Decentes. Los hay pero no se llaman así

Written By: Hugo Neira - May• 23•19

En lengua castellana el decente es el que es modesto y honesto. Pero, una casta a la vez dominante e inepta, le ha dado otro sentido. «El ideal de la decencia lo defiende la élite limeña para mantener privilegios sociales después de la Independencia. Alegaban una superioridad moral que les otorgaba inmunidad ante la aplicación de la ley» (Pablo Whipple). Sin embargo en mi vida, he hallado, afortunadamente, muchos decentes. Citaré apenas unos cuantos.

Había una vez un joven peruano que regresa de México y escribe para devolvernos un Piérola diferente, y a la vez, darle doctrina al partido Perú Posible, desde un concepto el «posibilismo». Hugo Garavito brillará en el periodismo y en los medios. Su idea-fuerza fue la Democracia Social. Sin embargo, Toledo, ya presidente, lo despertaba a medianoche, preocupado por lo que escribía. Toledo siguió en lo suyo. Y la decencia de Garavito, en ese amanecer democrático, se fue con su creador.

Decente es el íntegro, el sincero. Pienso entonces en Alberto Adrianzén, en su adiós a la izquierda. En junio del 2007, se va diciendo «no sirven ni para la revolución ni para las reformas» (Socialismo y Participación, n°103). Pienso en Béjar, después de las guerrillas de 1964-65, admite sus errores en un balance sin mentiras. Pienso en ese momento alto de la izquierda cuando Mirko Lauer convoca a Félix Arias Schreiber, Gustavo Espinoza, Ricardo Letts, Carlos Malpica, Francisco Moncloa, Felipe Portocarrero. Ninguno esperaba enriquecerse mediante algún rango en el Estado. Pienso en Flores Galindo, su franqueza, «la nueva izquierda, sin faros ni metas». Y luego, Tiempo de plagas,  y su testamento, admirable: «Algunos imaginaron que los votos de la izquierda les pertenecían. Pero las clases populares piensan, aunque no lo crean ellos. Los pobres no les pertenecen».

¿Qué pasó? Conversaban gentes muy diferentes. Armando Villanueva y Pablo Macera. Y Jorge Basadre con Macera, que es el más grande historiador en vida, aunque los cubileteos en San Marcos lo llevaran a un voluntario alejamiento, en una Chosica convertida en Santa Helena. No todo es trampa y ambición. ¿Qué objeción a la trayectoria de Rafael Roncagliolo como ministro en Torre Tagle? Y no hay interés alguno cuando la caridad filosófica de Francisco Miró Quesada intenta darle una doctrina a Acción Popular de Fernando Belaunde. Decencia es el NO de Raúl Porras Barrenechea, en San José de Costa Rica.

El deseo de enriquecerse, como meta un caserón en Las Casuarinas y algunos millones en un paraíso fiscal, es de nuestros días. Pero mientras se vienen abajo unas capas sociales, Carmen McEvoy sigue creyendo en la forja de la nación, y Martín Tanaka discute estos tiempos de la antipolítica. Y ante Sendero Luminoso, los escritos con coraje de Iván Degregori, su Qué difícil es ser Dios, es lo mejor que se ha dicho sobre las ambiciones de Abimael Guzmán, dignas de Gengis Kan.

Hemos llegado al final de este artículo y de mi presencia en este diario. Me han hecho saber que prescinden de mis artículos. Acaso una persona como yo resulta imprevisible para los poderes fácticos. He citado a intelectuales. Porque desatendidos por las nuevas generaciones, son lo mejor que tuvo y tiene el Perú. Incluyendo a los que se fueron, Pásara a Salamanca, Scorza, Julio Ramón Ribeyro y Vargas Llosa, a París. Algunos hemos vuelto. Y aprovecho para decir que jamás el director de este diario, Juan José Garrido, me observó un artículo. Este es un adiós sin rencor.

Publicado en El Comercio, 22 de mayo de 2019

https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/decentes-hay-llaman-hugo-neira-noticia-637418

Alan García, 16/04/2019. Profecía y coronación: la última clase (1/2)

