El otro Maquiavelo. Republicano

Escrito Por: Hugo Neira 3.886 veces - Sep• 05•13

De Maquiavelo, todos conocemos El Príncipe. O por el rumor, pues se trata del  autor de los Tiempos Modernos el más conocido. O por su lectura de esa obra (tuvo otras) que es corta y fácil de recorrer. Pero muchos hablan en especial de ese libro y sus ideas sin haberlo leído. No, Maquiavelo no fue  maquiavélico. Ni una mala persona. Se conoce, al pormenor, su vida familiar. Tuvo cuatro hijos y una hija,  no hay señales de que fuera un canalla. Aunque insistía cuando llega su hora de morir, que preferiría irse al infierno para seguir platicando con sus buenos amigos humanistas (Strozzi, Buodelmonti) el fraile Matteo le hizo los responsos y lo enterró en la iglesia de la Santa Croce. Ni tampoco El Príncipe es un manual para tiranos o mafiosos.  La ignorancia es insolente, sobre todo en nuestro país donde la flojera para leer es proverbial.  Suelen mencionarlo sin conocer sus obras ni por el forro.

Entenderlo no es tan sencillo. En mis cursos explico a Maquiavelo  después de Aristóteles y antes de otros grandes filósofos de la política. E insisto que con este hombre del Renacimiento se crea la autonomía de la política. Maquiavelo la seculariza (la idea es del profesor Nay). La actividad de la ciudad —en su caso, la ciudad autónoma de Florencia—, la práctica de la vida política es gobernada por leyes distintas a otras actividades y distinta a la moral convencional. No se trata de una prédica de inmoralidad. Con Maquiavelo, con El Príncipe, aparece el principio del realismo. No pretendió cambiar al hombre, “el hombre nuevo” que proponen hoy los partidarios de utopías totalitarias, ni dar lecciones de moral, eso lo habían hecho vanamente, durante mil años medievales, los curas. Inútilmente. Toda sociedad es un campo de fuerzas encontradas. Y en todo ser humano arde la vanidad y la envidia. Y el problema del poder no es anularlo, o someterse. Es conseguir que los hombres, que “sin él se despedazan”, lleguen, Príncipes o pueblo, “al bien común”. Este concepto está en Maquiavelo. Sin él no hay ni Rousseau, ni Tocqueville ni Hannah Arendt. Ni las modernas ciencias sociales. Cinco siglos atrás, nos puso en camino de lo que nosotros los sociólogos llamamos “la lógica de lo social”. Y no lo inspira el mercado sino la necesidad. Como se dice, hay cosas en la vida que no tienen precio.

Pero la terrible lección de Maquiavelo consiste en decirnos cómo son los hombres. «En la generalidad de los casos, se puede decir que son ingratos, volubles, hipócritas, cobardes en el peligro, y codiciosos» (Cap. XVII, El Príncipe). La cuestión que pese a ello se plantea el funcionario de la Segunda Cancillería de Florencia (el primero era el condotiero o jefe político-militar, Soderini) es si merecen ser esclavos. Y la respuesta es que no. Maquiavelo era un republicano. Cuando lo nombra Soderini, tiene 29 años y las ideas muy claras.

Hay que razonar entonces, sobre cuál es la mejor política para que la República de Florencia sobreviva en la fragmentada Italia de entonces. Y es lo que hace. Pero al hacerlo, los Príncipes dejan entonces de acudir a los clérigos. Y eso es lo que la Iglesia no le perdonó nunca.  Así,  a medias buenos y a medias malos (que es lo que somos), los hombres tienen que aprender a obedecer, y los que mandan a admitir el sacrificio que implica la responsabilidad del detentar el poder. No es poco. El gran liberal que es Isaiah Berlin explica, en un texto magistral, la contradicción irresoluble que existe entre la doctrina cristiana y el buen gobierno de la ciudad-estado. Si el Príncipe no espía a sus rivales, no usa la malicia y las armas para defenderse —entre otras perversidades—, puede que sea un buen cristiano pero a la vez un mal servidor de la cosa pública. Un cristiano perfecto hace un monje, pero no un guerrero y menos un político. Maquiavelo en otro pasaje de su célebre opúsculo, usa la metáfora del zorro y el león. Es decir los paradigmas de la astucia y el coraje. Lo que está diciendo es que no se puede ser ingenuo en política. Es riesgo mayor a la cabeza de un reino un hombre iluso o irrealista. O lo que es todavía peor, un indeciso.  Maquiavelo extrae el tema del poder de las ilusiones de la teología medieval. Pero al inventor de la secularización de la política,  los jesuitas se encargaron de combatirlo durante siglos. Prohibieron su lectura, aunque lo leían a hurtadillas. Los maquiavélicos eran ellos.

