Conceptos y debate. ¿Dice usted terrorismo?

Written By: Hugo Neira - Jun• 29•20

Immanuel Kant (1724-1804) se ocupó poco de la política pero lo suficiente para inspirarnos en nuestros días. Tres de sus obras fundan los términos jurídicos de la modernidad. Crítica de la razón pura (1781), Crítica de la razón práctica (1788), y la Crítica del juicio (1790). Siendo la más breve, propone una enseñanza política que después de Hobbes, Locke o Rousseau, va más lejos, según Pierre Hassner. En busca de nuestra libertad mental separa el mundo de los fenómenos —entre ellos los sociales— y el mundo de los noúmenos. El primero, es el mundo de las cosas en sus manifestaciones, y el otro, el de cosas que no lograremos entender. Así, para entrar al ámbito de la razón, necesitamos conceptos. O sea, herramientas del saber que intermedian nuestra conciencia y el mundo mismo. Sin las cuales no podríamos pensar ni acceder al conocimiento de la ley, la historia y la política. De Kant nos separan dos siglos, que no es nada en el pensar la filosofía y la ética. ¿A santo de qué viene todo esto? dirá el amable lector. Ocurre que corre una tendencia que llama a troche y moche al que no le cae bien, «terrorista». No voy a ser yo el que defienda lo indefendible. Pero recuerdo a Ernst Bloch, filósofo judío alemán, «el concepto es el estado mayor del conocimiento».

Desde ese punto de partida, se entiende que es terrorismo los atentados del 11 de marzo de 2004 en la estación Atocha de Madrid, cuando cuatro trenes simultáneamente explosionan. Obra de artefactos dejados en los andenes de la estación, 500 gramos de un explosivo llamado Goma-2 ECO. El atentado fue a la hora de mayor aglomeración y alcanzó hasta 500 metros y murieron 199 personas, unos 120 españoles y muchos de otros países, entre ellos, cuatro peruanos. Los autores de esa infamia rápidamente se identificaron, una carta llega a un diario de Londres y se reconocen como las brigadas de Abu Hafs al-Masri, en nombre de Al Qaeda. Eso es, pues, terrorismo.

En el Perú, nadie olvida lo ocurrido hace 28  años. El 16 de julio de 1992, dos coches bomba cargados de dinamita estallan en la calle Tarata, y matan a 15 residentes. Los daños al edificio fueron enormes. Yo no estaba en el Perú, y una amiga me escribe y me cuenta: «volaron las ventanas y vitrinas y se veía la modestia de sus muebles, su decente pobreza». Pese a ello, quienes vencen a SL fueron las Fuerzas Armadas en el campo y las rondas campesinas. Poco después, el Poder Judicial condena a perpetua a Abimael Guzmán, a Elena Yparraguirre y a otros 11 dirigentes. En Tarata había perdido su guerra Sendero Luminoso.

Terrorismo es el ataque a las torres gemelas de Nueva York. Un inolvidable 11 de setiembre de 2001. Fanáticos secuestraron aviones comerciales para estrellarlos. 2996 muertos, 6000 heridos. Entre ellos, algunos peruanos. Años más tarde, el 2 de mayo de 2011, el mismo Barack Obama anuncia: «Justicia está hecha. Osama Bin Laden está muerto». En el territorio de Pakistán, la misión se llamó «Operación Lanza de Neptuno». Obama además tuvo el tino de sepultar el cuerpo de Bin Laden en el mar como cementerio. Y sin embargo tuvieron el gesto de celebrar los ritos islámicos del caso. Esa no solo fue una guerra política sino religiosa, la de una tendencia del Islam contra los países occidentales, y ahí siguen, entre Siria e Irak. Una guerra inacabable.

En el campo de la violencia, es harta conocida la victoria de los improvisados guerrilleros cubanos que desembarcaron en Sierra Maestra el 2 de diciembre de 1956, en un yate llamado el Granma —hoy en el museo de La Habana— y unos 82 guerrilleros, entre los cuales estaban los hermanos Castro, Cienfuegos, el Che, para enfrentar al tirano Batista, y es cierto que llegaron al poder, los «barbudos». No se definían como comunistas porque todavía no lo eran. Venían de una entidad insurreccional, el Movimiento 26 de Julio, cuya ideología era la rebeldía. El resto ya lo sabemos. Tiempos de la guerra fría. Nos hizo creer en toda la América Latina que una revolución no era una cuestión muy complicada. Consistía en ir al monte. Lo real, es que hoy una entidad muy académica y estricta, hace este resumen: «de 1959 a 1961, des échecs du castrisme insurrectionnel» (Encyclopædia Universalis). Traduzco, «los fracasos del castrismo insurreccional», y mencionan a Hugo Blanco: «en 1965 vencido por una contraofensiva de las Fuerzas Armadas peruanas». Pero no dicen que es un terrorista. Se ocupan de otros casos, Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil. Pero las rebeliones «castristas» —así las llaman— en ningún caso llegaron al poder.