Written By: Hugo Neira - May• 21•19

Consideración previa

La presente crónica recupera para el gran público la última clase de Alan García. La fuente es la grabación de esa clase suya en el Instituto de Gobierno y Gestión Pública ante sus alumnos. Es un tanto larga, pero la hemos abreviado guardando los párrafos decisivos. Pocas veces se tiene a un profesor que ha sido dos veces Presidente y además culto, amante de la historia peruana, y como apreciará el lector, un profesor que pasa serenamente de los hechos históricos a la teoría. Este es un documento excepcional. En diversos pasajes, desfilan los presidentes del siglo XIX, la Guerra del Pacífico, Nicolás de Piérola, Manuel Prado, sus éxitos y también sus errores. Todo ello, con afabilidad y una familiaridad que no puede tener un historiador sino alguien que también ha sido Presidente y conoce lo difícil es que llegar en el Perú al poder, y mantenerse en él. Los alumnos que escucharon esa clase no la olvidarán jamás. Porque en ella, además del talento de Alan García, su buen humor y bonhomía, hay alguien más en esa sala de lecciones de la Universidad San Martín de Porres. Y ese algo es el drama de la historia peruana y la presencia de la muerte. Frases como «en la vida hay que escoger un momento para morir», son referencias inesperadas al ángel de la muerte. Cuenta que «va mucho al cementerio», para irse acostumbrando (¡!) Sus alumnos se quedaron intrigados por esas confesiones, pero ahora ya lo sabemos, era un adiós. Hemos dejado esas líneas en negrita, para que el lector no pierda de vista los signos y señales de algo decisivo.

Se seguirá diciendo sandeces por el suicidio de Alan García. Pero tarde o temprano, se darán cuenta los peruanos que fue una inmolación. Y si en el Perú hubiese hombres capaces de respeto por su dignidad personal, al punto de negarse a que los saquen de su casa con las marrocas en las manos, entonces seríamos una Esparta andina. Y no el país amorfo de estos días. 

Que el lector disfrute. La lección final de un guerrero que amó el Perú y a los peruanos y les dedicó, fueran lo que fuesen sus defectos, la vida entera y también cómo se muere, para que acabe el Morro de iniquidades de estos años sombríos. (HN)

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La clase comienza cuando Alan García les dice que va explicar en teoría qué es un sistema y luego pasa a la historia, a la fuga de Prado en plena guerra. «Vieron el sistema político, el sistema social, y ahora el sistema a secas, la caja negra de Easton». Les explica los inputs, «la forma de moderarlos». Y luego una delicia de narración de la historia: cuenta cómo Prado abandonó el poder y las consecuencias.

