La amistad entre Einstein y Haya de la Torre                                                

Escrito Por: Hugo Neira 178 veces - Jul• 11•23

En una columna anterior, les conté cómo conocí a Cossío del Pomar, en Gandía, España. Ahora, quisiera entregarles algo de su prosa, un extracto de su Biografía de Haya de la Torre, que salió en México, en 1969, en especial el capítulo sobre la amistad de Haya con Einstein. El peruano Haya de la Torre, tan intelectual como político, conoció o frecuentó a los grandes espíritus de su época y no les dejó indiferentes. Estuvo en la encrucijada intelectual de su tiempo. Y fue el mentor de la izquierda democrática en el continente. Obviamente, con ese capital simbólico, nunca lo dejarían llegar a ser presidente del Perú. Más pudieron las alianzas antiapristas. Los dejó con Cossío y su capítulo «Einstein y Víctor Raúl».* 

                                                                        ***

            En Estocolmo se entera Víctor Raúl de la muerte de Einstein. Desde ahí recuerda en una crónica aquel duro invierno en Berlín, donde vivió fecundas horas de preparación intelectual. Alternaba sus estudios con el imperativo de ganar el pan de cada día en un medio muy difícil para un extranjero. Ya hemos visto cómo, a raíz de su primera deportación, en Berlín, se enfrenta a todas las dificultades, decidido, en cambio, a enriquecer sus conocimientos y experiencias.

            Por entonces desempeñaba el cargo de secretario del Wirtschaft Institut Lateinamerika, fundado por el profesor alemán Alfonso Goldschmidt, autor de cuatro libros muy útiles sobre problemas económicos indoamericanos. En la biblioteca de Goldschmidt, en Grunewald, encuentra por primera vez a Albert Einstein, tan justamente llamado «Aristóteles de nuestro tiempo». Los ojos claros, bondadosos, del sabio se llenaron de simpatía al estrechar la mano del joven desterrado.

            La impresión que le produce Einstein es de esas que se graban profundamente en la memoria. Desde ese primer día en que Víctor Raúl se limita a oír la conversación entre los dos sabios, su curiosidad insaciable ahondará en las teorías einstenianas. Le sigue en sus escritos y conferencias, en las charlas que de semana en semana sostiene públicamente con Planck en la rotonda del Instituto de Ciencias. «Amables torneos verbales presenciados por gran número de gentes interesadas en los problemas de la Relatividad y el Cuanta».

            Con la pasión tenaz que pone cuando se interesa por profundizar un tema o llegar a dominar un conocimiento, Víctor Raúl no deja de leer nada de lo que escribe Einstein ni pierde nada de lo que hace. Ahí está en una velada de caridad realizada en la sinagoga mayor de la vieja Monbijoustrasse de Berlín para oírle tocar el violín (1930). ¡Con cuánta satisfacción comprueba sus mismos gustos! Al igual que el sabio, Víctor Raúl tiene su «violon d’Ingres» para abrir la compuerta a sus sentimientos. Sentado al piano, goza del ritmo sedante de las rapsodias de Mendel o las fugas impetuosas de Bach.

            La segunda vez que conversa con Einstein y las muchas veces que le siguen ya puede juzgar la trascendencia de la revolución que aporta a la ciencia sus descubrimientos. Ya Víctor Raúl está capacitado para juzgar por sí mismo la obra del sabio. Siempre ha sido así. Siempre quiere tener una opinión propia sobre las ideas y los hombres que conoce. Afirmar el íntimo convencimiento de su valor:

                        «Einstein —debo confesarlo— ha sido para mí el hombre más egregio de nuestra época, y ningún otro ha concitado tanto mi humilde admiración. Su bondadosa simpatía, sus palabras de aliento, son privilegio de mi vida. Y acaso porque su generosidad era amplísima con los jóvenes, un día, en casa de Goldschmidt, me hizo una amable broma. Súbitamente me dijo:  —Como usted y yo somos coautores de un libro… Y riendo de mi estupefacción me recordó que en 1926 se publicó en homenaje a Romain Rolland el lujoso Liber Amicorum, que prepararon Máximo Gorky y Stephan Zweig para honrar al autor de Jean-Christophe en su 60° aniversario. Conocida por ellos mi filial amistad por Romain Rolland, los compiladores me otorgaron un lugar en aquel volumen, honrado por las firmas más ilustres del mundo. Y ahí figuraba, claro está, el tributo de Einstein.

—Sí, mi amigo, en el Liber Amicorum, de nuestro amado Romain Rolland, agregó muy alegre de verme un tanto confundido.

            En el fondo la broma correspondía a la sincera admiración que Einstein sentía por su joven amigo. Más tarde la haría pública al declarar al escritor norteamericano R. Josephs: «Haya de la Torre es uno de los pocos hombres que entiende a fondo la teoría de la relatividad, y puede explicarla en términos filosóficos». Esta opinión sobre Víctor Raúl la adquiere el sabio después de largas charlas, que le permiten calar su entendimiento. A Einstein le deleita oír al político peruano aplicar con exactitud sus teorías a esas tierras que vieron nacer culturas remotas creadas por el hombre, precariamente, sobre el cuerpo contorsionado de la naturaleza, que lo empuja hacia abismos. Pocos describen Machu Picchu, con su equilibrio de masas, su sentido de simetría, su sentido de estructura. Árboles que hienden paredes, levantan bloques de piedra de sus cuencos y engullen ciudades alguna vez poderosas.