En mi generación vimos a Cuba como una posibilidad, pero en los hechos no fue así. Las guerrillas a la cubana no lograron el poder en ningún sitio. Las causas son evidentes. Habían subvalorado la capacidad de los ejércitos nacionales, un error también de SL. Y por otra parte, a las guerrillas no acudieron a integrarse los campesinos. Lo dice el mismo Che Guevara en sus notas. Sobre los movimientos campesinos y la teoría foquista, hay un buen trabajo de Daniela Rubio Gieseke (PUCP). Pero tengo una objeción: los movimientos campesinos, las tomas de tierras, no tienen nada que ver con los revolucionarios foquistas. Ni Béjar ni Hugo Blanco dirigieron esos movimientos. Pero como a los indios los han tomado desde la colonia como tontos, no faltan los que no entienden que ellos tuvieron su emancipación y sus propios dirigentes.

Lo sé porque fui enviado al Cusco por el diario Expreso de José Antonio Encinas. Y conocí a Sumire, a Valer, una élite popular salida de la nada que dirigía la poderosa Federación Campesina en Cusco, con unos 1800 sindicatos rurales. A la cabeza de esa emergencia sin milicias armadas, un campesino quechua, cuya vida he narrado (Huillca, habla un campesino peruano, traducido a 7 lenguas). Lo suyo fue un movimiento de tipo Gandhi. Presión de masas para recuperabar sus tierras pero sin sangre. Vi crecer la ola de recuperaciones de tierras hacia Sicuani, hacia Puno. De no haber habido esa movilidad indígena que comienza en el valle de la Convención con las huelgas en que estaba Hugo Blanco, luego las marchas de los campesinos de las zonas altas y por último la Reforma Agraria, Sendero habría ganado. Pero los prejuicios raciales impiden comprender que los campesinos se autolibertaron con esa extraña revolución sin armas. Hoy, la papa, el camote, el choclo que llega a nuestras mesas, no viene de los latifundios desaparecidos sino de los hijos y nietos de esa liberación ocurrida en los sesenta. Han entrado al mercado, ya no son arrendires, envían sus hijos a estudiar al extranjero.

Volviendo a Kant, conceptualmente no es lo mismo el guerrillero que el terrorista. Este último no da la cara, no corre riesgos, pone la bomba que mata y se va. El guerrillero, tenga o no razón para tomar las armas en la mano, se da a conocer: Javier Heraud, Béjar. Y Luis Felipe de la Puente Uceda, el 23 de octubre de 1965, es derrotado en Mesa Pelada, en el Cusco. Contaba con tres columnas, pero no logró el apoyo campesino.

Entiendo lo que pasa por el alma de muchos peruanos: el riesgo de las elecciones del 2021. De la misma manera que las urnas se llenaron con votos de ciudadanos incautos, eso puede repetirse y dado el hundimiento momentáneo de los empleos por la pandemia, puede emerger otro aventurero. Además, estamos en la era de la mundialización y Hugo Blanco es conocido. Y parte del pueblo lo aprecia. Yo leo, y en uno de esos libros, se entrevista no a cusqueño sino a «un poblador de San Martín de Porres»: «hablaba en quechua y hablaba de los pobres. Por eso he votado por Hugo Blanco». Y otro, «él ha luchado bastante, le han apaleado». En un libro de ESAN, p. 314. Pero hoy Blanco solo se interesa por los problemas ambientales.

Yo también pienso que estamos al borde de un abismo. No se juega solo un sillón presidencial. Un error, y perdemos otro siglo. Pero para conseguir democracia y progreso material y moral se necesita de algo, la política. Y el gran problema de los peruanos son los peruanos mismos. Con el «otro» —cholo o criollo— no se compite sino se elimina. No se hagan, no hay partidos sino minorías que se comportan como clanes feroces. Al punto que un sociólogo, que nos conoce a fondo, Danilo Martuccelli, en Lima y sus arenas, dice que estamos pasando de «la cultura chicha» al «achorado». Y este tiene el «humor del aplaste». Pienso entonces en lo que dijo como despedida César Vallejo: «Ahora que me asfixia Bizancio». Eso era para nuestro gran poeta, Lima. Vallejo, que sabía mejor que nadie su castellano, sabía que el bizantinismo es «la afición a las discusiones inútiles». El debate de si guerrillero o terrorista y si usamos o no «negrita», muestra que Lima sigue siendo bizantina. Temerariamente. 

