La Independencia como revolución popular, incluyendo mujeres *

Written By: Hugo Neira - Abr• 01•24

El doctor Rivera Oré tiene la amable costumbre de enviarme libros suyos, siempre sorprendentes. Uno de ellos fue Ayacucho. Balance y Perspectiva de Desarrollo Económico y Social en el Siglo XXI (2012). Ahora me hace llegar uno sobre María Parado de Bellido. El primero, me sigue asombrando, es uno de los mejores tratados —no hay otra manera de definirlo— que sobre una región peruana se haya escrito. Puede que me equivoque, que haya por ahí uno sobre otra región, pero lo dudo. El segundo, sobre María Parado de Bellido, que ahora tengo en las manos, es algo fuera de lo corriente. El intitulado no dice del todo su valor. Porque Rivera Oré, que tiene doctorados en Derecho y en Ciencias Políticas, tuvo una primera graduación, en 1967, en Educación. Con una especialización posterior en Historia y Geografía en 1969, y en 1972, doctor en Educación. ¿A qué viene todo esto en un preámbulo que, por su naturaleza, debe ser como una guía amistosa al lector? El caso es que María Parado de Bellido** es una obra doble. He aquí su primer mérito.

Desde sus primeras páginas es un compendio de la historia del Perú. Y luego, en la segunda parte, en el capítulo V, se ocupa de María Parado de Bellido. Por mi parte, lo felicito por ese índice tan completo. El doctor Rivera Oré tiene alma y voluntad de pedagogo. Sabe que los libros de Historia del Perú han desaparecido de las aulas. Desde hace decenios no se enseña Historia. Entonces, ¿cómo situar el episodio heroico del sacrificio de Parado de Bellido sin un marco de referencia? Y es lo que ha hecho. Inmenso y sensato compendio. Desde la civilización inca a la conquista española, el virreinato, y desde las reformas borbónicas a las causas de la Independencia. Como conoce bien la historia de Ayacucho, un capítulo es consagrado a la encomienda en Huamanga, y la agitación que produjo (p. 79).  No faltan las páginas sobre San Martín y Bolívar. Y la resistencia patriótica, es decir, montoneras, partidas de guerrillas, lo que envuelve y precede la aparición en la historia de los sacrificios por la Independencia, a María Parado de Bellido.

No comentaré esa primera parte histórica. Creo, en cambio, que no solo está bien elaborada sino que puede ser convertida en un libro central para el retorno en la enseñanza secundaria de la Historia. Lo que sé, dada mi experiencia personal y el haber vivido buena parte de mi existencia fuera del Perú, es que las grandes naciones se edificaron desde las aulas, en que además de las formaciones en Matemáticas, ciencias como la Química y la Física, las acompañaban las Humanidades, y tanto como el conocimiento de la lengua propia y de otras, la historia de cada nación. Así se formaron los ciudadanos de los países que hoy admiramos. El amor al país se aprende en los años juveniles, y la historia es esencial, no solo para enaltecerla sino para conocer también nuestros grandes errores y vicios. La historia moral que dice lo que se hizo y lo que no se hizo, crea las grandes naciones. Porque se aprende lo duro que es el costo de la libertad. No solo de los hombres. Sino también de las mujeres, como muestra este libro.

La centralidad de esta obra es la vida y obra ejemplar de María Parado de Bellido. Ahora bien, se nota en la tecnicidad del procedimiento del autor, su formación como historiador. Comienza, como debe ser, desde los primeros momentos en que la historia patria toma en cuenta a la heroína. No es de inmediato, ella muere en 1822. Y es con Mariano Felipe Paz Soldán que aparece en la Historia del Perú independiente. En 1868. Y seis años más tarde, dice el autor, en Manuel de Mendiburu. Lo que sigue en el texto actual es una serie de fuentes a las que recurre el autor, en busca de datos precisos. A Juan José del Pino, que la menciona en un informe en 1922. El autor conoce los estudios de Carlos Cárdenas Quijano, en Ayacucho, en 1940. En este caso, parece que solo entonces se sitúa con claridad el origen y la residencia en el pueblo de Paras, de la heroína. Se describe, entonces, dónde los padres tenían propiedades y ganado (p. 205). Gracias al autor, sabemos que Cárdenas, que era cura de parroquia, hizo indagaciones por los años cuarenta, a “descendientes directos de la familia Bellido Parado residentes en Paras y pueblos vecinos”. Los aportes de estos investigadores, recuperados por el autor, son de un valor inmenso. Por los trabajos de del Pino sabemos que el apellido de María Parado Jayo, viene del quechua, de Ccayo (p. 212). En esta obra, queda en claro el origen de la familia paterna y materna. Se corrigen errores. Hay la partida de bautismo de Tomás Bellido Parado, el hijo al cual acude la madre para intentar salvarlo. Las guerras de la Independencia —que fueron muchas y muy distintas entre sí— fueron feroces. A María Parado de Bellido la torturan para que diga quién, en el bando realista, daba informaciones sobre los movimientos realistas, lo que desesperaba al general Carratalá. Es un dato histórico que proviene de Pino, y que fue escrito por Gervasio Álvarez en 1847: “El general Carratalá fusiló a María Parado solo porque le tomó una carta que esta señora escribió a su hijo que se hallaba en las filas del ejército independiente…” (citado por el autor, p. 205).

