China vuelve a ser gran potencia (II)

Written By: Hugo Neira - Ene• 27•26

La vieja y decadente China tuvo dos partidas de defunción: 1911 y 1946. El fin del antiguo y corrompido Imperio de los Manchú (1911). Es decir, la República china; es decir, Sun Yat-sen, cristiano, de origen campesino. Y 1949, tras la victoria de los comunistas, los años maoístas hasta 1976 y el fin del “Gran Timonel”. Que China no olvida, ni tiene por qué hacerlo. Si la gran nación retorna es porque Mao fue algo más que el hombre de la estrategia rural, de una revolución campesina y anticolonialista. Vuelve con Mao el poder austero y paternal de la China confuciana. El de un Soberano inaccesible con derecho incluso a los grandes errores. El autor de este libro ha visitado el ascético refugio de Mao después de “la larga marcha”, en un lugar alejado de la China montañosa. La China de Mao que recorrí fue una gigantesca escuela experimental: acupuntura, comunas populares, actividad autárquica, espíritu antiburocrático del maoísmo, “contar con sus propias fuerzas”. Los gigantescos trabajos hidráulicos y también, los errores —algunos monstruosos—, regresaron las hambrunas, hasta que el aparato del partido apartó, dulcemente, al anciano visionario. En una especie de Santa Helena, en sus últimos años, el Bonaparte Mao releyó a sus clásicos, de Hegel o Marx, a Sun Tzu, El arte de la guerra, y se las arregló para enviar mensajes crípticos en una cesta de frutas a un grupo de jóvenes en Shanghái. “Atacad el cuartel general”. Es decir, ¡el Comité Central! Y eso fue la revolución cultural. Los chinos no tienen carnaval de Río pero se mandaron uno de diez años. El gigante se desordenó y se volvió a ordenar.

Hay una tercera China, la actual. Pero no podemos comentar sin destacar que pocas naciones han tenido un conductor de la energía de Mao, y tras tanteos y luchas internas, un relevo que fue todo lo contrario, Deng Xiaoping. A la gran anarquía de Mao le sucede la gran perspicacia para lo inmediato de Deng. Cambios sociales ya los tenían, pero desde 1978, ya con Deng, el problema era cómo proseguirlos sin debilitar al poder que los impulsa. La explicación de Jean-Philippe Béja (Director de investigaciones en el CNRS de Francia), en libro del 2004, es pertinente.  Cuando Deng, el poder se estaba degradando. En junio de 1989, una foto daba la vuelta al mundo: un muchacho detenía un tanque. En realidad, los tanques terminaron aplastando la estatua de la democracia colocada por los estudiantes en la plaza Tiananmen. La vía china fue sorprendente. Mao manejó jóvenes, masas y militares desde su carisma. A Deng, en cambio, que no fue visto como un semidios, le quedaba solo la racionalidad y preguntarse: ¿qué quieren los chinos? Y encuentra un sentimiento unánime. Los chinos querían una China sólida. Y como la política es el arte de lo posible, el poder comunista post Mao se va a legitimar por el éxito de sus reformas (fu guo qiang bing). “Prosperidad y potencia”. “Deng refunda la legitimidad”, sostiene Béja. Es eso lo que mantiene desde hace veinte años a la élite en el poder, según Béja, y me parece, lo suyo, una realista y clara explicación de lo que es hoy Pekín.

Para sorpresa de muchos, sobre todo de maoístas peruanos y latinoamericanos, lo que ha seguido no fue un desarrollo fundado en la producción agraria y campesina. Hoy la parte de la agricultura en el producto bruto interno es de un 12%. La economía china se acrecienta desde “un salto hacia adelante” distinto: alta tecnología, export / import, servicios. Al tiempo que Pekín da confianza al sector privado chino al que dota de garantías. Pero China no es un sistema multipartidario. Hay un poder, el partido. Según Béja, reformar el Estado pasó por una negociación que no pudo ser sino ardua con los sectores obreros y campesinos. El poder ha cuidado la estabilidad como a la niña de los ojos. Cuando una sociedad se transforma produce nuevos profesionales, científicos, en otras palabras, capas medias. Que no son ni mudas ni inertes. Produce nuevos sujetos sociales de acción. ¿Cómo integrarlos? Toda gran reforma tiene conceptores. En China postmaoísta, el conceptor es Jiang Zemin, secretario general del PC, quien ha resumido el esquema de “las tres representaciones”, que están en la Constitución. El Partido representa “las fuerzas productivas más avanzadas de la sociedad, la clase obrera y los tecnócratas, los emprendedores, los dirigentes de empresas del Estado”. Como “cultura más avanzada”, Pekín entiende intelectuales y especialistas. Es un sistema de cooptación de élites. Ahora bien, si la intelligentsia es parte de la relojería del poder, ¿quién discutirá la legitimidad del poder? […]

