Leyendo al Amauta

Escrito Por: Hugo Neira 174 veces - Dic• 13•21

Introducción

En una investigación sobre José Carlos Mariátegui, he encontrado el texto que sigue «No existen nacionalidades». No es del propio Mariátegui sino de lo que podemos llamar su contexto. Es decir, amigos, conocidos a los que llamaba para publicar en la revista Amauta.

Exactamente, en el número 13, de marzo de 1928, el año III de la revista, en la página 36. El autor de este breve texto es Gerardo Gallegos, en Guayaquil, en febrero de 1928. Como se sabe, la revista de Mariátegui se ocupaba de temas de doctrina, arte, literatura, y polémicas, de tal manera que en el sumario de cada edición publicaba una carta de Romain Rolland o de Waldo Frank sobre la decadencia, o sobre arte peruano. En el mismo número de Amauta, hay un texto de Luis E. Valcárcel titulado «Sumario del Tawantinsuyu», lo que no impide que la revista de Mariátegui se ocupara de la Vida Económica, crónicas de Finanzas, Comercio, Agricultura, Ganadería, Minería, Industrias, Transportes, Seguros, y Estadística.  Todo ello, al lado del texto de Mariátegui sobre la reforma universitaria, y un poema en quechua de José Varallanos. Y una nota polémica de Martín Adán en contra de Josefina Baker.

Nada de lo que es importante escapaba a Mariátegui, incluyendo la ciencia, por ejemplo, en el n°13, «el precursor de Einstein», que escribe Hugo Pesce. Está claro que Amauta no fue solo una revista política sino la más grande y abierta de todas las revistas que hemos tenido durante el siglo XX. Además, la revista muestra arte peruano como la indiecita, un oleo de Teresa Carvallo, o esculturas, y en literatura los versos de Martín Adán, «la defensa del disparate puro», dice una nota. Todo ello, dice JCM, «la poesía contemporánea» y el elogio del disparate, primeros pasos del surrealismo, era la defunción del absoluto burgués.

Cien años después, nos hemos empobrecido. Separamos en extremo la economía y la política ante el arte y la ciencia. El testamento de Mariátegui y la generación del inicio del siglo XX, vinculaba todo lo que es humano, desde el poema a la necesidad de instituciones del agente ejecutor del Estado. Navegamos, sí, pero con un solo remo. Mariátegui no solo derramaba una doctrina sino una pedagogía, no como ahora, amaestramiento confundido con asignatura. Sin tentar el estallido del nuevo conocimiento. La esterilidad se ha impuesto en nuestras escuelas y universidades. Nuestra cultura, un erial. Cuando echamos una mirada a la revista Amauta y esa generación, se nota una excitación, una exaltación, un amor por el conocimiento que se ha marchitado a lo largo de un siglo. Asistimos a las exequias, al velorio de una educación que es necrología, casa mortuaria, desengaño de lo sustancial que es la educación, curiosidad y éxtasis. En otros países, los escolares y estudiantes aman sus escuelas.

He aquí el texto en Amauta, sobre la nación.

«No existen nacionalidades en nuestra América (en Amauta)

Si la civilización es algo más que los autos que ruedan en las avenidas, los aeroplanos que vemos pasar, los radios y ortofónicas de los clubs; y es otra cosa que el «rouge» que, con los últimos modelos, les llega a las chicas «bien» desde París, es preciso aceptar que los pueblos de Indo-América-Latina y especialmente los bolivarianos viven todavía en plena Edad Media.

El genio de Bolívar libertó a estos pueblos, adelantándose su visión en dos siglos a la Historia. Pero no aró en el mar: sembró en el tiempo.

Mientras llega la hora—si es que antes no nos toma por su cuenta Yanquilandia— y aunque los que se dedican a los discursos altisonantes nos hablan de la grandeza de la patria y enorme cultura del pueblo, el panorama que presentan los pueblos diseminados a lo largo de los Andes, es desastroso: tal como el que en la Edad Media presentaban los bárbaros de Europa. Porque no arraiga todavía en el alma de las multitudes la conciencia de su unidad de origen y de estilo. Esta es su tragedia.

Tras la sombra de Bolívar quedaron fragmentos de nacionalidades erigidas en cacicazgos con el nombre de repúblicas, y en las que un militarismo craso y hasta analfabeto con sed de mando, impuso la brutalidad de su sable. Y con ellos, una multitud de patriotas (vividores políticos) se dedicaron a fanatizar al pueblo, a adular a los caudillos, y a prosperar en sus intereses en nombre de una patria y de una nacionalidad que no existen todavía.

Porque no basta hacer cuatro zanjas que dividan unas regiones de otras, y agrupar en ellas un pueblo bajo el gobierno de un presidente, para tener una nacionalidad y crear una patria. Este concepto podría ser base de «nacionalidades» en las tribus de África, pero no en pueblos que han dado hombres de cultura que han asombrado Europa. La Nación es una entidad social con fronteras étnicas, geográficas y morales. La patria es el pasado histórico de un gran pueblo que lo funde en una unidad homógena —idioma, educación, cultura, costumbres, mentalidad— y lo proyecta al porvenir en un solo destino. Y esta Nación y esta Patria no existen todavía en Indo-América-Latina ni siquiera en aspiración definitiva del sentimiento colectivo, menos en la realidad de nuestra historia.

No tenemos patria, porque desde los orígenes la rompió en pedazos la ambición del caudillaje militarista; ni existe una verdadera nación porque a pesar de que, desde el modo de pensar hasta las maneras de vivir son idénticas en estos pueblos, y más acentuadamente en los bolivarianos, estamos divididos en grupos insignificantes que ninguno puede responder por si solo a este concepto.

Lo que sí es verdad es que la patria y la nación se han encarnado en tiranuelos, caciques y déspotas que han vivido y aún viven de lo que produce la lana de los rebaños ciudadanos. Vivimos ridículos y miserables aplaudiéndonos como tontos, grandezas de que con razón se ríe el resto del mundo. Y vivimos cultivando entre grupo y grupo rencillas de tribus, inconscientes de que traicionamos el destino de una gran nación: Indo-América-Latina.

Un ejemplo histórico y cercano en la Historia lo tenemos en Italia, que solo afirmó su entidad de tal cuando el sentimiento de la unidad de su pueblo fue lo bastante fuerte para derribar las murallas de sus ciudades rivales y levantar las fronteras de su verdadera nacionalidad.

Nuestra patria, nuestra verdadera nacionalidad está por formarse, es el conjunto de pueblos que demora a lo largo de los Andes, dispersos y haciéndose una bárbara campaña de emulación y de odio con medro de su vitalidad y desarrollo. Las fronteras que los dividen son ficticias porque no responden a una realidad histórica.

Indo-América-Latina vive políticamente en periodo de la Edad Media. Nuestra civilización política está a la altura un poco mayor que las tribus del Oriente y bastante menor que la de los indios aborígenes, que con todo y vestir plumas, crearon en esta América, dos poderosos imperios de civilizaciones florecientes.

Pero el pensamiento gigantesco de Bolívar, deformado y traicionado por ignorantes políticos y por ambiciosos caudillos se abrirá camino, lentamente, en el sentimiento de estos pueblos. (Gerardo Gallegos, Guayaquil, febrero de 1928 Amauta 13, marzo de 1928)»

Publicado en El Montonero., 13 de diciembre de 2021

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