Habla el Pr Alan García

«El Perú se quedó sin mando cuando los chilenos lo invadieron, un Piérola oportunista aceptó ejercerlo», y cuenta cómo era, qué hizo. «Desembarcaron en Paracas y en Lurín (…) Prado entró en un desánimo atroz, se fue, es su culpa enorme siendo Jefe de Estado. El vicepresidente era el Gl La Puerta, que tenía el defecto de ser cojo (…) ¡No al cojo La Puerta! Tuvieron los civilistas que designar alguien (…) Nadie quiso aceptar. Esa noche, nadie quería la presidencia del Perú, ahora se mueren y siempre se han muerto por querer ser presidente… Entraron 24 mil hombres, y no tenemos ni una pistola para hacerles frente, el que se haga cargo va a ser el culpable». Y mientras discutían los civilistas, «Piérola con 20 hombres se metió a Palacio, en la caja negra, se declaró Director Supremo de la Guerra. Aprobamos que haya entrado Piérola: que se hunda él (…) Gobernó durante un año desorganizando todo, era tan inteligente como desorganizado y pasional. Si usted le caía mal, lo destruiría. Porque Piérola era así, básicamente porque era de ese tamañito, 1,62 m, le tenía cólera a todo el mundo. (A mí me hubiera odiado, como algún periodista. Odiado, ¡soy el diablo!) Entonces, no tenía idea militar, pobrecito. No es su culpa pero ¿para qué te haces cargo de un país en guerra si no tienes idea? A él se le metió en la cabeza, por ejemplo, que los chilenos iban a desembarcar en Ancón —él llegó a esa conclusión en su escritorio— y van a atacar Lima por el norte». (…) «Y se llevó los mejores cañones a la punta del cerro. (…) «Nunca vinieron por ahí, tuvieron luego que volar los cañones para que los chilenos no se los lleven (…)  Luego cometió el segundo error atroz [su estrategia de defensa, y les explica, con un croquis, las dos líneas, desde el Morro hasta la pampa de San Juan, y la otra, en Miraflores, hasta el fondo Vásquez] (…) Ya saben que los chilenos han desembarcado en Paracas y Lurín (… ) Es para matarlo al chiquito, ja… Dos líneas, ¡absurdo! (…) Defienden a medias (…) La batalla de San Juan en Chorillos es una batalla heroica, es la más bella, la más social, la más importante que ha tenido la historia del Perú. (…) Hubieron [en la primera línea] 8-10 mil hombres, organizados, pero no eran del ejército, el Ejército estaba en Arequipa.  Eran los sastres, los magistrados, los bomberos, los estudiantes (…) Mi bisabuelo estuvo aquí, Francisco Ronceros Pagador, (…) junto al ministro de Guerra, Miguel Iglesias. (…) Cómo se le ocurrió dividir a su fuerza social…  La batalla de Miraflores se llama ‘la gran cabalgata hacia Lima’. (…) Los chilenos, no son tontos pues, son más militares que nosotros, son formados por los alemanes pues, no por los franceses, para desfilar, como aquí, (…) y dijeron vamos a atacar por acá, y a las 5 de la mañana del día 13 de enero de 1881, atacaron, y la gente de Cáceres se desbandó. Era la hora negra de Alejandro Avelino Cáceres. (…) Retrocedió, se fue a Miraflores. En cambio Miguel Iglesias, ministro de Guerra, coronel, perdió a sus dos hijos en las faldas del cerro y resistió hasta la una de la tarde, (…) herido con dos balazos. ¿Por qué no volvieron las fuerzas a apoyarlo? De allí nace la leyenda de Cáceres (…), le dijo a Piérola: ‘están borrachos, vamos a atacarlos ahora’. Eso se contaba en los libros de Historia. (…) Los peruanos incendiaron Chorillos, unas 200 casas, nada más, tampoco quemaron Roma. Y los chilenos, no son tontos, pues, tendrían 2000 hombres borrachos ahí, y 22 mil hombres armados en todas partes¡! Es la leyenda que se lanzó Cáceres para justificarse (…) Y el tercer pecado del Sr Piérola, (…) desde el Morro, agarró su caballo blanco, y con un edecán se bajó por Agua Dulce y subió por la bajada Balta (…), a la casa del Sr Schell, cónsul alemán, donde almorzó. (…) Tú huiste de la batalla. En la vida hay que escoger un momento para morir. Si hubiera muerto en el Morro, Grau y Bolognesi serían menos que él. (…) Abandonó la capital (…) Miren lo paradojal que es la política. Él se metió porque el Presidente huyó. Él ocupó el cargo de Presidente y también huyó… Después de tres meses en la sierra, el Director de la Guerra vino a Lima con el rabo entre las piernas, y fue a ver a Patricio Lynch, general,  jefe de las tropas de ocupación chilena. Y le pidió pasaportes, para salir del Perú. Y nuestro Director Supremo de la Guerra salió con pasaportes chi-le-nos, ya. Entonces, no escupas al cielo que en la cara te cae. Contra Prado porque ha huido pero tuviste que huir de la batalla y después del Perú… Es terrible la historia. La historia es dramática (…) Y la historia del Perú es tan triste. (…) Murieron muchos peruanos, 5000, y 2400 en el Morro, un lugar heroico».

En la explicación de la historia, Alan García introduce situaciones que conoció cuando presidente. Son acaso anécdotas pero muy significativas para entender las ambiciones de cierto tipo de empresarios y el poco respeto que le tiene a nuestro pasado histórico. El poco respeto a la patria peruana. Sigue hablando AG:

«Una vez, yo ya era presidente (…) y llego a La Herradura y veo postes, estaban haciendo una especie de andenes en el cerro. ¿Qué es esto? Me bajé… Se van a construir edificios, la firma GREMCO, de los señores Levy. Me dio tal cólera, porque yo tengo gente acá mía en la pelea, yo dije por qué no se van a construir esos señores al Muro de los Lamentos. Para nosotros, este es un lugar sagrado. Entonces, Decreto Supremo; eso se llama poder. Declaras intangible el conjunto del Morro Solar. Se acabó. Juicio contra el Perú en el SIAL. Lo perdieron. Y me odian. Ahí deben estar financiando sabe Dios a quién… Me odian porque dijeron que perdieron millones. Y eso, se los había dado un alcalde chorillano inconsciente de lo que vendía. Se lo vendió por 5 millones, el alcalde Gutiérrez Weselby, alcalde de Chorillos. (…) Lo bloqueamos. (…) Esto, el Morro, es más grande que Arica. (…) Los militares tapan esto, porque el héroe fue Miguel Iglesias. Si Iglesias muere, sería pues un héroe inmenso. ¿Pero qué ocurrió con él? Herido, los chilenos lo deportaron a Chile. Vivió en Chile un año, después de lo cual le dijeron vuélvase al Perú. Y se fue a Cajamarca, lejos de Lima donde estaban los chilenos, donde tenía su hacienda que se llama Montán (…) hasta ahora existe. Estuvo allí dos años, se dio cuenta de que los chilenos eran cada vez más (…), por todas partes, y no tienen traza de irse… Van a quedar 10 años. Para ser héroe, hay que tener valor. Peleando en el Morro, pero también aceptar que estamos perdidos. Hay que sacar a los chilenos, cueste lo que cueste.»

