El criollismo 

Written By: Hugo Neira - Oct• 20•26

¿Es el siglo XX un siglo criollo? La pregunta encierra una de nuestras mayores interrogantes. En los primeros decenios del presente siglo, lo criollo evoluciona tan alejadamente del país que habían descubierto los primeros indigenistas, que todavía Mariano Iberico escribe sus “notas sobre el paisaje de la sierra”, con una concepción que podríamos llamar metafísica o religiosa, cerca de Novalis y la filosofía alemana, tan desconectada del Perú que habla del “alma enigmática de los indios”, a los que compara con los adoradores de Mirta, el genio de la luz. Este orientalismo de peruanos se repite, es un “leitmotiv”, y la “montaña”, y no la sierra, resulta un lugar de misterio y fábula. Pero el criollismo como expresión cultural tiene otras manifestaciones más felices y menos distraídas. Por un lado, será una corriente literaria, aunque comience desde el novecientos a batir el ala. Todavía discurre con Valdelomar, pero su tristeza provinciana empieza a ser una melancolía de mal agüero para los amos del Perú, el reclamo de la fiebre socialista que llegaría de la mano de su amigo, José Carlos. En cuanto a los versos de José Gálvez exaltando al caballo de paso y a su jinete, “el chalán que es un negro musculoso y garboso”, ya no le gusta a Juan Croniqueur. Encimarán (peruanismo por levantar) los poetas del postmodernismo, José María Eguren, César Vallejo, Martín Adán, y con ello, un nuevo espacio de simbolismo, ya no criollo, peruano. Pero no hay que pensar que como literatura el costumbrismo criollista se muere dado que pierde el apoyo de las vanguardias estéticas, en realidad, sólo se adelgaza, para seguir fluyendo de “las estampas mulatas” de José Diez Canseco a los relatos muy recientes de Antonio Gálvez Ronceros y Augusto Higa.

Criollismo-literatura. Hay el otro, el de la vida corriente, y en ella los trasvases y modificaciones de una parte de la élite. Es el caso de las familias de origen europeo, los Dammert por ejemplo. El aprendizaje de lo peruano no es el mismo que el de los migrantes de los años sesenta estudiados por Patch en La Parada, lo que no quita que exista. De esa transculturización de blancos venidos del viejo mundo se habla poco, y ya es tiempo de que deje de ser sólo un asunto de los herederos. El antropólogo José A. Lloréns, para la Lima de 1900 a 1940, habla de “la cultura criolla popular”. En efecto, entre los trabajadores, en especial los obreros textiles, se van a incorporar componentes culturales que proceden del medio ambiente de su tiempo, es decir, fuera de su propia clase, a menudo cosmopolitas como el deporte y la música. Rafael Tapia, que reflexiona acerca de la cultura del trabajo, no sólo andina sino criolla, dice que somos un país “de invasiones sucesivas”. Ahora bien, una de esas invasiones, destinada a formar una comunidad emocional, a la vez laboriosa y festiva, se logra con la apropiación proletaria del vals, y en el deporte, del fútbol. ¿Qué otro modelo podían tener los líderes de artesanos y obreros, sino el dominante? Para colmo, y como es sabido, no faltaron entre los primeros líderes del sindicalismo ácrata, en las mutualistas y utópicas sociedades de pan y libertad, un buen número de italianos o hijos de éstos. Mayor razón para aperuanarse, el criollismo fue el camino. Mariátegui se apresura cuando entierra al criollismo, en realidad rechazaba la versión culta. Sin el relumbrón de los poetas de salón había los otros, los bardos de callejón, anónimos y potentes. Un cantar de juglaría, la guardia vieja.

Para nuestros días, ante un proceso que no ha concluido, no cabe una tajante respuesta sino algunas conjeturas. O la herencia iberocatólica sigue siendo predominante pese al reclamo contemporáneo de lo andino y lo mestizo, o por el contrario, somos ya un país de diversas tradiciones culturales. Obviamente, preferiría personalmente lo segundo. Entretanto, se sigue enterrando con apresuramiento al criollismo. Pero de la misma manera como el fin de la oligarquía no significó el fin de las clases dominantes —que por el contrario, se renovaron—, la invasión de lo andino no significa el ocaso de un sistema de valores y de una cultura que tiene tantas formas de expresión. Sigue siendo Lima una ciudad con olores de anticuchos en cada esquina, aunque la vendedora ambulante ya no sea una negra. Por mi parte, coincidiendo en otros aspectos, no comparto el punto de vista de José Guillermo Nugent, “el criollismo como desgracia” (El laberinto de la choledad, 1992). En muchos casos fue burla, estigmatización, modalidad para huachafear a los intrusos, privilegio de clase. No, el problema no radica en la pérdida de hegemonía de lo criollo, sino en las carencias de una cierta etnología.

Para un observador exterior, como Dollfus, la cosa es clara. “Los etnólogos han buscado en los Andes las raíces precolombinas, la especificidad de la organización social y política de los indios, fiestas, danzas, músicas, vestido, pero se termina por olvidar la huella de España; que ha sido decisiva”. Hay una cultura específicamente peruana —sostiene— hecha de confluencia y asimilación de aportes diversos, hispánicos como precolombinos, norteamericanos como antillanos. Es un sistema de valores —prosigue—, una cultura, que se traduce por formas de expresión, de prácticas, de manera de ser y comportamientos, que se transmiten por diversos canales. Entre sus vectores, Dollfus señala las novelas de Vargas Llosa, y la radio, la TV, los periódicos, el fútbol, la cocina. Es la historia aprendida en las escuelas. Es el fervor popular en los partidos de fútbol. Es un comportamiento: compadrazgos, clientelas. Un arte del “bricolage” social (¿de la improvisación?). La firme creencia, tan peruana, de que todo puede arreglarse, aun si la situación es tensa o dramática. Y concluye con una fórmula que deberíamos retener: “la cultura criolla es la antitragedia”.