PD: Es una pena la partida de Salazar Larraín. Para la próxima semana, escribiré sobre él y su estilo que siempre me admiró.

Publicado en El Montonero., 29 de julio de 2020

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Los poetas o sea, la inteligencia colectiva

Written By: Hugo Neira - Jun• 22•20

hasta las cachas de cansado ya/

—Carlos Germán Belli

Como van las cosas en el país, en el continente y en el mundo entero, más vale saber qué pasa en el terreno de lo irracional que en lo racional. En las revistas científicas europeas cada vez más la idea de «clase» es menos utilizada. No es que ha dejado de tener sentido —ricos y pobres hay—, pero ¿cómo aplicar criterios entendibles a los gilets jaunes, ese movimiento popular que apareció en noviembre del 2018 en Francia, y se pasean furiosa y silenciosamente con una cólera feroz a todo lo que sea Estado, fisco, orden y gobierno? Los gilets o chalecos amarillos, no dicen que quieren. Solo desfilan. ¿Ácratas mudos? Ni partido ni sindicato. ¿Una forma de descontento a la vez visible e ilegible? Si es así, la economía y la sociología, no es suficiente. Hay que completarlas con nuevas herramientas intelectuales. El español José Antonio Marina define lo que llama las ‘culturas fracasadas’. Sin duda, pero ¿quién tiene la razón? ¿Dónde está la verdad?

Para un libro que preparo, he revisado diversas disciplinas, historia, economía, sociedades, e ideologías, pero creo que todo eso no explica el ser social actual en el Perú. Así, pues, uno de esos días, en pleno confinamiento, en casa, luego de poner en orden mis papeles para las clases que dicto, se me ocurre leer a nuestros poetas, minuciosamente. Soy de los que consideran el verso y el texto filosófico en el nivel más alto del saber humano (tan importante como el arte o la ciencia). Y comienzo por casa, con César Vallejo. Quise saber en sus versos cómo veía la vida y su propio país.

De entrada, dejo de lado el ‘Hay golpes en la vida tan fuerte…¡Yo no sé!/’, y voy a las páginas de Trilce, cuando piensa en el imposible retorno, la madre difunta, y está solo, ‘En los bastidores donde nos vestimos/, no hay, no Hay nadie: hojas tan solo/». James Higgins, escocés, gran conocedor de nuestra literatura: «el poema XLIX destaca la crisis existencial del hombre moderno». Y Vallejo lo confirma, versos como ‘ésta es mi inmensidad en bruto, a cántaros/.

Luego, dejo de lado a César Moro, Lima fue solo un ínterin en su vida, nos vamos de visita a Martín Adán, después de La Casa de Carton (1929) deslumbrante, continúa con Travesía de extramares (1929-1946) y se le considera más que un vanguardista, la encarnación de «la poesía pura». Eso dicen los académicos. Pero me sorprende que se pierda, que dude de la palabra misma: ‘No soy ninguno que sabe. / Soy el uno que ya no cree/ ni en el hombre, / ni en la mujer, / ni en la casa de un solo piso, / … no me preguntes más, / que ya no sé…/’

Ha perdido la confianza en la palabra, cosa que un poeta es lo último que pierde, y su poema sobre Machu Picchu es posterior. Pero las piedras de esa ciudad no es el mundo corriente. Dejando el Reino que Martín Adán se ha construido imaginativamente, vamos a los años 50. Y en esos años, poetas que creen en la poesía, Sologuren, Bendezú, Leopoldo Chariarse. Nos detenemos en Sebastián Salazar Bondy y Blanca Varela. Lo de Salazar es en El tacto de la araña, cuando es sincero, directo: ‘Pertenezco a una raza sentimental, / a una patria fatigada por sus penas /’. Son los años de Odría, de exilios de apristas y socialistas, del poder del diario La Prensa de Pedro Beltrán, y Salazar Bondy era un «progresista», sin embargo, en la tímida izquierda de esos años, y volviendo a Higgins, «Salazar veía la vida como trágica pero bella». Pero Blanca Varela, no es una rebelde políticamente hablando pero sí una inconforme. Va al Puerto Supe, al balneario donde pasó los veranos de juventud, la costa peruana son sus raíces, «pero se rebela y añora otro tipo de existencia». Y le habla a Lima: ‘No sé si te amo o te aborresco / porque vuelvo/ sólo para nombrarte desde adentro /’. Conflicto entre la limeñidad y lo provinciano, sin solución.