Prosigue AG. «Él hizo lo que se llama el Grito de Montán: un pronunciamiento desde su hacienda. ‘Necesitamos un gobierno que acepte la realidad, porque hasta entonces no había gobierno. (…) Bueno, ustedes ganaron la guerra, ¿con qué se van a quedar? Las salitreras de Tarapacá. OK, pero desocupen el resto del Perú. (…) Sé que seré odiado por eso por las generaciones venideras pero si yo no lo hago, nadie lo hará. Y los chilenos se quedarán 20 años’. Lo dice, y lo hizo. Entonces, el Ejército resucitó y dijeron ‘traición’. ¿A qué, si iba a recuperar el Perú? En su mejor momento el señor tuvo mil hombres y los chilenos eran 30 mil. 24 mil llegaron y siguieron llegando. (…) Transó un acuerdo sabiendo que lo iban a escarnecer. Después de lo cual se fue a su hacienda y murió allá. Pero los militares, se volvieron caceristas. Y maldijeron a Iglesias (porque sino tenían que reconocer su acto heroico). Y miren como es la vida. En este 2° gobierno, un día me fui a la cripta de los héroes, yo camino mucho en el cementerio porque al final yo voy a acabar allí, entonces miro y me voy acostumbrando. No me da miedo la muerte porque me acostumbro, tengo mi sitio, ya sé donde voy a estar y no hay problema. (…)En la cripta, uno piensa. Y después caminé por una avenida, y estaba el presidente Leguía, que yo admiro, modernizante, pateó al civilismo, lo maltrató, muy bien, después se vengaron. Mientras pudo, golpeó a los guaneros. Y estaba caminando, y de pronto veo Miguel Iglesias. Miguel Iglesias, ¿este es el presidente Miguel Iglesias,  el héroe de Chorillos? – Sí, está ahí. – ¿Y por qué no está adentro? (…) -Bueno, no, así lo ha decidido el Instituto de Estudios Militares y no sé qué… Ah no, le dije, yo he estudiado la historia, y conozco cada hora de la historia del Morro Solar y la defensa… Entonces, ¿qué es  poder? ¡Poder! Decreto Supremo: ‘los restos del General Miguel Iglesias serán incorporados al Panteón de los Héroes’. Hay que hacer justicia. Entonces, que arrugaron la nariz, que no sé qué dijeron… ¿Quién arrugó? Bueno, el jefe del Instituto, el general… Mire, mire, a ver. Poder. ‘Déjese sin efecto la resolución que nombró al Gl no sé qué …’ Una rúbrica, adiós. ¿Quién sigue? ¿Quién no quiere más? Silencio. Se cuadraron. Y todos a desfilar el día que lleve Iglesias al Panteón, listo. Poder. Pero es que hacía justicia. Y me falta hacer justicia con el pobre Leguía, que lo han maltratado mucho, pero ya no tendré oportunidad, se la daré desde el cielo; mi abrazo a Leguía.»

Como decíamos al principio, la sombra de la muerte, en este adiós.

Seguiremos con la segunda parte, la próxima semana. AG sigue con Piérola, su carisma. Qué es la caja de Easton o sea, el sistema político. Por qué las APAFAS, el «amigo Kuczynski», los campesinos de Fuerabamba, qué significado tiene para ellos el “yo he firmado” desde 1532. Y las críticas al presidente Vizcarra que no puede improvisar un discurso público sin la ayuda del teleprompter, y al que recomienda su libro, Pida la palabra. Pero entre ironía y broma, si lo entienden, «pero si no estoy, me harán el más grande favor de mi vida: presidente por 3a vez».

Sus últimas palabras. Ni sombra de rencor ni de odio. Alan García, político republicano. Vale decir para todos.  

Publicado en Café Viena, 21 de mayo de 2019

De pronto, voces sensatas

Written By: Hugo Neira - May• 20•19

Hay días en que doy clases desde la mañana a la noche. Y el sábado pasado, llegué a casa tras horas de dictar cursos, pero mi cabeza funciona de modo singular. En vez de estar fatigado, me era imposible descansar de inmediato. Me dije a mí mismo que un tanto de televisión no me vendría mal. Y el azar hace bien las cosas, puesto que caigo sobre «Enfoque de los sábados» en RPP, la repetición del programa sabatino de Raúl Vargas. Y ese día estaban Juan Sheput, Mauricio Mulder y Vitocho, es decir, Víctor Andrés García Belaunde. Y por cierto, el mismo Raúl, con preguntas adecuadas y reflexiones profundas sobre la situación tanto del gobierno como de la sociedad peruana.

