Brasil no es solo Odebrecht. Es Lula

Written By: Hugo Neira - Nov• 12•19

Introducción necesaria                                               

Me alegro por Lula. Pero no lo mezclo ni con Evo ni menos con Maduro.

El caso del Brasil se diferencia de otros del continente. La creación de otra clase media fue el efecto directo de políticas públicas, bastante complejo, y que Nora Lustig y López-Calva, del Banco Mundial, han llamado una «política del no pobre». En este mismo ensayo nos detendremos a analizar. El caso arranca desde un hecho político, el fenómeno Lula. Obrero metalúrgico, elegido al tercer intento presidente, bajo su gobierno y en muy poco tiempo, 9.7 millones de brasileños salen de la pobreza. Entre 2003 y 2006. ¿Qué pasó en Brasil? Celebro su libertad. Por eso publico este texto que es parte de un ensayo que todavía no va a las tintas. No sin dejar en claro que no creo que tenga que ver con una suerte de «izquierda del socialismo del siglo XXI» que no existe sino en la cabeza confusa de algunos pocos. Es un acto de cinismo que Maduro que ha empobrecido a Venezuela se atreva a sentirse contento tras la libertad de Lula como si fuese parte de esa manera de combinar la economía y la justicia social. Nada que ver. Maduro no tiene, para decirlo de alguna manera en términos de Marx, un modo de producción. No es sino un aprovechado de un solo ingreso, el petróleo. Ni siquiera se le puede comparar a un Emirato oriental. Los árabes invierten en ciencia y nuevos modos de producción, lo cual ni se le puede ocurrir a esa ridícula y caprichosa dictadura venezolana, con militares cubanos post Fidel que se hacen pasar como izquierda. Nada que ver. Brasil de Lula es una cosa. Otra la Argentina peronista. Otra la aventura del antiguo líder de cocaleros que es Evo. Hay que verlos por separado. Quizá lo que los une es algo que Basadre, vaticinó. Los llamó «sultanismo», «sistema estatal que carece de contenido racional y desarrolla en extremo la esfera de lo arbitrario y de la gracia del Jefe». Lo pongo aquí porque los peruanos que leen son pocos, y acaso toman a Basadre solo como un historiador. Basadre pensaba. Qué lástima que los peruanos no conozcan a sus «profetas».

                                                          ***

Los parecidos entre la situacion brasileña y la peruana se reducen a dos hechos: en ambos casos, la extendida informalidad y la aparición de una nueva capa de estrato medio, un «sector C», como lo llaman los brasileños, realmente emergente, vale decir distinto a la clase media ya existente. En el caso del Brasil, bajo Lula da Silva, sorprende la cortedad del efecto. Fue casi de inmediato. En Perú, la reducción de la pobreza extrema no la hubo entre 1997 y 2002, al contrario aumentó del 18,2% al 24,4% (C. Parodi). Comenzó a bajar en el 2005, y solo en el 2010, se reduce a 7,6%. Hablamos de la «extrema». La pobreza peruana es heterogénea. Y las situaciones oscilan entre departamentos muy pobres, como Huancavelica y Apurímac, con Madre de Dios o Moquegua. La otra diferencia Perú/Brasil es el modelo económico. En Perú, como en Colombia o Chile, la lucha contra la pobreza se hace en un marco de economía liberal. La del Brasil es una combinación de políticas. Algunas de las cuales no habría aprobado el Fondo Monetario Internacional. Las perspectivas se redujeron para Brasil en cuanto la coyuntura exterior le fue desfavorable.

Brasil es algo muy serio. Como población, 203 millones. Y como PBI, US$ 2,245 mil millones. Cómodamente, tres veces la Argentina, cinco veces Venezuela, en cambio dos veces México, que es el único que se le aproxima. Entre los BRICS, el Brasil es el más moderno, con una población seis veces menor que China produce casi un tercio de la totalidad de la economía china, que se halla en los US$ 9,240 billones, bastante lejos por el momento de los Estados Unidos (US$ 16,800 billones en el 2015). Más moderno, la mayoría de su producción está en el sector de industrias y terciario. Aunque su sector primario le permite exportar alimentos. No nos debe sorprender, pues, que se crearan puestos de trabajo con empleos estables, unos 9.4 millones. ¿Cómo hizo para conjugar los empleos en el sector privado con un elevado gasto público que, sin embargo, no produjo una inflación y el aumento del costo de vida? El caso es que cuando le aplican el índice Gini —aquel que mide la desigualdad—, Brasil se coloca entre las naciones con elevado Desarrollo Humano.

La política voluntarista de Inácio Lula da Silva ha hecho correr ríos de tinta. Lula fue elegido dos veces presidente. Cuando fue elegido por primera vez en enero del 2003, lo fue con una alta votación, el 63%. En su segundo periodo le fue más difícil, pero se impuso con un 48,61% contra un candidato socialdemócrata, Geraldo Alckmin. Grosso modo, su política económica era un éxito. La presencia de Lula en la escena mundial era enorme, Brasil se sitúa como la sétima economía del mundo. Era, a esas alturas, confiesa un observador europeo, «negarse a reconocer los logros de su Presidencia». Por una razón que se añade a la consistencia de las medidas sociales que se introducen durante su gobierno. La luna de miel del Brasil con la economía mundial llega a su fin desde el segundo semestre del 2009. Llega la crisis, se desacelera la economía brasileña. Pero el equipo de Lula, el mismo que había acompañado políticas internas asistencialistas, se manejó adecuadamente. «Bastante mejor que otros países industrializados como China y Rusia» (Annuaire L’État du Monde, 2010). «El Banco Central puso término a la depreciación del real». La continuación de las políticas públicas se mantuvo pese al impacto de la crisis financiera de la economía mundial. Según L’État du Monde, las autoridades prefirieron sacrificar obras de infraestructura que habían previsto antes de la crisis; las reformas iniciadas en el 2003, dirigidas a sectores modestos y en la base de la pirámide social de Brasil —uno de los países más desigualitarios del planeta— no se detuvieron. Continuaron las políticas propobre. Eso no era ni el capitalismo de Estado ni el crecimiento liberal.

