La geopolítica del siglo XXI

Written By: Hugo Neira - Mar• 30•20

¿El tema de nuestros días? Complejo, no es un tema, es una problemática. Algo que en el campo académico quiere decir atolladero, incertidumbre, eso que los filósofos llaman una aporía. Cuando no hay una solución integral, algo se pierde. La economía saldrá maltratada cuando la pandemia haya concluido. Por eso, preferimos en este artículo, hacernos algunas preguntas. Las que siguen.

 ¿Habría cambiado la relación de fuerzas entre las grandes potencias? Vencido el Covid-19, ¿cuál será la nueva estrella en las ciencias del siglo XXI? ¿Quién es y cuál es el pensamiento de Xi Jinping —personaje del cual se habla muy poco— que ha recibido desde el 2017 un poder tan fuerte, que solo tuvo el presidente Mao? ¿Qué es China y sus 90 millones de miembros del partido desde el 2015? Cuatro cuestiones. El tema da para muchos más, pero ni el espacio que dispongo ni la paciencia del lector lo permiten.

La primera cuestión está líneas arriba, en el intitulado. La nueva geopolítica. En efecto, los que aparecen estuvieron juntos en Toyako, Japón, en julio del 2008, a saber, el Presidente surcoreano Lee Myung-Bak, el Premier Ministro hindú Manmohan Singh, el Primer Ministro japonés Yasuo Fukuda y el presidente de la China Hu Jintao en una reunión del G8. Estos dirigentes representan la mitad de la población del planeta. Y no es que la situación mundial va a cambiar sino que ya ha comenzado, en particular cuando el capitalismo occidental se enferma el 2008. «Nos había acostumbrado, después de la caída del Muro de Berlín, en pensar que las superpotencias eran Estados Unidos, Europa», dice un observador europeo. Hoy, el poder se ha descentrado, hacia el Asia, India, China, Japón, Corea del Sur. No es el futuro, es el presente.

La segunda cuestión (lo digo sumariamente) corresponde a lo que llamamos ciencia. Sin duda se va a seguir examinando el cosmos, pero veo en revistas hechas para científicos lo que será la nueva estrella. No es la economía, ni el dinero ni el poder. La nueva estrella es la biología. Ya lo era, desde los 80, los embriones congelados, la espiral del ADN, lo que Ilya Prigogine llamaba «las estructuras disipativas», la evolución de las poblaciones, los ritmos biológicos ante los cambios climáticos, la fisiología misma de lo humano. ¿Qué he visto en los últimos decenios cada vez que hacía un viaje al exterior? El ascenso de los estudios sobre lo viviente.

Ahora bien, pensemos el tiempo y la humanidad post Covid-19. Ya en este momento, mientras se escribe esta nota, ya hay 70 mil personas contagiadas en el Estados Unidos del señor Trump. Aun cuando se esfume el virus, nadie olvidará este paréntesis apocalíptico. En la revista Nature Neuroscience (diciembre del 2016) se afirma «que lo que no olvidamos nunca son las emociones fuertes, la memoria las guarda por un largo tiempo». Eso lo dice un equipo de investigadores de la universidad de Nueva York. Hoy, estamos viviendo la dificultad de vivir en solitario. Un estudio de los psicólogos de la universidad de Pennsylvania sostiene que un uso moderado de las redes reduce los sentimientos de soledad, pero el exceso, aumenta la depresión. Son datos inmediatos. Lo que se viene es un interés enorme en las ciencias de lo humano. La importancia de la vida.

Va a surgir una nueva cultura. No va a separar la cuestión de la materia y la espiritualidad. Ya existen las ciencias cognitivas. Esas que reúnen biólogos, antropólogos, ingenieros, médicos, psicólogos, filósofos. El hombre y la sociedad humana son tan complejos que no caben en una sola disciplina. Ya hay sociólogos que de paso son filósofos. Se vienen más estudios que nunca. Los saberes son diversos. Me permito decir a los amigos economistas, que esa idea que todo es comercio y ganancia, ya fue. La cultura produce las economías. Y no las economías las culturas. Lean a Max Weber. Primero fue la reforma protestante —o cualquier otro sistema de austeridad— y luego el capitalismo moderno. El centro de la aventura humana no es Wall Street sino los comportamientos. 

