Prólogo. «Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. Autobiografía»*

Escrito Por: Hugo Neira 2.390 veces - Feb• 04•16

Había una vez un niño limeño que viene al mundo a inicios del siglo XX, en 1913, en una casa de la calle Belén, y retoño de un antiguo árbol familiar, pronto lo llevan al mejor kindergarden de la ciudad y luego al colegio de la Recoleta, de monjas y curas franceses que le inculcan el gusto por la lectura que lo acompañará toda su vida. Por si no fuese poco, además lo dotan de un francés impecable y de una sólida cultura católica. Su infancia se mece en el traqueteo de los coches a caballo, los rezos de la madre, la biblioteca del padre; vive bien esa familia, pero «sin el culto desenfrenado al dinero». Lima se detenía en lo que hoy es el Parque de la Exposición. Todo indica una vida plácida para ese niño, «la comodidad» dirá más tarde en sus notas autobiográficas. Sin embargo, no será la suya una vida de medianías, como lo era por lo general en la clase alta, la de los infantones que caricaturiza Pardo y Aliaga en el niño Goyito. Llamados «niños» por las ayas, madres y abuelas de la infancia a la vejez. Otro será su destino.

Uno de esos días, acaso el azar quiso que a los 18 años y con un grupo de amigos, asistiera a un mitin en una plaza de toros y escuchara a un asombroso orador.  Se trataba de un hombre político, uno nuevo, de una treintena de años, que acababa de desembarcar de una Europa en llamas, y esa tarde revela al público y al joven Nicanor un Perú muy diferente de la tradición  y del círculo social de grandes familias limeñas de innumerables primos, en el cual hasta entonces ha vivido. Y entonces todo cambia. Abraza una causa. Lo espera una existencia singular. Varios exilios, varios retornos. A veces perseguido, otras veces elegido parlamentario o embajador. Al lado de  proletarios de su partido que se llama «del pueblo», aquel hijo de buenas familias, Nicanor Mujica Álvarez-Calderón, aprista hasta la muerte. Y por sus escritos, vida e ideas, más allá del ángel de la guadaña. ¿El gozo de la militancia, de la entrega, pero igual el dolor de las deportaciones, de la lejanía? Y pese a todo, la fina observación de otros mundos, lo cual está en las apretadas libretas que este libro recupera en parte.

¿Qué ocurrió? Se diría que sobre la dorada cuna las hadas se habían asomado para dispensarle el buen hogar, pero otra hada, más bien temeraria, le habría hecho un extraño don. El de la generosidad.  ¿Y qué es esa virtud? No solo es moral sino cívica, social. Acudamos a la filosofía. «Generosidad: cuando alguien, conducido por la razón, desea que los otros posean aquello que él mismo ya posee» (Comte-Sponville). ¿Es eso lo que quiso Nicanor? Su familia no era adinerada pero sí bien tradicional, y un vislumbre de lo que será su vida se asoma en las lecciones de la muy cristiana madre que no cesa de indicarles, a ese niño y hermanas, los «asuntos sociales». ¿Intuición materna o destino? ¿Cómo pudo ocurrir esa transferencia de valores y esa suerte de exigencia que sobrepasa los límites de la familia misma y la parentela, a amigos y primos, para pensar en ese otro, el peruano pobre, tan lejano? ¿Sobre todo en la Lima pequeña de los años 30, poco republicana y poco inclinada en sus capas acomodadas a percibir el dolor de las clases subordinadas? ¿Qué ocurrió con el joven Nicanor de varios apellidos resonantes, para optar por ese deporte tan riesgoso que es hacer política en el Perú? ¿Y en  particular, política social? ¿Y sobre todo, por esos años peruanos, política aprista? ¿Y el joven Nicanor, educado en el gusto por la razón y la lógica aprendida en las aulas de curas franceses, en esa hoguera de la vida peruana de los años 30? 1 Los más feroces de la vida republicana.

No vamos a buscar una o varias causas a su voluntarismo. Acaso las desechamos al mencionar la rara virtud de la generosidad. Sin embargo conviene recordar, paso a paso, cómo se construye, en su caso, el perfil de un rebelde. Quizá haya que mencionar el propio punto de partida, el estatus de sus padres. La familia de Nicanor Mujica era políticamente civilista, pero no por ella exceptuada de agravios.  Su primera juventud coincide con los años del usurpador Leguía, y este deportaba a sus rivales, en particular a los civilistas, «como quien cambia de camisa». (Las víctimas, V. A. Belaunde, Barreda Laos.) O los ponía en aprietos económicos. El caso es que en 1931, los Mujica Álvarez-Calderón se ven obligados a dejar la casona limeña, se mudan a Chorillos, donde el adolescente del que hablamos conoce nuevos amigos y frecuenta los deportes marítimos propios al club Regatas. Pero, como decíamos, Haya de la Torre ya había desembarcado de Europa,  después de conocer México insurgente, el Oxford de profesores inconformes y la Rusia bolchevique de Lenin. Era, pues, un líder magnético, se le acercaba la gente, entre ella gente joven, incluyendo muchachos de la juventud dorada limeña. Se explica, pues, que los padres de Nicanor, temiendo que se contagie de las ideas subversivas entonces en curso, y dado el hecho de que matriculado en San Marcos no podía seguir estudios porque el dictador Sánchez Cerro había suspendido los cursos, lo envían a Chile.

