Responso por Mario Pasco. O “la política del Justo”

Escrito Por: Hugo Neira 1.585 veces - Mar• 11•14

Me es difícil pensar que al volver a Lima no volveré a ver a Mario Pasco Cosmópolis. Me es muy difícil. Escribo estas líneas mientras viajo, mientras vivo por un tiempo fuera, en el extranjero, fuera pero no lejos. Al menos no en los sentimientos. No, no estaré, pues, físicamente en los rituales del adiós, esos que todo ser humano se merece y por razones que trataré de explicar, en especial Mario Pasco. Intento en estas líneas lo que se llama un responso. Acaso una plegaria ciudadana, pero plegaria al fin. Siento la necesidad de decir algunas cosas. Y decirlas sencillamente. Mario Pasco se nos ha ido. ¿Qué hacer ante lo ineluctable?

Sin embargo una dimensión de la ausencia sobrepasa el dolor familiar, de los amigos, incluso de la escena pública. En un responso, hay algo más que unas preces o el deber de memoria. El de apreciar aquello que ni la muerte alcanza a borrar, es decir la vida misma, sus lecciones. Así, antes de avanzar por tan delicadísimo terreno, y enfrentar el abismo de la nada y de la muerte con algo tan evanescente como son unas cuantas palabras, es preciso saber la disposición personal de quien esto escribe. No es otra que la del amigo. Entre muchos otros, no cabe duda alguna. Pero un amigo que ahora se pregunta qué debemos al ausente. En efecto,  ¿qué decir sobre el sino de su vida para que la muerte no triunfe y sea vana su guadaña? ¿Para que permanezca la palabra? Ahora bien, a la amistad de Pasco no la vamos a ofender con algún tipo de interés. Lo digo para que no se lean estas breves líneas con terceras intenciones.

Ciertamente, como dice el Eclesiastés, “todo es polvo y todo retorna al polvo”. “Vanidad de vanidades” pero algo permanece. El hombre es uno de los pocos seres vivientes que conoce la nostalgia. Sin memoria de los muertos ni conciencia del tiempo efímero, no seríamos humanos. La nada, el tiempo, la muerte, nos acompañan. Somos habitantes de la  contingencia. Pero la condición humana es también conciencia de su propia condición. Y podemos comprender en medio de tinieblas, que algunos de nuestros conocidos vivan con sapiencia.  Y aunque seamos átomos efímeros en el universo, hay quienes viven sus vidas con hechos cargados de sentido.  Y es de eso que trata sinceramente este texto.

Escribiendo, pues, con la mejor intención, más allá de terrenales vanidades, o de pujos políticos, mi recuerdo personal de Mario Pasco no puede separarse del todo de algunas coincidencias. Cierto, fuimos profesores en la Pontificia, pero de modo distinto, Pasco como un profesor de planta y yo, por un breve tiempo. Pero como docentes no nos frecuentamos —ya se sabe, nuestras universidades dicen tener campus pero en realidad no se practica en el Perú la vida comunitaria— mejor dicho, no viven los profesores cerca unos de otros, no tenemos nada que se asemeje a Cambridge o Oxford, a ese tipo de vida académica en espacios reservados a docentes como en universidades alemanas y que tanto favorece la investigación y el mutuo progreso de las ideas. Por el resto, fui alto funcionario, como se sabe, en la Biblioteca, pero si los ministros se reciben y frecuentan, los directores de establecimientos estatales, que son numerosos, no lo hacen. Coincidimos, viniendo de experiencias distintas. En realidad, a Mario Pasco y a Úrsula, su esposa, los conocí desde otra esfera, desde la amistad común. Desde el hogar de Matilde Ureta y de Marcos Caplansky, amigos suyos y míos, de siempre. Otro nexo, era muy amigo de mi hermano Álvaro Rojas Samanez, como que venían de las mismas canteras socialcristianas. Por lo demás, Pasco era uno de los ministros ante los cuales una mañana fatídica, un sábado, Álvaro disertaba, un tanto en su estilo, atinado y renegón a la vez, sobre lo que se estaba dejando de hacer, y en eso, se muere de golpe, delante de todos. Y tantas otras cosas que extenderían innecesariamente este texto. En suma: una amistad que remonta a muchos años. Los suficientes como para sustentar lo que a continuación voy a decir.

Siempre supe que Mario era un jurista destacado, un abogado cabal y un hombre público con una idea precisa, anteponer los intereses de la ciudadana a sus propios intereses partidarios o de carrera. Es por eso que fue un ministro de Trabajo excepcional y por la misma razón, cuando su idea de la justicia social, en especial en cuestiones laborales salieron de sus manos, prefirió el camino limpio y probo de la renuncia. Raros son los políticos que toman ese camino, saber irse. Quisiera que quien me lea se detenga en este punto. Sostengo que hay quienes tienen una idea de la vida política como una finalidad suprema. Puede ocurrir, es legítimo. Entonces la política es asumida como el equivalente del fatum de los latinos, es decir como el destino. Otros, en cambio, desde un talante ciudadano, lo toman más sencillamente, como una acción itinerante. Se tiene el cargo o no se le tiene, sin que en ello haya tragedia ni frustración. Ahora bien, lo que construyen las grandes instituciones de la modernidad no son los hombres del destino únicamente, aunque a veces sirven para echarlas a andar, sino los segundos. Los políticos serios y a la vez modestos. Los que saben que se es ministro o representante por un concurso de circunstancias y, por las mismas, se puede dejar de serlo, sin gran drama.