La tercera y cuarta cuestión están ligadas. El poder dado a Xi Jinping y la China contemporánea. Pero cuidado, China es el nombre de un espacio geográfico, un destino y una asombrosa continuidad. En 1492, cuando apenas Colón descubría unas islas caribeñas, en ese instante, China estaba bajo el Imperio de los Ming, en un país en expansión demográfica y económica, con 120 millones de habitantes, el lugar más poblado de la tierra. La China clásica nos parece que solo inventa el papel y la pólvora, y olvidamos los concursos para funcionarios de Estado. La gracia está en que estaban abiertos a postulantes salidos del pueblo. «China es una civilización donde burocracia, gobernabilidad y economía se enlazaron» recuerdo haber escrito eso en alguno de mis libros. Ahora bien, los que han estudiado a fondo la revolución industrial —esa que nunca tuvimos— se preguntan qué les pasó. Su larga historia es de dinastías, y entre 1644 y 1911, tuvieron un pésimo dominio de los Qin. Solo entraron a la revolución industrial con Mao en el siglo XX.

Xi Jinping, hijo de un compañero de Mao, es lo que llaman «un principe rojo», más o menos, lo que llamamos hijos de papá. Sin embargo, estuvo en la revolución cultural de joven, lo rechazan 9 veces cuando quiere ingresar al partido, se destaca en todos los cargos que le dan. Presidente de la República China en el 2013, y reelegido en el 2018 tras una modificación constitucional le permite el mandato sin límites. El «sueño chino», en el sentido del «sueño americano», es continuar.  

¿Y eso es todo? Hay un desafío a Occidente. Consiste en otro modelo de democratización. «El argumento chino se sustenta en la idea de que la deliberación y la toma de decisiones en una organización como el PCC (Partido Comunista Chino) son más profundas y meditadas que en la democracia de plaza pública al modo occidental. La democracia electoral occidental reposa sobre los escasos minutos de atención superficial que prestan los electores cada cuatro o cinco años, mientras que la democracia de partido al estilo chino descansa sobre una minoría significativa constituida por los miembros del PCC, completamente implicados e informados, que deliberan profunda y colectivamente por el bien del país». ¿Y cuánto representan a los ciudadanos chinos? La respuesta en la misma fuente: de los 90 millones de miembros, 50%, obreros, empleados, campesinos. 20% jubilados. Y un 30%, son cuadros administrativos estatales o privadas. (Piketty, Capital e ideología, p. 756). Sí, pues, un libro de 1247 páginas. Lo siento por los partidarios de los 180 caracteres de Twitter, o artículos cortos de 600 palabras. Además, es la época de la imagen y se ignora qué es una disertación de ideas y argumentos. Así, no entraremos nunca a la edad del conocimiento que nuestros vecinos ya tienen.

En cuanto al sistema elitario-popular a lo chino, no creo que podamos imitarlo. China es una singularidad. Como lo es Estados Unidos. Pero lo pongo aquí porque tenemos una crisis de representación desde hace 30 años. Si queremos que el pueblo peruano se considere representado, tenemos que inventar otras modalidades de electores y elegidos. Así de enorme. Así de simple.

Publicado en El Montonero., 30 de marzo de 2020

El Covid-19 y los ojos de las abejas

Written By: Hugo Neira - Mar• 23•20

En la guerra con el coronavirus (no es sino eso, la naturaleza contra lo humano) es muy difícil, si es que no imposible, reducirlo a unos cuantos párrafos o ideas. En el artículo anterior, lo había reducido a un triángulo, es decir, el Covid-19 por un lado, y por el otro la capacidad para tomar decisiones del Estado y el comportamiento de la gente. No me arrepiento de esa figura, sin duda sintética. Pero cada vez más veo el futuro mas complicado. Por eso acudo a una metáfora. Hay que ver como ven los ojos de las abejas.