La verdad, no seguí el programa desde su inicio, pero alcancé a escuchar a Juan Sheput cuando decía que no se alcanza a saber si los peruanos quieren «un sistema presidencialista, o parlamentario, acaso un híbrido». Sheput argumenta a través de nuestra historia, recordando que la modificación institucional de 1993, es decir, la constitución de Alberto Fujimori, acrecentó el poder presidencial hasta sus últimas consecuencias. O sea, ciertas reformas pueden ser la puerta a nuevos autócratas. Sheput analiza las reformas de la Comisión Tuesta pedidas por el presidente Vizcarra, si le entiendo bien, sobredimensionan al poder Ejecutivo, desequilibrando los otros poderes del Estado.

Me quedé pensando, unos minutos, en la ironía de la historia. Es decir, la facilidad con que Fujimori en tanto que presidente, disolvió un parlamento, sin imaginar que ese mismo recurso, en el futuro sería la espada de Damocles para quebrantar oposiciones consideradas facciosas e instaladas en un parlamentarismo de oposición, es decir, el fujimorismo de Keiko, su hija cuando PPK presidente. ¿Pero lo era? Lo que hemos visto, desde el 2018, es un Presidente sin partido ni mayoría parlamentaria, luciendo una magistratura legal pero débil. Y débil también el poder parlamentario. El resultado lo sabemos. Rivalidad interminable. Conflictos ya no de partido o tendencias. Un impasse. Políticas ineficaces o acaso al revés, ¿la falta de política?

Pero en el Perú, tan baja está nuestra cultura política que una gobernabilidad dividida es aplaudida. Lo que llamaba hace años Tulio Loza, el «populorum» se divierte y a la vez se enoja. «La tendencia natural en la América Latina —dice el politólogo Arturo Valenzuela— ha sido el multipartidismo o sistemas bipartidos». ¿Pero qué pasa en una sociedad en donde se hace lo imposible para que los partidos futuros, fragmenten y no unan?

Mulder nos hace entender que el estructurar nuevas alianzas no es, al parecer, la meta del Presidente. Para Mulder, «es la popularidad». La verdad es que se nota a un político preocupado por el alza o baja de las encuestas. El profesor Juan J. Linz, español y alemán, ante los problemas de las democracias señala que su funcionamiento es gobernar por intervalos regulares, pero no con «magistraturas vitalicias». Son gobiernos pro tempore. Pero por lo visto, no se oye, padre.

Mulder estuvo claro y sincero. Vivimos en una atmósfera enrarecida, solo se admite «el pensamiento único». El que no repite lo que un conocido grupo político decide que es lo correcto, está perdido. No se discute, se insulta al «otro». Sin embargo, el principio mismo de las democracias de la modernidad ha sido la competencia, no solo en las urnas sino en los estrados, el debate público. Eso no es hoy posible porque el «otro» es desacreditado, vilipendiado, la maquinaria diarios-televisión-radio, masacra la imagen del distinto, el ultraje es la regla.

Vitocho estuvo muy claro. Claro está, es necesario una reforma política. Pero no un maquillaje. Se nota que lee y estudia nuestros grandes problemas. En lo que responde a una pregunta de Raúl Vargas, le dice que en una revista extranjera, ha encontrado algo enorme. Un 10% de peruanos no tiene ningún tipo de trabajo, ni formal ni informal. Dice que lo tradicional era un 5%. Hoy ha doblado. En otras palabras, un millón 800 mil peruanos sin chamba alguna. Y no nos extrañemos, pues, del aumento de los asaltos y robos a mano armada. Y algo más, la imposibilidad de una gobernabilidad en un Perú, con el exceso de 2000 cargos de poder local en todo el territorio, ni Brasil que tiene más territorio y más población.

Fue muy tónico escuchar opiniones sensatas y realistas. Sheput hizo notar, con sinceridad, que un sistema de representación unicameral no se da abasto: «Es imposible participar en seis o siete comisiones a la vez». Recordó el gran error del referéndum, ausencia de bicameralidad, y el error de evitar la reelección de los que fueron diputados, o congresistas hoy. En el mundo popular se asombrarían de saber que los gobiernos europeos son más bien parlamentarios. Y que en los Estados Unidos,  nunca se ha elegido directamente al presidente. Los constituyentes de Filadelfia temían la aparición de una asamblea que pudiera ceder poderes excesivos. Su presidencialismo, contrariamente a lo que se cree, es mitigado por la ley y el parlamento. Nuestro presidencialismo fabrica tiranos legales. ¿Se quiere repetir, acaso, un segundo Leguía? Ya no se dan golpes de Estado con militares. Las nuevas tiranías que se avecinan en América Latina vendrán de la plebe.

