundo entero. O que Pinochet apoyara a Salvador Allende. Un ejercicio mental para comprender que la historia es diversas posibilidades, porque el azar existe. No es la primera vez que utilizo este género literario e imaginativo en El Montonero. Fue en setiembre del 2018, se supone que sabios en el futuro se preguntan si realmente «existió el Perú» ( <http://www.elmontonero.pe/columnas/enciclopedia-galactica-existio-el-peru> ) La presente ucronía gira sobre una bifurcación de Sendero Luminoso, que lo hace totalmente distinto. La idea me vino debido a un libro recién publicado de dos peruanos, Moisés Lemlij, psicoanalista, y Luis Millones, antropólogo, autores de Memoria, imagen y violencia, editado por SIDEA. Acaba de salir. Lo que más me ha llamado la atención es el cuarto capítulo, pp. 93-149. Los vínculos «entre guerra y fe» —brillante tesis—, pero con mis dudas. Por eso, esta ucronía.

Enciclopedia Galáctica. Religión y violencia en los Andes 

En el siglo XX en el Perú, iba a surgir una guerra popular de Sendero Luminoso contra el Estado peruano. La primera señal fue unos pobres perros colgados de los postes, diciembre de 1980. Esto ocurre en un modesto pueblo, en Chuschi, y el enemigo para SL era «Teng Hsiao Pin, el sucesor de Mao a su muerte», y al que tratan de «hijo de perra». Con el tiempo se llegó a saber que Abimael Guzmán era «la cuarta espada», después de Marx, Lenin y Mao. De paso por Chuschi, quemaron las ánforas de un local de votación. Era el vaticinio de una violencia sin límite alguno. Hasta entonces no se conocía a Guzmán, modesto profesor peruano de filosofía, cuyo rector de la Universidad Nacional San Cristóbal, en Ayacucho, Efraín Morote, lo llama para construir un partido político a partir de los estudiantes ayacuchanos. Ambos eran marxistas, pero en un país más bien rural y campesino como el Perú de entonces, prefirieron una revolución maoísta. Por iniciativa de Morote, Guzmán aprende el quechua y toman los años sesenta como un periodo de formación. Pero un giro inesperado ocurre.

Preparándose a ser la cabeza de un grupo insurgente y terrorista, decide visitar la República China en 1965, o sea, en plena «revolución cultural». Mejor dicho, cuando vivía Mao. Es muy probable que, de vuelta al Perú, no se hubiera interesado por la Reforma Agraria establecida por el gobierno militar de Velasco. Y habría sido indiferente a los cambios de propiedad en el mundo rural. En China le llama la atención el Tíbet, entonces cerrado a los visitantes, pero logra visitar ese remoto lugar. Hasta entonces, según sus biógrafos, se consideraba ateo. Pero algo ocurre. Fue suficiente unas semanas en el Tíbet, tierra mágica como es sabido. Al vivir entre monjes budistas, Abimael cambia por completo. Y en un monasterio tibetano le vino aquello que se llama «la revelación». Lo inesperado es parte de la doctrina de los Upanishads.

A partir de entonces, el profesor de filosofía y guía de Sendero Luminoso evita por completo la violencia. La primera y decisiva de las «ocho verdades de los tibetanos para formar el espíritu». Saber cómo se produce esa metamórfosis es casi imposible. Habría que ser también un iniciado. Tampoco sabemos si se acercó a algún Dalai Lama, ni qué maestro lo convence de «la armonía del mundo», concepto trascendente del budismo tibetano. Hay que tomar en cuenta que Abimael Guzmán conoce el Tíbet después de años de la invasión china en 1959 y el drama del éxodo de monjes por todas partes del mundo. Acaso le pidieron emigrar a los Andes, por su parecido a las montañas del Himalaya. Pero reconvertido al budismo, lo cierto es que volviendo a Ayacucho después del Tíbet, y quizá orientado por el rector Morote —a fin de cuentas, antropólogo­—, el profesor Guzmán se zambulle en las religiones andinas antes de la Conquista y luego las del largo periodo colonial. Es cierto que la llegada del cristianismo elimina a las divinidades del mundo incaico, pero no significa que en la mentalidad andina se fusionara con el cristianismo. El fin del Tahuantinsuyo fue político, pero no desaparecen los hechizos y encantamientos y prácticas de alucinógenos y chamanismo indígenas en el curso de los siglos. En el periodo colonial ocurre el Taki Ongoy además de la defensa de las huacas, entre otros rituales. El «triunfo católico de la Iglesia y de la fe» no fue total. Un mesianismo subterráneo acompaña al catolicismo. Y las dos ideologías se amalgaman. He conocido trotskistas que van a misa.