Ese “arte de vivir”, según Dollfus, ¿en cuánto viene a mezclarse con “la ética del trabajo y el esfuerzo” que traen consigo los migrantes andinos, según Norma Adams (IEP, 1987)? ¿Quién podría decirlo? Tal vez se produzcan nuevos equilibrios entre choledad y criollidad, como los que descubre Artemón Ospina Salinas en una sociología de la vida cotidiana practicada, incluso al interior de un microbús. “Vivimos en una sociedad que nunca reconoció a sus semejantes como iguales”. ¿Quién, en los eslabones del laberinto peruano, influirá en quién? Me temo que la plebe urbana no esté inmunizada, contrariamente al optimismo de Carlos Franco y de Hernando de Soto. Como en otros escenarios, los individuos salidos de clases ascendentes pueden adquirir la mentalidad de los dominadores con resultados catastróficamente pequeño-burgueses como en en el viejo continente. Yo me fijaría un poco más en ese mundo, todavía potente y seductor, en el tipoideal del limeño de arriba, capaz de inspirar mecanismos de mímesis social en los adolescentes de barriadas y zonas populares. El nuevo estereotipo del limeño revela la feroz lucha por las ventajas de la modernización en las capas altas y medias, al tiempo que pone en circulación, por desgracia, tipos modélicos, el pendejo, el chucha, el chamullador (Julio Hevia). Resulta innecesario decir quiénes son los mensos o indefensos, los mongos o ingenuos. “Las jerarquías se establecen sobre las habilidades y torpezas”. Manda la ley del mínimo esfuerzo y el compromiso, la última hora, o sea, la impuntual “hora peruana”. Pitucos y achorados, pendejos y conchudos, deformaciones gregarias de un estilo que restablece el reparto de amos y de esclavos, invariantes de una conducta del 900 a la fecha. Es cierto que la diferencia entre lo andino y lo occidental tiende a disolverse. Pero me veo, en el estado actual de la información y de la evolución misma de las mentalidades, en la imperiosa obligación de postergar la respuesta a un par de cosas. Por una parte, quién prevalecerá en la formación de identidades nuevas. En segundo lugar, si ese peruano dejará de “coquetear con la impaciencia, de propiciar el descontrol”, como dice lindamente Julio Hevia. No es evidente que se formen en el Perú los empresarios-shumpeterianos necesarios para un mínimo capitalismo. Ni que se imponga la mejor pauta, es decir, la más austera.

¿Vendrá de la diáspora, de las centenas de millares de peruanos que se fueron a vivir al extranjero? ¿Vendrá de la parte más cosmopolita de lo peruano, que casi ya no es criolla, porque sus normas de exigencias, precisamente, las alejan de las pautas todavía picarescas que anteriormente hemos descrito? No por vivir fuera, ni Ribeyro ni Alfredo Bryce perdieron su alma. Ni la docena de pintores y artistas que por el mundo han ido. ¿Habrá un día —como hay creadores— industriales e inventores? Lo peruano como criollidad tal vez luzca su mejor lado en la guerra que todos libramos, nos guste o no, con las pautas dominantes de una metacultura cada vez más transnacional y mundial. Es de alguna manera, esa curiosidad por lo nuevo, una voluntad barroca que todo lo integra, nuestro contacto proliferante, lo mejor de nosotros mismos, desde don Pablo de Olavide. Una manera de ser de aquí y ser de allá. Criollidad, raíz y vuelo. En el ojo de la tormenta, percepción de la globalidad indefinible del caos mundial. Vehículo de la dimensión inédita que consiste en ser americano sin dejar de asimilar lo universal. Criollización. Desorden creador. Anticipo de la civilización del XXI. Todos criollos, todos mestizos. Universo cimarrón, concluido el antagonismo entre identidad y alteralidad que nos ha devorado en este siglo provinciano y feroz. ¡Tiempos nuevos, a la vez del arraigo y la apertura a la globalidad inabarcable del mundo, salud!

Extracto de Hacia la tercera mitad (1996), cap. “La esquinada herencia”, pp. 461-464 de la 5° edición (El Lector, Arequipa) de 2018, y editado.