No estoy diciendo que las laboriosas abejas transmiten los coranovirus como los mosquitos el paludismo, o la pesta negra en la Edad Media y otras epidemias, tras los viajes en barco de ratones, ratas, pulgas y piojos. Pero ante la sífilis y la tuberculosis, los médicos comenzaron muy pronto a entender que algo invisible intervenía llevando consigo morbidez y muerte. La lucha contra las plagas en la historia de Occidente es amplísima, me callo. Ahora bien, ¿a qué viene el intitulado?

Las abejas poseen dos ojos compuestos y tres simples. Tienen omatidios, o sea, unidades elementales, las reinas 4290, las obreras 6300 y los zánganos 13 mil. Acaso la metáfora es excesiva. Apelaré a otra, a eso que descubrieron los antiguos griegos y que conocemos y llamamos polígonos. Si la vasta problemática del Covid-19 cabe en un espacio de un polígono, me arriesgo a decir que no será uno simple —uno de 5 lados— sino el de un nonágeno, unos 9 lados. ¿Acaso no incluye medicina, recursos sanitarios, gobiernos, consecuencias demográficas y comportamientos distintos dependiendo de cada cultura y sociedad? Creo que es mejor regresar al ojo de la abeja. Entremos, pues, a la era de las incertidumbres.

Comenzaré por una buena noticia. Como dicen los clásicos, primero la miel y luego la hiel. «Los latinoamericanos se adaptan a la cuarentena: salen a comprar lo básico y sin reuniones sociales.» No lo digo yo, sino que circula en el mundo, al publicarlo El Mercurio de Chile (21 de marzo). Nos enteramos que Bolivia cierra sus fronteras. Que México —¡al fin!— anuncia restricciones. Y que hay unos españoles varados en el Ecuador. No lo he leído en el diario en papel, me lo hace llegar por mail una amiga que me hecho, Amanda Marton. Me pide a veces mi opinión, y como le respondo, me hace el favor de enviarme su larga nota que ocupa una página entera. Menos mal, intenté leer por Internet los diarios chilenos, brasileños y demás, pero Internet es una buena mierda. Cuando logras llegar al periódico o revista e intentas leer, te bombardean con publicidad, propuestas de viajes y hoteles a Cancún o donde sea. Imposible de leer. Hay que suscribirse, pero me temo que ni por esas. En 1445, antes que Colón se equivocara creyendo que se iba al Japón de frente, un alemán apellidado Gutenberg inventa la imprenta. Y se inicia la era de la razón. El entendimiento vive en el lenguaje escrito. Hablar lo hace cualquiera. En cambio, leer o escribir obliga a pensar. A producir un texto argumentado. Dios del cielo, un libro, ¡qué fastidio!

Hemos dicho versiones contradictorias. En la televisión he escuchado anoche al presidente Vizcarra. No era un mensaje a la nación como en otras ocasiones. Diría que de buen talante, conversaba. Y me entero que son algo como 8000 transeúntes metidos en cana por desobedientes. Así, eso que los latinoamericanos se portan correctamente, no es del todo cierto. Vizcarra cuenta como hay gente que para pasearse y dejar la casa, compran, pero por partes. Un viajecito para el arroz y los frejoles. Otro para el aceite. O sea, como el mismo presidente lo dice, para «sacarle la vuelta» a la norma establecida.

Hablemos en criollo. ¿Qué pito toca el jefe de Estado si el roche y el gratén viene de no obedecer? Me dirán que exagero, que es quitarse caleta nomás. ¿Qué pasa, o estamos rayados? No lo creo. Es otro asunto, no nos educan con cursos de lógica que desaparecieron. Ni hemos pasado por ser una sociedad industrializante, lo que obliga a un cierto sistema de pensamiento dado a lo real. ¿El peruano corriente estaría más cerca del homo ludens que cualquier otra cosa? La tragedia no la entendemos. Al punto que hasta en los velorios contamos chistecitos. Sin embargo tenemos situaciones psicopáticas, Lava Jato, Odebrecht, corrupción, guerra de Sendero. Pero, claro está, Dios es peruano. Aquí nunca pasa nada. O sea, pasa todo, pero no queremos ni verlo.