Lo que vivimos es atroz. Son tres crisis. La economía, no solo crece poco sino que no emplea. La segunda, una crisis de régimen y no de gobierno. Y por último, una crisis cultural, la no cultura política. Proviene de la no educación, al privar a los hijos de los más necesitados de cursos como Historia, Educación Cívica. Hay sociedades suicidas. La peruana niega la cultura a las clases populares y luego les pide el voto que legitime a los políticos que por lo general provienen de las clases dominantes. ¡Genial! Ya veremos las consecuencias en el 2021.

Publicado en El Montonero., 20 de mayo de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/de-pronto-voces-sensatas

¿En qué guerra mundial estamos? En la de Trump

Written By: Hugo Neira - May• 14•19

La idea de que hubo solo dos guerras mundiales es un tanto estrecha, pobretona. Es parte del eurocentrismo a mitad del siglo XX, cuando yo estaba cursando la primaria. Cuando la mayoría de peruanos no había todavía nacido. Pero hoy me pregunto si la historia se volvía mundial cuando se iniciaba en Europa. Eso fue, en efecto, 1914-1918, y por segunda vez, 1939-1945. Pero las representaciones del pasado se modifican. La historia sigue siendo una disciplina pero se transforma al pasaje del tiempo y de la emergencia de otras guerras mundiales. Me atrevería a decir que hubo una III guerra mundial, obviamente, no fue atómica. No estaría ni escribiendo esta nota ni usted, amable lector, en vida. Pero después de 1945, los conflictos, lejos de disminuir, se han multiplicado.

A saber, en lo que se llamaba Indochina, de 1946 a 1975, «la guerra más larga del siglo» según el «Atlas Historique» de Le Monde Diplomatique. Fue un empantamiento estadounidense, que abarcaba lo que se llamaba Vietnam del Norte, Vietnam del Sur, Camboya, y por la cercanía, Birmania y Tailandia. A esos conflictos regionales les llamamos «guerra fría». Concepto que implicaba que no intervenían ni la URSS ni el mundo occidental, lo «caliente» hubiese sido el ataque atómico que no ocurrió. Menos mal. Pero cabe recordar que luego de haber sido un dominio francés, y luego casi americano, el triunfador fue Ho Chi Minh. No fue del todo un triunfo sino un acuerdo con los americanos. Un modus vivendi. Pero se vuelve una nación independiente. Un resultado ocurre en las Coreas del Norte y del Sur. Pero eso no es todo. El conflicto árabe-israelí, su primera guerra en 1949, cuando lo que llamamos Palestina pierde el 78% de su territorio, hasta la fecha. Luego guerra entre Israel y Egipto —la de los Seis Días— en 1967. Y en 1973, en el Medio Oriente, y en 1990, la guerra del Golfo. Y en 1991, el aplastamiento de Irak, con George H. W. Bush, y luego el hijo, en el 2003. Y en Afganistán, ¿qué fue? Un campo de entrenamiento, primero con la invasión soviética que se retira en 1989, y el relevo es los Estados Unidos y la persecución de Osama Bin Laden. La revancha al ataque de las torres gemelas de Nueva York, cuando era presidente Obama.

Podemos seguir un buen rato con la historia presente de diversas crisis que se vuelven bélicas. Sin embargo, en la historia como ciencia, después de la Escuela de los Annales y el momento de Braudel, se toma en cuenta lo que este historiador francés llama la «longue durée». Una temporalidad que abarcaba más tiempo que los libros de historia clásicos. Los fenómenos históricos no deben, pues, ser tratados desde un ángulo de la política, que suele ser corta. Las grandes estructuras se mueven lentamente. La demografía, los cambios sociales, la economía.

Con ese criterio, podemos en consecuencia hablar de una IV guerra mundial. Que es más bien económica. Por mi parte, lo que leo en la prensa internacional, cómo se vive el enfrentamiento de los Estados Unidos y la China de estos días. Por un lado Donald Trump, por el otro, el presidente Xi Jinping. Es una guerra comercial. Hace poco, se encontraron en Davos, en 2018. Y ahora mismo, el 10 de mayo, las bolsas de valores del planeta han perdido el aliento cuando Donald Trump anunció un nuevo endurecimiento, al elevar los aranceles para los productos de importación china. Algo enorme, algo que suma unos 200.000 millones de dólares. Pero The Washington Post, no tardó en deslizar la hipótesis de que Trump jugaba a levantar la mano y los aranceles, para luego redefinir las relaciones económicas con China. Puede ser.