Maquiavelo introduce el sentido común en el arte que es la política. Un sentido realista que nunca está demás en esos menesteres. Es cierto que lo inspira tiempos suyos de hierro, la guerra misma, sobre la cual publicó un Tratado. (También escribió piezas de teatro.) De ahí sus lecciones de estrategia y táctica, un desplazamiento del arte militar al arte de administrar la ciudad. Pero hizo más. Diseña un campo estricto de lo que es político y lo que no lo es. Comenzó por apartar la religión, un asunto de urgencia en su momento. Tuvo prudencia ante los abusos del clericalismo, enormemente fuerte en su tiempo. Tiempo de los Papas que tenían hijos y ejércitos y territorios  propios. Roma no era lo que es hoy, el Vaticano.  Maquiavelo pensaba, sin embargo, que la divina providencia introducía factores inesperados y a eso le llamó, como los antiguos romanos, “la fortuna”. Hoy le llamamos el azar. Una guerra por ejemplo, una crisis económica. Todo lo que tiene el mundo político y social y económico de imprevisible, incluyendo catástrofes de centrales atómicas y plagas.

Ahora bien, si esto es cierto, la política no puede ser una ciencia exacta. Como comenzaba a serlo en su tiempo, la astronomía. Maquiavelo inventa un saber político sobre lo imprevisible, lo indeterminado. Ningún Estado puede descartar los elementos azarosos.  Eso es lo que recomendaba el prudente Maquiavelo, no desatender la posibilidad del azar. No era como algunos lo suponen, un intrigante, un cortesano, sino un previsor, un observador realista. Según Slieldon Wolin, uno de los grandes estudiosos del maquiavelismo en tanto que ciencia política, el florentino había desarrollado lo que se puede llamar  «una economía de la violencia». O sea,  «una ciencia de la aplicación controlada de la fuerza». Entonces, podríamos imaginarlo —de vivir en nuestros días— de consejero del presidente Obama, preocupándose por las  consecuencias en el tema de Siria. Tanto de intervenir como dejar de hacerlo.  Maquiavelo no se enredaría en la doctrina sino en la ética de la responsabilidad, como la ha llamado en nuestros días el filósofo Jonas. La cuestión capital no está en discutir únicamente sobre los principios, sean de intervención en otro Estado soberano o de no intervención. En uno y otro se puede tardar eternidades, hay argumentos interminables sobre cada doctrina. Ambas respetables, pacifistas e intervencionistas. La cuestión se zanja por otra cuestión. ¿Qué consecuencias? Tanto de hacer como de no hacer. Esa cuestión envuelve ética y política en una suerte de inevitable incertidumbre.

Maquiavelo, en suma, explica la política como la más necesaria de las actividades y, a la vez, como una actividad de lo más difícil. Hágase lo que se haga, siempre será materia de discusión. Y de eso se ocupa la historia. Todavía los franceses discuten si era conveniente apoyar a Bonaparte o no, los americanos sobre su guerra de Secesión y si Lincoln no fue inoportuno con su propuesta de ley sobre el fin de la esclavitud, o de Roosevelt —según dice— dejar pasar la información militar de una nube de aviones japoneses volando en dirección a Pearl Harbor. Nosotros discutiremos hasta la saciedad sobre el error del presidente Pardo de firmar un tratado secreto con Bolivia en caso de guerra, o de dejar de comprar las fragatas que se preparaban en Inglaterra. Así es la historia, la vida, la política: un mundo de decisiones y de no decisiones. Conga va o no va. Y a llorar al río.