Extraído de ¿Qué es Nación?, Fondo Editorial USMP, Lima, 2013, pp. 372-373.

Publicado en El Montonero, 26 de enero del 2026

https://www.elmontonero.pe/columnas/china-vuelve-a-ser-gran-potencia-ii

China vuelve a ser gran potencia (I)                                                               

Written By: Hugo Neira - Ene• 12•26

China fascina al mundo. Lidera la producción de electricidad, de automóviles y de computadoras. Fascina e inquieta, tiene la primera producción de armas y a la vez de carbón, de ahí su contaminación ambiental. El mundo ha visto en estos días el smog dominando Pekín tanto como lo dominó Londres, taller del mundo industrial en el siglo XIX. Un mundo que mira a China con simpatía por su “vía pacífica al desarrollo”, doctrina oficial. Y también con curiosidad, ¿cómo enfrentará sus contradicciones? Es el tercer país en haber enviado hombres al espacio, pero tiene 800 millones de agricultores en absoluta pobreza. Hay enormes diferencias entre sus desarrolladas zonas costeras y las del interior. Sus tasas de crecimiento de riqueza global son las más altas del mundo desde hace décadas, pero su laboriosa población activa obtiene 3.315 dólares per cápita, inferior a Serbia, Brasil y Colombia. El coeficiente Gini no la presenta como un país igualitario. Con todo, su progreso continúa: cuatro de los primeros puertos del mundo son asiáticos, “el primero es Singapur y los otros tres son chinos” (Images Économiques, 2010). “China y sus 36 millones de microempresas” (Chine: le nouveau capitalisme d’État, M. C. Bergère, Fayard, 2013).

China está de retorno. Entre 1500 y 1800 fue centro del mundo. Esta es una convicción que proviene de la global history, vale decir, del comparatismo. Dos obras en particular nos llevan a reflexionar a partir de esa evidencia: China está de regreso. La de Kenneth Pomeranz, The Great Divergence: China, Europe, and the Making of the Modern World Economy, 2000. Y el no menos apasionante libro del italiano Giovanni Arrighi, Adam Smith à Pékin, 2007. El postulado de Pomeranz, que comparten Arrighi y el mundo académico, es el siguiente: hasta el siglo XVIII, Europa, China e India no se diferencian. Desequilibrios y abusos coloniales vinieron después. ¿Se entiende entonces, el intitulado de líneas arriba? No es que en los años posteriores a Mao se vuelva una potencia sino que retorna a ser lo que fue, la gran y organizada sociedad, la más poblada de la tierra, tal como un embajador de Gran Bretaña de retorno de China, Lord Ambherst, le describe al Napoleón del exilio cuando lo visita en la isla de Santa Helena. El ex Emperador lo escucha por horas y luego le dice “entonces, cuando China despierte, el mundo temblará”.