Ahí estudia filosofía del Derecho, economía política y otras materias. Escribe una sonada carta a los prisioneros políticos. Es solidario de los apristas en prisión. Y regresa al Perú. En 1934 va a comenzar la Gran Clandestinidad. Tiene 21 años. Deja estudios y abolengos a sus espaldas. Al volver a Lima será el «enlace secreto» preferido de Víctor Raúl Haya de la Torre quien vive a salto de mata, como la elite de su partido, perseguido por la policía del general Benavides. Se entrega a la acción.

En el destierro, conocerá Francia vencida y la Alemania nazi, se casa con francesa, tiene un hijo (coautor de este libro) retorna por mar desde Cádiz a la patria en 1942, dejando atrás una Europa en llamas y hallando un Perú sin libertades. El país es así, alterna  despotismos transitorios y procesos interminables de retorno a la legalidad. A veces hay elecciones, a veces no. Cuando vuelven las urnas y los votos, será elegido tres sendas veces representante. En  1945, 1963, y en 1980, senador. Y entre una y otra, una segunda deportación. En 1950. Hacia Guatemala. Cosas del Perú, alejar por la fuerza a los que discrepan. Con sus progenitores —en especial con la madre— no ha dejado de tener correspondencia (y este libro la rescata en parte, véase Cap. III. Iniciación y compromiso). No le piden, padre y madre, que abjure de sus creencias partidarias pero sí que no deje de ser honrado. Y el hijo de esas viejas familias dadas al cuidado del honor familiar, se las arregla en el exilio para hallar formas decentes de sobrevivir. «Tengo honradez —responde a la madre— para conmigo mismo, para con mi país y mi generación». He tenido honradez para con ustedes, añade. O sea sinceridad: «en los salones aristocráticos nunca me he negado políticamente». {…} «Por eso milito, en las fuerzas de renovación, de esperanza, de juventud, en las fuerzas de izquierda». Para los historiadores de las ideas en  el Perú les señalo lo siguiente: para Nicanor en esos años, aprismo e izquierda era lo mismo.

Ahora bien, para fortuna nuestra, el exalumno de la Recoleta guarda el hábito de los cuadernos de notas. Son cosas que suelen hacer los europeos, raras en nuestras costumbres. Algunas de esas hojas de vida por otros mundos —además de la correspondencia— están en este libro. Y son notas magníficas. El exiliado sabe observar y describir otros pueblos y circunstancias. Intuye al genio y alma de otros pueblos y lugares. Su literatura de viaje —ese es el nombre adecuado para esas páginas— no es en su caso una frivolidad. Es arte. Siempre y cuando el desterrado tome el alejamiento como una calamidad familiar —y lo es—, separa hijos y padres, anula una vida estable, pero  también  puede ser ocasión excepcional para comprender el mundo, la política misma, tras la observación de la suerte y la desgracia de otros pueblos y naciones. Los grandes políticos se hicieron muchas veces en el exilio. Sarmiento, arrojado por el tirano Rosas, en Chile. Bolívar en Jamaica. Lenin, un tiempo por Suiza y Alemania antes del desplome zarista de 1917. No estaba en Rusia, regresó. En cuanto a los compañeros de Nicanor, esa generación de los apristas de los años 30, regresaba del exilio mucho más sabia, más dotada de conocimientos. Acaso porque habían seguido un curso de realismo impuesto por el azar de la vida en otras realidades, cuyas circunstancias enseñaban tanto o más que la  propia. Viajar era como ganar tiempo. Era como el periodismo o la militancia, la universidad de la vida.

Por mi parte reconozco que conocía, antes de hojear las pruebas de imprenta de este libro, las crónicas de Manuel Seoane, las estupendas de Luis Alberto Sánchez, sin duda las de Haya de la Torre sobre la Europa Nórdica, en alguna edición que lleva un prólogo mío. Pues bien, las páginas de Nicanor, de sus viajes, tras sus libretas de notas, compiten con las mejores notas de otros viajeros sudamericanos. Porque tiene un valor añadido, el del hombre político. Describe la Francia humillada tras la derrota de 1940, y de cara a la Alemania nazi, se detiene ante los enormes estadios, con cabida para 400 mil militantes, mandados a hacer por Hitler que era católico y de alguna manera reinventa la misa de masas. Canetti dijo lo mismo, y era sefardí, en Masa y poder. Todo aquello observa Nicanor en la penuria del destierro vuelto estudios. Y esa traza de su pensamiento está en esta obra.

Luego de esta apretada sinopsis de su juventud, conviene detenerse. Si se ha revelado una vocación por la política, y la más irruptiva, ¿por qué lo ha hecho? Hemos avanzado algunos datos, pero cierto voluntarismo generoso no nos parece suficiente. Y si nos movemos con categorías sociohistóricas —civilismo, leguiísmo, aprismo, — somos dependientes de la carga de emocionalidad e ideología que con ellas vienen. Y si caemos  en medio de la vanidad de las hagiografías y en el maniqueísmo de las pasiones locales, entonces ni este libro, ni este prólogo, tendrían sentido. E incluso, el intento de  comprensión de la vida y las decisiones del propio Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. Así, pues, quisiera llamar la atención a algunos aspectos empíricos de esa vida, de ese tiempo de la vida peruana.