Publicado en El Montonero., 19 de octubre de 2026

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Lo criollo

Written By: Hugo Neira - Oct• 06•26

¿No será criollo, como indio, otra ilusión culturalista? ¿Una de esas totalidades espirituales indefinibles? Sin embargo, el sentido común nos dice que expresa cosas, datos de la realidad. La cocina criolla, por ejemplo. ¿Una manera de decir más libre, más desenfadada, hecha con los materiales del país? Se vuelve al sentido del XVI, lo que es del país, lo que es nuestro. ¿Criollo como opuesto a europeo? Y si lo europeo es lo tradicional, el “puchero” español, entonces, ¿la cocina criolla es lo nuevo? ¿O es lo barroco ante lo clásico? Barroco de Indias en los templos, exuberancia al lado de sobriedad. Más que lo opuesto, lo divergente. ¿De qué? Sin duda, de lo occidental. Arquitectura y religión. La fábrica monumental del monasterio del Escorial no podía ser criolla, es austera. La procesión del Señor de los Milagros no sólo es católica y multitudinaria, es criolla (tenía razón el joven Mariátegui en ocuparse de su significación). ¿No hay un catolicismo de este tipo en Europa? No, no lo hay. Hay romerías, como las andaluzas, con todo menos numerosas. Sólo la plaza de San Pedro en Roma y en las grandes ocasiones. ¿Qué tiene de especial la procesión limeña? Dejemos de lado las vivanderas y los apretujones. Tiene el fervor del corazón. El catolicismo latinoamericano es más explícito, más extravertido, más popular. Más medioeval. La Iglesia domesticó las masas en el viejo continente, tuvo para ello todos los tiempos modernos, en cambio por aquí circulan esas corrientes íntimas y emocionales de religiosidad que están muy cerca de los seráficos hermanos de Francisco, tan singulares y cálidos que se pusieron, como todo el mundo sabe, a dos dedos de la reprobación y de los tiznes de la Santa Hermandad. Esa religiosidad tan nuestra, ¿es sentimental por criolla o criolla por sentimental? Los teólogos de la Liberación, ¿podían ser lo que son, si no fuesen criollos? Lo digo por el cuidado puesto en “la base” de pobres y marginales, por el intento de retorno al pueblo que es una idea-fuerza solicitada por los cristianos desde los días de Lutero, por el compromiso inmediato en las barriadas miserables en una liturgia de solidaridades que la iglesia europea sólo se saca de la manga para los tiempos de guerra. Puede que lo criollo sea una forma de afectividad y subjetividad que ya no se lleva en los prados hipercontrolados y racionalizados de la triste modernidad de las sociedades opulentas con altas tasas de suicidio y de colesterol.

Lo criollo, ¿en qué es distinto ya no de lo indio, sino de lo europeo? Si las modalidades que podemos examinar son históricas, porque acaso la independencia cultural comenzó mucho antes que la independencia política, los conceptos operadores son de nuestro tiempo (Ruth Benedict, 1934). Las pautas o “patterns”, es decir, “las tendencias determinantes que imprimen un aspecto la actividades e instituciones” (Dictionnaire de l’anthropologie, 1991). La realidad de una cultura avanza por encima de los individuos (Kroeber, 1952). R. Redfield (1962) nos dice que en el carácter holístico de cada cultura lo que cuenta son “les écarts”, o sea, las diferencias: Lévi-Strauss (1958). Y que hay diversas soluciones posibles para cada problema humano, habitar, comer, vincularse. La literatura criolla, ¿es distinta en qué? ¿Y desde cuándo? En efecto, ¿a partir de qué momento, bajo la colonia, dejamos de tener literatura colonial? Sin duda, no con Juan de Espinosa Medrano, el Lunarejo, esplendor del barroco.Tal vez con Pedro de Oña, tempranamente, con El Arauco domado (1596). Y lo han dicho Porras, L. A. Sánchez, con los satíricos, Mateo Rosas de Oquendo y en el limeñísimo desengaño de Juan del Valle Caviedes. Ciertamente, los costumbristas del XIX siguen siendo sarcásticos, ingeniosos, o sea, criollos. ¿Y por qué la burla era criollista, por descontenta, ya, tan temprano? Vuelta a Lévi-Strauss, para apreciar los parecidos y diferencias en un relativismo cultural que no nos autoriza a prevalecencias. Y Flora Tristán, ¿es criolla o es francesa, o ambas? ¿Y qué hacer con nuestros románticos y bohemios que hasta se morían de tuberculosis? El mal del siglo, dice Porras, llegó al Perú por 1850, “explosión romántica, preñada de lamentos y sollozos, de ansias lejanas, y de nostalgias sepulcrales”. El “acuérdate de mí” de Salaverry, los yaravíes de Clemente Althaus, de José Arnaldo Márquez hasta Ricardo Palma, cuyo lenguaje, con peruanismos y giros americanos tanto como peninsulares, lo salvan de la acusación de continuar una forma de casticismo, aunque festiva. Estas referencias literarias muestran la dificultad de la presente indagación, la literatura peruana tardó en desprenderse de la española y, cuando lo logra (¿con Valdelomar, con César Vallejo?), ya no es criolla, es peruana.

¿Lo criollo es una subcultura como la aprecian los anglosajones? ¿O una contracorriente? Una variante de lo occidental. Y esto, el Occidente, ¿dónde acaba y concluye? ¿Japón, es occidental? No, Japón está occidentalizado, que es otra cosa, y sólo por trozos de la sociedad nipona y por partes, como estratos del alma, en cada japonés. No hay sino que leer a Ruth Benedict, El crisantemo y el sable, de 1946, para comprender cómo una nación puede ser violenta y pacífica, cortés e impertinente, y lucir un sistema cultural rígido y a la vez innovador. Cómo se asimila lo occidental en la América española es un asunto mayor, un tema que remite al del mestizaje hispano-indio, del XVI al XIX, por entero, al mestizaje cultural. No sólo historia, una manera de enfrentar la actualidad. Puesto que nuestra relación con los centros de poder mundial, con el Occidente industrial, no ha cesado, todo lo contrario. Para bien o mal de nuestras culpas.

En otras palabras, el inocente y fútil concepto de criollo nos conduce al abordaje de nosotros mismos. Será necesario ponerse de acuerdo, es parte del porvenir. En efecto, hay una historicidad de lo criollo, vale decir, de sus múltiples sentidos y encarnaciones. Apenas expresaba en el XVI al negro nacido en la casa del amo colonial, diferente del desafortunado que los portugueses arrancaban del África. En el XVIII es un fenómeno más bien de blancos en rivalidad con los peninsulares, y el punto de partida de la conciencia americana. Hasta aquí, las referencias clásicas. Pero el mismo concepto, alargado de criollo a criollización, tal vez pase a expresar en las calles de San Francisco y Los Ángeles, penetradas de caribeños y chicanos, la referencia básica en USA. Acaso el mundo al que vamos, no en los Andes ni en Caribe únicamente, el ancho mundo, el planeta del siglo XXI, vivirá una gigantesca experiencia de mestizaje o criollización. Y como quiera que hemos pasado demasiado tiempo inexplorando lo criollo y exaltando lo andino, ocurre entonces que si la presente hipótesis resulta correcta, todo estaría por pensarse.

