¿Una enciclopedia arequipeña? Sí, pues, los 14 tomos de TEXAO

Escrito Por: Hugo Neira 58 veces - Jul• 24•19

Estuve en la FIL pero no para presentar un libro mío, aunque había varios en los puestos de venta, sino para cumplir una tarea que me pidieron en la Universidad Católica de Santa María. Nada menos que el rol de lector de una obra inmensa. El adjetivo es justo, tanto por su extensión como por su contenido. Esa obra se llama Texao. Arequipa y Mostajo. Se trata de doce tomos de 400 a 500 páginas. A los que se suman dos más, llamados «esenciales». Por otra parte, a primera vista, parecería una vasta obra de investigación sobre Arequipa —lo es—, pero rebasa el límite regional.

En la FIL, ante un público que no era numeroso pero el suficiente para transmitir esa impresión de algo formidable. Al lado esperaban los que venían para escuchar a Mario Vargas Llosa. En el público que ingresó al auditorio donde se exponían los tomos de Texao, hubo gente muy distinguida. Vi al antropólogo Ossio, a personas que conozco y son diplomáticos. Y acaso buena parte de arequipeños. Lo que dije fue simplemente transmitirles mi sorpresa y admiración. En efecto, yo no conocí en vida suya, a Juan Guillermo Carpio Muñoz. Solo que me he leído las 7000 páginas de esos volúmenes. Que son algo más que una serie de tomos.

En Arequipa, traté de situar esa obra colosal en lo que era la historiografía que reclamaba Raúl Porras Barrenechea en Fuentes históricas peruanas (1954). Es un clásico, ciertamente, sus 601 páginas han sido varias veces reeditadas. Útil para todo aquel que se consagre a la historia del Perú, lo espera los datos sobre las fuentes, desde los primeros quechuistas a la arquelogía, los mitos y épica incaica, los cronistas, las fuentes de la historia colonial, la emancipación, hasta la historia republicana, amén de la cartografía y la historia misma de los historiadores. Conviene que diga que algunos tuvimos la suerte de trabajar directamente con Porras en su casa de Colina, transformada en taller de trabajo, haciendo fichas y lecturas para el maestro Porras y rentados por el editor de historiadores, José Mejía Baca. Un pequeño número de asistentes, a saber, Pablo Macera, Carlos Araníbar, Mario Vargas Llosa antes de partir a Europa. Y entre ellos, quien escribe esta nota. Pero ¿a qué viene esa rememoración?

Por una sencilla razón. En el capítulo XIV, insiste en la importancia de la bibliografía regional (pp. 535-563). Y en cuanto a Arequipa aparece Víctor Andrés Belaunde con un estudio sobre el movimiento intelectual, y Felipe Santiago Bustamante sobre la Compañía  de Jesús en esa ciudad, de Juan José Reinoso sobre Mollendo, y Francisco Mostajo, sobre la fundación española de Arequipa. Sin embargo, no vimos en los decenios siguientes un entusiasmo por los estudios de la historia de otros  departamentos y ciudades peruanas.

Ahora bien, eso no lo vio Porras, pero como uno de sus discípulos, puedo decir, sin duda alguna, que habría aplaudido el esfuerzo y la obra de Carpio Muñoz que comentamos.

Con una variante decisiva. Desde el inicio de su lectura se entiende que Texao es mucho más que una historia regional. Su monumentalidad la produce el hecho que capítulo tras capítulo, la historia de Arequipa va de la mano con los acontecimientos de la historia del Perú. Es, pues, una narrativa de Arequipa y a la vez de la nación. Para ser más claro, diré que se ocupa, por ejemplo, no solo de lo que el autor llama los «aristócratas arequipeños» (tomo III, p. 123) sino de personajes nacionales tales como Grau, Piérola, y en el siglo XX, Leguía, Odría y otros. Las biografías, que son abundantes, son de arequipeños pero no faltan los que no nacieron al pie del Misti. No es, pues, una versión aislada de la historia arequipeña sino una metodología que vincula unos y otros episodios trascendentes, acasos distantes por la geografía, y unidos por el destino. Si así lo vemos y apreciamos, entonces el trabajo intelectual que ha costado esta obra viene a ser una doble lectura. Historia de Arequipa e Historia del Perú. Tal vez (es de desear) inspire a algún otro investigador —o acaso un equipo de investigadores— movidos por el ejemplo de esta obra. Estudio regional y a la vez, nacional.