El primero de todos, la relación entre el joven que queda cautivado por un discurso y el autor del discurso, en una plaza de toros. Contrariamente a lo que podemos pensar, hay en ambos rasgos en común. Rasgos sociales. Si Nicanor provenía de muy antiguas y conocidas familias, lo mismo ocurría con Haya de la Torre. «Hay entre sus antepasados gente con blasones de aristocracia provinciana» dice un escritor de esa época.2  Pero don Raúl Edmundo Haya y Zoila Victoria de la Torre y de Cárdenas, los padres, no eran ricos. Eran una suerte de clase media. La diferencia con los padres de Nicanor era solo geográfica, no eran limeños los de Víctor Raúl sino «aristocracia provinciana». Igual ambas familias envían a sus hijos a colegios religiosos. Los de Haya son el colegio seminario San Carlos y San Marcelo, de curas diocesanos de Trujillo. Es decir, los que forman sacerdotes para que estén «en medio del mundo». No quisiéramos abusar de las analogías, pero es evidente que el carácter social que ambas instituciones escolares dotaban a sus escolares, era una suerte de estructuras cognitivas y morales próximas o acaso las mismas.

Hubo algo más en común en el contorno cultural. Hay «pedagogías» que no están en las aulas ni tampoco en los hogares. Es muy sugerente la disposición al deporte en ambos personajes. Este es un aspecto que se suele olvidar cuando se evoca las huellas vitales de Haya, y es corriente porque historiadores y sociólogos prefieren sobreinterpretar los discursos, desdeñando otros aspectos. Nosotros en cambio estudiamos en estas breves líneas individuos y las causalidades que los llevan a reconocerse, y no desde analogías superficiales. No lo son la familia, la escuela, y menos el deporte. Y ambos, el trujillano y el limeño, eran remeros. Hacían boga, como se dice en Lima. Es decir, un deporte donde cuenta el esfuerzo personal y a la vez, el equipo. Hay que tomarlo en cuenta. Un tipo de sociedad y el tipo de deporte, desde la equitación, el remo o el tenis, o el fútbol, tiene «una distribución socialmente diferenciada».3 En ambos personajes, es la misma. La idea del individuo responsable no es innata. Ni la idea de un tipo de hombre autónomo. A los dispositivos escolares y familiares se suman los deportes. La idea, por ejemplo, de trabajar por sí mismo.

Falta algo más. ¿Qué los prepara a la frugalidad, a las limitaciones que sobrevienen en la gran clandestinidad para Haya de la Torre y los exilios y errancias de Nicanor? Tengo que usar un concepto sociológico que proviene de las canteras hermenéuticas de Bourdieu, el del habitus. Es decir, una disposición social específica que se aprende en la niñez, en el entorno familiar-escolar-deportivo. Es una prolongada socialización la que atraviesa cada infante, cualesquiera que fuese su clase o su tiempo. ¿El ascetismo de esas escuelas de diocesanos y recoletos los preparó para sendos destinos? No estamos diciendo que en la Recoleta de Lima o en el Seminario San Carlos de Trujillo se propusieron fabricar revolucionarios apristas, no. Pero no es delirante o desencaminado pasar del habitus de un tipo de familia (muy católica), una escuela (muy exigente) y unos deportes (muy personales) a virtudes como la autodisciplina (típica en partidos de izquierda) y la solidaridad, el gusto por la competencia sin la cual no hay actitud democrática. Y la idea del juego limpio, y diríamos, la de la voluntaria renuncia a tener muchos bienes que asombra en esos apristas. En los de los años 30.

¿Qué generalizada era esa educación cuyas disposiciones permitían la construcción de individuos bastante distintos de los que hasta entonces formaba la vida peruana en sus clases medias y altas? Es de asombrarse, pero un breve repaso a la gente que se acerca a Haya en los inicios de los 30 nos va a decir que el deporte riesgoso de una política distinta podía ser asumido por otros peruanos. Luis Heysen, hijo de un inmigrante alemán, estudia en un colegio nacional, se acerca a Haya, deportado a Chile, luego en la Argentina estudia agronomía, más tarde economía en la Sorbonne, conoce Alemania; ingeniero agrónomo y sociólogo. Como Nicanor, viaja y estudia, el exilio útil. La universidad de la vida y el variado mundo. Manuel Seoane, fundador y primer director del diario La Tribuna, hijo de don Guillermo Alejandro Seoane Avellafuertes, que no era cualquier hijo de vecino, diplomático y jurista. Manuel, el «cachorro», hizo estudios en colegios religiosos, entre ellos, la Inmaculada de Lima. O el caso de Antenor Orrego, el mismo colegio religioso que Haya a quien llevaba algunos años, motor intelectual del grupo del Norte en el que estuvo Spelucín y César Vallejo. Sobre Orrego dijo Luis Alberto Sánchez: «Ese hombrecillo menudo, de prematura calva, ojos rasgados y azules, tenía las ideas claras». ¿Qué era esa humanidad peruana de talentos? Era una elite de estilo desconocido. Que en política no sería la piérolista, cacerista, civilista, leguiísta. Una incómoda novedad. Y las mutaciones, en la sociedad y en la natura, no son apreciadas hasta que se impone, o perecen. Esto no es Marx, es Darwin.