Extracto de Hacia la tercera mitad (1996), cap. “La esquinada herencia”, pp. 454-456 de la 5° edición (El Lector, Arequipa) de 2018.

Publicado en El Montonero., 5 de octubre de 2026

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El radicalismo de Raúl Porras

Written By: Hugo Neira - Sep• 22•26

Las asignaturas que tuvimos con Porras, sin embargo, no condujeron a la constitución de una escuela, a un conjunto estructurado, a una unidad dogmática en el pensamiento, y eso hay que explicarlo. La recordación de Porras, a la que estas líneas se asocian, no puede ser ajena a una reflexión acerca de tan singular y emancipada filiación. Lo mejor de su herencia, acaso fue la libertad de cada uno. A pocos años después de su muerte, recuerdo una conversación sobre la materia con Mario Vargas Llosa en París. Me preguntaba Mario cuál era mi plan de estudios y de trabajo en Francia. Después de escucharme, y viendo mi interés por la antropología de Lévi- Strauss, la escuela de historia económica y social de “Annales” o mi asistencia a la cátedra de Lucien Goldmann, me dijo: “de modo que tú tampoco vas a seguir con la historia que hacía Porras”. Reflexionando, Mario había atisbado parte de la verdad, el curioso destino de una lección magistral al que ninguno de sus discípulos continúa a través de la misma manera de concebir la historia, acaso porque ese mismo saber ha sufrido formidables transformaciones en el curso de este medio siglo. Sería fácil poner la suma de mutaciones posteriores en la cuenta de la natural evolución de las disciplinas y el espíritu de contradicción que separa maestros y discípulos y generaciones entre sí. ¿Pero, cómo explicar la lealtad que se le guarda, el secreto sentido de la invocación de su nombre con congoja? Paradojal diáspora de discípulos que, con sendas distintas, y hasta divergentes, enarbolan por igual una feroz voluntad de autonomía. Salidos de ese aprendizaje sin gravamen ni reproche.

No se habla impunemente de un grande de la cultura del Perú, con mayor razón cuando se le ha conocido personalmente, sin a la vez ganar en status y en prestigio. Sobre aquella corona no es difícil auparse. Bajo ese esplendor, valorizarse. Sé perfectamente los riesgos que implican las presentes páginas. Uno de ellos es el de hagiografía. Otro, el de la postura díscola porque sí, para marcar débitos y distancias. Entre esos dos escollos, la presente reflexión toma otro camino. En efecto, después de recibir la invitación a este homenaje, me he preguntado menos sobre la apreciación parcial o total de su obra, en la seguridad que la crítica interna o heurística la asumirán otros, y quizá yo mismo en otra oportunidad. Creo en cambio, que es tiempo de dilucidar el sentido de esa maestría, flor rara en nuestra vida peruana. Porras, como todo gran profesor, dirigió tesis, enmendó carreras, orientó vocaciones. Pero hizo más que eso. Escuchó a los jóvenes, dice Loayza, “lo cual ya es raro”, añade. Hay que decir que se interesó en investigaciones ajenas, en destinos que exploraban formas de creatividad que no frecuentó, como la novela o la poesía; no falta por ahí algún arquitecto, hasta un psicólogo. No hay que pensar que esta maestría se limitó al puñado de jóvenes intelectuales que por un período indeterminado trabajaron a su lado, los discípulos. Diré, de una manera general, que esa paciente tutela se extendió a muchos más, a algunos que sólo habían asistido a sus cursos, o que se aproximaban por períodos cortos, orientándose más tarde a quehaceres que no eran ni la literatura, ni la historia, ni la diplomacia, ni la política. Seamos claros, Porras apoyó a lo que se llamaba por aquel entonces jóvenes “aprovechados”, a los cuales conoce en su calidad de profesor de las dos mejores universidades del Perú de ese momento, la Católica y San Marcos. Esa labor implicaba una carga adicional de preocupaciones en torno a cómo conseguir modos de vida y trabajo a algunos de ellos, o becas o puestos. Resueltos los problemas acuciantes y materiales, aquellos eran derivados ora hacia la enseñanza superior, ora hacia el servicio público. En otros países, con Estado provisor y sociedades abiertas, semejante y titánica tarea se encomienda a instituciones, a sistemas racionales y públicos de concursos. Como en el Perú resultaba pedirle peras al olmo el racionalizar la selección y abrir las puertas a la meritocracia, a jóvenes con talento pero sin recursos, el maestro Porras venía a suplir la carencia y la indiferencia del medio, y ello sin grandes recursos financieros, sin otros medios que su autoridad moral e intelectual. A menudo su paciencia era premiada con resultados, y así es como el país no perdió en la desesperación de la adolescencia frustrada o del resentimiento de los mejores, a algunos de sus hijos. Medio Torre Tagle y parte de la investigación peruana supo de ese rescate voluntarioso de vocaciones y talentos. La lista es larga, y contrariamente a los que se puede sospechar, no implicó clientelismo alguno. Entre los porristas había de todo, desde acrisolados conservadores a comunistas, como era mi caso. Pese a tan atrabiliarios ayudantes, Porras no perdió nunca la serenidad de un estoico antiguo, curado de fanatismos.  Su constitutiva insumisión desesperaba aun a sus aliados políticos, desde el aprismo al gobierno de Manuel Prado. Se manejó con poco sentido de la rutina y los convencionalismos, dejando siempre playas para la tertulia, el ocio y la conversación incluso cuando era Ministro (en el Club Nacional a donde solía ir, o en las improvisadas tertulias del Café Haití), y por todo eso, por su imprevisibilidad en la que siempre guardó algo de juvenil, acaso acabó en temeraria soledad, rodeado de un puñado de indignados amigos que lo acompañaron a su última morada –se ha dicho– un final de filósofo antiguo.