            El buen humor de Víctor Raúl no puede faltar en estas conversaciones «serias». En notas de su libro Ex combatientes y desocupados, figura una agudeza que relata a Einstein por aquella época: «Un chiste científico del astrónomo bonaerense Martín Gil. Al oírlo, el sabio rio de buena gana y halló coyuntura para decir cuánto le había llamado la atención, al visitar nuestro continente en 1923, la perspicacia y la viveza imaginativa latinoamericana. Martín Gil había dicho que toda la teoría de la relatividad se basa en el principio absoluto de que la luz viaja en el espacio con la más grande de las velocidades conocidas —300.000 kilómetros por segundo— y que, en consecuencia, un rayo solar tarda en llegar a la Tierra ocho minutos. «Yo conozco una energía —decía, más o menos textualmente Martín Gil— de velocidad mayor que la de la luz, y es la del pensamiento. Mientras ella emplea en venir desde el Sol a la Tierra ocho minutos, yo voy con mi pensamiento al Sol y vuelvo en dos segundos».

            Con cuanta consternación se entera Einstein del peligro de muerte en que está su amigo en el Perú. Entre los múltiples telegramas que recibe el gobierno de Sánchez Cerro, el de Einstein es uno de los más sentidos y apremiantes. El texto de aquel mensaje, redactado con señera sobriedad admonitiva, pide «se respete la vida del hombre que es honra y prestigio para el continente americano». Víctor Raúl declarará más tarde: «Es ciertamente una de aquellas grandes e inmerecidas compensaciones que la vida depara, cuya fuerza moral sirve de compañía y estímulo en los silencios adversos.»

            En 1947, Víctor Raúl vuelve a encontrar a Einstein gozando de la tranquilidad que le ofrece la Universidad de Princeton. El reencuentro no puede ser más grato. ¡Es tan plácido rememorar con un amigo los días pasados! Ha terminado la locura guerrera de Alemania. Víctor Raúl encuentra el maestro envejecido después de dieciséis años. «La rara luz de sus ojos brillaba siempre igual desde el fondo de su portentosa mente. La misma voz suave y pastosa, casi paternal, en el diálogo, pero con una novedad.  Ahora, Einstein hablaba en inglés, no muy claramente —honraba así el idioma de su tierra de asilo—, mas en cuanto comenzaba a tocar temas profundos se deslizaba casi sin dejarlo sentir hacia la lengua alemana. Entremezclaba ciertos vocablos germanos con los ingleses (Zeit, Bewegung, Materie, etc.), y luego entraba de lleno en el caudal de su lengua nativa durante largos periodos. Entonces su pensamiento parecía más denso y luminoso.»

En la sencilla casa de Princeton, Víctor Raúl fue huésped bienvenido. La primavera en el norte de los Estados Unidos es incomparable, como son incomparables los campos en esas universidades levantadas con espíritu y amor, tan ajenas al tradicionalismo de las universidades estatales. 

            Paseando por los cuidados parques de Princeton, en inglés y en alemán, reanudaron el diálogo. Poca atención prestaba Einstein al relato de los trances políticos de su amigo. Por otro lado, en palabras de aliento, le instaba a continuar su proposición sobre el espacio-tiempo histórico, que tanto provecho tendrá para la Humanidad: «Me estimuló a seguir —recordará Víctor Raúl— en el significado subjetivo del espacio-tiempo, no solo perspectiva en la historia según mi interpretación, sino conciencia de ella.»  Y luego repitió, en inglés, con mucho convencimiento: «Parece tan lógica su proposición que podría servir de base a toda una teoría. ¡Cuánto me gustaría verle emplear todo su tiempo en seguir estas investigaciones!».

            Hay varias fotografías que muestran a Einstein y Víctor Raúl en sus diarios paseos. Siempre en charla. Dada la insaciable curiosidad por todo lo que represente valores espirituales, ya podemos suponer los intensos momentos felices vividos por Víctor Raúl. Lo que más le admira es el claro optimismo del sabio respecto a las grandes posibilidades del uso de la energía atómica para fines pacíficos. «Cuando yo le expresé que en mi sentir, con aquel nuevo y prodigioso poder del hombre sobre la Naturaleza, vendría la revolución que realmente transformaría al mundo», respondió en alemán: «Son nuestras seguras esperanzas y también nuestros deseos. El deseo de dos pacifistas sinceros.» Al mostrarle Víctor Raúl una cajita que acababa de recibir de la revista Time, de Nueva York, conteniendo unos fragmentos de tierra radiactiva de Hiroshima, Einstein le aconsejó que tuviere siempre lejos aquel regalo.

En las calles de Estocolmo se entera por los titulares de los periódicos de la muerte de «El padre de la física nuclear». A un grupo de jóvenes oyó lamentar la desaparición: «El más grande sabio del mundo; el descubridor del E igual Eme v dos (E= m v 2)». «Acaso sobre su tumba —pensó Víctor Raúl— sea esa fórmula primicial de la edad atómica el mejor epitafio».

* Cossío del Pomar, Felipe, Biografía de Víctor Raúl Haya de la Torre – Periodo 1931-1969, Editorial Cultura México DF., 1969, pp. 283-286. 

Publicado en El Montonero., 10 de julio de 2023

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