Vallejo y qué significa la palabra Trilce

Escrito Por: Hugo Neira 222 veces - Ene• 31•22

En recuerdo de Vallejo, por la cronología. Y es trascendental recordar estos días en que el poeta estableció una química del espíritu llamada Trilce. ¿Y qué quiso decir con esa palabra, más allá de sus poemas, viajes, ideas políticas y una vida dividida en dos mundos?

Aunque estoy lejos de Lima, la distancia de la geografía ya no impone los kilómetros puesto que estamos en el siglo XXI. Y me llega un mail de un amigo de toda la vida, Alfonso Salcedo, para recordarme que es centenario no solo de sus poemas o sus esperanzas políticas, sino de lo que César Vallejo llamó Trilce, un concepto que nace después del primer libro, Los heraldos negros.

Pese a todo —la pobreza y la soledad de los Andes—, Salcedo me recuerda, en su carta, «la historia de cómo César Vallejo se inscribió en el corazón del pueblo, con padre y madre, seis hermanos». Él sin esperanza, casa humilde, barrio pobre, Cajamarca en 1932, los dos últimos hermanos que «fugan por caminos de cabras, a las alturas, no tienen ni siquiera el burro de la huida a Egipto. A los dos últimos hermanos, les tocará entonces nacer entre riscos y quebradas, parajes innominados de las serranías de Huamachuco.»

Me escribes: «No es intención de esta columna relatar las pericias de un joven aprista, joven constructor de caminos, y su familia huyendo y trabajando, trabajando y huyendo, por la alocada crestería de los Andes norteños… Hasta que fuera detectado por la «soplonería» del Ministerio de Fomento y Obras Públicas de las dictaduras, y puesto en la lista negra».

Cierto, el joven César, mucho antes de ser famoso, tiene un símbolo, la «piedra negra sobre una piedra blanca». Vallejo:

Me moriré en París con aguacero,

un día del cual tengo ya el recuerdo.

Me moriré en París —y no me corro—,

Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Esa visión premonitaria de Vallejo se la dice a Larrea en 1924, se la remite a Luis Alberto Sánchez, que no recordaba si fue en 1927 o en 1930. Todo esto está en las páginas de Poemas Completos (Ediciones COPÉ, con notas de Ricardo González Vigil, páginas 9 a 31, la «trayectoria de Vallejo»).

La muerte y la vida estaban en su mente y en la evolución de sus poemas y en la vida misma. Ricardo González Vigil acierta en esa dramática vida, para llegar a los niveles más altos de la literatura, tuvo que «romper amarras con Trujillo el 27 de diciembre de 1917, embarcándose en el vapor Ucayali rumbo a Lima adonde llegó el 30 de diciembre». Se le había muerto la madre y Manuel González Prada. En la capital Abraham Valdelomar le había prometido un prólogo para Los heraldos negros, algo que nunca hizo.

En cambio en Trilce hay muchos poemas sobre los muertos. Por ejemplo, poema XXIII,  cuando muere la madre:

Tahona estuosa de aquellos mis bizcachos

pura yema infantil innumerable, madre. […]

En la sala de arriba nos repartías

de mañana, de tarde, de dual estiba,

aquellas ricas hostias de tiempo, para

que ahora nos sobrasen

cáscaras de relojes en flexión de las 24

en punto parados.

Madre, y ahora! Ahora en cuál alvéolo

quedaría, en qué retoño capilar,

cierta migaja que hoy se me ata al cuello

y no quiere pasar.

Cuando este dolor llega a una estética propia, hay sentimiento pero a la vez, la madurez del poema y sus pensamientos y los amores. Había iniciado sus estudios en la Universidad en San Marcos, trabajaba en un colegio y había tenido amores con Otilia Villanueva, conocido por la familia de ella. Pudo haberse casado cuando mejoró la situación económica del joven poeta. En el poemario de Trilce anda el recuerdo de un amor perdido, y al que pide perdón.

Poema XXXVII:

He conocido a una pobre muchacha

a quien conduje hasta la escena.

La madre, sus hermanas qué amables y también

aquel su infortunado «tú no vas a volver». […]

Me gustaba su tímida marinera

de humildes aderezos al dar las vueltas,

y cómo su pañuelo trazaba puntos,

tildes, a la melografía de su bailar de juncia.