Mucho de estos hechos son conocidos. Han sido tratados por historiadores. Pero si para describir la realidad social nos debemos a la empiria histórica de los hechos, eso mismo tiene un límite. Estamos aquí para plantear una problemática. Una vez por todas preguntémonos por lo originalidad radical de la generación de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. La cuestión que se plantea ha hecho necesaria las páginas anteriores. Nos hemos ocupado de presentar, a grandes rasgos, el contexto social de esa generación. Sus orígenes, pero sin reduccionismo alguno, no todos fueron de clase media y con hogares muy pegados a una vida con valores éticos y religiosos. Hemos establecido el perfil de los más notables, sus parecidos no son naturales sino culturales. Y de alguna manera, la identidad de cada uno, y la identidad grupal. Se semejan: la pasión por el poder, la cultura, y algo más. Sobre esos dos campos, poder y cultura, los positivistas les preceden. En un discurso, uno raro en su caso, referido a su propia persona, Raúl Porras —hombre de la misma generación pero que no militó en el aprismo, aunque lo acompañase varias veces—, dijo lo siguiente: «la generación anterior había marcado una tónica de optimismo idealista y su nota espiritual distintiva fue la tolerancia. La nuestra arribó con un criterio más realista, más apegado a los hechos». 4 Y esta idea sencilla y enorme, la nuestra «derivaba del sindicato».

¿En ello cabe toda la problemática? Prolonguemos lo que no alcanzó a decir el maestro Porras. Su generación fue una sorpresa nada grata para las clases dominantes. Una de rebeldes en las que había no solo apristas sino indigenistas, liberales como Porras, socialistas como Mariátegui. Y ese advenimiento no es cualquier cosa. Un sociólogo francés de nuestros días, Jean-Claude Passeron,  habla de «la peur de l’impensable».5 El temor a lo impensable, y eso es lo que sobrevino ante el elenco directivo del aprismo. No solo como se ha dicho el temor a las masas sino otro menos visible y acaso más poderoso. Las elites —mucho más que los grandes propietarios de latifundios— sintieron la amenaza de otra elite rival capaz de dos cosas a las que en el prolongado siglo XIX e inicios del XX, no habían llegado jamás. Venían conociendo el territorio social de las clases emergentes en la urbe y en el campo. Y de paso, los trastornos en el mundo europeo y en la escena mundial. La gente como Nicanor conoce a los pobres y a los que protestan, incorporan a los artesanos y obreros anarco-sindicalistas, y además, no solo conocen el mundo europeo y el extranjero sino que prosperan en los exilios, pese a sus apuros y estrecheces, y regresan cargados de un poder simbólico que las viejas elites, pegadas a sus haciendas, a sus diminutos bancos, ni conocen ni disfrutan.

¿Una elite por un lado nacionalista y enraizada en lo popular y por el otro lado cosmopolita? Sin duda, pero no es el cosmopolitismo de las viejas familias que iban a la Provence en los años de la Belle Époque con una parentela enorme y numerosa servidumbre, nada de eso  estaba en el itinerario de Haya por la Europa de la entreguerras. Detestaba la Rivière, sus casinos, salas de juego, y hasta el tango. Nicanor, por su lado, gozaba de aprender en la gran escuela de la vida europea y guatemalteca que le brindaban la feliz desgracia de ser un exiliado casi bíblico. En hebreo, el nombre de Abraham quiere decir el que pasó al otro lado. El que sabe porque aprende y vuelve.

Variación de contextos, de roles, ¿los conocimientos que se producen en el azar de la vida de excluido? Algo más, mucho mayor. Por describir solemos historiadores y sociólogos olvidar por qué la disposición a unos y otros discursos cambian en los procesos históricos. Vayamos, pues, sin mayor tardanza a lo que le ocurre al Perú y sus actores sociales en ese tiempo eje, los años 30. Está en las visiones espontáneas del mundo social que se interrumpe, y no hasta ahora en nuestras elaboraciones. En 1931 se derrumba no solo Leguía sino un mundo, el capitalismo liberal con la crisis de 1929. Era un impasse mayor. Y ya los civilistas, entre la clase dominante, habían sido desplazados y de mala manera, por la gente de Leguía. Y Sánchez Cerro llega, con un séquito que no garantiza ni el poder ni la legitimidad. Esa crisis era de alguna manera el fin de una sociedad tradicional. Era un tajo de la historia, aun peor que la derrota ante Chile en la Guerra del Pacífico. Y los razonamientos políticos e históricos de las clases tradicionales, ni de modo intuitivo ni científico, estaban preparados para una elaboración ajustada a las circunstancias. A lo más se le ocurre a José de la Riva-Agüero, lo que se llama un “mixto lógico”, el mestizo. Un criterio para comprender los días coloniales no los del siglo XX, no los de los años 30, cuando el contexto social giraba a reclamos de clase, modernidad y racionalidad. Era preciso una intelectualidad liberal-conservadora para vincular la idea republicana a la emergencia de otro tipo de actores, de público, a otro repertorio. No la tenían.