Por otra parte, antes de lanzarse a una guerra interna, los senderistas habían observado «la topografía y la estructura organizativa de los pueblos de Ayacucho» (Millones). Y conocían los conflictos del pueblo rural con los burócratas y administradores. Y entonces dejaron de tomar actitudes autoritarias con los campesinos, al punto de parecerse a los evangelistas, y su conducta comenzó a ganar la mente y almas de los desposeídos y desamparados. Es así como una suerte de religiosidad aparece en el Sendero post Tíbet. O sea, la novedad de un movimiento político «con el rostro de una nueva fe». No era el dogma de la Internacional Comunista. Los indígenas andinos siguieron, bajo el dominio de españoles o criollos, su propio credo: comunitarismo,  solidaridad y un fuerte dogmatismo. Así, como es sabido, el nuevo Sendero comienza a crecer rápidamente, en particular entre los jóvenes puesto que se les permite varias esposas, como en el Islam. Y en cuanto a las mujeres, en su fase de expansión pacífica, deciden que las hijas de Eva serían las administradoras de toda forma de organización social, desde las aldeas hasta el poder nacional. Y es así como en los inicios del siglo XXI llegan al poder desde las urnas. Algunos se retiraron de ese segundo SL, pero el lado religioso fue más útil que las balas. De ser de otra manera, Sendero Luminoso habría incursionado en varias iglesias, «donde ametrallaban a los evangelistas». Y eso hubiese sido un gran error. En quechua se dice «no me mandes demasiado». El concepto está en los Comentarios Reales de Garcilaso de la Vega.

Lo que sí sobrepasa nuestra imaginación es el hecho de que la nueva religión política llega a  incluir países vecinos, Ecuador y Bolivia, y sus lazos y contactos con los países del Asia inquieta a los Estados Unidos. Por otra parte, antes de lanzarse a una guerra interna, habían evaluado al ejército peruano y evitaron una guerra. Además, los campesinos ya con tierra y autorganizados en rondas campesinas, no habrían aceptado un sistema autoritario cuando por fin habían salido del dominio de los gamonales.

Volviendo al siglo XXI

Dejando de lado la ucronía, la importancia que le atribuyen a la religiosidad los autores, en especial el antropólogo Millones, nos lleva a un debate que supera el espacio de esta nota. En la historia, cierto es que las religiones tuvieron momentos de violencia, por ejemplo, las Cruzadas de los cristianos. O la Inquisición. Pero no siempre fue así. Cierto, el Islam no tuvo misioneros sino guerreros, y Mahoma se impuso con la espada. También es cierto que el comunismo liga la violencia a la victoria del proletariado. Pero no siempre: los socialdemócratas alemanes no tomaron el poder por la fuerza. En suma, no hay un pattern, es decir un modelo. Lo que hay son casos particulares. Sin embargo los trabajos de Luis Millones y Moisés Lemij son ejemplares por dos razones. – Primero, el trabajo en común de disciplinas distintas. Pienso también en María Rostworowski y Max Hernández. La segunda es que con Memoria, imagen y violencia, el lector sabrá cuán frágil es la modernidad en el Perú, y el peso del pasado y la tradición en nuestras maneras de sentir y vivir. En Europa, la pregunta que se hacen hoy es la siguiente:  ¿cuánto nos han influido Atenas y Roma? Lo nuestro no es algo que terminó, no es pasado perfecto sino que sigue siendo poderoso e invisible: la cultura del Tahuantinsuyo y la España de la Contrarreforma. Ambas intolerantes. Se entiende por qué el peruano de a pie no acepta la pluralidad de partidos y de ideas. En Lima, discordia y democracia van de la mano. El senderismo no ha desaparecido, ha sembrado la costumbre del odio como virtud. No hay debates sino injurias, el placer del chisme y el recurso al descrédito del rival. Como el aire o el agua, el dogma es imprescindible en la vida peruana. Quedan en la Lima del siglo XXI algunos intelectuales, pero lo que abunda son los inquisidores. De derecha o de izquierda, son de la IPVU, club de propietarios de la verdad única. No se rían, poseen buena parte de los medios y gobiernos. Y se usa la tecnología más avanzada para el arte de la desinformación.

Hay excepciones, pienso en Iván Degregori, justamente sobre Sendero Luminoso y Abimael Guzmán, su capítulo «Qué difícil es ser Dios». Mira Iván, si estuvieses en este mundo, te diría lo siguiente: en el Perú actual lo más difícil es ser presidente. Si eres un Dios o un profeta, es más fácil y creíble. Este país no necesita un Bolívar ni un Lenin, sino un Gandhi. Él o ella que funde una nueva religión, y barrerá en la expectativa de los peruanos puesto que han perdido la confianza en la clase política, sea quien sea. En vísperas de unas elecciones, los candidatos más aprobados, apenas tienen un 10% (¡!). Quieren santos. Y ellos, ser creyentes y devotos. El pueblo quiere una suerte de obispos laicos que lleguen pobres y se vayan pobres. Difícil ¿no? Quizá la magia de los Apus, en unión con Santa Rosa de Lima, nos devuelva la serenidad.

Publicado en El Montonero., 14 de diciembre de 2020 <https://elmontonero.pe/columnas/lemlij-y-millones-otra-version-de-sl>                                                                                                            

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