Pliego al cielo que Porras no fuera un ideólogo ni tuviera vanidades filosofantes. Pero una vez más cabe preguntarse, ¿cómo fue que trabajando sobre la historia no cayera en la veneración de la misma? Advierto que la fe en la historia ha sido el punto de partida de las ideologías totalitarias contemporáneas. Hay que preguntarse por el origen de esa inmunidad que lo puso a salvo de las grandes alienaciones, que han sido frecuentes en los medios intelectuales hasta la caída del Muro de Berlín. ¿Primado de la realidad? ¿Conciencia de la imprevisibilidad del curso de los acontecimientos?

¿Importancia de lo singular en los hechos históricos, de lo distinto? ¿Una visión del mundo que lo inmunizaba ante la tentación totalitaria y los modelos universales para pensar el curso de las civilizaciones, y en general, ante toda pretensión teórica y generalizante sobre las sociedades humanas? Lo cierto es que había desarrollado un santo horror a los dogmas, raro en nuestro país y medio. Algo de su rechazo a la teorización era rechazo a la pedantería. Pero también escepticismo a la manera de Anatole France, más fuertes dosis de ironía limeña y un aire iconoclasta y anticlerical heredado del lejano ancestro, Manuel González Prada. Prevención contra los trascendentalismos. No creyó demasiado en la moda de las filosofías de la historia tan en boga en los años posteriores a la segunda guerra mundial. Provenía de una generación marcada por la filosofía positivista y la consiguiente reacción idealista de sus mayores, de los grandes debates metafísicos, y cuyo efecto perverso fue una natural tendencia a huir de misas negras o rojas. Se había aburrido con Alejandro Deustua y los filósofos criollos de comienzos del siglo. Esa fobia por lo teórico nos salvó. Los dogmáticos, más bien, éramos nosotros. Ya soplaban los vientos de interpretaciones muy rígidas sobre el enfrentamiento entre el mundo industrial y el tercer mundo, simplificaciones en las que casi todos caímos.

Esta saludable ausencia de doctrinarismo preparó, tal vez sin desearlo, un discipulado sin duda singular, que no se articulaba tras un dogma o una creencia. Nos unían, hay que decirlo, ciertas comunes inquinas. Entre otras, la dictadura de Odría de la que el país salía. En Porras la oposición a la dictadura era profunda, asistía otra vez el malogro del país en manos de la improvisación y el poder personal. Otra vez lo que Pedro Planas llama hoy la “República Autocrática”. Otra vez las ocasiones perdidas.

Porras no enseñó solamente la construcción de la historia como un saber positivo o la elegancia del estilo, sino cierta manera de vivir, diría en moral pública republicana. Una postura de tribuno antiguo que no dejaba fisura entre el comportamiento en el ágora y la situación material. En otras palabras, se parecía impresionantemente a esos liberales de los inicios de la República, sobre los que conviene regresar –pese a mi vieja diatriba– cuando se piensa en modelos y paradigmas de moral cívica. Como ellos, consideraba que la primera virtud es la de la honestidad en los denarios públicos; como ellos se consideraba un igualitario y un republicano, y hasta en lo de vestirse de negro, con sencillez, se les semejaba. Como ellos, jacobino pese a su resistencia a los excesos, creía en una radicalidad de la ley y de las instituciones. Todavía es una utopía esa República moral que quiso anticipar.

Escrito en 1997 para la revista Socialismo y Participación n°78. Reeditado en Del pensar mestizo (2006) y editado. (Parte final)

Publicado en El Montonero, 21 de septiembre de 2026

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El liberalismo de Raúl Porras

Written By: Hugo Neira - Sep• 07•26

Una aureola de sabio, de erudito y de generoso maestro, amigo de sus discípulos, nimba el nombre de Raúl Porras (23/03/1897 – 27/09/1960) y lo distingue entre los grandes del Perú. Hace cuarenta años que el anfiteatro general de San Marcos no escucha sus lecciones ni su figura atraviesa los patios de Torre Tagle. Sin embargo, lo sigue acompañando la gratitud de alumnos y colaboradores como si fuera el día de ayer. Prueba de ello estas líneas. Una reflexión sobre la tenaz memoria que ha dejado Porras en quienes lo conocieron.