Y cuando no se puede ganar, hay una manera de no perder. Consiste en suspender el juego. Pusieron a sucesivos tiranos, unos militares y otros civiles. De 1934 a 1945. Cerraron el teatro, recordando a Erving Goffman, la metáfora teatral aplicada la política de las sociedades abiertas. Luego un paréntesis, 1945-48. Y de nuevo el Perú vuelve a ser un teatro vacío. De 1948 a 1956.

La vieja elite no pudo manejar el país sino a través de delegaciones a los poderes fácticos que tenían armas, para mantener lejos o en las cárceles a la nueva elite. Sin duda, esta crecía en saber, tras los exilios, pero pasaba el tiempo y envejecían sus líderes. La clase dominante y no dirigente, ganaba miserablemente el tiempo. Ciertamente, el país despolitizado se despierta en 1956. François Mujica tiene un juicio claro sobre ese punto. «En 1956 se inicia, a mi entender, sin que los apristas lo perciban,  una etapa inédita en sus vidas. Hasta entonces la primera generación, los fundadores, y la segunda, los fajistas, habían vivido más de tres décadas, desterrados, presos o perseguidos, sin trabajo fijo, familia establecida, tranquilidad y progreso material. Muchos superaban los 40 años de edad y algunos los 50.» Otro país esperaba a los ausentes. Habían aparecido nuevas capas medias, fruto del boom exportador bajo el general Odría. Y eran clases conformistas. El resto de la historia la conocemos. No hagamos ni siquiera el agravio de resumirla.

¿Podemos arriesgar una sobreinterpretación? El sentido que le atribuye el investigador a una época o situación, y que no siempre coincide con las actitudes y consideraciones reales de los seres humanos en la elección de sus opciones. El actor social siempre tendrá una idea incompleta del tiempo en que vive. La descripción de su realidad será siempre posterior. Eso lo sabían los griegos, por eso inventaron la historia, como un relato a veces sin sentido. Todo esto no nos aparta de los «hechos», al contrario, nos devuelve al joven Nicanor. Y para entenderlo vamos a asumir un terreno, al cual una sociología pretenciosa no suele acudir, el del sentido común.

Volvamos a la primera juventud de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. Podemos suponer que no era tan descabellado, conociendo las virtudes pero también los límites de los civilistas, contertulios de sus señores padres, el interesarse por eso que era audaz, renovador, que aparecía cargado de una gran novedad, y que lo que se estaba formando tenía diversas exigencias, sin duda, el riesgo, la entrega, pero su alma de cristiano ya tenía un lugar para ese tipo de deber. En cuanto los estudios ¿no era una suerte de vasto aprendizaje esa militancia? Había en efecto dejado de estudiar en San Marcos (cerrado por entonces, bajo Sánchez Cerro) y por volver a Lima había dejado sus estudios en Chile. Esas renuncias pueden parecer desatinadas. Pero acaso habría pensado que el oficio de político se aprendía en la práctica de la acción misma. Nicanor, por lo demás, asiste a la vida de un Haya de la Torre escondido, en lo que llamaban las catacumbas, con todo el sentido cristiano y clandestino del término. ¿Y acaso no había visto como el compañero Jefe trabajaba pese a todo y leía innumerables tratados? Y la preocupación de Haya en plena clandestinidad por hallar un ejemplar de Hegel que se le había extraviado, esos dos tomos, justo aquellos que había llenado de anotaciones. ¿No era, por último, el aprismo, un partido-escuela?

¿Para Nicanor Mujica Álvarez-Calderón, era realmente un desclasamiento su militancia aprista? Desde el punto de vista crematístico, empleos, situaciones, sin duda alguna. Pero en el primer destierro visita a sus familiares, que le reciben con los brazos abiertos. Acude a reuniones sociales, de sus visitas a París, Burdeos y Biarritz, llena 8 cuadernos como carnet de viaje (François Mujica). Exilado y todo, sigue siendo un hombre de mundo. «Ayer almorcé en el Ritz, me invitó Alfredo Gonzales Prada». Se fija mucho como se viste la gente. Fulano de tal, «con un traje plomo». Tal señora, en París, con «un gran traje morado». Y añade, irónico, «parece un obispo». No ha perdido ni el humor ni la alegría de vivir. Pero tiene sus ratos de melancolía. Se despide de un amigo, de un desterrado aprista, Bernardo García Oquendo, «sabe dios cuándo nos reunirá la rueda de la revolución o la vida».  Va a ver una ejecución en territorio francés y la describe admirablemente. ¡Qué gran cronista internacional se perdieron los provincianos diarios limeños de esos años! La que será la esposa (la madre de François) aparece discretamente en la página 159. Bérengère Marguerite Serelle. Se han casado. La situación sin embargo es precaria. Muere el padre, don Elias. Nicanor se hunde de dolor. Luego, se fuga de una Francia ocupada tras un recorrido funambulesco, pasando por Pau, rumbo a Marsella, luego a Cádiz y al navío que lo lleva a la libertad.

