Salazar Larraín: la claridad y los diarios que hacían historia

Escrito Por: Hugo Neira 198 veces - Jul• 06•20

La semana anterior prometí dedicar esta columna a Arturo Salazar Larraín. Su partida me tomó de sorpresa. Y recordé que guardo algunas de sus crónicas. Desde mi retorno de Europa, dicto en unas y otras universidades, un curso que enseña a escribir un texto de prosa, es decir, saber pensar por cuenta propia. Redacción y lectura, materia que debería existir en la secundaria peruana —como es lo correcto en todas las secundarias del planeta— salvo la excepción peruana. El hecho es que he guardado algunos de sus artículos. Por ejemplo, el que sigue.

«Una Universidad Inmóvil», por Salazar Larraín: «Desde hace diez años la universidad peruana ha agudizado, por sí misma, el proceso de su crisis. Parece ya tiempo más que suficiente para abordar seriamente sus problemas y es lógico y natural que esta acción provenga de ella misma, como un acto de conciencia honesto y sincero. En primer lugar, es imperativo evitar el estallido de lo irracional. Las cosas en la universidad deben contemplarse a la luz de la razón (…)» Como el amable lector puede observar, su estilo consistía en ir de frente al «nervio vivo» del problema. Y «acudir a la razón». Pero lo cortés no quita lo valiente. Continúa con esta frase: «El rectorado ha sido presa permanente de apetitos y pasiones de índole completamente personal. La institución —como institución propiamente dicha— ha importado un comino. Lo hemos visto ayer y lo estamos viendo hoy.» Esto es publicado el miércoles 13 de marzo de 1957. Hace más de medio siglo. Pero como el amable lector podrá apreciar, hemos retrocedido. En aquel momento, a nadie se le ocurría poner a las universidades bajo las inquisiciones estatales que hoy las monitorean (el verbo ‘monitorear’, que le encantaba al expresidente Toledo, me pone los pelos de punta. La gramática dice que no debe usarse un concepto si ya existe el correcto, vigilar, seguir, observar. Pero se prefiere ocultar que el que monitorea no hace otra cosa que manipular. Tiempos de despotismo con máscara.)  

En aquel momento, yo era un estudiante de San Marcos, y para vivir me ganaba los porotos como obrero en una fábrica de tejidos en la avenida Colonial, o bien inspector de boletos en el tranvía, o improvisado profesor de secundaria en colegios privados de los peores, uno en particular en donde recibían a jóvenes que no podían acabar su secundaria. Hijos de papá, insoportables. Pese a todo, yo leía los diarios y recolectaba lecciones de escritura. Estaba en San Marcos y en la juventud comunista. En una célula con Arias Schreiber y Fernando Fuenzalida. Y Salazar era un convencido liberal, igual lo leía. Por lo visto, yo no era un dogmático. La Prensa, el diario de Pedro Beltrán, no buscaba las reformas que a mi generación nos parecía necesarias, pero, al margen de su doctrina liberal, quería saber cómo se escribía.

Mi vida ha sido agitada, varias veces he dejado el Perú, idas y vueltas, pero me las arreglé para guardar algunos papeles, para mí trascendentes. A Arturo Salazar Larraín lo conocí personalmente unos pocos años después, en 1961. Por una razón, ingresé a un nuevo diario, llamado Expreso. Fundado el 24 de octubre de 1961, por Manuel Mujica Gallo, «rico propietario vinculado al negocio de la banca y seguros, que al efecto constituyó la empresa Periodística Perú S.A». (Wikipedia) El diario lo dirigían (no monitoreaban) dos personas excepcionales: el director José Antonio Encinas, diplomático, que residiendo en los Estados Unidos, logra dos doctorados, uno de Economía y el otro en Filosofía, nada menos que en Harvard. Y el otro era Raúl Villarán, inventor del diario Última Hora, y Correo, que fue una cadena de diarios provincianos. Eran personajes muy diferentes. Encinas decidió tener unos editorialistas lo más jóvenes posibles —nos llamaría sus «juniors»—, y para eso, llamaron a un concurso. Miguel Pons-Couto, que estaba en la administración, me pasó la voz y me presenté. Entramos Abelardo Oquendo, Lucho Loayza (con el tiempo y fuera del país, un gran ensayista), Raúl Vargas y el que escribe. No éramos de izquierda, ese vocablo no existía, yo me había alejado del Partido Comunista, pero sin hacer mucho ruido. En mi pobreza, el partido me había conseguido puestos de trabajo de poco salario, pero que me permitían ir a comer al restaurante universitario en San Fernando, al que llamábamos «la muerte lenta». En cuanto a la política y el diario, nos llamaron entonces, «progresistas». En realidad, Manongo —o sea Mujica Gallo— quería que hubiese en Lima un diario entre El Comercio y La Prensa. Y lo consiguió, ayudó a que Fernando Belaunde ganase las elecciones.

