Voces de ultratumba

Escrito Por: Hugo Neira 204 veces - Oct• 31•22

Carlos Franco (1939-2011) nos decía, en artículo de 1990 en Socialismo y Participación n°52, que “los compromisos políticos de las multitudes urbanas del Perú en los últimos cuarenta años”, registren un hecho “aparentemente  paradójico”: “la constancia de su adhesión al ‘populismo’ y la inconstancia de su lealtad a los ‘populismos’”. Y añadía: “A diferencia de lo ocurrido en México, Argentina o Costa Rica, la plebe urbana en el Perú no ha entregado, delegado o hipotecado su representación política permanentemente a un solo líder, movimiento o gobierno populista”.

Comenzamos esta columna con un párrafo de Carlos Franco —que ya no es de este mundo—, porque Perú es un país muy especial, son los muertos quienes plantean las cuestiones decisivas. Franco planteó que la plebe urbana tenía “una aguda conciencia de sus intereses económicos y culturales y de una mecánica racionalista gobernando situacionalmente su comportamiento”, una “modernidad popular” que por su naturaleza propia podía hacerse sujeto político de sus propios intereses. Al estudiar y discernir los populismos (de distribución, de identidad), observa que el populismo peruano, probablemente antes de Velasco, “fusiona en un solo discurso el distribucionismo y la identidad”, y se plantea “si el populismo en el Perú aparenta ser ¿o es? el ‘costado político’ de la moderna identidad popular”. Y llega a la conclusión de que la ‘plebe urbana’ no era un sujeto sociopolítico sino una ‘sociedad’. ¿Una sociedad separada, un Perú de dos sociedades? No, postuló la idea del alumbramiento, “la sociedad plebeya habitaba dentro de la sociedad peruana ‘conocida’”. “El populismo peruano se apareció entonces como el partero de la sociedad plebeya”. Y la pregunta que se hace inmediatamente después es si “la sociedad plebeya va a ser experimentada como propia o como ajena por los grupos dominantes o por los grupos integrados a la sociedad peruana ‘conocida’”. De las relaciones ambivalentes y la tensión entre ambas sociedades, no salimos, y no terminamos de tener una proyección como país.

Pero Franco fue siempre un observador desencantado. Fueron por lo menos 40 o 50 años en que los partidos políticos se esfumaron por diversas razones, entre ellas, la corrupción, a niveles absolutamente mayores que en otros siglos y etapas históricas. La cuestión de la plebe está clara, se esperaba que no solo se buscaría elevar los salarios de los obreros y campesinos sino que se diera el salto de una clase o capa social a la clase media. Para eso, pasarían a ser población urbana. Lo que ha pasado es algo completamente fuera de la modernidad. Las multitudes rurales invadieron las ciudades grandes o pequeñas. Hoy el Perú es un país con población urbana —en distritos no del todo modernos— y esa «modernidad popular» no cuenta con tierras, empresas y productividad. Pero tampoco se conoce empresas que harían en el país una revolución industrial.  Ni en América del Sur naciones como Brasil, Chile y México son del todo países en camino a la ciencia y modos de producción como los tienen Europa y el Asia. En el Perú no hay esa fiebre por la ciencia, y si tiene alguna el peruano se va a otros lugares del planeta. Sin embargo, todos van a tener que prepararse y ampararse de los efectos del cambio climático de esta época.

Para entender la gobernabilidad en las últimas décadas, es preciso decir, según Julio Cotler, que hubo cambios y continuidades en la relación entre la sociedad y la política, descomposición política y autoritarismo al mismo tiempo. Por eso, ante la ausencia de partidos políticos o su debilitamiento desde los años 90 a nivel global, emergieron los populismos para resolver las demandas populares no atendidas, entre ellas la educación que establece la clase social.

Populismo, es uno de los conceptos más difíciles de definir dentro de las ciencias sociales y ciencia política, de ahí ‘los populismos’. Durante los últimos veinte años, realmente ¿se podía creer que Alejandro Toledo, por mestizo o cholo, sería de izquierda una vez sentado en el sillón presidencial? ¿Que Ollanta Humala, por venir de familias que no son de la clase alta pero sí militar de mando medio, sería lo que fueron antes los andinos Sánchez Cerro u Odría, autoritarios de extrema derecha? La corriente que llevó al poder ambos personajes fue otra cosa, algo con un nombre específico que apareció en la revista Amaru, en marzo de 1968, en un artículo titulado “Para una sociología del arribismo en el Perú” de Carlos Delgado. Tuvo versiones en inglés, una en 1969 en Human Organización y, en 1970, en Ekistics. También salió publicado por el Fondo de Cultura Económica de México en 1969, en el número 10 de la Revista de Psicoanálisis, Psicología y Psiquiatría. Posteriormente fue publicado en Lima en el libro Problemas sociales en el Perú contemporáneo, Campodónico Ediciones, en 1971, con el título “Ejercicio sociológico sobre el arribismo en el Perú”. Carlos Delgado así lo explica:

“En el Perú el «sistema» social sigue caracterizándose por una marcada rigidez que en gran medida dificulta e impide formas fluidas de movilidad social. La rígida estrechez del «sistema» en cuanto red de desplazamientos sociales, determina que el éxito social solo puede alcanzar a grupos relativamente pequeños de individuos. En una sociedad así, donde la virtualidad operativa de los mecanismos de movilidad social sufre el impacto decisivo de las influencias personales, el poder de patronazgo de ciertos individuos dentro de la sociedad es, en realidad, considerable y, por ende, la posibilidad de manipular tal poder en beneficio propio gravita con fuerza irresistible para estimular determinados tipos de comportamiento de gran eficacia dentro del contexto de un ordenamiento patrimonial de la sociedad. En una sociedad de tales características las posibilidades de éxito social son extremadamente reducidas y es muy alta la competencia por el acceso a posiciones de prestigio, riqueza y poder concebidos como bienes supremos.”

¿Qué quiere el arribista? Escalar posiciones, subir. Sobre Carlos Delgado (1926-1980), algo. Nacido en el norte, en Chiclayo, era aprista, amigo y alumno de Haya de la Torre. Pasarse al aprismo en esos años era un pecado para el comunista o el liberal peruano. Se nota que no existía en el Perú mecanismos para una movilidad de clase baja hacia las mejores formadas. La crudeza misma de la acción competitiva se justificaba por el resultado de haber llegado, ascendido. El arribismo al parecer tiene dos principios. Uno es la adulación genuflexa, o lo que se llama popularmente el sobe. El otro es el raje. “Perú, raje y sobe”, dijo Delgado. Brillante.

El presente artículo se escribe fuera del Perú, en Chile. Son naciones vecinas pero muy diferentes. Hagamos, pues, una comparación. Para el Perú, ha sido el gran problema, por cierto, económico y estructural, la tenencia de la tierra, el país de los gigantescos feudos de la clase dominante que dejó de serlo cuando, en 1969, un régimen militar aplica la reforma agraria, devolviendo la tierra a millones de campesinos indígenas. Y en Chile, el gran problema sigue siendo la educación, la aspiración a una educación de alto nivel, tema que dejamos para otra semana.

Publicado en El Montonero., 31 de octubre de 2022

https://elmontonero.pe/columnas/voces-de-ultratumba

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