Para comprender el Brasil de Lula acudiré, entre la vastedad de estudios que se le ha consagrado, a algunos que me parecen objetivos, competentes y hechos por brasileños, o brasileñistas. Nadie mejor que los propios ciudadanos para entender desde dentro sus sociedades, y todavía nos apoyamos para la Grecia Antigua en el seudo Jenofonte para saber cómo funcionaba por dentro, realmente, la ciudad de Atenas. Los análisis a los que me remito son, como su nombre lo indica, minuciosos. De los muchos aspectos de la gobernabilidad bajo Lula, por las razones de este libro, nos atenderemos preferentemente a la «clase media emergente». Un movimiento de ascenso social de los estratos D y E en dirección al estrato C era algo que diversos observadores constataban a medida que se intensificaba. Una encuesta del 2005, del Instituto Pesquisa Target, empresa privada de mercado, «señalaba que más de dos millones de familias habían ascendido en la escala social y habían dejado de ser considerados como clase baja» (Murillo de Aragao, CEPAL). Otros datos señalan que en entre el 2002 y el 2008, «tres millones de brasileños que residen en las seis principales regiones metropolitanas del país (Sao Paulo, Río de Janeiro, Belo Horizonte, Porto Alegre, Salvador y Recife) habían salido de la pobreza y accedido a la clase media» (ibídem). Seamos sintéticos. En torno a la causalidad de la «clase emergente», podemos reunir varias posturas. Para Murillo de Aragao, son tres afirmaciones.

            a) El movimiento (ascencional de la clase D y E hacia la C) se deriva de políticas públicas adoptadas en los últimos gobiernos a partir de 1994.

            b) Se demuestra que la creación de una clase media, en países como Brasil, depende sobre todo del efecto de las políticas públicas.

            c) A pesar de las evidentes ganancias en términos de movilidad social y de reducción de la pobreza, existen pérdidas en los estratos superiores de la clase media.

Este investigador sostiene la tesis que los cambios de la renta se venían observando desde 1994, y se refiere a la implantación del Plan Real. Luego, se refiere a otros tres causales: d) baja inflación e) programas asistenciales y f) generación de empleo privado.

Como se puede apreciar no hay una causa única.

Nora Lustig, de la Tulane University, y Luis F. López-Calva, del Banco mundial,  señalan los siguientes factores:

a) Para la reducción de la desigualdad y la pobreza extrema, los programas focalizados, como Programa Bolsa Familia. «En el caso de la reducción de la pobreza, el estudio realizado por Sergei Soares y colaboradores (2010) muestra que ‘hubo una disminución de doce puntos porcentuales del número de pobres, que pasó del 26% al 14% de la población brasilera. El dinero proveniente del PBF responde por, aproximadamente, el 16% de esa disminución’. Por su parte, la tasa de extrema pobreza bajó de un 10% a un 5%, estimándose que un tercio de esta reducción se deriva de la renta transferida a través del PBF.» Fueron unos 11 millones de personas los que recibieron la Bolsa Familia. Pero Nora Lustig sostiene que ella no significaba más que un 0,5% del ingreso total de una familia.  Siendo una gran ayuda «las transferencias condicionadas», no es suficiente para explicar la disminución de la pobreza.  

Creo que es conveniente destacar un hecho central. La decisión de Lula de elevar el salario mínimo.

b) Este pasa, en cinco años, de 200 reales a 450. En dólares, de 112,35 a 252,80. Y la pobreza se redujo del 37,13% (2003) al 25,16% (2008). Esta decisión de Lula —a la que en nuestro país se oponen muchos economistas— se suma al hecho de una evolución de los precios del consumo que evita la inflación. El que nos proporciona estos elementos de juicio es Murillo de Aragao, es como si esa política no fuera lo suficientemente decisiva. Recojo un dato sucesivo: de diez puertas abiertas al empleo, seis fueron asalariadas. Es decir, 20 millones de empleo asalariados (Marcio Pochmann, «Informalidade reconfigurada», 2012).

c) Cabe señalar otro hecho, igualmente tratado como un hecho corriente, la creación de empleos formales en el sector privado. Y el acceso de la población a líneas de crédito (Murrillo, ibídem).

Volviendo a la explicación de Lustig y de López-Calva, hay otro elemento. Sostienen «una reducción de la segmentación espacial». El punto merece un poco de atención. No hay que olvidar que estamos tratando de comprender lo ocurrido en una sociedad de desigualdades no solo económicas sino culturales, étnicas, por algo Brasil fue llamado hasta los años setenta ‘Belindia’, una suerte de Bélgica con una inmensa y pobretona India. Menos mal que líneas adelante se explica qué quieren decir con fragmentación espacial. Parece que había diferencias abismales entre territorios sociales dentro del mismo Brasil, «áreas metropolitanas y municipios pequeños», y esto cesa en los años de Lula. ¿Por qué? Los investigadores no lo saben, «sigue siendo una incógnita». Podemos suponer muchas cosas, desde actividades de los partidos que apoyaban a Lula, alguna entidad estatal, pero lo cierto es que «aumentó la demanda de mano de obra y los salarios en ciudades pequeñas y medianas».

