La dificultad de lo evidente

Written By: Hugo Neira - Nov• 30•20

Seamos realistas,

Pidamos lo imposible.

—Mayo del 68

Si la historia como disciplina existe es porque tiene la ayuda del dios Cronos. Es decir, el tiempo. No porque seamos mortales sino porque la duración de los hechos —un plazo, un mínimo ciclo— nos dirá si alguna acción del pasado fue exitosa o un error. Y eso se debe a la ventaja de lo a posteriori. Pero el a priori no se basa en argumentos. Ambos conceptos van de Euclides hasta Immanuel Kant, pero ninguno de ellos fueron periodistas. Vivieron en eras más felices en las que no era preciso saber de inmediato lo que ocurre. Y sin embargo, algunos de nosotros intentamos la veracidad y la realidad. Pero podríamos ser un poco más modestos. En lo que se llama historia —académicamente, las hay muchas y muy diversas— la historia contemporánea es la más frágil, y la menos frecuentada.

I

Pensé entonces cómo se las arreglaba Luis A. Sánchez, que aparte de sus libros sobre la literatura, practicaba también la opinión inmediata, o sea, el periodismo. Lo llamaba bitácora. Voy al diccionario y veo que es un cuaderno de notas propio a los marinos. Y acaso no es cierto que los buques de todo tipo no pueden del todo predecir cuándo tengan la mala suerte de una tempestad. Pese a las posibilidades de las ciencias actuales, la naturaleza es siempre imprevisible. Seguro que la pasó a L. A. Sánchez, por aprista, su vida estuvo llena de exilios y retornos, de idas y venidas. Y el sopapo de un inesperado ostracismo. Pero nunca perdió la esperanza y el humor. Cuando un periodista le pregunta qué hubiera hecho si no hubiese sido aprista, su respuesta fue, obviamente, «que eso era imposible», pero como el periodista insiste, se queda silencioso un rato, y le responde: «me hubiera aburrido mucho». Mis respetos, maestro.

Hay otra posibilidad, la del cronista. Sí, pues, la que aprendí a conocer en San Marcos y luego trabajando al lado del doctor Porras. (Así lo tratamos, nunca nos tomamos como «discípulos», y él respetaba nuestras ideas, las de Mario, Pablo Macera y Carlos Araníbar, o sea, un ejemplo de verdadero liberal.) ¿Por qué los cronistas del XVI son fuentes históricas? Porque el cronista no se consideraba un ideólogo o un intelectual, eso no existía durante la Conquista. Eran testigos de vista, y en su mayoría, admiraban esa sociedad incaica que acababa de dominar, y a la vez, tenían curiosidad. Como todo ser humano tenían sus pareceres, a veces, contradictorios. Por eso el maestro Porras los separa, como se sabe, en «la crónica soldadesca» que era acaso la mejor, «por su sobriedad y rudeza». Porras los distingue a esos primeros periodistas en dos corrientes, «la crónica toledana», que dice mucho de cierto sobre la historia de los incas, sus costumbres, sus instituciones jurídicas, pero también sobre «la tiranía de los incas y las penalidades crueles de los pueblos vencidos». Lo contrario viene después, «Garcilaso de la Vega». Era una civilización. Merecía otro trato. «La crónica toledana» —lo explica Porras— tenía un rasgo político, se trataba de demostrar que el mundo incaico era bárbaro y en consecuencia, se legitimaba la Conquista. En particular en la crónica de Sarmiento.

Algo tendríamos de cronistas. Tomarían estas notas como hechos históricos, que luego alguien, en el posible futuro, retome como recopilación y lo aletorio que puede ser ante los hechos que vimos. Solo unas generaciones más adelante podrán repasar estas crónicas y las de muchos otros que escriben en los diarios, y ver si nos equivocamos o  si fue tal y cual cosa un acierto. Solo me queda un arma moral e intelectual, mi voluntad de sinceridad. 

II

En el panorama de la actual vida política veo dos sujetos. Por una parte, personajes individuales, expresidentes, presidenciables y posibles candidatos. Pero por otra parte, un sujeto social novedísimo. La marcha por las calles y ciudades de los jóvenes. Los que se llaman «la generación del Bicentenario». Dicho esto, me parece que este último tema es el más urgente de entender, es para reflexionar.

Si no me equivoco, el 16/11/2020, en mi columna «En Lima y el desmadre» mencioné la indignación de una generación entera. Me propuse entonces, repensar el Perú. Pero en los días siguientes, una idea me perseguía. Tenía la sensación de que de ese tipo de movimientos sociales ya me había ocupado anteriormente, justamente no en un libro universitario sino en algún periódico. Y en efecto, encontré una de mis crónicas con el título de «Los indignados, Madrid» (La República, 14/07/2011). https://www.bloghugoneira.com/que-soy/periodista/diario-la-republica/trienio-11-10-09/internacional#Los%20indignados%20Madrid

Conviene, sumariamente, conocer ese estallido social en un país tan distinto y ya europeo, la España actual. No busco parecidos, sino que se sepa. «Los manifestantes en Madrid, se reunieron en la plaza del Sol, y se llaman a sí mismos ‘los indignados’. Han sido millares, en la primavera española.» Luego me ocupo de su estatus social. «Son, en primer lugar, diversa gente. Parados e inmigrantes, pero sobre todo jóvenes, y no los peores sino los graduados que luego de prolongados estudios y carreras de punta, con años de entrega para adquirir el capital símbolico del saber y la técnica, resulta que no hay quien los emplee. Los parados en España son cinco millones y la mitad de los jóvenes en edad de emplearse. ¿Qué es lo que dicen? Que la recesión económica resulta intolerable». Lo que da lugar a un debate múltiple.

