Política y siglo XX. El concepto de personalización (II)

Escrito Por: Hugo Neira 57 veces - Jun• 25•24

Los fundamentos del hitlerismo de masas (1933–45)

¿Qué eran esas masas que le permiten al político Hitler abrirse paso entre diversos candidatos y llegar al poder legal para establecer el poder total? En primera fila, las SA. No eran solamente una milicia, grupos militarizados del nazismo. Era una forma de reclutamiento muy especial. Este aspecto es descuidado por lo general en los análisis del hitlerismo de masas. Los partidos comunistas se articulaban por un sistema de células de base, como lo sabemos (Duverger, Les partis politiques). Ese tipo de organización fue retomada por los fascistas italianos, la sección. El partido que monta Hitler no es un club de burgueses cultos y civilizados. Se enraíza en la clase obrera y capas sociales arruinadas por la inflación. En un tejido social con fuerte cultura militar y experiencia directa de la guerra que había afectado a millones de alemanes. Así, las SA eran, en principio, algo más que grupos de acción. Era una forma de vida. Hubo locales partidarios en distritos y lugares. Eran también albergue. Aquí, claro está, la lección del reclutamiento hospitalario que Hitler conoció en Viena. Un local de la SA, donde un grupo de asalto reposa o espera la orden para salir a la calle, era a la vez casa de partido, lugar de reunión, y de paso, cuartos para dormir. Podemos imaginar que un desconocido se acercara, falto de techo y hambriento, era frecuente, eran años duros.

Podemos imaginarlo pasando la noche en ese lugar abrigado, conversando acaso con los nazis de turno de guardia; funcionaban como una comisaría o un grupo de bomberos, en su momento, como grupos de asalto. Podemos imaginarlo, en fin, fraternizando, y un tiempo después, ingresando al partido, a las SA. Lo dotaban de un uniforme, algo de dinero, una bandera y un destino: seguir al partido y su jefe hasta las últimas consecuencias. Si Arendt describe el nazismo como la forma que la anomia general de un periodo de guerra produce en las conductas, es preciso añadir el reclutamiento ideológico, que daba a cada quien un sentido a su propia existencia. La remilitarización de varios millones de alemanes dentro del partido fue una respuesta a la anomia. Los análisis del nazismo insisten mucho en aspectos intelectuales, el mesianismo, los discursos antisemitas y xenófobos. Puede ser, pero el nazismo moviliza sus bases sociales desde una actividad concreta. La fascinación del nazismo no vino por obra solo de la propaganda. Alguien dijo que eran los Boys Scout (a los que prohibieron) pero armados, un poco más mayores y dados al sport de matraquear a cuanto judío y opositor se les cruzaba. Algo de eso hay en el filme La naranja mecánica, la banda de adolescentes londinenses —en un tiempo que es el futuro—, en los que el placer de golpear es su única motivación. En cuanto se desestructura un poco el tejido social en las sociedades industriales, surgen amagos de nostalgias nazis.

Pero ni el nazismo escapa como partido a un criterio de organización (Duverger, Los partidos políticos). Hemos hablado del círculo interno del poder y de los militantes, toca hablar de los simpatizantes, sobre todo, en ese partido de masas. Así, un brazo para estrechar al pueblo y otro para deslumbrarlo y envilecerlo. Peter Fritzche, profesor de Harvard, que ha reconstruido el ambiente jubiloso de esos años con Hitler en el poder antes de la guerra, considera que lo que perdió a los alemanes al volverse masivamente nazis, fue precisamente el entusiasmo. La fiesta nazi se celebraba en los años de gloria el mismo día y en el mismo lugar donde antes celebraban los comunistas, el 1° de mayo, en el campo de Tempelhof, Berlín. No fue solo el odio sino la esperanza, “el entusiasmo patriótico” (De alemanes a nazis, 1914–1933). El nazismo, según todos los testimonios, fue una suerte de alegría ritualizada. Las canciones ritmadas al paso de marcha militar, en general, la escenificación del fervor. Reuniones multitudinarias y de preferencia por la noche, el uso del fuego, el bosque de banderas, la música. Todo eso es el nazismo, un gran ritual durante los años de ascenso. Y ya en el aparato de Estado, una suerte de dramaturgia que se extiende a la sociedad entera. La espectacularidad permite el acceso al poder legalmente. El desfile nazi es a la vez tropas militantes ritualizadas y fiesta. Se han juntado la lección bohemia del arte en la calle y la lección jerárquica del reclutamiento organizado de masas. Y el individuo entre unos y otros, asiste a una estetización del poder. Brutalidad y seducción. El Estado no solo es quien controla —la Gestapo— sino quien seduce, bosque de banderas, fraternidad de las asociaciones, juventud hitleriana, Hitlerjugend; los estudiantes, Deutscher Studentenbund; las mujeres, Frauenschaft. La mise en scène del nazismo es imitada y admirada en diversas otras naciones y comunidades sociales. Pero a las masas en otros países, les faltará la fuerza del romanticismo germánico y la teatralización de Goebbels, quien fue capaz de sacar soldados del frente ruso para que figurasen en sus filmes de propaganda. La élite del partido y las masas esperaban esa producción artística, en la que todos eran figurantes. No era solo una obra de propaganda sino una reconstrucción neopagana que alejara al pueblo del cristianismo, protestante o católico. El gran rival del hitlerismo no estaba ni en Moscú ni en Londres ni en Washington sino en las religiones seculares. Hasta que no acabara la guerra, la Alemania fue una mise en scène permanente. La más grande superproducción cinematográfica de todos los tiempos. Todavía los documentales del nazismo los estudian en las escuelas de arte y cine. Son el horror y son admirables.

Proviene de : Neira, H,  ¿Qué es Nación?, Fondo Editorial UMSP/Instituto de Gobierno, 2013. Cap. II, Construcciones occidentales, pp. 145-146.

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