En fin, el último analista —y testigo de vista— pone el acento en la estabilidad  fiscal y económica que se mantuvo en los dos gobiernos de Lula. Al punto que en años en que disminuirá el crecimiento del PBI —salvo en el 2007 que fue de 7,5%— el incremento de la renta del estrato C no disminuye. En esos años «millares de brasileños cruzaron la línea que separa las clases D, E de la C».

¿Cómo describe Fabiana Luci de Oliveira la nova classe média brasileira? Los principales indicadores son trabajo en empresa formal y estable. Acceso a la educación superior. Mora em casa própia. Tiene casa propia. Y capacidad de ocuparse en planear el futuro, y no lo olvida, «acceso a bienes de la tecnología de las comunicaciones y la información, celular, computadora, internet, para consumir bens culturais, es decir, para afianzar el ascenso social». Más adelante, es formal, «se explica el crecimiento de la clase C por el incremento de la renta personal y la reducción de las desigualdades en la distribución de la renta». Nota el aumento de la escolaridad, el aumento de las operaciones de crédito.

Y no elude la gran cuestión, la fragilidad. Y se pregunta: ¿la nova classe média puede retroceder en términos de patrones de vida y hábitos de consumo? En caso que el crecimiento sea artificial, dice, la nova classe no sobrevivirá en los próximos años. Han subido, sin embargo, desde los cimientos de la pirámide social. De todo lo vivido, «quedan —dice— valores y actitudes ya internalizados». Y por lo tanto, posibilidades de estimarnos.

Publicado en Café Viena, 12 de noviembre de 2019

Populismos. ¿Neofascismos o neodemocracias? (1/4)

Written By: Hugo Neira - Nov• 11•19

Si hay un problema en las arenas siempre inquietas de la vida política, es esa tendencia que llamamos populismo. No me estoy refiriendo a las actitudes de tal o cual político o partido peruano, ni siquiera a las marchas en Santiago de Chile que he visto hace poco y que llenan avenidas pero no dicen si tienen líder o un comité con quien hablar. Contrariamente a un a priori muy corriente, el populismo no es un tipo de régimen. Y menos una ideología. En estas líneas trato de resumir lo que dije en un conversatorio organizado por mi amigo Prialé y al que participaba Jaime de Althaus. El tema fue «democracia y populismo». Y preferí ocuparme más bien de lo que llamamos populismo. El tema es ancho y muy complejo. Como podrá apreciar el amable lector.

Para principiar, no es una novedad, hace decenios que han aparecido. En los setenta a los noventa del siglo pasado los llamábamos nacional-populismo. Pero hubo populismos agrarios en los Estados Unidos de 1896 —el People’s Party—, y más cerca a nuestros días, en Yugoslavia, Turquía, en la India, cuando la industrialización arruinaba regiones enteras. Por doquier.

Lo de nacional-popular fue el concepto que permitió definir al estudioso Gino Germani, qué era el peronismo. Pero en 1969, quien escribe esta nota, investigador o chercheur en París, prefiere otro concepto, a saber, populismes ou césarismes populistes. Ponía el acento en la relación emocional entre masas y líder, en este caso, Juan Domingo Perón (en Revue française de Sciences Politiques, junio, 1969).* Este trabajo mío ha sido tomado en cuenta a medida que el populismo se multiplica en naciones y culturas diferentes. Vayamos, pues, paso a paso. De lo sencillo a lo complejo.

En primer lugar, se usa como peyorativo. Por lo general, su repudio viene de los detentores de convicciones y doctrinas, de izquierda o de derecha. Lo ven como un  intruso. Pero esa actitud que parte de prejuicios, no nos conduce a nada. Razonemos, por algo brotan en diversas naciones. Uno de sus distintivos o rasgos peculiares es su indeterminación. Suelen tener como objetivo una política antidemocrática y a la vez los anima una democratización. O como dicen, «una transformación social», que bien puede culminar en reformas profundas o bien en gobiernos autoritarios. Venezuela actual, Nicaragua. Por eso se les ve con temor, y en efecto, saben lo que no quieren —seguir pagando impuestos por encima de sus posibilidades, como en Chile— pero no saben reformar sin romper del todo el orden social y político. Entonces, la medicina resulta peor que la enfermedad.

En segundo lugar, si es así, el  populismo es ambiguo. Si comparamos los populismos, podríamos calificar, en la sociedad francesa, a la señora Le Pen como populista —anti euro, anti Europa— pero con ilusiones que hacen pensar en Hugo Chávez, el socialismo del siglo XXI, esa caída en picada al desorden. Pero a Le Pen padre e hija, no les haría gracia alguna que los clasifiquen al lado del extinto presidente venezolano. No obstante, de hecho y en la praxis, se parecen enormemente. Los populistas franceses y de otros países europeos detestan a la clase política tanto como los populistas sudamericanos.