Hoy no tiembla el mundo pero se interroga: ¿En qué momento China se retardó ante el capitalismo europeo? Este se acelera con la explotación del Nuevo Mundo, del África y con las innovaciones de la Inglaterra industrial, y cuando las fábricas y sus naves dominaron los océanos. Entonces China se vuelve un país campo, una semicolonia (pero a todos nos volvieron coloniales). Mucho de eso produjo efectos precisos y negativos en China tras el fatídico siglo XIX. Entre otros, sus guerras del opio. Todo está en el libro de Pomeranz. En el de Arrighi se rescata un pronóstico decisivo que sorprenderá a más de uno, el pensador liberal Adam Smith previó la potencialidad económica del lejano Oriente. La China tradicional conocía la economía de mercado. Hoy no ha hecho sino volver al mercado desde un capitalismo de Estado. “La resurgencia económica de China ha hecho comprender, a un número cada vez mayor de universitarios, que hay una diferencia histórica fundamental entre formación de mercado y desarrollo capitalista” (Arrighi, “La gran convergencia”, p. 54). El modelo de capitalismo de Estado de China puede tentar a otras naciones emergentes, señalan estudios de prospectiva para el año 2025. Tentar no quiere decir que Pekín se sitúe como un modelo como fue Moscú. Pero su actual éxito llama ya la atención de otros pueblos y otras élites del poder. […]

Extraído de ¿Qué es Nación?, Fondo Editorial USMP, Lima, 2013, pp. 370-371.

Publicado en El Montonero., 12 de enero de 2026

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El aporte de Hobbes

Written By: Hugo Neira - Dic• 09•25

Al fin de cuentas, ¿en qué consiste la originalidad del Leviatán? ¿Cuál es la contribución de Hobbes al pensar político que establece un antes y un después? Pese a las controversias, varias ideas, que luego han sido adoptadas o recuperadas por otras sociedades.

La primera originalidad, que Pierre Manent llama ‘radical’, es “la organización política pensada como un artificio, es decir, algo opuesto a la naturaleza y construido deliberadamente por los hombres” (Dictionnaire des Œuvres Politiques, PUF, París, 1989). Y, en consecuencia, la renuncia al estado natural. Es decir, el naturalismo, venido de la Edad Media, dominaba hasta ese momento el pensamiento político. Se pensaba que la sociedad era un don natural que precedía a la voluntad humana. Hobbes revierte ese concepto. Haciendo inevitablemente el pasaje del estado en natura al “estado social”. Todos los otros principios parten de una lógica institucional. La necesidad de ese ente construido y no natural (el Estado) plantea el tema de la obediencia y la idea republicana en los tiempos modernos y hasta nuestros días.

La segunda es la idea del pacto. “Con Hobbes se consagra plenamente la idea contratalista” (O. Nay). Cada individuo libremente acepta el pacto. La potencia del Estado proviene de los derechos individuales de la persona. Esa idea del contrato —señala Olivier Nay—, aunque lo protegieran los Estuardos, le vale el rechazo por la mayoría de sus contemporáneos. Le acusan de ateísmo. “En 1683, su obra es condenada por la universidad de Oxford” (Nay, Histoire des idées politiques, Armand Collin, París, 2004).

La tercera es que es una obra fundadora, “fija los terminas de la reflexión política por lo menos hasta la Revolución francesa”. Es decir, en el tiempo en que en Europa el problema del poder se discute en términos teológico-políticos, en los tiempos de la Ilustración y en la emergencia de una idea nueva, la nación. Entonces, y solo entonces, la política se seculariza.

La cuarta es el tema de la obediencia legítima. Solo si hay un pacto. No es la obediencia medieval sino la de los tiempos modernos. No podemos imaginar en nuestros días un gobierno no legítimo o un país sin constitución. Que una camarilla se apodere del poder y transgreda los límites que la ley le marca, es una cosa. Otra, su inexistencia.

La quinta se liga al de la representación. Acaso escapa un tanto a nuestra percepción, parece un asunto interno de la vida inglesa, la Cámara de los Comunes, pero no lo es. Si la ruptura con Roma —dice Manent— había permitido situar a la Reina inglesa como Head de la Iglesia, un jefe supremo y coronado, Rey o Reina, entonces, la Cámara de los Comunes a su vez es los ingleses ante la Corona. Es decir, la fuerza del Parlamento sustrae una parte del poder a la corona, hasta nuestros días. Este cambio es decisivo para todo parlamento en la faz de la tierra.