A la casona de la calle Colina en Miraflores, hoy Instituto Raúl Porras Barrenechea, llegamos muchos y en épocas diferentes. Me referiré escuetamente a la guardia juvenil que Porras había reunido en su contorno entre los años cincuenta y sesenta, para ayudarlo a trabajar en la historia del Perú que preparaba; una precisión, sin duda, que evitará la entera mención de los que me precedieron que, como se comprenderá, fueron numerosos. De mis días retengo la memoria de Carlos Araníbar, que ya hurgaba las crónicas de las que ha llegado a ser conocedor impar. Pablo Macera, con el brillo que siempre tuvo, y en las proximidades tomaba notas, como todos, para una historia que no llegó a concluir don Raúl, Mario Vargas Llosa. Ya estaban caminando en la enseñanza Jorge Puccinelli y, por la vía doble del maestro, en la docencia y en el servicio diplomático, Félix Álvarez Brun. Era la nuestra, la de los menores, una tarea de aprendiz, en todo el sentido gremial y noble del término. Creo que permanecí en el embeleso de esa biblioteca, de ese trabajo y ese maestro como tres o cuatro años de mi vida, no lo recuerdo con precisión. Suficientes, sin embargo, para cambiar todo el rumbo de mi vida, como creo, la de todos.

La casa de Colina fue centro de trabajo, taller y posada. No puedo generalizar, pero imagino que en grado semejante, lo que me ocurrió también acaeció a otros. Fui al taller de Porras con la idea que era un lugar en donde se me ofrecía un puesto sin par de trabajo, sin imaginar que ahí iba a aprender las pericias del quehacer intelectual, de las más sencillas a las más complejas, un cúmulo de destrezas que ninguna otra enseñanza, incluida la universidad de esos días, ningún otro maestro, alcanzaba a transmitir. Debo contar, sucintamente, quién era y en qué me transformé. Acaso de los discípulos que tuvo Porras, era yo del origen social menos encumbrado, para decir las cosas suavemente. Había hecho estudios en colegios estatales, vivido en un barrio limeño al límite de la marginalidad y por igual poblado de obreros y por hampones, salía de una familia dislocada por el divorcio. A estos agravantes se sumaba el hecho que, para entrar a San Marcos, creo que con una de las mejores notas del examen de ingreso, tuve que romper con mi padre, no contaba con ayuda alguna de mi familia materna, y para decir las cosas enteramente, no era sólo un estudiante pobre de San Marcos sino uno de los raros que entonces trabajaba para poder sobrevivir y estudiar. Me es difícil pensar en mí mismo ahora en que escribo estas líneas y tengo la misma edad que tuvo Porras al morir. Creo que era entonces un joven enfebrecido por el doble acoso de la necesidad y el deseo de acceder al más exigente conocimiento. Algunos profesores, a los que llamaba la atención el brillo de mis intervenciones, comenzaron a interesarse en mi caso, acaso por piedad paternal. Jorge Puccinelli vino a verme. Porras necesitaba un secretario para que le hiciera fichas, un proyecto de historia del Perú que financiaba —Dios lo tenga en la gloria— Juan Mejía Baca. Me había defendido hasta el momento como podía, dando clases en infames colegios particulares, de obrero en una fábrica, de guardián nocturno en unas residencias, para lo cual me dejé crecer un impresionante bigote.

Porras se acordaba. Alumno suyo en el curso de fuentes históricas, apreció mis intervenciones, y al final de ese curso, al distribuir tareas para una investigación personal, me atribuyó el estudio del primer Congreso Independiente, el de 1822. Fui a su casa por vez primera para trabajar directamente en el diario de ese Congreso y sus debates. Lo extraordinario, y vale la pena contarlo, son las conclusiones que saqué, contrarias por completo a su propia lectura y, en especial, hostiles a las del gran Riva Agüero sobre el mismo asunto. Lo cual prueba, como se verá, el liberalismo de Porras, su tolerancia con la insolencia de los jóvenes. Ya en el oral, me despaché con un atrevimiento que ahora admiro, y defendí mi propia investigación no sólo en contra de los historiadores sino de los mismos primeros y sagrados congresistas republicanos, a los que traté de pusilánimes y poco dotados para la acción política, traidores como Vidaurre y envidiosos como Luna Pizarro (sigo pensando que no me equivocaba), banda de disparatados en suma que no tuvieron otro camino que llamar a Bolívar, sobre todo después del desastre de la campaña de intermedios. Porras me escuchaba entre sonriente e intrigado. Aquel era un examen oral. Sorprendentemente se puso de pie y salió a buscar a otros profesores para que integrasen el jurado, en el cual ya estaba Carlos Araníbar, asistente en la cátedra. Luego de la incorporación un poco asombrada de otros docentes, el oral prosiguió. Fue un raro y sonado “veinte” en la historia de su docencia. De eso se acordaba Porras cuando Puccinelli le recordó que el mismo muchacho que tanta independencia de criterio había mostrado en su curso, igual se moría de hambre y corría el riesgo de enfermarse o dejar para siempre estudios imposibles para su condición social. Porras me tomó inmediatamente. Cabe decir para trascender la anécdota personal, no por mi sumisión al criterio de autoridad sino, justamente, por lo contrario. Maestro de inconformidad, se rodeó de inconformes.

Años después, varias universidades peruanas integraron el hábito de los talleres, la formación práctica de investigadores, pero en el desierto que entonces era la docencia superior, los profesores transmitían conocimientos sin detenerse demasiado en la manera de adquirirlos. A mi avidez por el saber, una cabeza despejada y un rápido enjuiciamiento de lo que percibía, no aportaba gran cosa cuando llegué a la casa de Colina. Sabía cosas, pero no sabía cómo se llega a saber. Recuerdo que Porras me puso frente a mi primera tarea, la obra del historiador argentino Bartolomé Mitre, y me mandó encontrar el pasaje o párrafos en los que aquel se ocupa de la estadía peruana de José de San Martín. No he vuelto a ver el libraco aquel, pero tenía como quinientas páginas. Obviamente, me puse a leerlas una a una. Unas horas más tarde, con el sombrero puesto y el coche encendido, pasó rápidamente a verme. ¿Qué hace usted? Pues reviso a Mitre, le contesté. Y le señalé el pasaje central de Mitre que ya había hallado. Porras, casi con irritación, tornó el libro sobre la mesa. “Los libros se leen por el índice, jovencito”. Eso nadie me lo había dicho. Días más tarde, se sentó a mi lado y me explicó, con santa paciencia, cómo se hace una ficha: nombre del autor, título de la obra, fecha de la publicación (la primera) y si es un periódico, del cotidiano. Luego el texto, y lo decisivo, el resumen o sumilla en la parte superior, que permite la filiación con otros temas o ideas. Una ficha es un paratexto, sin lo cual no hay organización mental. Vargas Llosa menciona una experiencia similar en uno de sus libros autográficos.