En tercer lugar, si son diversos y heterogéneos, si proliferan en Europa (en Francia, Hungría, la república Checa, en la Italia del norte) tenemos que entender la causalidad que los pone en el escenario de la vida política. Hay diversos casos. Hay el populismo étnico, el de los catalanes. Con la misma intensidad de aymaras peruanos o bolivianos, o identidades indígenas como en Ecuador. ¿Aspiran, entonces, a una suerte de autonomía y a adoptar los sistemas socialistas anteriores a la caída del Muro de Berlín? No necesariamente, los populistas en economía suelen ser más bien proteccionistas. Les molesta la mundialización pero no por ello la economía de mercado. Las marchas antimineras en el Perú, quieren el progreso pero no aceptan un país industrialista. Parecen revolucionarios, pero por lo general, tienen temor a la modernidad. La velocidad de la mundialización los desespera.

Por un momento, tenemos que darles la razón. Son paradójicamente el efecto perverso de la mundialización y el modelo neoliberal. No hay duda de que la economía abierta, el mercado liberal, aumenta la riqueza de las naciones. Pero como ya sabemos, se producen entonces brechas enormes entre los más ricos y ya no solo los pobres sino con las mismas clases medias, he ahí el caso chileno. La gente que he visto marchar pacíficamente en Santiago, son clases medias, muy por encima de las nuestras (15 mil dólares per cápita, Perú, 6 mil). Pero cuanto más se progrese, más abundan los marginales. Los que no tienen formación para obtener un empleo seguro. Los jubilados que no les alcanzan las miserables pensiones. Economía moderna, no todo el mundo está preparada para ello. Y entonces, la educación. Pero resulta carísima y la salud, casi imposible de salvarse de un cáncer si es que no eres rico, muy rico.

A esto se añade un espacio gigantesco que separa a ricos de los medio ricos. Las grandes corporaciones que rigen la economía mundial por encima de Estados y naciones, no ven esas clases sociales mayoritarias, solo se conectan con financistas y empresarios pujantes. ¿Qué hacer con los ciudadanos que no tuvieron buena secundaria y estudios superiores, los malformados pese a todo, inclinados al consumismo? Cruel paradoja, los dueños del mundo generan un nuevo tipo de pueblo descontento. En las grandes ciudades, México, Lima, Buenos Aires, se habita en espacios separados, en culturas ajenas. En América Latina, lo más llamativo del populismo es el odio a las elites. Eso es grave. Eso es la Alemania de los años treinta en la que se buscaba un chivo expiatorio. No digo que las masas que circulan en las protestas sean nazis. Digo que la política que siempre es debate, se transforma en emociones.

Si se sigue creyendo que nada importa las brechas sociales, puede pasar lo peor. Cuando el populismo, a partir de que la soberanía verdadera es la del pueblo, busque ciegamente su líder, lo encontrarán. El misterio del carisma personal. Y eso fue Mussolini, Hitler, Stalin, sin duda, césares totalitarios. Y en la línea de populistas con carisma —ese don para fascinar multitudes y pueblos enteros— Castro, Sukarno, Khomeni—. Dirigentes excepcionales, nos guste o no. El poder carismático, según Weber, puede ser tan legítimo como el poder tradicional o el poder legal-moderno, este último, con el sufragio. Siempre y cuando las mañas de la tecnología no intervengan, como en Bolivia.

Pero no se alarmen más allá de lo necesario. Lo digo para los que creen que esto es nuevo, profesor de historia que soy: hubo césares democráticos, como de Gaulle, Haya de la Torre en los años treinta. Y un Perón que siempre llega al poder desde las urnas. ¿De modo que todos somos populistas? El tema es cómo la democracia debe continuar en las sociedades del siglo XXI sin caer en jefes de Estado omnipotentes, que tarde o temprano degeneran en despotismos. ¿Qué hay que hacer? Una democracia con élites que vengan del pueblo. Empresarios, no, zapateros a sus zapatos. Hijos del pueblo, no señoritos. Pero no repitamos el caso Toledo. ¿Cholo? ¡Un criollazo!

*https://www.bloghugoneira.com/wp-content/uploads/2012/02/cesarismopopDPM.pdf

Publicado en El Montonero., 11 de noviembre de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/populismos-neofascismos-o-neodemocracias-14

El futuro de la democracia. ¿Realmente?

Written By: Hugo Neira - Nov• 04•19

¿Conocemos a Norberto Bobbio? Italiano, aunque su familia era filofascista, estuvo en la resistencia italiana a Mussolini, con el tiempo un socialista liberal, siguiendo a Piero Gobetti (a quien admiraba José Carlos Mariátegui) y a Pareto, y luego de 1946, en economía seguía a Hans Kelsen. Era un tanto socialdemócrata pero se alejó de la política, sin dejar de aportar con sus enseñanzas. No estuvo a favor de las Brigadas Rojas (la versión italiana de Pol Pot y de Sendero Luminoso) cuando secuestran y matan a Aldo Moro. Tampoco lo pudo comprar la mafia. «Fue un firme partidario del principio de legalidad, la limitación y separación de los poderes, y al mismo tiempo, como socialista, se opuso a la tendencia autoritaria y antidemocrática de la mayoría de comunistas italianos.» Estaba a favor de un «compromiso histórico», «un reencuentro entre el socialismo y la democracia por una política de paz» (Wikipedia).