Luego vinieron los poetas sociales. Gustavo Valcárcel, Manuel Scorza. Sin duda, la obra de Alejandro Romualdo. Es el poeta de los 50, batallador como un arcángel, habría dicho la poeta chilena Gabriela  Mistral. Es el poeta de ‘Aquí estamos, hermano de la sierra. / Aquí estamos sin tierras ni ganados. / Aquí estamos, sin fábricas ni máquinas, explotados /. Es un giro porque ‘Aquí estamos, peruanos de esta hora /, desesperados / ‘. Y claro está, la esperanza o la utopía de un retorno de Túpac Amaru II, ‘Lo harán volar / con dinamita. En masa, / lo cargarán, lo arrastrarán. A golpes /… ¡y no podrán matarlo! /. Me olvidaba, los poemas de Mario Florián, la sangre del pueblo magisterial, sobre los sufrimientos de los campesinos, cuando había una oligarquía terrateniente. Y hay los poetas urbanos, Leoncio Bueno,  ‘podría tal vez, hacerme vendedor ambulante/’. Ya no es el afecto por los proletarios sino uno de ellos.

Pero hay voces más desencantadas que los mismos revolucionarios. Son voces libres, personales. Washington Delgado, profesor talentoso, podía estar contento pero no. ‘En mi país estoy, / en mi casa, en mi cuarto, / en mi destierro /’. ¿Qué pasa en el Perú, entonces? Vivo para mañana y eso es todo. Pero quien estalla dulcemente se llama Carlos Germán Belli, el que dice que tiene «el pie en el cuello». Se hace famoso al decirnos como vivimos, ‘ya descuajeringándome, ya hipando /’. Para los profesores de literatura es como Washington Delgado, «una crítica social que viene de una clase media cuya vida es restringida y empobrecida». Sí, pero, es una queja sin nombre alguno. ¡Todo lo aplasta! ‘hoy me avasallan todos y amos tengo / mayores, coetáneos y menores /, y hasta los nuevos fetos por llegar /’. Y algo muy duro, muy sincero, «su pesimismo» (César Toro).  ‘Yo, mamá, mis dos hermanos / y muchos peruanitos / abrimos un hueco hondo, hondo, / donde nos guardecemos, / porque arriba todo tiene dueño, / toda está cerrado con llave /’. Ni el político más radical dice algo parecido. 

Son tiempos de Javier Heraud —‘yo no me río nunca de la muerte /—, Corcuera, César Calvo ‘venid a ver el cuarto del poeta’, o sea, la madre y la  pobreza. Cisneros en Canto ceremonial se niega al ritual al libertador en la plaza San Martín. Pero, me atrevo a decir que el gigantesco mensaje de los poetas de los 70 a los 90, se reduce a una línea, la de Manuel Scorza: ‘¡Ay, Perú, patria tristísima!’. Y se pregunta de dónde sacaron los poetas sus «pájaros transparentes»,  ‘Yo sólo veo dolor /’ . Y en fin, es una poeta mujer que dice claralmente, ‘se crece entre cólera‘, Carmen Ollé en Noches de adrenalina. En fin, desde Hora Zero, hubo una pasión desoladora por decirnos la verdad. Nadie es feliz.

Poetas. Nos han estado enviando mensajes, augurios, pronósticos. Se esperaba en los 70 la revolución. No la hubo. Pero acaso vino algo peor, el vandalismo de arriba y de abajo. Y acaso nos espera el caos. En suma, los cálculos sobre el PBI y el per cápita de los expertos no profundizan en esa sucesión de desengaños de cada generación. Los poemas, en cambio, nos ponen en las narices el malestar y el declive de la sociedad, la nación y el Estado. De una poesía todavía esperanzada en los años 30 al 50, a una decepción paulatina. Y hoy, poemas, o más bien, ceremonias del adiós.                                                                                                                       

Publicado en El Montonero., 22 de junio de 2020

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Perú: ¿sociedad, o aisladas Gemeinschaft?

Written By: Hugo Neira - Jun• 15•20

En el diario El Comercio, sección «Dominical», se incluye una par de páginas sobre la filosofía. Son las de Pedro Cornejo. No tengo el gusto de conocerlo, pero lo felicito. No soy de esos que solo hablan bien si se trata de amigos y allegados, no vivo en esas burbujas muy limeñas. Cuando vivía en la Polinesia Francesa, profesor en la Universidad Francesa del Pacífico, un día de esos leo por internet un texto muy sensato de Alberto Adrianzén. Me pareció interesante, no lo conocía personalmente y lo comenté en La República. También leía a Martín Tanaka sin conocerlo. Me cayó muy bien, en una crónica contaba el baile de Tudela al lado de Alberto Fujimori en un estrado público. Eso de hacer bailar a los políticos me parecía siempre una suerte de venganza de la «plebe urbana» (concepto de Carlos Franco). Y más de una vez he visto sonreír sardónicamente a gente del pueblo ante el bailecito del candidato a alcaldía, curul parlamentaria o presidencial. Hasta Alfonso Barrantes, que era muy formal, lo hicieron bailar.