No me sorprendí, pues, cuando el presidente Vizcarra dijo que no le cambiaran las reglas de su decreto, y resulta que les dice que «no sean creativos». Juro sobre la cabeza de mi madrecita que eso mismo le digo a veces a algún alumno que prepara una tesis, «sigue las reglas, primero la introducción del tema, luego en primer lugar, en segundo lugar, desarrollando idea tras idea, y al final, conclusión». Por lo general, eso les aburre. El orden de las ideas. Una vez, un amigo me cuenta que uno de sus pacientes hacía lo posible por evitar lo real. El psicoanalista le preguntó si creía que dos por dos es cuatro, y la respuesta fue: «claro que sí, pero me jode».  

Tengo una sobrina en Alemania, Sylvia, hija de mi hermano Tito, muerto hace decenios en un accidente aéreo. Nos cuenta: «las ciudades están casi desiertas, el escenario evoca una novela de Saramago, se busca con ello hacer lento el avance del mal.» «Por suerte la gente es consciente del peligro, no es loca». Mi sobrina ve «menos locura consumista, desperdicios y contaminación, el medio ambiente y la naturaleza agradecerá la pausa». Nos cuenta, «confinamiento forzoso, movilización con salvoconducto, padres más tiempo con sus hijos.» Y esto que por aquí no se entiende: «el virus llega a muchos, según la concentración».

Polígono de muchos ángulos. Pero nada será lo mismo cuando pase este excepcional momento. Algo parecido anticipa Jaime de Althaus, una cierta nostalgia, dice que echará de menos los apretones de mano de los días antes del coronavirus. Otro periodista sostiene que «se puede cambiar la ciudad». ¿Solo eso?  

Todo va a cambiar. Las industrias por todas partes se interesarán por los laboratorios farmacéuticos porque al coronavirus, aun con vacuna, le seguirán otros virus y amenazas. Cambiarán las casas, los edificios, las formas de trabajar. Los que estudian el «virus de la desglobalización», como lo hace Sorman, piensan que se avecina una reindustrialización de cercanía. En otras palabras, se acaba el negocio de producir con mano de obra barata de los chinos para venderlo al otro extremo del mundo. No volverá el nacionalismo económico, pero el actual sistema de mundialización que solo piensa en ganancias, se está hundiendo. La naturaleza —no Marx— ha frenado la sociedad del exceso consumista y las intoxicaciones financieras del 2008. Los objetivos de los seres humanos no serán los actuales, la vida primero. Acaso regrese algo de espiritualidad y de vivir más naturalmente. ¿Y todo eso gracias al coronavirus? No señor, gracias a la ciencia. Se detendrá la aceleración de este sistema mundial que ataca la naturaleza, olvidando que Adán no era el dueño del Edén sino su jardinero. Viene otra era. O bien, desaparecemos como lo hicieron los neandertales, especie extinta al no poder adaptarse a los cambios climáticos. Pero aquí, esas cosas no importan. Rospigliosi considera que para Vizcarra «el coronavirus es herramienta política». Dice que es un «aprovechamiento». No, pues, Fernando, a mí me parece que el mal estaría en que no hiciera nada. Eso está pasando en México, en Brasil con ese Bolsonaro que es una calamidad como Trump. Por una vez discrepo completamente.

Publicado en El Montonero., 23 de marzo de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/el-covid-19-y-los-ojos-de-las-abejas

Para quienes me leen

Written By: Hugo Neira - Mar• 20•20

Para quienes me leen, y en particular, para los que no me entienden:

De lo que hago, viene de los clásicos, además de Porras y los maestros que tuve en Francia. Confieso que mi escritura y lo que pienso de este oficio, proviene de Montaigne, padre del ensayo y del pensamiento moderno. El capítulo XXXVII lo dedica a «la soledad» puesto que «lo peor es lo que más abunda». No escribo —dice Montaigne— para «imitar a los viciosos». A «los compañeros de viaje disolutos», que lo hacían por ambiciosos. Calculando ser premiados. De ahí la soledad. Montaigne, en efecto, practica la difícil gimnasia intelectual de desvincularse. La ventaja de no estar conectado. Así, pues, no soy de ningún partido, «mi compromiso es conmigo mismo» (Montaigne). Y cuando estudio y explico las ideologías lo hago con el mismo tacto que usan los biólogos con los virus en sus laboratorios. Me puedo equivocar, pero escribo bajo las reglas de Montaigne, in solis sis tibi turba locis. «Sé en la soledad tu propio mundo». Y para terminar, debo contar algo personal. No pensé en decirlo, pero cómo me tratan, me obligan. La anécdota: estando en el extranjero, en esos momentos en que me encierro para terminar un libro, recibo la llamada de un Presidente del Perú. Me propuso un cargo ministerial. Mi respuesta fue que estaba trabajando y no volvería de inmediato. Le agradecí, y ahí quedó la cosa. Eso soy yo. Pueden decir lo que sea, pero acaso les duela mi autonomía. Soy peruano y jubilado europeo, vivo modestamente. Escribo y doy clases. Y al diablo con las vanidades criollas.  

20 de marzo de 2020

Coronavirus. El gran giro que nadie esperaba

Written By: Hugo Neira - Mar• 20•20

Algo inmenso e inesperado está pasando. Un momento decisivo en nuestra historia contemporánea. Ante el reto para la vida humana que son los coronavirus, ocurre que una forma de tutela ha emergido. No proviene de una novedad jurídica ni de alguna religión novedosa o inesperada ideología, sino, asombrosamente, desde una solución política e inmediata. Vayamos al grano, lo que frena el avance temible de la pandemia son las decisiones presidenciales en diversos países, aquellas que dan tiempo a los innumerables laboratorios que buscan una vacuna y tratamientos. Y ese algo, viene del sentido común. Que haya Gobierno. Por lo visto, como se dice, el menos común de los sentidos. A lo que voy, aparte del drama sanitario y las evidentes consecuencias económicas, lo cierto es que han retornado los Estados. Y con ellos los políticos. Y una noción que parecía ya un concepto vacío, la autoridad.  

Porque hablo de un giro. En efecto, una vuelta, una rotación. Apenas unas semanas atrás en el mundo entero, la crisis del siglo no era solo el traspiés del 2008 y la fragilidad de la economía mundial sino la aparición de movimientos políticos que reemplazaban a los sistemas de partidos. ¿O es que nos hemos olvidado de los gilets jaunes, los «chalecos amarillos», y sus marchas silenciosas que obligaron a Macron a cancelar sus planes de gobierno? Algo parecido a lo ocurrido en Santiago de Chile, marchas por avenidas pero sin líder visible ni siquiera discursos para exponer demandas. Francamente, estábamos —nos gustara o no— ante el rechazo a toda forma de autoridad conocida. Seamos sinceros, unas semanas atrás, la atmósfera general —no solo en el Perú— era la antipolítica. Pero hoy, resulta que el Estado no solo manda sino protege, tanto bonos a 3 millones de familias como se prohíbe circular en todo el Perú entre 8 pm y 5 am. Papá Gobierno ha vuelto. A Max Hernández, le preguntaré si hay algo del complejo de Edipo de eso de desear al padre Estado en el Perú y a la vez detestarlo (¿?)

En fin, una de mis colegas que fue a  comprar a un supermecado, escuchó lo que se decían un par de señoras: «Vizcarra estadista». La verdad es que no les creo mucho a las agencias de encuestas pero sí al rumor de la calle. Ese concepto no podría brillar sin nuestro pánico ante el ejército invisible del Covid-19. En un artículo del lunes antepasado, aplaudía la decisión del presidente de cerrar las escuelas. Antes que se decidiera la cuarentena de los peruanos. Luego, en Santiago de Chile, Piñera ­—otro hombre de Estado que se estaba demorando en tomar medidas incómodas pero inevitables— por fin se animó, y decretó un «estado de catástrofe», así lo llama, de 90 días. No necesitó, para ello, volverse un Pinochet. Esto también es parte del giro de estos tiempos.