Pero el caso español me lleva a los casos de protestas, siempre de jóvenes, en lo que se ha llamado «la primavera árabe» (2010-2012). Arrancó con manifestaciones gigantes cuando, en una ciudad —Sidi Bouzid— a un vendedor ambulante, Mohamed, la policía le quita sus mercancías y sus ahorros y por eso, se suicida. Un abuso y un sacrificio, y se levantaron miles de tunecinos. No de inmediato, el presidente Ben Ali dimite. La ola de protestas pasa a otros países árabes, en Egipto, en Libia, donde Gadafi lanza sus aviones contra los manifestantes, tiene que huir, lo encuentran y lo ejecutan. En Siria se produjo una guerra civil. La prensa internacional se exalta, la llaman la «revolución democrática árabe» (Wikipedia). Pero luego todo se apaga. Y en cambio  «las potencias ocidentales se aprovecharon de la inestabilidad política de los países árabes», y lo que aparece es el Estado Islámico. Lo de la democracia y comportamientos liberales pone en duda que, por ese lado de la humanidad —los islamistas—, se pueda tener una democracia puesto que esta forma de poder precisa de comportamientos laicos. Y entonces ¿qué pasó con la revolución de los jazmines de Túnez, la revolución blanca de Egipto, las cintas rosas del Yemen?

III

Volvamos al Perú. 1921-1930, la Reforma Universitaria, y el Conversatorio Universitario. Es un pequeño grupo, pero es la crítica al siglo XIX entero y la oposición a Leguía. Todos —Basadre, Porras— no llegaban a los 30 años. ¿Y qué herencia tiene esa reforma y esa actitud rebelde? Tres herencias. El aprismo, que se llama el APRA, una idea política continental. Popular, revolucionaria y americana, lo que les permite a las dictaduras de Benavides y Manuel Prado, ponerlos fuera de la ley. Era una ley contra los comunistas, entonces de la III Internacional. Los otros dos herederos de la protesta de los años veinte, son los socialistas de Mariátegui, por una parte. Y por otra parte, aunque no parezca cierto, un partido llamado Unión Revolucionaria, con pueblo, camisas negras y brazo en alto, a la manera fascista de los italianos de Mussolini. El partido que lleva a Sánchez Cerro al poder legítimo. Entonces, las manifestaciones sociales pueden ser un preámbulo. Pero con diferentes tendencias. En común tienen los tres movimientos algo muy fuerte y novedoso: «mover al pueblo».

Ahora bien, hoy en día, sea lo que sea, nos encontramos con grandes dificultades. Dos  posibilidades, ambas insoportables. La primera, ¿cómo lograr reformas estructurales y profundas sin perder para la ciudadanía los derechos sociales? La transformación por lo general solo se ha podido ejercer con gobiernos despóticos en la América Latina (Fidel Castro, Hugo Chávez, etc). Vaya dilema.  

En la vida peruana tan polarizada, busco las causas de nuestra ingobernabilidad. Además de nuestros problemas, resulta que hay una polarización mundial. Por un lado, gobiernos con elites liberales apoyadas en una economía mundializada que no le interesa sino la ganancia y nada lo social, para lo cual achican los Estados. De ahí que para los jóvenes, es casi imposible buenos estudios si papá no es rico. (Eso ha sido en Chile el motivo del estadillo, que yo he visto.) Y por el otro lado, la ilusión de un socialismo, pese al desplome del Estado soviético hace 30 años (¡!) El –ismo ha muerto, no la necesidad de lo social. ¿Acaso algunas modalidades híbridas? ¿Economía de mercado y Estado fiscal y social, como dice Picketty? Entre tanto, mientras sobreviven las naciones europeas que reúnen empresas, fisco y políticas públicas, esperamos que en América Latina se entienda que la Empresa y el Estado moderno —el que todavía no tenemos— no tienen ni la misma lógica, ni las mismas metas. Y en las universidades se comprenda que la economía por su sola cuenta, no hace progresar las sociedades. Las actuales son tan complejas que una sola disciplina no alcanza para comprender nuestro tiempo. En fin, espero que aparezcan entre los jóvenes, aquellos que inventarán otro mundo. En ese caso, ¡coraje!

Publicado en El Montonero., 30 de noviembre de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/la-dificultad-de-lo-evidente

Hemos visto de cerca el abismo

Written By: Hugo Neira - Nov• 23•20

«Dios no habría alcanzado nunca el gran público sin ayuda del Diablo»

– Jean Cocteau

El lunes pasado 15 de noviembre, usé la palabra caos y desmadre. Y me ocupé en señalar el poco talante de los políticos de estos últimos años, PPK, Keiko, Martín Vizcarra y Manuel Merino. Pero pensándolo bien, fue el mismo presidente Vizcarra el que produjo la mayor crisis política del Perú, solo comparable a cuando en el 30 de abril de 1933, un militante aprista mata al presidente Sánchez Cerro en el Campo de Marte donde una masa enorme de jóvenes le esperaban. Con camisas negras. Se evitó una guerra con Colombia pero eso produjo la dictadura del general Benavides de 1933 a 1939, y luego, el civil dictador Manuel Prado, de 1939 a 1945. El país como que se acostumbró a los gobiernos autoritarios. La presidencia de Bustamente y Rivero duro apenas tres años. La dictadura del general Odría cubre de 1950 a 1956. Después hubo periodos de democracia y periodos de autoritarismo, y así se nos fue un siglo. 