El libro es muy instructivo, y no solo por el tema central, la heroína. Cercanos al Bicentenario, viene como anillo en el dedo para probar que esa emancipación no se juega solo en Junín y en Ayacucho. Le debemos hoy, al doctor Rivera Oré, la información hecha por G. Vergara, que entre “1820 y 1824 se registraron alrededor de 73 partidas de guerrillas distribuidas en 40 grandes teatros o centros de operaciones. Solo en las provincias de Lima había un total de 14 centros de operaciones y las partidas de guerrillas se movilizaban para hostigar y atacar a las fuerzas realistas en más de 60 pueblos y ciudades”. Estos hechos, y otros muchos que se puede recolectar en una historiografía de los efectos independentistas en las provincias peruanas —estudio que no se ha emprendido— cambiaría radicalmente la comprensión de lo que fue la Independencia. No fue una guerra civil entre españoles peninsulares y españoles criollos. No fue un enfrentamiento solo entre elites. No fueron unos cuantos combates entre caudillos lo que decidió la independencia. Hubo pueblo. Hubo gente que creía en la necesidad no solo de separarse del imperio español sino en tener una patria.

Otro gran valor de esta obra, es el acento puesto en la importancia de las mujeres. Conocíamos a Micaela Bastidas, pero, lo confieso, no a Tomasa Tito Condemayta, a Manuela Tito Condori y Ventura Monjarras. Todo esto, en el conjunto de mujeres en la rebelión de Túpac Amaru II. Pero, con Rivera Oré, se alarga la lista de mujeres combatientes. Las bolivianas que acompañaron a los hermanos Catari, doña Bartolina Sisa y doña Gregoria Apaza. Este dato proviene de Indymedia Colombia, Mujeres heroínas olvidadas de América (2007). Citado por el autor, p. 274.

En resumidas cuentas, qué libro profesor Rivera Oré. He aprendido mucho, se lo agradezco, como también el invitarme a este modesto prólogo, ha sido un honor inmerecido.

*HN, Prólogo, abril del 2018

** Rivera Oré, Jesús A., María Parado de Bellido, Editora y Librería Jurídica Grijley, Lima, 2018.

Publicado en El Montonero., 1° de abril de 2024

https://elmontonero.pe/columnas/la-independencia-como-revolucion-popular-incluyendo-mujeres

Micaela: de las blancas azucenas de Abancay a la libertad*

Written By: Hugo Neira - Mar• 18•24

Me ha pedido usted unas breves líneas para prologar su libro. Aquí las tiene. Es un honor porque Micaela es una excelente contribución al conocimiento de un momento de nuestra historia y de un personaje de carne y hueso excepcional. Y una nueva mirada, a partir de nuevas fuentes puestas a disposición del público, gracias al Congreso, para el bicentenario, fondos virtuales.

No discuten el saber histórico, lo amplían. En efecto, conocemos los abusos no solo de los corregidores sino de los curas de pueblos, un cortejo de delitos y vejaciones con los indios, lo vano de reales cédulas y tomos de leyes, que no evitaban lo que Manuel de Mendiburu señala en su Diccionario histórico-biográfico, «el descaro de sus comercios, el engaño a los provincianos, las excesivas ganancias, la imposición de la alcabala, las abominables cobranzas, la pérdida de ganados y sementeras, sobre los indios desesperados» (tomo IX, página 40). Los alzamientos, las rebeliones cada vez más graves, preceden y acompañan a José Gabriel Condorcanqui cuyo levantamiento no fue novedad en 1780, sino uno que fue más lejos que todo otro. Pero le confieso que hasta hoy, el rebelde curaca de Pampamarca, Tungasuca y Surimana —que descendía de los antiguos incas y se hizo reconocer como Túpac Amaru II— había perdido tempranamente sus padres y crece bajo la tutoría de sus tíos, los Noguera Condorcanqui, y lo educan en el colegio de San Francisco de Borja del Cusco que era para indios nobles, y ya de adulto, asume su cacicazgo. Incrementa su fortuna como arriero de piaras de mulas y a la vez viaja a Lima para abogar y defender a los naturales de Canas y Canchis de los abusos que sufrían, al tiempo que reclamaba sus derechos al marquesado de Oropesa. No era un cualquiera ese personaje que se enfrentaba a los corregidores.

Un triple rol. La red de arrieros y en consecuencia, su influencia más allá de Canas y del Cusco. La nobleza, que le permitió conocer al prócer José Baquíjano y Carrillo. Y su nivel intelectual, como lo prueban sus proclamas a las comunidades de la provincia de Chincha, las cartas que escribe a sus subordinados y luego a las autoridades. Pero de ese líder y comandante del mayor de los sublevamientos, este libro recoge las «cartas a  mi señora doña Micaela Bastidas». Cartas notables que el autor de este libro ha recuperado, puesto que han aparecido nuevas fuentes tanto para comprender a Túpac Amaru II como a su esposa.

Hasta el momento, conocíamos de José Gabriel su ascendencia real, incluso su porte, hay descripciones sobre su persona, su talla, sus maneras, un poco menos sobre su cultura. Hasta hoy se le ve como un guerrero, que lo era. Un líder que obtuvo no solo el apoyo de sus familiares sino de otros caciques, pero en este libro, algo más. Conocía su tiempo y su época. La instrucción que recibió, fue europea, y había accedido a los principios avanzados de la igualdad, la fraternidad y la libertad. Este libro hace bien en detenerse en que, en sus viajes a Lima, «toma contacto con los masones libertarios». Sabía aquello que llamamos hoy la Ilustración, y de paso, los acontecimientos internacionales. El revolucionario que apresa al corregidor de Tinta, Antonio de Arriaga, a quien hace un juicio y ejecuta en Tungasuca el 10 de noviembre de 1780,  era más que ese indio-curaca que vieron las autoridades. Túpac Amaru II, muerto el corregidor Arriaga, suprime las alcabalas, las mitas y las aduanas, declara la Independencia del Perú, liberta a los esclavos negros y a los indios mitayos, suprime los tributos, destruye los obrajes,  y triunfa —por un tiempo— en la batalla de Sangarará, el 18 de noviembre. Pero no toma el Cusco. Perdió tiempo y la reacción realista se fortaleció.