Y bien, ¿qué tiene que ver con  nuestros problemas actuales? Seré sincero, en Bobbio me estremecen su conceptos, su boga, su vigencia. «Si la democracia no ha logrado derrotar totalmente el poder oligárquico, mucho menos ha conseguido ocupar todos los espacios en los que ejerce un poder que toma decisiones obligatorias para un completo grupo social». Caray, ¿qué pasó? ¿Don Norberto se está paseando por la Alameda de Santiago? Bobbio para los días que corren, no se ocuparía de ‘democracia representativa’ o ‘democracia directa’. Tampoco si es cuestión del poder de pocos o de muchos. Sino eso que él llamaba «poder ascendente y poder descendente». Eso se le puede preguntar al presidente del Ecuador, al que el pueblo le dijo nones luego de un nuevo emprestito del FMI. O a un Evo Morales que no quiere irse, o a los peronistas que volvieron, pero qué tontería estoy diciendo, ¡nunca se fueron! Años atrás, conocí a Juan Domingo Perón, entonces exilado, viviendo en Puerta de Hierro, Madrid, en gigantesca mansión, invitado por Francisco Franco. Así son las cosas, ellos se entienden. Y le dijo al peruano: «Por mí votaron los padres, luego los hijos, y por mi votarán los nietos». Y así fue. (Me ocuparé del peronismo uno de estos lunes.)

Volviendo a Bobbio, ¿por qué usa conceptos como subgobierno, criptogobierno, y poder omnividente? Con el tiempo y con lo que nos ha pasado, comienzo a entenderlo. Lo de subgobierno fue Alberto Fujimori con Vladimiro Montesinos. Por cierto, maestro epónimo de estos días en todo lo que se ha vuelto red de posverdades y psicosociales permanentes, para manejar las muchedumbres, tiempo de mentiras el nuestro. La realidad sin embargo es otra. Pero no hay tiempo para lecturas, ni de diarios, ni revistas y menos libros. La plaga de la no lectura es más fuerte en el Perú que en otras sociedades. En fin, subgobierno puede ser también según Bobbio, gobiernos de tecnócratas. Es el caso del Perú de presidentes improvisados, Toledo, Ollanta, etc.

Ahora bien, la tarea de delegar la economía a expertos no es un daño. Pero malo cuando no se gestiona adónde van los beneficios. Si solo van a los bancos, o de preferencia a  las clases altas, entonces se siembran desalientos. El de Chile es uno de ellos. En el Perú, puede ser distinto, puesto que la informalidad ya es una forma de abandono de la sociedad formal y el Estado. Lo de cripto, es posible que haya estallado en Santiago. «Un conjunto de acciones realizadas por fuerzas políticas». No creo que de chilenos. Apuesto a que son pocos. Ya sabremos, la mano de Cuba es larga, muy larga, no solo llega a Caracas, que es una colonia de los cubanos.

Bobbio habla de las «dictaduras invisibles». ¿Son esas que se insertan en supuestas democracias? ¿Y de dónde viene la debilidad de la democracia actual? Ocurre cuando la ideología dominante hace creer que ese liberalismo —hay otros— es la economía de mercado y como teoría, el Estado mínimo. Pero como vemos, provoca estallidos sociales por todas partes. De Europa a Chile —nave insignia del neoliberalismo impuesto por el departamento de Estado de los Estados Unidos— y Pinochet. No lo modificaron, ni conservadores ni socialistas. Y ahí tienen el resultado. No todo es negocio.

Este es un asunto del siglo XXI. Podemos fatigar los clásicos, diversos autores y pensadores —Locke, Montesquieu, Kant, Adam Smith, Constant, Tocqueville— pero los clásicos no conocieron los fenómenos actuales. Y si pisamos tierra, podemos considerar que justamente, esa forma de producción de bienes que llamamos capitalismo, se sostiene sobre una doctrina económica liberal que tiene como meta la disminución brutal, o paulatina, de eso que se llama Estado. En suma, la democracia que reparte consumismo, tiende a la despolitización. A que las relaciones de los individuos solo sean de individuos entre sí. Me apoyo en Bobbio, el liberalismo económico hace inútil el liberalismo político. Lo desgasta. Y vienen las sustituciones.  Chávez y compañía.

¿Adiós al Estado benefactor en Europa? ¿Adiós al ogro filantrópico? Así lo llamaba Octavio Paz. Nunca fue rival del PRI, pero tampoco estuvo en la clase política mexicana. Sensato Premio Nobel, Octavio Paz. ¿Qué queda entonces?

Escuchemos a un especialista en estudios sobre la América Latina. O sea, uno de esos académicos neutrales, en la medida que al ser humano le sea posible, y lo que nos dice: «Después de decenios de gobiernos autoritarios, los países de la América Latina progresaron hasta llegar al campo de las democracias, hacia 1980. Pero esas democracias restauradas, no son como los regímenes representativos del ayer, son herederos de dictaduras». (A la sombra de las dictaduras, Alain Rouquié, que ha estudiado minuciosamente Brasil, Argentina y México, desde un cargo de Embajador. Formado en Sciences Politiques, ilustre amigo que ha tenido la sensibilidad necesaria para que, siendo francés —es decir, cartesiano— logre entender nuestros laberintos nacionales. No es fácil.)

Conviene, pues, recordar que en Perú, en los 80 y hasta el fin del siglo, las izquierdas redescubrieron el camino de los urnas. Eso es Alfonso Barrantes, eso es Julio Cotler (Democracia e integración nacional, 1980. El intitulado lo dice todo). Pero en 1989, Clases populares, crisis y democracia en América latina. ¿Qué y quiénes interrumpen el entusiasta decenio del 80? Quién va a ser, una secta que mata perros e interrumpe un acto electoral en Chuschi. Sendero Luminoso produce su contraparte, la autocracia de los 90. Es curioso, cuando se quiere echar la culpa de nuestras desgracias y se busca un chivo expiatorio, atacan a Velasco. Pero rara vez recuerdan los apagones y los toques de queda de esos años.