Hace una semana, expliqué qué figuras de la clase política —a saber, PPK, Keiko, Martín Vizcarra y Manuel Merino— «eran cuatro personajes que rompen la línea de progreso de la vida democrática peruana». Sin duda, la crisis política se inicia en el enfrentamiento del poder Ejecutivo en manos de PPK, y en un parlamento excepcional, Keiko Fujimori con 8,549,305 votos y una mayoría de 73 escaños. Pero en vez de ocuparse de su clientela electoral, intenta gobernar desde el Congreso. La bipolaridad Ejecutivo / Congreso la hereda Martín Vizcarra y el 30 de setiembre del 2019, disuelve el Parlamento. Gran parte de la opinión aplaude entusiastamente, y cuatro meses después, se llama a unas elecciones legislativas complementarias, el 26 de enero del 2020. Sin embargo, comete el presidente Vizcarra, un gran error. No se ocupa en tener una bancada. Y por otra parte, no es sensible a la actitud de la población desencantada. En el Latinobarómetro el Perú aparece entre los países más desconfiados ante los gobiernos que no se ocupan del pueblo. Y sin embargo, en esos comicios se presentan más de 2000 candidatos, y 21 partidos políticos, para competir por 130 escaños. Además, en los sondeos previos a esas elecciones, un 54% no sabía por quién votar. El resultado fue un Congreso fragmentado. A saber, Alianza Para el Progreso, 8,8%. Partido Morado, 8,1%.  Podemos Perú, 7,4%. Fuerza Popular 7,1%. Somos Perú, 7%.

¿Presidencia sin partido? ¿Congresistas con poco tiempo para expandir sus posibles servicios a una supuesta popularidad? ¿Y por delante, unas elecciones generales en el 2021? Hasta aquí llega la descripción de la vida peruana hasta hace una semana. La pandemia continuaba, el temor al contagio, la pérdida de empleos, y el dolor y la indignación por los escándalos provocados por el malhadado Odebrecht, que había desacreditado la clase política. Es cierto que habían aparecido nuevos partidos, como el FREPAP, el cuarto grupo en el actual Congreso. Pero hubo también como doce partidos que fueron importantes en el siglo XX, y perdieron votos y simpatizantes. La solución de ese triángulo pandemia-economía-instituciones, no era visible. El panorama era lugubre. Y de pronto, la marcha de los jóvenes en las calles de Lima y en las ciudades del Perú. Con lemas fuertes y a la vez, sencillos: «Manuel Merino no es mi presidente». Cuando eso lo dice una muchedumbre y en particular los jóvenes, quiere decir que la democracia no admite la prepotencia. Y entonces algo inesperado. La calle obliga a la vacancia del político que había pasado del poder del Congreso al poder de Palacio.

Y de pronto, otra sorpresa. De la noche a la mañana «un presidente intelectual». Le digo eso a una amiga por teléfono, y me responde, «es un milagro». Ocurre que solo un partido, el Morado, había votado en contra de la vacancia de Vizcarra. Y en consecuencia, según las reglas, tenía que ser un congresista de esa bancada el que sería primero Presidente del Congreso. Y luego, Presidente del Perú, hasta el año 2021. Francisco Sagasti.  Seamos sinceros, hasta ese momento, peruanos y peruanas vivíamos en la mayor incertidumbre. Hay algo peor en política que un mal gobierno, el vacío de poder. Por eso el intitulado de esta nota, «hemos pasado cerca del abismo».

Pensando en lo que nos está ocurriendo, recordé el libro último de Jorge Basadre, acaso una de sus obras mayores pero probablemente poco conocido. Se titula El azar en la historia y sus límites. Y Basadre dice: «mucho más lejos de la probabilidad, hállase, en apariencia, el azar». Y con más claridad un fenómeno, una coincidencia entre un sistema y un accidente. ¿Qué combate, el gran Basadre, con ese libro en realidad póstumo, en 1973 ? Lucha contra el pensamiento determinista, aquel que no toma en cuenta las bifurcaciones de la historia y las sociedades. Por lo general lo son los economistas, tanto marxistas como liberales. Como si no existiesen las crisis en la economía de mercado y metamorfosis en las generaciones, como es el caso de los jóvenes que hoy se autocalifican «la generación del Bicentenario». Ocurren, pues, estallidos populares —en Chile, en Perú— y políticos que tienen buena estrella. Y como se dice, «en política, nadie sabe para quién trabaja».

Me hace reír el diario El Comercio, puesto que la edición del miércoles 18/11/2020 considera a Francisco Sagasti, «un promotor de la ciencia y la tecnología», y su bibliografía, al menos 4 de los 25 libros suyos. Por lo visto, como en los diarios limeños ya no se produce esa cosa rara que era una reseña, y porque los «comunicadores» no hacen esas cosas que ‘ya fueron’, para ser leído hay dos posibilidades en el Perú. La primera, es morirse. O ser Presidente. Que la ciencia y la tecnología fueran una preocupación por el desarrollo y la democracia, en Sagasti, resulta una novedad. Me permitiré la insolencia de recordar que hace más de veinte años circula Los 50 libros que todo peruano culto debe leer, obra de Francisco Sagasti, Max Hernández y Cristobal Aljovín. Lo editaron la PCUP y la revista Caretas. La Agenda Perú de Sagasti y Max Hernández. Otro caso que me divierte es una edición de Gestión. Se llama «¿Quién es quién?» Es una serie de personas, sin duda alguna importantes. Creí que podía ser los nuevos ministros. No era eso, los protagonistas son gente del sector family office. Gente que también se ocupa de la «emergente inteligencia artificial », así lo dicen. Interesante y muy casual, como quien dice «nosotros también». Mis felicitaciones si eso es así.