Y si en este libro se resalta diversas virtudes, es porque en el fragor de la rebelión, escribe magníficas cartas. Ahora bien, Micaela Bastidas fue algo más grande, más decisivo de lo que hasta ahora conocíamos. Cierto, sabemos que organizó, tras la rebelión de su marido, «tropas auxiliares indígenas» (Milla Batres, Diccionario Biográfico del Perú, tomo I, página 415). Desde las fuentes que este libro revela (Congreso de la República, «Documentos Bicentenario/Túpac Amaru»), sabemos ahora que la rebelión fue preparada con antelación, lo cuenta Bartolina Sisa, la mujer de Túpac Catari. Y con Micaela, el rebelde José Gabriel consultaba «aspectos logísticos y militares». Micaela no solo tenía carácter sino inteligencia. Su casa era un cuartel, en Tungasuca. Era mujer de montar a caballo, y se anticipa a la Mariscala, en las guerras republicanas, la mujer del caudillo Gamarra.

Qué poco sabíamos de Micaela hasta este libro. Provenía de una sociedad mestiza, y los Bastidas, por mucho que descendían de españoles, llevaban genes negros. Micaela era un tanto más alta que las mujeres de su tiempo. Sus enemigos la llamaban «zamba». Era bella. Se casaron temprano, ella con 15 años, él con 18. El novio, en «finas lanas de vicuña y alpaca». Ella, como las mestizas de Abancay, «sombrero blanco con orla de pana y cinta labrada de plata». Todo esto, se diría, no solo la historia sino el contexto cultural, a la vez quechua y criollismo, los poemas que acompañan el relato histórico, en cursiva para marcar lo sensible de lo racional.

Tiene razón el autor. No fue solo un levantamiento. «Una revolución social y técnica». Esa pareja, entre Rousseau y las lomas y entresijos de los Andes, las nieves coronadas y los lechos de ríos caudalosos, una epopeya, un martirio, la ejecución de ambos. Manachá riqsimuwankuchu. Manacha», dice el autor. «Puede que no me reconozcan». ¿Cuándo se levantarán ustedes? dice el poema. Cada tiempo, en efecto, tiene sus modos de dominación. Micaela, hoy día, será lectura de preferencia para libertarios y feministas. Gracias Luis Echegaray Vivanco. No hay victoria de la muerte cuando no se pierde la memoria de los que lucharon para hacernos libres. (HN, julio de 2019)

* Prólogo al libro Micaela, de Luis Alberto Echegaray Vivanco.

Publicado en El Montonero., 18 de marzo de 2024

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El Perú contemporáneo de F. García Calderón (II)

Written By: Hugo Neira - Mar• 04•24

Seguimos con el segundo extracto del capítulo V, «Las fuerzas educativas», de El Perú contemporáneo del novecentista García Calderón. Raúl Porras lo comparaba con Pedro Paz Soldán por «tratar de entender las causas de las dolencias del Perú». Lo encontraba tolerante, en su crítica, una escasa virtud.

                                                           ***

«El clero tiene en sus manos la educación de las clases dirigentes del país. Ha habido, esporádicamente, ensayos de educación laica, de espíritu religioso, como en el Instituto de Lima; pero la elite se educa en los colegios de las congregaciones. Esta formación tiene, en el Perú, los defectos de una educación laica: es un bosquejo, un ensayo sin coordinación ni progreso positivo. La educación clerical, congregacionista, es, en principio, peligrosa para la formación del carácter peruano, ya que favorece, por su acción, todos los vicios hereditarios: a la pereza intelectual, responde con soluciones dadas, con afirmaciones sin crítica y su condena al análisis; a la debilidad de la voluntad, con la disciplina universal y la dirección minuciosa y autoritaria de la conciencia. Es cierto que siempre ha ejercido influencias mejores, aportando el orden, la seriedad, el ideal. Encontramos condiciones de resistencia, esfuerzo, paciencia, honestidad intelectual y moral en las generaciones que la Iglesia ha educado en su seno. No encontrando poderes hereditarios o de castas, ni un poderoso capitalismo, el clero no ha logrado formar una fuerte unión de todas las fuerzas del pasado.

La revolución fue un movimiento de igualdad. Tras ella no encontramos ni una casta militar y jerárquica o una nobleza de latifundio ligadas a la Iglesia. Es así que las fuerzas educativas congregacionistas, en su totalidad, se han dedicado a un objetivo de dominación doctrinal, sin rencor contra la política republicana. Esta educación ha sido más tradicional que monárquica o enemiga de la democracia triunfante. Sus caracteres son los mismos que los de la educación latina. Un humanismo superficial, reducido al latín, y sin el espíritu de las letras antiguas, el desprecio por la observación, el memorismo, la filosofía ecléctica o apasionada por los silogismos; la historia y la naturaleza, estudiadas sub specie católica y, en el fondo, como reflejo de la vida de los maestros, una profunda indiferencia por la realidad, un divorcio entre la escuela y la vida. Siempre la educación de abstracciones y verbalismo, mancillada por Taine en sus célebres páginas de Régime Moderne.