No se qué pasará en Chile. Pero su problemática desborda límites nacionales. Tres posibilidades. Uno, se calman, se establecen reformas profundas. Pero no creo que la calle —el gran poder— ceda. Intentan una constituyente, es la segunda posibilidad. Pero no quieren ser parte de las instituciones democráticas actuales. Quieren experimentar. Establecer nuevas formas y maneras. Sin embargo eso no solo ocurre en Chile. En Uruguay, gente por lo general joven, sale a la calle con esta consigna: «estamos hartos de la normalidad». Si esto es así, el tema es más cultural, más profundo. Y como lo escribe Rouquié, «el enigma de la democracia en la América Latina».

Publicado en El Montonero., 4 de noviembre de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/el-futuro-de-la-democracia-realmente

Santiago, testigo de vista

Written By: Hugo Neira - Oct• 28•19

Estuvimos en Santiago de Chile, por azar. Por un par de días y recoger unos libros que necesito. Pero mientras volábamos, ya había comenzado lo que los chilenos han llamado «el estallido social». Y al llegar, justo en esa madrugada, ya se había declarado el toque de queda. Las carreteras estaban vacías y la gente en su casa. No les digo cómo llegamos del aeropuerto a la ciudad.

Nos dedicamos a ver qué pasaba. Lo que vimos fue muy heterogéneo, con fases y actos diversos. Y si escribo esta nota es porque me parece corto e incompleto tanto en los diarios como lo que se ha dicho en la televisión limeña. Como siempre los estereotipos, y el reduccionismo. Existe la complejidad pero por lo visto, los comunicadores no han escuchado jamás ese vocablo.

Lo que hicimos fue salir a la calle, a ver qué pasaba. En efecto, gente desfilando por la avenida Irrarázaval. Pero en las banderolas y pancartas, no había otra cosa que la protesta contra el presidente Piñera. Esas marchas eran de gente que apenas llenaba una calle (que días después, llegaron a ser la enorme masa de un millón de personas en la calle, y pacíficamente). Vimos, más lejos, algo asombroso. En Nuñoa, un distrito algo como Barranco o acaso Miraflores, una zona de clases medias, encontramos gente que se reunía en las plazas y los jardines para bailar y festejar. ¿Qué celebraban? La sanción popular que recibía el Gobierno. Era el cacerolazo. O sea, gente que llevaba una cacerola o una sartén —poco importa-, un tam tam de centenares de personas. No había discursos. La muchedumbre reunida, era una epifanía, una diversión, la gente de pronto saltaba como en los estadios de fútbol. Regocijo, festejo.

¿Qué había pasado? Había un malestar desde hacía años, pero con Piñera la cosa se había puesto peor. Les habían aumentado la tarifa del agua, la electricidad, los servicios, y por último, el precio del transporte por el metro, y eso fue la gota que rebalsa el vaso. Recordé entonces cómo, en ciertos casos, un avión pierde el control. A veces es falla mecánica, y otras veces, el factor humano. O sea, el error del piloto. Piñera se ha equivocado. Ha impuesto gastos excesivos. Ha pedido públicamente perdón, pero era tarde. En las calles le reprochan haber hecho maniobras financieras para evadir sus impuestos. El horror, ha perdido su popularidad. Y acaso, su legitimidad. Manías de hombres de negocios…

Pero no quiero ofender a la verdad. Mientras el ciudadano corriente festejaba en la calle, otras cosas habían ocurrido en Santiago de Chile. No con multitudes, con encapuchados. Nadie sabe quiénes son ni de dónde vinieron. Pero se ha destruido o saqueado supermercados, tipo Wong o Metro, ¿saben cuántos? Unos 160, al menos, ese era el número cuando estuvimos en Santiago. Así se rompía la cadena de abastecimiento. Y eso no es todo. Santiago tiene una de las mejores redes de metropolitano de América Latina. Por abajo, por favor, no por encimita como nos pasa en Lima. Pues bien se habían quemado unas 71 estaciones, incluyendo en algunos casos, trenes y cuanto hay. Cuando nos fuimos, trabajaban como locos para recuperar las líneas y la paz.

El amable lector tiene que entender que unas y otras cosas, no son las mismas. Lo del vandalismo en las estaciones de metro y en donde se compra alimentos, se ha hecho en poquísimo tiempo, y a la misma hora¡! La eficacia y la brevedad, revela que eso no es obra del caos y la improvisación de una multitud. Es algo preciso y preparado. Se entiende entonces lo que ha dicho Piñera en los medios. «Estamos en guerra».

Insisto, algo heterogéneo. Primero las marchas. Luego plantones para aplaudir la protesta. Y un tercero actor, los encapuchados y el vandalismo.

Una hipótesis. Se ha atacado a Chile porque es el modelo neoliberal que establece el Departamento de Estado de los Estados Unidos, tras el golpe de Estado de Pinochet, el 11 de setiembre de 1973. La democracia se restablece el 11 de marzo de 1990. Pero el modelo de los Chicago Boys y Milton Friedman, ha permanecido con gobiernos autoritarios o democráticos.  