Al presidente Sagasti ya se le está escuchando y conociendo. En su primer discurso pide perdón en nombre del Estado, a la familias de Inti y Bryan, los héroes de las marchas. Y critica a «la clase política que no ha estado a la altura de los grandes desafíos». Luego, su primer gesto, después de los rituales republicanos, fue ir con un grupo pequeño de personas, a los hospitales donde yacen los heridos en los encontronazos policiales. Son los modales propios a un renombrado y notorio. Suele sin embargo, sonreír, aunque también arruga el entrecejo, si es necesario. Es alguien que no lleva rencor ni inquina, ni buscará la satisfacción de la venganza. Pero nos hemos acostumbrado al infortunio de confundir política con borrasca. El retorno a la pluralidad de opiniones, después de veinte años de odios y antis, va a ser difícil, sin duda alguna. Basadre decía que el Perú es el país de las «ocasiones perdidas». Como presidente ha dicho ya con sinceridad, algunas prudencias. Garantizar el equilibrio fiscal. Y la necesidad de endeudarse, dada la caída de los impuestos en un 30%. Y también ha dicho que la constitución necesita cambios, pero no es oportuno cuando vamos a unas elecciones. Eso sería una acción del próximo gobierno. Su agenda, pues, es corta pero hay que ocuparse de inmediato, ante la pandemia y la economía que comienza apenas a arrancar.

En fin, a grandes portadas, los diarios han resaltado la idea principal, «devolver la esperanza al Perú». Digo todo esto sin interés alguno. Sagasti, como Max Hernández, son gente de mi generación. Muchos de ellos se han ido al otro barrio, y los echo de menos. Carlos Franco, Fernando Fuenzalida, Javier Tantaleán. Son numerosos. La generación de los 70. Y como muchos de ellos, podemos aplaudir a un amigo sin por eso pedirle algo. Está claro, ¿no? Estas cosas, por desgracia, hay que decirlo. Pasará un buen tiempo para que el peruano no dude del peruano. La corrupción y la demagogia han vuelto a los ciudadanos de mi país un tanto maliciosos. Bueno, tienen razón. ¡Cuánto de decepción y amargura en los que creyeron en los improvisados hombres de Estado de estas décadas! La calle, con otra generación, y un presidente que estudió toda su vida para servir al pueblo, puede ser un giro histórico acaso inesperado, pero al fin cambio, vuelco, viraje. Lo necesitamos. Como dicen algunos jóvenes, «este Perú no nos gusta». Quizá haya otro, y no nos damos cuenta.

Publicado en El Montonero., 23 de noviembre de 2020

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Lima y el desmadre

Written By: Hugo Neira - Nov• 17•20

Me llegan varios tuits. «Noche triste es la de hoy. El primer asesinado por este gobierno usurpador es un chico de 25 años». Otro dice: «la izquierda y Antauro querían la vacancia para hacer un follón. Es lo que queríamos evitar, por eso que continuara Vizcarra». Otro, «es bueno que la juventud, por lo general desempleada, se exprese». Eso fue la noche del sábado para el domingo. Hoy, por la mañana, tres muertos. Y en esta hora fúnebre escribo esta nota periodística. Una acción muy significativa, la renuncia de los ministros. Lástima, era un gabinete de técnicos, gente que por lo general tenía una experiencia en gestión en gobiernos anteriores, desde el Estado. Justo lo que el país necesita ante el coronavirus y la economía, pero un sujeto social ha intervenido. La calle. Y eso cambia todo. La indignación de una generación entera a la que el destino le está dando la espalda —la pandemia maldita, la ausencia de empleos, imposibilidad de seguir estudios—, y en medio de ese desmadre, ¿una clase política que solo piensa en sus negocios particulares? 

Son las 8 de la mañana de este domingo 15 de noviembre del 2020, sí pues, soy de esos que se levantan temprano, pero en este caso, con fiebre por saber qué pasaba. Un post que viene de un amigo en España. La cosa está dura en España y en una de sus cartas, mi amigo de toda la vida, Ramón Tamames, un sabio sin la jaula de hierro de las ideologías, me cuenta que quienes gobiernan son tan mezclados y contradictorios que le llaman «la coalición Frankenstein» y por eso mismo ineficientes. Pero la gobernanza difusa de los españoles no puede competir con nuestra narrativa política. El desplome de los partidos políticos que tenían militantes y no solo electores, y los escándalos de ilícitos con Odebrecht que tocan a expresidentes en estos últimos años. La distancia cada vez más grande entre ciudadanía y clase política, entre gobernantes y gobernados.

La última vez que la transferencia del poder legal ha ocurrido fue cuando el presidente Ollanta Humala, en el 2016, entrega la banda presidencial a Pedro Pablo Kuczynski. Han pasado cuatro años pero parecen como 50¡! Desde entonces, traspié y traspié. ¡Qué de Presidentes vacados y congresistas cada vez más lejos de la realidad peruana! Y la pregunta que tenemos que hacernos es cómo hemos llegado a esos niveles de inestabilidad, errores, yerros, desaciertos. Y así, la pregunta necesaria es ¿cómo hemos llegado al filo de tal abismo? ¿A este desmadre?

Hay una manera de repensar el Perú de estos años. La tomo de un historiador, amigo mío, gran investigador, que ha usado el sistema para comprender los fenómenos históricos y sociales abordando hacia atrás los pasos dados. Lo que importa es saber cuándo se rompe la línea de fractura peruana entre democracia y pueblo.

Comenzaré, pues, con Manuel Merino. Las marchas que ha habido en Lima principalmente pero también por las ciudades, y miles, saben que intentó dos veces la vacancia de Martín Vizcarra. No tenemos en este momento alguna información técnica sobre las razones por las cuales la enorme marcha quiere que no ocupe ese rango. Acaso sean muchos los que no lo admiten por esos 5021 votos que lo hicieron congresista. Lo ven como un oportunista. Alguien que ha llegado a ponerse la banda presidencial «por la puerta de atrás».  Hay una segunda multitud, aquellos que saben o están convencidos de que Martín Vizcarra «ha robado», los he escuchado cuando los periodistas los entrevistaban en la calle. «No estamos con Vizcarra, que pague sus delitos, pero no ahora, con la pandemia y la economía detenida». Bueno, me parece muy claro, muy lógico, muy sensato.