Así fue cómo conocí al elenco que tenía Pedro Beltrán. Se había rodeado de un equipo de escritores de primer nivel. Jorge Luis Recavarren, Enrique Chirinos Soto, y en Última hora, Guido Monteverde, su «Antipasto Gaga». Su columna, es un relato de la vida limeña con algo de admiración y mucho de sorna. Beltrán en 1958, es el primer ministro de Manuel Prado, y establece medidas liberales bastante duras, elimina los subsidios de alimentos y eleva el costo de la gasolina. Beltrán, un peso pesado de la vida política y cultural, con estudios en La Recoleta, agronomía en Oxford. Casado con una aristócrata bostoniana, el ironista Sofocleto decía que no deberíamos nacionalizar la empresa petrolera de Talara sino a Beltrán primer ministro. En efecto, lo conocí un día de esos, me llamó para invitarme a entrar en La Prensa. Su oficina era escueta, una única lámpara sobre su escritorio, y el resto en penumbra. ¡Estábamos en Londres! Le agradecí la propuesta pero en Expreso y mis amigos estábamos cerca de lo que se llamaba el Movimiento Social Progresista, de Alberto Ruiz Eldredge y Sebastián Salazar Bondy. Pero entre periodistas nos encontrábamos con frecuencia.

En fin, otro texto de Arturo Salazar Larraín (10/03/1956): «en nuestro país todos somos encendidamente demócratas (…) pero en la práctica, las cosas son distintas. Hay un abismo insalvable entre la teoría y la práctica política».

Han pasado siete decenios. En lo que concierne al periodismo tengo la impresión de que ese Perú tenía una mejor prensa. En primer lugar, eran directores o gente de prensa que no temían al gobierno de turno. Beltrán puso en el poder al general Odría en 1948, y luego se apartó del dictador, y Odría lo encarcela con 40 empleados de La Prensa. Y así y todo, después de unos meses en El Frontón, siguió en sus trece. Hoy los diarios no solo temen en su mayoría al gobierno sino que sobreviven gracias a Palacio de Gobierno. En segundo lugar, hoy cualquiera es periodista. En los cincuenta y sesenta, eran humanistas. En tercer lugar, los diarios actuales no se imprimen para las clases medias o cultas sino para la gran mayoría de la población. Eso no es repudiable, pero como la educación peruana ha olvidado de enseñar, por desgracia, el placer de leer, la consecuencia es que se ha perdido el hábito de la lectura.

¿Para qué comprar periódicos? Y menos leerlos. Es la era de Internet, del celular, del entretenimiento. En otras sociedades, la tecnología es usada, pero hay diarios. Millones de peruanos no son analfabetos pero sí son iletrados. No leen libros. Y de esa manera, en las urnas, sin personas que sepan pensar por su propia cuenta, vamos directamente al abismo. Un  probable despotismo, acompañado de un tiempo del ocio tonto y el esclavo feliz. Por eso la imagen de esta nota, La balsa de la medusa, cuadro de 1819 en el Museo del Louvre. Espero equivocarme.  

Publicado en El Montonero., 6 de julio de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/salazar-larrain-la-claridad-y-los-diarios-que-hacian-historia

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