La educación de los colegios laicos ha tenido en el Perú notable inferioridad, por su influencia y número, y con los mismos defectos latinos y clásicos de la educación religiosa. Ha sido liberal, pero superficial, retórica y literaria, dotada de una filosofía espiritualista y carácter democrático. Sin ser clerical, acepta la religión, enseñándola en su totalidad. Un miembro del clero secular llena esta necesidad que tiene más bien carácter decorativo que profundo y real. Estos colegios conducen a la indiferencia religiosa mas no al anticlericalismo; mientras que los colegios de las congregaciones forman católicos o librepensadores que se acercan a la intolerancia. Encontramos como efecto de esta educación, o más bien como resultado de esta cultura y del carácter nacional, una forma católica del pensamiento. No conocemos términos medios, ni el relativismo, ni la distinción de las formas, ni de momentos y matices; la lógica de lo absoluto, favorecida y fortalecida por la enseñanza doctrinal, tiene la misma fuerza en la libertad de ideas y en la fe religiosa. Siempre hemos procedido por afirmaciones extremas simplistas, dogmáticas. Debemos llegar a los últimos tiempos, para constatar la acción de un análisis de los hechos, que no es «exhaustivo», como lo quería Stuart Mill, sino que evita la proclividad a los principios de las antiguas construcciones, y que rechaza, definitivamente, las formas caducas de la ideología revolucionaria. Podemos establecer, así, que la educación clerical no ha hecho sino afirmar las tendencias inmanentes al espíritu nacional.

La religión ha tenido acción poco fecunda sobre el pueblo. Una cierta aspereza en las costumbres y la propensión al alcoholismo y el libertinaje se han debilitado gracias a su orientación; pero ni la energía ni la resistencia para el trabajo, ni la educación o los ideales se han incrementado por la fuerza en la fe. La religión se ha ligado al molde nacional: superficial, verbal y material, no ha dotado de gran objetivo a la vida y acción colectivas. No concebimos el imperio de una moral científica y racional, sino que creemos en una moral que obtiene su fuerza de las creencias y temores religiosos; pero, en la moral popular, la fe exterior, la religión no vivida, la creencia católica en la que el sentido de pureza, moral e idealismo está lejos de conocerse, no tienen influencia continua y profunda. La moral es instintiva, apenas normada por una espontaneidad de un carácter siempre dócil y flexible, teniendo, a la vez, todas las características del fatalismo. Vivimos en el pequeño mundo de inquietantes supersticiones, creemos en un destino desconocido y caprichoso, reduciendo el providencialismo al culto de los santos, a la eficacia de los amuletos, al azar y al milagro. Es una religión común a todas las masas populares. Se le ha llamado «polidemonismo localizado». Es monoteísta cuando reza a un santo, pero cree en un conjunto curioso de entidades sobrenaturales, mal definidas y sin jerarquía dogmática, que tiene, sobre la vida y en lugares diversos en diferentes momentos, una fuerza inquebrantable. Son los demonios buenos o malos los que tejen caprichosamente la sagrada trama de la vida. En el fondo, se trata de un fetichismo depurado o de un espiritismo disminuido y confuso.

En el centro de la montaña, en el Ucayali —Oriente peruano—, las misiones religiosas han efectuado una larga obra civilizadora. Entre pueblos inferiores, tribus y clanes salvajes, a través de un perpetuo esfuerzo sobre la naturaleza y los hombres, esfuerzo cercano al heroísmo, han conquistado regiones favoreciendo la difusión de la nacionalidad. El convento de Ocopa se ha convertido en el centro de esta acción cotidiana sobre las regiones salvajes y sobre el canibalismo. Se llegó a suavizar las costumbres de estos pueblos primitivos e infantiles, por su espíritu y naturaleza. La religión es la única fuente de civilización en estos lejanos confines. El misionero ha abierto la ruta al explorador, al navegante de los grandes afluentes del Amazonas, al conquistador de la selva y del caucho. Débil, negligente, teñida de prejuicios y arcaísmos en la vida abundante de las ciudades, ha retomado su austeridad y fuerza de evangelización de las masas en el Oriente misterioso. Además, ha ayudado en la obra científica e industrial, en la constitución de la geografía, de la lingüística y de la agricultura de las zonas tropicales.

Durante la época española, la acción del catolicismo fue fecunda en dos aspectos. En una sociedad dividida, en la que los privilegios impedían toda armonía, la religión se convertía en fuerza nacional. Daba una cierta unidad a la raza y, gracias a su tutela, luchaba contra el absolutismo civil, formando una cierta conciencia general. Su obra era fructífera, a pesar de la Inquisición y de la escolástica, dos fenómenos, tanto civiles como religiosos de la época. Y sobre el indígena, esta acción fue siempre noble y cristiana. Desde La Gasca hasta Toribio de Mogrovejo —el santo obispo de Lima—, la religión defendió a la raza vencida de la excesiva tiranía española. Los sínodos provinciales dieron sabias y caritativas reglas para la conversión y dominación —gracias a una benevolente tutela— de los indígenas. Y, en lucha continua entre el indígena sometido y el español insaciable, el catolicismo siempre defendió el derecho natural y cristiano del primero, con tenacidad. El clero fue, por lo tanto, un elemento de cohesión, un mecanismo de equilibrio social. Sus integrantes «fueron —para los indígenas— ministros de la paz que buscaban sustraerlos a la vara de hierro de sus opresores. Donde hubiera injusticias que combatir, o acciones culpables que estigmatizar, se les veía en la lucha, intransigentes en su deber» (Vizconde de Bussière, El Perú y Santa Rosa de Lima, 1863). Viajeros como Frézier, Jorge Juan y Antonio Ulloa nos hablan siempre de la acción excepcional de los jesuitas, aun en tiempos de la decadencia del clero.»