Y usted señor, Merino, ¿no pensó cómo piensa el pueblo? Piensan con sentido común, primero combatir la pandemia y luego volver a la normalidad, porque la gente se ha quedado, por millones, sin chamba. ¿Qué prisa había? Pero me pregunto, ¿era que vacara Manuel Merino o hubiese ocurrido lo mismo si era otro congresista? Entonces, me permito pensar que, formando parte de un partido como Acción Popular que es más bien de derecha —sin grandes proyecciones—, igual no les convenía (¿?) Hay una última hipótesis, no quisieron un presidente más bien sin nada especial. Para escribir esta nota, me he averiguado en Internet su vida. Y para mi asombro, me encuentro que ha estado, desde 1979, en el partido Acción Popular, militante activo, congresista del 2001-2006 por Tumbes, y de nuevo del 2011 al 2016.

Pero la información que rueda mundialmente en Internet, lo describe productor y comerciante agrícola, presidente de asociaciones de comerciantes de plátanos… Y si había ganado el cargo de Presidente del Congreso con 93 votos, entonces, señor Merino, ¿cómo no se le ocurrió tener un técnico en comunicaciones y que lo diera a conocer al mundo entero? Francamente, se pasa usted de modesto. La presidencia es un lugar no solo alto sino altísimo. Le falló la «inteligencia emocional». Mientras escribo este texto, me dicen que usted ha renunciado. Pensándolo bien, aun si lo conocieran bien, era usted la encarnación de lo que no quieren, justamente políticos de carrera. Ellos quieren gobernar. Y cuando aparece una tendencia de ese tipo —los jóvenes del Centenario anti-Leguía, los apristas del 31, los jóvenes de Mayo del 68—, eso es algo más que una marcha. No es el «¡Qué se vayan todos!» sino «¡Ya llegamos!».

Martín Vizcarra, presidente tras la dimisión de Pedro Pablo Kuczynski, asume el cargo el 23 de marzo del 2018. Pero el Congreso, por segunda vez, intenta su vacancia el 9 de noviembre del 2020 (por «incapacidad moral permanente»). Es cierto que tuvo al frente el obstruccionismo del fujimorismo y de su lideresa Keiko, que no aceptaba su derrota en las elecciones generales. Cierto que durante su gobierno le dio cuerda al Ministerio Público sobre el caso Lava Jato. Pero como sabiendo que usted mismo había hecho uno y otro negociado ilegal, y contando con un increíble apoyo por el cierre de ese Congreso (un 84%, según el Instituto de Estudios Peruanos), ¿cómo es posible que no tenga ni un partido propio o al menos una bancada, y gobierne en solitario? ¿Quién fue el insensato que le aconsejó esa suerte de presidente Batman?

Pedro Pablo Kuczynski. Nos conocemos de cuando yo era director de la BNP. Es usted un hombre culto, una deslumbrante carrera profesional en bancos en Nueva York, etc, y lobbista. Pero ¿cómo se le ocurre ser candidato presidencial? ¿Y llegar a Palacio? Ya en el 2016, en diciembre, la Fiscalía del Perú ordena investigarlo. Al parecer, en el 2006, como Primer ministro de Toledo, habría favorecido a la firma Odebrecht. Además, Moisés Mamani reúne una serie de vídeos. Luego la renuncia. Pero, una pregunta: ¿cómo pudo escuchar a aquellos que le convencieron de hacer la guerra política a los fujimoristas congresistas? ¿No pensó nunca que eran también, como usted, de derechas? Solo que gente de emergencia y de clase media. Absurdo, usted y Keiko.

Lo de Keiko es sencillo. PPK, en la segunda vuelta de las elecciones del 2016, obtuvo 8,596,939 votos. Keiko: 8,555,880 sufragios. Una diferencia de 41 mil votos. Ahora bien, la ayudita a PPK del presidente Ollanta Humala fue la orden de inamovilidad de las Fuerzas Armadas y en especial, de la policía, en donde había votos inclinados al fujimorismo. Sí, pues, le robaron las elecciones. Pero lo que siguió fue una venganza torpe. Querer —según Keiko— gobernar desde el Parlamento. Pésimos asesores. Y ambos se hundieron políticamente.

Conclusión. Ni PPK, ni Keiko, ni Martín Vizcarra, ni Manuel Merino tienen el talante de un político. Maquiavelo —lo explico a mis alumnos— le dice al Príncipe que tiene que ser a la vez león y zorro. Lo primero por el coraje. Lo segundo por astuto. Y en todo caso, de no ser un estratega, al menos pensar qué piensa el rival. Y qué hace. Esos cuatro personajes rompen la línea de progreso de la vida democrática peruana. Necesitamos por cierto de gente honesta, pero también capaz de darse cuenta de quién no lo es. Ser bueno es una cosa. Otra ser un cándido, por no decir otra cosa más criolla.

Espero que salgamos de este desmadre. Cierto, es una palabra coloquial de los españoles. No vivimos una revolución sino algo caótico. Según la Academia, quiere decir «exceso desmesurado, en palabras y acciones». Desmadre cuando hay juerga desenfrenada. Y todo lo que sea desordenado o irregular. Ejemplo: «eran las cinco de la mañana y aún seguía el desmadre». Lo que nos pasa es eso, algo como el río que se sale de su cauce. El desborde es lo que dijo Matos Mar años atrás. Desmadrarse es pegar tiros a gente que tiene el derecho a la protesta. Pero tengo mis dudas. En Chile he visto cómo, en las marchas pacíficas, se infiltraba gente que iba a «encender la pradera».  Unos y otros hacen el desmadre. Pero del desorden nace el orden (imprevisible).