Pero las cosas y los posibles escenarios no van a favor de esta América de Trump que pone en cuestión las maniobras del presidente americano. Por ejemplo, un especialista del mundo asiático, William Overholt, de Harvard, dice que está llegando a su fin la era de la mundialización como producción, y lo que la reemplaza es «la era de mundialización por el consumo». Y dice que Pekín en ese caso, «pesa más». Dice también que en el nivel más alto del consumo mundial se sitúa China, con un 51%. Y que no es el momento, justamente, para cerrar fronteras.

No es la primera vez que encuentro críticas al presidente Trump. No se refieren únicamente a sus salidas altaneras con la prensa americana, o sus divergencias con los países europeos en materia de lucha contra el cambio climático. Me sorprende que lo ataquen justamente en lo que nos parecía era no solo competente sino una fiera, es decir, los negocios. En The Washington Post, dicen a grandes titulares, que en la guerra comercial, Trump siempre está un paso atrás de las maniobras chinas. Y últimamente, una información que me ha llamado la atención. Hasta el día de hoy, yo como muchos, teníamos una opinión sobre Trump que inspiraba respeto. Se le había presentado como un hombre que levantó su fortuna gracias a su talento y habilidad. Lo que los americanos aprecian,  un self made man. El que se se hace o triunfa por su cuenta.

Pero en The New York Times (en el 2018), dijeron que el «presidente americano habría recibido centenas de millones de dólares de parte de su padre», unas montañas de fortuna —dice el diario— «que tienen un aire a fraudes». Pero The New York Times no dice esas cosas por razones morales —de cómo hizo fortuna el padre— sino porque Trump ha sido presentado siempre como un millonario que «no debía su éxito sino a sí mismo». Y resulta que es lo que se llama un «hijo de papá». Una investigación en Nueva York revela que Trump ha heredado el imperio de bienes inmobiliarios en torno a unos 413 millones de dólares. Con esa herencia, cualquiera puede hacerse financiero y hombre de negocios. Como se sabe, lo más difícil es el primer millón. Para el resto, basta con rodearse de expertos y hacer inversiones bien calculadas. La noticia me satisface. Siempre lo encontraba extremadamente petulante. No son así, en general, los americanos. Pero, como es la vida, los «hijos de papá» suelen ser insolentes y caprichosos. El problema es que ese señorito americano lo está llamando la prensa mundial, «el dinamitero». No se piensa en una guerra nuclear. Sino en otra crisis, como la del 2008. Respiraremos cuando deje el salón oval de la Casa Blanca.

Publicado en Café Viena, 14 de mayo de 2019

La corrupción, ¿el gran mal? Sí y no

Written By: Hugo Neira - May• 13•19

La corrupción. Admitamos que es un hecho que nos aplasta por la trascendencia que tiene en los ánimos y el sentimiento colectivo. Y también lo tiene por sus consecuencias evidentes en la economía. Nuestro desarrollo cojea. Pensar es comparar. Singapur tiene apenas 6 millones de habitantes y en cambio un per cápita de 52 mil dólares. Y nosotros, ¿6 mil dólares y una población de 31 millones? En Singapur viven asiáticos honestos.  No conocen nuestras lacras, que son seculares.

Sin embargo, admitamos racionalmente que también el Estado está paralizado por los proyectos detenidos dados los vínculos con Odebrecht. Y por cierto, el temor a la inquisición fiscal de estos tiempos inhibe a cuadros medios y superiores del poder público de estos años, al temer firmar. La razón es simple: dada una legislación tan retorcida y contradictoria como la nuestra, siempre cabe la posibilidad de una persecución judicial en un futuro inmediato.

Hobbes, entre los pensadores políticos más notables, sostuvo que el instinto más intenso es el de conservación. Su tiempo fue el de una Europa fragmentada por las guerras religiosas entre protestantes y católicos, que duraron siglos. De ahí su célebre axioma, «el hombre es el lobo del hombre». Por lo cual propone el Leviatán, un poder civil por  encima de los fanatismos religiosos. A Hobbes no se le conoce bien, se prefiere Maquiavelo o Rousseau, pero el Leviatán —o sea, el Estado— fue la forma de soberanía que pudo poner frenar a otros poderes, burguesía o pueblo, incluyendo nobleza. Y es así como las monarquías nacionales europeas progresaron  gracias a un pacto entre la multitud y el soberano. Hasta que en 1789, aparecen las repúblicas. Octavio Paz prefiere entonces llamar al Estado «el ogro filantrópico». Un elogio y una crítica al Estado mexicano. Que ya quisiéramos tener.

