Peor que una guerra

Escrito Por: Hugo Neira 230 veces - Feb• 22•21

«La verdad del escritor no coincide con la verdad

de los que reparten el oro.»

—Camilo José Cela, español

La guerra tiene sus momentos de tregua y paz, pero en estos días y meses, lo que nos llega son una serie de derrotas. Ni siquiera podemos decirnos, como en la guerra civil de España, «no pasarán». Hasta los terremotos tienen un tiempo y una fuerza y los miden. Hay una escala sismológica de Richter, de 2.0 a 7 o 9. Nunca se ha llegado a 10, sería el apocalipsis. Pero ¿qué logaritmo aplicamos cuando descubrimos —nosotros los peruanos y el mundo entero — que la lista de los que se creyeron privilegiados para vacunarse ilícitamente no son un puñado de conchudos sino 487? Funcionarios, empresarios, e incluso el nuncio del Vaticano (¿?!) Tenemos decesos diarios muy altos y también un alto número de contagiados, pero estoy pensando también en los que todavía estamos con vida. ¿Qué efectos produce ya el impacto moral, político y social cuando se pasa por un quiosko y los diarios tienen en la primera plana al retrato de la exministra de Salud Pilar Mazzeti que también fue inoculada contra el Covid-19 y el títular: Engañó al país? Cuando haya terminado la pandemia, quizá por el 2022, el número de sobrevivientes sera enormemente superior al de las víctimas de la pandemia, pero ¿en qué estado de ánimo? ¿Qué efectos dejará la repartija de las dosis? ¿Con qué logaritmo se mide la huella dejada por las mentiras y la indignación?

La pendejada del silencio. Si se habían vacunado algunos antes que otros, había que decirlo. Incluso si Martín —¿quién otro sino Martín el Vivo?, como dice Carlos Basombrío en El Comercio— hubiese dicho que la gente del aparato administrativo también tenía que ser vacunada, puesto que sus funciones los llevan de aquí para allá. ¿Pero calladitos? ¿No unos cuantos sino 487 personas? Como decía Cantinflas, ahí está el detalle. No solo Vizcarra sino gente madura y con puestos importantes, y que ahora las están viendo negras. ¿Quién les invitó a ese juego de esconderse? ¿Quién les aconsejó, Maruja la hija de una bruja? Prefirieron la maña, el matalascallando, la hipocresía. Es feo lo que ha pasado. Muy asqueroso, repelente. Ahora puede que cualquier funcionario se le suponga amigo de hacer trafas. Cuántas familias peruanas no perdonarán la pérdida de sus queridos parientes en estos meses, lo recordarán por generaciones. Hay cosas que no se olvidan.

Tirar dedo en el Perú ha sido corriente, pero esta vez, en plena pandemia, es algo muy desubicado. Ya se sabía que las cosas no iban por la avenida de la confianza dados los efectos de la corrupción de Odebrecht y Lava Jato, pero al menos tenían un Estado. Hoy ese frágil lazo entre gobernados y gobernantes se ha desgastado al límite. La distancia social entre quienes trabajan en el gobierno y la gente corriente, gracias al escándalo, ha aumentado en desconfianza. Y no sabemos qué va a pasar no solo en las elecciones (sí es que las hay) sino en la vida corriente. Eso de la distancia social (Bogardus social distance scale) es un asunto tan importante como el ingreso a las categorías A, B, C, D y E. Las vacunas mal servidas, marcan un antes y un después. Hoy tener un cargo administrativo en el Gobierno ya no es algo prestigioso.

Sin embargo las interacciones dentro de las sociedades son frecuentes, por ejemplo en los Estados Unidos, hartos los negros de ser despreciados, inventaron el «Black is beautiful». Lo negro es bello. Sin que se logre una armonía completa entre blancos y negros. Así como en Lima, «Cholo soy y no me compadezcas» de Luis Abanto Morales, que viene a ser la toma de conciencia y la Marsellesa de los emigrantes andinos hacia las ciudades y en particular, Lima.

¿De qué estamos hablando? De un tema esencial, la relación del peruano con el otro.  No con el extranjero o el turista, sino ante andinos, cholos, criollos, afros y asiáticos. O sea, ante el peruano corriente. Pero todos sabemos que después de la emigración espontánea, desde los años 40, las «ojotas porfiadas» de Jorge Basadre llenaron las ciudades y en particular Lima, y la tradición y la modernidad se mezclaron.  El Perú es hoy un país culturalmente plural. Esto lo nota Matos Mar, a la mitad del siglo XX, con la idea del «desborde». Y Golte & Adams, Los Caballos de Troya de los Invasores. Hoy hay un Perú urbano y amestizado, puesto que el campesino andino deja no solo los Andes sino también el pasado. Hay que comprender que más que clases tenemos estratos sociales, con valores y comportamientos distintos. Podemos decir que dos modalidades de vida se enfrentan: los Andes y la civilización occidental. Pero lo de occidental es más bien flojo, no tenemos una herencia alemana o italiana sino de España en su momento Imperial. Muchos sociólogos y antropólogos nos sitúan como «sociedades plurales». Y en fin, la aparición de culturas, esta vez urbanas, aumenta las identidades y no solo hay cholos y pitucos, sino novedades, lo que se llama el achorado.