Publicado en El Montonero., 4 de marzo de 2024

https://www.elmontonero.pe/columnas/el-peru-contemporaneo-de-f-garcia-calderon-ii

El Perú contemporáneo de F. García Calderón (I)

Written By: Hugo Neira - Feb• 19•24

Francisco García Calderón Rey (1883-1953), hijo del presidente en cautiverio del Perú derrotado tras la Guerra del Pacífico, fue un novecentista brillante poco conocido del público peruano, que se volvió filósofo. Nació en Valparaíso y se formará en Europa. Es el hermano de Ventura García Calderón, el cuentista. A los 25 años, escribió y en francés, un ensayo, Le Pérou contemporain, que se edita en París en 1907. Su prosa se caracteriza por las fórmulas claras y lapidarias de la lengua francesa. Pasarán décadas antes de verlo traducido al castellano. El libro fue rodeado de un calculado silencio, por ser una voluntaria y necesaria reparación. Por estar distanciado del Perú, García Calderón tiene una lectura política e histórica sin duda alguna algo optimista. Por la misma razón, una percepción muy diferente a los estereotipos de sus coetáneos. Por ejemplo, no cree en la inferioridad racial de los indios, pero sí en su inferioridad social. No se engaña, la mayoría de la nación la forman los indígenas. Antes que los indigenistas de los años 20, pensó en formar una élite indígena.

El texto suyo que sigue se titula «Las fuerzas educativas», y lo hemos cortado en dos partes. Proviene de El Perú contemporáneo, de la edición del Fondo Editorial del Congreso del Perú, del 2001 (pp. 261-269).

                                                           ***

«Entre todos los factores de la civilización, la religión debía ser en el Perú, por su fuerza tradicional y por la inferioridad de la ciencia reducida al verbalismo, el factor más poderoso en la maraña de fuerzas nacionales. Así lo ha sido durante el siglo, en medio de períodos difíciles, sufriendo las alternativas de influencias, para jugar, de modo general, un rol relevante en la educación y la vida.

Mas, este poder es menos autoritario e inflexible entre nosotros que en otros países americanos de raza latina. El «patronato», principio de intervención laica y civil en la organización religiosa, sistema político de defensa del poder contra la influencia civil de la Iglesia, es un régimen de liberalismo atenuado, en el que la religión se vuelve un engranaje de la máquina administrativa. Según la tradición española, se siente comprometida por los lazos de tutela laica, en un Estado de organización jacobina, perdiendo —para defender sus intereses materiales— un poco de su espíritu tradicional. En Chile y en Colombia, el poder civil está todavía mal definido: la religión tiene su política y se considera una forma exitosa de régimen. Entre nosotros, el Estado ha establecido, mediante la supresión de diezmos y por el presupuesto de la Iglesia, la misma organización que Napoleón implantó en Francia contra la influencia eclesiástica. Los obispos son funcionarios y no existe relación de dependencia entre el clero y el pueblo; la Iglesia es uno de los poderes del Estado. Es fácil encontrar en este ordenamiento consecuencias enojosas: la conciencia de culpa, el automatismo de la vida religiosa, el servilismo de la Iglesia. Pero, si nos remontamos a la época colonial, durante la cual el catolicismo español gobernaba en forma absoluta, actuando las almas a veces contra el poder; época en la que las pequeñas querellas entre la Iglesia y el Estado se convertían en el centro de la conciencia general, comprendemos la importancia de una liberación del poder civil. La religión española, fuerte en su absolutismo, solo toleraba dos situaciones: la dominación o el servilismo. Para evitar su hegemonía, su vida fue regulada, dejándole el dominio espiritual y retirándole el civil, objeto tradicional de sus aspiraciones.

El carácter peruano acepta de buen grado esta organización política. No es religioso sino indiferente. El espíritu es dócil, extrovertido, y la voluntad es débil para entablar luchas religiosas. Hemos tenido partidos conservadores y liberales y oposiciones dogmáticas; pero un apaciguamiento progresivo de estos conflictos permite establecer que en nuestro espíritu nacional no existe, a pesar de su intolerancia, esta afirmación enérgica de la fe, que hace mártires y héroes. La indiferencia es extrema y la religión una tradición doméstica. No tenemos el espíritu luchador y peleamos por personas y nombres más que por ideas. La retórica española prefiere, en vez de símbolos, imágenes y brillantez verbal. El espíritu peruano, cambiante, burlón, inquieto por las dominaciones, no es propicio al entusiasmo religioso.

El catolicismo domina en el Perú, a través de otras influencias que no son la política: por la mujer y la escuela. La mujer es generalmente conservadora, y, en los países de tradición española, el prejuicio religioso está fundado, en todas sus tendencias, en el orden y la perpetuidad, en el sentimiento y la ensoñación mística. Dos caracteres más íntimos unen a la mujer peruana al catolicismo: un espíritu de simpatía humana que la impele hacia la caridad y una fuerte amalgama entre moralidad y religión, que poseen, en el sentir de las mujeres, una dependencia real y lógica. No podríamos negar que esta influencia religiosa ha sido fecunda, que ha fortalecido el pudor, el sentimiento de familia, el decorum del hogar y que se inspira en un deseo de idealismo necesario al eterno femenino. Sólo quisiéramos que esta caridad no buscara jamás la fe en lugar del amor, que fuera general y humana, al margen de toda camarilla religiosa. Y que esta moral, que la religión funda y sanciona, fuese superior a los prejuicios sociales, tolerante y firme, sin inspirarse solamente en la opinión ilógica e inestable.

La función de la mujer ­—la maternidad— queda en segundo plano en la educación nacional. Es aún un defecto que obedece a una idea vulgar sobre la religión. No sabemos armonizar la virginidad moral y la ciencia necesaria al destino futuro de la mujer. Asimismo, la frivolidad, una exteriorización despreocupada y el prejuicio banal, reemplazan, frecuentemente, en la educación femenina, todos los principios verdaderos de dignidad y elevación interior. Una mujer maravillosamente dotada para el hogar, por su sentido moral, el amor y el desinterés, se encuentra sin preparación para dar educación al niño desde su cuna.

