Santa Rosa y Lima la festiva

Escrito Por: Hugo Neira 1.142 veces - Ago• 26•17

Ante el cuarto centenario de Santa Rosa, hubo el jueves pasado un conversatorio en el Instituto Porras Barrenechea, organizado por su Director, el Embajador Harry Belevan. Participaba con una lectura psicológica Moisés Lemlij, Jorge Secada con una lectura filosófica, Augusto Tamayo con una visión hagiográfica desde el cine, y pudimos ver algo del largometraje que prepara, Rosa Mística. Me invitaron. ¿Cómo no ir a esa casona miraflorina en la que me inicié en la sed sin límites del conocimiento? La noche fue excelente. No alcanzó la sala y se dispuso sillas en el patio. En el público estaba Ramón Mujica, que sabe enormemente sobre ese tema, pero no intervino. Ramón es un señor por sus cuatro costados.

Me precedía en el uso de la palabra Moisés Lemlij. Los psicólogos suelen sucumbir a la tentación de reducir el martirio a una suerte de sadomasoquismo, pero no fue el caso. Rosa de Lima, para Lemlij —que se declaró judío— tiene enormes antecedentes en la tradición biblíca y judaica. En dos libros. En el Cantar de los cantares, «la parte erótica lleva al amor de Dios y el amor por Jesús». En el Libro de Job, «el sufrimiento en el cuerpo es la demostración de Dios». Fue una ponencia brillante y original.

Por mi parte desde la sociología dije que contrariamente a lo que se piensa, nos interesa las religiones. Las abordamos desde las consecuencias inmanentes de una fe o una creencia, los comportamientos. Max Weber, en un breve libro en 1905, nos revela el éxito económico de los laboriosos puritanos alemanes del XVI. Para ellos, el trabajo cotidiano era el equivalente de la plegaria. El ascetismo protestante produce el nacimiento del capitalismo como un efecto colateral de la ética calvinista.

Santa Rosa me llevó un par de noches de desvelo. Sobre su vida se ha escrito, según Mujica, no menos de 400 biografías. Cogí acaso las mejores, y las devoré.

Lo primero que me sorprendió es su familia modesta. De padre portorriqueño, confieso que no lo sabía. La limeña era la madre, María de Oliva. Los sociólogos observamos hechos en apariencia banales. A los meses de nacida «a la madre se le secaron los senos». Cosa por demás, frecuente. En ese caso, se suele acudir a una nodriza. Pues bien, no pudieron hacerlo. «La familia carecía de medios para pagar una ama». ¿No había entonces, en esa casona, esclavos? En la Lima de sus días, sobre 27’064 habitantes, había unos 10’758 españoles, unos 13’620 negros y unos 861 mulatos. Tener una esclava negra era de lo más corriente. Por lo demás, el padre no parece algún criollo tras un puesto oficial, chambeaba. La familia estuvo un tiempo en el pueblo de Quivi. Había minas.

Lo que más nos debe sorprender es su ermita. «En un rincón en el huerto de su casa.» Con hábitos pero no en un convento¡! Su infancia es oración y penitencia. Y había aprendido a hilar, coser, tejer, tocar el arpa, pero eso no la hace una limeña convencional. De su ermita salía para ir a hospitales plenos de enfermos y moribundos. Y a veces, a casonas muy precisas, la de Luisa Melgarejo, la del doctor Juan del Castillo. Lo que está claro, no trotaba las calles como las tapadas. En Lima había dos opciones de sociabilidad. Conventos y calles. A ambas, las repudia. Los conventos eran el lugar donde sepultaban las hijas de familias que no tenían dote para lograr un marido. E iban a esos lugares por la fuerza, acompañadas de sus esclavas negras.

Lima y su doble leyenda. Por un lado, esplendor, boato, fiestas. Por el otro, estrechas calles por donde circulaban 5’000 calesas, y el resultado era «una ciudad polvorienta, con olor a guano». Por la noche, «no se podía circular debido a los delincuentes». Si esto era Lima, ciudad de fiestas continuas y además peligrosa, creo que la santidad de Isabel Flores de Oliva tiene más que ver con ella y su fuerza de carácter que con su limeñidad. No puede dejar de decir que las exequias de la santa fueron escandalosas. El Virrey tuvo que enviar sus alabarderos. El gentío le arranca en pedazos el hábito negro y blanco que había adoptado de los dominicanos, para posibles milagros. Otra gente recoge el polvo de su tumba para sanar «pecadores impíos y mujeres de mala vida». ¿Cuál cree el lector que era lo que el Tribunal de la Inquisición examinaba con más frecuencia? Al margen de alguna negra chiflada que sostenía haber tenido contacto sexual con el demonio con cuernos y todo, y que terminaba quemada en la plaza mayor, la mayoría de casos no eran las herejías sino la lujuria.

No se debía comulgar sino un par de veces por semana. ¿Acaso una precaución de la Iglesia para que las mujeres, con ese pretexto, no salieran de sus hogares? La santa iba cinco veces pese a la prohibición. No dudo de sus milagros y éxtasis y raptos místicos. Lo que me admira es su independencia personal. Un rasgo en el que coincide esa noche con Augusto Tamayo. Yo veo una rebelde. Una mujer de voluntad de hierro.

Publicado en El Montonero., 28 de agosto de 2017

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