La sexta, si el Leviatán o Civitas, o Commonwealth o República, es legítimo e impone el orden, hay un asunto previo. ¿Quién lo sostiene? El individuo. O la asamblea de individuos, etc. Es paradójico, pero eso es también Hobbes. La Monarquía absoluta y a la vez las libertades del individuo: el origen de “los derechos humanos”.

La sétima, “la república cristiana de Hobbes propone que el poder eclesiástico esté sometido al poder político” (Rémi Hess). La Iglesia (la que fuera) puede instruir a los fieles, no mandarlos. El razonamiento de Hobbes en esta materia comienza cuando se percata de que los ciudadanos tienen dos lealtades, la de su Rey y la de Roma. Un conflicto entre dos poderes, el temporal y el espiritual, prácticamente dos visiones. Y se pregunta: ¿los ciudadanos que ven doble son buenos ciudadanos? En consecuencia, en el Leviatán la doble visión es sustituida por un acto legal y no sacral. Hobbes apoya al Soberano de Inglaterra en su enfrentamiento a Roma. En efecto, se levanta contra lo que considera un abuso interpretativo de las Escrituras: “el Papa tiene la pretensión de ser el vicario general de Cristo en la Iglesia actual (pretendiendo que esta es el reino al cual se alude en el Evangelio)”, lo que trae como consecuencia “la doctrina según la cual es necesario para un rey cristiano recibir su corona de manos de un obispo, como si fuera de esta ceremonia de donde derivase la cláusula del Dei Gratia. Que solamente queda instituido como rey por el favor de Dios, y asume en su consagración un juramento de absoluta obediencia al Papa”. “Del reino de las Tinieblas”, en el Leviatán, es uno de los capítulos más extensos. De alguna manera Hobbes “funda la Iglesia Anglicana” (Hess, 1995).

Extracto de Lecciones sobre los filósofos de la política, Fondo Editorial USMP, Lima, 2017, pp. 130-131.

Publicado en El Montonero., 8 de diciembre de 2025

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Hobbes para contemporáneos

Written By: Hugo Neira - Nov• 24•25

El Leviatán triunfó con las Monarquías absolutistas. Pero no pudo evitar dos formas nuevas y mayores de violencia. Los Estados-nación vencieron internamente a sus feudalismos, pero ellos mismos se volvieron sociedades de guerra. La guerra se hizo, en el siglo XIX, un asunto mayor, nacional, y en el siglo XX, de masas. Al incorporarse la industria, no se mejoraron solamente la artillería sino que se inventaron armas nuevas, el tanque de guerra, el avión, las grandes naves capaces de transportar armas y guerreros al extremo de los continentes. Y finalmente, el arma atómica. El apogeo de las guerras inter-estados fueron las dos guerras mundiales del siglo XX. Por otra parte, el Estado-nación se sirvió del Leviatán, a veces bajo la forma de totalitarismo, otras bajo la forma del Estado de bienestar, para la guerra social interna. Los conflictos civiles se volvieron, por lo general, conflictos armados internacionales. El asesinato a un archiduque austriaco conduce a la primera guerra. La crisis de España republicana prepara la segunda.

El tema de la violencia y la pacificación social, tema clave en el Leviathan, no ha desaparecido. Es parte de nuestra zozobra. Cierto, después de 1945, en la llamada guerra fría, el principio del temor logra paradójicamente, si no la paz, la no guerra. Hobbes habría sonreído. El arma nuclear se fabricó para no ser usada. Un viejo conatus hobbiano invadió a los halcones en Washington y al lado duro del aparato soviético, el temor. Pero si el recurso a la guerra desaparece en ese interregno, ella sigue siendo el mecanismo para rehacer nacionalidades, el caso de Yugoslavia, rota en varias repúblicas, en el África, en Argelia, Camboya, sin embargo, no es guerra entre Estados, es guerra interna. La violencia no desaparece como recurso político. Le llamamos a esos conflictos, “de baja intensidad”, hasta la hora en que uno de ellos, Irán, Israel, Corea, uno de estos días, en catastrófico gesto, lo devuelva a la escena internacional.