En la zona alemana había dejado su vieja máquina de escribir y dos cajones de libros. Al volver a Chile, se encuentra con Juan Seoane, recientemente salido de prisión. Y anota en su cuaderno: «Diez años de odio no pesaron sobre él». Y es lo mismo que por Nicanor se puede decir. Nicanor, el gentleman aprista. Pero cuando retorna al Perú, y desde la página 186, emerge una figura política, ambigua, desconcertante, peligrosa. La figura de José Luis Bustamente y Rivero. La primavera democrática se anuncia breve. En 1948, es Odría el guardián del desorden peruano. Un gran constructor de anomia, aunque de buenos colegios para niños pobres. Paradójicamente, en esos colegios, porque había buenos docentes y había cursos de historia, algo comencé a entender del aprismo y del antiaprismo, de nuestras pasiones y divisiones. Acaso para evitar la molestia de pensar, en años posteriores, desaparecieron.

Este libro es en parte una autobiografía. Es también el estudio de textos en un contexto que los acompaña, hecha por François Mujica. Y además es algunas descripciones de la vida clandestina de Haya. Libro por momento no solo doble sino triple. Sería, pues, ligereza y error tratar sumariamente su estructura interna. Como lo explica François Mujica desde las primeras páginas, estuvo en la intención de Nicanor, su padre, una memoria. Haya de la Torre, insistía que contara sus recuerdos, «y se despedía con un fuerte golpe en los hombros diciéndole: – Escribe Nico». Lamentablemente —dice su hijo en este mismo libro— «mi padre no pudo completar ese cometido». Y agrega: «ojalá que este libro sea útil» y luego cita a varios estudiosos, de Basadre y Cotler a los actuales,  «que han reconocido las virtudes y defectos de la teoría y práctica del Aprismo responsablemente». Y recuerda de inmediato las tergiversaciones y manipulaciones de las que ha sido objeto el Apra y un tipo de historia peruana que finge ser académica y no lo es. Hay que decir, entonces, lo que es este libro. Y no es simple. Cierto, están los textos de Nicanor pensados acaso para una antología o una biografía, o para ambas. Está la correspondencia, con sus padres, con Haya de la Torre, y con el hijo que ha armado este libro. Entonces, ¿un solo autor? No, algo más bien excepcional.

En el presente libro, estamos ante una coautoría de padre e hijo. A primera vista, la estructura de este libro gira sobre los textos de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón, a saber, los recuerdos lejanos de su niñez y juventud, el paseo con las hermanas por el parque Neptuno, de la tía Pitina, o el terraplén del ferrocarril Lima-Chorrillos. De la Recoleta, la Madre Bertha, la primera Comunión, los ejercicios de composición de escritura, la caligrafía, la gimnasia y la aritmética. Las lecturas de Verne. Chorillos, San Marcos de 1930 y de pronto, François rescata una nota epistolar sobre Raúl Porras, uno de sus profesores en la Escuela Preparatoria, junto a Jorge Guillermo Leguía, Sánchez y Basadre. Todos estos textos se distinguen porque están puestos en letra cursiva.

Pero no solo están los textos del padre, sino los que conciernen al aprismo. Un ejemplo en «El Apra: La Gran Transformación» (Cap. III), las citas corresponden a diversos historiadores e investigadores que han tratado el tema del aprismo y que François ha considerado pertinente incluir, Jorge Basadre, Carlos Contreras, Pablo Macera, Julio Cotler, Hugo Neira, Alberto Vergara. Esta obra no es, pues, la simple recuperación epistolar del padre y de sus estupendos ensayos de viajes o sus reflexiones sino algo más.

Voy a arriesgar una opinión personal. Francisco o François Mujica me ha confiado este prólogo con confianza y total libertad. En ningún momento ha dado señales de querer orientar mi personal lectura en uno y otro sentido. Somos amigos, pero por muy paradójico que esto resulte, no hemos conversado. Precisamente para que estas líneas sean limpias. Y por mi parte, he leído cada una de estas páginas, lápiz en mano, minuciosamente. Y confieso que mi intención es entender su sentido profundo, y las razones de su arquitectura.

Mi asombro y placer ante la lectura de textos de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón ya lo he expresado en las páginas anteriores. Sobre la organización de estas páginas, sobre su orden interno, tengo una hipótesis. Creo que François ha considerado insuficiente publicar las páginas de su padre en tanto memorias o un cuerpo antológico. Por si solas acaso no habrían sido entendidas. Los abismos entre generaciones, la mala fe, lo mucho y contradictorio que se ha dicho del aprismo, no prepara para nada a una lectura sobria y sin a priori. En el caso de Nicanor Mujica Álvarez-Calderón no estamos ante un aprista más, sino ante uno de los fundadores. Seamos francos, no han llegado para el Perú los tiempos calmos y ecuánimes que permitan una lectura directa y sin mayores explicaciones. El autor sabe que la imparcialidad no existe en nuestro país en materia de textos ideológicos y políticos. Menos con el aprismo de los años 30.  Sabe, además, que varias promociones de escolares no conocen la historia del Perú, no digo la historia política,  ni conocen la elemental sucesión de presidentes en el siglo XX, privados de cursos de historia desde los años 80. Entonces, no hay más remedio que librar los textos originales, pero acompañados de un cuidadoso y extenso contexto.