Publicado en El Montonero., 16 de noviembre de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/lima-y-el-desmadre

Estados Unidos: ganó la democracia

Written By: Hugo Neira - Nov• 09•20

¿Por cuánto tiempo? Dos graves dilemas me inquietan. El pedido de vacancia del presidente Vizcarra (pero después de este lunes, si hay o no hay) y el de Norteamérica. Pero «Biden ha vencido a Trump». Lo dicen los diarios estadounidenses. Y las manifestaciones populares y las felicitaciones de diversos mandatarios en el mundo entero. Por mi parte, puesto que practico en estas crónicas, e incluso a ratos en mis clases con mis alumnos, el arte casi olvidado de la sinceridad, he sentido un gran alivio. Puede que me equivoque, pero he visto en ese presidente de los Estados Unidos un riesgo planetario. Cualquier cosa podía ocurrir en materia de política internacional con ese hombre en la Casa Blanca. Pero queda una cuestión. No se puede negar que tiene una gran parte de norteamericanos que lo siguen.

Dos temas, pues. Los Estados Unidos, por una parte, y el fenómeno Trump, por la otra. Reconozco que para estas líneas tengo sentimientos encontrados. De ahí dos narrativas. La de la conciencia, y eso que desde Freud sabemos que también nos habita: el ego, la inconsciencia, en cursiva.

Un hecho real, que me lleva a la curiosidad y al asombro: el caso Trump. Y creo que debemos preguntarnos cómo una sociedad como la americana ha podido llegar a esta situación. Dos problemáticas me saltan al cuello. Por una parte, los Estados Unidos de estos tiempos que por casi un pelo, no se convierten con un segundo mandato de Trump en algo parecido a los «regímenes híbridos» que clasificamos en las ciencias políticas. Pero la variedad de casos es tan grande que proliferan las nociones. Epstein, partial democracy, 2006. Merkel and Croissant, defective democracies, 2004. Diamond lo llama hybrid regime, 2002. Zakaria, illiberal democracy, 1997. O como lo llama un politólogo que viene a ratos a Lima, Levitsky, competitive authoritarianism, 2002. Lo que estoy diciendo es que en este siglo XXI aparecen modalidades de poder que van más lejos que la izquierda y las derechas clásicas. Es hora de saber que hay regímenes democráticos que funcionan con apoyo autoritario de las bases, algo inclasificable. Levitsky y Martín Tanaka usan ese concepto, que como lo entenderá el lector, es algo complejo porque acopla trabajadores y a la vez elites poderosas y vanidosas. En el caso de Trump, los obreros y los dominantes blancos y el mundo de los negocios. Veamos, pues, primero a los Estados Unidos.

Habla el recuerdo, la inconsciencia. «Soy peruano, soy latinoamericano. La vida americana nos ha acompañado desde la infancia: el pato Donald y sus tres sobrinos, Mickey Mouse, una infancia de dibujos animados, inolvidables, del cine de Hollywood y los cómics. Ya en la adolescencia, Star Wars, o las películas de Woody Allen. Decir América era el jazz, los tremendos McDonald’s hasta que nos dimos cuenta que era fastfood. Luego en la adolescencia, Marilyn Monroe, y la suerte de Arthur Miller, su primer marido. No sabíamos que había crecido casi sin padres y luego su muerte, la hallaron sola, y todo lo que se dijo. Después, mientras nos dedicamos al complicado aprendizaje de ser varón, nuestros héroes: el lejano oeste, entonces, John Wayne y los Douglas, el padre y el hijo —tantos actores para los Westerns—, y hasta nuestros días, Morgan Freeman, Brad Pitt y Angelina Jolie que con los años está cada vez más bella, pero le dan roles de ‘maga malvada’, y reina despótica. Los enanos que protegieron a Cenicienta es algo inolvidable. Y entre los 8 y los 10 años, me volví un experto en aviones de guerra de los Estados Unidos. Cazas y bombardeos. Me acuerdo de uno, A-205, lo prestaron en plena guerra a los rusos, los ingleses y franceses».

Más tarde, me admiró, en historia, Jefferson, Washington, su revolución y su confederación, un gobierno nacional y a la vez, con Estados, y esa república vigorosa que en 1789 solo contaba con 4 millones de población, en general, granjeros y en pueblos pequeños (Breve historia de los Estados Unidos, de Nevins, el mejor libro  sobre los primeros pasos). Y luego, la participación en la I y II guerras mundiales.

Pero desde los 70, EEUU ha girado sobre su propia historia. El problema de un presidente republicano no ha sido algo sin grandes riesgos. Por lo demás, Lincoln fue republicano como lo fue Theodore Roosevelt, y si no me equivoco, Eisenhower. Uno de los grandes soldados de los Estados Unidos lo fue Nixon, que establece relaciones con la Unión Soviética y China, aunque el escándalo del Watergate lo obliga a renunciar. Republicanos han sido Reagan, que era actor de cine e introdujo el neoliberalismo. Y los Bush, padre e hijo. Aparte de meter la pata con el ataque a Irak, no se le nota grandes defectos.

«Siempre hemos pensado que los Estados Unidos era el país a la cabeza de las patentes. Desde 1890. 26’300 patentes por año (Watson, Historia intelectual). Norteamérica, el país donde se inventó el telégrafo, los cables transatlánticos, Edison con el foco de luz eléctrica, Bell y el teléfono, la radio, las tecnologías de Silicon Valley. Y Trump ¿un jefe de Estado que no cree en pandemias y cambios climáticos? A su entender, son falacias inventadas para detener la economía norteamericana. Y por supuesto, hacerle daño.»