Pero si fuera solo esto, ¿solo es historia? Depende de lo que entendamos por ello. Ahora bien, es cierto que soy sociólogo, graduado en Francia y profesor por largos años, pero he estudiado historia en San Marcos y por lo general, en mis obras, acudo a una y otra disciplina. Ahora bien, el concepto de historia ha evolucionado en el tiempo que nos separa del final de la segunda guerra mundial. Un poco antes que ese acontecimiento, la historia se había ocupado de los hechos políticos, la diplomacia y las guerras. Pero en el siglo XX emergen los aspectos sociales y económicos, y la historia y los historiadores van a ocuparse no solo de lo que van a llamar la historia-batalla sino de las modificaciones en la estructura de las naciones, cambios demográficos, de comportamientos y mentalidades. Y ya no solo de hechos visibles sino subterráneos. Para lo cual aparece el concepto de longue durée, con la Escuela de los Annales dirigida por por Fernand Braudel (1902-1985). La larga duración, el tiempo largo, es el criterio de Lucien Febvre. Y de Marc Bloch. ¿Qué importancia tienen esas modificaciones para nuestros historiadores peruanos? Los más importantes, como Jorge Basadre, Pablo Macera, incorporaron esas nuevas medidas de la historia en sus trabajos. Ese corte en la aproximación de los hechos significa no solo el estudio de las clases dominantes o de los caudillos, tanto militares como civiles, sino el estudio del pueblo. Y de la cultura popular.

Dicho esto, y de retorno a lo que es Texao, ¿acaso el autor, Carpio Muñoz, solo se ocupa de los hechos políticos? ¿No es verdad que a cada capítulo le dedica espacios muy nutridos sobre cómo es la cultura popular de los arequipeños, desde sus expresiones populares, las peleas de toros, la música popular y a la comida tradicional? Con gran entusiasmo dice el rector Manuel Alberto Briceño Ortega en la Presentación de Texao. ¿Qué no está, de la vida arequipeña, tanto en política como en costumbres, en esos volúmenes? Está la rebelión popular de 1867, no por azar, el inicio de esos estudios. Pero también los terremotos, lo que fue Arequipa en el momento de la Guerra del Pacífico, los valses y marineras, la reconstrucción de la Catedral, la historia de la fotografía o el arte arequipeño. O cómo surgen el Club de Arequipa, el Internacional, el primer Colegio de Abogados. Entonces, no hay solo una forma de historia, sino historias.

A saber, la historia política sin duda, pero también la historia cultural, dada la importancia que se da a literatos, juristas, artistas y pensadores. Historia recuperada del periodismo local, la recuperación de lo que en su momento dijeron los testigos de vista de los acontecimientos, es decir, el diario La Bolsa, El Deber, El Pueblo. Historia de las mentalidades. Cada capítulo tiene algo que ver con las costumbres y tradiciones. Carpio Muñoz desempolva los deseos, los dolores y los placeres de un fondo tanto masculino como femenino, de una historia íntima de las sensibilidades populares. Se juntan, pues, en la misma edición, por lo general en páginas cercanas, la cultura popular y la cultura elitaria. Hay como un proyecto de síntesis. Arequipa, tierra de chacareros. Ciudad de juristas y de profesionales del Derecho (Mostajo). Esta es otra manera de la memoria. No solo hay disponibles, en esos 14 volúmenes, datos para entender la vida cívica arequipeña, sino una fuente para antropólogos y sociólogos y lingüístas. Esto último, dado el estudio y el uso a cada ratos —deliberadamente— de palabras que solo se usaron en las faldas del Misti: «Carosa, helay quitáte si no me lo entendí» (Tomo II, p. 344).

Es hora, entonces, de abordar la estructura interna de cada capítulo que Juan Guillermo Carpio Muñoz publica, y luego de algunos años, reúne en Texao. Arequipa y Mostajo. Esa armazón y soporte interno no es difícil de hallar. Está en cada edición de sus investigaciones que él mismo edita, y que luego recopila, para la obra que comentamos. Consiste en lo siguiente: en primer lugar, un título que se repite en cada edición, a saber, la historia de un pueblo y de un hombre. Luego, un episodio histórico, por ejemplo, la «rebelión de 1867. Viva la religión». Luego siguen las microbiografías, la cronología, las anécdotas históricas y las páginas memorables. Esta organización, por cierto, ha llamado siempre la atención, y Jorge Cornejo Polar, reconocido profesor y ensayista, decano y rector de la San Agustín, en octubre de 1980, reconoce la novedad del ensayo histórico de Texao: «Es una suerte de ataque plurilineal, simultáneo desde varios frentes. El ensayo en sí, el núcleo en sí, está rodeado del documento, de la anécdota, de la fotografía que ilustran, que le dan amenidad didáctica al motivo central que es Arequipa so pretexto de Mostajo» (Texao, tomo I, p. 59)

Tres años después, en 1980, a la segunda edición de cuatro tomos de Texao —publicados en Lima— añade esta interpretación de la obra de Carpio Muñoz: «Debe reconocerse que no hay una sola historia del Perú, sino más bien una multiplicidad de procesos históricos, un conjunto de desarrollos paralelos aunque desiguales que deben ser estudiados en su peculiaridad». Quizá conviene detenerse un instante en esta peculiaridad. Porque define la naturaleza de esta obra.