Frecuentemente decimos que el catolicismo es triste y, no cabe duda, nunca hablamos de su esencia, su espíritu eterno lleno de alegría, amor y confianza en la vida. Pero, entre nosotros, en el alma femenina, la religión, por su severidad monacal, su sentido del dolor, su espíritu de disciplina y de renunciamiento, produce una cierta tristeza que conduce al fatalismo que evita el esfuerzo y la acción. Ha habido esfuerzos para instruir a la mujer, sociedades fundadas con este objetivo y aun esbozos de feminismo. Podríamos citar tres nombres en esta obra reciente: las señoras Fanning, Dammert y Dora Mayer.

La Sra. Fanning ha ejercido una larga influencia educativa. Ha trabajado en un sentido laico, con una religiosidad desprovista de todo prejuicio. Quiso oponerse al monopolio de los conventos en la enseñanza. Y su esfuerzo ha logrado demostrar que damos a la mujer peruana una educación frívola, sin el sentido de la vida; y que siempre olvidamos el rol futuro de la mujer en el hogar. De allí el divorcio entre esta instrucción verbal y las necesidades sociales, conducente a situaciones enojosas para la formación de la familia. En sus libros, de gran sentido moral, la señora Fanning prosigue y embellece su propósito, y es, por la dignidad de su vida, y por la nobleza de su alma, un ejemplo de educadora fecunda para nuestro porvenir.

La Sra. Dammert se ha dedicado a otro aspecto de la vida peruana, a la estrechez de una caridad dominada por los prejuicios. Ha querido ampliar esta virtud y hacerla humana y universal, sin influencias de corrillos o de condiciones de credo. Ha fundado en Lima una cuna, equipada de material moderno, gracias a una acción tenaz y, a despecho de toda oposición y desconfianza, ha demostrado la buena influencia de una caridad que no conoce de credos ni juzga las almas. Sabia y prácticamente ha enseñado la tolerancia.

La Sra. Dora Mayer es una mujer de talento positivo y fuerte. Recuerda a Clémence Royer, por su ciencia moderna y espíritu filosófico. En un medio en el que la mujer sólo ha escrito novelas y versos, la acción de Dora Mayer ha asombrado. Ya vislumbramos nuevos hábitos de observación y de pensamiento en los artículos escritos por mujeres en revistas y periódicos. Hay un progreso, a pesar del carácter infantil que pueda tener esta diversión. Dora Mayer ha estudiado con profundidad el problema indígena, defendiendo —con hermosa elocuencia— la causa de esta raza.

El notable esfuerzo de estas tres mujeres, que han tenido que luchar contra tradiciones y hábitos, no parece perdido. Parecería que la mujer peruana está más consciente de su destino y que su fe se define. Quizá el fanatismo pierda, con este cambio, sus más firmes sustentos. 

                                                                       […]

Publicado en El Montonero., 19 de febrero de 2024

https://www.elmontonero.pe/columnas/el-peru-contemporaneo-de-f-garcia-calderon-i

Las Memorias de Pruvonena (III) 

Written By: Hugo Neira - Feb• 05•24

Con los Libertadores llegó el sistema republicano. Abrió y enterró la discusión sobre la forma de gobierno. O bien la de una República sin reyes o bien la de una monarquía constitucional a la manera inglesa, que fue la legitimidad que no se adoptó. El tema de la ubicación del paradigma de Bolívar y el cortejo de Libertadores seguirá trotando desde los inicios de la Independencia hasta nuestros días. Es cierto que la manera cómo se produce la Independencia –en los campos de batalla y no tanto como un cambio institucional– trajo consigo el poder excesivo y de corte personal, el que aparece en los inicios del XIX, y que de alguna manera no nos ha abandonado nunca. Es decir, en la vida pública, la tentación por las fuertes personalidades, por el hombre del destino, por el carisma intransferible, personal.

Al primer presidente Riva-Agüero no lo fusilaron porque se opuso la marina peruana y acaso el mismo Bolívar, al que convencieron. Pero estuvo preso en Guayaquil con sus colaboradores y luego lo deportan a Europa. Murió “achacoso y calumniado” el 21 de mayo de 1858. Y acaso porque los únicos amigos que tuvo en su senectud fueron dos canónigos, Arce y Garay, uno y otro “reaccionarios furibundos”  —dice el joven Riva-Agüero, su bisnieto—, se explica las Memorias de Pruvonena. Este es el último fragmento que reproducimos. Los dos canónigos cargaron de tintas muy negras las descripciones de los peruanos y del Perú. Aunque, por otra parte, no dejaron de decir verdades.

                                                                 ***

«Como sin presentar aquí el origen de los desórdenes, que ha experimentado el Perú hasta el presente, no podria nadie comprender la verdadera causa que atrajo á ese país todo el cúmulo de desastres, de guerras, de tumultos, de depredaciones del erario nacional, de crímenes, de escándalos y trastornos políticos, de que trataremos en la continuación de esta obra; volvemos á decir aquí algunas cosas relativas á los diputados de ese supuesto Congreso; pero como en él habian algunos diputados que no se le prostituyeron á Bolivar, fueron estos excluidos de que se les pagase sus dietas y cruelmente perseguidos, encarcelados, y expatriados, reemplazándolos con otros. Todo esto fué pues convenido entre los diputados del Congreso, de Sucre y Bolivar, á fin de que se le facultase para que levantase en Inglaterra otro empréstito de trece millones de pesos, y en fin, para que dispusiese de las rentas y bienes nacionales como si fuese su patrimonio. Bolivar les dijo: denme ustedes esto, y yo les daré á ustedes dietas, empleos y fortunas; y se verificó así. Ese ejemplo funesto de esos facciosos, han seguido los demas Congresos que se han sucedido despues en el Perú. Debemos advertir que cuando Bolivar pidió esa autorizacion al Congreso para levantar nuevos empréstitos, ya tenia á su disposicion el de siete millones y medio de pesos hecho en Londres por el general San Martin,  y otro en Chile de un millon de pesos, por el Presidente Riva-Agüero, cuyos empréstitos se hallaban en su totalidad á disposicion del gobierno del Perú. No satisfecho con esto exigió de su Congreso la autorizacion para los nuevos empréstitos, y aquel Congreso, su ciego y pasivo instrumento, le dió la siguiente autorización.