Acaso el drama consista en que la nación desperdicie la gran oportunidad de contar, realmente, con eso que se llama tan frecuentemente un servidor del Estado, un servidor del interés común. Por encima de una doctrina o un partido. Porque lo habita una noción que trasciende ambas categorizaciones. Son con ellos que se construyen regímenes estables. Con hombres y mujeres que prefieren dar pasos racionales y medidos a la vanidad del poder. O como decían los antiguos “no ceda a la libido dominandi”.  Esas personas son pocas, pero existen. Y hay una sola denominación posible.

Mario era uno de ellos. Pasco era un hombre justo. La noción del Justo, ocupa un lugar en la literatura moral y política de nuestro tiempo. Y a la vez, en nuestro lenguaje corriente, cuando algo se hace de manera adecuada —“este profesor pone notas justas”, por ejemplo—. Tiene que ver su uso con la idea de justicia, incluso si cuando comentamos un partido de fútbol encontramos que el árbitro toma una decisión justa, “sancionar un penal”. Casi ni cuenta nos damos que en los fundamentos de ese uso está una idea de la moral y la razón. La lengua castellana, lengua de un mundo de cristianos y de herederos del judaísmo, tiene basamentos invisibles. Se apoya en creencias.

La idea del justo tiene su propio camino en el campo de la filosofía, y en particular, en el de las ideas políticas. Cuando Ernst Cassirer se enfrenta a Heidegger en Davos, en 1927, en un debate que marcará el destino filosófico europeo del siglo XX, alguien dijo que Cassirer, el kantiano, proponía, para el drama de Europa, “la política del justo”. (De ahí, el intitulado). No se le escuchó, y Heidegger prefirió el nazismo. Pero la política del justo se la valora porque es necesaria y a la vez escasa. Los franceses se acordaron del concepto cuando perdieron a Mendès France. Y ahora, cuando meditan en torno a la obra de Albert Camus, tan desatendido. Curiosamente, en sus días, ni el político Mendès ni el pensador Camus fueron muy populares que digamos. Los justos no suelen serlo.

¿Qué es un Justo? “Es alguien que toma decisiones de justicia fundado en la moral y en la razón”. Y a tal punto razonables que no puede ser luego censurado. «Una decisión justa» solemos decir sin darnos cuenta que enunciamos un breve tratado de moral ciudadana. En la tradición hebrea, la cual se repite en la islámica, un justo puede no ser alguien muy conocido. En la conceptualización judía, el justo es anónimo. Y  debe de serlo, incluso si uno se tropieza con un justo, no debe decirlo. Ellos, los Justos, “son las columnas que sostienen el mundo”. Sin ellos, este pozo de iniquidades que es la vida humana hubiese sido ya barrido por Jehová. En el Génesis, está esa conversación, por no llamarla litigio, entre Abraham y el mismísimo Jehová sobre la destrucción de Sodoma (Génesis, 18-22). Abraham alega ante el Creador para que la ciudad, pese a sus pecados, no sea por entero destruida. El profeta, con esa familiaridad de los profetas con el Creador, no suplica o implora sino argumenta. «¿Destruirás junto al impío, a los inocentes?» le pregunta audazmente a la Divinidad. Y esta le responde: “Si hallara en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, perdonaría a todo ese lugar por amor a ellos». Pero Abraham, que tiene sus dudas si es posible hallar ese número de justos, regatea, y le repregunta: «¿ Pueden ser cuarenta?”, a lo que Jehová concede, y vuelve a regatear. «¿Pueden ser unos treinta?». Pero ahí se detiene. ¿Por qué se detiene? Reflexionando, porque no se le regatea a Jehová hasta el fin de los tiempos. A este célebre diálogo, un filósofo de nuestros días le aplica un principio digno de la crisis del mundo actual. A partir de un número insignificante, por ejemplo, diez o seis, el número de Justos, dejan de ser una “masa crítica”, es decir, dejan de ser operativos por muy Justos que sean, “y  pesarán los malvados por su número”. Y las iras de Jehová serán la consecuencia inevitable. Más allá del contenido levítico de ese origen, siempre es de actualidad el hecho probable que las naciones se pierden cuando el número de los buenos es infinitamente menor que el de los dispuestos al mal. Un pueblo con un capital humano de muy pocos justos está destinado al crimen colectivo y la perdición. Lo voy diciendo para que se me entienda.

Mario Pasco como un Justo no es una concepción en aras de la pena o del sentimiento. Aun emocional, me parece una apreciación a su turno, justa. Se trata de la memoria del amigo a quien, si bien recuerdo, y en confidencia, nunca escuché una opinión sobre tema público que no fuese medida, precisa, adecuada. No estoy diciendo que infalible. El Justo no es solo una sapiencia sino un talante. Y eso es lo que se nos ha ido, como arena de las manos. Se ha ido un Justo.  Esa calidad. Los justos existen. Aunque no podríamos decir cuántos de ellos se necesitan, como en la mención bíblica de líneas arriba, acaso un puñado de personas. Por eso, me apena inmensamente su partida. En el Justo predomina el desinterés. En el Justo hay esa forma de bondad que no por serla deja de ser distante y severa. Acaso la idea del buen Juez. Del buen legislador. Del buen político. Una idea de moral razonable y razón moralizante. Raro, muy raro, hallarlas en la misma persona, en conducta de una vida entera. Pero insisto, una forma de bondad, para consigo y para el prójimo, a quien se aplique la ley, ¿no es poco no? Por eso no puedo menos que deplorar no volver a encontrarlo en este valle de lágrimas.

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