Nosotros no tuvimos nunca un Leviatán. El virreinato fue el dominio flojo, lento, burocrático de una serie de estamentos sociales, peninsulares, criollos, indios comunes e indios nobles, corregidores y curacas, negros esclavos o libertos. No fue un reino. Fue un sistema de pactos. Los virreyes no tenían gran poder. Los frenaban las Audiencias. Nuestro desorden viene de ahí. Y dos siglos de no depender políticamente de otro país no ha modificado nuestras costumbres.

Se equivocaron, pues, nuestros mejores intelectuales. El Perú no busca un Inca. Busca su virrey adecuado. Y para no llamar la atención del mundo, llama a elecciones cada lustro. Nos llamamos ‘República’ pero no lo somos. Desde la Antigüedad, las repúblicas antiguas (Atenas o Roma, sobre todo Esparta) se fundaban en el civismo, es decir, res publica y ciudadanos virtuosos. Todo ello, antes de 1789. Una república, antigua o moderna, reconcilia a sus ciudadanos, por muy distintas y contradictorias que sean sus tendencias. Pero en nuestro caso, el espacio público está muerto. Casi no hay partidos. Y predomina más que nunca la política de la antipolítica. Y varias patologías sociales.

Señalaré al menos dos de las varias anomalías. La primera es el deseo de hacerse ricos. No se trata de salir de la pobreza. No, lo que se quiere ahora es volverse millonario no después de años de acumulación primitiva, sino para pasado mañana. Al toque. Rapidito. País de las coimas y cupos. De arriba hacia abajo, la democratización del cohecho. Y eso viene de antes de Odebrecht. Sí es así, estamos viviendo un drama que ya vivimos. Con Leguía, curiosamente, al inicio de un siglo, en los años veinte, ocurre que  siendo parte del Partido Civil, destroza a sus asociados, los deporta. Establece una capa social de nuevos depredadores que gobiernan hasta que la crisis de 1929 y el golpe de Estado de Sánchez Cerro derrotan al taimado presidente, que había sido aclamado en sus comienzos por los estudiantes de San Marcos. Esas cosas nos han ocurrido. Pero como la Historia del Perú contemporáneo ha desaparecido de la enseñanza, hace de esto 30 años, tenemos generaciones enteras que lo ignoran. Alguien ha dicho que en el Perú no debemos decir «qué hay de nuevo», sino «qué hay de viejo».

Lo que estoy tratando de decir es que la corrupción no es el motor de nuestras desgracias sino la consecuencia de no tener ni Estado ni República. Es triste decirlo, porque estamos ante la proximidad del bicentenario.

Tenemos gobierno. No es lo mismo que Estado. Y me da rabia y vergüenza explicar en qué consiste nuestra confusión. ¿Qué es Estado? En primer lugar, «el mando de un territorio». ¿Es así actualmente? Buena parte del país no conoce el control estatal. De ahí, los negocios del contrabando. La segunda, un Estado es cuando hay «una burocracia diferenciada de otras fuerzas sociales» (Dictionnaire de la science politique, Guy Hermet). En Perú, es lo contrario. Cada ministerio es un botín partidario. La tercera, el Estado es la consecuencia de una meritocracia. Para lo cual, «hay un sistema escolar público de la mejor calidad». Ahora bien, lo hubo de los 50 a los 70 años del siglo pasado. ¡Y lo destruyeron! No vaya a ser que en las Grandes Unidades Escolares se formaran los hijos del pueblo. La cuarta, «el espacio religioso y cívico, separados». Pero no es el caso. Para resolver el lío de Las Bambas se llamó a un prelado. Y quinto, «un Estado protector de los ciudadanos», entre otras cosas, de la intromisión de entidades empresariales. Es al revés.

Dos siglos, y no podemos darnos un Estado moderno. ¡Y menos una República! ¿Res publica? Que seamos todos los peruanos «iguales», no viene a ser un ideal sino un agravio. Casi un insulto. ¿Igualdad? El enriquecimiento y el arribismo son la ideología silenciosa de estos decenios de un siglo XXI que se inicia, en gran parte, con una sociedad con menos pobres que en 1921, pero con más odios entre clases medias ascendentes, y que ven en todo rival, un enemigo.  

Publicado en El Montonero., 13 de mayo de 2019

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