            — « Lima, Marzo 9 de 1825. — Al Sr. Ministro de Estado en el departamento de hacienda. — Puesta      en consideracion del Soberano Congreso la nota de U. S. en que manifiesta el deseo que S. E. el            Libertador tiene de que la Representacion Nacional designe la cantidad que haya de negociarse de           empréstito de los extranjeros para las urgencias del Estado, ha resuelto: — 1° Que S. E. el Supremo         jefe de la república, queda autorizado para levantar el empréstito de diez millones de pesos.

            — 2º Que si aún fuésen necesarias, á juicio de S. E., mayores sumas para satisfaccion de las urgencias     de la república á mas de las expresadas, pueda igualmente levantar otro empréstito de tres millones.    — De órden del mismo, lo comunicamos á U. S. para que lo ponga en conocimiento de S. E. el   Libertador. — Dios guarde á U. S. — Juan Bautista Navarrete, diputado secretario. — Manuel Muelle,   diputado secretario.»

Adviertase que esta autorizacion se le dió, en 9 de Marzo de 1825, cuando ya se habia acabado la guerra, y cuando ya le habia ese Congreso supletorio regalado á Bolivar, un millon de pesos, otro á su ejército, y doscientos mil pesos en dinero y una Hacienda del valor de cuatrocientos mil pesos á Sucre. Si á esto no se llama un saqueo, ¿qué nombre se le dará? En el mundo jamas se habia visto una impudencia y descaro igual al de Bolivar. Estos hechos y muchos otros constan en la Coleccion de Leyes y de Decretos: el que lo dude ocurra á esa obra impresa en Lima durante la Dictadura, y á vista de ese mónstruo. Y para colmo del abuso, ese Congreso compuesto, como ya tantas veces hemos repetido, la mayor parte, de diputados suplentes, ejercía sus funciones en esa fecha, de 9 de Marzo de 1825, cuando ya todo el Perú se hallaba independiente de España, y que entonces podian los pueblos elegir sus legítimos representantes. Pero á Bolívar le convenía conservar á esa postiza Representacion nacional, porque con ella tenia todo lo que él no podía esperar de otra verdadera, ó que por lo menos sería muy contingente el que lo hubiese entonces conseguido.

Dos años antes de venir Bolivar al Perú, se ocupaba en espiar la ocasion de apoderarse de ese rico país, para lo que empleaba los medios mas insidiosos. Como que él era Presidente de la república de Colombia, tenia un ejército consigo; y así no le fué difícil de poner en práctica todas las arterias y astusias que en otro tiempo empleó Philipo contra la Grecia. Hallándose en Lima, ya con la omnímoda del poder en esa parte del Perú, compró al coronel La-Fuente que mandaba un regimiento en el ejército que en Trugillo tenia el Presidente Riva-Agüero, y así mismo á unos cuantos jefes de las tropas auxiliares del Rio de la Plata; y escudado con cinco mil hombres que habia introducido de Colombia, que era en lo que consistia todo su ejército en el Perú; se quitó la máscara, y puso de manifiesto su criminal aspiracion de dominarlo. Desde entonces, comenzó de hecho la Dictadura, y volvió la nación peruana á perder su independencia, sometiéndose á su dominacion, á mas no poder. ¡Cuánto no le ha costado despues, para sacudirse de esa nuevo y despótico yugo! ¡Cuántos millones de pesos dilapidados! ¡Cuántos millares de peruanos sacrificados por aquel tirano! ¡Cuánto no ha sido alterada la moral pública, con el pernicioso ejemplo, de los execrables vicios de Bolivar, y de sus jefes y oficiales! ¡Y cuál no ha sido la leccion para el Perú, de lo que debe esperarse de auxiliares de las otras repúblicas!!!

Bolivar corrompiendo así á La-Fuente y á algunos otros jefes auxiliares, relajó la disciplina militar, y desmoralizó las tropas. Desde entonces se familiarizaron éstas en deponer al Jefe de la república, y á no contar por nada la subordinacion ni el honor. El mismo Bolivar fué despues la víctima, por las sediciones de sus tropas en el Perú y en Colombia. Cumpliendose así el refran de que: «Con la vara que uno mide será medido.»