En primer lugar, el mismo Cornejo Polar había observado en la edición de 1980 la posibilidad de que «habiendo anécdotas y fotografías, esa historia podía llegar al gran público y a los niños». En segundo lugar, la «plurifocalidad» de los textos, desde estudios de biografías y «minuciosa cronología», podía «sorprender al lector y luego interesarlo y cautivarlo». Atinadas y certeras afirmaciones del gran Cornejo Polar. Sin embargo, visto desde la perspectiva del siglo XXI, hay una tercera razón, que me permito añadir.

Vivimos en una era marcada no solo por la mundialización sino la importancia de la imagen. No solo cine, televisión, internet sino celulares. A eso se agrega que en las Ciencias Sociales cada vez más se establece la necesidad de la multidisciplinariedad. No es del todo correcto ponerse como un autor de esa corriente por aquel que esto escribe, pero no tengo más remedio que decir que,  por mi parte, mis obras se tiñen de historia y a la vez de Ciencias Políticas y Ciencias Sociales, disciplinas las dos últimas, en las que me formé en Francia. País en el que hice casi el total de mi vida universitaria. Con colegas europeos que practican esa interacción de saberes, a diferencia de la metodología anglosajona que prefiere la máxima especialización. Ahora bien, si Juan Carpio se propuso como meta teórica la historia de Arequipa en el tránsito del siglo XIX al XX, observando no solo los hechos históricos y culturales, sino «la entronización del capitalismo en la ciudad y en la región», entonces caben diversas narrativas. La historicidad de Arequipa, los acontecimientos —Vivanco en el XIX, Belaunde en el XX— pero también la sustancia de lo vivo, los sentidos, los sabores, en suma, desde la guerra de caudillos y las pasiones políticas a los arequipeñismos. Lo que dice el intelectual y el jurista, pero a la vez, las picanteras tanto como las rebeliones. Las misas como los desfiles.

No una simbiosis sino un vasto abanico que va del characato al notable, y viceversa. Académicamente, unos espacios de historia política, social, cultural, donde cabe la vecindad y paralelismo de la historia, el costumbrismo, la lingüística y la antropología. Más que la amenidad, la pluralidad. Desde los hechos que parecen banales a las grandes transformaciones. De la historia de la gente a la gente sin historia. Y acaso la historia de lo que cambia a la vez, en la longue durée, la ciencia de lo que no cambia, o difícilmente.

Algo decisivo para concluir. Texao. Arequipa y Mostajo, rompe todos los modelos de edición de estudios e investigaciones. Es una pesquisa académica sin duda alguna. Pero con un esquema brillante y extenso. No es una acumulación de documentos ni una colección de textos. Es historia nacional e internacional. Podríamos también llamarlo  ‘diccionario biográfico-histórico-cultural’, pero ese intitulado es demasiado largo. Me permito decir lo que pienso. Cuando un saber se expresa en varios tomos, con un aporte universal y objetivo y variado, a eso se le llama ‘enciclopedia’. Idea y obra que como es sabido, inventan los pensadores de la Ilustración francesa en 1751, Jean le Rond d’Alembert y Denis Diderot, con el nombre célebre por siglos, de L’Encyclopédie. Hoy existen diversas enciclopedias, incluyendo las digitales como Wikipedia. Para eso, sin embargo, debido a las diversas temáticas que se hallan en los diccionarios, la originalidad de cada artículo depende en gran parte, de un índice adecuado. De lo contrario, la búsqueda de un personaje o de  una entidad —los clubs, las empresas arequipeñas— sería extremadamente difícil. La extensión, variedad y contenido lo reclama. En fin, me parece que su definición en el pasaje de los fascículos iniciales a los 14 tomos, puede llamarse, ‘Enciclopedia arequipeña’. Y es eso lo que es. No un libro corriente. Una suma de saberes. Que puede extenderse a ciencias geológicas, ecológicas, de la natura o de la sociedad humana. Sin límite alguno. ¿Qué novedades nos espera en este siglo? ¿Cómo afectarán a Arequipa y al Perú? Texao es un producto mistiano, y por eso, inacabable. No faltarán los herederos intelectuales de Juan Guillermo Carpio Muñoz.

En la FIL, stand n°188, a 365 soles la colección completa.

Publicado en Café Viena, 23 de julio de 2019

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