Ahora bien, en la edición del domingo 10 de mayo —perdón por el retardo y mis respetos, señor Cornejo—, así como lo felicito, en un punto, discrepo. Se ocupa usted de un tema social y usa dos conceptos, individuo y comunidad. El tema es más bien sociológico que filosófico. Y en sociología, la complejidad de la vida social nos ha llevado a pensar desde conceptos más bien tridentinos. Voy a referirme a un gran pensador en esa disciplina que probablemente no se le conoce en las arenas de Lima. Ferdinand Tönnies, alemán, establece la diferencia entre lo que es Gemeinschaft y Gesellschaft. Lo primero es una comunidad tradicional. Y la segunda es una sociedad moderna. Si alguien dice ‘soy francés’, está refiriéndose a una sociedad. Pero si dice ‘soy bretón’, o bien parisino, quiere decir que «sus interacciones son más estrechas y vinculadas a un grupo específico». Tönnies fue profesor hasta que llegaron los nazis. Lo expulsaron de la universidad en 1931. El concepto les incomodaba.

Una Gemeinschaft  es «una comunidad basada en los lazos familiares y en grupos sociales como si fuesen una iglesia». Una entidad a pequeña escala, «y tienden a aspiraciones y creencias comunes, y sus interacciones están basadas en la confianza y la cooperación» (Tönnies). No es necesario ser sociólogo para reconocer, en esos gestos, a nuestros migrantes andinos que cuando llegaron a las ciudades y encontraron trabajo, buscaron y llamaron a la gente que conocían en sus comunidades indígenas, y en los que depositaban su confianza, con toda razón. En cambio —seguimos con Tönnies— «en una sociedad, las relaciones son mucho más impersonales y superficiales y están basadas en el interés individual más que la ayuda mutua». La modernidad, pues, tiene un precio, cierto grado de incertidumbre. El individuo tiene interaccciones más anchas, pero a la vez, sufre de la inevitable soledad del que tiene que tomar decisiones personales. 

La pregunta que el amable lector puede que haga sería, y eso, ¿qué tiene que ver con nosotros? Quizá me equivoque pero me parece que el Perú sigue siendo un país que está más cerca de la Gemeinschaft. Es mi impresión cuando viajo (Cajamarca, Cusco, Puno, Arequipa) y la misma Lima, para mí es un Principado, algo como Mónaco. En cada terruño veo culturas, comunidades, colmenas de abejas pero no una nación. Lo de peruanos, acaso nos une la gastronomía y un partido de fútbol, si la rojiblanca mete goles. Hemos tenido en el pasado indígenas separados. «Invisibles los indios», me dice un amigo antropólogo. Hoy diría, los informales, también invisibles, hasta que el Covid-19 nos revela su fragilidad. Antes de la pandemia como que no los veíamos. Los creíamos ya incorporados, pero no tienen caños con agua, ni neveras. Francamente, dos siglos republicanos, y no ha ocurrido lo que se llama «el triunfo de la voluntad». Claro está, concepto alemán, Nietzsche. En el XIX europeo, algo decisivo estaba pasando. He vivido en el vientre de la ballena, la mía fue Europa y conozco la historia de esas naciones tanto como la del Perú. Puedo explicar cómo pasaron de la comunidad cerrada, atrancada, a las grandes sociedades. (En el caso peruano, abajo y también arriba, clubs, apellidos sonoros, etc.). País de estamentos.

Para ello vamos a recordar cómo Alemania da el salto en el siglo XIX (ese siglo en que dormitamos). Nunca fue compacta —aunque en algo ante Bonaparte— pero no dejaba de ser una zona llena de ducados, principados, ciudades libres, territorios alemanes, hasta que llega Bismarck, canciller en 1862. En una década reúne los 300 reinos o ducados y drástricamente los reduce a 33. Eso es el II Reich. Y se vuelve la potencia que conocemos.