Viciado así el país, era una consecuencia necesaria que la desmoralizacion del ejército y el trastorno social atraerían al Perú la anarquía hasta el grado de establecerla en sistema, como desgraciadamente ha acaecido. Una nacion no puede ser bien gobernada si no castiga á los criminales, y si no prémia á los que la sirven bien. No se ha hecho esto en el Perú; y tan lejos de castigar á los que le entregaron la nacion peruana en ese Congreso supletorio, han continuado en los cargos y empleos en que Bolivar los colocó. ¿Y por qué esta apatía, esta desentendencia, sino porque hay todavia en la Representacion Nacional y en los principales cargos de la nacion muchos de los comprendidos en el crimen de la venta del Perú que hicieron á Bolivar! Porque el espíritu de lógia, hace propagar y fomentar esa misma anarquía; y porque si cesasen los desórdenes, temen pagar sus delitos.            […]

Todos los males que ha experimentado el país desde entonces, no habrian tenido lugar si la fraccion del Congreso en el Callao no se hubiera prostituído y vendido á Bolivar; porque sin esa revolucion obrada alli, se habría ejecutado en todas sus partes el plan de campaña que formó el Presidente Riva-Agüero, y por consiguiente, por medio de él, la guerra con los españoles se hubiese concluido en el año de 1823; y sin la pérdida del ejército peruano, como se perdió en el Alto-Perú por esta razon; y lo que todavía es mas, sin la pérdida de la independencia nacional; pues, como se verá mas adelante, se sacudió el Perú del yugo hispano, y recibió el humillante baldon de someterse al férreo yugo de Colombia, ó mas propiamente al oprobioso de Bolivar.

Es digno de notarse que, en el espacio de poco mas de cinco años, el Perú mudó tres dominaciones; la española, la de San Martin, y la de Bolivar; pues es evidente que hasta principios de 1827 apenas tuvo el Perú poco mas de un año de verdadera independencia; esto es, solamente el tiempo que gobernaron el Congreso y Riva-Agüero. Luego, ¿qué hay pues de admirarse que esta independencia, que hasta entonces solamente fué de nombre, haya ocasionado la ruina del Perú?

Para hacerse cargo de la iniquidad conque fueron tratados los peruanos fieles á su nación, no hay sino leer la Exposicion de D. José de la Riva-Agüero, publicada en Londres en 1824: la Memoria del mismo, y su Suplemento á ella, impresa en Santiago de Chile, los periódicos de Buenos-Aires, y los de Chile en esa época: las historias de la revolucion de la América Española, por D. Mariano Torrente, y por el general Camba: la obra de D. Pedro La-Rea y Arispe, escrita durante el sitio de la plaza del Callao, que defendia el general Rodil: el Manifiesto de la declaracion de guerra por el gobierno del Perú contra Bolivar en 1828: el Manifiesto del Dr. Vidaurre, publicado en Filadelfia en ese tiempo: la sentencia que dió la Suprema Corte de Justicia del Perú, en el juicio que siguió al Presidente Riva-Agüero, á peticion suya, acerca de los sucesos de año de 1823: las actas de todos los pueblos del Perú dirigidas á dicho Presidente, en el tiempo que Bolivar le hacia la guerra en ese mismo año de 1823; y en fin, otros tantos documentos impresos de que no hacemos aquí relacion por no aglomerar tantas citas. Cada uno de estos documentos, así como los actos de usurpacion cometidos por Bolivar, hacen cada uno de por sí una prueba, la mas relevante, de la felonía é iniquidad conque este sacrificó el Perú á su frenética ambicion; así como tambien manifiestan la atroz perfidia y crueldad que usó con el Presidente Riva-Agüero, á quien antes habia rendido homenajes de respeto y de consideracion. (Cap. VI, «origen del Congreso Supletorio formado por bolívar para su usurpación»,  pp. 140-148.)                                                                                                                                 

                                                                       […]  

Hemos indicado los excesos en que incurrió este Congreso, origen de todos los desastres que desde entonces experimenta el Perú. Si ese Congreso hubiera estado animado de un verdadero patriotismo, hubiera marchado por una senda diametralmente opuesta á la que tomó; esto es, no habría abusado como abusó del encargo de apoderado ó procurador de la nacion, y convertídose en intrigar con los enemigos de ella, para colocarse sus diputados en los empleos públicos, y en adquirir, por recompensa de su crimen esas sumas que con títulos de dietas les obsequió el usurpador Bolivar. Esto acredita pues, que en la mayoría, de esa Representación Nacional supletoria, no habia patriotismo, ni poseía los conocimientos y probidad que requería ese elevado cargo de procuradores del procomunal. Olvidados estos de lo que eran, se llamaron á dueños de lo que no era suyo, sino de aquellos de quienes se decian apoderados; y bajo de este nombre esclavizaron á sus poderdantes. ¡Cuántas desgracias han atraido al Perú estos excesos! Si despues de ese crimen, la nacion se sacudió del yugo de Bolivar, no por esto se libertó de la continuacion de los males que ese Congreso le legó; porque tras de esa inicua Representación Nacional, vinieron otras varias, y todas ellas contaminadas de los excesos é ignorancia que la primera. A iguales errores, iguales vicios; y por consecuencia, iguales resultados. A un déspota han seguido otros déspotas, á un desórden otros desórdenes; y lo que es peor, la anarquía se llegó á consolidar con el nombre de Gobierno. Si á este simulácro de república, se le llama tal, será preciso confesar, que en realidad es el gobierno de los desgobiernos; ó lo que es lo mismo, la ausencia de todo órden, de toda justicia, y de todo bienestar; y en fin, la falta de toda garantía social. Si los que se tomaron la facultad de constituir al Perú, hubiesen tenido los conocimientos y el patriotismo que les era necesario para desempeñar ese cargo, habrian conocido que un Estado no puede ser jamas feliz, sino cuando se le constituye de un modo análogo á sus circunstancias. Que arreglándose á estas, siempre es preciso no entregarlo á la tiranía de uno ó de muchos, como lo hizo ese Congreso, y los que le sucedieron, ni tampoco entregándolo á un exceso de libertad; porque la extrema licencia y la extrema servidumbre son igualmente peligrosas, y producen los mismos efectos.  (Cap. VII, «Conclusión del anterior», pp.158-159.)»  […]

Publicado en El Montonero., 5 de febrero de 2024

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