Manuel González Prada

Escrito por: Hugo Neira - Juil• 23•18

El tiempo en que vivimos, es un tiempo ambiguo. Una crisis en el corazón mismo de la patria, en la institución de la Justicia invadida por el delito de jueces y supremos, cuya purga es necesaria. Pero no sabemos todavía si se tiene la intención de sanear ese poder del Estado o se va a reemplazar a unos jueces por otros, más bien proclives a una tendencia política que trabaja, como no tienen pueblo ni cómo llenar las urnas, en bambalinas. Aquellos que quieren cerrar Congresos, adelantar elecciones, ir a una constituyente, y así pasar de una putrefacción a otra todavía peor. Tenemos todo el derecho a la sospecha.

Prada fue nuestro Nietzsche, pensaba a martillazos. Fue el demoledor. Íbamos a discutir y recordarlo en la mejor sala de la Biblioteca Nacional. En el teatro Mario Vargas Llosa. Era una buena ocasión. Recordar al mejor de los panfletarios de la vida peruana. Justo ahora, cuando el Poder Judicial ha dejado de ser justo. Pero a última hora, se canceló ese evento. Parece que dudaron que hubiese público. Puesto que había una marcha callejera. A los organizadores mi respeto y a la vez mi discrepancia. Lima ha dejado de ser una aldea. Es decir, hay públicos para una marcha y para pensar el pensar de ese apóstol civil, Prada. Pues bien, aquí van las líneas de lo que preparé para ese acto libertario. No quiere decir liberal, sino más bien los libertarios, los seguidores de Prada, los anarcosindicalistas del XIX. Lo que han sido en el siglo XX, Jaime Llosa, Carlos Franco, y Héctor Béjar después de las guerrillas. La izquierda de la izquierda. Aunque a algunos les arda.

No es poco ocuparse de GP en estos álgidos momentos. Y no solo por sus contenidos, por el estilo. El tono corrosivo, sarcástico, incisivo. El tono que merecen los vicios de la sociedad peruana. En estos días, ¿qué periodista no lo ha mencionado? Sobre todo una frase. «Donde se aplica el dedo, brota la pus». Por lo general, no dicen en cuáles de sus textos. González Prada escribió crónicas, discursos, más bien políticos, con algo de filosofía, y también, obras poéticas, como Minúsculas, 1900. Y Prebisterianas, en 1909. Y de paso, cuentos y sainetes. Lo de la pus, lo dijo en un discurso programático, Propaganda y Ataque. Un «terrible diagnóstico», dice David Sobrevilla en el libro más completo de obras de GP. El anarquismo de GP, consistía en decir las cuatro verdades. Ni más ni menos.

Por mi parte, a esa mesa redonda hubiera llevado unos cuantos puntos. A saber, el desdén por España. El positivismo como filosofía. La redención de los indios. La juventud como sujeto social. Y la negación que fuésemos latinos. Suficientes para situarlo en nuestro tiempo. Por desgracia, sus catalinarias siguen siendo vigentes. (Catalinarias son de Cicerón, en contra de un complot, «¿hasta cuando Catalina, abusarás de nuestra paciencia?»)

1. Con GP se inicia el cosmopolitismo. Quien se da cuenta, el primero, es José Carlos Mariátegui. «En la obra de GP, nuestra literatura inicia un contacto con otras literaturas. Representa particularmente la influencia francesa. Pero le pertenece el mérito de haber abierto la brecha por la que deberían pasar luego diversas influencias extranjeras». Un NO contundente a España. Si nos fijamos bien, lo mejor del XIX peruano, hasta entonces —González Vigil, Ricardo Palma— mantenía lazos semánticos y de ideas con España. El cosmopolitismo es evidente en los años veinte. Mariátegui, «he hecho en Europa mi mejor aprendizaje». Haya de la Torre, exiliado por Leguía, vive en el México revolucionario, luego en Oxford, conoce la Rusia de Trotski y Lunatcharsky. César Vallejo deja Lima por París. José de la Riva-Agüero emigró a Europa en los años de Leguía. El viaje del joven Mario Vargas Llosa a Cataluña. Y otros muchos, que nos perdimos en Europa para encontrarnos. Julio Ramón Ribeyro. Rodolfo Hinostroza.

3. La redención del indio tiene en GP su primer apóstol (García Salvatecci). Por una parte, no los considera culpables de la derrota en la guerra del Pacífico. Rumores que corrían en esa época. Lo que hace es replantear el problema indio en términos económicos y sociales. Aunque también hay poemas. El mitayo. Se despide del hijo, «La injusta ley de los Blancos / me arrebata del hogar. / Voy al trabajo y al hambre, / voy a la mina fatal».

4. ¿Qué se puede hacer en un país con la ignorancia de las masas, la Iglesia, la corrupción en el Estado, el militarismo, la burocracia? Solo se puede confiar en la juventud. González Prada quiere una juventud que sea sana mental y físicamente. Una élite honesta y con carácter. De ahí, «los viejos a la tumba, los jóvenes a la lucha». No es necesario decir que eso produjo un eco enorme. La reforma universitaria. El aprismo, el socialismo de Mariátegui, etc.

5. Adiós al mito de que somos «latinos». Un poema suyo: Aquí yace Manongo / de pura raza latina, / su abuelo emigró de China, / su madre vino del Congo. Mestizaje, señores.

Posdata. Excelente el diálogo de McEvoy y Vergara en el último «Dominical». De McEvoy, «la ignorancia total de nuestros textos de historia». Y «recomiendo más lectura». Y de Vergara, los males del «pensamiento único. Los fundamentalismos». Bravo Alberto. Pero —siempre hay un pero— eso ya lo dije hace rato, lo llamé, la IPVU, la Inquisición de los Propietarios de la Verdad Única (3 de enero de 2018).

Publicado en El Montonero., 23 de julio de 2018

Manuel González Prada

You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. Both comments and pings are currently closed.