Otra hipótesis. El régimen dictatorial no reina en Chile pero sí la dictadura del todo mercado y lo mínimo de Estado. Reflexionemos. No nos va a provocar un derrame cerebral. Chile tiene un ingreso per cápita de 15 mil dólares (nosotros, 6 mil). No hay extrema pobreza, que en Perú todavía tenemos. Y su pobreza es de un 8%. Su economía ha crecido, pero ahondando las diferencias sociales. ¿De qué se quejan? No solo de los impuestos abusivos de Piñera sino del costo de la educación y la salud. ¿Sabe el amable lector el precio que tiene un examen médico tipo escáner en una clínica de Santiago? Cuesta lo mismo que en los Estados Unidos. Pero un americano tiene un per cápita de 53 mil dólares¡! Y la educación, a un padre chileno, ante las carísimas universidades chilenas, paga lo que equivale a una universidad en Estados Unidos.   

Quieren un cambio. Voces de la calle: «No todo es negocio». «¿Por qué en Canadá, la salud, y la educación, es de calidad y gratuita?» «Queremos Estado». No lo dicen para que desaparezcan las empresas. Estado sólido y Mercado. Una combinación sensata.

¿Qué he visto en Chile? Tres cosas. Cómo la sociedad civil le ha parado los machos a un Ejecutivo legal pero abusivo. La gente que desfilaba no se dice de izquierda o de derecha. Prefieren llamarse sencillamente «el pueblo». Las banderas que vi en las marchas eran solo las de Chile.

En segundo lugar, destrucción masiva —quema de ferrocarriles y mercados— acaso obra de fuerzas externas. Se habla mucho de la Federación Internacional de Anarquistas. Se comienza a pensar que hay grandes potencias, esas que apoyan a Maduro, Rusia, Turquía, que miran como lobos este continente de ovejas que creen estar  a salvo de los conflictos del planeta. En efecto, no estuvimos en ninguna guerra mundial, pero no vamos a escapar de la actual. Pobre continente, lleno de materias primas, de agua y territorios, pero muy dado a ser naïf. Es decir, ingenuos.

En fin, la lección chilena. Ni izquierda ni derecha. ¡El pueblo! Y no todo es economía. No todo se explica con un logaritmo. No todo es cifra. Necesitamos políticos no hombres de negocios en el Gobierno. Piñera y PPK tienen algo en común. Hombres de fortuna. Pero dirigir un Estado tiene otra lógica, no la ganancia. ¿Estallido social? Más bien implosión. Como en un agujero negro. ¿Fin del neoliberalismo? Qué época. Ha fallado el socialismo. Y ahora, el capitalismo. Y eso necesita dejar de lado las fórmulas establecidas. Estamos en otro siglo. Con políticas que vienen de los ciudadanos, y no de arriba. La democracia ha tenido diversas modalidades. Los pueblos quieren participar. Así de sencillo y así de difícil. Algo enorme ha pasado.

Publicado en El Montonero., 28 de octubre de 2019

https://elmontonero.pe/columnas/santiago-testigo-de-vista

Velasco explicado. ¡Qué novedad, lo visual!

Written By: Hugo Neira - Oct• 21•19

La historia del Perú y el poder de la imagen. Sobre el velasquismo y las razones de los militares para una reforma agraria, me había convencido de que era imposible que mis coetáneos —es decir, la gente que coexiste en vida de uno— lograría enterarse de lo que realmente pasó en los años 60. Al punto que en mi último libro —El águila y el cóndor. México/Perú— me ocupo inevitablemente de la reforma del agro, pero dejando de lado los tópicos locales, acudiendo a la información externa. En el planeta circula la Encyclopædia Universalis, y ahí se dice: «hasta 1968, una situación neofeudal, la gran propiedad en manos de un 0,4% que concentraba el 75,9%, y todo el resto de usuarios, indios mestizos, se repartían el 5,5% de la tierra disponible». ¿Pero quién se apoya en esos textos en el Perú? Muy pocos.

Pero cuentan las estadísticas. ¿Sabe el amable lector cuántos agricultores hay en este momento? Según el INEI, 2’12’087 unidades agropecuarias. De Puno a Cajamarca pequeñas chacras y empresas mayores. Ya no hay arrendires ni pongos. Hay propietarios campesinos. Hoy los nietos de los que recibieron las tierras. Han entrado al mercado. Ganan dinero legalmente. Compran las mismas cosas que usted compra, amable lector. Ese cambio completa la Independencia. Los campesinos no mejoraron su situación bajo la República. Incluso, empeoró. El siglo XIX, los hacendados criollos, libres del control de la burocracia virreinal, asolaron las comunidades y aldeas andinas. «Desde hace 500 años, el control de la tierra se convirtió en el control de las personas», dice una síntesis de La revolución y la tierra.

Seamos francos, en nuestros días, un argumento racional y semántico no convence. En el Perú no se lee. La lectura obliga a razonar. Y el tema agrario es ideológico. O sea, creencias. Y con las creencias y las religiones, no se discute. La sola posibilidad de hacerles ver a los peruanos lo que ocurrió, sería un milagro. Un viaje al pasado. El ver con los ojos lo que fue aquello. Y ese milagro ha ocurrido. En las salas Cineplanet, en particular en el Alcázar (repleto al tope), mis coetáneos han podido ver aquel mundo agrario andino antes y después de la reforma. Se dice que en octubre no hay milagros, pero sí los hay. Se llama La revolución y la tierra. No se lo pierda, amable lector.

