Un liberal sin absolutismos

Escrito Por: Hugo Neira 1.818 veces - Jun• 12•14

Javier Ortiz de Zevallos se ha ido de este valle de lágrimas. Como se suele decir, el Señor lo ha llamado a su seno. Un obituario, según la Academia, es «un breve resumen cuando el fallecido es una persona famosa». Es lo que aquí se intenta. Pero por una rara ocasión, con las condolencias, van los aplausos. Qué vida la de este hombre nacido en Chorrillos, exalumno de la PUCP, con tantos éxitos en el Derecho y la Política! Amigos, familia, cinco hijas, y que se nos va un poquito antes de cumplir cien años…

Vida plena, lograda. Y puesto que un obituario no debe ser extenso, ¿cuál de todos sus gestos y posturas fue la que merece ahora ser rememorado? No me detendré, pues, en unas cuantas anécdotas, las veces que nos vimos, suficientes para apreciar su cortesía, su talante liberal y su humor e inmensa cultura. Una tarde, María Paz y Ricardo me mostraron la biblioteca de Ortiz de Zevallos. Y entendí su curiosidad intelectual. Pero a lo que vamos. De todo aquello, ¿qué cabe destacar en este momento solemne de la muerte? Acaso un par de instantes de la vida peruana. Y la idea en Ortiz de Zevallos de qué es política. De cómo decir sí, y cómo decir no.

Dos fechas cruciales, 1947 y 1956. Don Javier en ellas, a sus 31 años y a los 45. El primer momento es el difícil año de 1947. Entonces, es parte de una agrupación antiaprista. Hubo una generación marcada por el asesinato de Francisco Graña Garland. Ortiz de Zevallos será parte del grupo que apoya el golpe de Estado del general Manuel Odría en 1948 (Wikipedia). Sin embargo no se entiende con Odría, quien lo deporta a Panamá. Años después, hay otra situación crítica. Es 1956. Ese año, Manuel Prado gana las elecciones presidenciales, con votos apristas. Es el resultado de un acuerdo previo con Haya de la Torre. Consiste, de ganar las elecciones, en devolver el aprismo a una vida legal. En la bancada  del pradismo, Ortiz de Zevallos es uno de ellos, diputado por Lima. Y es lo que hacen puntual, caballerosamente Prado y los suyos. Cesa la persecución al aprismo. El hecho es inmenso. Y no solo para ese partido. Aquel no fue un pacto de infamia. Era sencillamente aceptar que una democracia no se hace con los mismos sino con distintos.

Quizá el tiempo —y que hayan desaparecido los cursos escolares de historia del Perú—desdibuja ese hecho. Cierto, no seamos ingenuos, Haya transfería su capital de votos a 1962. Tampoco deja de ser verdad que los pradistas actuaron con inteligencia. La llamada «convivencia» no fortaleció a los apristas. Al contrario, los debilita. Y en 1963, después de un golpe militar, Haya es vencido por Fernando Belaunde. Voy a otra cosa. Javier Ortiz de Zevallos ¿está en contra del aprismo en 1947 y no lo está en 1956? Surge una sospecha: ¿es correcto que un hombre público cambie de parecer? Como se vive en el Perú la política, se ve mal, resulta incorrecto. Acá, la política resulta un substituto de la religión. Tener línea es profesar un dogma. Pero las sociedades que ingresaron a la modernidad no razonan ni actúan de esa manera metafísica. En otras culturas y países contemporáneos, los responsables de la vida pública toman en cuenta las metamórfosis del mundo real, incluyendo actores, líderes, el pueblo mismo. Lo que hubo tras del político Ortiz de Zevallos fue el hábito del análisis atinado y contingente. En 1947 el aprismo actuaba como un partido intolerante, y entonces, él se le enfrenta. En 1956, el aprismo se ha vuelto una fuerza socialdemócrata y entonces, le abre, junto a Prado, las puertas de la legalidad. Acaso cuenta mucho en la formación de ese talante, los años de niñez: su padre era Cónsul del Perú y, así, estudios en el Collège Notre-Dame de Neuilly y los Sagrados Corazones de los padres franceses de Valparaíso. Se me ocurre que de ahí proviene su talante.  A cada tiempo, su respuesta. Una a favor del orden, pese a los medios empleados. Otra por la apertura. Como todo en la vida, ambas sujetas a discusiones. Pero tuvo el coraje y el temple para lo uno y para lo otro. ¿Cómo se suele llamar eso? Un talante de estadista. No abundan.

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