Hasta hace muy poco, en la cabeza de la gente estaba claro que las democracias son ineptas en épocas de crisis, y en consecuencia, habría que acudir a formas totalitarias. Era el paradigma chino. Un partido, una sola voz y «los chinos en su casa». Pero ese mito acaba de caerse.  El socorrido «necesitamos  mano dura», también se va al tacho. La «guerra contra el coronavirus» —así la llama el presidente Macron, guerra— puede hacerse desde la autoridad del Gobierno. Pueden detener, pues, la «danza macabra». Pienso en lo que pasó a fines de la Edad Media, y que produjo música, arte y alegorías en donde la muerte baila con los humanos. Por si acaso, la gran peste de 1348, asesinó un tercio de la población total de Europa. Por cierto, no había ciencia de la bacteriología. Louis Pasteur nace en 1822. Sin embargo, la «danza macabra» medieval modifica por completo las ideas e incluso el poder. Luego viene el Renacimiento.

A lo que voy. Hay por lo menos tres maneras de abordar este tiempo de coronavirus y sociedades actuales. En primer lugar, el efecto político. Lo acabo de explicar, salva a la democracia y a lo que añado otro retorno, la idea de autoridad. En pocas palabras, puede ser el derecho de alguien que manda, pero también el del que convence, no todo gira sobre comandamiento y obediencia. Parsons lo define como «el derecho institucional para controlar los miembros de una sociedad para la realización de fines colectivos». Es el caso. Hay otros que razonan desde las consecuencias de la pandemia sobre la actividad de las empresas. En The Economist de Londres, la cosa es clara. El coronavirus «desorganiza la economía mundial». Es impresionante cómo las pérdidas en China repercuten en Japón, Estados Unidos, Canadá, India, etc. No lo haré en este artículo. En el próximo lunes.

La tercera, es que se estaria produciendo un «proceso de desglobalización». Andrés Ortega, en El espectador global, dice que el virus no es el primero, se inicia en setiembre del 2008, cuando se «contaminaron» finanzas y economías. Gran tema, unos aplauden (los que creen que el mercado se autorganiza y no hay necesidad de Estado, corriente con la que no estoy de acuerdo) y otros señalan lo contrario. Para algunos, hace rato que las cadenas de suministros, por ser cada vez más complejas, se detienen o se frenan. Con el Covid-19, la pandemia ha reducido los viajes aéreos, los traslados de contenedores. Y además, como si no fuera poco, el desacoplamiento tecnológico entre Estados Unidos y China.

Ahora bien, dentro de esa corriente, en mis indagaciones hallo un texto de alguien a quien he leído años atrás, Guy Sorman, en el ABC de España titulado ‘El virus de la desglobalización’. Pero su mérito, a mi parecer, no son solo las consecuencias económicas sino algo que me importa enormemente. Los cambios en el comportamiento. En artículo anterior, hablé también de las costumbres. Para Sorman, es probable que en Occidente se pregunten si es necesario viajar, para los ejecutivos financieros, si se pueden conectar por videoconferencias. Es probable que la desglobalización conduzca a la gente a conocer sus países antes de visitar Vietnam o Etiopía. Habrá, dice Sorman, perdedores y ganadores. En fin, hay cambios, pero no porque los ciudadanos hayan tomado el toro por las astas. Sino los gobernantes¡!

La lección que nos va a dejar el Covid-19 es que el ser humano, desde la lejana horda y las primeras tribus, tuvo jefes. Luego, ciudades, civilizaciones, emperadores, reyes, y desde el XIX, reyes y presidentes con constituciones. Es inevitable la necesidad del poder. Aunque ese axioma se acompaña con otro. Todo poder necesita un límite. De lo contrario es una tiranía. Eso, muchos de mis compatriotas, por desgracia, no terminan de entenderlo. Ni mandarse ni encogerse de hombros.

Necesitamos de reglas y leyes para vivir colectiva o individualmente. Me permito citar a la gran Hannah Arendt: «el fondo oscuro constituido por nuestra naturaleza, las grandes diferencias nos revelan las limitaciones de la actividad humana» (La pluralidad del mundo). ¿Por qué los antiguos griegos no dejaban de ser hoplitas (soldado cargado de armas)? Porque si eran derrotados por medos u otros, pasaban a ser esclavos. ¿Por qué se obedece a los Jefes de Estado? Porque lo que se está haciendo es «el mayor bien para el mayor número». Si no me equivoco, es una idea de Bentham  en su cálculo de la felicidad, en 1789. Se creía que todo era cuestión de mercado. Lo del Covid-19, cuando pase, puede haber otra manera de apreciar lo poco que tenemos. Borges decía, sabio y ciego y anciano, la felicidad, «el sabor del agua».