Yo no digo cosas porque se me ocurran. Razono como historiador y sociólogo. Y me apoyo también en otros estudios. Por ejemplo en Lima y sus arenas: poderes sociales y jerarquías culturales, de Danilo Martuccelli —en parte francés y en parte peruano—, un libro que todo peruano debería conocer. Del achorado dice lo siguiente: son mutaciones individuales, y el achorado que ha aparecido en las últimas décadas, es la figura muy polémica. Un achorado es el que «fuerza las situaciones». Tiene la habilidad del criollo, lo cual es proverbial, y marcada por la prudencia. Y «el achorado es un atropellador imprudente; el migrante-propietario un individualista posesivo» (p. 262). Dice más cosas, tiene diversas caras para «lidiar, con ingenio, en medio de las arenas urbanas». Arenas significa algo muy inestable. Esos son los libros de los que conocen la compleja sociedad peruana, antropólogos y psicólogos, y no brujos como parece que prefería el penúltimo presidente que tuvimos.

¿Qué les pasó a los 487? Les ha faltado algo que se llama empatía. No quiere decir simpatía, un almuercito, una sonrisa, una seducción. Déjemos eso a los políticos. Concepto nuevo, empatía quiere decir la capacidad de cada uno para ponerse en el lugar del otro. Si había 487 personas —que no eran ni analfabetos ni menos cualquier gente sino profesionales—, ¿no hubo alguno que se hiciera esta pregunta: qué van a pensar los otros? Para mi manera de ver esta gigantesca estupidez y dado que no soy jurista, no me ocupo de saber si la irresponsabilidad es de ética o legal o moral. O cuántos años de pena se le daría a Pilar Mazzetti y a la señora Astete, ni de las denuncias constitucionales contra Vizcarra. Me asombra —miento, me aterra— la distancia social de estas capas de profesionales peruanos del mundo popular, y en particular, de los más pobres. Tengo la impresión de que no nos hemos librado de las costumbres coloniales, pese a dos siglos. Se han portado como los oidores criollos antes de la llegada de San Martín, o sea, han pensado sin decirlo, «merecemos este privilegio». Y los negros, los indios, los cholos, pueden esperar, porque somos los mejores. Lo peor es que parte de ese pensamiento es cierto. Pienso en los rectores y vicerrectores, las altas autoridades de la Universidad Cayetano Heredia y San Marcos. Qué lástima esa pérdida. Es el caso del Dr Málaga: su error no es vacunarse tres veces sino otra cosa, profundamente anclada en el pensamiento de «los zorros de arriba», como diría Arguedas. Y consiste en sentirse distintos y superiores. Y algo peor, no son republicanos, no creen que vivir en una república como la peruana, es vivir con gente que es tu igual. No lo creen ni amarrados. No son ciudadanos, aunque fueran excelentes científicos. Manejan las ciencias naturales del siglo XXI con la mentalidad social del siglo XVII. Y esto debe preocuparnos: por una parte, el pueblo no es tonto, y se siente humillado, marginado, despreciado. Y por otra parte, ¿cómo se puede tener democracias cuando ese régimen político, desde los antiguos griegos, necesita que haya ‘demos’? Igualdades. No lo tenemos. Tenemos estratos. Unos encima de otros. Por eso no hay una identidad peruana sino identidades distintas que además se detestan. Es hora de decirlo.

Pero como decía mi abuelita, que era arequipeña italiana, Angélica Damiani, «no hay mal que por bien no venga». Se les ha caído la máscara. Viven con nosotros peruanos poscoloniales. Dispuestos por supuesto a todo tipo de despotismo, de izquierda o de derecha, con tal que ellos sean lo que fue la nobleza colonial en el Peru virreinal. «La pobre y tonta nobleza criolla» la llamó nada menos que Riva-Agüero. No tuvieron ningún poder cuando vino la Independencia. Les salió de la nada la gente de abajo, los mestizos, los que sabían montar a caballo y guerrear —Gamarra, Ramón Castilla, los caudillos—, 40 años de guerras civiles. Y acaso es lo que se nos viene encima. A veces la historia castiga y se repite.

En fin, no estamos en la modernidad. Se fabrican distancias sociales. Prolongamos castas y etnias que vienen de la colonia. Y el Estado, que se dice peruano, en vez de entender y servir a la variada comunidad que habita este territorio, acaba por insultarla, jugando a esconder las llaves de la vida. Qué bien. Ya sabemos qué son. Marqueses y duques fallidos. Al borde mismo de la huachafería. Y esas vanidades no se curan con vacunas. Jugar al secreteo y tener adivinos. Genial. Eso en pleno siglo XXI. Si lo cuento en el extranjero, no me van a creer… ¡Para qué la novela si la realidad peruana es absolutamente surrealista! Nos vemos el próximo lunes.     

PD: estoy completamente en desacuerdo con Darío Sztajnszrajber, filósofo argentino. Él sostiene que el bien y el mal están en crisis (El Comercio, «Luces», 21/02/2021). Desde Kant, sabemos todos los seres humanos cuándo hacemos el bien o el mal. Y desde el cristianismo, hace 2000 años, que existe el libre albedrío. En el campo del pensamiento, muchos argentinos son europeos de cuarta categoría. Lo que dicen es para llamar la atención.

Publicado en El Montonero., 22 de febrero de 2021

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