En pocas palabras, Mujica hijo, es el Virgilio de la Divina Comedia que acompaña al lector —en particular si es un joven— en esta visita dantesca a los infiernos y purgatorios peruanos que la ñoñez reinante quiere olvidar y ocultar. Si esa ha sido la intención, no hay duda que ha tenido razón. Nicanor Mujica Álvarez-Calderón es presentado y explicado paso por paso. Es un torrente de información lo que nos ha dejado el Embajador y senador Mujica, pero es necesario la contextualización que ha elaborado su hijo. Lo que los hace doblemente inteligibles a esos textos. Por momentos cartas, por momentos ensayos breves y fulminantes. Pesan los contenidos, pesan las circunstancias. No están deshistorizados.

En suma, la arquitectura del libro mismo es la obra del padre y su vida, y también una historia general de la vida política peruana. Acudo a una metáfora para mejor explicarme. La de Asclepio, dios de la medicina en los griegos. Su ícono un caminante en el cual el báculo se enreda una serpiente. Una otra idea, de una doble hélice, viene de nuestros días. El ADN, me refiero a la estructura en doble hélice. Es Nicanor Mujica Álvarez-Calderón y el Perú político y es el Perú político y Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. De un lado, girando sobre el aprismo, sobre Nicanor el padre, la vida del exilado como los muchos congresos del partido aprista en esos años. Y del otro, el encadenamiento de hechos y situaciones, incluyendo Belaunde, Sendero, Fujimori; ya no el aprismo y sus fundadores, sino volens nolens, una historia del Perú del siglo XX. Se quiera o no se quiera.

¡Y qué trabajo! Están los ancestros, venidos de Cádiz, y luego los linajes paternos y maternos. La de  «la sólida carrera administrativa» como los de «la exitosa ferretería», los Gallo Mujica hermanos, de la calle Lescano n°13 del Cercado de Lima; y el nacimiento del diario La Tribuna a 10 centavos el ejemplar, el 16 de mayo de 1931. El pasaje sangriento y fatal por la historia de Alberto Mendoza Leiva que mata a Sánchez Cerro en 1942. Y el congreso local de la federación aprista juvenil que funda los fajistas. El golpe de Benavides para impedir la victoria de Eguiguren con votos apristas. La muerte de Arévalo, el líder obrero creador del saludo «Fe, Unión, Disciplina, y Acción». El destierro, la llegada a Southampton, las regatas de Oxford que el padre de François va a presenciar antes de irse a Francia; los mítines de los comunistas franceses y encuentra bastante mediocre al líder Thorez. Y más adelante, las agitaciones del coronel César Pando y Víctor Villanueva para dar un golpe. Las detenciones del 3 de octubre de 1948, el destierro a Panamá, luego Guatemala, tierra del Quetzal. La crónica que le inspira Chichicastenango. La opción por la legalidad, el III congreso nacional del partido aprista. La frustración ante los resultados electorales de 1962. Hasta unas páginas muy importantes sobre los pasos de Haya antes de su muerte. Y luego continúa. La llegada del Apra al poder tras 54 años de su primera participación electoral. La campaña del 90, Vargas Llosa. Cuando llega Fujimori al poder tiene 77 años de trajín político, dice François Mujica.

Una obra a la vez íntima y monumental. En este libro, en donde está el padre, el hijo y un tanto el espíritu de Haya, su manera de ser, su huella.

Hace bien François Mujica al rescatar un aspecto bastante descuidado en las biografías de Haya. La austeridad de su vida, tanto en los años de persecución como después, en tiempos menos agitados, en Villa Mercedes. De lo primero se ocupa el autor en el Cap. VI, dedicado “a las tribulaciones de Víctor Raúl”. No solo el cerco policial, la posibilidad de caer de nuevo en prisión, sino los pocos o inexistentes recursos para vivir. Hay toda una bibliografía sobre préstamos de cinco soles, de envío de dinero por los compañeros, o del propio Haya a los fajistas para una de sus reuniones, unos 70 soles, que si no los usan, pide se los devuelvan. Por momentos la máquina de escribir, que tanto necesita el compañero Jefe para escribir, porque es silenciosa, y escribir de noche, una Noiseless, parte a la casa de empeños, probablemente por unos días para poder comer. Haya, entre tanto, en las casas misteriosas donde se cobija, se viste humildemente, alpargatas de soga, overol caqui de una sola pieza, y en una familia que lo esconde, pasa por ser el tío Eduardo; y dos niñas, que lo saben todo, se callan.