Publicado en El Montonero., 20 de marzo de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/coronavirus-el-giro-que-nadie-esperaba

Coronavirus, Estados y costumbres malas y buenas

Written By: Hugo Neira - Mar• 16•20

Nuestro ensayo de Apocalipsis no cuenta con cuatro caballos sino un trío. Uno que implica una catástrofe biológica, un sistema para poner orden llamado Estado y eso que llamamos costumbres. Alguien ha dicho que la complejidad comienza con el número tres. Y es eso lo que enfrentamos. El «nos» que estas líneas invoca, no es solo local, peruano o latinoamericano, sino, planetario. Sabemos que como Estado, en Italia se durmieron y luego han tenido que poner en cuarentena nada menos que 15 millones de italianos. En Alemania, en cambio, según el diario Die Zeit, se impuso hace rato en Baviera: los jóvenes que estuvieron en China, Irán o Corea del Sur, al retorno, se quedaron en sus casas. Lo que viaja rápidamente es el coronavirus. Y entonces, la pregunta que se hacen pueblos y naciones, desde el Congo africano a 50 países del Asia a Europa, los Estados Unidos y América Latina, es  «si estamos en condiciones de enfrentar esta pandemia».

Parecería que el asunto gira sobre tests de diagnóstico rápido, capacidad de los hospitales, número de médicos y enfermeras, o penuria de medicamentos u objetos necesarios como las mascarillas, que por cierto en China lo llevan sus habitantes, estén o no estén contagiados. Sin duda alguna, por todas partes, el rol del Estado queda al desnudo. En el Perú, hay que reconocer el acierto del actual gobierno al decidir suspender las clases hasta el 30 de marzo. En cambio, en nuestro vecino Chile, una vez más, el presidente Piñera no toma las decisiones necesarias. No han cerrado las escuelas. Entonces quedan expuestos no solo los niños, sino los padres de familia.

Combatir esa pandemia no es solo un asunto de gobernabilidad. Otro sujeto social aparece nítidamente. Los que obedecen a las restricciones necesarias. Y los que no quieren obedecer. El tema de detener el coronavirus se vuelve entonces muy complejo, extremadamente. Intervienen los hábitos locales. O las pasiones identitarias. Me refiero a que turistas extranjeros enfrentaron a la policía española en Benidorm porque cerraban los bares. Era una decisión de la Autonomía de Valencia. Igual, se amotinaron. Pero hay casos más monumentales. En plena epidemia, el día de la mujer, el domingo pasado del 8 de marzo, por todas las capitales europeas, hubo desfiles masivos. Sobre todo en Madrid. ¡Exactamente lo que no había que hacer! No por desaire a las feministas sino por sentido común. Y no faltó quien dijera «vamos a pagar muy caro este descuido». Bueno, las cifras lo dirán. Exponenciales.

¿Qué pasa con la muy sonada cultura racionalista de los europeos? Escuchando al presidente Macron rogó a la nación francesa y al mundo, que siga sus consejos de disminuir la vida social, quedándose en casa. Igual siguieron con sus patrones de comportamientos, cafés, restaurantes, discotecas, lo cuenta con una sinceridad espeluznante. De ahí el decreto de cerrar lugares públicos. Ya se había jugado partidos de fútbol con tribunas vacías. Esas limitaciones son incómodas pero racionales. En países árabes, el magnífico tren veloz que va de la ciudad de Medina a la Meca, está suspendido. En el Vaticano, por vez primera se han cerrado los santuarios y las hermosas iglesias. En París, el Louvre, para pena de turistas y de muchos, queda desierto. Por lo visto, en este tiempo de coronavirus, la sociabilidad mata.

