Umberto Eco. O la verdad de los signos

Escrito Por: Hugo Neira 1.400 veces - Feb• 25•16

Se nos ha ido. Conocido por sus novelas, en particular El nombre de la rosa,  —El péndulo de Foucault, fue menos apreciada— de Umberto Eco se puede encontrar textos suyos sobre la definición del arte, la poética de Joyce, las osadías de Roland Barthes, la lingüística de Saussure o el formalismo ruso. En las librerías, en diversas lenguas, sus obras de ficción como reflexiones sobre pintura, cine, o las nociones de la física moderna. Daba la impresión de que no había un Eco sino varios. Recuerdo que en la atmósfera eufórica de los años sesenta —bajo los efectos de la revolución anarco-libertaria del 68 francés— el primer Eco que conocí fue Apocalípticos e integrados. Su experiencia venía de haber trabajado sobre “la cultura de masas”, en la RAI,  la Radiotelevisione Italiana, modestamente, “11 emisoras de radio, 13 canales de televisión, servicios multimedia, teledifusión” (Wikipedia). ¿Con qué financiamiento? Un sistema estatal con fondos privados. A ver si aprendemos.

Un hombre apasionado por nuestro tiempo. ¿Está usted seguro? Umberto Eco hizo estudios de filosofía medieval, y su tesis fue sobre el problema estético en Santo Tomás. Enseñó estética, comunicación visual, semiótica. En nuestras universidades latinoamericanas (y peruanas) fragmentadas para el salchipapas educativo al uso, habría dictado cursos en facultades de comunicaciones, filosofía y literatura. Y todo con rigor y sin powerpoint. El segundo libro que cayó en mis manos, y que continuaba mi asombro, fue Come si fa una tesi di laurea, Cómo se hace una tesis, y estamos hablando de 1982. Creo que presté el libro de Eco a uno de mis alumnos y no me lo devolvió. De ahí en adelante, la salvadora fotocopia.

Ensayista, novelista, teórico de la semiótica. “Entre la comunicación y la ciencia de los significados” dicen hoy, en el sentido adiós, los diarios de Europa.  Aquí, con brevedad, sus dos grandes pasiones. El Tratado de semiótica general, que es de 1975, y la novela El nombre de la Rosa, relato laberíntico, de ambiente medieval: una biblioteca, un misterioso criminal, un joven novicio de nombre Adso que acompaña a un sabio franciscano Guillermo de Baskerville, una pesquisa detectivesca que no tiene nada que envidiar a las de Sherlock Holmes, todo esto en un monasterio donde han muerto asesinados seis monjes. Eco luce diversos recursos. Un erudito encuentra una historia inconclusa. Es el recurso del Quijote, un tal Cide Hamete Benengeli, hace llegar al propio Cervantes unos manuscritos. Pero lo que no está en Cervantes es una ciencia nueva. ¿O no es cierto que el inquisidor le dice al joven pupilo: “Nunca he dudado, Adso, de la verdad de los signos, es lo único que tiene el hombre para orientarse en el mundo”?

Cuentan que a Umberto Eco profesor, uno de sus alumnos le increpó saber mucho sobre la técnica de la narración sin animarse a escribir ninguna. Su respuesta fue ese thriller medieval que le dio fama. Un inquisidor explica al novicio, como esos hombres que viven entre libros, igual traman actos de maldad. En el centro de la biblioteca, un bibliotecario ciego. Se ha dicho que es una broma de Eco para con Borges.

De la otra obra, sobre “la Semiótica”, solo queda decir llanamente que es monumental. ¿Qué importancia tiene? Lévi-Strauss fue el primero en sostener que la única de las ciencias humanas y sociales que había franqueado el límite que separa ciencias “blandas” y ciencias “duras” —como la química o la física— era la lingüística. Umberto Eco va más allá que Saussure y que Peirce, con “una teoría global del sistema de signos”. Octavio Paz, decía, “el hombre es las palabras”. Y eso acaso explica que el semiótico piamontés iba de la filosofía a los medios como Pedro por su casa.

En cada casa en la que trabajo, tengo libros de Eco. Como los tengo de Borges, Octavio Paz, Fernando Savater. Al lado de viejas querencias, Arendt, Aron, Tocqueville. A cada uno su Parnaso. Gracias maestro.

 

Publicado en El Montonero., 25 de febrero de 2016

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