Líbano. El riesgo de ser excesivamente neoliberal

Escrito Por: Hugo Neira 300 veces - Ago• 17•20

Me permito dedicar la presente crónica al estallido de un depósito de nitrato de amonio en Beirut, un descuido que escandaliza al mundo entero. No soy un orientalista. Sucede simplemente que alguna vez estuve en ese país mediterráneo. Y esta crónica es reflexión  y memoria.

Vivía entonces en París. El profesor François Chevalier, un gran americanista, a su paso por Lima, me había invitado para trabajar en el Institut des Sciences Politiques como chercheur (investigador) en la sección América Latina de la cual era director. Además, podía estudiar Ciencias Políticas. En efecto, hice ambas cosas, y como estudiante me hice de amigos. A esa Alta Escuela no solo acuden franceses sino jóvenes de los cuatro puntos cardinales. Y había libaneses. Me parecieron muy abiertos y curiosos, eran cristianos maronitas —creyentes que siguen a San Marón— y cuando me explicaron cómo era su país, me llamó la atención la convivencia con diversas comunidades religiosas de árabes y musulmanes. Y en una de esas vacaciones cortas de las universidades en Europa, fui unos días al Líbano. 4 horas de vuelo.

Tuve suerte, estuve antes que se instalaran allí los palestinos de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina). Esa invasión produjo la represalia de los israelitas en territorio libanés. Todo aquello desemboca en la guerra civil, de 1975-1991. Mi estadía fue anterior. Visité Beirut, pensaba que visitaba un puerto, uno de tantos, pero lo que encontré fue un espacio del mundo árabe y Europa. Un lugar cosmopolita de banqueros y hombres de negocios de lenguas y religiones diferentes. Sabía que los libaneses eran gente dada al comercio y al dinero, pero no en esa magnitud. Por las bromas que había escuchado en París sobre los libaneses, se dice qué difícil es ganarle un negocio a un judío, pero un libanés, ganaba a diez israelíes.

No me he olvidado de esos días. Recuerdo la densidad de servicios comerciales y un tráfico de todo orden, y la venta de inmobiliarias, armas, y según me explicaron a mi retorno, venta de órganos humanos. Antes de las invasiones, Beirut era un foco dinámico de artistas, intelectuales, todos apretados en las faldas del Monte Líbano. Me admiraba la abundancia de autos y sus embotellamientos. Y por millares y millares de extranjeros residentes, con empleos de obreros, guardianes, albañiles, venidos acaso de las capitales árabes, o sea, por un lado diásporas, por el otro, gente de negocios. Me recordaba de alguna manera a Lima. Libaneses, negociantes callejeros que vendían no chucherías sino inmuebles, sin oficina, en la calle, en la vereda, y me hicieron recordar a nuestros informales, pero en este caso, de intercambios suntuosos. De paso, el pariente de mis amigos me ponía al tanto de quién era sunita o druso, chiíta. Era inútil, yo veía un inmenso Gamarra para ricos.

Y eso fue todo. Años después, me enteré de que reinaba, desde 1926, una Constitución republicana fundada en lo que llaman «comunitarismo político». A mi asombro no era un asunto de izquierdas o derechas sino de religiones. Había un pacto para repartirse el poder. Por ejemplo, si el presidente resultaba ser un maronita, el primer ministro tenía que ser alguien del sector árabe. Además, me enteré de que el Líbano no tenía ejército. Así como lo digo. Me quedé asombrado pero luego lo olvidé.

Pasaron los años, de vez en cuando tenía alguna noticia en la prensa europea del destino de ese país de comerciantes. En algún momento, acaso en Le Monde, la noticia era que ese sistema de identidades comunitarias «daba lugar al inmovilismo, el clientelismo y la corrupción». Ya era grave, pero vino lo peor. El Líbano que se jactaba de no gastar fiscalmente en fuerzas armadas, fue invadido por el ejército de Israel porque se había establecido el palestino Arafat, y además, intervenía Siria. Eso ocurre en 1975. Yo ya vivía hacía rato en Perú. Luego viajé a Europa y después me nombraron profesor en la Polinesia Francesa. De lo que ocurría en el Líbano —el país de hombres de negocios que no necesitaban militares— me seguía llegando noticias, pero de espanto. Líbano, campo de guerras. Cristianos apoyados por sirios, o grupos palestinos que volvían en cuanto Israel se retiraba. El resultado: hicieron pedazos a la población libanesa. La guerra termina el 2000, con la intervención de la ONU.

País ingenuo, sin Fuerzas Armadas. Pero en algún momento fueron los israelíes que les enseñaron el arte de la guerra y de su autodefensa. Así, la explosión de un material amalcenado durante años nos señala un gran vacío. «Les falla la red de electricidad, las infraestructuras, las rutas, el puerto, las telecomunicaciones». Esto lo dice un periodista europeo, in situ, Bruno Dewailly. El no gobierno. Tienen actividades económicas, una central eléctrica en Attarat, que la han terminado en el 2017. En fin, después del desastre de ese estallido, centenares de manifestantes reclaman el fin de ese ‘comunitarismo’, y el reemplazo de instituciones para producir leyes civiles. Como puede darse cuenta el amable lector, quieren política, mientras nosotros la desdeñamos.

¿Qué les ha faltado? Se entiende que ese material amenazante que ha estallado no pertenecía a ninguna empresa. Entonces, ¡lo dejaron! La idea de lo público, por lo visto, no existe. País sin Estado. Por eso estas líneas. Lo que ocurre cuando todo es business, y eso del ‘bien común’, como no juega en la Bolsa, no tiene valor. Pero miren los resultados. El no tener Estado sale caro. Cualquier país se mete en tu país.

Seré franco, el Líbano —sin ejército y sin Estado moderno— me parece un ejemplo de la deseconomía cuando solo se piensa en economía. El Líbano es un país de fortunas y a la vez, el infierno de su caos cotidiano. Es la encarnación del país ideal para los ideólogos del neoliberalismo. Pero los que conocen el Medio Oriente lo ven un país donde «la  política es un pretexto para los grandes depredadores». En la América Latina, ¿estamos volviéndonos un Líbano? Hay un peruano, profesor en USA, que se preocupa por lo que ocurre con países que caen en las manos de las ET (Empresas Transnacionales),  hablo de Francisco Durand. La captura del Estado es un libro que debemos conocer. «Estamos frente a un aumento dramático de la cuota de poder de las grandes corporaciones». El neoliberalismo detesta los Estados. Los ve como un inconveniente para sus operaciones financieras. Pero como el azar interviene, ahí tienen el caso del Líbano.

¿Es eso también nuestro destino? El stalinismo de los liberales despóticos del siglo XXI se pone la mascarilla de la democracia para dominar. En un debate a distancia me declaré weberiano. Lo mismo Manuel Alcántara, americanista, profesor en Salamanca. Muchos creen que una economía hace una cultura. Es al revés, una cultura crea una economía. Lean a Weber, fueron los puritanos los primeros alemanes empresarios que no gastaron su capital. Invertían. Pero hoy el dinero sirve para tener más dinero. Con el neoliberalismo no se abren necesariamente mercados ni puestos de trabajo. La economía se vuelve casino. O sea, un riesgo. Un juego. Un vicio. Los capitalismos son distintos, van mejor cuando hay Estado moderno, pero eso lo explicaré en otra ocasión. Chaú.

Publicado en El Montonero., 17 de agosto de 2020

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