Covid-19. ¿Por qué los colectivos sociales desobedecen?

Escrito Por: Hugo Neira 539 veces - Abr• 13•20

¿Cómo ocuparnos de otros temas cuando vivimos una situación excepcional y planetaria? La pandemia y sus efectos económicos, sociales y mentales. En este instante, ¿hay otro tema decisivo? Lo dudo. Ninguna generación como la nuestra ha vivido algo tan dramático e inesperado. La primera guerra mundial fue europea y norteamericana. Y la segunda, incluye Rusia, en parte Japón y China, no intervenimos ni el mundo africano en su zona norteña, ni la América Latina. En suma no conocimos el horror de la guerra. Hoy, lo que nos ocurre es dantesco, no hay otro adjetivo. En Ecuador la gente no se muere en los hospitales sino en las calles. Y a Nueva York,  la rebasan los improvisados cementerios.

Años atrás, Peter Wagner, sociólogo alemán, produce un libro titulado Libertad y disciplina. Las dos crisis de la modernidad (1996). Profesor de filosofía política en el Instituto Universitario Europeo de Florencia, resulta ser un precursor. Hoy es vasta la literatura de esas crisis: Jacques Rancière, El odio a la democracia, 2005. Rosanvallon, La contrademocracia, 2006. Beck, La sociedad del riesgo. Le Goff, La barbarie edulcorada. Por cierto, pongo en castellano sendos títulos. Lo cierto es que el aprendizaje de las naciones envueltas en un sistema económico mundializado, era ya un problema, y a eso se añade en estos días la pandemia. O sea, los «chalecos amarillos» en Francia, aparecieron mucho antes (octubre 2018). Son una forma nueva de protestar. No dicen nada, no proponen nada, solo hacen saber que están fuera de todo. Una gran parte de las democracias —y hablo de las europeas, las que suponemos más sólidas— viven una crisis de desconfianza. Mucho antes del ingreso a la escena contemporánea del coronavirus.

Ahora bien, ¿por qué se desobedece en regímenes democráticos?

¿Por qué eso ocurre en sociedades tan distintas, como Perú o Francia?

¿Esto es acaso la revelación de que existe un «inconsciente colectivo»? (Jung)

Así, trabajemos aunque someramente, la cuestión de la desobediencia. Que el lector no tema que lo haga hablando de valores y desde la retórica propia a moralistas. No soy ni fiscal ni obispo. La sociología no es una disciplina formativa. Eso es la ciencia jurídica. En ciencias  sociales observamos y tratamos de entender: el Verstehen de Max Weber que separa el político del estudioso. Propongo al amable lector una explicación donde interactúan decisiones del Estado, reacciones de parte de la colectividad y la especificidad de cada nación. Un dilema: ¿desobedecer u obedecer?

En Estados y sociedades muy distintas —Francia y el Perú actual— hemos visto el mismo fenómeno. Cuando estalla la epidemia en China, el presidente Macron «invita» a los franceses a quedarse en sus casas. Pero no lo escuchan, y siguen reuniéndose en cafés, bares y restaurantes. Y entonces Macron, para contener la pandemia, se dirige a su nación: «Estamos en guerra. Ante un enemigo, invisible y evasivo». Y cierra todo, desde las fronteras a las escuelas y comercios y se inicia el 16 de marzo la cuarentena que llaman «el confinamiento». En Perú, el presidente Vizcarra se ve obligado también a decretar el «aislamiento social obligatorio». En las redes, alguien escribe, «esperamos que la población sea consciente y acate la orden». Pero como sabemos, lo que ocurrió fue todo lo contrario. Y hubo la necesidad de volver el consejo en exigencia.