Para entender, hay que volver a los años 60. El enemigo público era el latifundio. De ahí «la tierra para quien la trabaja». Con sencillez y ganas de decir verdades, los testigos que aparecen en el documental describen la costumbre arcaica de servirse sin pago alguno de la mano de obra de los campesinos sin tierras a cambio de una parcela que les prestaban para que alimentaran a su familia. Sobre 30 días, 18 eran para el patrón, y el resto para el siervo. Eso cesó en 1969. Sin embargo, a esa mutación humanista y modernización de la vida peruana —ya nadie trabaja gratis— se le llamaba el «fracaso de Velasco». Sin embargo, a los supermercados llegan el camote, el olluco, la yuca, el choclo y la carne de los ovinos que ya no vienen del latifundio con aparceros. Hace rato que hay campesinos con propiedad. ¡Nada menos que 50 años! Pero lo que no pudieron ni historiadores, ni sociólogos, lo puede el rotundo relato que es visual. Insisto, la era de la imagen.

Es cine pero no película de ficción, no hay Batman ni Superman. ¡Es un documental! O sea, lo real. Y nada aburrido. Ahora bien, no hablo bien de un film porque conozca al director. No soy dado a esas vainas. En el fondo, soy por libre un solitario. Perdón por el rollo, pero a eso quería llegar, a la sinceridad. Eso es el documental de Gonzalo Benavente Secco, lo que hace es sencillo y a la vez, notable. Se inicia con testigos de esa historia, es decir, comienza con Hugo Blanco que explica que nunca fue guerrillero, sino que se hizo campesino en la Convención. Personas del mundo académico, como María Isabel Remy (entre sus muchos escritos, Los múltiples campos de la participación ciudadana, IEP). Se entrevista a Antonio Zapata con juicios muy cuerdos. A Héctor Béjar, que dice algo muy importante: «nosotros, los guerrilleros, considerábamos nuestros iguales a los indígenas, pero ellos no nos consideraban sus iguales». Lo que explica, entre otras causas, el nulo reclutamiento de esas guerrillas.

Y un acierto más. Benavente ha tenido el acierto de construir su relato, el antes y después de Velasco, con un número enorme de filmes anteriores al suyo. Van de 1927 a 1991, por lo menos 12, entre otros, Robles Godoy, La muralla verde, 1970, o de Federico García, Túpac Amaru, 1984, y con toda razón, una de Nora de Izcue, Runan  Caycu, 1973, donde se entrevista a un dirigente de la Federación Campesina del Cusco, Saturnino Huillca, que cuenta cómo llegó a inventar el mecanismo de tomar tierras sin hacer daño a nadie, como si fuese un discípulo de Gandhi. Conocí a Huillca, tras dos años de conversaciones, escribí sobre su vida, se titula, Huillca, habla un campesino peruano, premio de la Casa de las Américas, en La Habana. Traducido a 13 lenguas. En el documental de Benavente, aparecen diversos personajes. Un Graña, gran señor rural, el de las naranjas sin pepa. Zósimo Torres, líder sindical de Huando. Es decir, diversas vidas, unos costeños, otros andinos. En fin, es documental pedagógico. Lo digo porque un  joven, tal vez antropólogo, en el documental dice: «soy universitario, mi madre era analfabeta, nunca nos explicaron la reforma agraria en las aulas». Lo cual revela cómo los docentes partidarios de Patria Roja, que se creen de izquierda, callan esos hechos, porque ellos no fueron protagonistas¡!

Entre los entrevistados se encuentra el que esto escribe. Sí, pues, acompañé el inmenso movimiento de los sindicatos campesinos que invadían los latifundios, los ocupaban, no mataban a nadie. Mis crónicas periodísticas, en Expreso, fueron publicadas por Manuel Scorza con el título de Cuzco: tierra y muerte. En fin, vamos al grano, ¿qué  encontré de original en 1962 y 1963, al acompañar a los campesinos que recuperaban sus tierras? Nada menos que un puñado de dirigentes que no eran guerrilleros ni intelectuales sino gente quechuaparlante que hablaba castellano y que había hecho su servicio militar, aprendiendo tácticas y estrategias. Indígenas que piensan, ¿qué les parece? Una herejía insoportable. Entonces, se entiende que no necesitaron de vanguardias revolucionarias para derrotar a los hacendados. Tampoco se entiende a Velasco. Pásara, en un lamentable libro, lo clasifica como «criollo». Qué disparate. ¿Tan difícil es decir que era piurano y un hijo del pueblo?

Es hora de decir que hubo tres figuras decisivas para que acaeciera la Reforma. Hugo Blanco en la Convención. Luego, Saturnino Huillca, indio cusqueño, valiente y impresionantemente inteligente. Y luego, solo después, Juan Velasco Alvarado. Más claro, las gigantescas movilizaciones sociales y espontáneas de los indígenas, llevaron a los oficiales de las Fuerzas Armadas a realizar de jure lo que ya era de facto. ¿Me hago entender? No ocurrió así nomás. Tuvo una causalidad que es una estupidez negar. Sin embargo, en el diario oficial El Peruano, Ernesto Carlín dice que Gonzalo Benavente «hace un documental político». No señor. Lo de Benavente es un documental imparcial. Otros dicen «insólito éxito». Qué mezquindad. La gente que va al cine y ve ese documental agradece que, por una vez, no les mientan, y se dicen las cosas como son.

Publicado en El Montonero., 21 de octubre de 2019

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