Es bueno que se sepa todo eso. Para los candidatos por centenares que se presentan a los comicios presidenciales estos años. A los que van a escuelas para aprender ingenuamente a ser líderes. ¿No saben que no se estudia ni para líder ni para guía? Esa asignatura es una patraña. El liderato es un rol, una función externa a quien la recibe,  un papel que los demás te dan, o no te dan. No dependen de una profesión o actividad. Sino del carisma, el concepto más misterioso y más evidente de la vida política en todos los tiempos. A veces nace el líder carismático porque alguien lo persigue, casi en las condiciones como las que se crearon en torno a Haya de la Torre. Por mi parte siempre he sostenido que al jefe aprista, protegido hasta el sacrificio por sus compañeros, y ese culto al Jefe, es la consecuencia de la primitividad de sus rivales. El partido se cerró como un fortín para defender la vida de su fundador. Y este, les devolvió esa confianza con una vida franciscana. A la cabeza de un partido del pueblo, no podía ni debía llevar una vida de burgués. No se puede andar comprando cosas caras cuando se conduce un «partido del pueblo». Por lo demás, Haya personalmente no era un consumista. Tuvo siempre la simplicidad de un monje. Y como ellos —los que he visto en tantos lugares del mundo— la alegría y la cordialidad de los que por dentro tienen el alma en paz.

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Cuando el autor de este prólogo conoce en París a Nicanor Mujica Álvarez-Calderón, era Embajador del Perú. Qué honor. Nadie diría al verlo, tras varias clandestinidades y diversos exilios, que ese señor inalterablemente elegante era uno de esos hombres clandestinos que levantaban en la noche de las tiranías peruanas, decenio tras decenio, un partido político prohibido por el capricho de la ley establecida por sucesivas tiranías. Conocí, pues, a un hombre sonriente y amable. Y les aseguro, no tenía para nada el aire de un fracasado. Aunque ya había muerto Haya de la Torre. En el fondo de las cosas, ¿por qué habría de serlo? ¿No había acaso cambiado la vida entera del Perú la larga misión del aprismo?

Sus últimos pasos son cuando Nicanor toma decisiones testamentarias. Y alguna admonición. Acaso por ser buen cristiano, como lo explica en su testamento. «Deseo llevar como última vestidura, sobre mi cuerpo desnudo y descalzo. El hábito de nuestro padre San Francisco de Asís». Y declara «ser católico, religión de mis antepasados, en la que he vivido y quiero morir» (testamento ológrafo, 13 de enero de 1999). ¿Qué decir de esto?

Algo que algunos analistas del aprismo habían anticipado. El aprismo fue considerado por los apristas de esos años como una religión civil (el concepto viene de Rousseau). Y citemos  sus últimas líneas, convincentes, las del testamento. «Yo les pediría que se aparten del enorme negocio de la frivolidad, que se dediquen a la lectura y a la acción.»

Y no me digan que son cosas de otros tiempos porque entonces estamos perdidos. La mejor tecnología es la inteligencia. El arte perdido en las aulas actuales, lo que enseñaban los curas recoletos, saber pensar cuando se escribe, cuando se habla. Ahora bien, o el Perú se vuelve una inmensa escuela recoleta donde se aprenda a leer y a escribir lo más temprano posible, y el placer de estudiar, y cursos de civismo y de reflexión crítica ante nuestra historia por calamitosa que fuera,  o perdemos otro siglo. El siglo XXI. Que la modernidad no es adquirir un aparato técnico por novedoso que sea, sino un comportamiento de aprendizaje de la moral pública y el saber pensar bien, hablar con tino y escribir con gracia y sencillez: Nicanor y la generación de los años 30. La prueba, el padre y el hijo. (HN)

1  Exalumnos de la Recoleta fueron Luis Alberto Sánchez y Raúl Porras Barrenechea, grandes prosistas peruanos. Acaso las mejores plumas del siglo XX. Algo especial ocurre en las aulas de ese colegio, que si bien no interesa a los actuales expertos en pedagogía, en cambio los sociólogos de la educación podrían indagar por el origen de esos intelectuales que sabían pensar en el momento que redactaban los ensayos magníficos que hoy todos les reconocemos, pero sin decir de dónde provenían, de qué tipo de enseñanza y escolaridad. Habilidades y mañas peruanas de decir el agua pero callar la fuente. El odio por los estudios humanistas está en el origen de cómo esas fontanas de inteligencia y vida se han secado.

Armando Bazán, en: Alfredo Moreno Mendiguren, Repertorio de noticias breves sobre personajes peruanos. Madrid,  1956, p. 260.

3  Bernard Lahire,  El espíritu sociológico, editorial Manantial, Buenos Aires, 2005, p. 249.

4  Raúl Porras Barrenechea, Discurso de contestación del doctor Raúl Porras B. Presidente del Senado y Senador por Lima, Lima, 24 de abril de 1957, Facultad de Educación,  Promoción «RPB», Universidad Mayor Nacional de San Marcos, Lima, 2013.

5  Jean-Claude Passeron, European Journal of Social Sciences, XXXVIII-119, 2000.

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* Autor: Mujica Serelle, François, Nicanor Mujica Álvarez-Calderón. Autobiografía. Memorias para un país desmemoriado, Lima, 2015, 672 p.

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