En Colina aprendimos las técnicas de la cultura, casi sin darnos cuenta, en un ambiente de taller, sin lecciones teóricas sino prácticas. La muy particular mampostería de las ideas bien trabajadas. Porras a menudo nos solicitaba un trabajo adicional. Como lo cuenta con mucha gracia Luis Loayza en el prólogo de su antología (La marca del escritor, 1994), nuestro maestro esperaba hasta la hora undécima la redacción de un texto de conferencia, para acabarlo, dice Loayza, “a vuelapluma con letra redonda, clara y menuda, rematando con últimas frases unas horas o minutos antes de subir a la tribuna”. Conviene ampliar esa versión. Porras trabajaba, es cierto, pasando la pluma a sus textos, pero después de dictarlos a una velocidad pasmosa a unos abnegados secretarios que se turnaban cuando los dedos andaban ya agarrotados. Luego, el maestro pasaba el peine fino por esos mismos textos. Participé en varias de esas jornadas maratonescas, extrayendo de ellas mi propia miel. La primera y espontánea lección que nos daba consistía en verlo trabajar, la manera como manejaba la extensa documentación que convocaba para cada asunto, generalmente extendida bajo la forma de libros abiertos de par en par, innumerables, entre los cuales circulaba Porras para cotejar, enfrentar, comparar, aprobar o contradecir. Un simple esquema hecho a mano, en donde estaban los temas comunes, le permitía solicitar uno y otro texto, en la medida en que éstos entraban en convergencia o en oposición. [Continúa la próxima quincena]

Escrito en 1997 para la revista Socialismo y Participación n°78. Reeditado en Del pensar mestizo (2006) y editado.

Publicado en El Montonero., 7 de septiembre de 2026

https://www.elmontonero.pe/columnas/el-liberalismo-de-raul-porras

Perú: La Ilustración insuficiente

Written By: Hugo Neira - Ago• 24•26

¿La Ilustración impregnó a la sociedad colonial? Hay que preguntarse, en primer lugar, de qué tipo de ilustración se trata, si de la versión francesa o de las corrientes ilustradas y cristianas que circularon en España. Si bien es cierto que la variable francesa de las Luces había llegado a América por la vía de los viajeros y sociedades y expediciones científicas, no deja también de ser verdad la influencia de ilustrados españoles como Jovellanos y Feijoo. “La enseñanza de conocimientos útiles”, idea de Feijoo, se halla tras las posturas del quiteño Francisco Javier Eugenio de la Cruz y Espejo (1747-1796). Y en el Perú, de Cosme Bueno y de Peralta, criollo, no peninsular. Pero en las posesiones de Indias como en la misma España, las filosofías modernas no llegaron al pueblo. Es más, Stoetzer recuerda, en el caso español, la resistencia popular a los “afrancesados” y a Napoleón en 1808-1812. En definitiva, una y otra Ilustración, cristiana o materialista, fue limitada. Un ejemplo de ello es el tema de la difusión del Mercurio Peruano.

Estudios prosaicos y recientes nos hablan de su circulación, asunto decisivo, al fin de cuentas era un órgano de prensa. Fue muy escasa. Una sola librería de Lima se ocupaba del Mercurio Peruano, cuando por esos días, el Diario de México era vendido en 21 puestos de tabaco, y en cuanto a las suscripciones, modalidad a la que acudieron los diarios ingleses, el órgano de los ilustrados peruanos llegó a unos 517 abonados, lo que para la época parece notable. De estos suscriptores “mercuristas”, sabemos que eran mayoritariamente limeños, aunque los había en provincias y también en otros Virreinatos, en España y en el extranjero. Clasísticamente, un 46,3% pertenecía a la burguesía, un 35,1% a la aristocracia y un 16% al clero. Profesionalmente predominaban los empleados, los intelectuales, los eclesiásticos, aunque había entre ellos “mineros y chacareros”.

Las Luces eran difíciles de introducir en una sociedad como la virreinal si los “mercuristas” no hubieran sido parte del privilegio. Ellos mismos se presentan así: “Jóvenes todos, empleados en el servicio del Rey, otros graduados en los diversos ejercicios de la Universidad, otros ministros del Altar, hemos abrazado unánimes y gustosamente una nueva senda, que nos conduzca al término feliz de ser útiles a la Patria” (José Rossi y Rubi, “Introducción” al tomo VII. Mercurio Peruano, n[209] p. 6). Una élite, sin duda alguna, sobre el fondo de la inmensa ignorancia popular que, por otra parte, no era unacaracterística peruana sino universal: hacia 1785 había en Francia un 63% de analfabetos. Jean Sarrailh señala que la situación no era mejor en España, mientras el historiador Konetzke no considera a los criollos necesariamente por debajo de los peninsulares.