¿Qué es Trump? Hombre de negocios con una escolaridad barata. Cursos especializados sobre venta de inmobiliarias, en la Universidad de Pensilvania. Cuando es presidente de los negocios familiares, levanta un rascacielo que se llama Trump Tower, en Manhattan. En política, ¿republicano? La cosa no es muy clara, su primera filiación fue de demócrata. Con Reagan entra al seno mismo del republicanismo. Y propone el «aislamiento». Luego pierde en unas primarias y es George H. W. Bush el candidato. En los Estados Unidos, ante su estilo, se le clasifica con términos de «inclasificable»  (Soufian Alsabagh). O el historiador Berstein, «político nativista-nacionalista». Él mismo se define como «republicano conservador». No es dañino, pero como no ama las ciencias, se explica que China ande por delante de EEUU. Pero si fuera solo eso, resulta que quienes lo llevaron a la Casa Blanca, son en un 51% los de más bajo nivel de educación. Y por supuesto, los «supremacistas blancos».

Pero no quiero sino decir la verdad. Trump desde el 2017 volvió a levantar el crecimiento de la economía americana. En el 2018, los salarios de los obreros progresaron, y el paro había caído a su más bajo nivel desde 1969. No seremos tan tacaños como decir que había una conjetura económica favorable.

¿Qué opinión podemos tener de un sistema tan complejo de elecciones, con Colegio de delegados? ¿Y por qué ha perdido las elecciones? Tal vez las cifras de la pandemia cuentan en esa derrota. Los Estados Unidos tienen más muertos por el coronavirus que cualquier otra nación, y se acerca en cifras a los muertos en la guerra de Vietnam. ¿Y todo porque al presidente Trump, no le dio la gana de ponerse la mascarilla y decir  que no era una simple «gripe fuerte»?

Muchas causas. Usemos la célebre navaja de Ockham. El método de un monje inglés en el siglo XIV, con esta premisa: «la explicación más sencilla suele ser la más probable». Entonces, Biden encarna el revés de Trump. Lo primero que va a hacer es volver al Acuerdo de París sobre el clima. Lo segundo, los impuestos a las grandes empresas (Trump los había anulado). Tercero, ocuparse de esos 21 millones de estadounidenses que no tienen ningún seguro de salud. Con Biden se interrumpe esa paranoia que tenía el presidente Trump, viendo siempre complots contra los Estados Unidos y su persona. Con Biden regresa el sentido común. La cordura. Si los extraterrestres nos observan —lo cual es muy probable— el uf! que se ha echado a los cielos en todo el planeta deben haberlo notado. Y qué placer no verlo, la encarnación de la vanidad, de la grosería, realmente insoportable. Es decir, el antipolítico. Pero no me quedo del todo satisfecho. ¿Es Trump un caso aislado? ¿O el inicio de poderes que vienen del dinero y que, convencidos de que son semidioses, establezcan seudodemocracias. Eso de que el pueblo aplaude a un mandatario narcisista no es nuevo. Lo llamé alguna vez, «cesarismo». Como en Roma, en el poder hasta la muerte. Y había, entre tanto, Senado. 

« También la Alemania de los treinta tuvo un formidable desarrollo social y económico, cuando todos los países naufragaban debido a 1929. Eso era Hitler. También progresa la Italia de Mussolini. Hoy los neodespotismos toman el poder con las urnas, no con las armas. Los marxismos ya no existen. Pero la formación de nuevas modalidades de dominación aparecen en este siglo XXI, de la misma forma como aparecen virus  nuevos. Ni la naturaleza ni la sociedad se quedan quietas.

Publicado en El Montonero., 9 de noviembre de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/estados-unidos-gano-la-democracia

Chile: ¿Aparta de mí este cáliz?

Written By: Hugo Neira - Nov• 02•20

«La ciudad, no debe estar sometida a los Señores»

 Platón, Carta VII – 347 a.C.

Sobre lo que ocurre actualmente en Chile tengo un punto de vista distinto a los quejidos y tembladeras que corren en los medios políticos de Lima. Mi enfoque es empírico. Y solo después que explique lo que he visto y conocido, me atreveré a un juicio racional. Para que se me entienda, debo comenzar por qué razón conozco Chile. Y pido disculpas al lector por hablar de mí mismo.

Cuando dejé la BNP, decidí enrumbar mi vida a dos actividades, a mis clases y a la investigación de unos cuantos temas. Por ejemplo, me ocupé de un trabajo comparativo de civilizaciones: inca, azteca, China antigua y la India activa. Para sendos trabajos, tuve que viajar a Francia puesto que en París, hay institutos donde se encuentran libros y centros de estudio para cada lugar del mundo. Si usted quiere estudiar el mundo islámico, o los Estados Unidos, o la América Latina, o Japón, hay un edificio con todos los materiales necesarios. Pero al retorno a este continente, hicimos una parada en Santiago de Chile, y encontramos dos fuentes. De una parte, la CEPAL. Es una institución que Chile ha logrado tener en su territorio, pero podría estar en Washington. Así, si tuviera necesidad de comparar la situación de la educación peruana con la república de Honduras o Guatemala, tendría ahí lo necesario. Y ahorraría un viaje. Pero el otro aspecto positivo, son las librerías en Santiago.

La sociedad chilena la compone mayoritariamente diversas «capas» de clase media. Son varias y acaso por las migraciones o las modalidades de su educación, y los hábitos, hace que tenga demandas que se vinculan a la cultura mundial y la información de cómo va el mundo, siento decirlo, mayor que en Lima. Ese tema, para mí es decisivo. Yo no puedo intentar comprender lo peruano aisladamente. Estamos en una era de la mundialización. Si alguien piensa que eso no es necesario, recuerde la visión de José Carlos Mariátegui. En los años veinte, grandes libros. Por cierto los «Siete ensayos…», pero anteriormente, cuando todavía no había fundado Amauta, otro libro que La escena contemporánea. ¿Me hago entender? Somos parte de la historia universal. Somos parte de nuestra especie. El hombre, ese extraño animal, el libro de J.-F. Dortier que jamás se encontrará en librería o biblioteca en el Perú. Y fue entonces cuando encontré una solución para mi sed del saber, Santiago a tres horas y pico de Lima. Y hace diez años que vamos y venimos. Por eso, lo de empírico.

