Macera, su segunda muerte

Escrito Por: Hugo Neira 70 veces - Ene• 20•20

O el exilio en casa, su isla Santa Elena. Pablo Macera según su condiscípulo en la oficina de Porras Barrenechea          

                                                          

Estoy en Santiago, me llega la noticia. Justo cuando acabo uno de mis libros que le concierne y en donde lo menciono. Una excursión sobre nuestros mejores pensadores. Ocurre que para trabajar, prefiero leer en papel que verlos en pantalla. Y así, los libros de Macera, me están mirando.

Voy a glosar con tristeza lo ya escrito. Glosar quiere decir una variante de una explicación, no la explicación misma. Lo digo porque en «comprensión lectora» somos los primeros del mundo, ¿no es cierto? Y la gramática castellana no falta en ninguna escuela peruana. Me entristece su partida. Pero diré que Macera ya se había ido del Perú, a su manera. Lidiaba desde Chosica, su isla Santa Elena. Pero era un Bonaparte sin Waterloo. ¿Qué gran batalla había perdido? A mi parecer, ninguna. Pero había caído en desgracia. Siento contar lo que había pasado, pero evito la  costumbre de la hipocresía en la vida limeña. Cuando volvía a ratos de Europa, preguntaba qué había pasado con Macera. Corrían los años después de que Velasco removiera la estructura de dominación y ponen, aun sin querer, a la izquierda en su cenit post Velasco  —tiempos de Alfonso Barrantes— y se vuelve moda decir, si algo era valioso y crítico, «como dice Macera». Pero luego… ¿se habían peleado? Unos profesores de San Marcos me dijeron «quiso ser Rector». Macera había sido no solo un docente excepcional sino que dirigía un departamento de ciencias histórico-sociales. Les dije que lo raro sería que aspirase a Obispo o Arzobispo, pero ¿Rector de San Marcos?  Nada más normal. Pero como lo maletearon en su amado San Marcos, se fue al lado de Alberto Fujimori. Y eso fue suficiente. Adiós a la cantaleta «como decía Macera». Lo de «fuji», no se lo perdonaron. Y él sabía lo que hacía.

En Lima no mata la muerte sino el silencio. Sectarismo e intolerancia es corriente y normal, y poco les importó el otro Macera, el pensador. Y sin embargo historiza la crítica. Tres libros suyos. Tres bombazos de quien no entra en candideces, por no decir otra palabra fonéticamente parecida. Conversando con Basadre, 1979. Las furias y las penas, 1983. Y uno menos ácido, lujoso, magnífico, vuelto una suerte de Huamán Poma de Ayala, se titula Nueva Crónica del Perú, siglo XX, de textos cortos con ilustraciones del artista, Miguel Vidal (2000). Una delicia. Se ocupa de la mala educación, de los desalojos de los pobres, del maltrato a la mujer, al anciano, o de los símbolos patrios, «a la patria pocos la quieren». ¿Qué vamos a hacer sin la sinceridad de Macera? Cuando habla del transporte, «El Tahuantinsuyo fue un imperio de peatones. Las llamas eran para cargar». Qué osadía. No se le ocurriría a Lumbreras. Los peruanos casi no leen, pero recomendaré libros atrevidos hasta mi último aliento.

En su Santa Elena, lo visitaban. Los inconformes como él. Va a verlo Manuel Burga, le hace algunas preguntas. Y Macera responde con un par de sentencias. «El Perú se ha indianizado en los últimos años». «La República es una estafa. Lo ven así porque la mayoría no goza de los beneficios que se esperaban». En mi libro, cuando esté editado: «Macera no ha dejado de ser una voz de la conciencia libre del Perú». Sí, pues, porque hay la otra, la que mide y calcula, ¿es correcto que diga algo de quien no piensa como nosotros?  

Desde que he vuelto al Perú (2003), no he dejado de decir que era el más grande historiador en vida. No creo en la otra vida, Pablo, no éramos amigos. Enemigos no. No nos frecuentamos desde la casa de Porras. Poco importa, pienso que el Perú ha sido huraño y tacaño con tu persona. Y al que cae el guante, que se lo chante.

Publicado en la revista Caretas n°2624, 16 de enero de 2020

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