Lo consigue con tres herramientas. Mediante una inteligente diplomacia. Mediante las guerras internas, Prusia que se impone a Austria. Y mediante los servicios sociales. Asombroso Bismarck. Canciller conservador que establece para los trabajadores —ya había llegado la revolución industrial— el seguro de salud, de riesgo en el trabajo en caso de accidentes, el derecho a la huelga y al reposo para las madres en el parto. O sea, inventa y hace nacer la Seguridad Social. Lo sorprendente es que el Estado de Bienestar aparezca en la sociedad jerárquica de Guillermo II, el káiser. Sin embargo los autoritarios progresistas son tan abundantes que nos olvidamos. No solo Mao, sino un ejemplo cercano, Porfirio Díaz en México, a fines del XIX partidario de la industrialización. ¿No lo cree el amable lector? Seguro que ha visto alguna película sobre la revolución mexicana de 1910, y se les ve a los revolucionarios viajando sobre los techos de los ferrocarriles.  

Siempre me he preguntado por qué no nos ha gustado el tren y hemos preferido autos y carreteras. ¿Fastidio del viaje colectivo? ¿Vanidad de lucir el automóvil como signo de opulencia? No lo entiendo. Desde Leguía, que era un autoritario pronorteamericano. En otros países les sirve —Argentina, México— y las grandes potencias tienen trenes tanto como aeropuertos. En Europa, se puede ir por tren de Portugal a Rusia, y si tienes ánimo, hasta China. El tren fue parte de mi vida europea. Antes de doctorarme, tenía un puesto de profesor por contrato en provincia y viajaba de Saint-Etienne a París donde seguía mi formación superior en la escuela de Ciencias Sociales, y entre las dos ciudades, una distancia algo así como Chiclayo-Lima. Y salía por la mañana y con el TGV (tren de gran velocidad) estaba en 2 horas y media al otro lado. Muy bien, leyendo, jugando, descansando. ¿Por qué no tenemos un tren de gran velocidad a lo largo de la costa?

Todo esto tiene que ver cómo se puede dar el salto de la comunidad tradicional a la sociedad. Si el Perú sigue siendo un país fragmentado, no saldremos de esa suerte de Edad Media que nos acompaña. La modernidad es medios de transporte de bajo precio y cómodos, educación de calidad y gratuita, y salud no solo para los ricos. He aquí las vías para llegar a ser una sociedad moderna.

Algunos que me leen me quieren clasificar. Es inútil, yo les diría no soy sino un outsider, es decir, «el que no comparte los supuestos básicos de los miembros de un grupo social». El concepto viene de Alfred Schütz (1944). «La distancia del etnogrupo». Entonces se es libre pero también un solitario. Qué le vamos a hacer. Pienso en Ortega y Gasset, sus  «melancólicos privilegios». «Señores, yo no soy ahora yo, soy nada menos que el extranjero, el hombre que no está, sino que llega». En fin, me «conecto» pero poco, rara veztuiteo y no me interesan los fake news, evito sumarme al canibalismo de estos años sombríos. A diferencia de muchos leo diarios, escucho a amigos y cuando quiero saber el sentido de un concepto, consulto a mis maestros que ya no son de este mundo y están en los libros. No soy parte de ninguna ideología. No son ciencias sino creencias. Puedo estudiarlas pero no las sigo. Me interesan las IDEAS, aunque soy un escéptico esperanzado. A esta edad, lo que me apasiona son los Diccionarios. Pirámides del conocimiento. Pero el confinamiento del Covid-19 comienza a pesar y esta crónica está saliendo larga. Chaú.

Publicado en El Montonero., 15 de junio de 2020

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Protestas

Written By: Hugo Neira - Jun• 08•20

La idea de protesta me encandela, no por su contenido solamente sino por sus analogías. Reclamar, desaprobar, censurar (aunque no lo usaría así), rechazar. Y también aprecio su contrario, el conformarse. No es mi caso.  

Primera protesta. Sin el «quédate en casa» de este gobierno —o como dicen en otros países, confinamiento— de repente hubiera habido también en Lima una protesta sobre eso de un policía en Minneapolis con la rodilla en el cuello de un señor que tenía la desgracia de ser black —George Floyd— y que protestando porque le faltaba el aire, se fue directo al cielo. Lo que ha provocado, como sabemos, incontables protestas que solo se pueden comparar a las que hubo en los sesenta, cuando los estadounidenses estaban cansados de enviar a los jóvenes a morir en Vietnam. Años de Ho Chi Minh. «Es el Bonaparte de esta era», me dijo Perón. Solíamos conversar, vivía en las afueras de Madrid, y unos jóvenes argentinos, por cierto exiliados por montoneros, me llevaron para que lo conociera. Sí, pues, conocí a Perón, nadie es perfecto.