Las Luces apenas rozaron el crepuscular Perú colonial. Hay que decir, sin complejo alguno, que la situación no era mejor en la propia Península. En los días todavía felices y optimistas de Campomanes y Floridablanca, de Cabarrús y de Aranda, ministros ilustrados de Carlos III, la Ilustración, “Les Lumières”, el “Aufklärung”, fueron la pasión de unos cuantos, con temáticas que en la situación española resultaban subversivas, tales como la reforma educacional, la lucha contra la ignorancia, la aplicación de las ciencias prácticas, el intervencionismo del Estado en beneficio de la nación, todo lo cual desaparecería, en tanto que preocupación gubernamental en la Península, desde el establecimiento del Absolutismo en 1814, mientras se atenúa en la Lima de Abascal, bastión fuerte de la guerra contra los insurgentes rioplatenses.

Ciertamente, en la biblioteca privada de un ilustrado cristiano como el sabio criollo Unanue se hallaban las obras completas de Condillac, el célebre Traité des Sensations, que aún se reedita (Ed. Georges le Roy, PUF, 1947). Pero las disertaciones de Etienne Bonnot de Condillac sobre la sensación como fuente de la reflexión, sus alabanzas del sentido del olfato, en poco podían alarmar a las autoridades académicas, ancladas en la repetición de Aristóteles, más allá de lo cual tenue huella dejaron en los usos del razonar de unas clases propietarias sumisas ante una Iglesia católica ultramontana. Parecido y frustrante destino hubieron de seguir las enseñanzas de Leibniz y de Emmanuel Kant, que son de época, y las discusiones de Berkeley y de Descartes. La Ilustración peruana fracasa porque no se continúa en ciencia criolla en el siglo XIX. Fue el preámbulo a una modernidad de los espíritus que no termina de cuajar. Como el Renacimiento, fue una aventura intelectual que nos llegó sesgada y atenuada.

Nuestras Luces brillaron y se esfumaron. Una de las razones profundas de su limitación no radica en la ausencia de una ruptura inmediata con España, sino con la Iglesia de Indias. No es política sino filosófica. Las formas de razonar que puso en marcha “Les Lumières” en país que tocase, se enfrentaron al obscurantismo, tarea esencial que permaneció, para nosotros, inacabada. Hay que considerar el papel de los jesuitas, que difundieron las ciencias, y es conocido su interés por la astronomía, la química y la física experimental, pero la enseñanza jesuítica no sólo transmitió sino que filtró la ilustración europea. Los ilustrados criollos, acaso por eso fueron “deístas”, y la ruptura con la metafísica no se consiguió del todo. No hubo en Perú, ni entonces ni más tarde,la apasionante arremetida de los liberales contra los bienes eclesiásticos, manos muertas y amortizaciones, como en el México de Benito Juárez. En los dominios espirituales y de mentalidad, nadie podrá decir que en el siglo XIX peruano el optimismo racionalista desplazó a la fe religiosa, que vivimos una revolución mental y moral, que se impuso una mirada laica sobre las cosas, el hombre y el mundo. Cómo pudieron los peruanos coloniales asimilar las más avanzadas posturas revolucionarias, incluyendo las del jacobinismo francés, sin romper con el dogma católico, sin duda es un enigma filosófico, y la demostración del arte criollo de la conciliación de lo inconciliable. Fue, en algunos casos, un drama con acentos de desgarro personal, cuya expresión más alta es la aventura existencial de don Pablo de Olavide, racionalista y creyente. […]

¿Es imprescindible un conflicto entre la razón experimental y la fe religiosa? ¿Se puede ser moderno y creyente? No sabría decirlo. En todo caso, entre nosotros el dilema se pospuso. Y no sólo en el Perú, sino en otros casos de cultura nacional en los países de la América Latina. François Chevalier, historiador francés, pero hay que decirlo, profundamente católico, no ha dejado de observar en la mentalidad latinoamericana la supervivencia del tomismo y del aristotelismo tradicional, sugiriendo que doctrinas en apariencia modernas como el marxismo, se instalan sobre ese fondo intocable de dogmatismo y rigidez mental. De esa prioridad del concepto sobre la experiencia provendría nuestro acendrado doctrinarismo. No hubo ruptura racionalista en el pasado. La pregunta que surge es en qué puede esto involucrarnos. La respuesta estriba en que la separación de lo sagrado y lo temporal se halla en los fundamentos del Estado moderno, del nacimiento de la ciudadanía y de los derechos humanos. Y sin darle una pretensión de universalidad a ese modelo político (que sin embargo, no deja de extenderse en el mundo extraoccidental) es evidente que un integrismo, el que sea, resulta incompatible con un régimen democrático, porque éste implica la tolerancia y el arrinconamiento de la pasión religiosa al ámbito de lo privado y familiar. ¿Qué se puede inferir de sociedades en donde el pluriconfesionalismo no ha concluido de instalarse? El Perú, no más que otros países de la América Latina, no ha resuelto esta tensión entre el régimen político adoptado de factura occidental y el “substratum” cultural todavía en gran parte comunalista y holístico pese a los avances de la escolarización y la vida urbana. En otras palabras, lucimos formalmente regímenes laicos y secularizados, sobre sociedades que ignoran una y otra actitud. A nadie asombre que lo cultural, cuya dinámica es propia e imprevisible, a veces tome su revancha sobre una norma y un Estado que simulan ser modernos, y nos imponga jefes carismáticos, y con regularidad sospechosa, “ulemas” o doctores sagrados.

Extracto de Hacia la tercera mitad (1996), cap. “El hombre ilustrado”, pp. 243-244 y 250 de la 5° edición (El Lector, Arequipa) de 2018.

Publicado en El Montonero., 24 de agosto de 2026

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