Sala Penal y visita intempestiva de Hobbes

Escrito Por: Hugo Neira 1.350 veces - Sep• 15•15

Luego del teatro nos tomamos un café con unos amigos. Y como la obra nos ha gustado, hablamos de otras cosas. Por ejemplo, de la decisión de un juzgado para no investigar los orígenes de los fondos de la primera Dama y 13 personas más, y la imposibilidad de saber si esos misteriosos ingresos procedían de empresas venezolanas. Esa noticia y su probable archivamiento, ocupa la primera plana de un diario limeño que no es un tabloide, y en otro titular nos hace saber que “la delincuencia obtiene armas y granadas procedentes de las fuerzas del orden”. Son noticias catastróficas. Regresamos tarde a casa y me encuentro sentado en el salón a un visitante. Los hábitos negros de un inglés de la época isabelina contrastan con el blanco de las paredes y de los muebles. Thomas Hobbes en persona.

Lo reconozco de inmediato. Cuántas veces, ese rostro en los grabados de época, en las ilustraciones del Leviatán (1605).  Sabía que amó en vida las matemáticas y la física pero no lo sabía partidario de los viajes en el tiempo. Y me escucho darle la bienvenida como en sueños.

-Vamos a ver, dear Hugo, sabe perfectamente por qué estoy aquí, me dice Hobbes o su fantasma.

Vacilo un tanto y el visitante prosigue. -Es usted peruano, ¿no? Y como tal, sabrá que Dios es peruano. De modo que estamos muy inquietos por lo que está pasando en su país, y levanta el dedo y señala a los cielos. Y agrega: -Tengo entendido que explica mi filosofía política a sus alumnos.

Me oigo responder que sí, pero que no tienen un gran entusiasmo por lo que consideran teoría. La consideran pérdida de tiempo. Me pongo a explicar la moda del pragmatismo pero Hobbes, impaciente, me corta.

-A ver, ¿cuál es mi metáfora del poder?

-Bueno, le digo, que los hombres son iguales e igual se desgarran entre sí.

Hobbes corrige. Son iguales por naturaleza. Y por lo tanto rivales entre sí. Y repregunta:

-¿A qué lleva eso?

– A lo que usted llama “la guerra de todos contra todos”.

Hobbes no se complace con esa respuesta. Me mira ceñudo. Como si yo tuviera la culpa de los sicarios, las avionetas cargadas de droga en el VRAEM, las agendas y otras plagas. Y me vuelve a preguntar:

– ¿Cómo se sale de la inseguridad, cómo se llega al orden?, insiste Hobbes.

– A ver, usted dice por medio de un pacto. Entre los ciudadanos y el Estado.

– ¿Y en qué consiste?, dice sardónico este doctor de Oxford.

– Bueno, en una renuncia de los hombres a uno de sus derechos naturales.

– ¿A cuál de ellos?, presiona desaforadamente el visitante.

– A ver, a no tomarse la justicia por su propia mano. En el supuesto en que hay justicia y Estado, y no lo tenemos. Muchos de mis compatriotas solo creen que cuenta el mercado, agrego.

Hobbes medita. Y me dice: – La multitud, a punto de golpes y latigazos, en su Perú, puede castigar a uno que otro delincuente. Pero otros volverán, armados de metralletas. A su vez el pueblo se armará. ¿Por qué no entre distrito y distrito? El lío entre Magdalena del Mar y San Isidro, a tiro limpio. Por el canon, región contra región. ¿Cuál es el límite? No lo hay.

Intento hablar sobre el desarrollo peruano pese al desorden y Hobbes no solo me corta sino que sentencia.

– Su país se está convirtiendo en una vasta sociedad de comerciantes y mercachifles que se combatirán entre sí, como los indios de la América del norte antes de la llegada de los colonos protestantes. Y diciendo eso se va por una escalera de caracol que no existía.

– Le dejo una metáfora, me dice como despedida. Hobbes me ha dejado la metáfora de la precipitación del Perú al abismo. O a resignarnos que necesitamos de Estado. Por la  escalera de caracol de la historia se sube o se baja.

Publicado en El Montonero., 14 de setiembre de 2015

http://elmontonero.pe/columnas/sala-penal-y-visita-intempestiva-de-hobbes

 

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