Hablemos sumariamente de Chile. Es cierto que han progresado con el modelo liberal en estos últimos veinte años. En lo que es renta (o si se quiere, el PBI), tienen clase alta, anchas clases medias, capas populares y pobreza (lo que se llama pobreza, un 6,4%). La fuente de este dato es el Banco Mundial. Ahora bien, están en 17 mil dólares per cápita, mientras nosotros, raspando, en los 7 mil. Al menos antes de la pandemia. ¿Dónde está la razón para el descontento? Yo no estoy en Chile para estudiarlo, pero claro está, leo sus diarios, tengo vecinos y escucho cómo ve las cosas la gente corriente. Por eso digo, un punto de vista empírico. Lo evidente, lo tangible. ¿Y eso qué es? En libro chileno del 2017, Malestar social y desigualdades  de Antonieta Vera Gajardo. O bien, de Kathya Araujo, Habitar lo social, unos y abusos en la vida cotidiana en el Chile actual (2009) ¿De izquierda? Algo mejor, una combinación de sociología y psicología. El conocimiento de lo real. 

Bueno, no solo bibliografías sobre el malestar del Chile neoliberal, también los vecinos. Una de ellas —no tengo por qué decir su nombre— me dice que tiene un dilema. Tiene un hijo en edad de hacer una formación superior. La señora duda porque le da lo mismo el gasto si lo envía a los Estados Unidos o si se queda en Chile. El problema es que un americano corriente está en US$ 65 118 (Banco Mundial, 2019). Y el chileno en US$ 14 896 mil. O sea, por mucho que tengan ingresos altos los chilenos, tienen precios norteamericanos para la educación y la salud. El resultado es que están ahorcados. Las clínicas, ni les digo. Tan costosas como en América del Norte. Entonces, el estallido no es la pobreza, no es el desempleo, es que no es posible vivir en esa contradicción entre ingresos inferiores a los gastos familiares. He visto desfilar gente bien vestida, incluso llevando el perrito mascota, o los niños a la mano, gente diría de nuestro San Isidro o Barranco, pero en protesta. Y un millón. Pero si eso fuera todo, viene lo peor.

Chile es un país ya moderno. Pero con nuevas brechas sociales. Entonces, en su caso es decisiva la formación superior. Pero es carísima¡! Eso es el corazón del malestar social. Ocurre, pues, que la sociedad chilena ha sido de una cierta cohesión social en el pasado (no se dividen en criollos e indígenas, salvo el caso de los mapuches), pero para lo que los sociólogos llamamos la movilidad social, para subir, en Chile el ascensor son los estudios. Para el individuo o el progreso familiar. El cartón tiene un valor distinto al peruano. En nuestro país, casi no hay meritocracia, la remplaza los «contactos», la vara, el amigazo, el color de la piel, el apellido. Chile es bastante distinto. Ya están en la modernidad, pero la clase alta chilena ha inventado su Muro de Berlín. Lograr que pocos chilenos lleguen a la buena formación.

¡Y lo han logrado! Una revista, Capital, y el Seminarium Head Hunting reveló, en el 2003, que los líderes del mundo corporativo chileno provenían de un «selecto club», o sea, la clase alta venida de unos pocos colegios privados, y los menciona: Verbo Divino, Saint George’s. Por lo general, formados para «administración de Empresas» (un 41,9%). Un periódico conservador lo llama ‘el capital social’. No soy yo quien lo dice sino los chilenos. «Vivimos en una sociedad de castas» (Alexis Jeldrez, 2016). En el Perú ya estamos acostumbrados a esas diferencias. Aquí, en los noventa, cuando destrozaron la secundaria en las escuelas del Estado, nadie dijo ni pío. Porque el ascensor de una clasa emergente no es el conocimiento sino llegar a ser un adinerado a cómo dé lugar. Por eso estamos bien jodidos.

Entonces, ¿victoria de la izquierda en Chile? No me hagan reír. Es la presión de los grupos medios de chilenos¡! ¿Y qué quieren? Una modificación constitucional para que la educación se haga con el Estado, como ocurre en diversas sociedades capitalistas en la Europa, con ese sistema «espantoso» que se llama la socialdemocracia. Por el momento un joven chileno para sufragar los gastos universitarios, tiene que endeudarse y cuando termina sus estudios –son carreras largas en Chile— se encuentra con que debe el valor de un departamento. Y si consigue trabajo, vivirá ahorcado por sus deudas. O sea, aun con chamba, nunca vivirá contento. Es contra esa situación que han votado. Pero en Lima, creen —necesitan creer— que es para poner en el poder algún Hugo Chávez o un Maduro. De alguna manera es una crisis del neoliberalismo. Pero no es la única. Lo mismo ocurre en otros lugares del planeta. En el alba de un nuevo siglo, hay fenómenos sociales que no se pueden entender con conceptos del pasado. En el siglo XX, las ideologías ocuparon el lugar de las religiones. Y así es como hubo el dogma staliniano, y fracasaron. Hoy los liberales tienen el dogma del todo-mercado. Se necesita otra cultura, otra mentalidad, para entender este siglo XXI. Pero el embrutecimiento con la teología del mercado o de la violencia, hace más victimas que las pestes virales. Del Covid-19 saldremos, pero difícilmente lúcidos ante lo imprevisible.

Publicado en El Montonero., 2 de noviembre de 2020

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