Volviendo a Maquiavelo, a su idea de la política como un campo inevitable de conflictividad, enrumbé mi ponencia en el Instituto de Gestión Pública. (*) Hubo, pues, una mesa estupenda y en ella acompañé a Carlos Meléndez, Alan García y Ricardo Vásquez, hay grabación y acaso un día, se la transforme en un documento de uso académico. No puedo opinar que fuera muy buena mesa de debate por precisamente formar parte de la misma, pero esa es la impresión que dejó. Fue, por lo demás,  debate organizado por los propios alumnos, bajo la batuta convincente de Ursula  Aliaga. Y por mi parte,   me limité a escuchar y luego comparar los dos grandes libros de Maquiavelo. Es decir, El Príncipe y el Discurso sobre las décadas de Tito Livio. Menos conocido este último, y sostuve que me parece extremadamente importante. Si en el primero se dirige al Gobernante, a Soderini, su amigo, Gonfalonero de la Señoría de Florencia, en el segundo, escrito como el otro entre 1513 y 1516, se dedica a pensar lo político en los pueblos, las repúblicas, y el concepto de multitud. Un anuncio sobre este cambio temático se halla, sin embargo, en mi libro ¿Qué es República?, «Maquiavelo republicano», p. 77 y ss. En él digo: «Esta obra, concebida como un comentario minucioso de Tito Livio, es mucho más densa que El Príncipe, y se divide en tres grandes partes llamados libros. (…) Ambos textos comenzaron a ser escritos en 1513 y estaban terminados en 1520. (…) Según los eruditos, la composición de El Príncipe interrumpió por un tiempo la de los Discursos (…)». Lo que sí publica en vida Maquiavelo «es otra obra, El arte de la Guerra (Dell’arte della Guerra), publicada en 1521.» Aconsejo que se revise ese texto mío, trata también de cómo era la Florencia de magnates, trata del popolo grosso, trata del aire de libertad. Del tiempo y la circunstancia de Maquiavelo.

Pero he continuado revisando a Maquiavelo y  traigo novedades. Sostengo que el gran libro republicano es el Discurso. Así, un pensador en el exilio y  ese texto en particular atraviesa los siglos porque es subversivo:  propone  construir repúblicas. Siempre me intrigó por qué Maquiavelo fue adorado por los revolucionarios jacobinos franceses. Está claro, no por ser el consejero del Príncipe sino de los pueblos.

Los resultados de mis indagaciones no se hallan en texto alguno. Por el momento, son personales. En el ensayo que preparo va a surgir la figura de Soderini. Y la sombra de una amistad entre el guerrero y el pensador.  Y de esto, casi no se ha hablado. Me sirvo para ello de otros textos de Maquiavelo. Y a la manera de mi maestro Raúl Porras, cuando se planteó el enigma de los años enigmáticos en la biografía de Garcilaso. Porras halla las huellas de la vida del joven Garcilaso en una ciudad sevillana llamada Montilla. Me he preguntado, pues, por dónde fue el errante Maquiavelo. Estoy tras una hipótesis, el momento y lugar en que estos dos hombres extraordinarios, ambos desterrados, Soderini y Maquiavelo, se vuelven a encontrar. Cuando confirme esa hipótesis de trabajo con alguna prueba, la daré a conocer. Un poco de paciencia.

En lo inmediato, y para esa exposición y ponencia, recomendé a mis alumnos y amigos, que tomaran notas. Los estudios cognitivos, en los Estados Unidos, muestran que hay un nexo entre la mano y el cerebro. Si no toman notas, no se acordarán de lo escuchado. Manejar la oralidad, llegar a la elocuencia, es estupendo, pero bueno es aprender también las artes de la exposición escrita. Algo que   nuestra especie ha llevado a cabo, hace 14 mil años,  al descubrir el homo sapiens la escritura. El PowerPoint es el actual opio del pueblo. Las elites se forman tras el arte casi olvidado de saber resumir las ideas que alguien expone. El quehacer intelectual tiene sus recursos, por lo general sencillos. Anotar, indagar, cuestionar, así se forman las  elites que cambian la sociedad y hacen la historia.

(*) Acto académico del 23 de agosto 2013, Instituto de Gobierno y Gestión Pública 

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