Eso no es todo. A las repúblicas existentes, les nacen otras repúblicas díscolas. A las naciones, nacionalidades. Cada comunidad cultural que no tiene Estado se ve en el derecho de procurárselo. El mundo actual no es ni pacífico ni de guerra fría, es de no-guerra y no-paz. Los conflictos no son enteramente regionales, locales, étnicos o religiosos, sino que se yuxtaponen, interfieren, se acercan y se separan. Estos conflictos ocurren ya no en sociedades arcaicas, donde los combatientes eran pocos, ni corresponden a los conflictos dinásticos como en la Europa moderna, o las guerras tradicionales de conquista desde los vikingos, mongoles o castellanos en las Indias y caballeros islámicos por todas partes. No son las guerras feroces entre la población civil por razones religiosas, en el XVI, las guerras de religión, o ideológicas del siglo XX. No se puede separar la barbarie de las guerras múltiples de nuestro tiempo, con el progreso, pese a todo, de una civilización mundial, fundada en el comercio, la técnica, la ciencia y las comunicaciones. Nada de eso ha impedido el atentado contra las Twin Towers. Nueva barbarie y nueva mundialización van de la mano. Jacques Attali, ante el desorden del planeta global, drogas, riesgo climático, capital financiero que se comporta como antiguos piratas y a falta de galeones asaltan monedas y Estados-nación, decía que este era un tiempo grave, “sin Papa ni Emperador”. Hobbes diría entonces que algo más realista debería reemplazar el fracasado intento de paz universal a través de Naciones Unidas. Tan desprovista de medios reales de coacción como la naufragada Sociedad de Naciones. Algo que se parezca, finalmente, al Leviatán, esta vez, a escala mundial.

Antonio Negri no dice nada diferente. Marx tendría razón, la economía ampliada, mal llamada capitalista, ya roza con los límites mismos del mundo habitado. Pero nadie ha dicho que ese Imperio mundial, sea quien sea su potencia hegemónica, acaso China confederada con otras potencias, tenga que ser mañana forzosamente despótico. Bien podría ser democrático. Y los Estados-nación, ir pasando su dulce vejez en su seno, así como en otros tiempos, las noblezas se fueron agotando lentamente. Hobbes nos espera en el próximo siglo. Naturalmente, las que tienen que calmarse para ese tránsito a una civilización mundial y tolerante, son las ideologías, que juegan en nuestro tiempo, el rol funesto que tuvieron en su tiempo, cruzados y milenaristas, partidarios del exterminio del que no pensaba o actuaba como ellos. Ya es tiempo que nos digamos que la intolerancia no se encuentra sino en quienes, de nuevo, disfrazan apetitos concretos de poder con buenas razones morales. Los tartufos hoy, son ideológicos. Ideología era una mala palabra para Marx. Se suele olvidar.

Extracto de ¿Qué es República?,  Fondo Editorial USMP, Lima, 2012, pp. 106-107.

Publicado en El Montonero., 24 de noviembre de 2025

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El milagro griego

Written By: Hugo Neira - Nov• 11•25

Cuando se aplica la expresión “milagro griego” a la antigua Grecia se insinúa algo excepcional, portentoso. La frase fue acuñada por Ernest Renán, en 1856, tras una visita al Partenón, admirado por la racionalización del mundo de los antiguos griegos, y todo lo que la acompañó: arte, ciencia, filosofía. El epíteto cobra valor porque Renán, profundo cristiano, es el autor de una admirable Vida de Jesús. Obviamente, Renán no estaba diciendo que los dioses del Olimpo eran tan poderosos como el Jehová de las Escrituras, sino que como el caso judío, era algo único en la historia. Renán escribe en su diario de viaje, “el destino único del pueblo judío, desembocando en la historia en Jesús y en el cristianismo, me parecía como algo completamente excepcional, y he aquí, que al lado del milagro judío viene a situarse el milagro griego”. Renán confiesa no haber sentido esa emoción sino en el Evangelio y recorriendo el valle del Jordán. Ahora bien, las ciencias humanas de nuestro tiempo no son menos admirativas pero tratan de explicarse las causalidades que llevaron a ese hecho único.