Ocurre que todavía no entendemos por qué algunas naciones progresaron y otras no. Las sociedades modernas partieron desde un axioma fundador. «El Estado tiene el monopolio legítimo de la violencia.» O sea, no puede haber dos ejércitos en una nación. Ni tampoco ejércitos privados.  El Estado moderno emerge con Hobbes y el Leviatán. La paz social se hace con el contrato de reyes y súbditos. El Leviatán es una metáfora, y un sistema político. Para Hobbes, «el hombre es el lobo del hombre». Había que salir de la condición natural que es la violencia y pasar al estado civil de acuerdos y paz social. Ahora bien, los súbditos no ceden todos sus derechos, y el poder se desplaza a los ejércitos modernos y el poder judicial. Y más tarde, con la Ilustración y Rousseau, hubo otro axioma, no menos decisivo: la igualdad. Y un poder republicano, a su vez frenado por las leyes y los derechos del pueblo. Un juego de contrapoderes. No tengo más remedio que lamentar que en la secundaria peruana han desaparecido los cursos humanistas, e insisto en recordar cuáles son los pilares del mundo civilizado. ¿Todo eso es el pasado? No, son principios vigentes. Citaré un autor del siglo XX. La idea de «un derecho positivo que garantiza el poder de coacción». En Raymond Carré de Malberg (1861-1935), Teoría General del Estado, un libro de 1327 páginas. Lo digo porque muchos creen que el libro ya fue. ¿Qué sostiene Malberg? Lo siguiente: «El Estado tiene una potencia que no se deja reemplazar por ningún otro poder». Es la soberanía. Pero el Estado o el ejecutivo tampoco es todo lo soberano. El pueblo tiene una institución, el Parlamento. «Nadie tiene por completo la soberanía». Estas cosas deberían enseñarse en las aulas para escolares. Además, hay confusión en cuanto a ‘coacción’ y ‘coartar’. La coacción es una imposición de fuerza. Manu militari. Y coartar es impedir la ejecución de algo. Y es la responsabilidad de quienes tienen el poder. En suma, el Estado retorna.

La desobediencia en el caso peruano es alta, y finalmente lo ilícito nos es común y corriente. Pero, ¿en sociedades que creíamos disciplinadas? Hay una hipótesis, la de Jung —amigo de Freud y luego su rival— algo que llama «el inconsciente colectivo».

La desobediencia puede ser un gesto caprichoso e irresponsable, pero esa conducta tiene también otras raíces. Al final del siglo XX y los inicios del XXI, las sociedades del capitalismo avanzado han dado cada una gran autonomía a sus ciudadanos. La mentalidad ha cambiado pero con efectos perversos. Cada uno se siente independiente. Acaso el hábito proviene de la economía libre que incita a la competencia. Hoy, el sujeto político y social dominante no son las masas ni los pueblos, sino los individuos. Pero acaso se excede su rol: «los individuos pretenden el privilegio de lo individual» (Rancière).  La idea de la sociedad, la nación, el bien común, por poco desaparece. Y entonces, cuando hay que pensar cómo detener el coronavirus, se nota que las libertades individuales entran en contradicción al intentarse medidas colectivas, como es el caso. Ahora bien, otros pueden decir que la legitimidad del poder político depende del pueblo. Lo razonable sería un debate en regímenes democráticos. Pero el Covid-19 no da tiempo para consultas. Ya sabemos qué paso en Italia, España y los Estados Unidos por su retardo, y la cara que pone el presidente Trump cuando un médico explica lo que hay que hacer.

Otra hipótesis. Las cuarentenas remiten a actos políticos en sociedades que se han ido despolitizando. El liberalismo ha conducido a la deserción cívica. Pierre Manent sostiene que las naciones se desacreditan día a día. En efecto, no se puede planificar con economías transnacionales. En realidad, todos se adaptan a la mundialización aunque el tejido social y nacional se deshace. Y de pronto, ahora, ¿mecanismos tradicionales —parlamento y ejecutivo— nos salvan de la peste? ¿El poder del Leviatán? ¡Dios del cielo! Pensar que la tendencia dominante, antes de la irrupción de la plaga del Covid-19, era dejar que el ciudadano opte en participar o no participar. Y ahora, en las condiciones actuales, en la dinámica de la democracia, ¿lo que tiene valor no es la protesta sino la obediencia? Extraño e insoportable giro. Maldito coronavirus, ya marchábamos hacia un no-Estado, a algo que se destruye a sí mismo, abriendo las puertas a todo tipo de despotismos. Sin embargo, no es una ideología lo que ha frenado los excesos sino la naturaleza. Cinco veces virus de animales han saltado sobre los humanos. Se vienen, pues, cambios enormes en nuestra manera de vivir. Otra era, más científica, más sobria y humanista.  O bien el caos. 

Posdata: Un consejo hasta de un conejo. Es cierto que multitudes en los mercados es un peligro de contagio. La exigüedad del tiempo de compras dado el toque de queda a las 18 horas, provoca esas aglomeraciones. Un par de horas más y habría más fluidez y menos riesgo.

Publicado en El Montonero., 13 de abril de 2020

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