Pero no entiendo. Claro que conozco América del norte, incluso me detenía por ratos cuando volvía de Europa a Polinesia francesa parando en California, porque uno de mis hermanos, Federico, médico, vivía ahí. Muchas veces he ido a Gringolandia. Incluso conocí a los Kennedy pero no es tiempo de contarlo. Hoy ¿realmente, racistas? Y sobre todo, ¿anti blacks? Ahora bien, como vivimos en una era surrealista en que vemos lo que pasa en el mundo como si tal cosa, desfilan en nuestras pantallas las manifestaciones con muy pocos afros y sí, en cambio, muchísimos caucasianos, así se dice ¿no? Los blancos de ayer admiraron a ese black que fue boxeador invencible que se llamaba Joe Louis. Y tuvieron como lo máximo a otro black que se llamaba Cassius Clay y que prefería llamarse Muhammad Ali. Magnífico.

El rostro de los afros en la vida americana. No por ocho años con Obama sino permanentemente. ¿No es cierto que a un black como el artista Morgan Freeman le han dado roles siempre de hombre honesto, simpático, sereno (incluso en una de las muchas películas que ha filmado, hace de Dios)? Cómo le gustaría a Trump ese rol. Y cuando los extraterrestres atacan a nuestro mundo, en la película Día de la Independencia, uno de los héroes lo encarna un black, Will Smith, y logran entrar a la nave capitana de los extraterrestres, le colocan una bomba hiperpotente en la nave principal y la invasión sucumbe y se salva el planeta y la humanidad. Entonces, ¿qué pasa con la policía americana? ¿Por qué los rostros de los artistas blacks —además de los citados y de Sidney Poitier, que siempre hace de negro cultivado y serio— no los conocen?

Me hace pensar en el odio de los nazis en los años treinta ante los judíos, justamente porque eran una élite. O sea, lo del policía blanco que mata a un black bien educado y que no le discuten en nada —incluso sonríe, eso se ve en los vídeos—, todo eso huele no solo a racismo sino a nazismo. Microviolencia. Macroproblemas. Me tinca otra cosa, una modesta hipótesis. La etnografía inquieta a los Estados Unidos, país que nace de la inmigración. Por ahora los blancos son el 66%. Los latinos y asiáticos, unos 23% y los afroamericanos, un 12,4%. Unos 37 millones. A eso se añade que asiáticos y latinos tienen más hijos. «La población hispana o latina es joven y de rápido crecimiento», dice la Oficina de los Censos. Temen, pues, el 2050. Serían un país de mestizajes. Bueno, ¿qué los asusta? Nosotros somos desde 1492 un continente de mestizajes. Lo que pasa es que no comprendemos la ventaja que tenemos de ser una sociedad universal. Y Europa, ¿no es acaso un mosaico de lenguas y naciones? Eso que se llama ‘razas’, los antropólogos ya no lo usan. Lo que hay es culturas diversas.   

Segunda protesta. Estoy desencantado. El caso Richard Cisneros, o Richard Swing. La fiscalía investiga ministros y exministros como Salvador del Solar. Ahora bien, leo los diarios y luego recorto algunas páginas y textos. Y los separo por temáticas. ¿Sabe usted, amigo lector o lectora, que el paquete Swing es más gordo que el asunto Floyd, la meseta del Covid-19 que —por lo visto— se nos va hasta el 2022? Ahora bien, señor Swing, usted ha jugado un rol muy apreciado. Acaso mayor que un Primer ministro. Es un puesto muy alto, y con todos mis respetos, le explico qué cosa es una marioneta o un títere, lo hago porque no me parece muy letrado. Ahora bien marionetas y títeres no eran cualquier cosa. Los reyes del absolutismo tenían en la corte sus bufones, y mire usted, era el único cortesano al que se le permitía decir lo que sea. El bufón era fino, inteligente, los reyes le permitían sus bromas. Eran la voz del pueblo. Hay cuadros célebres y una vasta literatura. Pero ese no ha sido su rol. Los bufones no apapachaban, decían lo que escuchaban como queja o protesta de los de abajo en las barbas de Carlos V o Felipe II.

