Toda mi vida

Escrito Por: Hugo Neira 163 veces - Jul• 26•21

Toda mi vida, en paralelo con otras actividades —historia, ciencias políticas, ciencias sociales—, siempre fui periodista. Comencé con el Expreso de Mujica, que abría una ventana ante el dogmatismo de El Comercio y La Prensa finamente reaccionaria de Pedro Beltrán. Con Abelardo Oquendo, Raúl Vargas, éramos jóvenes «progresistas», es decir, de una izquierda rara y sin partido. El director era José Antonio Encinas, diplomático, y que había hecho dos doctorados, de economía y filosofía en Harvard, como si tal cosa. Luego me fui a Europa. El segundo diario fue La República. Me acuerdo de su director y fundador, en el fondo de un café miraflorino, Gustavo Mohme Llona, el padre. Y  durante más de 15 años, le envié crónicas de diversos lugares del planeta. Mi situación de profesor francés —lograda por un concurso público— me hacía viajar en misiones cortas, y a veces, en lugares lejanos. En mis últimos años y antes de la jubilación, me habían situado en la Polinesia Francesa, en la isla de Tahití, y sin embargo escribía para ese diario limeño, tomándole el pelo a Macera por sus votos y botas, a Tudela, a quien llamé la contrarreforma en persona. Y a Fujimori padre que los hacía bailar, y sin embargo, desde el lado de Lima que no lee, me colgaron la etiqueta de fujimorista porque no me sumaba a eso que fue el periodismo de estos años, los anti, como ideología. Y uno de esos días, me dejaron sin mi placer de escribir para los ciudadanos, y sin dirigirme al lector fuera de izquierda o de derecha. Dije siempre lo que dio la gana. Había dicho que no votaría por Ollanta «ni con una pistola en la sien».  Eso fue. Menos mal que a Víctor Andrés Ponce se le ocurrió El Montonero. Todo este rollo —como dicen los madrileños— para decirles, desde la libertad de expresión, lo que me parecía que pasaba por la cabeza de mis paisanos. Por lo general, he estado diciendo durante estos últimos veinte años que eran años de presidentes improvisados, dos decenios de democracia aunque facciosa, y crecimiento económico pero empotrado a Odebrecht. Sin embargo, qué banalidad, como que flotábamos todos como si estuviéramos en el Huáscar de Grau. Y resulta que estamos en un Titanic que se hunde, ¿o quizá se viene la era del acorazado Potemkin, o la de la Kon-Tiki? ¡Vaya usted a saber!

Por eso prefiero esperar. Escribo esta nota el fin de semana. Y el miércoles entrante, el 28 de julio, en el acto de asumir el rango de presidente, el ciudadano Pedro Castillo nos dirá qué piensa hacer. Y eso es algo que esperamos muchos peruanos y peruanas. Por eso, esta vez, no quiero anticipar cualquier supuesto o conjetura. En realidad, esta vez les digo, a los amables lectores, que no trabajo a partir de a priori. Lo real me interesa, sea como sea. El a priori es un juzgamiento ya bañado de subjetividad. Por lo general, una idea sesgada, algo efusivo. Una suerte de rumor huachafo que juega a ser académico.

Pero no puedo dejar de decir que mi estado de ánimo no es el mejor. Puesto que mi país, el Perú, tuvo errores enormes en el pasado y en el presente —peor que nunca—, y acaso continúan con multitudes que abren los ojos pero no admiten ni lo que ven. No sé, sinceramente, si es el fin de una época para otra era todavía peor (¿?). Perder la patria es peor que perder madre y padre a la vez. Y es por eso que, al amable lector, le doy a leer un poema, que es mío. Soy el artesano de diversos oficios, también la escritura y las ideas. Mi poesía la escondía hasta estos días de dolor. Porque lo que estamos perdiendo no es poca cosa. Es acaso la patria misma. Y entonces, ya no podemos entendernos con el razonamiento, eso es con la escritura, prosa y ensayo, que es o debe ser racional. Pero el poema puede ir más lejos, más allá de las causas, adonde se puede exponer el lado inconsciente y oscuro, y que solo se produce en el poema, el ensueño o la muerte. Después del cinismo de estas elecciones, lo intransferible.

Meditaciones tras la infelicidad de «lo incierto»

A Dios, que a veces se le va de las manos ciertos asuntos

En mi país todas las paralelas se juntan

En mi país los ríos hablan en voz baja

Y cada residente es un monólogo 

En mi país las madres asesinan a sus hijos dándoles la vida.

En mi país los días comienzan por las tardes

Las mañanas llegan con prisa

A nadie le sorprende.

En mi país, con mi madre

muerta

conversamos,

como lo hacen los poetas y los muertos

en silencio.

Cuando nos visites,

te enseñaré el secreto de las hojas

de árboles que son las mismas que las de los libros,

y que te esperan en el repliegue de tus sueños,

cuando creen que estás dormida.

O en estas palabras que solo sirven para decirlas en tu oído.

En mi país nacemos llevando las aguas del océano adentro

Por eso no navegamos, ni necesitamos naves ni expediciones

Cada quien no es la nave sino las aguas mismas. (HN)

Publicado en El Montonero., 26 de julio de 2021

https://elmontonero.pe/columnas/toda-mi-vida

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