Para continuar, debo hacer de inmediato una transformación semántica de eso que llamamos costumbres, hábitos, a un concepto más amplio y preciso. Estamos hablando de «culturas». Y como el cronista que escribe este artículo es también un universitario (repito, yo no digo, académico. Ricardo Palma decía que académicos son los «micos de acá») para no perder el tiempo, acudimos a la definición de qué es cultura. En el XVIII y en el XIX, en Francia el concepto de civilización, con Diderot, les bastaba. Pensaban en los letrados y en el progreso, gran mito de la Ilustración. Y en los alemanes, cultura era un tanto el «genio particular de un pueblo». Eso era Herder, y los poetas alemanes, Schiegel y Novalis. La primera definición científica tiene fecha, 1871. Y tiene nombre, el antropólogo británico E. B. Tylor, que define la cultura «como el conjunto de actitudes adquiridas por el ser humano en sociedad». Lo cual incluye, «todos los componentes técnicos, simbólicos y sociales que se ha desarrollado en las sociedades humanas». Lo que ha seguido son los franceses Durkheim, Mauss, padres fundadores tanto de la antropología y la sociología. Y con ese concepto Malinowski se va a estudiar los nativos australianos y Lévi-Strauss a los borobos de la selva amazónica brasileña. Las ciencias de lo humano observan miles de culturas, «el sistema de enlaces y familias, el poder, religiones, juegos, arte, discursos, y los mitos y formas de la economía». ¿Estudios sobre primitivos? Hace rato que el concepto de cultura ha emigrado al mundo urbano, hubo cultura hippie, cultura generacional, normas nuevas de vivir y consumir. Y como en todo, más allá de lo material, hay patologías.

Es probable que la racionalidad occidental esté puesta en cuestión. Esta pandemia también es un test de países y de sorpresas, en nada placenteras. ¡¿Países democráticos que no obedecen a sus Estados?! En cambio la China actual, justamente, está saliendo de ese pandemonio de la crisis del coronavirus. ¿Porque hay un sistema de gobierno comunista? Algo tiene que ver. Pero conocí a China hace un tiempo. En los días de Mao. Invitados en un viaje que hicimos con Raúl Vargas y Hernando Aguirre Gamio. El impacto de esa sociedad —tan distinta del mundo occidental— me duró por decenios. En París, sin especializarme, a la par de estudiar otros temas, no dejé de frecuentar los institutos de estudios asiáticos. De todo aquello, simplemente una idea: para los chinos antiguos y contemporáneos, cuenta la sociedad antes que el individuo. No el sujeto sino el conjunto. Y no porque gobierne China un Partido Comunista es que obedecen. Igual lo harían si tuviesen un Emperador. Sus valores son otros. Y de ahí, su envidiable disciplina.

Ahora bien, ¿cuestión de gobiernos y medicinas? Insuficiente. Todo se juega en la cultura o hábitos de la población. Y cabe la interrogación: ¿sobrevivirán las sociedades occidentales y latinoamericanas, en donde el egoísmo personal parece ser mayoritario? ¿O bien se impondrá la conciencia social de formar parte de una colectividad? Quedarse en casa y dejar de hacer vida social por unas semanas, es el feroz test de estos días¡! Por favor.  

El desamor a la norma es una endemia que acompaña a las víctimas del coronavirus. He visto en la tele una señora francesa dueña de un restaurante, dando abrazos y besos a sus clientes, exactamente lo contrario que les ha pedido Macron. Qué rabia le tienen. En fin, ¿triunfará el narcisismo, el gusto de a mí no me manda nadie? O sea, algo parecido cuando la potente Roma, se fue al tacho de la historia (¿?) Por lo demás, Nietzsche dijo que volvería Dionisio, el dios de los griegos del desorden y el caos. Alguien ha hablado de las «culturas fracasadas». No es idea mía sino de José Antonio Marina. ¿No lo conoce? Se pierde lo mejor del pensamiento español. Se ocupa del «talento y la estupidez de las sociedades». Tal cual. Anagrama. 2010.

PD: Escrito antes del mensaje presidencial de las 20:00 del día 15 de marzo. Completamente de acuerdo. El Estado existe para establecer el orden en beneficio del bien común.

Publicado en El Montonero., 16 de marzo de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/coronavirus-estados-y-costumbres-malas-y-buenas