Eso tuvimos, en la medida de nuestras posibilidades, en nuestra cultura peruana. Claro está, en tiempos de Maricastaña, pero hubo un Cordero y Velarde. Era cantante, alegre, hablantín, y sobre todo pobre. Lo volvieron loco, unos amigos le hicieron creer que debería ser presidente. Y se lo creyó, y gastó sus ahorros en hacer sus afiches. Cuando le dijeron que era una broma, no regresó a la razón. Se hizo llamar Apu Capac Inca, Emperador del Perú y Conductor del Mundo; Soldado de Tierra, Mar, Aire —y además— de Profundidad (porque se habían olvidado de los submarinos). Vivía de su periódico que se llamaba El León del Pueblo, «sale cuando puede, y pega cuando quiere». Llevaba un sombrero de tarro, chaqueta negra y la «banda presidencial». Pero no estaba tan loco. Cuando un político de los serios reunía una muchedrumbre, los rivales contrataban a Cordero y Velarde que, llegado a la plazuela o calle, se llevaba el público. ¿Por qué razón? Porque les decía zambacanuta a los poderosos. Yo sé, no es el estilo de usted. Otro de ese calibre es Tulio Loza, mi paisano, abanquino, el popular Camotillo, el tinterillo. ¿Y por qué para mensajes llenos de sabiduría y de humor no han llamado a Melcochita? Es el representante de una cultura amulatada y fina. Cuando le preguntaba Bayly qué pensaba de una estrella de la tele peruana —pongamos una Maruja—, Melcochita respondía: «la llaman la anticuchera». Y luego,  «porque se la comen en cualquier esquina». La ambigüedad, pero con un oxímoron que elude la palabrota.

Y por qué no, en estos días de confinamiento, en los hogares, hubiéramos estado mejor matando el tiempo con Al fondo hay sitio o La paisana Jacinta, no por azar la ponen fea, gesto de racismo enmascarado, pero ella –o él– se defiende. Y no con eso de ayudas personales que son el palabreo seudopsicológico sin valor científico alguno, y menos humor e ironía, que siempre ha sido una lección moral. Lo que es usted es algo que no creo que conozca. Es usted un Eróstrato, la versión acriollada del griego que quema el Templo de Artemisa con tal de ser famoso. Estará usted satisfecho, la prensa, yo mismo caigo en la trampa. Sí, pues, temáticas de un tiempo de decadencia. Sin embargo, acaso lo que nos admira es su desenfado para sacarse un selfie con los poderosos, pero mucho más nos inquieta el nivel cultural del contorno palaciego. ¡No conocen este país! No saben qué es lo que le gustaría al populorum. Qué lejos están, les dicen que se laven las manos a las capas populares que no tienen ni siquiera un solo caño, como los callejones de antaño, más cómodos. Dios Santo, ¡qué retroceso!

PD: Están con Covid-19 Eloy Jáuregui y el Dr Oscar Ugarte del Instituto de Gobierno y Gestión Pública. Ambos se acercaron a los focos, uno como escritor y periodista, el otro como médico. Esperamos que se salven. Con todo respeto y admiración.

Publicado en El Montonero., 8 de junio de 2020

https://elmontonero.pe/columnas/protestas

Salinas y la búsqueda de la razón práctica*

Written By: Hugo Neira - Jun• 06•20

Si he aceptado este ejercicio es porque veo amanecer en este texto otra generación, menos propicia a encerrarse en capillas y círculos cerrados. Salinas ha reunido aquí varios ensayos. A saber, democracia delegativa y autoritarismo competitivo. Después de la crisis del 2008, se pregunta qué hicieron los países andinos. El liderazgo populista de Rafael Correa. La comparación entre España y Perú en materia de desigualdad social y calidad de la democracia. Un contrafáctico —no es el primero en los nuevos investigadores— sobre un Mario Vargas Llosa presidente. Iba a poner más afortunado, pero hubiese sido un error. Probablemente no habría tenido el Nobel. Y la conducción del poder presidencial en el Perú, no es un lecho de rosas. Luego sigue un trabajo sobre democracia de audiencia. El presidencialismo en Perú. Siete ensayos, una cifra siempre mágica para los peruanos.

El trabajo roza ese otro sujeto de estudio, lo colectivo. Ese es un tema que me intriga. los conocedores de ese mundo son escasos. Y el hecho de llamarlos populistas no es sino una pausa, la conflictividad y la espontaneidad de esos movimientos —enormemente disímiles, como son las clientelas de Fujimori y la composición social del español Podemos— merecen ir un poco más lejos que Laclau. Cierto, son la sanción de los pueblos a las elites de izquierda y derecha, pero esto mismo se nos queda corto. Es una singularidad que escapa a nuestros paradigmas. En cuanto al concepto de Steve Levistky, «autoritarismos competitivos», me parece un oximorón. Ingenioso pero nada científico. No tiene lógica.

Un punto de discrepancia, Vargas Llosa presidente con la ayuda de Alan García. Eso ni en un contrafáctico. Es como imaginar a Lutero acogido con los brazos abiertos por el Papa León X. O sea, ni en sueños.

Por lo demás, un libro que revela un paisaje intelectual de investigadores. Y un ánimo reflexivo. Sin politiquerías.

* Extractos del prólogo al libro Apuntes sobre política, del sociólogo Alan Salinas, Editorial Académica Española, febrero de 2019.

Publicado en Caretas n° 2636, 4 de junio de 2020, p. 49.