Y cuando ambos burlamos al párroco,

quebróse mi negocio y el suyo

y la esfera barrida.

El joven Vallejo quizá tomaba las estribaciones de los Andes, con sus faldas y contrafuertes, gigantescos, por las puertas de la guarnición de la cárcel donde estuvo por un tiempo, algo que nunca olvidó. De ahí el intitulado «Vallejo entre la agonía y la esperanza» de José Miguel Oviedo, en Historia de la literatura hispanoamericana.

La crítica académica reúne Darío, Lugones, y Herrera. Pero Vallejo lleva consigo un impulso de ternura, sus poemas tienen símbolos de expiación y sacrificio. Aun en la vida, no deja de decir a la amada:

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;

se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;

y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

Cuando he comenzado a escribir este corto ensayo sobre Vallejo y lo que es Trilce, acudí al estudio de la «época moderna» de la Historia de la literatura hispanoamericana  de Enrique Anderson Imbert, argentino, que fue profesor en Harvard, Duke, y Princeton. Sobre Vallejo y su Trilce nos dice que después de su primer viaje poético —Los heraldos negros, 1918—, «en la vanguardia de esos años nadie pudo subir tan alto ni ir tan lejos como Vallejo en Trilce». Y el profesor Imbert nos presenta ese poeta nómade, en sus viajes poéticos: conoce la estética de los padres, o sea, los grandes poetas de ese instante, Ruben Darío, Herrera y Reissig y Leopoldo Lugones, del Lunario sentimental. Pero el joven Vallejo —dice Imbert—«se llevaba en los bolsillos, como confituras obsequiadas, muchos versos de la alacena modernista. Y el muchacho, aunque por el camino iba saboreando esas confituras, se alejó del cosmopolitismo hacia lo nacional, regional, popular, e indigenista. Mestizo el autor, mestiza su poesía. La sangre parnasiana y simbolista circular por las arterias de los versos mezclada con la de un realismo peruano». Añade: «Notables sus ‘canciones de hogar’; la evocación de los padres y hermanos, el haber partido, el estar ausente, el sentirse desguarnecido lejos de la familia, el regresar ya sin consuelo posible.»

Eso es el Trilce. Los temas del «amor, erótico u hogareño, la vida cotidiana en su tierra de cholos; y el humor es de tristeza, desilusión, amargura, sufrimiento. El hombre sufre fatalmente golpes inmerecidos: Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo  no sé! Golpes como del odio de Dios».

Trilce fue algo gigantesco, que toma a la tierra, la patria, el continente, la furia del océano, los volcanes, las estrellas, el cosmos.

Viajero en dos mundos, un peruano, que muy poco lo conocemos, le dedica unas páginas en su libro. Tengo en la mano el libro de Antenor Orrego. Filósofo a quien salva Eugenio Chang-Rodríguez, compilador, y libro editado por el Fondo Editorial del Congreso del Perú. Intervino Antero Flores-Áraoz, en el 2004. Es un gran filósofo peruano que murió en plena juventud. Le dedica su crónica «Mi encuentro con César Vallejo» (1955). Explica el poeta del solecismo. El sentido americano y universal de la poesía de César Vallejo. Y varias especulaciones suyas. Qué es filosofía, contribución de estima de Ortega y Gasset. Sobre el Dios encadenado. Historia y dialéctica. Idea y creación y temas políticos. Una «carta abierta» a Fidel Castro. Y varios ensayos sobre el Pueblo-continente, cuyo lenguaje no resulta el castellano de la colonia sino un castellano que era peruano y no necesariamente hispánico. Fue hasta el fin de su vida un luchador por la unidad continental, tanto como Zum Felde, Townsend Ezcurra, Luis Alberto Sánchez.

Es mucho, pero para otra semana. Un filósofo de primera, y que se nos muere pronto. Pero su pensamiento sigue en vida en ese libro de 500 páginas, amigo lector. También escribiré sobre cómo van las cosas en Chile. En los diarios limeños, no han entendido qué es la Convención. Ni tampoco las transformaciones de ese país vecino en el campo industrial: se volverá una nación aferrada a la ciencia y la tecnología. Y nosotros ¿qué? En ciencia, ¿qué?

Publicado en El Montonero., 31 de enero de 2022

https://elmontonero.pe/columnas/vallejo-y-que-significa-la-palabra-trilce

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