Existe una explicación que es compartida por el conjunto de los helenistas contemporáneos. Hubo entre los griegos una civilización de grandes palacios, de reyes y de sacerdotes, la Micénica, que se desplomó por causas que no conocemos. Lo que siguió fue bastante modesto y singular. Surgieron una serie de ciudades-estado, diseminados en las islas y en el continente, situadas un tanto al margen de las grandes civilizaciones dominantes. Es decir, de Egipto y Persia.

Pronto, los persas tendieron a dominar esa zona periférica, guerreando ciudad por ciudad y sometiendo a la servidumbre o a la esclavitud a sus habitantes. Pero se encontraron con una férrea oposición en esas polis, o ciudades independientes, que habían desarrollado una política de autonomía y de hábitos de reflexión muy particulares, que hoy llamamos filosofía. Se exigía de los ciudadanos en unas 50 ciudades griegas autónomas, dos deberes, pericia guerrera para defender la ciudad (como soldados hoplitas) y saber discutir los problemas de la ciudad (en la asamblea o ecclesia, donde se distribuían los cargos, muchos por sorteo).

Se engendró un proceso de racionalización muy temprano entre los griegos, seis u ocho siglos antes de la aparición de Sócrates, Platón y Aristóteles. Antes que ellos, fueron los filósofos de la natura, los de la escuela pitagórica, los que se preguntaron por las leyes fundamentales del mundo, Tales de Mileto, Anaximandro, Empédocles, los que se preguntan por lo arché, un principio originario, el fuego, el aire, el agua, la tierra. Los átomos. Y lo hacen porque están abandonando a sus dioses antropomórficos. ¿Por qué su actitud no parece impía? Esa pregunta no podría haber prosperado en las grandes civilizaciones, en Babilonia, China. Donde el poder era sacro. La causa de esa singularidad en la Grecia arcaica acaso radica en que no hubo una religión dogmática.

Salta a la vista las características singulares de la religiosidad griega. Entre los griegos insulares, al extremo de esos mundos centrales, hubo dioses y creencias pero no hubo dogma. De Homero a los filósofos del siglo IV, que prácticamente se planteaban los mismos problemas políticos de nuestros días: ¿qué régimen era el mejor? ¿Cómo había que hacer para dar el poder a unos y a la vez ponerles límites? No se buscaba la respuesta a estos problemas mediante plegarias e invocaciones a los dioses. Ningún texto sagrado va a imponer a los hombres una verdad revelada. Hesiodo explica la genealogía de los dioses, que es Teogonía, biografía de dioses. Ni Homero era profeta o sacerdote. Y los dioses son concebidos simbólicamente casi como humanos. Salvo el ser inmortales, también tenían pasiones y defectos. Ares o Marte, era colérico. Juno, celosa. Afrodita, provocadora. Así, el universo religioso de la urbe griega tiene ritos, divinidades que protegen el recinto urbano, los hogares, y reciben sacrificios y ofrendas. Como en otras civilizaciones se teme la profanación, los estigmas, pero la función sacerdotal —y ese es el punto— es electiva y temporal. No hay, por lo demás, un Adán griego. A los primeros hombres, no los crea ninguna divinidad. Están ahí, se les llama los autóctonos.

La tradición religiosa griega jamás engendró una casta sacerdotal como en Egipto. Sin embargo, fueron frecuentes las procesiones, las grandes fiestas en Olimpia, en Delfos. La ausencia de clero dogmático —los funcionarios de lo celeste, los llamará Max Weber— ¿explican el milagro griego? Es probable. Fue, en todo caso, una excepción, una religión más bien cívica, urbana, municipal, sin clero omnipotente. En suma, Renán juega con los conceptos, aplica la racionalidad a la vida de Jesús y el hecho divino a los griegos. No obstante, tuvo mucho coraje intelectual al poner a la razón griega al lado de la fe cristiana. En pleno siglo XIX, antes de Darwin, Marx y Freud, eso era un escándalo. Lo apartaron de la Iglesia, fue un pensador cristiano que pagó por su culto a la razón.

Extracto de ¿Qué es República?,  Fondo Editorial USMP, Lima, 2012,  pp. 42-43.

Publicado en El Montonero., 10 de noviembre de 2025

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